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Historia 192287 — capítulo 1

Capítulo 1: La huida

Después de años seguía allí;

sola, atrapada.

Porque aunque lograra huir,

volver a ver la luz del sol,

la oscuridad siempre la seguiría

allí a donde ella fuera...

...en lo mas profundo de su corazón.

En medio del mar del Norte se escondían miles de secretos; algunos se habían hundido en lo mas profundo de sus entrañas hasta en final de los tiempos, pero otros seguían pasando inadvertidos a los incautos. La isla Oscilante, bautizada así por los cartógrafos muggles, formaba parte de esos misterios sin resolver.

Su nombre se debía precisamente a eso; la isla aparecía y desaparecía a los ojos de los marineros, y pocos habían sido los que pisaron tierra alguna vez. Y de esos pocos, aun ninguno había regresado de su eterna travesía. Lo mas probable es que ninguno haya sobrevivido mucho tiempo, o si lo hicieron tan solo son la sombra de un cuerpo en vida, pues eran blanco fácil para criaturas como los dementores.

Aprovechaban la llegada de desorientados marineros para alimentarse de sus recuerdos felices y succionar su alma, y nadie podría evitarlo en cierta manera. Así fue desde la llegada de Kingsley Shaklebott al puesto de Ministro de magia, cuando prohibió el uso de estos seres horripilantes como protectores de la prisión que en esa isla se alzaba, y así sigue desde que la ministra Hermione Granger ejerce el cargo.

Azkaban tenía la fama de ser el destino más indeseado de cualquier mago o bruja, pero desde que los dementores habían sido exiliados del interior, todo había cambiado considerablemente. Nadie deseaba de ninguna manera ser recluidos allí, pero los reclusos agradecían al menos conservar sus recuerdos felices o lo que quedaba de ellos... Si es que los tenían.

Pero a ella no le importaba, ya nada le importaba.

En los recovecos mas apartados de aquel mugroso lugar se encontraba la misma sombra del mal. Delphini Casiopeia Riddle Black, alguna vez conocida como el Augurey, no había vuelto a ver el sol desde el día en que llegó allí, cuatro o quizás cinco años atrás. A pesar de que por desgracia estaba acostumbrada a la soledad y la oscuridad, aquello era muy diferente a lo anterior.

Y no era la inocente niña del orfanato de dieciséis años atrás; se había convertido en una mujer adulta de ventiséis años recién cumplidos, y su tortuosa infancia no era nada en comparación con la estancia en Azkaban.

Si bien lograba soportarlo, se pasaba las horas maldeciendo su mísera existencia en aquel desgraciado mundo. Habría preferido morir antes que pasar el resto de su vida encerrada entre las cuatro paredes de su tétrica celda, mirando al techo con fingido interés en un intento de olvidarlo todo.

En todo ese tiempo reflexionaba: ¿por qué razón Albus Potter no terminó con su sufrimiento años atrás con un simple hechizo desmemorizante o una maldición asesina? Tal vez porque disfrutaría sabiendo que se pudriría allí el resto de sus días, pagando por sus crímenes. Ella no le debía la vida, no. Le debía años de desesperación, sufrimiento y soledad en aquel lugar. Se mantendría viva hasta desfallecer con tal de defender su orgullo, lo cual no tardaría en pasar.

Había perdido masa muscular debido a la escasa nutrición, y se podían apreciar sus huesos bajo sus ropas de rea, sus piernas flaqueaban sin poder apenas mantenerla en pie. Su rostro, que se había tornado pálido e inexpresivo, hacía evidente su desnutrición, y sus ojos perdieron el brillo feroz que los caracterizaban para volverse opacos. En cuanto a su cabello, tan pronto retornó a su color original que había perdido en su niñez y estaba sucio y enmarañado.

Pero a pesar de todo ella aun conservaba la belleza aristócrata Black que había heredado de su madre. Allí encerrada no encontró motivos para preocuparse de su aspecto; ni siquiera se había visto en un espejo durante todo este tiempo, pero aunque tuviera la oportunidad no lo haría.

Lo que mas le preocupaba tal vez era perder la poca cordura que le quedaba al igual que su loca madre. Había pasado tanto tiempo recluida que la había abordado la paranoia. Cada goteo o ruido inusual la despertaba de golpe, y por esa razón tardaba en conciliar de nuevo el sueño. No podría seguir así durante mucho más; se sentía infinitamente defraudada consigo misma al haber fracasado en una misión tan sencilla e importante que su mismo padre le había encomendado desde su nacimiento. ¿Qué pensaría el Señor Tenebroso ante el fracaso de su hija bastarda?

«Probablemente me mataría antes de suplicar su perdón»

Delphini abrió los ojos con parsimonia por primera vez en aquel día, movida por un punzante dolor en su brazo izquierdo. Le restó importancia, al igual que hacía desde una semana atrás, y trató de reanudar el sueño. Miró durante instantes eternos al techo, que le evocaba sus mas tristes recuerdos vividos, y fue cerrando paulatinamente sus ojos. Pero no duró mucho, pus se puso alerta al escuchar unos incesantes ruidos tras la puerta, como ráfagas de viento cortante, seguidos de un ''clic''.

Se levantó lo mas rápido posible tratando de ignorar el dolor que la azotaba a realizar tal movimiento brusco, y movida por la incertidumbre se acercó a la celda, camuflando bien su diario entre sus ropas. Se la encontró sorprendentemente abierta de par en par, y supo entonces que había sido cosa de un hechizo. ¿Se trataría de una trampa? Quizás, pero su lado racional se había marchado tiempo atrás, así que no perdió mas tiempo y salió de su cautiverio. No había ningún auror a lo largo del oscuro pasillo, bueno, si uno tendido sobre el suelo contaba.

Le examinó con perspicacia hasta que descubrió su identidad: él era ni mas ni menos que Edward Lupin, que para su gran suerte -nótese el sarcasmo-, había sido el vigilante de su celda. ÉL, el mestizo hijo del licántropo y la metamorfomaga.

No imaginaba quien podía haberle aturdido, pero se le había presentado la oportunidad de vengarse y no permitiría dejarla pasar. Delphini sonrió con una pizca de malicia mientras que tomaba de entre sus manos su varita.

-Ohh Teddy, ¿quién lo diría? Ahora tú te encuentras expuesto, sin celdas que te separen de mí como antes, ¿quieres que tía Delphi te cante una canción para dormir? No tengas miedo, será un sueño muy largo. -le apuntó con la varita- ¡Avada Ked...!

*-¡Expeliarmus! -*la varita escapó de sus manos antes de que pudiera pronunciar la maldición. -¿Que demonios crees que estas haciendo? Vámonos, no tenemos tiempo.

No necesitó mirar al hombre que la detuvo como para averiguar de quien se trataba, pero no pudo evitar girarse para comprobarlo con sus propios ojos, y estaba en lo cierto. Él evitó mirarla en lo posible y le lanzó una varita que guardaba entre sus harapos. Efectivamente la varita de su padre, ahora volvía a rendirle lealtad a ella como había sido desde que la recibió. Se preguntaba qué había sido de ella cuando la dejó atrás, pensando que tal vez Albus la había tomado prestada al no tener la suya, pero se alegró de volver a tenerla entre sus manos.

Mientras que él recogía la varita de Ted de una esquina, ella se quedó mirándole con odio resurgiente, y no dudó en apuntarle con su varita tomándole por sorpresa.

-Dime una razón, una simple razón para que no te mate ahora mismo, Rodolphus. -se giró con cuidado y la miró directamente a los ojos -. ¿Por qué, por qué vienes a rescatarme después de estos años?

-Eso ahora no interesa, tenemos que marcharnos antes de que él despierte y vengan mas aurones a por nosotros. -hizo ademán de moverse, pero Delphini se mantuvo rígida en su lugar-. ¡Vamos, Delphi!

-No pienso moverme de aquí hasta que me des una explicación, no me importa que me capturen de nuevo.

-¡No seas irracional, Delphi! Sé perfectamente que estas deseando huir de aquí tanto cómo yo, y no vine a rescatarte para nada. ¿Crees que a tu padre le gustaría ver cómo su estúpida hija se pudre en este infierno hasta la muerte?

Delphini se removió en su sitio, aparentemente incómoda por sus palabras, y se dio cuenta de que su padrastro tenía toda la razón; lo último que él hubiera querido era que se entregara a su propia muerte indignamente, y por un instante se sintió muy dolida al haber tratado de renunciar a su memoria. Dejó a un lado sus pensamientos y siguió a Rodolphus allá a donde fuera.

Los pasillos, sombríos y solitarios, inevitablemente le recordaban a su celda, y apremió el paso con tal de salir de allí cuanto antes.

Allá por donde iban no había ningún auror a la vista, y eso le hizo pensar que Rodolphus conocía la cárcel y sus pasadizos mejor de lo debido, pero no se detuvo a preguntarle el por qué. En cuanto alcanzaron la puerta principal fueron sorprendidos por dos aurores, que no dudaron en atacarles.

-Déjamelo a mí -Delphini salió de su escondite antes de que él pudiera decir palabra, y se enfrentó directamente a los aurores.

La batalla era un sinfín de hechizos por parte de ambos bandos; Delphini esquivaba ágilmente los hechizos ofensivos y lanzaba otros tantos sin menor demora. En un momento dado, uno de los hechizos le alcanzó y le produjo un corte en su omóplato, pero ella no se inmutó. Volvía a sentirse viva, humana, capaz de vencerles sin dejarse caer. Y así les venció.

-*¡*Fuego demoniaco! -una llama surgió de su varita y fue a parar a una columna cercana, enseguida prendiendo a una velocidad antinatural. -¡Alohomora!

Rodolphus salió de su escondite y corrió tras ella, esquivando las llamas que amenazaban con quemar el lugar, y abandonaron el interior de la prisión. Delphini pudo aspirar por fin el aire puro del exterior merclado con el aroma salado del mar que les rodeaba. Después de haber sorteado a los aurores y salido de su cautiverio, se preguntó si Rodolphus tenía realmente un plan de huida trras eso, pues tenía entendido que la isla estaba protegida con numerosos hechizos y no podrían desaparecerse.

-Y bien, ¿ahora que hacemos? -se atrevió a preguntar, tan intrigada como el mismo Rodolphus.

-Lo cierto es que... no sé como huir de esta isla. Apenas logré ver un poco del exterior desde la ventana y no hay mucho mas que bosque, dementores y caballos fantasma -pronunció frenéticamente, sabiendo de que su hijastra cumplía sus amenazar.

-¡Y quieres decir que has ideado todo esto sin...! -súbitamente calló, y una idea inundo su mente de repente-. Caballos fantasma, ¡te refieres a los thestrals!

-Si, caballos fantasmas, thestral, ¿que importa como se llamen?

-¿Sabes montar en thestrals? -por su mueca de puro terror no necesitó aclaración-. No te preocupes, son inofensivos. Vámonos.

A duras penas la siguió hasta la linde del bosque, y no tardaron en llegar a sus fronteras. Los árboles eran tan altos que el simple hecho de mirarlos te hacía tener vértigo, por lo que es posible que sufrieran los efectos de un hechizo. Ambos pensaron que debían internarse en el bosque en la búsqueda de los thestrals, pero se miraban con recelo a la espera de que el otro reaccionara.

Finalmente fue Delphini quien se internó entre la maleza, aifligida.

Evocó el recuerdo de sus padres, la imagen que Harry Potter le había hecho ver de su padre, deseando que aquello no hubiera sido una trampa. Si no hubiera caído de lleno, en ese momento no estaría allí. Se obligó a sí misma a alejar esos pensamientos cuando escuchó unos pasos en su dirección, pasos cautelosos y diligentes que no pertenecían a una persona.

Un thestral se asomó entre la espesura, y otros dos le seguían. A pesar de su apariencia mostruosa, a los ojos de Delphini eran unas criaturas majestuosas de gran belleza. Se aproximó a uno de ellos y comenzó a acariciarle con suavidad el lomo, helado como la muerte misma, y se sintió en un estado de descanso lejos de su miserable vida, como si la muerte hubiera acudido a ella después de tanto llamarla.

Su paz duró mas bien poco, hasta en el momento en el que Rodolphus se internó en el bosque en su búsqueda.

-Son mas veloces de lo que aparentan, si iniciamos la marcha ahora podremos llegar a la mansión en poco tiempo, y no podrán darnos caza -él simplemente asintió no muy convencido y se acercó a una de las criaturas-. Confía en ellos y no te sucederá nada, te lo aseguro.

Delphini se montó sobre thestral y él trató de imitar sus movimientos con torpeza, y cuando estuvieron preparados las criaturas alzaron sus alas y remontaron el vuelo. Desde arriba, la isla parecía aun mas grande e imponente, y Delphini suspiró a medida que se hacía mas pequeña ante sus ojos. Extendió los brazos y dejó que el viento azotara su rostro y desperdigara sus cabellos.

Sobre el cielo se sentía libre; sobre el cielo pudo dejar a un lado su tortuoso pasado, sus temores y dudas se disiparon. Dejó de ser Delphini Ryddle, dejó de ser el Augurey durante la travesía y se transformó en un mero punto sobre el denso océano sin mayor importancia, del que nadie esperaba gran cosa.

Cuando llegaron a las cercanías de Londres, nadie se percató de la presencia de dos caballos alados en el cielo, y eso fue un alivio para ambos. Tardaron bastante en llegar a la mansión Lestrange; en cuanto Delphini divisó el lugar en la distancia, su corazón comenzó a latir audazmente. Era cierto que estaba emocionada, pero también nerviosa por lo que venía a continuación.

Sabía que en el momento en que desmontara la criatura, no podría dejarlo pasar; tenía muchas explicaciones que darle y las obtendría fuera como fuere.

Aunque usara maldiciones de por medio