La niña que sobrevivió — capítulo 1
Harly Potter no era una niña normal. Era baja y muy flaca para su edad, tenía ojos verde esmeralda bajo unas gafas redondas, cabello negro azabache que crecía sin control, piel blanca y una curiosa cicatriz en forma de rayo justo en medio de la frente, la cual siempre ocultaba con su cabello. Pero no era su aspecto físico lo que hacía que Harly no fuera normal. Harly Potter era una bruja. Hace un mes que ella sabía ésto, el día que cumplió once años un hombre gigantesco apareció en la cabaña en medio del mar donde ella estaba con sus tíos y su primo, la única familia que tenía, para entregarle una carta de aceptación en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería y contarle quien era en verdad, quienes habían sido sus padres, porqué habían muerto que ella era famosa y contarle del mundo al que pertenecía. Esta mañana, 1 de Septiembre, ella se había despertado a las cinco de la mañana incapaz de seguir durmiendo por la emoción. Se ducho y después de mucho buscar y probarse ropa que Hagrid, el gigante que había ido por ella a la cabaña, hasta que se decidió por un suéter verde y una falda negra con unos zapatos abiertos también negros (http://www.polyvore.com/cgi/app), ya se cambiaría en el tren. Dos horas más tarde, el pesado baúl de Harly estaba cargado en el coche de los Dursley y tía Petunia había hecho que Dudley se sentara con Harly, para poder marcharse.Llegaron a King Cross a las diez y media. Tío Vernon cargó el baúl de Harly en un carrito y lo llevó por la estación. Harly pensó que era una rara amabilidad, hasta que tío Vernon se detuvo, mirando los andenes con una sonrisa perversa—Bueno, aquí estás, niña. Andén nueve, andén diez... Tú andén debería estar en el medio, pero parece que aún no lo han construido, ¿no?
Tenía razón, por supuesto. Había un gran número nueve, de plástico, sobre un andén, un número diez sobre el otro y, en el medio, nada.
—Que tengas un buen curso —dijo tío Vernon con una sonrisa aún más torva.
Harly vió a sus tíos y a su primo irse sin mirar atrás y ella se quedo en la estación sin saber que hacer hasta que encontró a una mujer pelirroja y regordeta con cuatro muchachos y una niña todos pelirrojos.
—... lleno de muggles, por supuesto...
Harly reconoció la palabra y se acercó a la señora.
—Discúlpeme —dijo a la mujer regordeta.
—Hola, linda —dijo—. Primer año en Hogwarts, ¿no? Ron también es nuevo.
Señaló al último y menor de sus hijos varones. Era alto, flacucho y pecoso, con manos y pies grandes y una larga nariz.
—Sí —dijo Harly —. Lo que pasa es que... es que no sé cómo...
—¿Cómo entrar en el andén? —preguntó bondadosamente, y Harly asintió con la cabeza.
—No te preocupes —dijo—. Lo único que tienes que hacer es andar recto hacia la barrera que está entre los dos andenes. No te detengas y no tengas miedo de chocar, eso es muy importante. Lo mejor es ir deprisa, si estás nerviosa. Ve ahora, ve antes que Ron.
—Hum... De acuerdo, muchas gracias —dijo Harly.
Empujó su carrito y se dirigió hacia la barrera. Parecía muy sólida.
Comenzó a andar. La gente que andaba a su alrededor iba al andén nueve o al diez. Fue más rápido. Iba a chocar contra la taquilla y tendría problemas. Se inclinó sobre el carrito y comenzó a correr (la barrera se acercaba cada vez más). Ya no podía detenerse (el carrito estaba fuera de control), ya estaba allí... Cerró los ojos, preparada para el choque...
Pero no llegó. Siguió rodando. Abrió los ojos.
Una locomotora de vapor, de color escarlata, esperaba en el andén lleno de gente.
Un rótulo decía: «Expreso de Hogwarts, 11 h». Harly miró hacia atrás y vio una arcada de hierro donde debía estar la taquilla, con las palabras «Andén Nueve y Tres Cuartos».
Lo había logrado.
El humo de la locomotora se elevaba sobre las cabezas de la ruidosa multitud, mientras que gatos de todos los colores iban y venían entre las piernas de la gente. Las lechuzas se llamaban unas a otras, con un malhumorado ulular, por encima del ruido de las charlas y el movimiento de los pesados baúles.
Los primeros vagones ya estaban repletos de estudiantes, algunos asomados por las ventanillas para hablar con sus familiares, otros discutiendo sobre los asientos que iban a ocupar. Harly empujó su carrito por el andén, buscando un asiento vacío.
Se abrió paso hasta que encontró un compartimiento vacío, cerca del final del tren. Primero puso a Hedwigy luego comenzó a empujar el baúl hacia la puerta del vagón. Trató de subirlo por los escalones, pero sólo lo pudo levantar un poco antes de que se cayera golpeándole un pie.
—¿Estás bien?
Harly asintió con la cabeza.
—¿Quieres que te eche una mano? —Era uno de los gemelos pelirrojos, a los que había seguido a través de la barrera de los andenes.
—Sí, por favor —jadeó Harly.
—¡Eh, Fred! ¡Ven a ayudar!
Con la ayuda de los gemelos, el baúl de Harly finalmente quedó en un rincón del compartimiento.
—Gracias —dijo Harly, quitándose de los ojos el pelo húmedo.
—¿Qué es eso? —dijo de pronto uno de los gemelos, señalando la brillante cicatriz de Harly
—Vaya—dijo el otro gemelo—. ¿Eres tú...?
—Es ella —dijo el primero—. Eres tú, ¿no? —se dirigió a Harly.
—¿Quién? —preguntó Harly.
—Harly Potter —respondieron a coro.
—Oh, ella —dijo Harly—. Quiero decir, sí, soy yo ¿por..?.
Los dos muchachos la miraron boquiabiertos y Harly sintió que se ruborizaba.
Entonces, para su alivio, una voz llegó a través de la puerta abierta del compartimiento.
—¿Fred? ¿George? ¿Estáis ahí?
—Ya vamos, mamá.
Poco después el tren comenzó a moverse. Harly sintió una ola de excitación. No sabía lo que iba a pasar... pero sería mejor que lo que dejaba atrás.
La puerta de su compartimiento se abrió y entro una niña pálida de pelo blanco.
—¿Me puedo sentar? Todo el tren está lleno.
—Claro —respondió Harly.
— Soy Hydra Black
— Yo Harly Potter.
—¿Eres realmente Harly Potter? —dejó escapar Hydra.
Harly asintió.
—¿Y realmente te hiciste eso... ya sabes...?
Señaló la frente de Harly.
Harly se levantó el flequillo para enseñarle la luminosa cicatriz. Hydra la miró con atención.
—Lo siento, me imagino que no debe ser agradable que la gente se te quede viendo por una cicatriz —dijo Hydra rápidamente.
—No lo sé, vivía con mis tíos y ellos no me hacían mucho caso.
—¿En serio? Yo también vivo con mis tíos.
Mientras conversaban, el tren había pasado por campos llenos de vacas y ovejas. Se quedaron mirando un rato, en silencio, el paisaje.
A eso de las doce y media se produjo un alboroto en el pasillo, y una mujer de cara sonriente, con hoyuelos, se asomó y les dijo:
—¿Queréis algo del carrito, lindas?
Harly, que no había desayunado, se levantó de un salto y salió al pasillo con Hydra.
Cuando vivía con los Dursley nunca había tenido dinero para comprarse golosinas y, puesto que tenía los bolsillos repletos de monedas de oro, plata y bronce, estaba lista para comprarse todas las barras de chocolate que pudiera llevar. Pero la mujer no tenía Mars. En cambio, tenía Grageas Bertie Bott de Todos los Sabores, chicle, ranas de chocolate, empanada de calabaza, pasteles de caldero, varitas de regaliz y otra cantidad de cosas extrañas que Harly no había visto en su vida.
—¿Nos puede dar un poco de todo, por favor?
—¿Qué son éstos? —preguntó Harriet a Hydra un rato después, cogiendo un envase de ranas de chocolate—. No son ranas de verdad, ¿no?—Comenzaba a sentir que nada podía sorprenderla.
—No —dijo Hydra—. Pero mira qué cromo tiene, son coleccionables. A mí me falta Agripa.
Harriet desenvolvió su rana de chocolate y sacó el cromo. En él estaba impreso el rostro de un hombre. Llevaba gafas de media luna, tenía una nariz larga y encorvada, cabello plateado suelto, barba y bigotes. Debajo de la foto estaba el nombre: Albus**Dumbledore.
—¡Así que éste es Dumbledore! —dijo Harly.
Harly dio la vuelta a la tarjeta y leyó:
Albus Dumbledore, actualmente director de Hogwarts. Considerado por casi todo el mundo Como el más grande mago del tiempo presente, Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tenebroso Grindelwald en 1945, por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre de dragón, y por su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Flamel. El profesor Dumbledore es aficionado a la música de cámara y a los bolos.
Harly dio la vuelta otra vez al cromo y vio, para su asombro, que el rostro de Dumbledore había desaparecido.
—¡Ya no está!
—Bueno, no iba a estar ahí todo el día —dijo Hydra—. Ya volverá, es un hechizo para que la foto tenga vida, pero a mi me gustan más las fotos de los muggles. Vaya, me ha salido otra vez Morgana y ya la tengo seis veces repetida... ¿No la quieres? Puedes empezar a coleccionarlos.
En aquel momento, el paisaje que se veía por la ventanilla se hacía más agreste.
Habían desaparecido los campos cultivados y aparecían bosques, ríos serpenteantes y colinas de color verde oscuro.
Se oyó un golpe en la puerta del compartimiento, y entró el muchacho de cara redonda que Harly había visto al pasar por el andén nueve y tres cuartos. Parecía muy afligido.
—Perdón —dijo—. ¿Por casualidad no habréis visto un sapo?
Cuando las dos negaron con la cabeza, gimió.
—¡La he perdido! ¡Se me escapa todo el tiempo!
—¿Quieres que te ayudemos a buscarlo?
—Si ¡Por favor! — dijo el muchacho mientras Hydra y Harly lo siguieron al pasillo— Me llamo Neville y ¿ustedes?
—Hydra Black
—Harly Potter
Las llevo con una niña de cabello castaño muy enmarañado.
—Ella es Hermione, también me está ayudando.
Después de saludar a Hermione; Harly e Hydra fueron a buscar al sapo, preguntaban en cada compartimiento que pasaban y en uno de ellos, en el que estaban sentados tres niñas y tres niños, uno de los niños, un niño pálido y rubio volteo a ver a Hydra y le dijo con un tono un poco mas amable del que usaba con los demás
—¡Hydra! ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el verano?
—Muy bien, Draco, tía Drómeda nos llevó a Nyph y a mi a una playita muy linda —Respondió Hydra
— Estamos buscando un sapo ¿No habéis visto uno? —dijo Harly.
Cuando todos en el compartimiento negaron con la cabeza, Harly vio al piso con la desilusión en los ojos. al hacer ésto, su cicatriz quedó al expuesto
—Así que era verdad —dijo una niña rubia—. Por todo el tren están diciendo que Harly Potter está a bordo. Así que eres tú, ¿no?
—Sí —respondió Harly.
La niña vio con mucho desprecio a Hydra.
—Muy pronto descubrirás que algunas familias de magos son mucho mejores que otras, Potter. No querrás hacerte amiga de los de la clase indebida. Nosotros podemos ayudarte en eso.
Extendió la mano, para estrechar la de Harly; pero Harly no la aceptó.
—Creo que puedo darme cuenta sola de cuáles son los indebidos, gracias —dijo con frialdad.
Y Harly e Hydra salieron del compartimiento y fueron al suyo
—¿Conocías ya a Malfoy?
—Es mi primo pero no lo veo casi nunca, porque nuestras familias no se hablan —le dijo Hydra a Harly mientras se ponían las túnicas del colegio.
Una voz retumbó en el tren.
—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.
El estómago de Harly se retorcía de nervios e Hydra, podía verlo, estaba aún más pálida de lo que ya era. Llenaron sus bolsillos con lo que quedaba de las golosinas y se reunieron con el resto del grupo que llenaba los pasillos.
El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro andén. Harly se estremeció bajo el frío aire de la noche. Entonces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y Harly oyó una voz conocida:
—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harly?
La gran cara peluda de Hagrid rebosaba alegría sobre el mar de cabezas.
—Venid, seguidme... ¿Hay más de primer año? Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme!
Resbalando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero.
Estaba tan oscuro que Harly pensó que debía de haber árboles muy tupidos a ambos lados. Nadie hablaba mucho. Neville, el chico que había perdido su sapo, lloriqueaba de vez en cuando.
—En un segundo, tendréis la primera visión de Hogwarts —exclamó Hagrid por encima del hombro—, justo al doblar esta curva.
Se produjo un fuerte ¡ooooooh!
El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.
—¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla. Harly e Hydra subieron a uno, seguidas por Neville y Hermione.
—¿Todos habéis subido? —continuó Hagrid, que tenía un bote para él solo—. ¡Venga! ¡ADELANTE!
Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía.
—¡Bajad las cabezas! —exclamó Hagrid, mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco.
Todos agacharon la cabeza y los botecitos los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros.
—¡Eh, tú, el de allí! ¿Es éste tu sapo? —dijo Hagrid, mientras vigilaba los botes y la gente que bajaba de ellos.
—¡Trevor!—gritó Neville, muy contento, extendiendo las manos. Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo.
Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.
—¿Estáis todos aquí? Tú, ¿todavía tienes tu sapo?
Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.