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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 101

(III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos

Sabía que su madre escondía algo.

Su madre estaba nerviosa y parecía estar pagando su inquietud espetándole órdenes sin sentido. Habían subido a un taxi a media noche y desde que salieron de su casa no había dejado de temblar. Del frío no podía ser, pues era una de las noches más cálidas de junio que Londres disfrutaría.

-¿Estás enfadada conmigo?- preguntó la muchacha.

-No. Claro que no, cariño. Tan solo confiaba en que no tuviéramos que pasar por esto.

La miró con los ojos abiertos de par en par.

-¿Qué quieres decir?

-Yo...pensaba... esperaba... no quería que tú...- Lo de tartamudear no era propio de ella. Parecía tensa y nunca la había visto tan seria desde la muerte de su padre cuando ella tan solo era una niña de cinco años.- No quería reconocerlo. Todo el tiempo he estado esperando que mi madre se equivocase. Como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde.

-Pero, ¿qué esperabas que no ocurriera?

La mujer de ojos celestes y nariz respingona suspiró.

-Tendría que haber comprendido que era estúpido por mi parte. Por favor, perdóname.

-¡Mamá!-Estaba tan excitada que casi soltó un gallo.- No tengo ni idea de qué estás hablando.- Sus explicaciones sólo habían servido para que la confusión de la joven, junto con su desesperación, aumentaran un poco más con cada frase.- No entiendo por qué me has obligado a salir así de casa de pronto. ¿Qué te pasa, mamá? Ni siquiera le has dicho nada a Josh. ¿Ha sido por esa llamada? ¿Por eso?

Era consciente de que la desesperación que estaba mostrando le estaba haciendo daño de algún modoa su madre, porque nunca la había visto tan preocupada como en ese momento.

-Por eso vamos a verles ahora.- explicó su madre.

-¿A quién vamos a ver?

-A los Vigilantes.- contestó su madre.- Una antiquísima sociedad secreta.- Miró por la ventana.- En seguida llegaremos.

-¡¿Una sociedad secreta?! ¿Quieres dejarme en manos de una turbia secta así de pronto? ¡Mamá!

-No es ninguna secta, aunque algo turbios sí son.- Respiró hondo y cerró los ojos un momento.- El padre de tu abuela fue miembro de esta logia y tu abuela también.- Un escalofrío recorrió la espalda de la joven. Su madre aún no sabía todo lo que estaba aconteciendo en el mundo mágico, no llegaría a contárselo jamás, pues no le dejaría volver a Hogwarts. Pero aquello de lo que hablaba le daba muy mala espina.- Como antes lo había sido su padre y antes su abuelo. También Leonardo da Vinci era miembro, igual que Ana Bolena, María I,una de las fundadoras de tu colegio, Rowena Ravenclaw, y muchísimos otros. Tu abuela consiguió que Minerva McGonagall fuera miembro de la Logia.

La mayoría de aquellos nombres eran conocidos magos que la joven había tenido que estudiar y que no se imaginaba que su madre supiese aquello. Sabía que el célebre arquitecto italiano era un muggle, así que no supo conectar aquellos nombres con un objetivo común, ni aunque se tratase de política. Estaba evitando pensar lo último que había dicho su madre. ¿De qué demonios podría conocer su abuela a su difunta directora?

-Y, ¿qué hacen exactamente?

-Bien... pues...-balbució la mujer.- Se interesan por mitos antiquísimos. Y por el futuro. Y por las personas como tú.

-¿Qué tengo yo de especial además de ser maga? ¿Tantos hay como yo a los que le interesa esa sociedad de la que nunca me has hablado? Mamá, te dije que si tenías alguna duda con lo de la magia, que me preguntases, que hay asesores…

Su madre sacudió la cabeza.

-Para ver todos aquellos como tú, deberías mirar nuestro árbol genealógico.- El taxi se detuvo y el vidrio de separación se abrió. La mujer tendió unas libras al conductor.- Ya está bien.- dijo.

-¿Qué venimos a hacer precisamente aquí?- dijo la joven parada en la acera, mientras el taxi volvía a ponerse en marcha.

Habían circulado a lo largo del Strand, hasta poco antes de la entrada a Fleet Street. A su alrededor resonaba el estruendo del tráfico y la masa de gente que se movía por las aceras. Los pubs y las calles de enfrente estaban llenos a reventar. Dos autobuses nocturnos de dos pisos estaban parados al borde de la calzada y las personas, algunos jóvenes, otros con alcohol de más en las venas, esperaban en fila dando la espalda al complejo monumental del Royal Court of Justice.

-Girando ahí delante, entre las casas, se entra en el barrio del Temple.- indicó su madre, apartándose los cabellos de la cara.

-Nunca he estado aquí.- Miró hacia el estrecho pasaje peatonal que le señalaba, sin recordar aquel lugar en absoluto.

-¿Nunca has estado con el colegio en Temple?- Supuso que su madre la vio con cara de desconcierto. Ella iba a Hogwarts, ¿cómo esperaba que fuese?- La iglesia y los jardines son realmente preciosos para visitar. Y Fountain's Court. Para mí, la fuente más bonita de la ciudad.- La joven la miró furiosa. ¿Ahora se había convertido de pronto en una guía turística.- Ven, tenemos que pasar al otro lado de la calle.

La madre cogió a la hija de la mano, a pesar de que la hija tuviese quince años. Siguieron a un grupo de turistas japoneses que llevaban unos enormes planos desplegados ante sí. Ambas ya estaban acostumbradas al turismo nocturno de la capital británica.

Por detrás de la hilera de casas se entraba en un mundo completamente distinto. La frenética agitación del Strand y Fleet Street había quedado atrás. Allí, entre majestuosos edificios de una belleza atemporal que se alineaban ininterrumpidamente, todo era paz y tranquilidad.

La joven señaló a los turistas.

-¿Qué buscan aquí? ¿La fuente más bonita de toda la ciudad?

-Van a ver la Temple Church.- respondió su madre sin inmutarse ante el tono irritado de su hija.- Una iglesia muy antigua, plagada de leyendas y mitos. A los japoneses les encantan estas cosas. Además, en Middle Temple Hall se estrenó "Como gustéis", de Shakespeare.

Siguieron un rato a los japoneses y luego doblaron a la izquierda y avanzaron por un camino empedrado entre las casas a lo largo de varias manzanas. La atmósfera era casi bubólica: se oía el agua correr de las fuentes, la brisa fresca nocturna e incluso el aire sabía a fresco y limpio, no a contaminación como en el resto de la ciudad.

En los portales había placas de latón que llevaban grabadas largas hileras de nombres. Eran todos abogados. No quería ni imaginarse lo que debía alquilar un piso allí. En el fondo, sabía que había pensado eso para distraerse. ¡Como si no hubiera cosas más importantes de que hablar!

Se detuvo en el siguiente portal.

-Ya hemos llegado.- dijo.

Era una casa sencilla, que, a pesar de su impecable fachada y de los marcos recién pintados de las ventanas, parecía muy vieja. Los ojos celestes de la joven buscaron los nombres en la placa de latón, pero su madre la empujó en seguida a través de la puerta abierta y la guió escaleras arriba hasta el primer piso. Dos hombres de avanzada edad, vestidos de negro, se cruzaron con ellas y las saludaron amablemente al pasar.

-¿Dónde estamos?

Su madre no respondió. Pulsó un timbre, se arregló la chaqueta y se apartó el pelo de la cara.

-No te pongas nerviosa, cariño.- susurró, pero no sabía si estaba hablando con ella o consigo misma.

La puerta se abrió con un chirrido y entraron en una habitación clara que parecía un despacho normal y corriente. Archivadores, escritorio, teléfono, aparato de fax, ordenador..., ni siquiera el hombre de unos setenta años que estaba sentado detrás del escritorio tenía un aspecto extraño. Solo sus gafas, negras como el carbón y tan anchas que le tapaban media cara, eran un poco inquietantes.

-¿Qué puedo hacer por ustedes?- preguntó.- Oh, pero si usted es... ¡Penélope Morgan¡

-Brooks.- corrigió su madre con bastante irritación.- Me casé, ¿recuerda?

-Oh, sí, claro.- El hombre sonrió.- Pero no has cambiado nada. La reconocería en cualquier sitio por sus ojos.- Su mirada se deslizó sobre mí.- ¿Esta es su hija? Menos sus ojos, ha salido al padre, ¿no es verdad? ¿Cómo está...?

La mujer la cortó.

-Señor Crawford.- le nombró. La joven comprendió entonces por qué le sonaba tanto el rostro de aquel hombre, era el compañero de vida de su abuela. Tenía constancia de que su madre llevaba décadas sin hablar con su abuela, y mucho menos con el nuevo novio de ésta, que según sabía, no se habían casado porque nunca recibieron la bendición de su madre.- Debo hablar urgentemente con mi madre.

-Oh, por supuesto, les están esperando.

El señor Crawford se levantó, salió de detrás del escritorio y la miró de arriba abajo. Se sentía francamente incómoda con su espantosa ropa de estar por casa. Ni siquiera se había lavado el pelo, sino que llevaba las finas hebras de su cabello recogidas simplemente con una goma en una coleta. Y tampoco iba maquillada, nunca iba maquillada.

-Dese prisa, por favor, tal vez no dispongamos de mucho tiempo.

-Por favor, esperen aquí.

La joven soltó un profundo suspiro, cansada de hacerse todo el rato preguntas en su cabeza que solo la hacían sentirse un poco más ignorante y confundida con cada respuesta que recibía. Se percató de que su madre estaba examinando aquel lugar.

-Aquí no ha cambiado nada.- señaló.- Es como si el tiempo se hubiera detenido.

-¿Venías a menudo a este sitio?

-Tu abuela a veces me obligaba a venir. En ese aspecto no me dejaba ir por libre, como me ha dejado durante el resto de mi vida. Aunque me costase admitirlo, de niña me gustaba venir aquí.

Suspiró. La muchacha se debatió un rato en si debía comenzar su sátira de preguntas o simplemente esperaría a que aquel momento acabase. Porque podría ser que metiese la pata diciendo que aquello que estaban haciendo podría ser un tanto peligroso, teniendo en cuenta que los líderes de la Inglaterra Mágica le habían declarado la guerra a Francia por culpa de una Sociedad o Clan que bien podría ser aquella.

Oyeron un ruido de pasos que se acervan rápidamente. Su madre se puso rígida y respiró hondo. Acompañada por el recepcionista de las gafas, la persona que tan solo había visto un par de veces en su vida entró por la puerta.

-¡Penny!

La mujer, que habría pasado ya la década de los sesenta, buscaba en su hija un abrazo, pero ni siquiera alzó las manos al ver la expresión de antipatía y recelo que había poblado el rostro de su madre. A la joven, de pronto, le dio muchísima pena su abuela.

-Hola, madre.

Recibió un simple movimiento con la cabeza. Su abuela no tardó en girar la mirada hacia la muchacha que creía estar en una de las situaciones más incómodas de su vida. Cuando miró hacia el rostro de la que había sido una madre desastrosa para su progenitora, se vio reflejada en ella. Le asustó darse cuenta de que tenían los mismos ojos azules celestes.

-¡Cornelia!- Nada pudo impedir que su abuela la estrujase en un abrazo. Aquello para ella, que no solía recibir ni dar muestras de afecto, incrementó la incomodidad que se había asentado en su pecho.- ¡Te has convertido en todo una mujercita! ¿Cuánto llevo sin verte...? ¿Ocho años?- En realidad, ambas sabían que eran un par de años más.

-¿Se puede saber por qué no me avisaste con antelación? ¡Una patrulla de aurores, mamá! ¡Están registrando tu casa una patrulla de aurores!- Aquello hizo que Cornelia frunciese el ceño. No tenía aún ninguna teoría que pudiese explicar por qué su abuela era buscada por la policía mágica.- ¡En nada harán la conexión y descubrirán que yo soy tu hija! ¿Quién habría venido antes, madre? ¿Los aurores o el Clan?

La mención del Clan del Ojo procedente de la boca de su madre hizo que Cornelia Brooks diese un respingo. Fijó su mirada en su abuela, una casi anciana con arrugas que mostraban sufrimiento. Una persona a la que no conocía. A la que perseguían los aurores. Y también el Clan del Ojo.

Cornelia Brooks estaba temiendo el resultado de aquella peligrosa operación.

No. Podía. Ser. Cierto.

-Sabía que vendríais a tiempo. Te sabes el Protocolo desde niña, al fin y al cabo- La muchacha se había quedado petrificada. Quería que la llevasen a su apartamento. Quería esconderse en su cama y no vivir aquella experiencia. Su abuela la cogió del brazo.- Vamos, hay muchas cosas que tengo que contarte.

Pero Cornelia Brooks se ancló al suelo. Sus ojos escudriñaron a su abuela sin temor a que aquella poderosa mujer le hiciera el daño que estaba haciendo a todo el mundo mágico.

-Usted es Ivonne.

Dijo aquello en un tono de voz alto y claro. No necesitaba preguntarlo, pues estaba demasiado claro. Supuso que debería tener miedo, pero su cuerpo estaba tan en shock que parecía que se había detenido en el tiempo.

-¿Ves? Te dije que esta era demasiado lista.- Para su sorpresa,su madre no se sorprendió de su descubrimiento. Ivonne Donovan sonrió. Siempre había sido su abuela Julie. Y resultaba ser la persona más buscada del planeta.

Su mente comenzó a formar un rompecabezas a la velocidad de la luz. Intentó comprender cosas de su vida, como quizás, porque su abuela jamás se había interesado por ella. Por qué su madre odiaba a su abuela. Se estaba escondiendo, no era que no le importase, por mucho odio que su madre hubiese desarrollado hacia ella. Se preguntó si se debía a que su madre era muggle. ¿O era una maga que no había ido a Hogwarts? También entendió la reacción de su madre cuando le llegó una carta que jamás creyó que llegaría cuando ella tenía once años. O cómo después del atentado en King's Cross, tuvo que luchar contra su madre para que la dejase ir. Su madre había sabido en todo momento que ella estaba en peligro por ser la nieta de Ivonne.

Pero el puzle estaba incompleto.

Mientras meditaba, su abuela la había conducido a una pequeña sala con estanterías repletas de libros y dos sofás franqueados por sillones butacas a sus lados. Aquello era una especie de salón del té. No pasó por alto el joven de pelo negro y ojos marrones que la miraba con atención. No la saludó ni nada.

Cornelia se sentó en un sofá al lado del muchacho y su abuela se sentó en frente. Nadie más llegó a la sala. No sabía por qué, pero las facciones de aquel joven le resultaban demasiado familiares.

-He esperado este momento muchísimo tiempo.- anunció con serenidad Ivonne. En su cabeza, la cual luchaba por no hacerse un lío, aún se debatía entre llamarla Julie, como para ella era, o Ivonne, el nombre que verdaderamente le pertenecía.

¿Se imaginaba a Ivonne así? La observó más detenidamente. No lo había hecho segundos antes porque el shock la había paralizado. No solo tenía que asimilar el hecho de que Ivonne estaba delante de ella. No. Lo más importante en ese momento es que Cornelia Brooks era la nieta de Ivonne. O quizás las dos cosas se equiparaban.

Tenía unos pómulos redondos que ocupaban un gran lugar en su alargada cara. Tenía una nariz parecida a la suya y a la de su madre, aunque más ancha, siendo la terminación de esta una bulto que sobresalía con gracia. Tenía los labios finos, más parecidos a los de ella que a los de Penelope, sobresaliendo el labio inferior cuando ensanchaba éstos en una sonrisa. Sus ojos tenían un contorno similar al de una almendra con una punta hacia arriba y el color era indudablemente la marca de su familia. Un pelo canoso, seguramente era castaña de joven, enmarcaba su dulce rostro con hondas deshilachadas que acaban en su rebeca gris y su pañuelo de color morado.

-¿Sabe la de gente que está sufriendo por su culpa?- Era lo primero que le dijo a su abuela en, seguramente, su vida. Le había salido solo, pero era lo que realmente sentía. Su repentina pregunta no la alteró.- Podría decirle una retahíla de cadáveres que se amontonan con tu nombre tatuado en ellos.- Sí, probablemente ella estaba furiosa. Ella misma había sentido en sus carnes la amenaza del Ojo y la ira y rabia de éstos.- ¿Cómo puede permitir algo así estando aquí sentada felizmente disfrutando un té o lo que sea que tome?- le espetó.

No se sentía precisamente orgullosa de haberle echado en cara todo aquello. Pero, en su fuero interno, quería seguir exigiéndole explicaciones. También tenía millones de preguntas. Fue en ese momento, cuando enmudeció, cuando se dio cuenta de que ante ella estaban todas las respuestas que estaba buscando.

-Tuviste visiones que podrían haberte ayudado a salvar más de una vida si hubieses sabido cómo hacerlo, Cornelia.

La joven la desafió con la mirada.

-¿Tú me mandabas esas visiones?- Ivonne, su abuela, negó de forma enigmática.- ¿Cómo lo sabes? ¿Estamos conectadas como Harry Potter con Voldemort?- inquirió recordando que aquella teoría era de su compañero de Casa, James Sirius Potter.

-Supongo que de ser así, yo sería Voldemort, ¿no?- La anciana mujer sonrió cándidamente, lo cual hizo que Cornelia se sintiese avergonzada por su actitud.- Tranquila, es normal. Valoro que te preocupes por los demás, Cornelia.

-¿Por qué estoy aquí? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué te persiguen? ¿Cómo te han encontrado? ¿Por qué nunca he sabido nada? ¿Cómo acabamos con...?

La cantarina carcajada que soltó Ivonne hizo que toda la ansiedad que estaba sufriendo se tranquilizara. Al instante, como si ese efímero hechizo se rompiese, recordó que el asuntó que estaba tratando era sumamente serio. Su expresión se endureció.

-Paso a paso, querida.- dijo su abuela con una sonrisa.- No te he presentado a este joven.- Dijo señalando al muchacho que estaba sentado a su lado, bastante interesado, dada su expresión, en aquella conversación.

-Soy Frank Longbottom.- se presentó él con una sonrisa algo tímida.

Abrió los ojos como platos. ¿Su abuela, es decir, Ivonne había secuestrado al hijo del director? Un hijo que parecía estar fuera del alcance del conocimiento de los demás.

-El Clan le está dando caza y soy la única con el poder de protegerle. Unas magas que trabajan para mí consiguieron traerlo a mi casa de campo antes de que revelasen mi identidad, y espero que tú también le hagas sentir como en casa, cielo, es un joven muy educado. - Le contó su abuela con delicadeza. Cornelia le examinó, era mayor que ella y parecía sentirse demasiado incómodo en aquella habitación.- Está aprendiendo cosas del mundo mágico del que ha estado huyendo toda su vida... Lo cual no es una tarea fácil, por eso está aquí. También él quiere saber todo lo que te voy a contar... Empezando por de dónde procedo, que también es tu historia...

-¿Espera que me siente tranquilamente mientras me cuenta la historia de su vida? ¡No! Quiero que me conteste a esas preguntas, es lo que más me urge...

-De acuerdo.- zanjó la aludida, interrumpiendo lo que parecía poder convertirse en un lío de palabras a causa del desconcierto.- Me has preguntado la razón por la que estás aquí. Muy bien. Cornelia, eres mi nieta. En cuanto encuentren mi escondite, darán con el de tu madre, y, por lo tanto, con el tuyo. Estás aquí porque estás a salvo. Ellos desconocen que tengo una hija, y ni mucho menos saben que tengo una nieta. Jugamos con esa ventaja. Pero no puedo arriesgarme a que os descubran y...

-¿Nos maten? ¿Sabes? Yo me he enfrentado ya a miembros del Clan del Ojo y no he necesitado esconderme para sobrevivir a ello.

-Pero ello no sabían quién eras tú en realidad.

-¿Y qué? Sigo siendo la misma persona. Me matarían con más ímpetu.

-A ti no te matarían, Cornelia.- dijo su abuela. La joven la miró. Tenía un interrogante que le exigía que respondiese. Ivonne asintió.- La siguiente pregunta que me has hecho ha sido que qué quiero de ti.

Cornelia Brooks suspiró. Lo que había comenzado creyendo que era un reencuentro familiar un tanto extraño, se había convertido en el inicio de lo que parecía ser una tortura.

-¿Quieres que sea como tú?

-Me temo que ya lo eres.- Ivonne negó con la cabeza, como si no hubiese querido decir aquello.- Eres una Donovan. Nuestra familia, a lo largo de los siglos, ha tenido que llevar el peso de lo que nuestro poder significa. Tú no te puedes librar.

-¿Y mi madre sí?

Un aplauso brotó de las manos de Ivonne, lo cual hizo que Cornelia la mirase incrédula.

-¡Eres tan avispada como lo era tu madre!- Acto seguido soltó otra risa cantarina que la estaba empezando a poner de los nervios.- Tu madre es muggle porque el destino es caprichoso y quería que tú concentrases más magia en tu interior.

-No lo entiendo.

-No hace falta que lo entiendas ahora, querida.- Se acomodó en el sillón con un movimiento cómico y volvió a mirarla con una sonrisa. Parecía una profesora. Podría haber sido una profesora, total, desconocía gran parte de su pasado.- Lo que quiero de ti, es que estés a salvo.

-Ya veo que has estado pendiente de mi todo este tiempo... Estuvoa punto de matarme un basilisco, ¿lo sabes?

-Pero no lo hizo.- respondió ella con un guiño. Como si eso tuviese gracia.- También sé que luchaste contra un hombre lobo, contra varios miembros... En fin, sé mucho sobre ti.

-Eso no me tranquiliza.

La mujer volvió a asentir alegremente. Supuso que para ella sí era un reencuentro con su nieta, no una conversación con... Joder. Minerva McGonagall había muerto por ella. Había una maldita guerra por su culpa.

-Me persiguen porque me necesitan para ser poderosos.

Esta vez fue Cornelia la que aplaudió. Se había dejado llevar por la falta de cordura que estaba empezando a sentir en su cerebro.

-¡Bravo!- Asintió, aparentando estar sumamente convencida.- ¿Sabes?- Su rostro mostró cierto sarcasmo.- Eso no me aclara absolutamente nada.

-No estás preparada para saberlo todo, Cornelia. Ni la mayoría de ellos lo saben. Prefiero que seas feliz ignorando tal hecho.- La joven resopló, a sabiendas que había perdido aquella batalla.- Los aurores que me han encontrado son los que ha mandado Hermione Granger. Ha sido mi idea contarle muchas cosas a esa mujer.

-¿Has hablado con Hermione Weasley?- exclamó ella, realmente sorprendida por los contactos que aquella mujer parecía desplegar con suma facilidad.

-Mandé a una joven muy especial en mi lugar- La mujer suspiró. Cansada.- Y, con respecto a las últimas preguntas... Nunca has sabido nada porque tu madre quería criarte sin problemas, teniendo una infancia normal. Y, ¿cómo acabamos con todo esto? No acabamos, Cornelia. Esto es lo que acaba con nosotras.


Breve nota del autor:

Queridos lectores y comentaristas de esta aventura:

Llegamos, por fin, a la última estación de esta tercera entrega. Os he mantenido en una frecuencia extraordinaria que, por suerte o por desgracia, no vais a seguir disfrutando. La cuarta entrega, cuyo primer capítulo tendréis mañana, será a capítulo por día. No a la mitad de la saga por día.

Espero que hayáis disfrutado tanto como yo de las aventuras de la Tercera Generación… Y que lo sigáis haciendo con mis palabras.

Un cordial saludo y cuidádse tanto como podáis,

Carax.