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Besos de fuego rojo — capítulo 1

Los días previos a la Navidad, la habían sensibilizado mucho.

Era muy difícil mantener el espíritu de celebración, cuando todo el mundo sabía que por más que diciembre intentara ser ese mes nevado de tarjeta postal, o quizás un buen augurio de festejos, la realidad se presentaba de otro modo.

Las sombras ya se habían instalado, y con ellas también los recuerdos de nostalgia de los años felices.

Lily se preguntaba por qué, por qué la alegría se iba de las manos. Por qué los vientos de guerra, por qué esa sensación de ahogo. Por qué parecía que existir era más difícil que morir. Por qué los días se contagiaban de miedos, y por qué sentía que sus casi veintiún años, guardaban a una mujer que parecía haber vivido el doble.

James había sido precisamente esa alegría, que ahora sentía que se le iba perdiendo.

Miraba a Harry dormido en su cuna, y solo entonces, los espectros de la pena, dejaban en paz a su mirada de ojos nobles, esmeraldas, profundos y cristalinos, idénticos a los de su bebé.

Harry era su proyecto más amado, quien le devolvía las sonrisas y los deseos esperanzadores.

—Voy a salir a comprar algunos regalos de Navidad— había dicho Lily tomando del perchero, su tapado negro de lana.

—Pero es riesgoso salir, amiga, además hace mucho frío. Es una tarde horrible y pronto anochecerá. ¿Por qué no esperas a mañana que regresen James y Frank, y vamos todos juntos? Podríamos dejar a Harry y a Neville con mi suegra —le sugirió Alice Longbottom.

—No me preguntes por qué, tampoco te sabría dar una explicación coherente, pero yo necesito salir hoy. Me siento rara, quiero caminar, pensar, y James no tiene que enterarse que fui por un poco de aire fresco. Claro, siempre y cuando no te moleste cuidar de los niños tú sola mientras no estoy en casa.

—Claro que no me molesta, solo me intranquiliza que algo te pudiera ocurrir. Ya no sabemos quién es quién— le respondió Alice con preocupación.

—James y Frank estarán ocupados, de verdad, no pasará nada, y pronto volveré con regalos para todos, y con mejores ánimos que los que tengo ahora, ¿me crees?

—Te creo, está bien—dijo Alice intentando cambiar su gesto de preocupación, por otro semblante más distendido— pero si por alguna razón, la que sea, te tardas, me envías una lechuza, ¿de acuerdo? —agregó dando un abrazo a Lily, que luego de besar las frentes de los dos pequeños que dormían tranquilos, salió a la calle. Inspiró profundamente ese aire gélido de diciembre, que lejos de incomodarla, pareció lograr que la sensación de angustia que oprimía su pecho, se suavizara un poco.

No sabía racionalmente dónde ir, aunque sus pasos parecían tener ya trazada una ruta. No era Diagon, no era el centro de Hogsmeade. Era otro el lugar, que parecía llamarla con ese embrujo propio de los sitios que conservan el poder de la nostalgia.

Apareció en Cokeworth, y deambuló como una extraña por la calle de La Hilandera, que terminaba en la pequeña plaza de su niñez.

Parecía imposible rememorar los veranos de los tiempos felices, mientras pequeños y hostiles copos de nieve, pincelaban los árboles desnudos, y daban a las antiguas hamacas un aire de tristeza suave, de recuerdo vivo.

No habían sido la Navidad, ni los regalos. Esas habían sido excusas para justificar las ganas desesperadas de abstraerse, y no había sido casualidad, ni azar, que se encontrara en aquella plaza, a pesar del clima adverso que mantenía al pueblo dormido, con sus calles vacías, como una ciudad fantasma de frío y de silencio.

Lily no se sobresaltó, a pesar de las advertencias de peligro que Alice le había recordado tan enfáticamente, cuando sintió posarse una mano sobre su hombro.

Ni siquiera, por un instintivo acto de defensa propia, llegó a tocar la varita, guardada en el bolsillo de su tapado.

—Severus… —pronunció con naturalidad, como si lo hubiese intuido desde mucho antes, como si por fin hubiese sabido por qué había decidido estar allí, al girarse para encontrar aquellos ojos de ónix, que no habían vuelto a mirarla desde aquel desencuentro en los días inmaduros de Hogwarts.

Ambas miradas, sus miradas, habían cambiado con el paso del tiempo. Cambiaron, pues sus ojos eran ventanas de sus almas.

Aun así, Lily no podía ver la dimensión del cambio en él. Como tampoco pudo ver que cuando ella se disponía a salir de casa, en un piso polvoriento de Knockturn, un hombre de pie se veía en un espejo roto... Un golpe creó las rajaduras distorsionando el reflejo de una máscara de hierro cincelado, donde brillaban ojos negros. El gris suelo polvoriento, el ladrillo de los muros, llenaban de claroscuro a esa figura encapuchada.

Los ojos fieros se contemplaban, atravesados de inconformidad.

Analizaba su sentirse en una jaula con pátina de oro. Un día lejano, ser lo que era, le había parecido heroico. Había parecido lleno de resplandeciente oscuridad. La Marca Tenebrosa en el firmamento, el cónclave de los magos en rebelión.

Con desprecio, se arrancó la máscara y con movimiento seco de la cabeza, se hizo la capucha atrás, y con cabello desordenado aparecieron los rasgos despectivos de Severus Snape.

Se arrancó la túnica y llevándola en una mano y la máscara en la otra, se estudió de nuevo frente al espejo. Había aceptado el tatuaje, la el antifaz metálico, por una idea de trascendencia, no para tomar los deseos personales de Riddle como misión de vida. Y menos estaba de acuerdo con que la entrega de ayer, ya no fuera generosidad, sino obligación. Pero así había ocurrido. El Gran Sueño de Walpurgis resultó ser una patraña. Aparecieron las exigencias, y la amistad se volvió grillete. Poco a poco se reveló que en vez de faro de rebeldía, solo existía un mago egoísta y falsario.

Snape lanzó todo hacia a un lado, con brusquedad. La capucha cayó sobre un modesto catre, y entre sus arrugas, la ciega máscara de hierro apuntó al techo. Y entonces, frente a la ventana de cortinas raídas, Snape miró al lodoso Knockturn, hacia el estrecho pasaje de ventanas sucias, muros torcidos y media luz en los locales sórdidos.

También llegaban a él, desde su derecha, más allá del negro callejón o desde otro mundo, los ecos de la temporada. Bullicio alegre y lejana música. Snape sonrió con fastidio, negando con la cabeza. Claro. Era sábado 20. Faltaban cuatro días para esa tontería que llamaban Navidad.

Pensó que Knockturn no sería buena guarida esta noche. Y era una noche rara. El Señor se la había dado libre. La correa un poco suelta, pero saber que mañana a esa hora volvería a ser requerido, le produjo malestar. Así habían empezado sus dudas. Como una incomodidad física, a seguir las órdenes del que antes había admirado.

Snape se frotó las sienes, con un connato de jaqueca. Los absurdos festejos decembrinos. ¿Por qué, por Merlín, no celebraban que mañana era el Solsticio de Invierno? Hoy, la víspera, era la Noche de las Artes Oscuras. Ante eso, ¿debía quedarse en Knockturn para oír canciones melosas? No, gracias.

Salió al aire levemente nevado de, caminando por las desaseadas baldosas y entre los muros sucios, plagados de rótulos torcidos y viviendas cerradas. Los que venían en sentido contrario se apartaban de él. *Es la Sombra,*pensaban, y le daban paso. Algo emanaba de él, una profundidad lóbrega, una amenaza helada.

Al poco de andar, Knockturn lo fastidió. ¿A dónde iré?, se dijo, deteniéndose en el gris húmedo de la callejuela tortuosa. A la izquierda se perdía otra callejuela aún más estrecha, de basura entre charcos. Necesito un sitio donde pueda quedarme, sin que nadie me moleste, donde pueda respirar estas horas de libertad.

Cokeworth. En casa, soy anónimo.

Con un pase, llegó al eco monótono de los edificios de ladrillo, de su poblado natal, en las calles donde dificultosamente pasaba la luz.

Se fue recto y a los pocos pasos no pudo creer quién iba delante. Consideró darse vuelta. Pero los pensamientos que lo trajeron lo impulsaron a seguir. Su andar felino no la dejó percibirlo, y así la sorprendió cuando la tomó de un hombro.

La mujer volteó con rapidez, y Snape notó que no estaba asombrada... Quizá sólo admirada por la exactitud de un pronóstico. Quizá tranquila por la certeza de su cumplimiento. Al cabo de años, en la conocida calle de sus infancias, se miraron con la misma naturalidad de antes, que por su naturaleza personal esfumó, e hizo parece ajena, su militancia en bandos opuestos.

Lily.

La voz de ella abrió la leve ventisca de copos blancos, parsimoniosos.

—Severus…

Se vieron, a unos metros uno del otro, reconociéndose en suave afán, pasando la mirada por sus rostros. Comparando con el recuerdo, preguntando sin decirlo, valorando. Algunos gestos de los ojos aprobaron, interrogaron.

—Tanto tiempo… —comentó él, más bien neutral.

—¿Qué haces en el viejo terruño? —inquirió Lily, rompiendo del todo el titubeo entre los dos— Qué coincidencia que se me ocurrió venir por la calle de tu casa… Tantos años, Severus…

—Será el destino —comentó él.

Snape no tuvo deseos de enfrascarse en el añejo dolor. No por esta tarde. No le preguntaría por James, ni por sus amigos. Estos días navideños eran bastante malos, como para empeorarlos.

Echaron a andar al mismo tiempo, Snape del lado del arroyo, espalda recta, su capa en vuelo leve. Lily del lado de las casas silenciosas, relajada, su cabello rojizo ondeando un poco por el viento frío.

Luz de farolas los precedía en serie inclinada, saliendo de las calles que cortaban La Hilandera.

Saltando por encima de sus vidas, el encuentro adquirió carta de naturalidad. Eran solamente ella y él, retomando el último paseo que habían dado en Cokeworth.

—¿Viniste a la plaza? —intuyó Severus, casual.

—Sí. Me trajo la nostalgia, o el deseo de tomar aire. Quise ver el aspecto del sitio donde una vez fui niña.

Snape la acompañó, y silencioso estuvo de pie en la plancha de piedra, entre las bancas, los columpios rotos, mientras ella caminaba por la hierba reseca. Otros edificios más distantes se sumían en sombras, puntuadas de bruma. Lily subió a la rueda giratoria, de metal.

—Parecía más grande cuando éramos niños, Severus ­—comentó ella, y sus ojos se encendieron de memorias.

—Es cierto -convino él—. Hoy el río me parece muy estrecho, no aquella inmensidad.

—¿Subes conmigo? —susurró Lily—. Como hacíamos antes...

Snape pensó que se vería ridículo. Pero era Lily quien se lo pedía. Con leve pase de él, la rueda empezó un casi imperceptible giro. Subió, con parsimonia.

—Yo subía, tú corrías empujando la rueda y te me unías después —recordó Lily.

—Creo que he vuelto a hacerlo —Snape se quitó un mechón de la frente.

Los copos de nieve bailoteaban alrededor. En los edificios, los cuadros luminosos de las ventanas de cortinas cerradas, giraban lentamente en torno a ellos, que se miraban, en el escenario de su infancia compartida. Cuando ambos, solitarios, incomprendidos, llenos de ternura, pensaban que estarían siempre juntos.

La noche llegaba.

—¿Cómo has estado, Severus? —susurró ella.

—Buenos momentos, malos momentos. Momentos extraños. ¿Y tú?

—Igualmente momentos extraños. Muchos, hermosos. Otros, incomprensibles. La sorpresa de llegar a la madurez.

Silencio. La rueda traqueteaba, casi perezosa.

—¿Tienes un hijo, verdad? —preguntó él, en sombra— Lo escuché en Diagon.

—Tiene cinco meses de nacido —sonrió ella, sin sentir a Snape como peligro—. Se llama Harry.

—Harry —Snape pareció paladear el nombre, reflexivo.

La vuelta de la rueda sobre su eje, continuó. En torno a ellos pasaban los edificios habitados, otros abandonados, en claroscuro ruinoso entre las primeras sombras del anochecer.

Lily se preguntaba qué pensaba él sobre su hijo, y supo que la noticia lo hizo cavilar, porque él dijo, con aire tranquilo:

—¿Puedo hacerte una pregunta muy personal? No sé si haya para nosotros otra extraña víspera navideña.

La rueda giraba con ellos. Lily lo pensó.

—Dime —aceptó.

—¿Por qué elegiste a Potter? —soltó él, suave— ¿Pensabas que yo no era digno?

Lo dijo sin reproche. Verdaderamente tenía curiosidad. Era una pregunta desprovista del primer furor. Necesidad de hallar un equilibrio por comprender.

—¡Oh, nunca pensé que no fueras digno! —negó ella, asombrada— Y cuando nos separamos no creí que lo no fueras. Me daban miedo tus amistades, como te decía. Lucius, Mulciber, Bellatrix.

—Si —sonrió, irónico, sin alegría—. Eran raros. Hoy son más extraños.

Lily hizo una pregunta, sin saber por qué. Aun sintiéndose sin derecho a hacerla.

— ¿Y tú, Severus? —susurró— ¿Has amado a alguien?

Él no respondió directamente, viendo la plaza cruzar frente a ellos.

—Éste ha sido el escenario de mis mayores ilusiones —caviló él, con aire distante—. Estas calles, grises y heladas aún bajo el sol. En el molino muerto y el río opaco incubé la esperanza de días grandiosos. Su sol puede estar obligado a salir para todos, pero no todos estamos hechos para él. Después de ti…. —no quiso decirlo.

—Entiendo —asintió Lily, amable—. No tienes qué contármelo.

Él no mostró haberlo pensado, sino seguir un impulso.

—Un momento es tan bueno como otro —aseguró, viendo a las casas abandonadas—. Que mejor sitio que éste, el de nuestra infancia, para pedirte perdón.

—¿Perdonarte, Severus?

Volteó hacia ella, en la misma rueda donde, de niños, ella subía y el corría empujando la rueda paradespués subir, riendo los dos. Severus recordó que para echar a andar la rueda prefería no usar magia, para hacer el esfuerzo y lograr una sonrisa de Lily. Su recompensa.

—Perdón por lo que te dije —pidió Snape, con voz ronca—. Por lo que nos separó. Decirlo no me es fácil. Tengo años llenos de soberbia. Y no la dejaré para todo, pero para esto, sí. Llevo mucho tiempo deseando decírtelo, pero nunca he reunido el valor. Lo insólito de esta noche me deja ver que no puedo perder la oportunidad. No me excuso en las razones que tuve. Estaba abrumado, confundido. Lo dije con dolor, en errónea manera de decirte que me daba miedo perderte. También tenía sueños de grandeza. Sueños de conocimiento. Te pido perdón por mis palabras desafortunadas.

Lily se dijo: *Duda. Siente duda de estar donde está ahora.*Pero se sintió repentina, tremendamente preocupada. Se le había revelado un hecho fundamental.

—¿Has pensado en eso todos estos años? —preguntó, alarmada— ¡Qué terrible debió haber sido…! ¡Severus, te perdono! ¡Yo solo pensaba que túme abandonabas por tus amigos! ¡Perdóname, por favor, si mi actitud te hizo sentir que no me importaba tu dolor!

La magia no se cuestiona. La magia se acepta. Del por qué estaban ahí, o cómo permaneció intocable su tiempo interior como reloj echado a andar de nuevo, ninguno dijo nada.

No hizo falta más. En la rueda de metal que giraba, donde ambos compartieron su infancia, fueron uno al otro. Las estrellas decembrinas giraron a su alrededor al darse un abrazo repentino, estrecho, súbitamente intenso.

—Te he… —Snape frunció el ceño, tomando aire, con un nudo en la garganta, apretándola suavemente contra sí— ¡Te he extrañado tanto…!

—¡También yo a ti, Severus! —ella se secó los ojos, rápida, sin soltar a Snape— ¡Nadie lo creería, seguramente tú tampoco, pero aun con mi felicidad actual, me has hecho falta…!

Trac-trac, chirriaba la lenta rueda como una Rueda de la Fortuna donde ambos subieron en un tiempo de leyenda, y un día marcó doble cero, llevándose el oro de todos.

Se separaron suavemente, y la rueda se detuvo, lenta… Los ojos de Snape estaban secos. Había aprendido a secarlos, aunque no a borrar el dolor. Pero Lily vio en los ojos de él, maravillada, que pervivía una brasa de la ternura de antaño. La misma que la tocó hasta el quinto año de Hogwarts.

Bajaron de la rueda. Salieron de la plaza y sobre La Hilandera, él dijo:

—¿Te gustaría pasar a mi casa? Hace frío y podemos beber un té.

Lily lo conocía. Sabía cuándo él ocultaba, y cuándo fingía estar calmo. Y supo que él no escondía, ni fingía. Y llevada por el hilo de sus propias motivaciones, asintió.

— ¿Tú lo prepararás, Severus? —preguntó con una leve sonrisa, con la intención de que él llevara a más, ese atisbo de ternura que había descubierto en la mirada, que poco a poco recuperaba la cercanía de los años felices. Lily quería seguir borrando desencuentros entre los dos.

Severus movió su cabeza en señal afirmativa, y sonrió de lado, como en las épocas de Hogwarts, como cuando terminaba con éxito cualquier poción, por más difícil que fuera, antes que cualquiera de sus compañeros de curso.

Lily lo tomó del brazo, sin pedirle permiso. Sentía que no había hecho falta preguntarle si podía. Ya no, y caminaron juntos, hasta que ella se detuvo en una vieja panadería muggle, aún de pie ante los años, justo antes de que su dueño cerrara, ya que la noche prometía más frío y nieve.

Compró panecillos de almendras, para revivir sabores antiguos, viejas dulzuras que abstrajeran de la realidad hostil y conocida, a esa noche que recién comenzaba.

Luego volvió a aferrarse al brazo de Severus durante la breve ruta hasta su hogar.

—Deberás disculpar la quietud de cementerio que tiene este sitio —dijo Severus abriendo la puerta, mientras rápidamente conjuraba las luces de las lámparas de pie, y encendía el fuego de la chimenea, para que esa sala sórdida que olía a libros y a humedad, se tornara más tibia.

Los viejos muebles no estaban desaseados. A Severus le agradaban la pulcritud, y el orden. El abandono no era una cuestión de limpieza, sino de un halo de encierro y soledad, que hacían de esas cuatro paredes, un cofre de recuerdos dolorosos.

—Hoy no habrá quietud aquí, no digas esas cosas. Los lugares pueden ser lo que decidamos que sean, y no querremos un cementerio frío esta noche —dijo Lily desabotonándose su tapado de lana.

Ya se había quitado los guantes, y luego se acercó hacia el fuego, extendiendo las manos para darse calor.

Luego giró hacia Severus, que se había quedado mirándola, aún sin creer que la escena fuese cierta.

—Me agradaban las tazas de tu madre. Esas que tenían dibujadas pequeñas rosas amarillas. Me agradaba venir a tu casa a tomar el té en los días previos a la Navidad, como ahora…

—Sí… cuando mi padre se perdía por semanas, y yo rogaba que se perdiera para siempre, que nunca volviera. También recuerdo cuando recibirte a tomar el té con panecillos dulces, me parecía un sueño. Incluso ahora, me pregunto si esto está pasando, Lily… —dijo Severus abriendo la vitrina de un antiguo armario de cedro, mientras tomaba dos amplias tazas de porcelana de color beige, ornamentadas con dibujos de pimpollos de rosas amarillas.

Lily fue hacia él y tomó las tazas entre sus manos, mirando a Severus como si la niña de la plaza hubiera vuelto a posesionarse de ella.

Solo que ya no eran dos niños, y la intensidad era otra, que parecía crecer como crecía el calor en esa sala, que poco a poco parecía vulnerar a los inviernos, los inviernos de la nieve, y de las memorias tristes.

—Sí, está pasando —pronunció Lily, como queriendo afirmar lo que para ella, también era como andar dentro de un sueño.

Severus extendió un mantel rústico de lino gris sobre la mesa, y ella acomodó las tazas, y la bolsa de panecillos. Y mientras él se perdía en la cocina, y la dejaba unos instantes sola con sus pensamientos, conjuró su Patronus para que diera aviso a Alice que no se asustara si no regresaba pronto, ya que se encontraba bien, en un sitio acogedor y familiar.

Severus regresó en minutos con una tetera humeante, azúcar y una bandeja para los panes de almendras.

Sirvió a su invitada, y por primera vez en muchos días monótonos y rutinarios, degustó sabores con un placer que lo desconcertó.

—¿Qué está pasando, Lily? ¿Qué estamos haciendo aquí? —dijo más bien como una pregunta que necesitaba hacerse a sí mismo.

El perfume suave y floral que emanaba de ella, sobreviviente de los tiempos, la tibieza del fuego de la chimenea, el aroma de los libros, los sabores de las buenas memorias, habían derrotado al espantoso clima fantasmal de la casa del dolor. Definitivamente parecía un sueño del que no quería despertarse, aunque su costado duro y racional lo acribillara a preguntas, y lo obligara a obtener respuestas.

Lily bebió un último y dulce sorbo de té, y respiró profundo.

—Sucede que se hizo silencio, Sev…— dijo mirándolo con los ojos brillosos.

A él no le fue indiferente, que ella acortara su nombre, y sintió el golpe de una dulzura que lo estremeció, aunque su rostro no evidenciara grandes cambios.

—A veces no queremos encontrar nuestros silencios, porque nos aterran, porque si nos callamos, aparecen, y entonces pensamos, y si pensamos, se impone todo aquello que todavía nos intranquiliza. Lo que no pudo ser, lo que tal vez hubiésemos querido que nos pasara, y que la vida nos negó. Lo que hicimos mal, lo que nos alejó de nuestra pura esencia… lo que somos…

Lily hizo una pausa, y tomó la mano de Severus.

—Si me callaba, iba a encontrarte. Estabas, y estás en todos mis silencios. Me preguntaste por James… digamos que él, con su… fuerza… me alejó de los silencios que son sinónimos de verdades. Y me aturdí, me convencí. Era muy chica e inmadura para entender la oscuridad, aún hoy no la comprendo, y me dolía no poder hacerte salir de ella, y me dolía también lo que mis amigos te hacían, y me dolía estar en el medio… me dolía que no pudieran conciliar.

—Pero elegiste —la interrumpió Severus, no con aires de reproche, sino con resignación.

—Elegí… y la oscuridad no fue la opción, lo admito. Pero la realidad y el alma, no siempre van de la mano. Quieres saber por qué vine a Cokeworth… yo creo que vine a un lugar donde pudiera sentirte, donde el amor no me diera culpa… donde pudiera permitirme aceptar lo que me sucede… lejos de mi casa, de mi otra vida…

Lily tenía lágrimas en sus ojos, y se le había quebrado la voz al pronunciar esa confesión profunda. Lejos de ser aquella adolescente enojada, que se había jurado no dirigirle la palabra a Snape, nunca más, esa noche le abría el corazón, y todos los muros de orgullo de años anteriores, se hacían pedazos.

—Ven, por favor…—le dijo Severus con un tono suave, desconocido para él— siéntate aquí —agregó señalando sus rodillas.

Lily complació su pedido, y le rodeó el cuello con sus brazos. Había una mansa humildad en sus ojos húmedos, y una cercanía que auguraba intensidad.

Los niños de la plaza se habían ido lejos, como así también los adolescentes de las casas opuestas.

Eran un hombre y una mujer mirándose, sintiéndose íntimamente.

Snape la rodeó con los brazos, envuelto en el perfume de ella.

—Estoy soñando, Lily — le aseguró, sombrío.

—No sueñas, Sev… —respondió ella en voz baja, con la mirada estremecida— Te aseguro que no sueñas…

—Pero algo sí he soñado. He soñado esto—le acarició la espalda, observando sus labios. Mirando fijamente su boca.

La Luna en su mitad de plata se fundía con su mitad oscura de ausencias. Y el cielo en torno al Cuarto Menguante, el cielo como un anillo, lanzó sobre ellos el fulgor de sus astros.

—Algo no he soñado. No he soñado que te amé… —afirmó él, conmovido, viéndola siempre a los labios—Tuviste mi corazón desde el primer día…

Surcada de dolor, de fuego, Lily se le acercó más y lo miró de un ojo a otro, luego a los labios,  y de vuelta a los ojos.

—Claro que nos amamos, Severus, lo nuestro no fue sólo amistad… ­—afirmó—Fue la vida, los conflictos, pero yo también te amé. Tal vez fue que nunca supimos decírnoslo…

Snape la atrajo más hacia su cuerpo, y le dio un suave beso en la mejilla. Fascinado, incrédulo por hacer lo que tanto había deseado, repitió el beso en la piel aterciopelada de Lily, y lejos de  alejarse, acortó más distancias, rozándole luego los labios, sin previo aviso, como temiendo que el momento se desvaneciera. Lily lo observó doliente, con la mirada emocionada y atravesada por el relámpago ardiente de un deseo.

—Tú y yo, Lily… —susurró Snape, enfático, cerca de los labios de ella—Tú y yo dejemos de soñar…

Observando los labios de Lily, él se inclinó a ellos y los cubrió con su boca.

Los ojos se les cerraron, asombrados y complacidos por el placer y el amor del contacto tibio. Alguna vez pensado por los dos, después olvidado y aquella noche la Luna les revelaba que sus besos eran perfectos.

Lily lo estrechó más por la nuca cuando Severus se levantó, abrazándola contra él sin dejar de besarla, con ternura, con necesidad, con un beso profundo, de amplios movimientos, notando que sabían besarse sin haberse tocado antes…

Y en ese beso,  a la luz platinada que traslucía el ventanal, ninguno se hizo preguntas, porque hay horas en la vida donde ella te conduce; donde te lleva para que decidas en respuesta a tus invocaciones o a tus oscuros rezos, como para Severus y Lily al abrazarse y besarse, sonó la hora donde no importó  el *si yo hubiera,*donde no importó el no debería hacerloy donde no existió el *no puedo.*Sólo existió el *somos nosotros, pese a todo.*Al besar a Lily, Snape la tomó por el rostro, suavemente, y con la misma ternura y deseo ella lo acercó mucho más, abrazándolo por la espalda.

Porque somos tú y yo, aquí y ahora, mi amor a pesar de todo, a pesar de nosotros mismos, con nuestras historias y sus minuciosos dolores, con nuestras dichas y cada pesar. Las renuncias. Las decepciones. Las ansias.

Y todo el amor que no nos dimos, Severus.

Besándose por fin, besándose con conocimiento, sin ver, empujaron las sillas y éstas cayeron atrás, ruidosamente. Lily se apoyó en la mesa. Los relojes marchaban acelerados, como sus corazones. Detuvieron el beso haciéndose súbitamente atrás, pero sin soltarse.

Lily sonó a melancolía, a promesa, casi a desafío.

— ¿Los esponsales que no tuvimos, Severus?

Snape respondió con pasión y cobrando a la vida:

— ¡Nuestra noche de bodas bajo esta Luna…!

Volvieron a besarse. La caricia se hizo más intensa y a tientas buscaron sus ropas. Con dedos rápidos, Lily comenzó a desabrocharle la casaca, mientras Snape le zafaba uno a uno los botones del frente del vestido.

Una mágica desesperación los envolvía. Ya no tendrían retorno.

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Oh sí... volvimos...