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Me Enamoré de un Fantasma — capítulo 10

Después de la charla con C en la biblioteca volví a casa extrañamente feliz, pensando en todo lo que hablamos. Con la flor en el canasto de mi bicicleta y Winter caminando a mi lado, no pude evitar sonreír durante todo el camino. ¿Por qué, Emma? Justo hace unos días me desesperaba y ahora… Bueno, continúa haciéndolo; pero he logrado ver un lado suyo que jamás había visto antes. ¿Ahora sí lo estoy considerando mi amigo, más que sólo un conocido?

Ha permitido que vea su faceta más natural, sin ningún enigma, a pesar de que no fue tan larga como me hubiera gustado. Nunca había conocido a alguien como él y eso es extrañamente bueno.

Al llegar, Winter corre directo a la cocina donde papá está asando carne con tres amigos del museo, riendo a carcajadas. Me gusta que esté con ellos pues está feliz. Y no es que no lo esté siempre (de hecho, es la persona más feliz que he conocido), pero cuando está con ellos es como si no fueran adultos, como si continuaran en la universidad. Y eso, me ha dicho él, es una sensación que le encanta.

Decido no interrumpirlos y subo directo al baño, donde hay un florero vacío. Lo lleno con un poco de agua y voy a mi habitación. Cierro la puerta con llave. Por alguna extraña razón he venido decidida a continuar leyendo el diario y, si papá entra y lo ve en mis manos, seguramente me exigirá que se lo entregue para analizarlo, terminando probablemente exhibido en el museo. Y no quiero eso, no quiero que estas memorias se pierdan para siempre detrás de una vitrina.

Me siento en la silla del escritorio, donde dejo la Cala de Etiopía frente a mí, depositándola en el florero con una sonrisa. Sigue en perfecto estado, sin marchitarse ni un poco. Me quedo observándola un rato antes de abrir el cajón y sacar el diario.

La lluvia cae con suavidad afuera. Hace mucho frío, pero no quiero perder tiempo buscando un abrigo.

Tomo el pequeño libro de cuero entre mis manos, acariciando la portada lentamente. Siento de nuevo ese nudo en mi garganta al recordar lo que leí ayer. Si eso fue melancólico, ¿qué vendrá después?

Acomodándome en esta pequeña silla, me dispongo a leer la siguiente página.

''Septiembre 10, 1887,

Hola, amigo mío.

Hoy he despertado con una extraña sensación dentro de mí. No sabría explicarla con palabras. He tenido un sueño realmente hermoso, el cual ha dejado mi mente y mi cuerpo en un estado de relajación increíble. Después de las pesadillas que he tenido las últimas noches, tan oscuras y confusas, este sueño ha sido una grata sorpresa para mí.

No recuerdo cómo empezó, pero sé que en un punto me encontraba en la playa, meditando. El sonido de las olas del mar llegaban a mis oídos de forma hermosa, llenándome el alma. No había otro ruido más que ese, como si yo fuera el único humano en el mundo. Y esa sensación de soledad que tanto odio de repente se convirtió en alegría. Porque era libre.

Luego, la playa debajo de mí comenzó a verse cada vez más y más pequeña. Era confuso al principio, hasta que me di cuenta de lo que estaba sucediendo. ¡Estaba volando, amigo!

Luego, desperté. ¿Pero cómo estar tan solo en el mundo, fue agradable para mí? Porque estaba solo, pero no triste. No había nadie que me juzgase, nadie que me obligara a hacer algo que yo no quería, nadie que me recordara día a día qué tan malo soy en todo lo que hago.

Sin embargo, el sueño ya había concluido y la realidad me golpeó el rostro con fuerza. Desperté en mi cama, en la mansión; con un protocolo y una rutina que seguir. Desperté ahogado en mis horribles emociones una vez más.

¿Por qué esta tiene que ser mi realidad?

Sentí una rabia en mi interior que nunca había sentido con tanta fuerza. Me levanté de un tiro, me puse mis botas y así, tal como desperté, salí corriendo de la mansión, hacia los establos, con el cuerpo tembloroso. Y monté mi caballo y me fui lejos, hacia la playa.

Entonces, en el camino, aquel cosquilleo que sentí en mi sueño regresó. Llevaba montando a toda velocidad unos veinte minutos. El aire me golpeaba con fuerza el rostro, pero era agradable. Cerré mis ojos lentamente, inconsciente siquiera de que lo estaba haciendo. Ya no veía nada, sólo sentía.

Entonces esa sensación me hizo querer más. Solté las riendas de mi caballo, y éste continuó corriendo. Abrí mis brazos, como abrazando el viento, sintiéndolo parte de mí. Fue como volar, como estar en mi sueño, pero esto era tan real como mi piel.

¿Fue peligroso? Vaya que lo era, pero sólo podía sonreír. Vamos, este es el Charles que me gusta ser.

Y de repente, de la nada, mi caballo perdió el control al tratar de esquivar una gran roca. Frenó bruscamente y, antes de que yo pudiera reaccionar, caí al suelo con una fuerza increíble. Me golpeé la cabeza con la roca y me comenzó a sangrar sin control. También, me raspé las rodillas y los codos, y un creciente dolor subió por mi columna cuando traté de sentarme. Estaba mareado, me dolía el cuerpo, estaba sangrando. Y sin embargo, cuando logré acomodarme, comencé a reír sin control.

Volví a la mansión, tan feliz como nunca me había sentido. Mi padre estaba esperándome furioso en el hall. ''Dónde te habías metido, Charles'', gritó. Iba a continuar hablando pero, al verme en el estado en el que me encontraba, se acercó a mí con la furia en sus ojos y, a pesar de ver que estaba sangrando, me golpeó con fuerza en la mejilla.

Sentí el ardor del golpe al instante, pero no reaccioné. Ya sentí un dolor peor y ese dolor me hizo feliz, porque fue producto de un estado de liberación.

Sé que esto te parecerá extraño, amigo mío, pero fue más que un golpe. ¿Por qué iba a llorar? ¿Por qué me iba a lamentar? Monté a mi caballo con los ojos cerrados y sentí como si volara, me sentí libre. Caí, me golpeé fuerte, pero me levanté con una sonrisa en mi rostro. Y no me importa lo que mi padre piense de eso.

Y esa es la filosofía que quiero adoptar de ahora en adelante. Sé que caeré con fuerza en mi busca de felicidad, pero me voy a levantar cada vez que lo haga. No quiero irme de este mundo sin haber logrado mis objetivos; no quiero morir habiendo vivido una vida que no es mía, que no me pertenece.

Quiero ser feliz y me prometo que lo haré, sí que lo haré.

Charles Pemberton.''

Cuando termino de leer me doy cuenta de que tengo una gran sonrisa en mi rostro. La alegría que sentí por él supera la momentánea tristeza que por un momento me invadió al leer que su padre lo había golpeado. No lo conocí, pero lo entiendo. Los objetivos que él quería lograr también son importantes para mí, y aunque él ya no esté presente en este mundo, siento que es algo que compartimos y espero que lo haya logrado. Nadie merece ser infeliz, nadie merece que otros te hagan infeliz.

Sólo puedo imaginar su vida, tan rutinaria y llena de etiqueta, y sé que yo misma no aguantaría viviendo así. Es valiente, sin duda, por haber soportado eso por tanto tiempo.

Quiero continuar leyendo y descubrir más de su vida, pero ya ha anochecido y mis ojos comienzan a ceder ante el cansancio. Me acomodo en la silla y antes de que pueda pasar a la hoja siguiente, me quedó dormida sobre la mesa, con el diario aún en mi mano.

A pesar de estar dormida, siento frío, pero el sueño es tan profundo que no me levanto.

Esa noche no sueño con nada. La tranquilidad en mi mente es extraña. De repente, el frío se transforma en calor.

Los rayos del sol atraviesan la ventana y caen directo a mis ojos, haciéndome abrirlos lentamente. Ya descansada, me estiro y siento mis músculos relajarse aún más. Coloco los brazos a cada lado de mi cuerpo. Pero hay algo que no encaja.

Con el ceño fruncido comienzo a acariciar la suave superficie debajo de mí, mientras miro el techo. Inevitablemente mi respiración se corta. Estoy en mi cama, con la cobija cubriéndome completamente del frío.

¡¿Pero qué ha pasado?!

Me levanto abruptamente, mareándome al hacerlo. En el suelo están los zapatos que tenía puestos al quedarme dormida. En la mesa de noche, está el reloj que traía puesto. Y sobre el escritorio está la llave.

Con la confusión sobre mí, corro al escritorio, abro el cajón con rapidez y ahí, en el medio, está el diario.

Me llevo la mano a la frente. ¡¿Cómo es esto posible?! Justo me quedé dormida en el escritorio y de repente amanezco en mi cama.

¿Me levanté en medio de la noche? ¿Guardé el diario, me quité los zapatos y el reloj y me cobijé en la cama, quedándome dormida de nuevo? Si lo hice, definitivamente no lo recuerdo.

Pienso en papá, pero dejé la puerta cerrada con llave. Me recuesto en la cama, como si eso pudiera traerme recuerdos. Pero no, sólo dormí como un bebé toda la noche.

La confusión me está matando, pero lo ignoro. Tuve que haber sido yo, de igual forma. ¿Cómo más me pude haber pasado a mi cama? Tal vez es una de esas ocasiones en las que no recuerdas lo que haces mientras estás dormido, no hay otra explicación.

Tomo una ducha rápida, alistándome para ir a la biblioteca. Papá me ha dejado una nota, diciendo que ha salido con Winter al pueblo a comprar comida. Justo cuando tomo mi mochila y cuando mi mano está a punto de abrir la puerta siento un golpe en ésta, proveniente de afuera.

Me detengo por un instante, pero abro la puerta de todos modos.

Me quedo en shock cuando veo quién estaba tocando.

—¡Buenos días, Emma! —exclama C con una gran sonrisa, haciendo una reverencia en el acto. No respondo, sólo me quedo de pie, mirándolo— Esta vez el portón sí que estaba abierto, puedes ir a comprobarlo tú misma.

Pero lo extraño es que no es su forma de haber entrado la que me sorprende, sino el hecho de que esté aquí.

Sacudo mi cabeza, volviendo a la realidad.

—¡Vaya! ¡Cumpliste con tu promesa de aparecer pronto!

—Prometí enseñarte a tocar piano, y aquí estoy—dice, meneando la cabeza—. Aunque si lo deseas, puedo irme ahora. Según veo estabas a punto de salir.

Abro los ojos ante la mención de que se pueda ir.

—No, C. No iba a ningún lado.

Él levanta las cejas, sabe que no es así. Olvido que tengo que ir a la biblioteca y, con una sonrisa, lo dejo pasar. De todas formas, estar con él es más divertido que ir a limpiar estanterías.

Él se dirige hacia el salón del té y yo lo sigo sin pensarlo.

Adentro hay dos muebles de terciopelo rojo; una chimenea que no ha sido remodelada, pinturas de paisajes; mesas de café, muchos floreros y, en el fondo, un piano de cola que roba el aliento.

Es un salón acogedor, a pesar de que varios de los muebles que habían aquí fueron vendidos en la subasta.

—Entiendo que no quieras ir a la biblioteca, yo también solía ser irresponsable con mis deberes—dice, observando el lugar con detenimiento.

Frunzo el ceño.

—¿Estás pretendiendo que soy irresponsable?

—No lo estoy pretendiendo, lo estoy afirmando—responde con expresión divertida.

Pero esto no me ofende, sólo me hace reír. Después de todo sí que estoy siendo irresponsable en este momento.

—Me alegra que rías ante mis afirmaciones.

—Sólo si tus afirmaciones son fáciles de entender.

Se quita el sombrero, dejándolo sobre el piano.

—Y también puedo afirmar que no has ido a la biblioteca porque quieres estar conmigo.

Su mirada fija sobre mí y las palabras que acaba de decir, provocan que suba calor a mis mejillas, sonrojándome. Esto es algo que últimamente me ha pasado mucho cuando estoy con él y lo único que puedo hacer es cubrir disimuladamente mis mejillas con el dorso de mi mano.

Una sonrisa de triunfo aparece en su rostro.

—El que calla otorga—dice, mientras se sienta frente al piano, dándome la espalda—. Y el que se sonroja también.

Mis ojos se abren como platos y dejo mi mochila caer al suelo, asombrada. Puedo ver como sus hombros se mueven de arriba abajo, indicándome claramente que se está riendo de mí.

—¡Eres un creído! —le grito con frustración.

Él trata de ahogar su risa y sin embargo lo único que logra es reír a carcajadas.

El calor de mi rostro aumenta cada vez más. C voltea, sonriendo, y se corre un poco para darme espacio en la silla del piano.

—Vamos, Emma, siéntame.

El poco espacio disponible que queda en la silla me hace dudar. Lo miro con el ceño fruncido, está jugando con mis emociones. No quiero sonrojarme más por estar cerca de él.

—No hay mucho espacio—digo, acercándome.

Menea la cabeza, mirándome.

—Muy cierto. ¿Te incomoda, Emma? —pregunta con seriedad.

Esta vez controlo mi nerviosismo y, con la cabeza en alto, me siento a su lado. Su brazo está contra el mío y sólo quiero que la tierra me trague.

—No me has agradecido aún—dice.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Bueno, quiero que te sientas cómoda y por ende decidí no hablarte con acertijos. Pero parece que aún no lo notas—Encoge los hombros.

Sí que lo noté, inconscientemente, y eso me gusta.

—Disculpa, C, no pensé que debiera agradecerte—respondo con tono burlón.

Él sonríe.

—Yo que tú aprovecharía, no dije que fuera a ser así siempre.

—¿A qué te refieres?

—Si deseas saber más sobre mí, sin ningún tipo de acertijos, este es el momento indicado.

Muchos pensamientos cruzan por mi mente y me es casi imposible escoger sólo una pregunta.

—¿Dónde vives? Pero de verdad. ¿En qué parte del pueblo es tu casa?

—No tengo una casa. No en ese sentido.

—¡Dijiste que no hablarías con acertijos! —exclamo.

Él ríe con suavidad.

—Pero no es un acertijo.

—¿Entonces?

—Está bien—dice, suspirando dramáticamente—. Podría decirse que vivo en el campo.

—¿En el campo?

—No tan campo, pero…

—¡Oye! —le doy un golpecito en el hombro.

—Discúlpame—dice riendo—, es que extrañaba tu frustración.

Lo miro con el ceño fruncido, pero no puedo evitar sonreír.

—La playa—dice sin más—. Como a una hora de aquí, o tal vez menos.

—¿La playa?

—La playa—afirma nuevamente.

—¿Vives en la playa, en una casa?

—No. Sólo vivo en la playa.

Esta conversación comienza a confundirme, incluso aunque esté siendo claro.

—Como… ¿en la arena?

—Así es.

Río, ¿está hablando en serio?

—Me gustaría ver eso.

—Lo harás.

Levanto las cejas.

—¿Me llevarás a tu casa? ¡Qué honor!

—¡Eres una creída! —exclama, con diversión en su rostro— ¿Piensas que te llevaré a mi casa porque eres especial? ¡Suelo llevar muchas ardillas y ninguna se pone tan roja como tú!

Me muerdo el labio y desvío mi mirada hacia las teclas del piano. Tal vez esté hablando sin acertijos, pero disfruta haciéndome confundir.

—¿Podrías parar de mencionar lo roja que me pongo, por favor? También, ¿podrías dejar de mencionar a las ardillas?

—Está bien.

—¿En realidad tienes veintidós, o más?

—Ambas son correctas, pero veintidós.

Lo miro con detenimiento. Su piel, sus ojos, sus labios. ¿Cómo podría tender más de veintidós? ¿A qué se refiere con que ambas son correctas? Él ya me había respondido esto una vez, por eso no me sorprende que lo haya hecho de nuevo.

—¿Cuándo podré verte sin el abrigo y los guantes?

Él levanta una ceja.

—¿No crees que es muy pronto para querer verme como llegué al mundo?

¡¿Qué?! ¡Él sabe que no me refiero a eso! El C bromista comienza a salir a flote. Abro la boca, para protestar, pero él estalla en risas. Siento ponerme aún más roja. ¿Cuántas veces me ha puesto así hoy? 

—Disculpa, no pude evitarlo. Es un lindo pasatiempo hacerte poner nerviosa, como te dije una vez.

Me mira, claramente divertido por mi expresión.

—Contigo puedo ser yo, Emma—dice de repente, cambiando su tono gracioso por uno más serio—. Al fin encontré a alguien con quien puedo demostrar todas mis facetas.

Sonrío levemente.

—Bueno, me alegra saberlo, C. Yo también siento lo mismo.

—También me alegra, mucho—concluye él.

Nunca imaginé que pudiera estar sentada con él, bromeando como lo estamos haciendo, hablando sin etiquetas. Es agradable, cada vez me interesa más estar con él.

Otra pregunta se viene a mi mente, pero dudo en si debería mencionarla. Me mira, expectante.

—Oye, C…¿Somos amigos?

No lo miro cuando se lo pregunto y trato de sonar lo más casual posible. Él observa mi rostro, antes de sonreír.

—Sí, Emma, yo te considero mi amiga.

Su afirmación me alegra mucho. Lo miro con una sonrisa.

—¿Eso es bueno? —pregunto.

—¡Por supuesto que lo es! Me agrada hablar contigo.

—Y pensar que todo comenzó con un buen susto—le digo—. Cuando llegaste ese día en medio de la noche.

—Bueno, si te asustaste con eso no me imagino como será después—cruza los brazos.

—¿A qué te refieres?

—Falta poco para que lo sepas.

Suspiro enojada.

—¡Y qué hay de los acertijos!

—Te dije que no iba a ser así siempre—responde, encogiendo los hombros.

—¡Eres un odioso!

—¿No que somos amigos?

—Sí, pero…

—Te estás confundiendo—afirma de repente, riendo con fuerza.

—¡Tú me estás confundiendo!

—Y para confundirte más, Emma. ¿Cómo has dormido hoy?

—Bien…—me detengo y lo miro con el ceño fruncido— Pero algo muy extraño pasó, ¿sabes?

—Ah, ¿sí? —pregunta con fingida sorpresa.

—¿Qué?

—Nada, nada.

Sus ojos se dirigen al sombrero.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

—Bueno, me quedé dormida sobre el escritorio, pero desperté en la cama…

Le cuento todo con detalles, pero él permanece con expresión neutra, sin sorprenderse ni un poco con lo que me ha pasado.

—¿Te asustaste? —pregunta con seriedad.

—Al principio.

—¿Pero dormiste cómoda?

—Sí, mucho.

—¿Descansaste?

—Sí.

—Eso es lo único que importa—dice sonriendo, más para él mismo que para mí. Pero ya estoy acostumbrada a sus juegos de palabras, sólo me está tomando el pelo—. ¿Has leído mucho del diario?

—Sí…—miro mis manos, confundida—. Es triste.

—¿Qué es triste?

—Lo que Charles Pemberton escribía, cómo se sentía.

Entrecierra los ojos, con la mirada fija en algún punto de la pared.

—¿Por qué te entristece?

—Lo entiendo, en parte. Pero no puedo imaginar cómo era su vida—digo, con la nostalgia invadiéndome nuevamente.

Me mira fijamente por un instante. De la nada, levanta su mano y me acaricia la mejilla. Yo quedo petrificada, un escalofrío recorre mi cuerpo y siento que me sonrojo inevitablemente.

Él sigue observándome, y sus ojos azules miran los míos con una curiosidad que nunca había visto en él. Su mano continúa acariciando mi mejilla y yo no sé qué decirle, ni qué hacer.

¿Por qué hace estas cosas de repente? Definitivamente, esto no es algo a lo que esté acostumbrada.

—No te sientas triste, Emma—me dice, ofreciéndome una cálida sonrisa—. Sólo comprende.

Parpadeo con rapidez. Siento que me cuesta respirar y él, al notar eso, baja su mano y su mirada se dirige al piano.

—Bien, veo que practicar piano no es algo que se esté dando—dice, cambiando el tema con rapidez—. ¿Qué te parece si lo tomamos con calma?

Se levanta con elegancia, se pone el sombrero y me ofrece su mano.

La tomo, levantándome confundida.

—¿Ya te vas? —pregunto, sin poder evitar que un tono de tristeza salga de mi boca.

—No me voy, nos vamos. Déjame llevarte a un lugar.

Lo miro con el ceño fruncido. Él comienza a caminar hacia el hall, dejándome atrás.

—¿A dónde?

Se detiene y voltea a verme.

—¿No dijiste que querías ver dónde vivo? —responde y, con una sonrisa, voltea y continúa su camino.

Me quedo mirando por dónde salió, antes de agarrar mi mochila, sorprendida, e ir tras él.

¡Buenas!

Debo disculparme por demorarme tanto en actualizar. He estado tan cansada estos días que, cuando iba a agregar detalles al capítulo, me podía el sueño y me iba a dormir.

Acabo de encontrar el tiempo para terminarlo y subirlo. ¡Espero que les guste! El próximo capítulo está pronto a estar listo y será subido el sábado. Por cierto, déjenme decirles que en el próximo sólo estarán Emma y Charles, todo el capítulo se desarrollará en torno a ellos dos.

También, quiero agradecer a quienes han agregado a favoritos y a Andrea, Cornamenta y Danny por sus comentarios, ¡me alegran el día, este capítulo va dedicado a ustedes!

Cabe mencionar algo, y es que debo recomendarles (de nuevo) la historia que AndreaMarieG, ''El Duque''. ¡Les juro que les va a encantar tanto como a mí y no podrán parar de leer! Desde el argumento hasta la forma en la que está escrita, ¡perfecta! Amor, misterio, risas, ¡todo en uno! Por favor, háganme caso y vayan a leerla :D http://www.potterfics.com/historias/189340

¡Buenas noches!