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Historia 189184 — capítulo 1
Una interesante, serena, y tibia noche de mayo, enmarcaba la quietud de Hogwarts.
En el salón de Pociones, iluminada por algunas velas ya que la luna cuarto creciente -que pronto se volvería un perfecto medallón plateado-, aportaba su tenue luz a través del ventanal de vidrios repartidos, se encontraba Lily Evans.
Ella hacía el último recuento de todos los insumos necesarios para una poción que desde hacía tiempo, había querido preparar. Una poción de diseño, una mezcla que rozara la frontera entre lo emocional y lo inteligente.
Era la hora de la cena. Todos los maestros, los alumnos, y también Harry, estaban ya en el Gran Comedor.
Agua de lluvia nocturna, pétalos de rosas rojas, pequeñas hojas de menta, canela y vainilla, licor de avellanas, raíz de ginseng en polvo, chocolate derretido y miel…
dijo en voz alta, tomando lista de todos sus ingredientes, sin quitarles los ojos de encima.
Totalmente concentrada en ellos.
Alguien le comentó:
—Te faltó un colorante. La sangre de dragón podría serte muy útil para darle tonalidad a tu obra. Debe ser muy importante, como para que la profesora Evans no le avise a su marido que no se va a presentar en el comedor —dijo Severus Snape, que había entrado al aula con pasos silenciosos, a tal punto que Lily hasta ahora notaba su presencia.
Ella levantó la vista, y se dedicó a sonreírle. A pesar de no haber escuchado llegar a Severus, no se sorprendió.
—Tal vez la profesora de pociones quería que el profesor de DCAO, viniera a buscarla… tal vez, como tantas otras veces, ella lo llamó con sus pensamientos. Lo… invocó… Ella ya no sabe si él la lee, o ella lo convoca…—respondió Lily con un tono de voz que hacía imposible mantener la cordura, o la seriedad.
Severus le devolvió otra sonrisa. Adoraba esos códigos entre los dos, y lo que fuera que su mujer tuviera planeado, le resultaba más atractivo que sentarse a cenar escuchando las conversaciones insulsas de sus colegas, frente a las interminables mesas de los alumnos que nunca dejaban de hablar, ni aún con sus bocas llenas de comida.
Con mirada de interés, le dijo:
—La profesora, invocadora voluntaria… extraña tal vez nuestro negocio de Diagon… o tuvo, a lo mejor, quién sabe… una añoranza repentina y quiso dejar por un momento el programa escolar… —Severus siguió el juego, que ya lo atraía mucho.
Él admiró los ojos de su esposa, su gesto concentrado en el caldero, se deleitó con su voz armoniosa por encima del siseo del líquido, a fuego mínimo:
—No es añoranza, profesor… Mi querido Remus, nuestro amigo Remus está muy bien al frente de la tienda. Si no se la dejábamos a él, a quién, si no… Sus períodos de luna llena ya no lo limitan. Gracias a la poción que mejoraste, él solo se vuelve un animago involuntario, y por las mañanas solo experimenta un cansancio físico leve, nada más… Has sido noble, mi amor… Eres fabuloso… eres el mejor pocionista, Severus Snape…
Él fue al armario. De un vistazo había reconocido la originalidad de la pócima ideada por Lily.
—Black se la pasa viajando, no hubiera podido ser él, además es algo… inestable, y sí, Lupin nos cuida el prestigio, es cierto; tiene carisma con los clientes. Y en cuanto a mejorarle la poción Matalobos, fue tu idea, yo solo la llevé a cabo. Siempre es una tarea conjunta cuando se trata de ti y de mí…— le dijo.
Severus volvió a la mesa de trabajo, luego de traer del armario, un pequeño frasco con sangre de dragón.
Colocando un removedor de pócimas en su base absorbente de líquido, Lily tomó el frasco que Severus le tendía, y comprobando a contraluz la claridad del preparado, le respondió:
—De eso se trata, mi vida, precisamente de una tarea conjunta. Por eso no fui al comedor, porque quería que vinieras solo, y que esta poción que tengo en mente y que por los insumos, ya intuyes, la preparáramos juntos… como en las épocas de escuela, en este mismo salón, donde me encantaba trabajar contigo… días felices…
Lily tomó una copa abundante de agua de lluvia nocturna, y la vertió en el caldero, a fuego mínimo. Después agregó unas gotas de la sangre de dragón, que volvieron al líquido tan rojo como sus cabellos, que llevaba recogidos en un peinado alto, que le aportaba seriedad, aires de docente.
Su vestido negro, largo hasta los tobillos, completaba el esquema que la hacía lucir intelectual, y muy deseable ante los ojos oscuros de Severus, que se había prácticamente pegado a ella.
—Tu piel tiene la particularidad de asimilar todos los aromas de los insumos que utilizas —le dijo, inspirando el aire que emanaba la cercanía de su cuello descubierto.
Ella, sin apartarse de Severus, precisamente para deleitarlo con el perfume su piel y la pócima, analizó las hierbas que estaba por usar. Su esposo se trastornaba, con solo verla trabajar con esa dedicación.
—Son las hojas de menta, y también los pétalos de rosas. Ayúdame con el mortero, ayúdame a presionar —dijo Lily, colocando los ingredientes en un recipiente de mármol, mientras su mano y la de Severus, se unían sugestivamente para macerar ambos elementos, y crear una fusión de fragancias intensas. Sus pieles, al tocarse, habían revelado otra intensidad. Una intensidad tan creciente como la luna en la ventana.
Incorporaron esos jugos al caldero, y también agregaron la canela, la esencia de vainilla, y el ginseng, en pequeñas y certeras dosis. Las hojas se incorporaron a la preparación rojiza, fragmentándose y disolviéndose.
Lily hechizó una cuchara para que revolviera de manera constante y rítmica el preparado rojo, que comenzaba a destilar una fragancia embriagadora.
—Licor de avellanas… —identificó Severus, tomando entre sus manos una botella de corte artesanal y antiguo, que contenía un licor amarillento y espeso— Es un fluido exquisito e interesante, de usos múltiples… Me agrada en especial su consistencia… es un gran aporte para esta poción, e inclusive me provoca otros pensamientos, más… osados…—agregó, mirando a Lily con avidez, con intención de promesa selecta, refinada, y tan oscura como sus perlas de ónix, que habían adquirido un tinte entre maligno y adorable.
Él dosificó la cantidad de licor que pronto pasó a formar parte de esa mezcla que tomaba temperatura, y que emitía vapores cada vez más peligrosos y adictivos.
La cuchara tintineaba ocasionalmente al remover el preparado.
—Creo que se está sintiendo el efecto, profesor… aún antes de probarla… es la luna… es usted… soy yo… —dijo Lily casi susurrando, con la poca cordura que intentaba mantener.
Experimentaba un calor particular, y se había abierto los botones superiores del vestido. Los ojos de Severus gravitaron hacia el pecho blanco de Lily, donde se habían condensado pequeñas gotas de ese secreto líquido rojo, fusionados con su propio sudor.
—Ahora el chocolate derretido, y esto será una delicia cuando termine con el último ingrediente, mi favorito, que es la miel —agregó Lily, incorporándolo al preparado, cada vez más cautivante.
La luz por la ventana caía en el caldero, no sólo dando el tipo de iluminación en la cantidad necesaria para la pócima, sino acercando a la pareja entre sí.
—Tú eres una delicia, Lily —le dijo Severus, mirándola a los ojos, entrando en su mente, y adivinando intenciones para esa poción, y mucho, mucho más para después—. Mi profesora quiere una pócima personalizada, un fluido que obre de acuerdo a la pasión de sus mentores… Y la tendrá… claro que la tendrá… —terminó de decir, mientras con su dedo índice capturaba del pecho de su mujer, una pequeña gota de sudor dulce y la vertía en el caldero.
—Mi legerementhermoso… Adoro no tener que decir lo que pienso y deseo, porque siempre lo sabes… y me complaces…—respondió Lily, mientras tomaba un cabello de Severus, y así como él había hecho con la gota de sudor, lo fundía con la mezcla que ya les pertenecía íntimamente.
Severus aspiraba el perfume del cabello rojo de Lily: menta, vainilla, amor y deseo. Le tocó los hombros cuando ella, apartó una generosa dosis de miel, y la agregó a esa artesanía escarlata que olía como debía oler la mismísima perfección.
La cuchara hechizada continuaba revolviendo armoniosamente, y que el preparado estuviera listo para ser bebido, era cuestión de tiempo, de luz de luna, y de magia.
Lily hundió una de sus manos en el frasco de miel.
—Se me ocurren grandes ideas, parecidas a las suyas, esas que lo inspiraron por causa del licor de avellanas, profesor… —dijo untándose los labios, el cuello y el escote con esa tentación ambarina que Severus no tuvo la intención de evitar, o resistir.
Entonces, sin demorar más, la tomó por el talle, sintiendo la tela del vestido negro que ocultaba la piel deseable que pronto se le revelaría, y le dijo al oído, entre los vapores que brotaban del caldero.
—Desde los tiempos de Slughorn —susurró a Lily—, he deseado tenerte en esta aula…. Profanemos el salón.
La pócima estaba en proceso, y Lily giró hacia Severus rodeándole rápidamente la nuca con los brazos, fundiendo sus bocas en un beso deseoso, amplio, estrecho, estallando en suspiros.
Con un pase él cerró la puerta, y silenció el claustro, posando una mano en la base de la columna de Lily, y la otra en su espalda, apretándola contra él.
El contacto con el cuerpo de su esposa lo enardeció. Cada vez, era como la primera vez.
El líquido del caldero siseaba, acompañando a los enamorados que se repartían besos profundos. Severus llevaba la miel de la boca, el cuello, y el escote de Lily, a sus propios labios compartiendo esa refinada dulzura de ámbar.
—Deseo más miel, mucha más…—afirmó ella, bajando las manos, tensando a su esposo.
Lily descendió con lentitud felina hacia su posesión más preciada, entre las piernas de Severus... Tenía las manos llenas de miel, la boca impregnada de miel, y en esa boca las ganas de trazarle caminos calientes y almibarados. Y demasiado pronto, la lujuria de tenerlo, se convirtió en una degustación adictiva de sabores íntimos. Lo mordía suave, pero intensamente; dulce, pero salvajemente, incentivada por su respiración masculina, que la aprobaba entre gemidos que comenzaban a evidenciarse más y más desesperados.
El salón donde él disfrutara las lecciones tantas veces como alumno, regresaba en ecos apagados; eran los gemidos de Severus en la penumbra. Jadeos y gemidos de éxtasis y de cierta renunciación. El movimiento de la cabeza de Lily, rítmico e insistente, sin piedad, recibió las manos de él, reteniéndola en el punto de su locura. Y Severus recordó, no sin malicia, que ambos habían tomado clases en ese sitio, y al verse de regreso y sentir que Lily lo acariciaba de aquel modo, le trajo la sensación oscuramente grata de que eso y lo que tenía en mente, era una experiencia de la que Lily estaba destinada a cumplir, sin poder escapar.
Lanzando un grito en parte de placer y en parte de dolor por detener la vertiginosa caricia, Severus apartó a Lily suavemente, y con deseo voraz la tomó de la cintura y la alzó hacia él. La sonrisa entre rebelde y sagaz de su esposa, su mirada conocedora de todas y cada una de sus reacciones, le hizo entender que ella sabía hasta qué punto lo trastornaba y que eso la complacía, esperando la próxima jugada.
Severus la recargó en el escritorio, soltándola, no sin antes pasarle las manos ávidamente por el cuerpo, y tomando la varita, con un breve pero marcado pase, hizo que se abriera su vestido. Los botones que faltaban se soltaron en ese insinuado movimiento, y el resto se soltó en serie hasta el final de la falda. La revelación de las curvas del cuerpo de su mujer, la ropa interior, la ola fresca de su perfume natural, marearon a Severus de placer, y sin retirarle la vista de encima, con otro pase trajo el frasco del licor de avellanas, al que abrió, llevándolo hacia el escote de Lily, y verter en él parte de su contenido, que resbaló sobre la blanca piel, iniciando otra aventura de riesgo dulce.
Mientras que los vapores de la poción volvían al ambiente más propicio para esos juegos que bordeaban la locura, Lily tomó la mano de Severus, y la llevó hacia el broche dorado que sujetaba sus cabellos, para que él mismo lo desprendiera, y al soltarse la cascada roja y sedosa, el contempló en ella una expresión aún más peligrosa en su mirada, y el cabello largo enmarcó el rostro de Lily, de un modo que hacía imposible resistirse a ir por mucho más.
—Yo quiero ser la copa de tu licor, Sev… —susurró en su oído, y luego reclinó su cuerpo hacia atrás, como invitándolo a que hiciera de ella, lo que le dictaran sus ganas.
El caldero humeaba, y entre sus efluvios, con firmeza, Severus tomó a Lily por los hombros, besándola, volviendo a paladear los sabores de la poción.
Con manos sedientas cubrió las cimas de Lily, acariciando su centro con los dedos, en toques facilitados por la humedad de las gotas de licor.
Pero Severus, embriagado, deseaba beber más, y posando las manos en las caderas de su socia de lujurias, fue dejando besos por su cuerpo, siguiendo la ruta irregular del breve río del licor de avellanas. El aroma del caldero impregnaba el aire, y él recogía de Lily las gotas de licor con la lengua y con otros besos sorbía el líquido convertido en manjar. Así, hundió el rostro entre los senos de su dama que lo veía hacer, suspirando, para luego verlo descender hacia su abdomen.
Ya se había dado cuenta que ella le atraía más ahora, que en sus tiempos de adolescencia. Era la belleza de Lily, el sabor de la piel, la forma de estar, el cuerpo a medio revelar por el vestido abierto. Era su presencia de mujer. Arrebatado, casi arrodillado, rodeó las piernas de ella con los brazos y llevó sus deseos ardientes en el ala de su lengua, buscando el último reducto del licor de avellanas, bebiéndolo de la piel suave y de aroma un poco más fuerte, del secreto de Lily, a caricias de llameante sed.
Ella se había vuelto una copa, una copa de fuego perfumado y agridulce, que se entregaba a aquella magnífica tortura. Permitía que él la bebiera, que la invadiera descaradamente, lo dejaba provocarle placeres inconfesados, inventar licores nuevos que se derramaran en la maestría adictiva de su boca experta. Lily era su poción caliente, su elíxir, que ardía al borde del éxtasis. Entonces ella soltó un gemido, echó la cabeza hacia atrás, y su voz se mezcló con los aromas de la pócima que ascendían en vapores de hierbas. Tomó a Severus de los negros cabellos y con un temblor acompañado de un grito entre armonioso y desesperado, le anunció haber alcanzado la cima, por culpa su arte tan oscuro como maravilloso.
—Ahora te quiero dentro de mí... Sí, en el escritorio de la profesora—dijo Lily con la respiración entrecortada.
Enardecido, Severus la tomó por la cintura, llevando las manos a su espalda y más abajo, cargándola y subiéndola al escritorio, sin perder un segundo. Su bruja sonriente, jadeante, se recostó. Él la tomó de las rodillas, levantándole las piernas, acariciando sus muslos por la parte inferior y apretándose contra su caliente humedad, para que sintiera los latidos de su tensión, su fuerza, la dureza que ella misma había provocado.
—Loco… —susurró él— Me vuelves loco…
—¿Qué tan loco? —preguntó ella, moviendo las caderas, frotándose contra él.
—¡Tanto como…! —Severus la acercó más, tirando de ella por las piernas; se colocó al inicio de la mayor demencia, la que le remordía las sienes— ¡Tanto como esto…! —pronunció haciéndose hacia adelante.
Severus emitió un grito ronco al verse inmerso en la humedad ardiente de su exquisita partenaire, que le respondió con otro grito:
—Siempre querré esto de ti, mi amor, siempre querré más de ti…Tú sí sabes lo que me fascina, y te encanta dármelo…
Las palabras entre la súplica y la complacencia, motivaban más y más a Severus. Su bruja conocía los conjuros verbales que lo convertían en el ser que entendía que el juego no admitía términos medios. Ellos eran una totalidad, un mundo único.
El líquido del caldero comenzó a borbotear, elevando su temperatura, tanto como el movimiento de las caderas de Lily, acompasadas por el vaivén de Severus, rítmico, voraz, con un calor que le encendió el rostro y lo hizo desear imprimir aún más energía.
Ellos eran la poción, la poción se había vuelto la manifestación de ellos mismos, de sus deseos.
Ese abrazo, esa mágica mezcla que fusionaba licores y hierbas finas, se fundió con el abrazo total de los enamorados. El vapor del caldero ascendió blanco como los gemidos de Severus y Lily ascendieron en el aula de pociones, y el líquido hirvió como los amantes, que se veían trastornados, entre jadeos y sentencias en desvarío…
tú eres mía, mi cielo, tú eres mío, mi amor… eso ya estaba escrito en las estrellas y que nunca se te olvide…
Y cuando ambos llegaron juntos al sumo placer, en una danza pasional, en abrazos apretados, la pócima alcanzó el grado máximo, hirviendo, en sublimación de fuego de esencias. Sus vapores fueron un velo tenue que ocultó como un manto de seda, el abrazo de los amantes.
Cuando recobraron la respiración, se apagó el fuego del caldero, y la cuchara mágica cesó su trazo de círculos regulares. La pócima estaba lista, con el sello de calidad de sus creadores.
Ambos permanecieron un rato abrazados. Se miraron más allá de los ojos, se dijeron palabras, se escucharon sus suaves risas de complicidad.
—Te amo, Lily.
—Yo también te amo, Severus.
Entonces decidieron que volver era una buena opción, que finalmente cenarían.
Compartieron una ducha en el cuarto privado junto al aula, y ya nuevamente presentables, regresaron al salón, listos para bajar.
Se llevaron la sorpresa de que, del caldero enfriándose, brotaban algunos brillos rojos como de pequeños astros.Era un fenómeno de buen augurio, parecido a la alquimia.
—La pócima resultó excelente, como todo lo que hacemos juntos —dictaminó Lily.
Severus alzó una ceja.
—Sin dudas… y…si la vendemos en Diagon, será todo un éxito —agregó con esa media sonrisa que a Lily se le hacía irresistible.Ella no supo si él lo decía en serio o si era broma, pero la hizo reír y le dio un leve golpe en la casaca.
—¿Qué llevas ahí? —se extrañó al sentir que él guardaba algo en el bolsillo.
—Un frasco con la pócima —respondió Severus.
Ella se asombró, entendiendo la idea de él.
—La noche es joven —comentó Severus—. ¿No te gustaría comprobar más tarde, los efectos de la pócima?
—Por supuesto…tenemos que hacerle un nuevo control de calidad…todos los que sean necesarios para chequear el nivel de excelencia…—le respondió.
Sonriendo, dejaron el aula, bajaron los pisos, Lily lo tomó de los hombros y él de la cintura en algunos tramos de la escalera, obsequiándose el mensaje de sus ojos al admirarse mutuamente.
Cerca de la puerta del bullicioso Gran Comedor, donde ingresarían, perfectamente serios y formales, notaron el color de la noche, en contraste con el ambiente rojizocreado por la pócima.
El viento soplaba, y más allá, las torres del colegio y la arquitectura de roca, brillaban tenues, a merced de la luz lunar del cuarto creciente, rodeado de diminutas estrellas.
—No había notado el color de la noche —consideró él.
Lily asintió. Sus ojos se encendieron, conmovidos. También admiró la hora. Ambos habían aprendido hacía mucho, que compartían la misma magia.
—De noche, el aire y el amor toman un color azul —dijo ella.
Los coautores agradecemos su lectura y los invitamos a ver comentarios a este OS y el fic anterior, en: