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Los Potter y las Cinco Varitas. — capítulo 1

El fin de la tarde se aproximaba y el firmamento, completamente despejado, comenzaba a dejar paso a una noche agradable, sin llegar a ser fría. Era un día entre semana a mediados del mes de junio, las tiendas del Callejón Diagon aun estaban aun abiertas. La frenética actividad del día comenzaba a despejarse, para dar luego a una serenidad de las últimas horas de apertura de la gran variedad de comercios mágicos, que había entre aquella calle.

Poco a poco, las calles se iban quedando despejadas de personas. Las farolas de aquella importante vía se encendieron dando candidez al entorno, aunque por la hora que era, casi todo estuviera cerrado. Con el paso de las horas y la llegada de la noche, un cuervo negro se posaba sobre una de las fachadas, era el único ser vivo que había por allí. Aquella ave alzó el vuelo y el batir de sus alas, cual presagio de infortunios, era frío y seco. Todo había quedado desierto.

Poco después de la media noche, de la entrada que seguía al Caldero Chorreante justo al inicio del Callejón, aparecía de la nada un personaje de no más de metro treinta de estatura, de pocas dimensiones y que por su forma física aparentaba ser la de un niño o niña de tan solo diez años. Ataviado con una capa negra con capucha, esta túnica era de cuerpo completo, con mangas donde meter los brazos y sin ninguna otra señal que lo identificara. Aunque en principio no llevaba el capuchón puesto, elevando sus manos lo sujetó colocándoselo y caminaba atravesando la vía sin que nadie se cruzara en su camino.

Como si fuera un niño curioso, iba mirando de escaparate en escaparate las tiendas. Se paró justo delante de la Tienda de Artículos de Calidad para el Quidditch, admirando la gran cantidad de escobas y uniformes para los jugadores de aquel deporte; al igual que las fotos de los personajes míticos y biografías de los más importantes.

Corriendo exploraba otros expositores de la otra acera, se puso delante del escaparate de la Tienda de Instrumentos Mágicos y observaba los artículos que exponía. Era fascinante la gran cantidad de objetos de uso mágico y su colocación, a pesar de estar abarrotada de cosas, estaba colocada al milímetro.

Continuando por la calle, llegó a la librería Flourish y Blotts, donde en su exposición de libros había varios de historia, incluido uno muy especial que llevaba por título: "Harry Potter y la caída del señor Tenebroso.". En una pequeña nota a pie del libro ponía: "Han pasado diecinueve años desde que, el que no podía ser nombrado, desapareciera definitivamente del mundo mágico. En este libro explicamos con todo lujo de detalles, como el mago más famoso de todos lo derrotó hace casi dos décadas." Mirando el resto de carátulas de libros, había multitud de ellos didácticos que servirían para el próximo curso académico, pues el que se cursaba actualmente ya estaba cerca de finalizar.

Una pareja de Aurores se aproximaba desde la distancia, eran dos hombres de casi cuarenta años que pareciesen vigilar los caminos. La pareja de compañeros hablaba en voz alta, se intuía que se dirigían al Caldero Chorreante a tomar unas cervezas. El encapuchado, aun admirando el escaparate, escuchó como se le acercaban y giró la cabeza mirándoles. Sin que estos lo divisaran pasaron por la calle sin que notasen nada extraño, no llegaron a ver a nadie en la vía, siguieron su camino como si tal cosa y al entrar en el establecimiento saludaron a los que estuvieran dentro.

La calle se había quedado desierta otra vez, pero en un abrir y cerrar de ojos, en el desvío hacia el oscuro Callejón Knockturn, el encapuchado estaba ahí mirando aquella desviación en el camino. Las luces de las farolas, aunque estuvieran muy cerca de aquel nuevo camino, no llegaban a alumbrarlo y era sombrío e infundía pavor.

De entre sus tenebrosas paredes soplaba un suave viento que movió la capa del misterioso personaje. Este, sin ningún temor, se acercó notando como había un hechizo protector que dificultaba su estancia a los muggles o magos de sangre sucia. Con el paso de los años y las nuevas normas impuestas desde el ministerio, los que normalmente transitaban por ahí, no podían impedirles el acceso a los de otra clase. Pero todo aquel desvío estaba impregnado en un conjuro que hacía la estancia desagradable. Mas al personaje no le importó en absoluto y se introdujo en aquellas aparentes, aun más solitarias y peligrosas vías.

Nada más entrar, pasó al lado de una pareja de sucios y desaliñados magos que hablaban bajito, desde el callejón no se les veía, estaban ocultos en las sombras. Estos dejaron de lado su conversación y se fijaron en él nuevo transeúnte. Otros tres magos oscuros, que estaban en la curvatura de la vía, se fijaron también en el intruso y se quedaron cuchicheando que habría llevado a un personaje de aquella edad, a aventurarse en un lugar donde fuera muy probable que no volviera a salir nunca.

Uno de ellos, interponiéndose delante de su camino lo detuvo en seco. Se trataba de un hombre de más de cincuenta años, horrendo y gordo hasta el extremo que su cuello desaparecía entre sus hombros. Su respiración era vomitiva y su aliento aun peor. De pelo largo que le caía hasta el cuello pero poco poblado, con una rechoncha nariz y ojos sádicos. Estaba vestido como los otros, unas túnicas de cuerpo negras y grises muy ajadas.

  • ¿Qué hace alguien de tu edad por estos caminos? -Entre perdigones de saliva, le preguntó sin obtener respuesta-. No sabes que por aquí hay seres peligrosos, ¿te has perdido? -Arrodillándose hastaponerse más a su altura, le volvía a formular otra pregunta de la cual tampoco obtuvo contestación-. ¿Quieres que te ayude a encontrar el camino de vuelta? -Aquel personaje repulsivo le ofrecía la mano para que lo acompañara.

Los otros magos oscuros comenzaban a rodearlo y se relamían los labios al ver la presa que habían cazado. El que ofrecía su mano aun la mantenía extendida y la personita que no se dejaba ver del todo, extendió su mano hacia su rostro, consiguiendo con ello un efecto inesperado para aquel ser despreciable. Cuando se produjo el contacto con su piel, los otros cuatro merodeadores que lo rodeaban, fueron proyectados por una energía invisible contra las paredes. Sufriendo lo que parecía ser un verdadero martirio interior, ninguno de ellos podía gritar, ni tan siquiera gemir, pero en sus ojos estaba bastante claro que estaban padeciendo unos dolores inimaginables. Sus cuerpos, lentamente se estaban fundiendo con las paredes de manera atroz.

El pobre desgraciado que no podía hacer nada para alejarse de aquel delicado contacto con el pequeño personaje, parecía debilitarse y envejecer de manera terrible por segundos. Intentaba desesperado, entre violentos espasmos, liberarse; pero todos sus intentos fueron envano y quedaba arrodillado mientras su cuerpo adquiría el aspecto de un anciano de mucha edad. Se estaba consumiendo hasta casi quedarse en los huesos.

El que le estaba provocando todo aquello con su otra mano se la ponía en la otra mejilla acariciándole su consumida cara y al contacto con la faz, la velocidad del envejecimiento se aceleró. El anciano le miraba fijamente suplicándole con la mirada que no le matara.

Antes de que ninguno de los cinco torturados llegara a fallecer, el bajito personaje rompía el contacto y reanudaba su camino dejándolos atrás. El que estaba cerca de perecer por envejecimiento, lentamente, volvió a recuperar su aspecto y tras liberase los cuatro personajes empotrados en las paredes, al caer al suelo hicieron un amago de sacar sus varitas para contraatacarle.

Una fuerte ráfaga de viento sopló de repente, una que agitaba violentamente la capa negra, parándose en seco se dio la vuelta desafiante. Temerosos de lo que pudiera hacer, los magos guardaron sus varitas y huyendo de allí desaparecieron entre las sombras.

Con el camino libre por delante, nuevamente se detuvo justo delante de la tienda de Borgin y Burkes, esta tenía aspecto de estar cerrada, pero sin tocar previamente sujetó el pomo y la abrió sin ningún problema. Adentrándose en el interior el cual estaba prácticamente a oscuras.

Pasando a través de sus estanterías, miraba la amplia variedad de objetos que había en las vitrinas y finalmente llegó hasta el mostrador de la tienda, en el que no había nadie, pero se escuchaban sonidos en la trastienda, algún empleado estaba aun dentro del local.

Golpeando varias veces el mostrador con sus nudillos consiguió que un dependiente saliera del interior del local. Era un personaje de unos cuarenta años, algo grueso, con grandes entradas en la frente pero el poco pelo que tenía por detrás caía largo por la espalda. Vestido con un conjunto de pantalón y camisa a modo de oscuro uniforme de trabajo bastante siniestro, muy propio del lugar donde estaba situada aquella tienda.

  • Está cerrado -pronunció antes de darse a conocer-. Maldición, no me puedo creer que Matilda no haya cerrado la tienda con llave y lanzado el conjuro de protección antes de terminar la jornada -Furioso salía a las dependencias y se encontraba con aquel personaje, la puerta aun estaba cerrada y el hechizo de protección aun vigente-. ¿Quién eres y como has entrado?

Mientras lo miraba fijamente parecía que le estuviera contestando, pero ninguna palabra era pronunciada. Curioso, el dependiente se aproximaba al mostrador, con su varita comenzaba a moverla encendiendo todas las luces del local, pero aun habiendo luminiscencia no lograba ver del todo la cara del pequeño personaje, que pareciera que se estaba comunicando con él.

  • Alguien de tu edad no debería pasear por estos lugares a estas horas, hay magos peligrosos ahí fuera -le seguía hablando mientras no le quitaba la vista de encima, analizando que era lo que pretendía.

No dijo nada más, al ver que se aproximaba a uno de los objetos más malditos del establecimiento. Una hermosa corona víctima de un formidable maleficio, que estaba guardada dentro de un cofre abierto de madera. Esa corona en forma de aureola,portaba la maldición de quitar la vida a todo aquel que atreviera a sujetarla; muy útil para asesinatos a distancia, todo incauto que intentara aferrarla fallecía en el acto. No le advirtió del peligro que corría, pero su estupor fue tal al ver como la sujetaba sin ninguna dificultad y la admiraba para luego volver a colocarla en su correspondiente receptáculo.

  • Soy Richard, descendiente y dependiente de Borgin y Burkes -Al ver que no había fallecido al tocar aquel fulminante objeto, se preguntaba qué clase de ser era-. ¿Qué puedo hacer por ti?

Del interior de la capa, sacaba un sobre de color marfil completamente cerrado, en ese mismo tenía grabado un pentágono en su cara principal y lo puso encima del mostrador. El hombre sujetando aquel sobre, lo abría y sacaba una nota a modo de lista. Los ojos de este expresaban aun más incertidumbre, pues lo que le requería en aquella lista eran artículos oscuros y exóticos. Algunos objetos ya tenían un símbolo en forma de uve a su lado, dando a entender que ya habían sido obtenidos, pero los que no la tenían eran lo que lo mantenían asombrado.

  • ¿Qué pretendes hacer con todos estos ingredientes? -Aunque ninguna palabra saliera de los labios, pareció que le había respondido-. Puede que no sea asunto mío, pero te advierto que ni son fáciles de encontrar ni tampoco son baratos -Al mencionar el precio nuevamente del interior de la capa del misterioso personaje sacaba una bolsa negra llena de Galeones de oro que brillaban con luz propia-. ¿No serán robados? -Con aquella fortuna que tenía delante, en principio dudó de su procedencia, pero dejando de lado sus dudas morales, con avaricia la sujetó y se adueñó de ella-. Si, con esto será suficiente pero te advierto que uno de los ingredientes que requieres no creo que pueda disponer de él, debido a que es extremadamente inusual -Con su dedo señalaba precisamente al último de la nota-. La Magnicita es un elemento que no dispongo y que puede que me lleve algunos años en conseguir, ¿para que la quieres?

Volviendo a preguntarle se dirigió a uno de los libros de las estanterías, interesado en aquel elemento tan exótico que le requerían, tras mirar el apéndice del libro buscó la página en cuestión para dirigirse a ella y leer en alto.

  • Magnicita, elemento en forma de polvo cristalino, pesado y escaso, capaz de dotar de una tonalidad cristalina trasparente a cualquier objeto, lo más llamativo de este elemento es su capacidad de… -Leyendo interesado al llegar a ese punto, se detuvo y alzaba la mirada analizando nuevamente al personaje, que había acudido hasta su establecimiento en busca de ese material. Luego volvió a bajar la mirada buscando más información-. Se dice que el linaje de la familia Kindelán, originales de Irlanda, es una de las que tienen en su poder una pequeña cantidad -Al pronunciar aquellas palabras miraba al encapuchado-. Me suena este linaje, uno de ellos, más bien el último conocido vive en Londres. Arthur Kindelán es un mago viudo original de Irlanda de sangre limpia. Tiene amasada una fortuna e inclusive tienen una gran cámara acorazada en el banco de Gringotts.

Cerrando aquel libro, el polvo que guardaba en él, se esparció por el mostrador y suavemente lo colocaba en su estante. Aun sujetándolo, con su dedo índice lo golpeaba pensando cómo conseguir algo de aquel exótico elemento.

  • Aunque me intrigue tus pretensiones, lamento decirte que tu única opción, es que logres ponerte en contacto y convencer a ese tal Arthur para que te venda tu tan ansiada Magnicita. Aunque dudo mucho que desee desprenderse de ella, siendo tan valiosa. Si la tiene guardada en el banco de los despreciables duendes, igualmente sigo dudando que puedas hacer algo para hacerte con ella. La seguridad, en estas décadas, se ha reforzado hasta hacer imposible cualquier intento de robo -al pronunciar aquellas palabras se quedó abstraído, hasta que su cliente, sujetando una de las plumas que había sobre el mostrador, fue hacia el lugar de la lista donde estaba anotado ese extraño elemento y poniendo una uve a su lado, le dio a entender que ese objeto sería próximamente requisado-. Te conseguiré el resto de cosas, ¿de cuánto tiempo dispongo? -al formular aquella pregunta volvió a recibir una respuesta no verbal- Si, en menos de un mes y medio puedo tenerlas todas en mi poder, aunque te advierto que los sobrecostes pueden no resultar baratos.

Ante su avaricia, el encapuchado sacó otra bolsa negra repleta de más Galeones de oro, lanzándola directamente a las manos del dependiente y a continuación poniendo las suyas en el mostrador, de un salto lo traspasó y se aproximaba al avaricioso personaje, consiguiendo que este retrocediera asustado. Las luces del local comenzaban a apagarse y cuando por fin todo quedó a oscuras el hombre pronunció.

  • No diré a nadie que te he visto -Sin ver nada más que su oscura silueta pronunció temeroso, mientras quedaba empotrado contra la estantería que estaba tras de sí-. No te preocupes, aunque la tienda esté en el lugar más tenebroso de todo Londres, no soy de los que no cumplen sus encargos -Con tono asustado parecía estar temblando-. Tengo mucha curiosidad por saber qué es lo que pretendes hacer, pero si no te es mucha molestia solo pido una condición -Aun a oscuras aun percibía la presencia del encapuchado-. Pase lo que pase, que mi local no se vea afectado -Tras unos segundos de oscuridad, las luces del establecimiento volvieron a encenderse y no había rastro del encapuchado.

Aproximadamente dos días después, justo a medio día, aparecía en el Callejón Diagon un distinguido caballero de unos sesenta años. Alto, bien parecido y de apariencia aristocrática, vestido con un elegante traje color gris roto, sobrero de copa y bastón cuya empuñadura tenía forma de bola diamantina con una corona a su alrededor.

Fijándose en una de las tiendas, la de la de Sortilegios Weasley se aproximó a su escaparate. Por ser una tienda para niños no había mucha gente dentro, la mayoría de su clientela estaban finalizando el curso académico.

Adentrándose en su interior, la gran cantidad de colores de los artículos dotaba a todo aquel interior de un pasteloso aspecto multi-colorido. Fijándose en uno de los sugerentes postres que había en una vitrina, se quedó mirándolo atentamente hasta que alguien lo interrumpió.

  • Pasteles Vomitivos, coma uno y le aseguramos que pasará toda una tarde cerca de un cubo o un inodoro -Un hombre alto pelirrojo, que tenía aspecto de ser el dueño de la tienda, venía a atenderlo y tras estrecharle la mano continuó hablando-. George Weasley, uno de los dueños del local -Pese a presentarse el distinguido caballero no le dijo su nombre.

  • Es usted el hermano de Ronald Weasley.

  • Efectivamente, muchos admiradores vienen a conocer a uno de los tres famosos magos, que tiempo atrás lucharon contra el señor tenebroso. Pero si ha venido en busca de un autógrafo, que sepa que mi hermano ahora está ocupado con los pedidos por lechuza y no creo que aparezca por aquí.

  • No se preocupe, no venía a conocerle -Daban una vuelta por la tienda-. Veo que el negocio les va bien -Todo el local estaba lleno de artículos.

  • Son tiempos tranquilos, los Aurores están en su mejor momento y ya no quedan magos tenebrosos, ávidos de poder que pretendan amenazar el Ministerio.

  • Aurores -al decir aquella palabra soltaba una pequeña carcajada y se dirigía hacia la salida-. Soplan vientos de cambio, señor George -Con la puerta abierta le hablaba dispuesto a marcharse-. A los guardianes del Ministerio, les espera una dura prueba por delante.

  • ¿Qué pretende decir? Con Harry Potter comandándolos, no habrá nada contra lo que no puedan.

-No me cae usted mal Señor George Weasley, solo le daré un consejo: cuando la tormenta vea llegar, abandone su local, ni luche ni se atrinchere, solo huya hasta que pase la tempestad -Haciendo un gesto con su sombrero, el caballero se despedía del hombre pelirrojo que se había quedado perplejo.

Nuevamente en la calle y con la vista puesta fija en el Banco de Gringotts, sin detenerse sorteaba a las personas que transitaban en mitad de la calle de un local a otro,se dirigió hacia él y se adentró en el interior que estaba lleno de actividad. Había una pequeña cola de personas que esperaban su turno para ser atendidos, o bien para ser guiados hacia sus cámaras acorazadas.

Sin ninguna prisa esperó su turno. Cuando por fin estaba frente al duende gerente, este estaba anotando en su libro los nombres de los clientes que habían visitado el banco hasta aquel momento con su larga pluma. Al tener delante al personaje que no dejaba ver su rostro al mantener gacha la mirada, el duende solo pronunció: "Nombre y motivo de su visita a Gringotts."

  • Lord Arthur Kindelán -Alzando la mirada se reveló ante el diminuto personaje-. Vengo a visitar mi cámara personal -El duende, al reconocerlo como uno de sus mejores clientes le sonrió.

  • Es un placer tenerlo entre nosotros mi Lord, tenemos su cámara acorazada en la zona más impenetrable de todas nuestras instalaciones, pero debido a una política de control le requerimos su varita -Otro de los duendes se aproximó hasta el noble, este sacaba su varita del bastón y se la entregaba cortésmente-. Como vos mismo requerís en vuestro contrato, nos hace falta una gota de sangre para certificar vuestra identidad -al pronunciar aquellas palabras, el mismo personaje que ahora tenía su varita le ponía una placa de oro con una pequeña aguja en ella.

Sin ninguna duda, colocó su dedo en la placa pinchándose con él, provocando unas gotas de sangre que impregnaron la placa dorada, esta brilló en su totalidad consiguiendo que el pequeño banquero diera por buena su identificación y sonriendo se retiraba.

  • Perfecto entonces -Haciendo el gesto con un dedo, otro de los duendes se aproximaba hasta ellos-. Acompañad a Lord Arthur a su cámara personal.

El empleado le pidió al hombre que lo acompañara y este así lo hizo. Ambos fueron hacia una de las vagonetas de los clientes más exclusivos, lo iban a trasportar hasta las zonas más profundas y seguras del Banco. Atravesando las vías, el hombre miraba tranquilamente hacia todos lados, admirando la entramada red de vías que llevaban a las diferentes cámaras privadas.

Se puso cómodo al ver que iban a pasar a través de una cascada, sin que nada pasara la traspasó. Girando luego la mirada, conocedor de que aquello era una de las pruebas de seguridad de aquellos enanos y que impedía que impostores se adentraran.

Al final del trayecto terminaron en una amplia terraza en el que había al menos seis golem de piedra armados custodiándola, los centinelas estaban quietos sin moverse. Los gigantes rocosos se pusieron firmes al verles aparecer y les permitieron el paso. El banquero y su cliente llegaron a una puerta acorazada de casi tres metros de alto, con una entramada cerradura por toda ella, cuyos cerrojos estaban hechos en oro y metal negro, que le daban un aire de máxima seguridad.

El duende se colocó en un lado de la puerta y puso su dedo en ella, invitando al hombre a que hiciera lo mismo en el otro lado, este así lo hizo y puso su dedo. Tras unos segundos, ambos a la vez acariciaron la puerta, consiguiendo que se fuera abriendo a medida que sus dedos la recorrían.

Cuando por fin estuvo abierta el dueño se introdujo solo en el interior. Esta cámara acorazada se iluminada dejando visible su formidable fortuna. Monedas de oro, objetos preciosos y grandes reliquias; todos ellos amontonados en aquella sala, que podría tener treinta metros cuadrados en la planta baja y otros tantos en la planta alta.

Ignorando todos aquellos caros y magníficos objetos, subió a la planta superior donde había aun más reliquias. Se detuvo al ver una vitrina en la que había una pequeña bolsita en su interior en la que llevaba grabada el símbolo omega en oro en ella. Al aproximarse, aquel pequeño saquito desprendía pura energía, estaba a su vez protegido por un cristal de energía trasparente, se trataba de una última alarma de robo, solo el legítimo dueño sería capaz de traspasar aquella barrera. Lentamente la mano del hombre lo atravesó como si fuera inmaterial para sujetar el saco, sin que ninguna alarma sonara.

Al tenerlo en su poder y abrir un poco la bolsa, una luz salía de ella, un resplandeciente y poderoso brillo parpadeante que se extinguió al volver a cerrarla y salir de la sala. Repitiendo el camino de vuelta el hombre mantenía entre sus manos lo que había ido a buscar.

  • Ha sido un placer mi Lord -El gerente del banco, al ver como se marchaba sin despedirse ni dar las gracias, se anticipó a despedirse del noble-. No olvidéis su varita -Le advertía al notar que se iba sin ella, el duende que se la había requerido se la entregaba muy cortés-. Espero que pronto disfrutemos de su compañía.

  • No tenga ninguna duda que pronto me volveréis a ver por aquí -El caballero sonriendo, saludaba con el sombrero y salía al exterior de la calle. Miraba todo aquel bullicio de gente comprando.

A unos diez metros de la entrada del banco, con el saco entre sus manos, suavemente la dejó caer al piso. El saco en lugar de chocar contra el asfalto lo atravesó como si de agua se tratase, desapareció atravesando el suelo.

Permaneciendo estático en el sitio, a los pocos minutos el hombre pareció recuperar el movimiento y extrañado miraba a todos lados. Su estupor fue tal, que una mujer que paseaba por allí se preocupó y corriendo se acerco a preguntarle.

  • ¿Está bien caballero?

  • ¿Cómo he llegado aquí? -El aristócrata miraba como estaba vestido y parecía confuso.

  • Creo que habéis salido del Banco señor.

  • ¿Cómo? -Mirando hacia tras admiró la fachada de Gringotts, retrocediendo sobre sus pasos se adentraba en su interior.

Quedando todo como se suponía que tendría que estar en el Callejón Diagon, con las gentes de un lado para el otro, al trascurrir una hora comenzaron a llegar Aurores al banco, inclusive periodistas.

Los transeúntes se agolpaban a enterarse de que ocurría, "¿Un robo en Gringotts?", susurraban entre los agentes de seguridad. La gente no daba crédito a lo acontecido debido a que hacía ya más de veinte años, desde los últimos tiempos del señor oscuro, que la directiva había cambiado por completo y ahora las medidas de seguridad eran prácticamente inexpugnables.

Un periodista lanzó el fogonazo de su cámara captando al caballero con el traje y sombrero de copa, hablando indignado tanto con el director del Banco como con unos agentes.

En otro lugar y tiempo después, en una sala de paredes oscuras sin ninguna puerta de acceso, ni ventanas que dieran luz natural, de casi quince metros de largo por cinco de ancho y tres de alto. Toda aquella estancia estaba iluminada con luz artificial, la cual daba un toque cálido y acogedor. Había multitud de vitrinas con ingredientes y diferentes objetos, a un lado una chimenea un caldero hirviendo en su interior. En una de las paredes había un escritorio principal, lleno de papeles, incluido un periódico de haría un mes en la que en su portada estaba la fotografía de los afectados del extraño robo.

La imagen se movía y se podía entender que el Lord estaba enfurecido, el banquero atónito y el Auror sin saber qué hacer y el titular ponía: "Extraño robo en Gringotts: Las autoridades no logran explicar cómo Lord Arthur Kindelán afirma que él han sustraído una de sus reliquias familiares más importantes. Fuentes consultadas confirman que el propio Lord, fue quien sustrajo el objeto "robado" cosa que este desmiente totalmente, las autoridades pertinentes están investigando el suceso.". Eso era lo que ponía el periódico aunque lo más llamativo que había sobre la mesa, era que al lado del rotativo estaba el saquito con el símbolo dorado de la letra griega omega, ahora totalmente vacío.

En la pared sobre el escritorio había carteles y recortes de periódicos en el que mostraba la cara de algunos personajes, magos oscuros, fugitivos de la justicia y ladrones entre otros. Muchos de ellos tenían una cruz en su retrato, solo seis de ellos estaban sin que hubieran tachado sus retratos, que curiosamente eran tres hombres y tres mujeres.

Recorriendo la sala, en la zona central estaba despejada y tenía cinco monolitos circulares de piedra de un metro de altura y no muy gruesos, formando un pentágono. Flotando en el aire, sobre cada uno de ellos había un objeto en forma de varita de treinta centímetros, todos ellos tenían una tonalidad negra y pareciera que estaban hechos de un polvo de diversos materiales totalmente compacto.

El personaje que había acudido a Borgin y Burkes tiempo atrás, en busca de los objetos de su lista, estaba en aquella sala. Estaba sentado en la silla de su escritorio, mirando los seis perfiles de los personajes que no habían sido tachados en el mural. Tenía la foto de una mujer en su mano derecha y la de un hombre en la izquierda.

El expediente de la mujer la llamaba Aurora Sellers, era una joven de unos veinte años, pelirroja y de fas no muy agraciada, vestida con unas túnicas negras. En el expediente también ponía que era una maga mestiza, que se había entregado a las artes oscuras y tras abandonar el colegio, se había convertido en una timadora profesional. Tenía tendencias autodestructivas y muy mal carácter.

El otro personaje en cuestión era, Jacob Smith, otro muchacho también rondando o sobrepasando la veintena, de pelo repeinado y cara de no haber roto un plato en su vida. Vestía una combinación de chaqueta y pantalón color marrón. En su expediente ponía que había abandonado el colegio antes de terminarlo y era un ladrón ilusionista, perseguido por la justicia al haberse colado dentro del Ministerio de Magia y conseguido documentos comprometedores, con los que chantajeó a miembros del consejo. A pesar de ser un delincuente, no dañaba físicamente, era un especialista del engaño y la extorción.

Con aquellos dos perfiles entre sus manos, se escuchó el sonido de una campanilla sonando, a los pocos segundos se escuchó un segundo sonido pero más cercano y al tercer sonido, justo al otro lado de la estancia, de la pared apareció de la nada una carta que caía sobre una cestilla metálica. Había llegado el correo y dentro de aquella cesta no había nada más que una notificación.

Acercándose hacia ella la recogía y la abría, era la carta que informaba su admisión en el colegio Howard de Magia y Hechicería. También venía acompañada de la lista de materiales necesarios para cursar el primer año de aprendizaje mágico. Tras leerla bien, la depositaba sobre un baúl de viaje, totalmente vacío aquel arcón era uno normal y sin distintivos.

Apresurándose, se dirigió hacia una de las estanterías donde había cinco pequeños cubos de cristal, con una luz muy fuerte en su interior. Uno por uno los fue recogiendo y los abría sobre una de las varitas que había en cada pilar.

Al abrir cada cubo de cristal, un sonido desgarrador emergía de su interior. Era el grito de algo no humano, pero muy poderoso, lo que estuviera atrapado en el interior de aquella luz, caía impregnando la varita compacta, consiguiendo que esta tomara una resplandeciente forma cristalina de tonalidad azul zafiro.

Al repetir el proceso sobre el resto de varitas, el grito que se producía al abrir los cubos de cristal seguía siendo ensordecedor y aterrador. La siguiente adquirió una tonalidad cristalina de color verde esmeralda, la tercera naranja citrino, la cuarta color violeta amatista, la quinta y última de las varitas adquirió la tonalidad rojo granate.

Con las cinco varitas resplandeciendo en el centro de la sala, se dirigió al escritorio donde aun tenía pendiente los dos perfiles de aquellos personajes, sobre los que parecía tener alguna duda.

Aun dudando, miraba al resto de personajes elegidos en el mural, y sus expedientes también estaban sobre la mesa. Uno de los otros era Amanda Parker una mujer de unos veinticinco años, de pelo castaño oscuro alborotado, ojos miel intensos y de cara enloquecida. Estaba siendo perseguida por tener varias condenas pendientes en la prisión de Azkaban.

La segunda seleccionada era una tal Tiffany Tuner, una mujer cuarentona, de pelo negro recogido que le estiraba su blanca y maquillada faz, delgada y vestida con un traje negro ajustado pero que le cubría de cuello a tobillo. Una nigromante fugitiva condenada a varias vidas de prisión por diferentes delitos.

El tercero se llamaba Igor Morris, un hombre experto en pociones, también rondando entre los cuarenta y cincuenta años, de aspecto seductor, de pelo oscuro recortado. Tenía una boina inglesa sobre la cabeza, también vestía un elegante traje del mismo color que su boina y portaba una elegante capa de medio cuerpo. No tenía antecedentes, pero si tenía recortes de periódicos en los que se había quedado viudo en multitud de ocasiones. Era famoso por seducir a viejecitas casándose con ellas y heredando su fortuna. Había rumores que decían que hacía uso de su conocimiento en pociones para crear potentes filtros de amor con las que seducirlas, como tambien podía crear formidables e imperceptibles venenos, para asesinarlas.

El cuarto nombre era un tal William Wood, un chico de unos veinticinco años, de pelo rubio en capa que le llegaba hasta el cuello, tenía unos ojos azul casi trasparentes, vestía uniforme de presidiario. Su expediente era largo, tenía una faz misteriosa, no se sabía que podría estar pensando, pero lo cierto es que estaba cumpliendo condena en Azkaban por diversos asesinatos. En su expediente también había recortes de periódicos de hacía unos días atrás, en el que se anunciaba su "fuga" de aquella prisión.

El titular concretamente ponía "La Fuga que no lo fue: William Wood, peligroso descendiente de Mortífagos, que cumplía cadena perpetua en Azkaban. Se "fugó" o más bien fue puesto en libertad por uno de los directivos de la prisión." El artículo continuaba explicando cómo este peligroso y joven asesino había supuestamente hipnotizado a uno de los funcionarios de la prisión, para que este lo pusiera en libertad. Aunque exactamente no se sabía como lo había hecho, si no había tenido contacto con él ni tan siquiera lo conocía.

Con las cuatro fotos de los seleccionados solo quedaba elegir entre el tal Jacob y la susodicha Aurora. Con la tranquilidad en la estancia, de repente se escuchó un grito que provenía de otra sala colindante: "¡Déjame salir!", aquel grito activó otros tres que exigían su liberación desesperadamente. Parecía que tenía a uno o más personajes recluidos en aquel lugar.

Ignorándolos a todos, tachó el nombre y la imagen de Aurora del mural. Desecho su expediente quedándose con el del chico en la mano, en el que había una pequeña nota que ponía: "¿Paradero desconocido?". Había hecho su quinta elección y se dirigía hacia un perchero en el que colgaba su túnica con capucha.

Nuevamente oculto en su totalidad, se dirigió a su escritorio en el que había una nota de papel en blanco. Sujetó una larga pluma blanca y mojando su punta en un tintero que también había por allí comenzó a escribir en el papel:

"El Juego está a punto de comenzar."