Tituladas 17.2% · 34,339 de 199,415 descubiertas
Rescatado 94.6% · 90,776 de 95,911 páginas identificadas · 90,161/90,521 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 188288 · de

Historia 188288 — capítulo 1

Adam entro en el enorme e imponente castillo del mago más oscuro de todos los tiempos.

Las enormes puertas mágicas se cerraron tras él en un lúgubre chirrido. La sala en la que se encontraba estaba pobremente iluminada así como amueblada, solo había una mesa redonda en el centro de esta con un candelabro dorado de tres brazos.

El silencio era pesado, sofocante, por primera vez desde que se le ocurrió esta locura se había planteado regresar a casa.

De pronto el candelabro se encendió con un estrepitoso chasquido, la habitación entera se ilumino cuando las llamas se alzaron alcanzando casi un metro. Adam retrocedió por inercia. Una voz resonó en la habitación, no venía de ningún sitio en específico parecía que estaba en cada recoveco de la sala.

-Bienvenido - dijo la voz con acento extraño. - ¿Qué es lo que estas buscando?

-Yo… yo he venido a… a ver a Rumpelstiltskin. - dijo Adam sin saber a dónde dirigirse.

-Ah, pues has venido al lugar correcto.

Un espeso humo purpura comenzó a apoderarse de la habitación, Adam dio un par de pasos hacia atrás y choco contra la enorme puerta marrón de entrada.

Entre el humo purpura apareció un hombre, no era lo que Adam esperaba, pensaba que el mago más oscuro y grandioso de todos los tiempos seria… diferente.

Rumpelstiltskin era alto, delgado, su cabello era tan dorado como el maíz y llegaba hasta debajo de sus hombros, su piel blanca como la nueve y por alguna razón Adam pensó que su frio también se asemejaba a esta. Sus ojos eran verdes como esmeraldas y no emitían ni un poco de emoción, fríos como el hielo.

El mago más bien parecía un joven rey, pues llevaba una capa roja de terciopelo como las que suelen usar los reyes.

-Yo… soy… Adam.

-Y ¿Qué cosa se supone que eres? - pregunto el mago con algo de desprecio. Desprecio al que Adam por desgracia estaba más que acostumbrado.

-Soy un Animal.

-Ah claro, una bestia con razonamiento.  

Adam asintió. Los Animales eran criaturas quiméricas que tenían la misma capacidad de pensar, de sentir y de amar que los humanos, pero eran temidos y despreciados por estos.

Adam bajo la mirada y observo sus manos, tan grandes como para destrozar la cabeza de un hombre sin ningún problema, con garras tan largas como para descuartizar de un zarpazo y totalmente cubiertas de pelo castaño obscuro al igual que el resto de su cuerpo.

-Y dime Adam ¿Qué es lo que necesitas de mí?

-Yo… yo he venido aquí a… a aprender magia.

-¿Magia? - la sorpresa atravesó los verdes ojos del mago asiéndolo sonreír de lado.

-Sí, yo quiero, quiero aprender magia.

-Amm, veras Adam, la magia es una cosa caprichosa, no cualquiera puede usarla, y para un Animal… me temo que sería…

-Por favor, por favor dame una oportunidad.

-¿Y que ganaría yo con eso?

-Hare lo que quieras.

-¿Por qué estas interesado en aprender magia?

-Porque quiero convertirme en humano.

-Eso sí puedo hacerlo.

-No, quiero hacerlo por mí mismo, quiero aprender magia.

-No soy maestro, lo lamento, pero trabajo por mi cuenta, no me gusta ser interrumpido o molestado.

-No molestare, seré el mejor aprendiz que puedas tener, lo prometo.

El mago lo pensó durante varios minutos, cierto era que necesitaba quien atendiera su castillo pero había pensado más bien en una criada no en una bestia.

-Está bien. - Hizo aparecer un contrato y una pluma entre sus manos - pero debes saber que yo no hago nada sin antes ponerlo en un contrato.

-¿Contrato?                        

-Firma aquí - dijo dándole la pluma negra tan brillante como una gema.

-¿Qué dice? - trato de tomarlo paro el mago lo retiro.

-Que serás mi sirviente y aprendiz hasta que yo decida que ya no eres necesario, hasta entonces estarás atrapado con migo. Mi pago por enseñarte será… una rosa.

-¿Una rosa?

-No cualquier rosa, una rosa a la que tú llegues a amar, si alguna vez lo haces.

Adam frunció el ceño, ¿una  rosa a la que amara?

-¿Estás de acuerdo?

Adam asintió aun confundido. Firmo el contrato y desde ese segundo fue el aprendiz, criado y le gustaba pensar que amigo de Rumpelstiltskin.