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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 10
Orgullo y perjuicio
Capítulo 9: Orgullo y perjuicio
La licantropía siempre había sido considerada una enfermedad. Se trataban de personas con la capacidad de transformarse en un ser que se quedaba, físicamente, con una mezcla entre un humano y un lobo. Como todas las leyendas contaban, se transformaban bajo la influencia de la Luna Llena, dando pie a su conversión en la que devoraba a cualquier ser que se le pusiera por delante. Es por eso que la caza de licántropos siempre había sido un hábito común entre magos y brujas, cuyas heridas causadas por estos seres no eran mortales como ocurría con los magos, sino que se convertían en licántropos. Por ende, todos los hombres lobos eran magos o brujas previa conversión.
Durante siglos, muchos de los magos y brujas mordidos intentaban esconder su situación y así escapar de la inevitable vergüenza y exilio. A los licántropos se los clasificó entre las divisiones de "Bestias y seres" en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, debido a que nadie podía decidir si debía ser clasificado como "humano" o "bestia". Era más, el estigma de los hombres lobo había sido tan fuerte durante siglos que muy pocos se casaron o tuvieron hijos.
No obstante, como se podía comprobar en el caso del recién nacido Teddy Lupin, la licantropía no pasaba a los hijos entre un humano y un hombre lobo.
Pero el destino era caprichoso y Teddy Lupin compartía la licantropía que había hecho de su padre un hombre miserable en ciertas ocasiones. ¿Cómo era que Teddy Lupin se había convertido en hombre lobo si después de la guerra todos los licántropos fueron controlados? Muy fácil: fue mordido por uno. Parecía que el apellido Lupin era propenso a ello.
El licántropo que cambió la vida de Teddy Lupin fue Alexander Moonlight, su mejor amigo. La historia de ello debería remontarse décadas atrás, a finales de la Segunda Guerra Mágica, cuando Fenrir Greyback volvió a su antigua costumbre de atacar a niños para criarlos desde pequeños. La Guerra acabada y él enviado a Azkaban tras haber sido encontrado moribundo bajo el Viaducto, el Ministerio se encargó de vigilar a las víctimas de aquello, entre ellas, Alexander Moonlight. Gracias a que las leyes contra los licántropos se habían suavizado, muchos de ellos lograron entrar a Colegios de Magia por todo el mundo donde, además de ser controlados en los días de Luna Llena, aprenderían magia, derecho que les pertenecía por haber nacido magos. Así fue cómo Lupin conoció a Moonlight, cómo se hicieron amigos, y cómo una noche de Luna Llena, en un descuido, Teddy Lupin fue mordido por su mejor amigo. Para sorpresa de la comunidad mágica, aquello afianzó su amistad.
-¡Te falta poco, Lupin! -gritó la muchacha al licántropo mientras éste le enseñaba los dientes con fiereza. La joven de menuda estura y tez aceitunada estaba tan cerca de aquella criatura que cualquier persona temería por su muerte. -¡Vamos! ¡Lo has hecho otras veces! ¡Conviértete!
Cualquier mago o bruja que estuviera allí, le resultaría extraño aquel comentario: <<Conviértete>>. Estaba hablando con un hombre lobo que ya estaba convertido en aquella temible criatura.
De repente, el hombre lobo se estremeció. Su apariencia fue cambiando poco a poco. Su morro se alargó y sus pupilas se dilataron, pese a que el color de sus ojos seguía siendo el mismo. La cola se agrandó y el pelaje creció abruptamente. Se había convertido en un lobo. No había diferencia entre aquella criatura y un lobo corriente. Excepto por un brillo humano en sus ojos que mostraban una gran sabiduría.
Teddy Lupin aulló bajo la radiante luz del sol.
Él y la joven se encontraban en mitad de un descampado a plena luz del día.
La joven le lanzó un balón y el lobo fue a por él rápidamente y lo cogió en el aire. Se lo acercó y acarició con el morro y, con suma delicadeza, se frotó contra sus piernas.
Algo le perturbó, por lo que se incorporó y rugió en su fuero interno.
Una loba corría hacia ellos con determinación. Conforme se acercaba a ellos, se transformó en una mujer alta y musculada de rasgos exóticos, completamente desnuda.
-Veo que lo ha perfeccionado por completo -le felicitó con un acento de las tribus indígenas del corazón de América.
-Nos ha costado varios años... Pero ya podemos decir que ha sido todo un éxito, Wakanda -le contestó la joven mientras acariciaba el lomo de Teddy Lupin.
El lobo se distanció unos metros de ellas y procedió a su conversión en un joven de diecinueve años, de pelo moreno y una sonrisa tan radiante como los rayos que procedían del astro bajo el que se encontraban.
-¡Ha sido alucinante! -exclamó Ted. -Veréis cuando se lo enseñe a James, va a flipar...
Las féminas ante las que se encontraba fruncieron el ceño.
-Ya sabes que Luperca es altamente confidencial... No puedes dejar que llegue a oídos que podrían ponernos en peligro -le advirtió Tala, la muchacha que había supervisado su conversión en pleno día.
-No puedes ir divulgando por ahí lo que hemos logrado en esta pequeña comunidad, Edward -le recordó Wakanda-, siempre habrá alguien dispuesto a destruirnos.
Ted asintió, recordando que aquel lugar sagrado cuyas raíces procedían de las antiguos tribus indígenas norteamericanas, temía ser amenazado por los prejuicios que la sociedad siempre había tenido miedo de los licántropos. Y no sin motivos. Los licántropos atacaban exclusivamente a los humanos y magos o brujas, y a otros licántropos.
Como Ted Lupin había descubierto en Luperca, una comunidad secreta de licántropos, todos los licántropos que figuraban en aquella descripción eran denominados allí "salvajes". La explicación era tan simple que se veía claramente la falta de investigación y las nubes impregnadas en prejuicios que habían empañado los estudios hasta el momento hechos sobre estas criaturas. Al igual que cualquier otro animal que no acepta su nueva condición, al igual que cualquier otro ser encerrada en un cuerpo que no es el de su nacimiento o al igual que un ser que no vive en comunidad cuando está destinado a hacerlo, los licántropos salvajes estaban descontrolados, tendían a la violencia y no llegaban a convertirse del todo en lo que estaban destinados a ser: un lobo.
-¡Ahora entiendo a Moonlight! Convertirse en un día cualquiera es una gozada... -suspiró Ted hacia Wakanda, haciendo referencia a su mejor amigo, quien era un miembro de aquella comunidad muy respetado por su gran habilidad a la hora de convertirse y controlarse. Sólo él tenía permiso para hacerlo fuera del recinto. -Por supuesto, tendré cuidado y procuraré hacerlo sólo cuando esté aquí -añadió rápidamente.
Wakanda sonrió y asintió conforme.
Aquella mujer lobo era la líder de aquella manada. Entre los demás licántropos decían que tenía aspecto joven, pero en realidad tenía más de cien años. Ted nunca pudo confirmarlo porque Wakanda siempre evitaba responder preguntas personales.
-Me temo que es hora de que te vayas Ted -le avisó Tala, mientras, sin decir una palabra, se acercaba a Wakanda, quien se convirtió rápidamente en loba y la joven se montó en su gigantesco lomo. -¡Disfruta de tu reunión con McGonagall! -le concedió mientras ambas se iban cabalgando hacia el centro del bosque.
Ted tragó saliva. Le habían dejado solo y la única forma de salir de allí e ir directamente al despacho de McGonagall era la Aparición. Se mordió el labio. Se le daba mejor convertirse que aparecerse. Esa, en concreto, era una de las principales razones por las que no le habían aceptado en la primera fase del entrenamiento para convertirse en auror.
El joven se rascó la cabeza. Era un alumno excelente en Defensa Contra las Artes Oscuras sobresalía en Duelos, pero sus calificaciones en el resto de las asignaturas eran desastrosas. A aquello se le añadía su condición de licántropo que la mayoría de los miembros del Ministerio rechazaba sin más dilación. Aun así, estaba sumamente feliz de que su mejor amigo Alexander Moonlight estuviera en el último año de aquel riguroso programa de entrenamiento.
Ted enfocó en su mente el despacho de la directora de Hogwarts. Sintió una fuerte presión por todo el cuerpo, como si estuviese siendo aplastado o forzado a pasar por un espacio muy estrecho. Su respiración empezó a flaquear. ¿Tendría activa su Licencia de Aparición?
-Llegas 5 minutos tarde, Lupin -le regañó Minerva McGonagall desde su escritorio.
El joven lanzó una bocanada de aire y se tambaleó. Definitivamente odiaba aparecerse.
-Lo siento, directora... La sesión ha durado más de lo esperado.
Una sonrisa de satisfacción se escapó de la expresión impenetrable de Minerva McGonagall. Se la contagió a Ted. El joven sabía que se había Moonlight y él se había convertido en sus protegidos durante todos aquellos años. Al fin y al cabo, le recordaban a los Merodeadores, como ella decía.
-¿Cómo ha sido? -preguntó la directora, llena de curiosidad.
-Ha sido la mejor experiencia de mi vida -confesó con cierto rubor -, no sabe lo que me gustaría que mi padre hubiera tenido esa oportunidad...
-Lo puedo intuir, señor Lupin. Recuerde que yo misma asistí a su padre en numerosas ocasiones... Fuimos compañeros de trabajo, sin llegar más lejos.
-¡Y mi madre fue auror y yo jamás podré llegar a igualarla! -exclamó algo irritado. -No ha funcionado. Ninguna de las opciones que te dije: adiós a ser auror y adiós a ser mentor en Luperca... ¡Y ya me he quedado sin aspiraciones!
Minerva McGonagall no tuvo otra ocurrencia más apropiada que soltar una carcajada.
-Si supieras la de veces que alumnos como tú han estado en tu misma situación...
-Seguro que ninguno de ellos era licántropo.
-¿No te he enseñado a que eso no sea un límite?
Ted bufó, claramente irritado.
-¿Y para qué me sirve si para los demás sigo siendo una criatura peligrosa?
-Siempre has sido bueno en Duelos -le recordó McGonagall de la nada. -Podrías instruir a mis alumnos, Lupin.
-¡Ni hablar! ¡No pienso volver a pisar Hogwarts! -Lupin suspiró -Además, puede que mi padre fuera un gran profesor... Pero yo soy un desastre. Jamás lograría que un alumno convocase si quiera un Protego.
Minerva le miró de una forma que jamás había hecho. Una mezcla entre nostalgia y lástima que le conmovió. No le hacía falta una explicación para saber que, seguramente, su padre habría dado una respuesta similar en su lugar. De hecho, la directora le solía decir que en cientos de ocasiones le asustaba el parecido en sus palabras.
-Vendrás cuando estés preparado.
Nunca se quejaría de su vida: tenía una familia encantadora y ridículamente grande. Era popular. Tenía grandes amigos que darían su vida por él. Era una estrella de Quiddicht, lisiada en aquel momento. Y en Hogwarts se quejaban de él lo justo y necesario. De hecho, podían haberle mandado a más detenciones de las que había ido.
Aun así, no era nada fácil ser James Sirius Potter.
Albus lo tenía peor, por supuesto, teniendo dos nombres de personas memorables y un físico idéntico a su padre. Al menos no tenía gafas. Por ahora. James siempre había creído que eran exactamente iguales. Lily era la que más fácil lo había tenido, pues se podía camuflar perfectamente entre sus primos pelirrojos dado su color de pelo, hasta que le preguntaban por su nombre. Entonces, destacaba inigualablemente.
Él había sufrido en más ocasiones el hecho de que le parasen por la calle y le reconocieran por su parecido y mezcla perfecta entre sus padres: el Niño Que Vivió y la primera mujer Weasley en siglos. Desventajas de ser el primogénito. Sin ir más lejos, aquellos tres años no habían pasado sin que alguien les parara en el Callejón Diagon. Además, cuando a uno le llamaban en honor a dos hombres que destacaron por ser unos traviesos, mujeriegos y valientes héroes de guerra... Todo derivaba en ciertas expectativas
Siempre había sabido que sus padres, tías, tíos y abuelos habían sido famosos. O al menos miembros respetados de la comunidad mágica, como solía decir su padre. No fue hasta su octavo cumpleaños cuando su padre sentó a sus tres hijos y les contó toda la historia de por qué su familia era famosa. Desde aquel momento, su hermano Albus comenzó a sentirse en la sombra de su padre. En cambio, James Sirius Potter supo aprovechar aquello en su favor. Era, al fin y al cabo, tan orgulloso y descarado como lo habían sido James Potter y Sirius Black. No podía dejar que nadie dijera lo contrario.
Sin embargo, en el momento en el que su padre hacía acto de presencia a su lado... Los focos que sobre él estaban, desparecían rápidamente. No era que estuviera "celoso" de su padre. Jamás menospreciaría el valor de su padre de joven... Era solo que había vivido de aquello durante toda su vida. Y le estaba empezando a cansar.
Si bien al principio la fama le agradaba, últimamente le resultaba algo agobiante y se sentía continuamente juzgado. De hecho, estaba empezando a aborrecer su propio apellido y el hecho de que todo el mundo esperaba que fuera un mujeriego y un héroe, era una presión continua. Y nadie, salvo su hermano Albus con el que en aquellos momentos no se hablaba tanto como a sus padres les gustaría, podría entenderle. Ni siquiera Fred.
Probablemente todo aquello le venía a la cabeza justo en aquel instante porque su padre, el mismísimo Harry Potter en persona, les había honrado con su presencia en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras que impartía el antiguo compañero de clase de Hufflepuff de su padre, Ernie Macmillan.
-... Pero estoy muy orgulloso de que Ernie MacMillan haya ocupado el puesto de profesor de forma permanente, rompiendo así con esta maldición -concluyó el mismísimo Harry Potter en persona frente a una clase de alumnos absortos en la maldición de los profesores de aquella asignatura. Algunos rieron el final de la historia. Como si tuviera gracia.
-Gracias, Potter -dijo MacMillan.
-Le he pedido a vuestro profesor que me deje impartir la primera clase relacionada con los Boggarts... Fue una de las clases más instructivas de mi vida y, claro está, fue impartida por el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que tuve en mi estancia en Hogwarts: Remus Lupin.
-¡El padre de Ted! -exclamó una muchacha de Hufflepuff, como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo.
James suspiró y puso los ojos en blanco. Aquella era la primera vez que Harry Potter asistía a una de las clases de Hogwarts. Tenía que escoger precisamente una en la que estuviera él. Era la forma de su padre de demostrarle que él seguía mandado y que por muy famoso y popular que él se creyera en Hogwarts, jamás le superaría.
-Ánimo, James... -le susurró Fred Weasley con una sincera sonrisa. Señaló a su izquierda, donde se encontraba Jordan y puso una mueca de reproche. Susan Jordan tenía el mismo brillo de admiración que el resto de sus compañeros.
-Meted los libros en la mochila -ordenó Harry Potter y miró en ese momento hacia James. El hijo se encogió de hombros. Ni siquiera había sacado los libros. Su padre puso los ojos en blanco y se dirigió al resto del aula.- La lección de hoy será práctica. Sólo necesitaréis varitas mágicas.
La clase intercambió miradas de curiosidad mientras recogía los libros. No solían tener clases prácticas de Defensa Contra las Artes Oscuras, a excepción de aquella vez que MacMillan intentó hacer un Duelo. Lo cual no funcionó del todo.
-Bien -dijo el profesor MacMillan cuando todo el mundo estuvo listo.
-Ahora -dijo a la clase, volviendo la cabeza. Llamó la atención al fondo de la clase, donde no había nada más que un viejo armario en el que el profesor guardaba las togas y túnicas de repuesto. Cuando Harry Potter se acercó, el armario tembló de repente. -No hay por qué preocuparse -dijo con tranquilidad, cuando algunos alumnos se echaron hacia atrás, alarmados. -Hay un boggart ahí dentro.
La mayoría pensaba que un boggart era algo preocupante. Afortunadamente, James ya sabía la historia de su padre al respecto. Lo que le daba miedo reconocer era que no tenía la menor idea de la forma que su boggart podía adoptar.
-Creo que el mío va a ser mi madre castigándome sin Quidditch -comentó Fred Weasley, leyéndole el pensamiento.
-A los Boggarts les gustan los lugares oscuros y cerrados: los roperos, los huecos debajo de las camas, el armario del fregadero... -prosiguió Harry Potter. -En una ocasión, la señora Molly Weasley se encontró un boggart en un armario de la casa de mi padrino... Y hablando sobre esta clase con vuestro profesor, he decidido traerlo. La primera pregunta que debemos contestar es: ¿qué es un boggart?
James levantó la mano. Quería demostrarle su conocimiento. Pero Cornelia Brooks también la levantó, cosa que solía ocurrir cientos de veces.
-Es un ser que cambio de forma -respondió Brooks, sin darle tiempo a Potter de elegir quién daría la respuesta. -Puede tomar forma de aquello a lo que más tememos.
-¡Exacto! -confirmó Potter, mientras Cornelia Brooks sonreía con suficiencia. -El boggart que está ahí dentro, sumido en la oscuridad, aún no ha adoptado una forma. Todavía no sabe qué es lo que más miedo le da a la persona del otro lado. Nadie sabe qué forma tiene un boggart cuando está solo... A excepción de Alastor Moody, quien pudo verlo porque... Digamos que era tan valiente que no le tenía miedo a nada. -Harry Potter suspiró. Probablemente haciendo cierto teatro. Solo esperó que no se dedicara a contar cómo su historia se relacionaba con Moody. -Cuando lo dejemos salir, se convertirá de inmediato en lo que más temamos, por lo que tenemos una enorme ventaja sobre el boggart. ¿Sabes por qué, James?
Era difícil responder a una pregunta con Brooks delante, con la mano levantada. No obstante, James estaba muy seguro de su respuesta:
-No podrá decidirse porque somos muchos.
-Siempre es mejor estar acompañado cuando uno se enfrente a un boggart, porque así se despista -añadió, como si la clara explicación de James no hubiera sido suficiente. -¿En qué se debería convertir? Remus Lupin nos dijo que en una ocasión, un boggart cometió el error de querer asustar a dos personas a la vez y se convirtió en media babosa. No daba nada de miedo. El hechizo para vencer a un boggart es sencillo, pero requiere de una gran fuerza mental... Lo que sirve para vencer a un boggart es la risa. Lo que tenéis que hacer es que adopte una forma que para vosotros sea divertida. Repetid conmigo el conjuro: ¡Riddikulo!
-¡Riddikulo!- dijeron todos a la vez.
-Bien -dijo el profesor Lupin. -Muy bien. Pero me temo que esto es lo más fácil. Una palabra no basta. Y aquí es donde entra nuestro primer valiente... ¿Harías los honores, James?
Varios de Gryffindor aplaudieron y vitorearon. James miró a su padre con desafío.
Abrió el armario.
Una nebulosa viscosa sin forma se acercó a James. Este se rio con la varita en alto. ¿A eso le tenía miedo? ¿A una gelatina negra? Éste se encogió de hombros y aquel bulto se acercó a su padre... Tanto padre como hijo sabían a la perfección qué boggart era el de su padre.
-¡Riddikulo! -hechizó James, ante el rostro compungido de su padre, quien se alejó de la sala. El boggart se convirtió en Albus Potter vestido de bailarina, lo que provocó risas entre muchos y evitó que la situación empeorara y los alumnos se preocuparan.
-¡Siguiente!- animó el profesor MacMillan.
James Potter se alejó y se dirigió a su padre. Éste se había puesto pálido y miró a su hijo con cariño.
-Tu madre tenía razón... Era arriesgado. -dijo su padre. -Lo que no entiendo es lo que ha pasado con tu boggart. ¿Qué era eso?
-Nada. -Contestó simplemente.- No le tengo miedo a nada. Eso era la forma de un boggart indeciso.
Él sonrió con suficiencia, pero su padre negó con la cabeza.
-Tiene que haber sido un error. ¿Estás seguro de que no era nada?
James rio, algo nervioso y, en el fondo, con el orgullo un tanto rasgado.
-Soy como Alastor Moody, papá. Deberías estar orgulloso. -James frunció el ceño y rugió en su interior. -Ya veo que no puede ser que tu hijo te haya superado en algo. ¿Tienes envidia? - le espetó.
Su padre no cambió de expresión. Puso su mano en el hombro y le susurró.
-No estoy celoso, James... Solo estoy preocupado.
-Pero la cosa es que no hay "nada" por lo que preocuparse -le contestó con cierto sarcasmo. -Venga, admítelo... En esto te he ganado.
Su padre sacudió la cabeza. Suspiró y sonrió hacia su hijo.
-Sigo superándote en un montón de cosas más.