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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 106

El barrio del Temple siempre podría considerarse uno de los lugares más ocultos de Londres. Entre el río Támesis y Fleet Street, era el lugar perfecto para esconderse. Y para guardar la sede de una sociedad secreta. El conjunto estaba formado, principalmente, por una iglesia y una zona residencial a su alrededor. Aquel lugar en el que se respiraba un aire de misterio, había sido adquirido, hacía siglos, por los Caballeros Templarios. Por supuesto, de ahí venía el nombre del barrio. De la Orden más poderosa de la Edad Media. No obstante, sería abolida en 1307. No había rastro de aquellos legendarios caballeros por el sitio que, en la actualidad, estaba habitado por sedes de colegios de abogados y los despachos más prestigiosos de la ciudad. Al menos, que el resto de mortales supiera.

Cuando tocó uno de los porteros, se sintió observada. No sólo por el infinito número de cámaras de seguridad que custodiaba la zona, sino por el hecho de que ir allí suponía una declaración de intenciones. De ir en contra de sus propios principios. De ir, incluso, en contra de su propia ley. Y, no obstante, era ir justo a su destino.

Subir las escaleras internas de uno de aquellos edificios la hizo sentir vulnerable. Desprotegida. Como si el hecho de acudir al centro judicial de su ciudad la desprotegiera de sus derechos. Se sentía ignorante ante el conocimiento que allí albergaba los vestigios de la Orden del Temple. Y no solo el jurídico.

-Buenos días, señorita Granger, la estábamos esperando -le saludó desde una de las puertas un hombre de edad avanzada y gesto risueño. La mujer se acomodó la gabardina sobre su pecho y frunció los labios. Asintiendo para sí. Y para el hombre que le recibía. -Pase, pase, no se quede ahí -Ella obedeció. -La está esperando dentro -hizo un gesto con la mano que la invitaba dentro de su vivienda.

Se había propuesto fijarse en absolutamente todos los detalles de aquel lugar. De aquel ansiado encuentro. Más, lo primero que se encontró, fue un hombre despreocupado. Tranquilo y sereno. Cuyos ojos entornados por la vejez le hacían parecer más anciano de lo que era. Casaba con el ambiente que se respiraba. Muebles de madera de pino, suelo de moqueta beige y cuadros impresionistas de colores crepusculinos. Todo apuntaba que aquel sitio era un retiro y un rincón de paz para aquel hombre.

Cuando se hubo adentrado en la residencia, se sorprendió al reconocer que era mucho más grande de lo que uno podía sugerir desde fuera. Ante ella, tenía grandioso salón de techos altos, que bien podía acoger un baile de época. Después de todo, esa era la función hacía siglos. O décadas.

El hombre le tendió la mano para coger su gabardina. Ella lo hizo rápidamente, por si se perdía algún detalle en el despiste.

-Gracias -le concedió, sin disimular su impaciencia y nerviosismo en su tono de voz. Se apresuró a darse una pequeña vuelta observando todos los recovecos de aquella estancia. Podía respirarse tranquilamente la paz que parecía proceder del ambiente como si se tratara de un ambientador.

-Oh, señorita Granger, acérquese -una voz que procedía de un salón a su izquierda la llamó con su nombre de soltera. Aquello solía sucederle. La mayoría conocía su templanza de la Guerra Mágica y la recordaban por el nombre que ella misma se había labrado en la comunidad mágica.

Se giró hacia la procedencia de la voz. El hombre que había ido a dejar su gabardina en un perchero, le indicó que se acercara. Era otro salón. Biblioteca, más bien. En el centro, dos sofás contrapuestos la esperaban. En uno de ellos, el objeto de aquella entrevista.

Ivonne Donovan.

Hermione tragó saliva. Aun no había decidido si aquello que estaba haciendo -ir a escondidas de su familia, de sus amigos y compañeros de aventuras al encuentro con la mujer más buscada del mundo -era lo correcto. Pensaba que, quizás, tras hablar con ella se disiparían algunas dudas en cuanto a la veracidad de aquello que Lola Morgan le había dicho hacía unos meses. Que ella, Hermione Granger, era la jugadora de la partida de Ivonne Donovan.

Le tendió la mano como gesto de cordialidad. Descubrió, finalmente, el rostro que había vivido en sus pesadillas y sueños durante meses. Había algo en ella que la inquietaba. Era una mujer con hebras plateadas, peinadas cuidadosamente en ondas que caían sobre sus hombros. Tenía unos ojos celestes que la miraban con curiosidad, una nariz respingona y unos labios finos y torcidos. Su piel era tensa, era delgada y parecía estar en plena forma. Iba vestida con una camiseta de algodón blanca y unos pantalones vaqueros. Parecía una mujer de unos sesenta o setenta años que se había adaptado al mundo actual. Tenía hasta un smartwatch. Pensó en que Neville Longbotton le había dicho que había sido amiga de McGonagall. Y le perturbó aquel pensamiento, pues aquella mujer parecía ser todo lo contrario a la tradición mágica que acarreaba en sus hombros su antigua profesora cuando aún seguía con vida. No estaba ante una anciana maga recluida del mundo mágico y muggle. No estaba ante una reliquia como para ella eran los ancianos magos que siempre la habían ayudado. Era una mujer mayor que llevaba zapatos de deporte para estar por casa y tenía en su regazo una Tablet que había apartado para tenderle la mano.

-Encantada de conocerle, señora Donovan -acertó a decir. Se sintió como en una entrevista de trabajo. Pero nunca había estado tan perdida como en aquel momento.

Hermione sintió cómo el hombre también entró en la habitación y se sentó en una butaca, un tanto alejada y cogió un libro cuya lectura parecía haber sido interrumpida por su presencia.

-Hay tantos asuntos que tenemos pendientes, Hermione, que propongo dejar a un lado las trivialidades que nos dicta la educación que ambas hemos recibido -le dijo Ivonne Donovan, mientras la mujer tomaba asiento en frente de ella. No reposó su espalda, pues no quería relajarse del todo. -Usted sabe quién soy yo, le habrá adelantado algo el señor Longbotton… Y yo, por supuesto, sé quién es usted.

-Oh, sí, me lo dejó muy claro su… mensajera… Lola Morgan -respondió suspicazmente.

-Esperamos que la esté tratando como debe, señora Granger -interrumpió inesperadamente aquel hombre. -Perdónale, querida, William se toma muy en serio su labor protectora…

Ella simplemente asintió.

-Está en mi casa, bajo supervisión de aurores de confianza… No le pasará nada… Tuve que mandar a mi hijo Hugo a la Madriguera para que no fuera un problema… Pero no puede quedarse allí siempre -Aquella era una de las cuestiones que debían abordar. Intuyó que aquella anciana mujer lo sabía. Y supo, por su expresión, que habría preferido no referirse a ella hasta más tarde. En cambio, para Hermione Granger, le urgía saber qué hacer con una adolescente problemática en su casa. -Sé que Lola ha tenido una vida complicada… Pero no creo que pueda seguir acogiéndola por más tiempo.

-Le avisaremos cuando tengamos todo preparado para que Lucrecia pueda venir con nosotros -le anunció William. Se imaginó que era William Crawford, por el nombre que rezaba el portero por el cual había entrado a su residencia.

Pasó por alto el nombre verdadero de Lola. Siempre intuyó que esa era la forma que tenía aquella osada muchacha de huir de un nombre como aquel. Se lo guardó para decírselo cuando volviera a casa. Por muy problemática o rebelde que aquella muchacha daba a entender que era, lo cierto era que se había rebajado su nivel de intolerancia y, en ocasiones, se olvidaba de que tenía a una refugiada en su ático. Lo único que no encajaba del todo, era la actitud de su marido, pues él seguía creyendo que debía ser asunto de su Departamento. Más no informó de nada a Harry. Hermione sabía que su marido tenía dos opciones: engordar la ira de Harry Potter contra Hermione y McKing por haberse llevado a Lola Morgan o engordar la disidencia creada con Hermione en casa.

La mujer suspiró. Sabía que aquello se apaciguaría cuando Lola se fuera de su casa. Aunque, debía reconocer, le había cogido cierto aprecio a aquella muchacha. Hermione sabía leer bien a las personas. Aquella joven había sufrido casi tanto como todos ellos. Estaba envuelta en un mundo que desconocía. Y, si conocía algo, era porque su abuela le había contado historias de niñas camufladas por su aparente locura. Le había cambiado la vida de un momento a otro. Se había quedado completamente huérfana, sin hogar y sin un futuro asegurado.

-Bien, bien, querida… Por favor, no quiero robarle mucho tiempo… Sé que es una mujer ocupada -dijo Ivonne Donovan, haciendo un gesto con la mano que indicaba que aquello se trataba de un simple contratiempo en comparación con todo lo que debían tratar. -Necesito que se asegure de que mi nieta está bien -anunció.

La mujer frunció el entrecejo.

-¿Su nieta? -repitió. Sabía que lo había escuchado bien. -Sabíamos que tenía una hija no una nieta…

-Mi hija Penélope seguirá su vida normal… Pero mi nieta, Cornelia Brooks, es alumna en Hogwarts y quiero que siga su formación allí…

-¿Es alumna de Hogwarts y está allí? Pero… Aunque Longbotton esté haciendo todo lo posible para asegurar el Colegio, no creo que sea la mejor idea para su nieta. En vistas de la situación y…

Ivonne Donovan le pidió con la palma de su mano en alto, que se detuviera. Aquello ofendió a Hermione. No quiso que aquello se reflejara en su rostro, pero era inevitable. Aquella anciana no podía pretender que hiciera lo que ella le pedía sin objeciones. Sobre todo, cuando lo que fuera que quería hacer podía poner en peligro a sus hijos. Si el Ojo sabía que la nieta de Ivonne Donovan estaba en Hogwarts… ¿Qué sería lo que harían teniendo allí a alumnos que estarían dispuestos a dar su vida y arrebatar otras para conseguirla? Si de verdad Ivonne Donovan la conocía, debía saber que no estaría dispuesta a desproteger a los suyos. No, así no funcionaba aquello.

-El Ojo no sabe que tengo una nieta…Por ahora… Y, cuando lo sepa, será demasiado tarde porque estará a salvo gracias a usted…-Esperó a que Hermione se tranquilizara. No lo hizo. -Ahora mismo está con su madre en un piso francés…

-Un piso franco, querida -le corrigió con amabilidad William Crawford.

-Oh, sí, un piso franco… Aquí en Londres. De esta Orden de los Vigilantes… Están a salvo, pero me gustaría que mi nieta siguiera en Hogwarts y, para asegurar tanto su estancia allí como la del resto de alumnos que podrían estar en peligro por ella… Necesito su ayuda -Recibió una mirada de escepticismo por parte de la Consejera del Ministro McKing. -Verá, Hermione, mi nieta es una jovencita muy especial… Pero necesita más formación mágica que yo ahora mismo no le puedo ofrecer -la anciana se encogió de hombros. -Por supuesto, si en algún momento su presencia allí amenaza a la seguridad de los demás… Es más, mi nieta no quiere volver al castillo por esa razón. Creo que te caería bien. Así que, si hubiese algún peligro, Cornelia será la primera en querer abandonar el Colegio -miraba a Hermione fijamente, con una sagacidad que imponía. -Se lo propuse al señor Longbotton… Él es el director, ¿no? Pero me dijo que lo debía consultar con usted.

-¿Por qué?

-Pues porque es usted la que está a cargo de esta Orden desde hoy, señora Granger -dijo simple y llanamente. Aquello hizo que el pulso de la mujer se aceleraba. La acababa de nombrar líder de una Logia que ni siquiera sabía cuáles eran sus pretensiones. -Su destino está aquí, en la Orden de los Vigilantes… Es usted la que va a dar órdenes a partir de ahora. El destino quiere que sea su criterio el que fije nuestro camino. Y así será.

-Pero… Pero usted… Usted es Ivonne Donovan. ¿Cuál es su papel entonces?

-Oh, querida, esa es una conversación que tendremos cuando esté preparada.

¿Quién les iba a decir que sus encuentros se iban a convertir en pulsos de poder? ¿En un juego por acaparar un fuera de campo que ya no les pertenecía? De amantes a rivales. Solo podía pasar con una custodia compartida. Y en plena crisis del mundo mágico en el que las cartas habían decidido que Ted Lupin fuera uno de los representantes de Hogwarts, por lo que tenía que hacer frente reuniones a las que no le apetecía acudir, en mitad de un fuego cruzado que fácilmente se solucionaba para unir fuerzas contra aquello que hacía que todo estuviera inestable. Pero prefería todas aquellas tediosas reuniones a aquellos encuentros con Victoire cuando tenía que dejar a Remus en casa de la joven o cuando esta dejaba a Remus en la vivienda que sus padres le habían dejado a medio construir a las afueras de Londres. El lugar donde había pasado gran parte de su verano haciendo reformas para las que su mejor amigo Moonlight le había servido especialmente.

Había sido un verano engorroso para Ted Lupin. Cualquiera lo podía decir por sus ojeras. No solo se había distanciado de los Weasley por su ruptura con Victoire, sino que sus mayores apoyos estaban demasiado ocupados como para pasar juntos el primer verano que tenía con su hijo. Harry Potter estaba enzarzado en una disputa política en el Ministerio, a la que había introducido a Ronald Weasley y a Hermione. Su abuela, Andrómeda Tonks, estaba ocupada reviviendo el ánimo de la mujer de su sobrino Draco Malfoy, familia que le había invitado pero él había rechazado, pues consideraba que ese acto de caridad debía cesar. Y sus primos Potter estaban en la Madriguera. No iban a ir a verle a una casa en la que solo tenía una cama para él y una cuna para Remus. Y, por supuesto, James Potter no se encontraba en condiciones de estar a dos metros de un bebé que parloteaba pero no llegaba a decir ninguna palabra.

Su único apoyo aquel verano había sido Alexander, su mejor amigo. Siempre habían estado el uno para el otro. Y, pese a que después del Mundial de Quidditch había estado más distante, había sido esencial para sobrevivir aquel verano. Después de todo, a Moonlight no le importaba dormir transformado en lobo en el salón. Si es que aquello podía denominarse así. Gracias a él, había conseguido que la recién comprada residencia de Remus Lupin y Nymphadora Tonks tuviese un aspecto más acogedor. Solo les faltaba algo de decoración -que pretendían dejar a cargo de otra persona con más gusto que ellos.

Por esa razón, cada vez que llegaba al cuidado apartamento de Notting Hill de Victoire en el que había vivido un año bajo el engaño de su novia -ex novia -; sabía que la decisión de que su hijo Remus se quedara con Victoire durante el tiempo que él estuviera en Hogwarts y la mitad de las vacaciones… No era tan descabellado. Además, cuando las tensiones se suavizaran, Ted podría volver a pasar las vacaciones con los Weasleys para ofrecerle la mejor infancia a su hijo. No podía dejar que su relación fallida con Victoire perjudicara a aquella criatura de grandes ojos y mofletes. Sabía que no lo haría. Sabía que tanto ella como él estaban haciendo todo lo posible por dejar todos los rencores que guardaban a un lado. Él ya no podía confiar en ella. Y esa falta de confianza en ella hacía que Victoire no aguantara la mirada de reproche de Ted, tenía suficiente con verse el rostro.

-Lo siento, no puedo quedarme más tiempo… Tengo que recoger a James de casa de tus tíos… -Ted dejó cuidadosamente a Remus sobre la sillita que tenía Victoire para darle la comida a Remus y que no se cayera. ¿Tenía Ted algo de eso en su casa? No. ¿Lo iba a comprar? No sabía ni dónde se adquirían esas cosas. A esos interrogatorios tenía que someterse cada vez que Victoire le recordaba lo bien preparada que estaba para ser su madre. Y él no. -Espero que no te moleste, Vic.

Dijo aquello con sinceridad. Huir de aquellos encuentros se había convertido en rutina. La última vez, Victoire le pidió que hablaran seriamente sobre ellos y Ted se inventó una excusa poco creíble. En aquel momento, el hecho de que Ted Lupin tuviera que recoger a James era absolutamente cierto. Él se había ofrecido porque tenía ganas de ver a su primo. Y, además, solo tenía que ir a casa de Hermione Weasley. Porque James Potter no había vuelto a Hogwarts. Tenía demasiado miedo. No quería descontrolarse. Sus padres acabaron cediendo. Pero aquella tarde Hermione Weasley le había llamado diciendo que debía llevar a James a Hogwarts y que estaba en su casa. -Podrías mirarme -se quejó Victoire. -¿Tanto miedo te doy? Remus ya no llora cuando me ve… ¿Lo vas a hacer tú?

Aquello rasgó el corazón de Ted tan fuerte que se quedó sin respiración. Por mucho que quisiera engañarse, la razón principal por la que el joven escapaba de aquellos encuentros era porque le dolía verla. Y cada vez que la miraba le dolía. Cada vez que la recordaba le dolía. Ojalá pudiera rozar las cicatrices de su rostro. Participar de su vida como habían hecho siempre. Pero él había decidido abandonar aquello por el bien de Remus y el de su hijo. Juntos no madurarían.

Ted se giró para verla. Casi se le humedecen los ojos. Parecía una quemadura. Solo que las cicatrices eran mucho más finas. Como hebras rojizas que surcaban su cara como si se tratara de un mapa. Un mapa hinchado por una zona y con labios torcidos. Aun se apreciaba algo de la belleza que había poblado aquel rostro. O, quizás, era el cerebro de Ted recomponiendo los trozos de aquel puzzle.

Su estómago se había cerrado. Aun tenía que responderle.

-¿Vas a ir con la doctora Brooks hoy? -cambió de tema para preguntarle sobre su horario de media jornada en aquella clínica privada.

-Vete, Ted, yo me ocupo de Remus -dijo ella, pesarosa de la situación. A Ted se le cayó el alma al suelo. -Y no, no me molestaré -añadió. -Ya sabes que tengo a la doctora Brooks y a la señora Breedlove por si pasa algo.

Ted asintió. De aquello sí que habían hablado. Neville Longbotton le había dicho que la mujer para la que trabajaba Victoire era -ni más ni menos -la hija de Ivonne Donovan. Aquello casi hace que le diera un infarto. Por suerte, aquella mujer tenía muchas medidas de protección. Y, por otro lado, después de que la señora Breedlove salvase a su hijo… No podía volver a ponerla en duda… Por mucho que le costara.

Se acercó a ella y le dio un beso en la coronilla. Fue como un acto reflejo. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, se azoró. Victoire simplemente sonrió con una tristeza tan profunda que casi le parte el alma por segunda vez aquel día. No mentiría. Ted Lupin echaba de menos a Victoire. Pero, en su fuero interno, sabía que estaba haciendo lo correcto.

Sin decir nada más desapareció.

Se apareció en casa de Hermione Weasley con un nudo en el estómago y lágrimas en los ojos. Cuando la mujer le vio, rápidamente lo llevó a la cocina y le tendió un papel para que se secase las lágrimas. Le miró con tanta preocupación que apretó el nudo de su estómago y le dieron ganas de llorar.

-Tranquilo… -susurró Hermione, abrazándole. Había necesitado una figura paternal o maternal todo el maldito verano. Era un veinteañero y padre primerizo. Maldita sea.

-¿Por qué soy tan imbécil?

Hermione Weasley le apretó con fuerza.

-Cariño, no lo eres… Eres mucho más fuerte de lo que tú te piensas -se separó de él y le miró con aquellos ojos atentos y llenos de sabiduría que, de pequeño, intimidaban a Ted. Y de grande también lo hacían. -Ahora necesito a Ted Lupin, profesor de Hogwarts, ¿de acuerdo? Tienes un alumno a la fuga en el salón…

Le tendió una botella de agua y Ted bebió rápidamente de ella.

-Estoy listo -dijo.

Se aventuró al salón, guiado por Hermione. Descubrió que había olvidado por completo quién estaba también en la casa de Hermione. Suspiró para sus adentros.

-Oh, ¡si es el Obi-Wan Kenobi! -gritó Lola sorprendida de encontrarse con él. Para ella, con total seguridad, aún era el profesor de un Colegio de Magia que tenía lazos políticos con el Ministerio que la había tenido retenida unos meses.

Teddy había visto las películas a las que hacía referencia Lola Morgan. Al menos, había elegido el lado de la luz para representarle a él.

-¡Teddy! -James se había abalanzado hacia él y tenía una sonrisa sincera en sus labios, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos. -Sabía que la tía Hermione te pediría a ti que me mandaras a Hogwarts…

-¡Sé lo de que es un hombre lobo! -anunció entusiasmada Lola Morgan. -Entre tú y yo ya no hay secretos, profesor -le guiñó el ojo descaradamente, mientras se acomodaba en un chándal de yoga y sin maquillaje sobre el sofá.

A James Sirius Potter no le hacía ni pizca de gracia que Ted Lupin estuviera allí. Debía reconocer que la capacidad de convención de su tía Hermione era inigualable. No había otra persona en el planeta cuya presencia pudiera recordarle que Hogwarts no era un lugar tan adverso para un hombre lobo que su hermano mayor. El cual también había pasado por justo lo que él estaba viviendo. El miedo a dañar a sus seres queridos.

-Teddy, cariño, acompáñame a traer el baúl de James y las cosas que ha traído Ginny al salón mientras se despide de Lola -pidió Hermione.

Definitivamente, su familia pensaba que aún mantenía una relación con Lola Morgan. No sabía por qué razón se habían empeñado en pensar aquello. Sabía que su padre había querido pensar aquello para ejercer una influencia sobre su amiga al tener una conexión con él. Y, muy probablemente, su tía Hermione simplemente lo había escuchado de su padre y asunto zanjado.

-Sigo sin entender por qué no quieres ir a Hogwarts, James -le dijo en voz baja Lola, pinchándole con un dedo en el torso. -Es lo suyo si quieres ser mago, ¿no? Tu tía es muy considerada en pensar en tu educación.

James se llevó la palma de su mano a la frente y suspiró.

-Mi tía no ha pensado en ningún momento en mi educación… Solo quiere que vaya porque tu conocida, famosa y omnipotente Ivonne Donovan me ha pedido que forme un ejército de alumnos o algo así… -suspiró.

-O sea… ¿Qué quieren que vayas al Colegio para reclutar a tus amigos y hacer como una especie de Comunidad Jedi? James la miró con extrañeza. ¿Tenía que traducirlo todo a sus películas para poder entenderle? Asintió.

-… Eso es… Y para asegurarnos de que la nieta de Ivonne Donovan… Que es Cornelia Brooks… Esté sana y salva cuando vuelva a Hogwarts -volvió a suspirar, resignado por el destino que le había impuesto la mujer cuyo nombre aparecía sobre el cuerpo de su prima Roxanne. Solo había accedido porque se lo había dicho su tía Hermione. Pero aún no había superado la noticia de que su nieta fuese Cornelia Brooks. Evitaba pensar en aquello, pues le hacía sentirse traicionado. Nadie le había confirmado o negado si Brooks conocía aquello. Si era consciente de que era la nieta de la mujer por la que su hermano había sido secuestrado. Por la que su prima Roxanne había muerto. Por la que él estaba tratando de no matar a su familia en un arrebato primitivo.

-¿Esa es la que te dijo que ibas a morir…? Joder… Bueno, apuntaba maneras, ¿no? Vendrá de sangre. Si no te dijo nada, sería por…

-No creo que ella supiera nada de eso -le interrumpió. Era algo que, más bien, quería pensar. -Así que voy allí como, no sé, Aragon cuando reúne a la Comunidad del Anillo.

Dejó ver una sonrisa. Solo podía bromear sobre un asunto tan grave con sus mejores amigos de toda la vida. Desgraciadamente, la única vez que vio a Fred fue en la boda de su tío Charlie y en la fiesta a la que les llevó Lola. No habían podido hablar más allá de lo que podían decir en público. Y, por suerte, había podido estar aquella tarde con Lola. A la que le había contado casi todo lo que podía aquellos días en los que, supuestamente, no iba a ir a Hogwarts y la había estado visitando para que no se sintiera sola.

-Yo diría más bien Gandalf… Pero, bueno, lo has intentado -le dijo su mejor amiga. -Yo también tengo una misión secreta -James se rio. Lo que fuera que se le estuviera pasando por la cabeza le sorprendería. Sobre todo con lo que un cerebro podía hacer después de tantos días confinada. Después de todo, traer a Rose Weasley borracha a casa no fue una buena carta de presentación para Ronald Weasley y, desde luego, no la dejarían salir después de aquello ni para tirar la basura.

-Espero que sea escapar de aquí -sugirió con total comprensión. Después de haber estado encerrada en la Primera Planta del Ministerio británico de Magia en la que la habían tratado como una reina, dentro de lo que cabía; Hermione Weasley había decidido llevársela con ella. Agradecía infinitamente el gesto a su tía. Algo que su padre había estado maldiciendo desde que llegó de Luperca.

-No, estoy bien con Granger… -dijo con algo de torpeza en sus palabras. Aquello sorprendió a James. -Es buscar a mis padres, James, creo que están vivos.

Se lo había temido. Lo que fuera que se dispusiera a hacer le iba a sorprender. ¿Ahora se creía que podía resucitar a muertos? ¿O ver fantasmas? ¿Qué clase de droga había pillado en casa de su tía Hermione y cómo diantres la había conseguido?

Estaba perdido como Lola Morgan también perdiera la cabeza.

-Lola, no creo que debas hacerte eso…

-James -le interrumpió bruscamente, mirando de reojo a las escaleras para asegurarse de que nadie les oía. -¿Te acuerdas de que tanto tu padre como tu tía me querían para descubrir dónde estaba Ivonne gracias a las historias que me contaba mi abuela creyendo que eran fruto de sus delirios? Bueno, pues dónde estaba Ivonne es lo único que le conté a tu tía… El resto me lo he guardado para mí, James, cuando me di cuenta de que todo era verdad.

-¿De qué estás hablando? -no quiso sonar histérico, pero ocultarle algo a la Secretaria del Ministro, que era justo por lo que había una guerra civil en la política y una guerra mágica mundial… Sobre todo habiendo tomado dosis extremas de Verita Serum sin saberlo… Era para sonar mínimamente alterado. -¡Lola! ¡Por Merlín…! ¿Qué has ocultado?

-Te lo estoy diciendo, almendruco… Que creo que mis padres están vivos.

-¡Eso es imposible! Te he acompañado a su tumba y… -Entonces, se temió un escenario peor. -¿Por qué no se lo dices a mi tía? ¿Qué más sabes, Lola?

-Pues…

-¡Vamos, James! -le gritó Teddy. -¡De vuelta a Hogwarts con tus amigos!

Y Lola le sonrió, disculpándose de lo que había hecho… O de lo que iba a hacer.