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Atrapados en el mundo muggle — capítulo 1
LA DESICIÓN
ROSE
―No ―dije, mirando fijamente a mamá. Papá me miró con los ojos como platos. Era la primera vez que me negaba a acatar sus órdenes.
Y es que lo voy a admitir: tenía miedo. No sabía dedónde habían sacado semejante idea. Sencillamente se habían vuelto dementes.
A mi madre le dio un tic nervioso en el ojo.
―Será muy divertido, Rosie ―intentó persuadirme. Y bueno, quizá lo estaba logrando…un poco. Siempre había anhelado vivir en el mundo muggle, tal vez porque me interesaba tanto visitar sus museos, ir a las librerías, conocer cosas fuera del mundo mágico.
¡Ah! Aún recordaba con añoranza aquella semana, años atrás, cuando mamá y papá tuvieron que ir a rumania a visitar al tío Charlie y me dejaron con los abuelos Granger. Se habían llevado a Hugo consigo porque tenía sus primeros brotes de magia incontrolable. Yo debía tener unos cinco años, pero recuerdo verdaderamente emocionada todas aquellas cosas increíbles del mundo en el que mi madre había pasado toda su infancia.
Los Weasley solían decirme mucho que había heredado el extraño gusto de mi abuelo Arthur por los muggles.
Pero de ahí a aceptar vivir un año entero en un mismo departamento con todos mis primos, no. Ni loca. Para eso los conocía, para eso sabía que James se armaría fiestas hasta que se hartara y que Lily acapararía el baño todas las mañanas, que Fred y Dominique intentarían jugar quidditch en la sala y que, para colmo, Teddy y Victoire se estarían besuqueando todo el día.
―No ―repetí―, ¡ni que tuviera un tornillo zafado!
Aquella insistente negativa hizo por fin que mi madre estallara.
―¡Pues irás, Rose, y no quiero oír una palabra más! Fin de la discusión.
Se levantó, salió en dirección a la cocina y cerró la puerta con fuerza. Mi padre se llevó los dedos a la nariz, un gesto que le había visto hacer muy pocas veces. Un gesto que significaba que algo lo tenía muy nervioso.
―Convéncela ―le supliqué. Papá era incapaz de negarme algo. ―Por favor.
Y tan sorprendido como él había quedado minutos antes, quedé yo.
―No, Rose ―suspiró―, lo siento. Irás a esa casa y punto. Ya verás… ya verás que la pasarás bien.
Sabía que cuando papá se ponía de parte de mi madre no había quién le hiciera cambiar de opinión.
Lo observé con mi mirada para dar lástima, como último recurso, y al ver que no funcionaba me levanté hecha una furia. ¿Cómo podían hacerme esto? ¿Y qué se creían, que podía perder un año entero en Hogwarts sólo por su capricho? Ni siquiera me estaban dando una buena razón. No entendía cómo la convivencia con mis primos podía ser más importante que mis estudios.
Abajo, escuché a mamá intentando calmarse, a papá diciéndole que todo estaría bien. La había hecho salirse de sus casillas y me sentía culpable. Pateé una basura de grajeas de todos los sabores que estaba cerca de mi escritorio y me derrumbé sobre la silla. De acuerdo, si aquello era lo que mis padres querían, se los daría. Así como mi padre era incapaz de negarme algo, yo era incapaz de herirlos. Mirando una foto en la que sonreíamos Albus, Scorpius y yo, al menos quise creerlo.
Más tarde, mientras abría los ojos, me di cuenta de que había caído dormida. A lo lejos escuché la voz de mamá gritando algo. La cena ya estaba servida, y había una lechuza picoteando mi ventana.
Me levanté y abrí para que ésta entrase. Aquella lechuza la reconocería en cualquier lugar del mundo, venía desde la mansión Malfoy y se llamaba *Hércules.*Scorpius había elegido el nombre de los mitos griegos, según él, para que fuese en parte muggle y en parte mágico.
Hérculesme entregó una carta. Le dí agua y golosinas para lechuzas mientras esperaba, por lo que supuse que mi mejor amigo en el mundo querría una respuesta.
Querida Rose;
Sé que parece una locura. En serio. Mis padres me han dicho esta mañana algo sobre vivir un año en el mundo muggle, y en serio no sé qué tornillo se les ha zafado. No creo que a mi abuela Narcissa le haga gracia, pero mi padre es el que más insiste en ello. La cuestión es que han hablado con tus tíos, y creo que estaré con ustedes por un tiempo. ¿Estoy soñando, alucinando o algo? Si es así, por favor envía una caja de petardos fugaces en la contestación. Quizá si mi habitación se incendia despertaré.
Te quiere,
Scorpius.
¡Scorpius! Ahora sí que era la cosa más rara que me había sucedido. ¿Cómo era posible que su padre aceptase que fuera a vivir con nosotros? Era de locos.
―¡Rosebud Weasley, es la última vez que digo que la cena está lista! ―gritó Hermione.
Escribí una nota rápidamente y vi alejarse a *Hércules.*Bajé las escaleras, besé a mi madre, mostrándole que había cedido, y procuré no hablar más del tema. Sin embargo, Hugo parecía fascinado por la idea.
Mientras mi padre me pasaba un bol de guisantes, me atreví a preguntar:
―Y…¿cuándo nos vamos?
―Pronto, cariño ―dijo papá.
―Sí, lo hemos planeado para dentro de unos días ―afirmó mi madre.
Bueno, al menos no me habían hecho hacer las maletas en ese instante.
RON
Hermione se metió debajo de las cobijas y enterró su cara en mi cuello, como solía hacer cuando estaba preocupada. Con la amenaza de una nueva guerra, de cosas terribles que estaban por suceder, habíamos hecho un pacto con el ministerio para que, en cuanto los niños pisaran su nueva casa, se les fuera quitada la magia. Sólo así, pensamos, estarían a salvo. Sin magia no había quién los detectase.
Era lo mejor.
―Creí que habíamos terminado con eso ―la voz se le quebró ―, creí que si habíamos pasado por tantas cosas era por un futuro. Un futuro en el que no tuviésemos que dejar nuestros hogares, o alejar a nuestros hijos.
Entendía perfectamente cómo se sentía ella. Cada año era duro separarme de Rose y Hugo, pero al menos sabía que estarían bien en Hogwarts. Ahora teníamos que confinarnos de nuevo en Grimmauld Place por temor a que los antiguos mortífagos tomaran represalias contra nosotros.
―Las cosas van a estar bien ―dije, intentando tranquilizarla.
Al menos sabía que no la dejaría atrás, como en la otra guerra, que ésta sería más llevadera si estábamos juntos. Y me aseguraría de que así fuera.