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Las crónicas de Barbara en Riverside — capítulo 1
Barbara Jenkins abrió los ojos tras un largo rato. Estaba acostada en su cama, escuchando música en su antiguo discman, pensando en qué haría una vez que llegara a Riverside. A esos suburbios. Al lugar de donde su madre la arrancó cuando tenía tres años, para llevarla a vivir a la gran New York junto a su padre, hombre al que en realidad apenas conocía, pero del que estaba perdidamente enamorada. Habían muerto hacía un mes. Alguien los había atacado en medio de un robo, y Barbara había quedado totalmente sola en una ciudad donde no tenía ningún familiar. Había estado viviendo con su amiga Lindsay, mientras esperaba que su tía Elizabeth arreglara los papeles para que pudiera vivir con ella. -¿Barbara? Tu tía acaba de llamarme. Quería venir ella misma a buscarte, pero no puede. Dice que ya está todo arreglado y que puedes viajar a Riverside. Envió tu boleto. Mañana debería llegar. ¿Quieres que te ayude con tus cosas?- preguntó la madre de Lindsay, entrando con precaución al dormitorio. La muchacha (de cabello rubio oscuro, ojos profundos color azul) la miró desde la cama, y negó con la cabeza tras unos instantes de reflexión. -Estaré en la cocina por si necesitas algo, cielo. Barbara asintió, y se sentó. Miró su maleta, y abrió inmediatamente el armario para vaciarlo. Pensó en lo amables que habían sido los Robinson al darle un hogar en ese mes. Habían hecho lo posible porque ella se sintiera como en casa. Aunque no lo habían logrado. Tal vez nunca más lograría sentirse como en casa, en ningún lugar, ni con su tía y sus dos hijos. El día transcurrió con normalidad. Nadie habló mucho en la casa. Los Robinson eran cinco: el padre, Norman, un contador público que mantenía a su familia en un buen lugar económico; Alice, la madre, una abnegada ama de casa que lo único que sabía hacer bien era decorar macetas; Lindsay, su amiga desde que tenía memoria, aunque no era de las más cercanas; Jason, su hermano gemelo, quien siempre le había gustado a Barbara; y la pequeña Chloe. A Barbara le gustaba esa familia. Eran unidos. Eran todo lo que la suya nunca fue. Dejó su equipaje armado junto a la puerta, y metió en su mochila que usaba como bolso, su discman, su computadora portátil, algunos discos y algunos efectos personales que seguro necesitaría en el avión. Bajó las escaleras para cenar por última vez con los Robinson. No parecían muy afectados por su partida. Jason. Jason tal vez era el más afectado. -¿A qué hora sale tu vuelo, Barb?- preguntó el joven, fingiendo un tono casual, mientras se servía puré, evitando mirarla. -A las siete de la mañana. -Literalmente te irás al otro lado de Estados Unidos- dijo Jason, tragando saliva, disimulando con tos-. ¿Cuantas horas tendrás de viaje? -Siete horas, creo. Aproximadamente siete horas. Deja de atosigar a la pobre chica con preguntas, Jason- se enfadó Alice, y el pobre muchacho quedó callado. Comieron en silencio. Apenas se dirigían la palabra. Apenas se hablaban. Barbara captó la mirada de Jason varias veces en la cena. Estaba por ir a dormir, cuando Jason la abordó en el pasillo, y tomándola totalmente de sorpresa, la besó. Cuando se separaron, Barbara respiró entrecortadamente, y lo miró a los ojos. -No sabía que te sentías de ese modo... respecto a mí- susurró Barbara, aún mirándolo, y él le sonrió débilmente. -Desde que Lindsay te trajo aquí para hacer un trabajo de química a los once años no he podido parar de pensar en ti. Supongo que llegué demasiado tarde. Y admítelo, ninguno de nosotros es del tipo de personas que puede mantener una relación a larga distancia. Y eres... somos jóvenes. Dieciséis años. Encontrarás otro novio en Riverside. No pudo ser. Pero al menos no me quedé con las ganas de besarte- dijo Jason, tocando un mechón de su cabello, y miró el reloj-. Es tarde. Deberías acostarte. Tal vez nos veamos algún día. Le besó la frente, y se fue a su dormitorio, dejándola algo confundida. Siempre había soñado con besarlo. No se había imaginado que finalmente lo lograría, y que sería cuando ella se fuera a California.
Se levantó muy temprano. Corroboró que todo estuviera en su lugar, y bajó las escaleras con su equipaje, intentando no hacer ruido. No había nadie despierto. No quería que la llevaran al aeropuerto. Tenía lo necesario en su celular. Bendijo al creador de Uber, y dio un respingo cuando vio a Jason durmiendo en el sofá. El chico se despertó, y la vio. -Hola. -¿Qué haces aquí? -Aprendí a conocerte. Medianamente- dijo Jason, desperezándose, y se levantó-. Sé que tuviste muchos problemas con tus padres, que tu hermano (del que supiste hace pocos años) te abandonó, y que no te gusta, bajo ningún concepto, molestar a nadie. Eres bastante independiente. Por suerte vas a Riverside. No creo que te pierdas en los suburbios. Barbara se cruzó de brazos, y lo miró. -¿Cuál es tu punto? -Igual quiero llevarte al aeropuerto. -No creo que sea correcto. ¿Tú, el hermano de mi amiga, llevándome al aeropuerto a las cinco de la mañana? ¿Tú, que se supone tienes novia? Ni siquiera hablamos, Jason. -Nos besamos. -Tú me besaste- lo corrigió la chica, y se ajustó la mochila en la espalda-. Lo mejor es que nos separemos ahora. Nunca fuimos nada. No tenemos por qué serlo ahora. Ese beso no significó nada para mí. Lo último fue una mentira. Jason le gustaba, pero sabía que tenía que cortar ese "lazo" con él, para que no se dificultara su partida. Y sabía que no iba a tener una relación a larga distancia con él. Ni con nadie. El joven tragó saliva, herido, y asintió lentamente. -No creo que tú te creas esas palabras- contestó con suavidad, y le sonrió-. Que tengas una buena vida, Barbara Jenkins. La chica salió de la casa, donde ya la esperaba un conductor, y partió al aeropuerto sin mirar atrás. El vuelo fue placentero. Al menos nadie la molestó. Cuando aterrizó, vio que su tía, a la que apenas conocía, estaba allí con sus dos hijos. Sabía que uno tenía su edad, y el otro era pequeño. Su padre los había abandonado por una modelo de pasarela, y nunca más los había contactado, cuando el pequeño Jeremy nació. Se dirigió hacia ellos, esbozando una tímida sonrisa, y la mujer (que en realidad era joven, solo tenía treinta años) la abrazó con ternura. -Bienvenida a Riverside, Barbie- chilló el pequeño Jeremy, de cuatro años. El otro, el mayor, llamado Austin, sonrió con diversión. -Todavía no estamos en Riverside, cariño. Estamos en Orange County- le dijo Beatrice, y tomó la maleta de su sobrina-. Pero igualmente, bienvenida a California, Barbara. ¿Puedo llamarte Barbie? No pones un pie en este estado desde que tenías tres años. -Lo sé. Mi madre decidió seguir las locas aventuras de mi padre y me llevó con ella- asintió Barbara, y obligada, le dio la mano a Jeremy-. Tú debes ser Jeremy. -Es correcto- asintió el niño, y se aferró a su peluche de Batman-. Austin me dijo que tu nombre era "Barbara" y yo pensé que tal vez te gustaría que te llame "Barbie". -Es perfecto. -Habla mucho para tener cuatro años, ya lo sé- susurró Austin, provocando que la recién llegada sonriera-. Culpo a los dibujitos animados. Mamá no controla lo que ve, y yo no tengo ganas, aunque me aseguro de que no vea los actuales. Le pongo los dibujitos que veía, que eran los que veía mi primo Benjamin. Ya sabes, Bugs Bunny, los Looney Tunes, algo de Mickey. Barbara sonrió por educación, y lo miró, mientras que su tía ponía la maleta en el auto. -Tú debes ser Austin. -Exacto. El adoptado. Barbara palideció. Tanta franqueza la sorprendió. Beatrice puso los ojos en blanco un instante. -Lo bueno es que no te molesta serlo- dijo la mujer, y cuando el chico se alejó para ubicarse en el asiento del copiloto, se acercó a su sobrina, de quien esperaba que fuera su nueva confidente-. Creo que el hecho de que su madre biológica era drogadicta ayudó. Me da algo de pena, en realidad, pero a él no le molesta que yo no sea su madre. Lo adopté cuando cumplió nueve años. Yo era muy joven. No sabía en qué me estaba metiendo, pero lo vi un día y lo quise de inmediato. Tenía contactos en el orfanato, así que pude adoptarlo casi sin problemas. Tuve que madurar de golpe, reformar mi entonces pequeña casa, y convencer a Paul. Unos años después llegó Jer, y Paul se fue tras los pasos de una modelo. Lo siento, te llené de información. -¡Tengo hambre!- gritó desde el auto Jeremy, y Beatrice se subió al auto. Barbara esperó unos segundos. Intentaba asimilar todo. Intentaba entender que esa era su nueva vida. Tras suspirar, se metió en el auto. Esperaba que su vida en Riverside fuera buena.