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Desastre en Grimmauld Place — capítulo 1

Capítulo I

A pesar de que no podía poner ni un pelo afuera de la casa que contenía sus más terribles recuerdos de la infancia, Sirius Black se sentía más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo. No sabía si eran las constantes bromas de Fred y George Weasley, la vivacidad que irradiaba la pequeña Ginny, o el olor de la deliciosa comida que Molly Weasley preparaba. De cualquier manera, Sirius cantaba mientras adornaba el árbol de navidad. Lo único que le preocupaba era Harry. No quería que su ahijado se confinara en la misma depresión en la que él había estado inmerso días antes.

Ya hablaría con él más delante, pensó, pero ni siquiera eso hizo que su tranquilidad menguara. Aquella navidad no se le arruinaría nadie. Y, por su voluntad, por fin habría unas fiestas verdaderamente alegres en ese lugar. De eso se aseguraría Sirius.

Un repentino estallido hizo que se pusiera en guardia. No creía que los mortífagos hubieran logrado pasar la seguridad mágica de Grimmauld Place, pero quién sabía. Corrió, varita en ristre, hacia la sala, donde se había escuchado la explosión.

No pudo hacer otra cosa que abrir la boca mientras observaba a un extraño grupo de personas, la mayoría de ellas pelirrojas, tiradas en los sofás como si hubiesen caído del cielo. Lo primero que pensó es que Fred y George habían hecho una broma monumental que los había dejado noqueados a todos, pero cuando los vio entrar junto con Ginny, Ron y los demás, supo que algunas cosas no andaban del todo bien.

Habían pasado tan solo unos segundos y Sirius tenía su varita en el cuello de uno de los chicos, uno alto, larguirucho y de cabello negro azabache.

―Identifícate ―ordenó.

Se quedó de piedra cuando el muchacho se levantó, porque era más idéntico que Harry al mejor amigo de Sirius, James Potter.

―¿Qué está pasando, Sirius? ―preguntó Molly, entrando en la habitación. Los jovenes Weasley se habían quedado de piedra. Detrás de Molly venía Harry, alertado por el sonido. La mujer también sacó su varita, de modo que los intrusos quedaron atrapados.

―Soy James ―dijo el joven, asustado―, James Potter.

No. Aquello no podía ser real. Era todo un producto de su imaginación, decidió.

―James Potter está muerto. Estoy seguro de que eres un mortífago.

―Whoa, tranquilo, viejo. En serio. Mi nombre es James Sirius Potter Weasley, y a juzgar por las fotos que he visto en casa, estoy seguro de que hemos viajado en el tiempo.

Harry ahora también apuntaba con la varita.

―Fuera de aquí, niños ―ordenó Molly a sus hijos, y a Hermione. Los chicos se fueron refunfuñando cosas.

―Es una trampa, estoy seguro ―dijo Harry―, una trampa de Voldemort…

Una de las chicas pelirrojas, de unos catorce años, se adelantó. Era esbelta, bella y agraciada. Y Sirius sólo había visto aquellas características en una joven llamada Lily Evans.

―¿Papá? Te ves muy joven. James, ¿qué está pasando?

―Calla, Lily ―dijo otro muchacho, esta vez igualito a Harry, excepto por los lentes.

―Bueno ―dijo otra chica, de cabello un rojo ligeramente más encendido que el de la primera, ondulado y espeso. También era bella de un modo más frío y calculador que la otra. ―Es evidente lo que está pasando. Hemos viajado por accidente desde el año dos mil veinticuatro hasta mil novecientos noventa y seis, y espero no equivocarme. Puedo probarlo. ― De su bolsillo sacó un giratiempos roto y se los mostró. ―Mi primo James y yo discutíamos en la sala mientras nuestras madres hacían la cena, los primos intentaron intervenir, jalamos el giratiempo, éste se rompió y en consecuencia ha pasado esto.

Sirius intentó contrahechizos en el objeto, que no parecía tener maleficios o encantamientos como los objetos de la famosa tienda Burgin y Burkes. Sólo había una forma de saber si lo que sucedía era cierto o no. Utilizó legeremancia para entrar en la mente del chico y, efectivamente, vio que estaba asustado y que recordaba la escena con total claridad.

―Es cierto, Molly ―dijo, finalmente. ―Lo he comprobado.

Molly se llevó las manos a la boca mientras Harry hacía un ruido sorprendido.

Si las sospechas de Sirius eran ciertas, estaba viendo a los nietos de James y Lily Potter.

―Díganos sus nombres, por favor ―pidió Harry.

El chico mayor se señaló a sí mismo.

―Como dije, mi nombre es James, ellos son mis hermanos, Lily y Albus. Ella es Rose, Rose Weasley, y él es su hermano Hugo.

―Aguarda ―dijo una voz femenina, entrando en la habitación―, has dicho algo antes. Sobre tu nombre.

La pelirroja hermana de Ron parecía no haber acatado del todo las órdenes de su madre. A Sirius le caía bien. Alguien que se atreviera a romper las reglas siempre era bienvenido en su casa.

―Y me lo dices siempre, mamá. Que deje de alardear por que tengo el nombre de dos merodeadores.

―¡Eres un idiota, James! ¿Cómo crees que puedes ir y decirle eso cuando ni siquiera sabe que es tu madre? ¡Eres tan insensible! ―empezó a discutir Rose. Mientras tanto, Harry estaba perplejo y Ginny parecía petrificada. A Molly se le había formado una gigantesca sonrisa en los labios y Sirius pensaba en la maldición de los Potter con las pelirrojas. Y se alegraba de que Harry tuviera un futuro.

―Aguarda, ¿qué? ―los gemelos y Ron hicieron la misma entrada que su hermana.

―Yo… ―dijo Ginny―, Merlín.

Y salió corriendo.

―De acuerdo ―dijo Molly―. Vengan a comer algo, niños. Será mejor que hablemos de esto antes de llevarnos más sorpresas.

Sirius no sabía si había sido su fuerte determinación por que las cosas salieran bien, por tener una navidad feliz, pero la llegada de aquellos niños le iba a alegrar la vida. Y mucho.