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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 117

Aquel era uno de los días más importantes de su vida. Como bien había aprendido, que fuese un momento de gran transcendencia no entrañaba necesariamente un significado benévolo. Un día importante fue el día en que nació e igual importancia tendría el día de su muerte. La ironía residía en un adjetivo que convertía al ser humano en una criatura optimista, cegada a reconocer que sus miserias marcaban su camino al igual que sus victorias. En aquel importante día, un malentendido le arrebataría todo. Una interpretación coherente pero ilógica de sus actos saldría a la luz. Y la bautizarían como un ser oscuro.

«Le diré a Frank que avise a tu hija antes de publiquen nada… Él se lo explicará» le había prometido Pansy McOrez. Era una ofrenda de agradecimiento. Aquella mujer se comprometía a proteger una madre frente a titulares, acusaciones y juicios en los que la tildarían de monstruo. Intuía que, pese al desesperanzador futuro que le esperaba a aquella mujer de cabellos robados de una antorcha en llamas, quería poder rendir cuentas a todo lo que había hecho por su familia. Aunque su intención hubiera sido controlarles, vigilarles, ponerle trabas, espiarles y, a la vez, proteger a los suyos bajo la pretensión de beneficios para los otros.

Ginevra Potter sabía que era demasiado tarde para explicar todo lo que había hecho. Y todo lo que pretendía haber hecho.

Imágenes robadas de ella acudiendo a la Mansión de los McOrez habían llegado al Departamento de Seguridad Mágica hacía unas semanas. Documentos en los que se demostraba que el verdadero apellido de la familia Badmood era McOrez. Los mismos McOrez que habían empezado aquella guerra. Documentos de Registro firmados por Ginevra Potter. Cámaras de Gringgotts, aunque ahora vacías, habían estado a rebosar de oro nórdico. A nombre de Ginevra Potter. Artículos de El Profeta sobre los posibles orígenes de la familia. A nombre de Ginevra Potter.

No había ni una sola falsificación en aquellas firmas. En aquellos trazos de plumas que sellaban confidencialidad. Secretos ocultos. Poder oculto.

Las pruebas estaban claras para todo el Departamento de Seguridad Mágica. La razón por la que los McOrez tenían tanta información y habían podido entrar en aquel país era Ginevra Potter. La que había sido una heroína en la última guerra se acababa de convertir en la primera traidora de los nuevos tiempos oscuros.

Fue Edward Whitehall el que se encargó de recoger su declaración.

El resto del Departamento de Seguridad Mágica estaba destrozado por la noticia. El Jefe del Departamento, Harry Potter, el marido de aquella mujer, se marchó sin decir a dónde iba. Desde que la noticia llegó no pudo ver a su esposa. Cogió una maleta y se mudó a casa de sus amigos en aquellas semanas.

Ginevra Potter tenía un rostro serio. Su hermano mayor, Percy, había sido asesinado hacía un mes. Conocía a personas que habían sido masacradas en el atentado al Atrio. Todo el mundo vio las pruebas y aceptó la cruda realidad sin preguntarse por qué Ginevra Potter había hecho aquello. ¿Dinero? ¿Poder?

Todas aquellas pruebas estaban guardadas bajo Juramentos Inquebrantables con personal del Ministerio y del Banco en el que Ginevra Potter confiaba fielmente. Y ellos habían confiado en ella cuando les relató el objetivo tras sus acciones. Ella no había sabido de aquellas personas en años. Si habían relevado aquellos documentos, solo podía significar que estaban muertos. Y a ella, cuyo nombre se encontraba encima de todo acto que hubiera hecho la familia McOrez, la habían vendido. Voluntariamente la habían señalado como aquella mujer que les ayudó. Para después recoger sus cosas e irse. Pansy McOrez se lo había advertido. Pero ella no podía huir.

Si bien el Departamento de Seguridad Mágica iba a enjuiciarla por falta de lealtad y traición en tiempos de guerra, el Ojo había decidido delatarla para no dejar sus cabos sueltos, sabiendo que jamás tendrían la fidelidad de Ginevra Potter. Ambos bandos la tachaban de traidora.

-No te voy a engañar, Ginny -anunció Whitehall, tras enumerar todos los delitos que había cometido. Todas las penas que debían imponerle. La fuerza de las pruebas era tan evidente que su declaración no valdría para nada. -No pinta bien -dijo. Ginevra no cambió de expresión. Ella ya sabía todo aquello. -Si te tomamos declaración es porque… Porque eres Ginny Potter -concluyó. Ella asintió. Era consciente. Era un privilegio que no la hubiera enjuiciado ya. Quiso creer que Harry había tenido algo que ver. Y le rasgó el corazón pensar en él. En lo que debía estar sintiendo. Si tan solo pudiera tener unos minutos para explicárselo. -Pero en el juicio… La Junta de la Ley mágica es un órgano independiente y justo. Ellos no van a tener en cuenta tu apellido ni que fueras Gryffindor ni que lucharas en la batalla de Hogwarts al lado de Harry… No, Ginny, por esto -Alzó los documentos y sus cejas. -Es muy probable que vayas a Azkaban.

La sentencia cayó como un hierro pesado sobre los hombros de Ginevra. Aquello ya lo sabía. Ella había medido bien sus acciones y, si alguien la descubría sin relativizar, iría a la cárcel mágica.

-Todo lo que he hecho es protegernos -confesó, con una voz decidida. Whitehall se mofó de ella. El Departamento de Seguridad podía no querer interrogarla por haber creído una vez en ella. Pero la estaba interrogando un Auror cuyo vínculo emocional con los McOrez era muy peligroso. -Mi marido acabó de la guerra devastado y no quería que tuviera que pasar por lo mismo otra vez -espetó. Furiosa. -Supe quiénes eran los McOrez en cuanto pisaron un pie en Inglaterra. Hice la conexión con el asesinato de tu tío. Con la leyenda del Ojo… Sabía que si querían entrar en Inglaterra era para pasar por ella y dejar cenizas. Y no podía dejar que eso ocurriera -sentenció.

-Me temo, querida, que su plan ha salido bastante mal -se mofó Whitehall.

Ella simplemente pestañeó.

-Se equivoca, Whitehall -le corrigió Ginevra. -Sus planes en Inglaterra eran los que han llevado a cabo en Francia.

Cruzó las piernas y miró fijamente al Auror.

-¿No le importa que en Francia haya un régimen de terror y que Beauxbattons sea un campamento para entrenar a miembros del Ojo? -inquirió Whitehall. No supo decir si parecía sorprendido o indignado. -Eso no es algo propio de los Gryffindor…

-¿Tienes tú esposa e hijos, Whitehall? -preguntó, de repente, la acusada. El Auror negó. -Cuando tu vida depende de la seguridad de otras personas cuya pérdida jamás sobrellevarías, las reglas del juego cambian. Te vuelves egoísta, sí. Pero porque harías todo lo que pudieras hacer para protegerles. ¿Dejar entrar a unos terroristas en mi país para que mi marido y mis hijos vivan en paz mientras puedan? Lo haré mil veces si puedo -Dijo aquello con fuego en sus ojos. Tenía los puños cerrados. La mandíbula tensa. -Evité que quisieran controlar la política inglesa haciéndoles mirar a antiguas familias magas que esperaba que rechazaran su oferta como hizo Draco Malfoy. Pero en Francia nadie lo pudo evitar. Evité sus miembros ocuparan el Departamento de Seguridad Mágica por sus habilidades en las pruebas de Aurores, sobornando a los jueces. En otros países eso no ha podido pasar. Evité que se convirtieran en docentes en Hogwarts bajo un sello oficial y que mis hijos fueran simples soldados suyos. ¡En Francia la directora es Zahra McOrez! ¡Y aquí es Neville! Hemos vivido en paz todos estos años y me he dejado la piel para que así sea… He dejado mi nombre en esos documentos para que pudiésemos disfrutar de protección durante años… Lo he hecho por el bien de Harry y mis hijos -concluyó.

Volvió a cruzar las piernas.

-No le pienso aplaudir… Al final el resultado ha sido el mismo, Ginny -consideró el Auror. Chasqueó la lengua. -No tiene pruebas de lo que dice y, por mucho que la crea, al final son las pruebas las que van a decidir su destino…No lo que hiciera en la Batalla de Hogwarts.

-Lo sé -interrumpió ella. -Soy consciente de ello, Whitehall. Y me alegro de que así sea -añadió solemnemente.

El hombre arrugó el rostro. Ginevra se sintió examinada. Probablemente se preguntaría cómo estaba tan tranquila. Y lo estaba porque no se arrepentía de lo que había hecho. Su amiga Luna le había contado que sus hijos habían encontrado la protección necesaria para cuando llegaran las batallas. Ella ya había cumplido con su parte. Ella ya les había dado una infancia en paz. Sin preocupaciones. Harry había criado a sus hijos sin temer perderlos. La guerra era inevitable. Ella siempre lo había sabido. Más, al menos, les había regalado unos años.

-Nada de lo que me has dicho va a hacer que no vayas a Azkaban, Ginny -le advirtió el Auror. -¿Hay algo que quieras añadir?

Negó con la cabeza. El Ojo era poderoso. Se había asegurado de que aquella mujer estuviera fuera de la partida. Les había atrasado el juego. No podían permitirse que volviera a suponer un obstáculo.

-Sabes tan bien como yo que va a empeorar… Que esto es solo el inicio -dijo la mujer, postrándose sobre la mesa hacia el Auror. Le miró con sapiencia. Con superioridad. Como si aceptar su encarcelado destino fuera justo lo que sabía que era ocurrir. Pues así era. -Cuando me necesitéis, me sacaréis de Azkaban para luchar a vuestro lado. Entonces, las pruebas de lo que hecho darán igual y lo que hice en la Batalla de Hogwarts sí que importará.

Le sonrió.

Era irónico. Todo el mundo sabía que al principio de una guerra se intentaban seguir las reglas establecidas para fijar un orden en la sociedad. También sabían que esas reglas no significarían nada cuando todo se redujera a vivir o morir.

-Siento llegar tarde, Potter -se disculpó nada más salir de la boca de metro. Tenía el abrigo negro abierto y podía verse un vestido de una tela que podría ser seda de color violeta la cual se removía conforme ella se acercaba a él. -Es que… Si te soy sincera, no quería venir.

Aquella confesión era la pura verdad. Nunca se avergonzaría de decir la verdad. Le habían dado un día de libertad. Un día en Londres en el que podía ir a donde quisiera. En realidad tan solo serían unas horas. Pues a las seis debía ir al Temple. Su abuela la había convocado. Era libertad condicional. Se sentía presa por el simple crimen de tener su sangre.

Oteó al muchacho de mirada sorprendida. Enfundado en un abrigo, con los labios secos y la nariz roja. Él habría sido puntual. Habría llegado incluso antes de la hora. Probablemente para hablar de todas aquellas cosas que debían contarse en persona. Solo pensar en eso le daba desgana. No debería, ¿no? Después de no hablar con otra persona que no fuera Luna Scarmander, ¿no debía estar deseando compartir palabras con otro ser humano? Además, aquel joven tenía tanto que relatar: su licantropía, las clases de sexto, cómo llevaba la Orden del Temple…

No obstante, Cornelia Brooks tenía un nudo en el estómago que le hacía desechar cualquier cosa que pasara por su mente que no fuera la reunión con su abuela. Tenía un presentimiento. Una intuición. No había tenido ninguna visión -y no la necesitaba. Iba a anunciarle algo relevante. Algo que la cambiaría. Y su dolor de estómago iba a producirle una úlcera.

-¿Cómo estás, Brooks? -Fue lo primero que dijo James Potter.

El joven parecía dudar entre abrazarla, saludarla con la mano o simplemente rozarle un brazo. No sabía dónde poner las manos. Cornelia metió sus manos en el bolsillo y mantuvo una prudente distancia.

-Al borde del suicidio -respondió entre una risa silbante. Él alzó las cejas. -No, no… Quiero decir… Vamos a ver a Ivonne Donovan y no es mi persona favorita en el mundo, ¿sabes?

Aquello se presentó como algo desconcertante para su acompañante. No era usual que una persona renegase de sus raíces. De su abuela, en concreto. Las historias siempre las habían pintado como amables seres inundados de bondad y altruismo. Amor incondicional por sus descendientes. Cornelia Brooks nunca había sentido eso. Su abuela siempre había estado desaparecida para ella. Y, cuando la conoció, solo le daba órdenes. La encerraba. La subestimaba. Y le ocultaba tantos secretos que se cuestionaba su identidad a cada latido que su corazón emitía.

-Es por ahí, ¿no? -Preguntó Potter, señalando una de las calles que llevaban al barrio del Temple.

Ella asintió. Aquel había sido el itinerario hacia el comienzo de sus desgracias hacía meses. Supo que Potter no sabía qué decir. No sabía qué tema sacar a colación. Le había respondido a su carta con disculpas y aceptando su invitación. Pero no le había contado nada más.

-¿Cómo estás tú? -preguntó ella, girándose hacia él. -¿Llevas todo bien?

El asintió.

-Sí… Bueno… No sé si has escuchado lo de mi madre -dijo, mordiéndose el labio y sonando tan inseguro que Cornelia pestañeó para asegurarse de que era James Potter. Ella negó. Nunca se enteraba de nada. -Bueno -suspiró. -Puedo contártelo en otra ocasión… Es básicamente que ha estado ayudando al Ojo y… La van a meter en Azkaban.

Tragó saliva. Miró de nuevo a James Potter y se detuvo. Aquello era nuevo. Él parecía estar bien con aquella información. ¿Por qué? ¿Qué le habían dicho? ¿Qué sabía Potter para aceptar la condena de su madre así como así?

-¿Cómo? -preguntó ella, atónita. -Si tu madre….

-Lo sé -se encogió de hombros y se detuvo dos pasos más allá de ella. Se metió la mano en los bolsillos. Miró cabizbajo al suelo. -Estamos esperando al juicio… Nos estamos quedando en la Madriguera… He hablado con mi madre y… Bueno, aún no sé qué pensar.

Ella se acercó a él y le acarició el brazo.

-Si quieres estar con ella en vez de venir a casa de Ivonne…-sugirió.

No se quería ni imaginar por lo que aquel muchacho debía de estar pasando. O podía hacerlo perfectamente. Sabía lo que significaba estar en la situación en la que uno descubría que su familia no era lo que creía. Una traición. Ella aún se planteaba qué era lo que quería su abuela.

-No, no, está bien… Prefiero Ivonne Donovan a la Madriguera, créeme -dijo rápidamente. Y le creyó. Ella también quería huir de su familia después de todo. -No pasa nada, Brooks… Cuando vaya a Hogwarts tendré mucho con lo que distraerme…

-Oh, sí, la Orden...-comentó ella cansada.

Caminaron más despacio que antes. Ella se acercó más a él. Seguía sujetándole el brazo.

-Sí, es entretenido… Hemos logrado reunir a muchos… Vamos a vernos en una casa que tenía mi padre en Grimmauld Place antes de año nuevo, ¿te quieres venir? -Cornelia ladeó la cabeza. Quizás aquello sí que podría ser motivo de levantar la libertad condicional. -También va Tom McGregor… Le conoces, ¿no? -añadió Cornelia.

Resopló. A Tom sí que debía contarle. Y él, probablemente, exigiría muchas explicaciones. No eran pareja. Pero siempre habían sido amigos. Se lo debía. Siempre había cuidado de ella. Ojalá no le hubiera dicho aquello James. Su dolor en el estómago se había acrecentado.

-Sí, debemos ponernos al día -dijo ella.

-Estamos llegando -anunció el joven. La fachada del edificio le impuso. Exhaló aire y contó mentalmente hasta tres. Buscó el portero y vio el nombre del señor Crawford. Puso su dedo sobre el botón para llamar. Dudó. ¿Cuánta gente habría llamado su abuela para la cena de Navidad? Dudó que algún miembro de la familia Weasley estuviera allí, teniendo en cuenta lo que Potter le había dicho. ¿Cómo había conseguido Potter que en el día de Navidad le dejasen cenar fuera? ¿Podría ser porque entendían que él quisiera escapar de su familia? -Creo que no da calambres ni nada por el estilo…-comentó con cierta burla Potter, al esperar a que Cornelia pulsara el botón.

Ella cabeceó. No era tan fácil.

Pulsó el botón. Un ruido irritante le respondió.

-Residencia del Señor Crawford -anunció la voz de William Crawford, con un murmullo de gente y música de fondo. -¿En qué puedo ayudarle? -insistió la voz al no escuchar nada.

-Somos James Potter y Cornelia Brooks -contestó James Potter.

La puerta se abrió.

-¿Está abierta?

-¡Sí! -dijo amablemente Potter. Este posó su mano sobre el hombro de Cornelia y la empujó hacia la puerta. Cornelia abrió la puerta y miró de reojo a Potter. -Vamos… Es imposible que tu abuela pueda sorprenderte más, ¿no?

Ella esbozó una sonrisa sarcástica.

-Nunca subestimes a Ivonne Donovan -se burló ella.

Ambos subieron en saltos cortos las escaleras hasta la puerta del tercer piso que quedaba entreabierta. Antes de enfrentarla, Cornelia suspiró. James volvió a apoyar su mano en su hombro y la arrastró hasta la puerta.

Cornelia pestañeó ante las criaturas que encontró. Algunas eran mágicas. ¿Qué clase de cena de Navidad era aquella?

La primera persona en toparse con Cornelia Brooks fue una joven de su misma estatura y complexión que jamás había visto. Se observaron mutuamente en silencio. Fueron milésimas de segundos en las que comprendieron lo distintas que eran. Lo diferente que era el cuidado atuendo de seda lila de Cornelia y el descuidado vestido corto de lentejuelas negras de la muchacha. Los ojos castaños y ahumados de la que se encontraba en la casa de su abuela y sus azules ojos con un maquillaje nude.

-¿Lola? -dijo incrédulo Potter.

Este pasó al lado de Cornelia y se abalanzó hacia la tal Lola. Cornelia frunció el cejo. No era una alumna de Hogwarts. ¿Quizás se conocían de la Orden? Pero ella creía conocer a los miembros de la Orden del Temple y no le habían hablado de una Lola que rondara su misma edad. Solían ser adultos.

Potter y su amiga se abrazaron y miraron a Cornelia.

-Tú debes ser Cornelia Brooks -anunció Lola, con una peligrosa sonrisa en su rostro que no gustó en absoluto a Cornelia. Seguía con el ceño fruncido. Lola le tendió la mano. Ella la apretó cordialmente. -Tenía muchas ganas de conocerte… Me han hablado muy bien de ti -le confesó.

Pero Cornelia seguía barajando opciones en su cabeza.

-¿Qué haces aquí? ¿No estabas en casa de mi tía?

Aquello hizo que Cornelia no entendiera en absoluto lo que estaba pasando.

Lola hizo un gesto en el que le mostraba la casa y su atuendo.

-He cambiado de residencia a una mejor -se rio. ¿Lola vivía allí? Allí solo estaba su abuela y el señor Crawford. Y su madre, en ocasiones. ¿Quién era esa joven? -Pero… Esta fiesta es para abuelos…Me han ofrecido uvas… Yo no bebo vino en pastillas…¡Esta casa es lo peor! Cada vez que voy a la cocina solo encuentro ingredientes…

Potter se carcajeó. Ella seguía con se gesto arrugado.

Decidió hacer algo para no quedarse allí parada. Se quitó el abrigo y lo coló en una percha. Se sintió vulnerable al estar en tirantes. Se rascó el cuello y pasó su cabello por su pecho. Contempló de reojo cómo Potter y Lola conversaban con naturalidad. Como si fueran viejos amigos. ¿Y si ella era el objeto de su presentimiento ? Negó con la cabeza. No podía conocer a todo el mundo.

Rápidamente, un brazo la atrapó. Su madre. La abrazó y hundió su cabeza en su rizado pelo. La separó. Observó que su madre estaba radiente. Estaba feliz. Aquello también era genuinamente extraño.

-Cielo, estás muy elegante… -la alabó. Jaló de ella hacia el centro del salón. Su dolor de estómago se acrecentó. -Ven, quiero presentarte a Bastien Lebouf… Cuidará de ti cuando estés en Hogwarts -anunció su madre.

Ella asintió. No solía ser nunca el centro de atención. Y era por una razón. Por elección.

-Hola, Cornelia, ¿puedo llamarte así ? -ella asintió. Había oído hablar de él. Un prodigio. Demasiado joven para ser Auror. - ¿Estás bien ?

Ella volvió a asentir. Probablemente no lo parecía. El salón de su abuela estaba repleto de personas que desconocía. ¿Aquellas personas eran la Orden del Temple ? Vio a Alexis. A Kingsley. A Neville Longbotton. A Alexander Moonlight. ¡A Firenze !. Pero también vio a muchas otras personas que desconocía. A un grupo que parecía robado de la América más profunda. A otro alejado, de personas pálidas, que creyó e intuyó que eran vampiros. A tres sentados en el sofá que parecían ser de una tribu africana. Conversando con personas cuyos rasgos asiáticos compartían con unos monjes que compartían risas con varios de la habitación. Vio a una mujer con aspecto salvaje que intuyó que era una arpía bebiendo champagne de una copa junto a un mago y una banshee, una hermosa joven de cabellos dorados y ojos enrojecidos. Varios elfos. Hadas.

-Por fin has venido, querida -Oyó la voz de Ivonne Donovan.

Tragó saliva.

Se giró para verla.

-Esto… Esto es la Orden del Temple -Quiso que fuera una pregunta, pero su fuero interno sabía la respuesta.

-Solo son representantes…-recitificó Ivonne. -Están aquí gracias al señor Crawford -añadió. -Él es el guardián de la Orden.

-¿Y tú ? -le interrogó. -¿No están aquí por ti ?-Su abuela negó. Cornelia Brooks se asombró. -¿No es un grupo de magos que te hace casos ?

Ivonne Donovan se rio de su comentario.

-La Orden del Temple es mucho más que un grupo de magos, querida -le explicó Ivonne Donovan. -No creas que todo gira en torno a mí…

-Pero tú haces que todo gire en torno a ti -le espetó su nieta.

Su abuela le regañó con la mirada. ¿Qué esperaba ? ¿Que la mantuviera alejada durante meses y le agradeciera al carcelero por su jaula ?

-Ven, hay alguien que tienes que conocer…

Cornelia se percató de que tanto su madre como Bastien Lebouf habían presenciado su pequeña disputa con su abuela. No le importó. No le importaba declarar sus sentimientos y sus resentimientos. Les saludó al irse con un levantamiento de cabeza. No supo muy bien por qué hizo aquello pero le pareció adecuado.

Siguió a su abuela entre la gente. Salvando la distancia con los ropajes más extravagantes y con los vaivenes de las bebidas que podían manchar su vestido. Y la llevó devuelta a la conversación que mantenían James Potter y la llamada Lola.

-Oh, usted debe ser Ivonne Donovan -Potter le tendió la mano con tanta formalidad y ritualismo que hizo que Cornelia Brooks rodara los ojos.

-Jóvenes, ¿serían tan amables de acompañarme a mi sala ?

Cornelia se quedó anclada al suelo ojiplática. Lola acarició el brazo de Cornelia. ¿Cómo ? Ella se retiró suavemente. Su cabeza no hacía nada más que conjeturar. James Potter también les siguió.

Al entrar los tres, Ivonne Donovan cerró la puerta tras ellos. Les indicó el sofá. Pero Cornelia Brooks decidió permenecer de pie. No apartaba la mirada de Ivonne Donovan. Aquello era de lo que su instinto le había prevenido. Potter y Lola se sentaron, incómodos por el cruce de miradas que presenciaban, en el sofá. Tal y como les había indicado la anfitriona.

-Bueno, Ivonne, buena fiesta… -cumplimentó Lola.

Pero la aludida no le prestó atención. Sostenía la amenaza de la mirada de Cornelia.

-¿No te gusta esta sala ?-ironizó Ivonne Donovan. Cornelia gruñó. -Es donde descubrió que era mi nieta… Como veis no fue la noticia que más le gustó…

Lola rio nerviosamente.

-¿Quién es ella ? -quiso saber Cornelia.

Apuntó con su dedo índice hacia Lola. Su varita se materializó allí. Aquella retorcida arma apuntaba a la desconocida.

Esta le sonrió tristemente. Se ajustó el vestido. Recibió una mirada de preocupación de James Potter. Él se levantó del sofá y, bajo la atenta mirada clavada en su nuca de Ivonne, se acercó lentamente a Cornelia. Como si tuviera miedo de ella. Como si pareciera que fuera a explotar.

-Tranquila, Brooks -Potter le mostró las palmas vacías de sus manos. Poco a poco logró alcanzar la muñeca alzada de la joven y descendió la varita. Cornelia buscó la verdad en unos ojos que, hasta entonces, no la habían engañado. -Es una vieja amiga… Está aquí porque su abuela murió y el Departamento de Seguridad Mágica…

-Es tu hermana -sentenció Ivonne Donovan.

Se hizo un silencio.

James Potter se giró hacia Ivonne Donovan. Pasó la mirada a Lola. Esta fruncía los labios y miraba al suelo. Volvió a mirar a Ivonne Donovan. Frunció el ceño. Cornelia contempló su desconcierto reflejado en el del joven.

-¿¡QUÉ ?! -exclamó Potter.

Se hizo otro silencio. Este aún más incómodo.

Cornelia Brooks sintió una exclamación y una maldición atravesada en su garganta.

Otra vez.

Otro engaño. Otra mentira. Otra vez su identidad volvía a tener que replantearse. Sintió una presión en su pecho. Era ira y rabia. Estaba harta.

Apartó las manos de James Potter fuera de ella.

Salió de la sala antes de que pudieran darle cualquier otra explicación. ¿Explicar una mentira ? ¡Estaba harta !

Pasó entre la gente como pudo. Mirando al suelo. Para que así no vieran su rabia. Quizás habían visto el puñal clavado en su espalda, le pesaba tanto que podría ser hasta visible. Llegó al perchero. Cogió el abrigo. Se lo puso. Abrió la puerta rápidamente. La estarían siguiendo. Pero necesitaba aire. Necesitaba el aire frío de diciembre sobre su rostro. Que quemara sus mejillas y sus labios y que congelara sus lágrimas.

Bajó las escaleras sin detenerse. Quizás podría haber esperado a la explicación. ¿Habría una explación razonable a por qué tenía una hermana y nunca nadie se lo habían dicho ? Es que ya no quería saberlo. Se sentía usada por Ivonne Donovan. Subestimada. Era un mero instrumento. Toda su vida había sido mentira. Toda. Su. Vida.

Se sentía prisionera. No sería libre hasta que no descubriera quien era ella. Y parecía que el mundo no quería revelárselo. Había pasado toda su vida creyendo que era una persona que no era. Ivonne Donovan le decía quién era. Esto y lo otro. Pero ella quería decidir por sí misma.

Por eso huyó. Por eso iba dando zancadas en las escaleras, ignorando aquellas que la perseguían.

Había vivido a través de lo que Ivonne Donovan le dejaba vivir. Y quería romper con eso. La libertad de liderar su propio destino era aterradora, pues tenía que hacer frente a profecías cuyas palabras conocía a la mitad y poblaban sus pesadillas. Era estremecedor cuando por fin se dio cuenta de que no había respuesta a la pregunta de «quién era» excepto la voz que podía escuchar en su interior.

Cornelia Brooks sufría una crisis de identidad. Colmada por las mentiras de su familia. Culminada con el descubrimiento de una hermana. Desde el momento en el que supo que su familia le había estado ocultando su origen, dejó de confiar en ella. No podría hacerlo. Pero sí que supo que aquella muchacha era su hermana.

Fueron esas milésimas de segundos al verla por primera vez. ¿Cómo no entendió que fue aquello lo que la paralizó ? ¿Que era aquello lo que anunciaba su instinto ?

-¡Brooks ! -escuchó la voz de James Potter llamándola en el crepúsculo.

Se volteó.

Había logrado alcanzar la esquina que borraría de su vista aquel maldito edificio.

La figura de su hermana también salió del portal. Su hermana. Con una chaqueta prestada que le quedaba demasiado grande y el brillo de las lentejuelas anunciando su presencia. Cornelia resopló. Se había detenido al escuchar que la llamaban. Su corazón latía tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho.

Se acercaron a ella, indecisos. Como si fuera a apuntarles con la varita de nuevo.

Se avergonzó. Había salido corriendo como una cría. En mitad de magos y criaturas mágicas. ¿La tacharían de inmadura ? Escuchó su respiración entrecortada y su aliento visible por el frío de diciembre.

-Siento mucho que no supieras nada… -se disculpó Lola. Su hermana. Tendría que repetirlo cada vez que la viera, pues aún no lo había asimilado. Su rostro se tornó en un interrogante. -Tu madre…-Miró al suelo. -Nuestra madre -Se corrigió.-… También me lo ocultó a mí -Oh, o sea que ella tampoco sabía nada. Cornelia suspiró. -Me hizo créer durante toda mi vida que era huérfana… Y la única mujer que me cuidó, quien decía ser mi abuela… Fue asesinada porque llevaba el nombre de Ivonne…

Lo contó tranquilamente. Pero con seriedad.

James Potter se llevó la mano a la sien y se arrancó el pelo hacia atrás, mientras se retiraba de ellas y resoplaba. Si él había tenido esa reacción, el cerebro de Cornelia acababa de explotar.

-¿Qué ? -Tragó saliva. Cerró los ojos con fuerza. Si antes tenía rabia, en ese momento más. Una de las razones por las que odiaba todo aquello era por los inocentes que estaban poniendo en peligro. Como Frank Longbotton. O que Gwendoline Cross naciera dentro del Ojo para tener una infiltrada fiable. No. Aquella era su hermana. A la que le habían hecho creer que era huérfana. Y habían acabado matando a la familia que había formado. Suspiró. Exhaló aire. Aquello tenía que acabar. -Lo siento mucho -dijo, con toda sinceridad. -Siento que te hicieran eso… Yo…-Miró hacia el cielo. Pestañeó. -Estoy harta de estar encerrada… De que me oculten cosas… Creía que había tocado fondo con los secretos de mi abuela y descubro que el fondo tiene un sótano con mil plantas subterráneas…

Potter se acercó a ellas de nuevo.

-Sois hermanas -repitió. Sonrió como si fuera una broma para él. Bufó. -Lola, recuérdame que nunca me queje de mi familia, ¿vale ?

  • Se rascó la nuca. Miró a Cornelia de reojo. -Si quieres te puedo llevar a la Madriguera, ahí se estaba bien… Pero está claro que tú necesitas salir de casa más que yo…

-James, ¿te importa dejarnos a solas un momento ? -le interrumpió Lola. -Vete a dar una vuelta… Quiero hablar con mi hermana.

Se sobrecogió ante la orden de su hermana. Lola. Su hermana. El joven pareció dudar un instante. Dio unas zancadas hacia la fachada de la iglesia del Temple y se metió las manos en los bolsillos.

-¡Estaré aquí ! -les indicó.

Lola le mostró el pulgar en señal de aceptación. Cogió a su hermana de los codos y buscó su mirada.

-Y así acaba otra semana sin que la abuela nos diga que somos increíblemente ricas… Ese sería un gran secreto, ¿eh ?

Cornelia no pudo evitar soltar un risa floja. Pero estaba cansada.

-No creo que pueda seguir recibiendo órdenes sin saber qué es lo que quiere de mi -confesó. Exhaló aire lentamente. -Me gustaría irme de aquí y… Y…

-¿Consejo de hermana pródiga ? -Cornelia alzó la vista hacia ella.- A veces tienes que cerrar los ojos, contar hasta diez, respirar profundamente… Y recordar que, da igual el crimen que estés pensando en cometer, nunca te vas a ver bien en la ropa de la cárcel… Así que, sonríe y déjalo estar.

-¿Tú cometes crímenes ? -dijo ella, entornando la mirada y sonriendo lentamente.

Su hermana le dedicó una mirada enigmática.

-Voy a acogerme a la enmienda de no declarar en mi contra…-respondió. De pronto, la abrazó. Y Cornelia alzó sus brazos para responder el abrazo. Estaba helada de frío. Y el abrazo no le dio calor. Pero sintió cariño por parte de una desconocida con la que compartía sangre. Hundió su rostro en el pelo de su hermana. Sollozó. Dejó que sus lágrimas se enredaran con el pelo negro de Lola. Aspiró su colonia floral. Exhaló aire. Y se tranquilizó. Quizás, después de todo, sí que necesitaba una hermana. -Creo que nos vamos a llevar bien… Tenemos muchas cosas en común.

Cornelia se separó delicadamente del abrazo. Se enguajó las lágrimas con la yema de sus dedos y se percató de que el rímel se le había quedado impregnado en los lagrimales. Miró a su hermana.

-Oh, sí, somos nietas de Ivonne Donovan y…

-Y hemos salido con James -le guiñó el ojo con picardía. Señaló a Potter, que se encontraba mirandose la suela de sus zapatos en mitad de la pequeña plaza.

-Oh, no -corrigió ella. -Viene conmigo porque Ivonne le pidió que viniera… Es el que está liderando a la Orden en Hogwarts y es su representante. Aquí estaban hoy todos los representantes de los diferentes grupos de la Orden, ¿no ? -su hermana asintió, pero no parecía convencida.

La cogió del antebrazo y la guió hasta Potter, poco a poco, como si ella no supiera andar con normalidad.

-¿Sabías que es un licántropo ?

-Mejor de lo que te imaginas…

-Yo me llamo Lucrecia, pero le digo a mis amigos que me llamen Lola…-anunció su hermana. -¿Puedo llamarte a ti Lía en vez de Cornelia ?

Se hizo un silencio.

Cornelia miró de reojo para cerciorarse de que su hermana hablaba en serio.

Lo hacía. Y sonreía con satisfacción por su sugerencia.

-¡No ! -negó con rotundidad.