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La niña que sobrevivió — capítulo 17

El final del verano llegó más rápido de lo que Harly habría querido. Estaba deseando volver a Hogwarts, pero por otro lado, el mes que había pasado en La Madriguera había sido el más feliz de su vida. Le resultaba difícil no sentir envidia de Hydra o de Ron cuando pensaba en los Dursley y en la bienvenida que le darían cuando volviera a Privet Drive.

La última noche, los Tonks fueron a cenar, y la señora Weasley y la señora Tonks hicieron aparecer, por medio de un conjuro, una cena suntuosa que incluía todos los manjares favoritos de Harly y que terminó con un suculento pudín de melaza. Fred y George redondearon la noche con una exhibición de las bengalas del doctor Filibuster, y llenaron la cocina con chispas azules y rojas que rebotaban del techo a las paredes durante al menos media hora. Después de esto, llegó el momento de tomar una última taza de chocolate caliente e ir a la cama donde Hydra, Ginny y ella platicaron, como venía siendo su costumbre, durante una o dos horas más.

A la mañana siguiente, les llevó mucho rato ponerse en marcha. Se levantaron con el canto del gallo, pero parecía que quedaban muchas cosas por preparar. La señora Weasley, de mal humor, iba de aquí para allá como una exhalación, buscando tan pronto unos calcetines como una pluma. Algunos chocaban en las escaleras, medio vestidos, sosteniendo en la mano un trozo de tostada, y el señor Weasley, al intentar llevar al mismo tiempo los baúles de Ginny, Harly e Hydra al coche a través del patio, casi se rompe el cuello cuando tropezó con una gallina despistada.

A Harly y a Hydra no les entraba en la cabeza que nueve personas, siete baúles grandes, dos lechuzas y una rata pudieran caber en un pequeño Ford Anglia. Claro que no había contado con las prestaciones especiales que le había añadido el señor Weasley.

—No le digan a Molly ni media palabra —susurró a las niñas al abrir el maletero y enseñarles cómo lo había ensanchado mágicamente para que pudieran caber los baúles con toda facilidad.

Cuando por fin estuvieron todos en el coche, la señora Weasley echó un vistazo al asiento trasero, en el que Harly, Hydra, Ron, Fred, George y Percy estaban confortablemente sentados, unos al lado de otros, y dijo:

—Los mugglessaben más de lo que parece, ¿verdad? —Ella y Ginny iban en el asiento delantero, que había sido alargado hasta tal punto que parecía un banco del parque, con Hedwig en medio de ellas —. Quiero decir que desde fuera uno nunca diría que el coche es tan espacioso, ¿verdad?

El señor Weasley arrancó el coche y salieron del patio. Harly se volvió para echar una última mirada a la casa. Apenas le había dado tiempo a preguntarse cuándo volvería a verla, cuando tuvieron que dar la vuelta, porque a George se le había olvidado su caja de bengalas del doctor Filibuster. Cinco minutos después, el coche tuvo que detenerse en el corral para que Fred pudiera entrar a coger su escoba. Y cuando ya estaban en la autopista, Ginny gritó que se había olvidado su diario y tuvieron que retroceder otra vez. Cuando Ginny subió al coche, después de recoger el diario, llevaban muchísimo retraso y los ánimos estaban alterados.

El señor Weasley miró primero su reloj y luego a su mujer.

—Molly, querida...

—No, Arthur.

—Nadie nos vería. Este botón de aquí es un accionador de invisibilidad que he instalado. Ascenderíamos en el aire, luego volaríamos por encima de las nubes y llegaríamos en diez minutos. Nadie se daría cuenta...

—He dicho que no, Arthur, no a plena luz del día.

Llegaron a Kings Cross a las once menos cuarto. El señor Weasley cruzó la calle a toda prisa para hacerse con unos carritos para cargar los baúles, y entraron todos corriendo en la estación.

Harly ya había cogido el expreso de Hogwarts el año anterior. Y sabía que la única dificultad estaba en llegar al andén nueve y tres cuartos, que no era visible para los ojos de los muggles. Lo que había que hacer era atravesar caminando la gruesa barrera que separaba el andén nueve del diez. No era doloroso, pero había que hacerlo con cuidado para que ningún mugglenotara la desaparición.

—Percy primero —dijo la señora Weasley, mirando con inquietud el reloj que había en lo alto, que indicaba que sólo tenían cinco minutos para desaparecer disimuladamente a través de la barrera.

Percy avanzó deprisa y desapareció. A continuación fue el señor Weasley. Lo siguieron Fred y George.

—Yo pasaré con Ginny, y vosotras dos nos seguís —dijo la señora Weasley a Harly e Hydra, cogiendo a Ginny de la mano y empezando a caminar —. Ron, tú vienes detrás de ellas.

En un abrir y cerrar de ojos ya no estaban.

—Vamos juntas, sólo nos quedan unos minutos —dijo Hydra a Harly.

Harly se aseguró de que la jaula de Hedwigestuviera bien sujeta encima del baúl, y empujó el carrito contra la barrera. No le daba miedo; era mucho más seguro que usar los polvos flu. Se inclinaron sobre la barra de sus carritos y se encaminaron con determinación hacia la barrera, cogiendo velocidad. A un metro de la barrera, empezaron a correr y...

¡PATAPUM!

Los dos carritos chocaron contra la barrera y rebotaron. El baúl de Ron saltó y se estrelló contra el baúl de Ron con gran estruendo, haciendo que éste también cayera al suelo, Harly se cayó y la jaula de Hedwig, al dar en el suelo, rebotó y salió rodando, con la lechuza dentro dando unos terribles chillidos.

Todo el mundo los miraba, y un guardia que había allí cerca les gritó:

—¿Qué demonios estáis haciendo, niñas?

—He perdido el control del carrito —dijo Harly entre jadeos, sujetándose las costillas mientras el guardia las levantaba. Ron salió corriendo detrás de la jaula de *Hedwig,*que estaba provocando tal escena que la multitud hacía comentarios sobre la crueldad con los animales.

—¿Por qué no han podido pasar? —preguntó Ron a Harly y a Hydra.

—Ni idea.

Ron miró furioso a su alrededor. Una docena de curiosos todavía los estaban mirando.

Luego, con disimulo se apoyó contra la barrera para entrar al andén, pero ésta seguía tan sólida como se veía.

—Vamos a perder el tren —se quejó Ron—. No comprendo por qué se nos ha cerrado el paso.

Harly miró el reloj gigante de la estación y sintió náuseas en el estómago. Diez segundos..., nueve segundos... Avanzó con el carrito, con cuidado, hasta que llegó a la barrera, y empujó a continuación con todas sus fuerzas. La barrera permaneció allí, infranqueable.

Tres segundos..., dos segundos..., un segundo...

—Ha partido —dijo Hydra, atónita—. El tren ya ha partido. ¿Qué pasará si los padres de Ron no pueden volver a recogernos? ¿Alguno Tienen algo de dinero muggle?

Harly soltó una risa irónica.

—Hace seis años que los Dursley no me dan la paga semanal.

Ron pegó la cabeza a la fría barrera.

No oigo nada —dijo preocupado—. ¿Qué vamos a hacer? No sé cuánto tardarán mis padres en volver por nosotros.

Echaron un vistazo a la estación. La gente todavía los miraba, principalmente a causa de los alaridos incesantes de Hedwig.

—A lo mejor tendríamos que ir al coche y esperar allí —dijo Hydra—. Estamos llamando demasiado la aten...

—¡Hydra! —dijo Ron, con los ojos refulgentes—. ¡El coche!

—¿Qué pasa con él?

—¡Podemos llegar a Hogwarts volando!

—Pero yo creía... —Pero Harly no pudo terminar de decir lo que creía porque Ron la interrumpio

—Estamos en un apuro, ¿verdad? Y tenemos que llegar al colegio, ¿verdad? E incluso a los magos menores de edad se les permite hacer uso de la magia si se trata de una verdadera emergencia, sección decimonovena o algo así de la Restricción sobre Chismes...

El pánico que sentía Harly se convirtió de repente en emoción.

—¿Sabes hacerlo volar?

—Por supuesto —dijo Ron, dirigiendo su carrito hacia la salida—. Venga, vamos, si nos damos prisa podremos seguir al expreso de Hogwarts.

Y los tres, abriéndose paso a través de la multitud de mugglescuriosos, salieron de la estación y regresaron a la calle lateral donde habían aparcado el viejo Ford Anglia. Ron abrió el gran maletero con unos golpes de varita mágica. Metieron dentro los baúles, dejaron a Hedwigen el asiento de atrás y se acomodaron delante.

—Comprueba que no nos ve nadie —le pidió Ron a Hydra, que era la más cercana a la ventanilla, arrancando el coche con otro golpe de varita.

Hydra sacó la cabeza por la ventanilla; el tráfico retumbaba por la avenida que tenían delante, pero su calle estaba despejada. Harly echó un vistazo hacia atrás, para ver bien la avenida

—Vía libre —dijeron las dos amigas.

Ron pulsó un diminuto botón plateado que había en el salpicadero y el coche desapareció con ellos. Harly notaba el asiento vibrar debajo de ella, oía el motor, sentía sus propias manos en las rodillas y las gafas en la nariz, pero, a juzgar por lo que veía, se había convertido en un par de ojos que flotaban a un metro del suelo en una lúgubre calle llena de coches aparcados.

—¡En marcha! —dijo a su lado la voz de Ron.

Fue como si el pavimento y los sucios edificios que había a cada lado empezaran a caer y se perdieran de vista al ascender el coche; al cabo de unos segundos, tenían todo Londres bajo sus pies, impresionante y neblinoso.

Entonces se oyó un ligero estallido y reaparecieron el coche, Ron, Harly e Hydra.

—¡Vaya! —dijo Ron, pulsando el botón del accionador de invisibilidad—. Se ha estropeado.

Los tres se pusieron a darle golpes con la varita. El coche desapareció, pero luego empezó a aparecer y desaparecer de forma intermitente.

—¡Agárrense! —gritó Ron, y apretó el acelerador.

Como una bala, penetraron en las nubes algodonosas y todo se volvió neblinoso y gris.

—¿Y ahora qué? —preguntó Hydra, pestañeando ante la masa compacta de nubes que los rodeaba por todos lados.

—Tendríamos que ver el tren para saber qué dirección seguir —dijo Ron.

—Vuelve a descender, rápido.

Descendieron por debajo de las nubes, y se asomaron mirando hacia abajo con los ojos entornados.

—¡Ya lo veo! —gritó Harly, no por nada era una muy buena buscadora—. ¡Todo recto, por allí!

El expreso de Hogwarts corría debajo de ellos, parecido a una serpiente roja.

—Derecho hacia el norte —dijo Hydra, al tiempo que Ron comprobaba el indicador del salpicadero—

 Bueno, tendremos que comprobarlo cada media hora más o menos. Agárrense — dijo Ron, y volvieron a internarse en las nubes. Un minuto después, salían al resplandor de la luz solar.

Aquél era un mundo diferente. Las ruedas del coche rozaban el océano de esponjosas nubes y el cielo era una extensión inacabable de color azul intenso bajo un cegador sol blanco.

—Ahora sólo tenemos que preocuparnos de los aviones —dijo Harly.

Se miraron entre los tres y rieron. Tardaron mucho en poder parar de reír.

Era como si hubieran entrado en un sueño maravilloso. Aquélla, pensó Harly, era seguramente la manera ideal de viajar: pasando copos de nubes que parecían de nieve, en un coche inundado de luz solar cálida y luminosa, con una gran bolsa de caramelos en la guantera e imaginando las caras de envidia que pondrían Fred y George cuando aterrizaran con suavidad en la amplia explanada de césped delante del castillo de Hogwarts.

Hydra comprobaba regularmente el rumbo del tren a medida que avanzaban hacia el norte, y cada vez que bajaban por debajo de las nubes veían un paisaje diferente.

Londres quedó atrás enseguida y fue reemplazado por campos verdes que dieron paso a brezales de color púrpura, a aldeas con diminutas iglesias en miniatura y a una gran ciudad animada por coches que parecían hormigas de variados colores.

Sin embargo, después de varias horas sin sobresaltos, Harly tenía que admitir que parte de la diversión se había esfumado. Los caramelos les habían dado una sed tremenda y no tenían nada que beber. Harly, Hydra y Ron se habían despojado de sus jerséis, pero a Harly se le pegaba la parte de arriba de vestido al respaldo del asiento y a cada momento las gafas le resbalaban hasta la punta de la nariz empapada de sudor. Había dejado de maravillarse con las sorprendentes formas de las nubes y se acordaba todo el tiempo del tren que circulaba miles de metros más abajo, donde se podía comprar zumo de calabaza muy frío del carrito que llevaba una bruja gordita. ¿Por qué motivo no habrían podido entrar en el andén nueve y tres cuartos?

—No puede quedar muy lejos ya, ¿verdad? —dijo Ron, con la voz ronca, horas más tarde, cuando el sol se hundía en el lecho de nubes, tiñéndolas de un rosa intenso—. Hydra, ¿Lista para otra comprobación del tren?

Éste continuaba debajo de ellos, abriéndose camino por una montaña coronada de nieve. Se veía mucho más oscuro bajo el dosel de nubes.

Ron apretó el acelerador y volvieron a ascender, pero al hacerlo, el motor empezó a chirriar.

Harly, Hydra y Ron se intercambiaron miradas nerviosas.

—Seguramente es porque está cansado —dijo Ron—, nunca había hecho un viaje tan largo...

Y los tres hicieron como que no se daban cuenta de que el chirrido se hacía más intenso al tiempo que el cielo se oscurecía. Las estrellas iban apareciendo en el firmamento. Se hacía de noche. Harly volvió a ponerse el jersey, tratando de no dar importancia al hecho de que los limpiaparabrisas se movían despacio, como en protesta.

—Ya queda poco —dijo Hydra, dirigiéndose más al coche que a sus dos amigos—, ya queda muy poco —repitió, dando unas palmadas en la ventanilla con aire preocupado.

Cuando, un poco más adelante, volvieron a descender por debajo de las nubes, tuvieron que aguzar la vista en busca de algo que pudieran reconocer.

—¡Allí! —gritó Harly de forma que Ron, Hydra y Hedwigdieron un bote—. ¡Allí delante mismo!

En lo alto del acantilado que se elevaba sobre el lago, las numerosas torres y atalayas del castillo de Hogwarts se recortaban contra el oscuro horizonte.

Pero el coche había empezado a dar sacudidas y a perder velocidad.

—¡Vamos! —dijo Ron para animar al coche, dando una ligera sacudida al volante—. ¡Venga, que ya llegamos!

El motor chirriaba. Del capó empezaron a salir delgados chorros de vapor. Harly se agarró muy fuerte de Hydra, e Hydra del asiento, cuando se orientaron hacia el lago.

El coche osciló de manera preocupante. Mirando por la ventanilla, Hydra vio la superficie calma, negra y cristalina del agua, un par de kilómetros por debajo de ellos.

Ron aferraba con tanta fuerza el volante, que se le ponían blancos los nudillos de las manos. El coche volvió a tambalearse.

—¡Vamos! —dijo Ron.

Sobrevolaban el lago. El castillo estaba justo delante de ellos. Ron apretó el pedal a fondo.

Oyeron un estruendo metálico, seguido de un chisporroteo, y el motor se paró completamente.

—¡Oh! —exclamó Ron, en medio del silencio.

El morro del coche se inclinó irremediablemente hacia abajo. Caían, cada vez más rápido, directos contra el sólido muro del castillo.

—¡Noooooo! —gritó Ron, girando el volante; esquivaron el muro por unos centímetros cuando el coche viró describiendo un pronunciado arco y planeó sobre los invernaderos y luego sobre la huerta y el oscuro césped, perdiendo altura sin cesar.

Ron soltó el volante y se sacó del bolsillo de atrás la varita mágica.

—¡ALTO! ¡ALTO! —gritó, dando unos golpes en el salpicadero y el parabrisas, pero todavía estaban cayendo en picado, y el suelo se precipitaba contra ellos...

—¡CUIDADO CON EL ÁRBOL! —gritó Harly, cogiendo el volante, pero era demasiado tarde.

¡¡PAF!!

Con gran estruendo, chocaron contra el grueso tronco del árbol y se dieron un gran batacazo en el suelo. Del abollado capó salió más humo; Hedwigdaba chillidos de terror; a Harly le había salido un doloroso chichón del tamaño de una bola de golf en la cabeza, al golpearse contra el parabrisas; y, a sus costados, Ron emitía un gemido ahogado de desesperación e Hydra se sobaba una costilla.

—¿Están bien? —le preguntó Harly inmediatamente.

Hydra asintió

—¡Mi varita mágica! —dijo Ron con voz temblorosa—. ¡Miren mi varita!

Se había partido prácticamente en dos pedazos, y la punta oscilaba, sujeta sólo por unas pocas astillas.

Harly abrió la boca para decir que estaba segura de que podrían recomponerla en el colegio, pero no llegó a decir nada. En aquel mismo momento, algo golpeó contra su lado del coche con la fuerza de un toro que les embistiera y arrojó a Hydra sobre a Harly, y a Harly sobre Ron, al mismo tiempo que el techo del coche recibía otro golpe igualmente fuerte.

—¿Qué ha pasado? —pregunto Hydra nerviosa

Ron ahogó un grito al mirar por el parabrisas, e Hydra y Harly sacaron la cabeza por la ventanilla en el preciso momento en que una rama, gruesa como una serpiente pitón, golpeaba en el coche destrozándolo. El árbol contra el que habían chocado les atacaba.

El tronco se había inclinado casi el doble de lo que estaba antes, y azotaba con sus nudosas ramas pesadas como el plomo cada centímetro del coche que tenía a su alcance.

—¡Aaaaag! —gritó Ron, cuando una rama retorcida golpeó en su puerta produciendo otra gran abolladura; el parabrisas tembló entonces bajo una lluvia de golpes de ramitas, y una rama gruesa como un ariete aporreó con tal furia el techo, que pareció que éste se hundía.

—¡Escapemos! —gritó Ron, empujando la puerta con toda su fuerza, pero inmediatamente el salvaje latigazo de otra rama lo arrojó hacia atrás, contra el regazo de Harly. —¡Estamos perdidos! —gimió, viendo combarse el techo.

De repente el suelo del coche comenzó a vibrar: el motor se ponía de nuevo en funcionamiento.

—¡Marcha atrás! —gritó Hydra, y el coche salió disparado. El árbol aún trataba de golpearles, y pudieron oír crujir sus raíces cuando, en un intento de arremeter contra el coche que escapaba, casi se arranca del suelo.

—Por poco —dijo Harly jadeando—. ¡Así se hace, coche!

El coche, sin embargo, había agotado sus fuerzas. Con dos golpes secos, las puertas se abrieron y Harly sintió que su asiento se inclinaba hacia un lado y de pronto se encontró sentada en el húmedo césped. Unos ruidos sordos le indicaron que el coche estaba expulsando el equipaje del maletero; la jaula de Hedwigsalió volando por los aires y se abrió de golpe, y la lechuza salió emitiendo un fuerte chillido de enojo y voló apresuradamente y sin parar en dirección al castillo. A continuación, el coche, abollado y echando humo, se perdió en la oscuridad, emitiendo un ruido sordo y con las luces de atrás encendidas como en un gesto de enfado.

—¡Vuelve! —le gritó Ron, blandiendo la varita rota—. ¡Mi padre me matará!

Pero el coche desapareció de la vista con un último bufido del tubo de escape.

—¿Es posible que tengamos esta suerte? —preguntó Ron embargado por la tristeza mientras se inclinaba para recoger a Scabbers, la rata—. De todos los árboles con los que podíamos haber chocado, tuvimos que dar contra el único que devuelve los golpes.

Se volvió para mirar el viejo árbol, que todavía agitaba sus ramas pavorosamente.

—Vamos —dijo Hydra, cansado—. Lo mejor que podemos hacer es ir al colegio.

No era la llegada triunfal que habían imaginado. Con el cuerpo agarrotado, frío y magullado, cada uno cogió su baúl por la anilla del extremo, y los arrastraron por la ladera cubierta de césped, hacia arriba, donde les esperaban las inmensas puertas de roble de la entrada principal.

—Me parece que ya ha comenzado el banquete —dijo Ron, dejando su baúl al principio de los escalones y acercándose sigilosamente para echar un vistazo a través de una ventana iluminada—. ¡Eh, chicas, vengan a ver esto... es la Selección!

Harly e Hydra se acercaron a toda prisa, y juntos contemplaron el Gran Comedor.

Sobre cuatro mesas abarrotadas de gente, se mantenían en el aire innumerables velas, haciendo brillar los platos y las copas. Encima de las cabezas, el techo encantado que siempre reflejaba el cielo exterior estaba cuajado de estrellas.

A través de la confusión de los sombreros negros y puntiagudos de Hogwarts, Harly vio una larga hilera de alumnos de primer curso que, con caras asustadas, iban entrando en el comedor. Ginny estaba entre ellos; era fácil de distinguir por el color intenso de su pelo, que revelaba su pertenencia a la familia Weasley. Mientras tanto, la profesora McGonagall, una bruja con gafas y con el pelo recogido en un apretado moño, ponía el famoso Sombrero Seleccionador de Hogwarts sobre un taburete, delante de los recién llegados.

Cada año, este sombrero viejo, remendado, raído y sucio, distribuía a los nuevos estudiantes en cada una de las cuatro casas de Hogwarts: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Harly se acordaba bien de cuando se lo había puesto, un año antes, y había esperado muy quieta la decisión que el sombrero pronunció en voz alta en su oído. Durante unos escasos y horribles segundos, había temido que lo fuera a destinar a Slytherin, la casa que había dado más magos y brujas tenebrosos que ninguna otra, pero había acabado en Gryffindor, con Hydra, Hermione, Ron y el resto de los Weasley. En el último trimestre, los cuatro amigos habían contribuido a que Gryffindor ganara el campeonato de las casas, venciendo a Slytherin por primera vez en siete años.

Habían llamado a un niño muy pequeño, de pelo castaño, para que se pusiera el sombrero. Harly desvió la mirada hacia las mesas de las casas; en la de Gryffindor pudo ver la cabellera castaña de Hermione, y en la de Hufflepuff, vio que Cedric le dirigía una sonrisa justo a la ventana donde ella estaba, lo que la tranquilizó bastante, ya que en la Madriguera le había enviado una carta contándole por qué no le había escrito en todo el verano pero él no le había contestado.

Luego, tocó el turno de ver hacia la Mesa Alta, ahí vio al profesor Dumbledore, el director, que se hallaba contemplando la Selección desde la mesa de los profesores, con su larga barba plateada y sus gafas de media luna brillando a la luz de las velas. Varios asientos más allá, Harry vio a Gilderoy Lockhart, vestido con una túnica color aguamarina. Y al final estaba Hagrid, grande y peludo, apurando su copa.

—Espera... —dijo Harly a Hydra y a Ron en voz baja—. Hay una silla vacía en la mesa de los profesores. ¿Dónde está Snape?

Severus Snape era el profesor que menos les gustaba a Harly y a Hydra. Y Harly e Hydra resultaron ser las alumnas que menos le gustaban a Snape, que daba clase de Pociones y era cruel, sarcástico y sentía aversión por todos los alumnos que no fueran de Slytherin, la casa a la que pertenecía.

—¡A lo mejor está enfermo! —dijo Ron, esperanzado.

—¡Quizá se haya ido —dijo Harly—, porque tampoco esta vez ha conseguido el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras!

—O quizá lo han echado —dijo Hydra con entusiasmo—. Como todo el mundo lo odia...

—O tal vez —dijo una voz glacial detrás de ellos— quiera averiguar por qué no habéis llegado vosotros tres en el tren escolar.

Los tres amigos se dieron media vuelta. Allí estaba Severus Snape, con su túnica negra ondeando a la fría brisa. Era un hombre delgado de piel cetrina, nariz ganchuda y pelo negro y grasiento que le llegaba hasta los hombros, y en aquel momento sonreía de tal modo que Hydra, Ron y Harly comprendieron inmediatamente que se habían metido en un buen lío.

—Seguidme —dijo Snape.

Sin atreverse a mirarse entre ellos, Harly, Hydra y Ron siguieron a Snape escaleras arriba hasta el gran vestíbulo iluminado con antorchas, donde las palabras producían eco. Un delicioso olor de comida flotaba en el Gran Comedor, pero Snape los alejó de la calidez y la luz y los condujo abajo por la estrecha escalera de piedra que llevaba a las mazmorras.

—¡Adentro! —dijo, abriendo una puerta que se encontraba a mitad del frío corredor, y señalando su interior.

Entraron temblando en el despacho de Snape. Los sombríos muros estaban cubiertos por estantes con grandes tarros de cristal, dentro de los cuales flotaban cosas verdaderamente asquerosas, cuyo nombre en aquel momento a Harly no le interesaba en absoluto. La chimenea estaba apagada y vacía. Snape cerró la puerta y se volvió hacia ellos.

—Así que —dijo con voz melosa— el tren no es un medio de transporte digno para las tristemente famosas Harly Potter e Hydra Black y su fiel compañero Weasley. Queríais hacer una llegada a lo grande, ¿eh, muchachos?

—No, señor, fue la barrera en la estación de Kings Cross lo que...

—¡Silencio! —dijo Snape con frialdad—. ¿Qué habéis hecho con el coche?

Ron tragó saliva. No era la primera vez que a Harly le daba la impresión de que Snape era capaz de leer el pensamiento. Pero enseguida comprendió, cuando Snape desplegó un ejemplar de El Profeta Vespertinode aquel mismo día.

—Os han visto —les dijo enfadado, enseñándoles el titular:

«MUGGLES» DESCONCERTADOS POR UN FORD ANGLIA VOLADOR

Y comenzó a leer en voz alta:

—«En Londres, dos mugglesestán convencidos de haber visto un coche viejo sobrevolando la torre del edificio de Correos (...) al mediodía en Norfolk, la señora Hetty Bayliss, al tender la ropa (...) y el señor Angus Fleet, de Peebles, informaron a la policía, etcétera.» En total, seis o siete muggles. Tengo entendido que tu padre trabaja en el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles—dijo, mirando a Ron y sonriendo de manera aún más desagradable—. Vaya, vaya..., su propio hijo...

Harly sintió como si una de las ramas más grandes del árbol furioso le acabara de golpear en el estómago. Si alguien averiguara que el señor Weasley había encantado el coche... No se le había ocurrido pensar en eso...

—Y si no me equivoco, tu tío, señorita Black, es parte de la Patrulla de Seguridad Mágica —continuó Snape cruelmente —. No me imagino lo decepcionado que debe estar en este momento...

—He percibido, en mi examen del parque, que un ejemplar muy valioso de sauce boxeador parece haber sufrido daños considerables —prosiguió Snape.

—Ese árbol nos ha hecho más daño a nosotros que nosotros a... —se le escapó a Ron.

—¡Silencio! —interrumpió de nuevo Snape—. Por desgracia, vosotros no pertenecéis a mi casa, y la decisión de expulsaros no me corresponde a mí. Voy a buscar a las personas a quienes compete esa grata decisión. Esperad aquí.

Harly, Hydra y Ron se miraron, palideciendo. Harly ya no sentía hambre, sino un tremendo mareo. Trató de no mirar hacia el estante que había detrás del escritorio de Snape, donde en un gran tarro con líquido verde flotaba una cosa muy larga y delgada. Si Snape había ido en busca de la profesora McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, su situación no iba a mejorar mucho. Ella podía ser mejor que Snape, pero era muy estricta.

Diez minutos después, Snape volvió, y se confirmó que era la profesora McGonagall quien lo acompañaba. Harly había visto en varias ocasiones a la profesora McGonagall enfadada, pero, o bien había olvidado lo tensos que podía poner los labios, o es que nunca la había visto tan enfadada. Ella levantó su varita al entrar. Harly, Hydra y Ron se estremecieron, pero ella simplemente apuntaba hacia la chimenea, donde las llamas empezaron a brotar al instante.

—Sentaos —dijo ella, y los tres se retiraron a tres sillas que había al lado del fuego—. Explicaos —añadió. Sus gafas brillaban inquietantemente.

Ron comenzó a narrar toda la historia, empezando por la barrera de la estación, que no les había dejado pasar.

—... así que no teníamos otra opción, profesora, no pudimos coger el tren.

—¿Y por qué no enviasteis una carta por medio de una lechuza? Imagino que tenéis alguna lechuza —dijo fríamente la profesora McGonagall a Harly.

Harly se quedó mirándola con la boca abierta. Ahora que la profesora lo mencionaba, parecía obvio que aquello era lo que tenían que haber hecho.

—No-no lo pensamos...

—Eso —observó la profesora McGonagall— es evidente.

Llamaron a la puerta del despacho y Snape la abrió, más contento que unas pascuas. Era el director, el profesor Dumbledore.

Harly tenía todo el cuerpo agarrotado. La expresión de Dumbledore era de una severidad inusitada. Miró de tal forma a los tres alumnos que tenía debajo de su gran nariz aguileña, que en aquel momento Harly habría preferido estar con Hydra y Ron aseando todo el castillo.

Hubo un prolongado silencio, tras el cual Dumbledore dijo:

—Por favor, explicadme por qué lo habéis hecho.

Habría sido preferible que hubiera gritado. A Harly le pareció horrible el tono decepcionado que había en su voz. No sabía por qué, pero no podía mirar a Dumbledore a los ojos, y habló con la mirada clavada en sus rodillas. Entre Hydra y ella se lo contaron todo a Dumbledore, salvo lo de que el señor Weasley era el propietario del coche encantado, simulando que Ron, Hydra y ella se habían encontrado un coche volador a la salida de la estación. Supuso que Dumbledore les interrogaría inmediatamente al respecto, pero Dumbledore no preguntó nada sobre el coche. Cuando las dos niñas acabaron, el director simplemente siguió mirándolos a través de sus gafas.

—Iremos a recoger nuestras cosas —dijo Hydra en un tono de voz desesperado.

—¿Qué quieres decir, Black? —bramó la profesora McGonagall.

—Bueno, nos van a expulsar, ¿no? —explicó Ron por Hydra.

Harly miró a Dumbledore.

—Hoy no, señor Weasley —dijo Dumbledore—. Pero quiero dejar claro que lo que habéis hecho es muy grave. Esta noche escribiré a vuestras familias. He de advertiros también que si volvéis a hacer algo parecido, no tendré más remedio que expulsaros.

Por la expresión de Snape, parecía como si sólo se hubieran suprimido las Navidades. Se aclaró la garganta y dijo:

—Profesor Dumbledore, estos muchachos han transgredido el decreto para la restricción de la magia en menores de edad, han causado daños graves a un árbol muy antiguo y valioso... Creo que actos de esta naturaleza...

—Corresponderá a la profesora McGonagall imponer el castigo a estos muchachos, Severus —dijo Dumbledore con tranquilidad—. Pertenecen a su casa y están por tanto bajo su responsabilidad. —Se volvió hacia la profesora McGonagall—. Tengo que regresar al banquete, Minerva, he de comunicarles unas cuantas cosas. Vamos, Severus, hay una tarta de crema que tiene muy buena pinta y quiero probarla.

Al salir del despacho, Snape dirigió a Ron, Hydra y Harly una mirada envenenada. Se quedaron con la profesora McGonagall, que todavía los miraba como un águila enfurecida.

—Lo mejor será que vayas a la enfermería, Weasley, estás sangrando.

—No es nada —dijo Ron, frotándose enseguida con la manga la herida que tenía en la ceja—. Profesora, quisiera ver la selección de mi hermana.

—La Ceremonia de Selección ya ha concluido —dijo la profesora McGonagall—. Tu hermana está también en Gryffindor.

—¡Bien!—dijo Ron.

—Y hablando de Gryffindor... —empezó a decir severamente la profesora McGonagall.

Pero Hydra la interrumpió.

—Profesora, cuando nosotros cogimos el coche, el curso aún no había comenzado, así que, en realidad, a Gryffindor no habría que quitarle puntos, ¿no? —dijo, mirándola con temor.

La profesora McGonagall les dirigió una mirada penetrante, pero Harly estaba segura de que había estado a punto de sonreír. Tenía los labios menos tensos, eso era evidente.

—No quitaremos puntos a Gryffindor —dijo ella, y los tres se sintieron muy aliviados—. Pero vosotros tres seréis castigados.

Eso era menos malo de lo que Harly se había temido. En cuanto a que Dumbledore escribiera a los Dursley, le daba lo mismo. Harry sabía perfectamente que los Dursley lamentarían que el sauce boxeador no la hubiera aplastado.

La profesora McGonagall volvió a levantar su varita y apuntó con ella al escritorio de Snape. Sonó un ¡plop! y apareció un gran plato de emparedados, dos copas de plata y una jarra de zumo frío de calabaza.

—Comeréis aquí y luego os iréis directamente al dormitorio —indicó—. Yo también tengo que volver al banquete.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Hydra profirió un silbido bajo y prolongado.

—Creí que no nos salvábamos —dijo, cogiendo un emparedado.

—Y yo también —contestó Harly, haciendo lo mismo.

—Pero ¿cómo es posible que tengamos tan mala suerte? —dijo Ron con la boca llena de jamón y pollo—. Fred y George deben de haber volado en ese coche cinco o seis veces y nunca los ha visto ningún muggle. —Tragó y volvió a dar otro bocado—. ¿Y por qué no pudimos atravesar la barrera?

Harly se encogió de hombros.

—Tendremos que andarnos con mucho cuidado de ahora en adelante —dijo, tomando un refrescante trago de zumo de calabaza—. Si al menos hubiéramos podido subir al banquete...

—Ella no quería que hiciéramos ningún alarde —dijo Hydra inteligentemente—. No quiere que nadie llegue a pensar que está bien eso de llegar volando en un coche.

Cuando hubieron comido todos los emparedados que podían (en el plato iban apareciendo más, conforme los engullían), se levantaron y salieron del despacho, y tomaron el camino que llevaba a la torre de Gryffindor. El castillo estaba en calma, parecía que el banquete había concluido. Pasaron por delante de retratos parlantes y armaduras que chirriaban, y subieron por las escaleras de piedra hasta que llegaron finalmente al corredor donde, oculta detrás de una pintura al óleo que representaba a una mujer gorda vestida con un vestido de seda rosa, estaba la entrada secreta a la torre de Gryffindor

—La contraseña —exigió ella, al verlos acercarse.

—Esto... —dijo Harly.

No conocían la contraseña del nuevo curso, porque aún no habían visto a ningún prefecto, pero casi al instante les llegó la ayuda; detrás de ellos oyeron unos pasos veloces y al volverse vieron a Hermione que corría a ayudarles.

—¡Estáis aquí! ¿Dónde os habíais metido? Corren los rumores más absurdos... Alguien decía que os habían expulsado por haber tenido un accidente con un coche volador.

—Bueno, no nos han expulsado —le garantizó Harly.

—¿Quieres decir que habéis venido hasta aquí volando? —preguntó Hermione, en un tono de voz casi tan duro como el de la profesora McGonagall.

—Sí, pero Hermi, luego te contamos porque —dijo Hydra al ver su cara —. Te aseguro que no fue por diversión.

—Ahórrate el sermón —dijo Ron impaciente— y dinos cuál es la nueva contraseña.

—Es «somormujo» —dijo Hermione deprisa—, pero ésa no es la cuestión...

No pudo terminar lo que estaba diciendo, sin embargo, porque el retrato de la señora gorda se abrió y se oyó una repentina salva de aplausos. Al parecer, en la casa de Gryffindor todos estaban despiertos y abarrotaban la sala circular común, de pie sobre las mesas revueltas y las mullidas butacas, esperando a que ellos llegaran. Unos cuantos brazos aparecieron por el hueco de la puerta secreta para tirar de Ron, Hydra y Harly hacia dentro, y Hermione entró detrás de ellos.

—¡Formidable! —gritó Lee Jordan—. ¡Soberbio! ¡Qué llegada! Habéis volado en un coche hasta el sauce boxeador. ¡La gente hablará de esta proeza durante años!

—¡Bravo! —dijo un estudiante de quinto curso con quien Harly no había hablado nunca.

Alguien le daba palmadas en la espalda como si acabara de ganar una maratón.

Fred y George se abrieron camino hasta la primera fila de la multitud y dijeron al mismo tiempo:

—¿Por qué no nos llamasteis?

Ron estaba azorado y sonreía sin saber qué decir. Hydra y Harly se fijaron en alguien que no estaba en absoluto contento. Al otro lado de la multitud de emocionados estudiantes de primero, vio a Percy que trataba de acercarse para reñirles. Harly le dio a Ron con el codo en las costillas y señaló a Percy con la cabeza. Inmediatamente, Ron entendió lo que le quería decir.

—Tenemos que subir..., estamos algo cansados —dijo, y los tres se abrieron paso hacia la puerta que había al otro lado de la estancia, que daba a una escalera de caracol y a los dormitorios.

—Vamos a nuestro dormitorio y te lo explicamos —dijo Hydra a Hermione, volviéndose. Ella tenía la misma cara de enojo que Percy.

Consiguieron alcanzar el otro extremo de la sala común, recibiendo palmadas en la espalda, y al fin llegaron a la tranquilidad de la escalera. La subieron deprisa, derechos hasta el final, hasta la puerta de su antiguo dormitorio, donde Ron se despidió de ellas, que ahora lucía un letrero que indicaba «Segundo curso». Las tres chicas penetraron en la estancia que ya conocían; tenía forma circular, con sus cuatro camas adoseladas con terciopelo rojo, sus ventanas elevadas y estrechas, sus tocadores y escritorios de caoba. Les habían subido los baúles y los habían dejado a los pies de sus camas respectivas.

Hydra sonrió a Harly y Hermione con una expresión de culpabilidad.

—Ahora sí, Hermi, la verdad fue que...

La puerta del dormitorio se abrió y entraron las dos chicas restantes del segundo curso de la casa Gryffindor: Parvati Patil y Lavender Brown.

—¡Increíble! ¡Ustedes están locas, chicas! —dijo Parvati sonriendo.

—¿Cómo es que ustedes siempre hacen cosas peligrosas, chicas? —dijo Lavender.

Harly puso una mueca que según ella decía «No lo hacemos a propósito».

Las tres amigas se pusieron los pijamas y esperaron en cama de Harly a que sus dos compañeras se durmieran.

Cuando escucharon los ronquidos de Lavender, Hermione preguntó

—¿Me vais a decir por qué razón vinieron en un coche volador?

Y con sendas sonrisas culpables, Harly e Hydra le contaron su pequeña aventura a su amiga.