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No tan perfectos... — capítulo 1

Harry despertó en el medio de la noche. A su lado, durmiendo plácidamente, estaba su esposa, Ginny. Tratando de no molestarla, se levantó, se puso una bata y salió de la habitación. Recorrió silenciosamente el pasillo del primer piso de su casa y bajó las escaleras. Cruzó la sala y entró a la cocina. Se dirigió a la heladera, de ella sacó la leche y de una alacena un vaso, se sirvió y volvió a guardar la leche. La luz de la luna se filtraba por las ventanas, pero la penumbra dominaba el lugar.

 Se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa. Sacó de su bolsillo la varita y encendió una lámpara con un tenue resplandor. Bebió la leche de a pequeños tragos, pensando. Miró el reloj: tres de la mañana, era muy temprano, él entraba a trabajar a las siete, todavía le quedaban varias horas y ya sabía que no podría volver a dormirse. Ya le había pasado antes, despertarse a causa de un sueño y no poder volver a conciliar el sueño. Normalmente, cuando le pasaba eso, daba vuelta en la cama, tratando de encontrar alguna posición en la cual relajarse lo suficiente como para dormirse, pero siempre terminaba despertando a Ginny, cosa que no le hacía ninguna gracia.

 Sus sueños, como los odiaba. En otra época, eran presagios de muerte, pero ahora, solo malos momentos. Últimamente, Harry había soñado prácticamente lo mismo, y no sabía si era malo o que carecía de imaginación.

 Soñaba que caía, la penumbra se abría ante él. El viento lo golpeaba fuertemente, su capa y túnica flameaban al igual que sus cabellos. Escuchaba, a lo lejos, los fuertes sollozos de una mujer. Entre los sollozos, se escuchan dos voces, ambas de mujer, ambas conocidas, ambas diciendo lo mismo: Harry.

 Siempre despierta en el mismo punto, cuando está a punto de tocar el suelo. Sabía que todo eso no podía ser un simple sueño, pero no podía planteárselo a nadie, desconfiaba de los adivinadores desde que la profesora Trelawney presagiara su muerte cada vez que hablaban. Así que decidió quedarse con las dudas, tarde o temprano, los sueños desaparecerían, no podían se eternos.

 Se levantó, hiso un movimiento rápido con la varita y, sobre una silla a su lado, aparecieron su túnica y sus zapatos. Se vistió rápidamente, fue a la sala, descolgó su Saeta de Fuego de la escobera de la pared de la sala y salió al jardín.

 Delante de él se extendían quilómetros de verdes y tranquilas colinas. Su casa estaba en las afueras de un poblado mágico cercano a York, pero lo suficientemente lejos como para que los muggles no los descubrieran. Montó en su escoba, dio una fuerte patada al pido y salió volando. El viento lo golpeaba fuertemente en el rostro, eso le encantaba. Se elevó varios metros y dando un montón de piruetas y giros, se despejó la mente. Hacía eso constantemente, montaba su escoba y automáticamente se desconectaba de todo. Después de un rato, se quedó flotando en el aire, contemplando el amanecer, y entonces la escuchó.

 -¡Harry James Potter!- gritó alguien desde el suelo- ¡Ven a desayunar!

 -Ya voy- le contestó Harry, descendiendo. Ya en el suelo se dirigió a ella- Buen día amor.

 -Buen día- saludó ella- ¿Otra vez?

 -Otra vez- asintió Harry. Ginny lo miró con gesto cansado.

 Entraron a la casa y Harry miró el reloj: seis y diez, todavía tenía un rato. Desayunaron juntos, hablando sobre lo que harían después de que Harry volviera del trabajo. Molly Weasley les había enviado una carta, diciéndoles que el hermano de Ginny, Bill, llegaría de Egipto con Fleur y Victorie ese día, y los invitaba a tomar el té junto con el resto de la familia. Ginny le propuso a Harry que fuera directamente desde el trabajo, junto con Ron y Hermione, que ella iría más temprano.

 -Pero Ginny, amor- protestó Harry- Ya sabes que la red flú es peligrosa para mujeres en tu situación…

 -No voy a ir en red flú…- le contestó Ginny.

 -Aparecerse tampoco es seguro…

 -No me apareceré- respondió ella- mi papá me viene a buscar…

 -Sabes lo que opino del auto de Arthur…

 -Sí, pero él insistió- dijo ella, dando por terminado el asunto- bueno, vete, que sino llegaras tarde. Que tengas buen día

 -Gracias- dijo Harry, y la besó- te veo a la tarde.

 Giró sobre sus talones y desapareció. Sintió una fuerte presión en todo el cuerpo, como si lo aplastaran, pero no le importó, ya estaba acostumbrado. Apareció en el Atrio del Ministerio de la Magia, en Londres. Empezó a caminar y se unió a la masa magos y hechiceras que se dirigían a los diferentes departamentos. Cuando pasaba junto a la fuente dorada del centauro, sintió que unas voces lo llamaban a su espalda. Se detuvo, dio la vuelta y se le iluminaron los ojos al ver que Ron y Hermione se le acercaban rápidamente.

 -¡Harry!- saludó Ron, abrazándolo- ¿Cómo te va?

 -Bien, bien- dijo Harry, separándose de él- hola Hermione.

 -Hola Harry- saludó ella, abrazándolo también- Bueno, los veo luego.

 Harry y Ron se dirigieron a los ascensores, mientras Hermione se dirigía al café del Ministerio, a uno de los costados del Atrio. Mientras el ascensor se movía, Harry y Ron discutieron de temas que no eran realmente importantes: Quidditch, artículos de "El Profeta" y "El Quisquilloso" y otras cosas. Bajaron en el segundo piso, atravesaron un amplio salón y entraron en la Oficina de Aurors. Ellos tenían sus escritorios uno junto al otro, así que siguieron hablando hasta que empezaron a llegar sus demás compañeros.

 El jefe Williamson estaba particularmente más enojado que de costumbre, les dio a todos pilas y pilas de aburrido papeleo que, ya todos sabían, no era necesario, pero tuvieron que dedicarse a eso. Una alarma provocó que cinco de ellos tuvieran que ir en busca de un mortifago que se resistía al arresto, en el medio de una avenida muggle muy concurrida. Claramente, Harry y Ron siguieron con el papeleo, a Williamson no le caían precisamente bien. A la hora del almuerzo, se encontraron con Hermione en el Atrio y comieron algo en el café. Después de un rato, Ron se fue para el baño, dejando a Harry y Hermione solos.

 -¿Cómo va Ginny con el artículo de "El Profeta", Harry?- preguntó ella.

 -Bien, con esto de que tuvo que retirarse antes de tiempo de las Arpías, tiene mucho material "fresco" para presentarles a los editores- contó Harry.

 -¿Y con el embarazo?- Hermione tenía algo raro en la voz, era igual que siempre, pero diferente.

 -Bien, lo sobrelleva bastante bien, los sanadores dicen que le quedan un par de meses, pero que no se preocupe.- cada vez que Harry hablaba del embarazo de Ginny, se ponía nervioso.

 -¿Y vos?- siguió ella- ¿Cómo lo estas llevando?

 -¿Yo?- preguntó él, no sabía por qué, pero la pregunta lo tomó por sorpresa- bien, creo. Estoy mucho más nervioso y cada vez duermo menos, pero bien.

 Ron volvió y se hiso la hora de volver a trabajar. Pagaron la cuenta y Hermione desapareció rápidamente. Harry le preguntó a su amigo si sabía que le pasaba, pero Ron solo se encogió de hombros. El día siguió sin interrupciones, Williamson les dio más papeleo aburrido y apenas pudieron terminarlo cuando sonaron las campanas anunciando las cuatro de la tarde. Harry y Ron se despidieron de todos y salieron de las oficinas, subieron al ascensor y se encontraron con Hermione en el Atrio. Se encaminaron a una de las chimeneas y, entrando en ella, dijeron en voz clara: A la Madriguera.

 Aparecieron en la pequeña pero gran sala-comedor  de la antigua casa Weasley, que ahora solo albergaba a Arthur y Molly Weasley y a algún hijo visitante ocasional. Desde la cocina se escuchaba la dulce pero firme voz de Molly, hablando con alguien que guardaba silencio.

 -¿Bill? ¿Sos vos, hijo?- preguntó Molly, acercándose- Ah, Harry, Hermione y Ron, que gusto verlos- se acercó a ellos y los abrazó uno por uno- vengan, siéntense. ¡No, mejor, vayan a ayudar a Arthur! Está afuera, preparando la carpa, Vayan, vayan.- Y, empujándolos, los echó.

 Arthur Weasley no necesitaba ayuda ni mucho menos. Aunque ya le pesaban los años, podía levantar una pequeña carpa por sí solo. Pero no se negó a conversar un rato con ellos mientras esperaban a que llegaran los demás. George llegó junto con Angelina Johnson, su prometida y ex compañera de curso, poco antes que Bill y su familia. Victorie ya tenía unos cinco años, y volvía loca a Molly, loca de ternura, ya que le hacía unas preguntas en un tonito tan tierno que su abuela no resistía. Después de un rato, Harry se ofreció para lavar los platos, y Hermione lo acompañó, mientras los demás conversaban. Aunque podían lavar con un simple movimiento de varita, a Harry le gustaba hacerlo a mano, sin magia, pues él sentía que se recurría a la magia cuando uno no tenía otra opción o no tenía tiempo. Él lavaba, Hermione secaba, mientras, charlaban.

 En un momento, cuando Hermione llevaba un plato para guardarlo, resbaló y, de no ser por el movimiento reflejo que tuvo Harry, hubiera caído.

Hubo un momento en que los segundos no pasaron. Harry la sostenía de la cintura, ella tenía sus manos apoyadas en el pecho de él y ambos tenían sus rostros muy cerca. Se miraron a los ojos, y ella enrojeció, y Harry pudo adivinar que él también. Sus labios se acercaban peligrosamente y, de no ser por el estallido de una véngala en el patio, no se habrían separado. Se alejaron el uno del otro, pensando que decir. No dijeron nada, esperaron a calmarse y siguieron con los platos.