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← Diez minutos · de Eline Vern

Diez minutos — capítulo 1

Diez minutos

El reloj de la cocina dio las once y media de la noche. Harry lo oyó desde la alacena bajo las escaleras, y decidió empezar a envolver sus regalos. Cogió un periódico que le había robado al tío Vernon hacía unas semanas, y que había guardado hasta entonces, y con capas y capas consiguió aumentar el tamaño de los objetos para que parecieran regalos de verdad.

Suspiró, y un par de telas de araña se mecieron bajo su aliento. Se sentó en la cama y cerró los ojos, intentando contener las lágrimas. A pesar de todo, no todos los días se cumplían diez años, y Harry sentía que aquel iba a ser diferente, especial. Llevaba todo el mes de julio soñando que alguien iba a rescatarlo en su décimo cumpleaños. Alguien muy grande, con un extraño paraguas, que le hablaba de otro mundo en el que lo querían. Sabía que todo eran sueños; sin embargo, tenía la esperanza de que algo cambiara.

A lo lejos, oyó el leve rumor de la puerta de la habitación de sus tíos al cerrarse, y salió de puntillas de la alacena hacia la cocina, con una cantidad considerable de paquetes en los brazos.

La chimenea aun humeaba y las ascuas estaban todavía algo calientes. Harry echó leña intentando reavivar el fuego, pero lo único que consiguió fue apagarlo casi por completo. Se tapó con una manta y miró al reloj. Faltaban diez minutos para la medianoche, para que cumpliera sus ansiados diez años.

Miró a su alrededor. Tenía diez paquetes, y diez minutos. Decidió abrir uno en cada minuto que pasara, y así hacer la espera más amena. Al fin y al cabo, los había envuelto él mismo y sabía lo que eran, pero siempre hace ilusión quitar papeles para descubrir algo en su interior.

Diez minutos. El primer paquete, y el más grande, era un muñeco de trapo que había ido haciendo él mismo a lo largo del año con trozos de tela y botones que había encontrado por casa, y un bote de pegamento que había cogido del despacho de su tío.

Nueve minutos. Un par de calcetines de lana que la señora Figg le había regalado el invierno anterior y nunca había estrenado.

Ocho minutos. Una moneda de una libra que había encontrado en el jardín.

Siete minutos. Una bolsa de caramelos que Dudley había tirado a la basura porque uno de ellos estaba roto.

Seis minutos. Un recorte de una tarta con diez velas que había cogido de una revista en el colegio.

Cinco minutos. Un trozo de cristal en forma de rayo que le había recordado mucho a su cicatriz.

Cuatro minutos. Un paquete de chicles que había conseguido comprarse la semana pasada.

Tres minutos. Una rama del roble del parque que le había parecido bonita para ponerla en la alacena.

Dos minutos. Una pieza de ajedrez que llevaba en su mesita años.

Un minuto. El último regalo eran bolas de papel envueltas las unas en las otras. No había podido conseguir nada más, pero bolas de papel siempre eran mejor que nada.

Harry lloraba mientras quemaba en el pequeño fuego los papeles del periódico. Con el último volvió a envolver todos los regalos para transportarlos de nuevo a su habitación. 

Se quedó sentado esperando el toque de la medianoche y un milagro que no se produjo.

Al día siguiente, Harry recordaba con amargura la esperanza que había sentido. Sabía que probablemente ningún gigante con paraguas iba a ir a buscarlo, porque los gigantes no existían, y si no había sucedido en su décimo cumpleaños, nunca sucedería ya. Y aunque había tenido más regalos de los que nunca le habían hecho en su vida, el único que quería no lo había tenido.

Solo le quedaba esperar a su undécimo cumpleaños, y si el gigante no llegaba entonces, es que nunca llegaría.