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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 121
Pocos conocían el dilema. Pero todos eran conscientes de la solución que se había acordado. Las discrepancias fueron entendidas. Las medidas de seguridad acrecentadas. ¿Cómo iban a dejar que una asesina se quedara en la Enfermería de Hogwarts? ¿No habían visto cómo destripó a un alumno? Bien, el dilema era el siguiente: ¿cómo iban a dejar que una persona que había sido perturbada por el Ojo estuviera fuera de las defensas de Hogwarts? Se sentían responsables. Es más, se trataba de una alumna. Después de todo, era su responsabilidad. En San Mungo podría ser influenciada por el Ojo. Al menos, en cuanto a personal docente, Hogwarts era un lugar seguro.
El hecho de tener a Molly Weasley bajo los muros del castillo tuvo que ser explicado por el director Neville Longbotton. ¿Y si hubieran sido ellos? ¿Y si fueran ellos mismos los que tenían un parásito en su interior? ¿No querrían tener la protección de Hogwarts y a la mejor Sanadora? Pareció hacerles recapacitar. Había seguridad. No sólo Aurores. Habían asegurado a Molly Weasley con cadenas. Y con conjuros a su alrededor. Estaban seguros. Mientras investigaban qué era exactamente lo que ocurría con esa criatura. Por eso tampoco la habían llevado al Departamento de Seguridad Mágica. ¿Cómo iban a proceder a un arresto cuando era claro que tenía el juicio nublado por magia?
Aquello era de lo que hablaba todo el mundo.
Por supuesto, los miembros de la Orden del Temple en Hogwarts no se habían quedado atrás. Ellos también habían tomado medidas. Los días que sucedieron al acontecimiento revelaron de sus turnos a Lucy Weasley. Tim Marrs, quién había resultado herido, se negó a dejar que la situación lo estancara. Lucy Weasley duró una semana sin su dosis particular de acción. Necesitaba distracciones. Y la Orden no se lo impidió. Por otro lado, estaban informados por Madame Pomfrey de los cambios en la paciente. Y por el profesor Lupin.
Para Cornelia Brooks, Hogwarts no había cambiado en absoluto.
El peligro era latente. Y constante. Era como si sus envejecidos muros dieran a luz problemas. Tan sólo una semana pisando el castillo y una muchacha quien, aparentemente, era inocente y no había tenido contacto con el Ojo, mataba a un alumno a sangre fría. Y se descubría, además, que era la asesina de sus propios padres. Había cuatro basiliscos en la Cámara de los Secretos. Los cuales alcanzaban un tamaño mayor conforme ellos se preparaban para combatirlos. Había miembros del Ojo entrando y saliendo a placer. Un alumno que podía aparecer y desparecer por una modificación genética. Un niño prodigio que se había propuesto la tarea de descubrir el propósito del Ojo. Tres licántropos supuestamente controlados. Y ella, la nieta de la persona más buscada del mundo en aquel instante.
Quizás el niño prodigio, Hugo Weasley, no lo era tanto. Había cuadrado sus rondas con las de Tom McGregor. Entendía su motivo. Incluso después de finalizar su relación, ellos habían seguido siendo amigos. Más era distinto después de que Tom supiera quién era ella.
-…Solo digo que las visiones esas… Se cumplieron -insistió Tom McGregor. Pasó su mano por su pelo y desordenó los rizos.Esperó una respuesta que no llegó. -Ya no tienes que preocuparte por mí -añadió, aclarando aquello que perfectamente estaba dando a entender.
Sus pasos estaban acompasados. Siempre habían estado en sintonía. Y, no obstante, en aquel momento, parecían emitir diferentes sinfonías.
-Tom…-murmuró Cornelia.
Inhaló aire.
-Dime una sola razón por la que no podamos volver -suplicó.
Era tan seguro de sí mismo que podríahaberla convencido. Había dejado claro que no se daría por vencido. Una vez que hubo sabido que estaba liberado del miedo que sentía Cornelia hacía más de un año. Y que le obligó a acabar con su relación. Ella decía que tenía visiones de cosas horribles. Tom estaba convencido que aquello se refería al Hogwarts Express. A la conversión de Potter. Al Palacio de Hielo. Todo eso estaba atrás. Y lo que vendría, pese a ser oscuro, él lo había decidido. Si el futuro se tornaba cruel, él le había tendido la mano.
Cornelia se sentía acorralada.
Él creía tener el mismo compromiso que ella. Incluso en la oscuridad, la seguiría. Seguía queriéndola. Era consciente de ello. Por esa razón, le quiso decir con la mirada que la oscuridad que ella le iba a arrojar no merecía la pena. Ya no. Cornelia sabía que ya no se comprenetearían como lo habrían hecho. Vivían a dos escalas distintas.Él, de pronto, era Gulliver entrando en el país de los gigantes.
-Yo… -balbuceó. ¿Qué le decía? Tom había tenido tanto significado en su vida… Y, en un instante,se hizo minúsculo. -No creo que sea el momento -acabó diciendo.
Tenía tantas cosas en la cabeza que aquello sería un error. Le acabaría haciendo daño. Y, si alguna vez había sentido algo por Tom, le debía aquello. Se lo debía. No podía romperle el corazón, ¿no? Ella podía no sentir y estar curada. Pero claramente no era así en la mente de Tom.
Él carraspeó.
-Y, dime, si no es ahora, ¿cuándo? -inquirió. -Maldita sea, Cornelia, podemos ser asesinados como ese Hufflepuff en cualquier momento…
Ella suspiró.
-No… Yo… -titubeó. -Acabo de descubrir que tengo una hermana, Tom -No apartó el Mapa de los Merodeadores de su vista. Y, desgraciadamente, no pasaba nada que pudiera sacarla de aquella situación. Él asintió. Ya se lo había contado. No era una presión para él, supuso. -Por fin me han dado algo de libertad… Después de meses encerrada -añadió. Volvió a asentir. Aquello la frustró. Se imaginó que no había lugar para la empatía cuando el corazón apostaba todas sus cartas. -No quiero más preocupaciones… Y no creo que sienta lo mismo que tú en este instante…No quiero esto -se señaló así misma y a él. Lo hizo con temor. Se mordió el labio y cerró el Mapa de los Merodeadores. - Travesura realizada -su varita se retorció en el aire siguiendo sus órdenes.
Se dio cuenta de que Tom se había detenido y ella había caminado sola por unos instantes. Volvió sobre sus pasos hacia él. Buscó sus ojos. Él los escondió.
-Está bien -Pero él no lo estaba. Y Cornelia Brooks lo sabía. En su momento, era cierto que finalizó la relación por el miedo de lo que sus visiones pudieran significar y por si pudiera hacerle algún daño a Tom. Pero las cosas habían cambiado. Y con ellas sus sentimientos. Ella siempre le tendría aprecio. Pero no más. Tom McGregor extendió la mano para coger el Mapa de los Merodeadores. Ella se lo tendió. -Se lo daré a Scarmander…-Exhaló aire. -Nos vemos en clase o en una ronda…- Miró a Cornelia.
Pero ella no sabía qué decir. Tenía las palabras atragantadas. Supuso que el silencio sería interpretado como él querría interpretarlo. Se giró bruscamente y se marchó.
Ella puso los brazos en jarras. Tomó la dirección contraria a él. Volviendo sobre su recorrido. Incluso cuando ella no sentía nada por Tom… Declarar la falta de sentimientos hacia una persona a la que tenía cariño no era tan fácil como parecía desde la otra perspectiva. Hizo crujir sus nudillos. Se preguntó si aquello cambiaría su relación con ella. Claramente. Él había creído que al estar en el mismo bando, ya no tendría por qué tener miedo. Dando por sentado que ella seguía sintiendo algo.
Suspiró.
Lo último que necesitaba era un drama romántico.
Por suerte, conocía a Tom. No era de montar escenas. Ni de guardarle rencor. Entre su orgullo y su madurez, guardaría sus sentimientos. No se interprondían entre el bien común. Agradecía infinitamente aquello.
Vio a un joven con demasiada barba acercarse a ella con una sonrisa pintada en el rostro. Se la contagió. Fue a abrazarla y ella aceptó el abrazo.
-¡Cornelia! -la llamó. -¡Será posible que no hayamos podido tener un hueco desde que llegaste!-se quejó entre risas.
Ella suspiró. Podía contagiarle una sonrisa. Más no hacerle olvidar que acababa de romper el corazón y de destruir el orgullo del Ravenclaw. Se dejó llevar por la calidez que Frank Longbotton le ofrecía. Era un recuerdo de sus momentos de paz de aquel verano pasado. Se habían hecho amigos. Procedía de forma natural.
-Lo siento -se disculpó la muchacha echándose hacia atrás. -He estado poniéndome al día con todo y no he tenido tiempo ni para salir de los muros un segundo…
Aquello era cierto. ¿Quién decía que toda la materia dada de septiembre a diciembre se aprendería sola? Además, tenía la Orden del Temple que ocupaba un lugar imperioso en su agenda.
Frank asintió. Siguió la dirección de Cornelia Brooks hacia lo que supuso que sería la biblioteca.
-No pasa nada…
-¿Por qué no te has unido a nosotros, Frank? -preguntó, yendo al grano de lo que Cornelia quería saber. Le agarró del brazo. -De verdad pienso que te necesitamos -le confesó. -Necesitamos tu perspectiva y un poco de aire fresco…
El joven se rio.
-¿Ese es mi súper poder mágico? ¿Hacer reír? -le miró con una sonrisa lobuna. -Es que no estoy de acuerdo con algunos de los que estáis ahí metidos -La expresión de Cornelia se transformó en una interrogación. -Me niego a dirigirle la palabra a Potter hasta que deje en paz a mi hermana… -aclaró. Cornelia entrecerró los ojos, siguiendo la historia que Frank no le contaba para alcanzar la conclusión de su amigo. -Además, su hermano no es precisamente mago de mi devoción…-añadió. Suspiró. Cornelia Brooks se rio. -Pero supongo… Que si me lo pides tú…
-Oh, veo que mi super poder mágico es convencerte -se mofó Cornelia.
Ambos sabían que era una idea utópica. Ojalá Frank escuchara alguna vez a Cornelia.
Los pasos del muchacho se detuvieron. Cornelia quedó arrastrada por él y por la incercia. Seguía teniendo una sonrisa en su rostro, perose había transformado en una línea curva que hizo dar un respingo a Cornelia. Conocía aquel gesto de su rostro.
Había puesto el mismo cuando se escaparon del parque Redwood en verano para ir a una gasolinera y comprar cigarrillos para Frank. O cuando intentó enseñarle a crear una lengua de fuego con su dedo índice. O cuando fueron a una cala a escondidas. Ninguna de aquellas aventuras salió bien. Bien fueron interrumpidas por Ivonne Donovan. O Frank Longbotton quemó el pelo de Cornelia Brooks.
-Cornelia…
-Oh, no, ¿qué has hecho? -se echó hacia atrás por puro instinto. Giró su rostro. Intentando descifrar cuál sería la próxima aventura. Si es que podría llamarse así. -No me gusta nada esa sonrisa tuya, Frank -reconoció. Negó con la cabeza. ¿Y si disipaba así las idas de Frank en su cabeza? -Sólo me han traído problemas…
-Cornelia…-insistió él.
-Oh, por favor… ¿Qué has hecho? Y dime, te lo suplico, que no me has implicado en nada…-se llevó la mano a la sien.
El rostro de Frank Longbotton se tornó a una expresión seria.
-He asumido que me ayudarías con un pequeño problema…
-¿Asumido?
-Verás… ¿Te acuerdas de Gwen? -Ella entornó los ojos. Le costó asentir. Gwendoline Cross. Claro que sabía quién era. Era el único contacto del exterior que habían tenido aquel verano. Sabía con tanta certeza como aquel que anuncia que el cielo era azul que Frank Longbotton estaba hasta las trancas por aquella muchacha. Aunque probablemente no lo admitiría. Asintió finalmente. -Bien, pues… Estoy quedando con ella…
Alzó las cejas. Perpleja. Bajó la cabeza y le hizo con un gesto para que bajara el volumen de la voz. ¿Nadie le había dicho a Frank que Gwendoline Cross había asesinado a la directora McGonagall delante de todo el colegio? Habían pasado la fase de aceptar que, en realidad, Minerva McGonagall sabía su destino y que aquello era, precisamente, lo que había hecho que Frank Longbotton siguiera con vida. Indirectamente. Pero, ¿arriesgarse a exponerla ante un ejército de alumnos que no dudarían ni un instante en lanzarle la peor de las maldiciones?
-¡¿Cómo?! -chilló en un hilo de voz. Él se encogió de hombros. -¡No, Frank, no! -Sacudió sus brazos. -Bastante tienes con que Ivonne te haya quitado la protección… El Ojo está buscando a Gwen por traición… Y ni pensar lo que pensarían de ti y lo que le harían a Gwen si alguien la descubre aquí… Y no sólo hablo del Ojo…
Resopló y se retiró el pelo de la frente.
-Está todo controlado… -Fue la contestación simple y sencilla del muchacho. -Solo necesitamos que el resto de Hogwarts piense que es otra persona con la que me hayan podido ver en Hogsmeade…-Se rascó la nuca. Cornelia arrugó la frente. -Puede que Lucy Weasley me pillara el sábado y… Puede que le haya dicho que eras tú…
Se hizo un silencio.
-¿¡QUÉ?! -Su volumen subió tan fuerte como su enfado. -¡¿CÓMO SE TE OCURRE?
Esta vez fue Frank el que le pidió que bajara el volumen.
-¡No pasa nada! -Lo dijo entre risas. Como si fuera broma. Por lo que Cornelia se quedó en silencio esperando su explicación. Se temía, en cambio, que era cierto. -No es como si tuvieras que besarme o algo así para ayudarme…
-¡Pero ahora lo sabe todo el mundo! Oh, Frank, ¿por qué me has hecho esto? -lo preguntó, realmente dolida.
-¿Qué? No me dijiste que tuvieras algo…
-Acabo de decirle a mi ex que no tengo tiempo para relaciones …- Se lamentó. -¡Y tú has anunciado a todo Hogwarts que supuestamente estamos juntos! ¡Y encima es mentira! -Bufó empujó a Frank y este no pudo evitar sonreír ante la rabia contenida de su amiga. -¡Pues rompo nuestra relación de inmediato!
Rápidamente Frank Longbotton se puso de rodillas ante Cornelia y cerro los puños alzándolos ante ella. Un suplicante en mitad del pasillo. Algunos alumnos se giraron para verles.
-¡Por favor, Cornelia! ¡Yo haría lo mismo por ti! -rogó. -Es la única forma que tengo de estar con una persona que me está empezando a gustar y…
-¡No puedes ser así de egoísta!
-¡A ti no te cuesta nada!
Aquello le ofendió.
-¡Me cuesta mi amistad con Tom!
Aquello produjo una risa sarcástica en Frank.
-Como si pudieras ser amiga de tus ex, Cornelia, no seas ingenua…Además, si lo haces… Seré parte del Temple… Siendo ayudante del director puedo hacer muchas cosas y Gwen también nos puede ayudar…Eso es más importante que tu amistad con Tom, ¿no?
Se produjo un silencio.
Cornelia recapacitó. Indudablemente necesitaban a Frank Longbotton. No solo porque era el hijo del director y ayudante de este. Y de Newton Scarmander. También estaba conectado con Gwendoline Cross. Aquello podría salvarles. No necesitaba mandar un Patronus ni cambiar la serie de las monedas de Hugo Weasley. Y Gwendoline Cross era la conexión que tenían con toda la Orden. Frank Longbotton, en ese instante, era su mensajero con la Orden. Y mucho más eficiente que James Potter. Particularmente puesto que Gwen Cross desconfiaba de Ivonne Donovan. Por esa razón, Cornelia Brooks prefería ese plan B al que podría ofrecerle su propia abuela.
-Desmentiré el rumor si me preguntan… No voy a dejar que piensen que me he rebajado tanto…
-Eh… ¿Perdona?
Frank Longbotton hizo teatralmente como si su puño se clavase en su corazón. Se incorporó.
-¿Sabes que esto siempre acaba mal, no?
-Netflix no va a predecir mis decisiones, Cornelia.
Ella se rió. Le dio un puñetazo cariñoso en el bíceps.
-¿Puedo, al menos, desmentirlo para la Orden?
-Oh, sí, claro, justo los magos entrenándose para matar capitaneados por un licántropo…Que odian abiertamente a Gwen…
Cornelia puso los ojos en blanco.
-¿Y a Tom?
-¿Al amigo del redactor jefe de un periódico sensacionalista? -ironizó. -Si estoy dentro del Temple… También puedo avisar a mi hermana si hay algún problema… Y ella está en peligro real… No sé, considera tu ética, Cornelia…
-Tengo mi moral bastante cuidada -interrumpió. -Por esa razón, sé que esto es un error. Además, nadie se va a creer que tú estás conmigo… Ahora mismo eres como el Ted Lupin del castillo…
-No sé qué significa eso -concedió. Evidenciaba su falta de cultura de Hogwarts.
Cornelia Brooks se rio.
-Lo desmentiré si me preguntan -repitió. -Y esa es mi única condición, aparte, por supuesto, de que te unas a…
-¡Trato hecho!
La alegría con lo que lo dijo removió el estómago de Cornelia. Sintió envidia. Ella también quería sentir aquello por alguien. Quería tener la mirada entusiasmada y la sonrisa arrebatadora de Frank Longbotton. Pero si lo hacía, actuaría tan imprudentemetne como su amigo.
Aquel era el mínimo de sus problemas. Supuso que podía echar una mano a un amigo. Si alguien le preguntaba tan solo tenía que desmentir. Tom la mataría antes de cualquier explicación. Pero,en su fuero interno, dejar que Frank pudiera ver a Gwen era lo correcto. No siempre descubre uno quién era su persona. Y si podía ver feliz a Frank y asegurarse de que, al menos, alguien podría irradiar felicidad antes de la tormenta… Ella no lo arrebataría, ¿no? ¿Quién sería ella entonces?
Si sus visiones eran ciertas…
Más le valía hacer todo lo bueno que pudiera antes de que la oscuridad la atrapase como en sus pesadillas y la cegara mientras escuchaba a su propia voz lanzar un Avada Kedavra y escuchar un grito desgarrador justo después.
Su estómago se había encogido solo de recordarlo.
Y esperaba que fuera un sueño y no una visión.
Aunque, muchas veces, las visiones se confundían con los sueños en la noche. Más bien, se convertían en pesadillas. Para eso, las preguntas sobre su identidad que le cuestionaba Hugo Weasley siempre que la pillaba desprevenida no ayudaban. ¿Qué sabía ese niño? ¿Qué les ocultaba a todos? ¿Y cómo sabía las profecías que su abuela le ocultaba? ¿Cómo podría saber Hugo Weasley que, cuando el Ojo se enterase de que Ivonne tenía dos nietas, ellas serían su nuevo objetivo? ¿Que ellas serían el nuevo nombre tatuado en cadáveres hasta que fueran entregadas?
-¿Alguna vez has tenido uno de esos días en los que te levantas como si tuvieras un palo en la mano y todo el mundo pareciera una piñata?
Su nuevo amigo no pudo evitar reírse ante aquella pregunta retórica. Le pasó un vaso de agua. Quizás prefería una cerveza. Pero a ambos le habían prohibido el alcohol en Hogwarts. Lo cual era suficientemente lógico como para cuestionar la orden. O desafiarla. Estaban allí para proteger a alumnos… No podían defraudarles por una pinta.
-Lo cierto es que no…
-Hoy me he levantado así -declaró Alexander Moonlight. Llevaba todo el día con el ceño fruncido. La mandíbula encajada. Un licántropo susceptible era peligroso. Pero si el licántropo era Moonlight, los de su alrededor debían andar sobre cáscaras de huevo. -He estado a punto de estrellar mi puño contra Fred Weasley cuando me ha ofrecido compresas…
Se bebió el agua de un trago.
Bastien Lebouf ocultó la sonrisa. Él se había reído cuando Fred Weasley entró a la Casa de los Gritos eufórico y haciendo bailar a Susan Jordan y se encontró con el semblante de Moonlight. Quizás la pareja pensaba tener unos minutos a solas en la Casa cuando fueron a por algunos Sortilegios Weasley para su ronda. Y se toparon con el mayor corta rollos de la Historia de la Magia. Cinco minutos duraron en la Casa de los Gritos.
Y allí estaban. Con Sebastian McKing yendo y viniendo a sitios y practicando hechizos con ellos y con su amigo Hugo Weasley.
-¿Podemos practicar algunos hechizos de ataque? -insistió Sebastian McKing. Recibió una dura negativa con la mirada que le dirigió Moonlight. -¡Entendido, señor, sí, señor!
-No ganaremos si solo aprendemos defensa -recalcó Hugo Weasley.
Se oyó un gruñido. Todos se giraron hacia el licántropo.
-¿Has hecho tú las pruebas de Auror, Weasley? -le espetó. Este negó. Tenía el rostro de un niño pequeño asustado. Cualquiera estaría así en su posición. -Bien, pues no cuestiones cómo los magos que dominaron la Defensa Contra las Artes Oscuras y las Artes Oscuras antes de que tu espermatozoide se formara decidieron que debían enfrentarse a ellas los críos mocosos como tú.
Fue como un escupitajo.
Hugo Weasley miró hacia el suelo. Más no parecía avergonzado por su pregunta. Ni conforme con la respuesta. Aquello crispó los nervios de Alexander Moonlight.
-Bien, ¿cómo acaberemos con un basilisco con un Protego? -desafió Hugo Weasley. Cruzó sus brazos sobre su pecho. -Sí, señor Moonlight, tenemos que saber defendernos… Pero también atacar -replicó.
Moonlight alzó peligrosamente una ceja.
Exhaló aire. Controlando su parte asesina. No estaba hecho para hacer de niñero de bichos repelentes. Dio un puñetazo en la mesa. Dejó el vaso. Y salió al porche de la Casa de los Gritos. Bastien Lebouf le siguió.
Inhaló aire como si fuera un hechizo que le hiciera tranquilizar sus nervios.
-¿Puedo saber qué te pasa? No sé si los niños están más a salvo contigo o con cuatro basiliscos ahora mismo…-Moonlight alzó la mano para detener las palabras sarcásticas de Lebouf. -¿Llamo a Ted? -preguntó, seriamente preocupado.
Él negó. Ted solamente lograría que se derrumbara. No podía permitirse aquello delante de Hugo Weasley.
-¿No te has enterado? -le espetó. Se llevó una mano a la sien y puso la otra en el lumbal. Se estiró y lanzó un grito de rabia. -¡AARGHHH! -Exhaló aire. Sintió que el murmullo de McKing y de Weasley cesar. -Mi padre les ha dicho a todos los Aurores de Azkaban que soy su hijo… ¡Ahora lo sabe todo el mundo! ¡Me echaran del Departamento!
Dio un puñetazo en la baranda de madera. Uno podría pensar que un licántropo hacía que las astillas salieran disparadas. Pero no estaba transformado en la criatura y era un simple humano. Sus tendones se hincharon y su piel se agrietó dejando salir un hilo de sangre. Su rostro, en cambio, no se inmutó.
-Oh…
Fue la respuesta de su nuevo amigo. Era de esperar que se hubiera enterado. Y que no hubiera dicho nada. ¿Quién querría recordarle a Moonlight que su padre era uno de los prisioneros más peligrosos de Azkaban? ¿El licántropo que manchaba el nombre de su propia especie?
-Con lo que me ha costado mantener mi reputación…-gruñó. -Ahora sólo voy a ser el hijo de Greyback… -escupió las palabras como si fueran ponzoña que estuvieran corrompiendo su cuerpo.
-Tú padre no va a determinar quién eres tú -le dijo Lebouf.
-Díselo a los del Ministerio…
-Se lo he dicho -confesó. -Mi padre es el mismo hombre que hizo esa atrocidad al hijo de McKing y muy probablemente el que convirtió en una asesina a la hija de Percival Weasley, ¿recuerdas? Poca gente lo sabe… Pero nadie ha cuestionado quién soy por saberlo…
Moonlight resopló.
-Eso es un caso aislado -dijo. -Al final, nos acabamos pareciendo a nuestros padres… Tú acabaste siendo su ayudante y has matado a gente, Lebouf. Que lo hagas por un bando o por otro…
-¿Cuestionas ahora el trabajo de Auror? -replicó estupefacto. -¿Y mi hermana? ¿Willa también se parecía a mi padre? ¿Iba a convertirse en él porque determinan quiénes somos? -Moonlight apartó la mirada. -¡NO! -le gritó. -Quítate eso de la cabeza… Enterarse de que tu padre es un monstruo es un duro golpe, sí, pero no dejes que eso empañe todo lo que has conseguido por tu cuenta… La gente te admira, Moonlight -se sinceró. -Y no importa que tu padre fuera un mortífago o el líder de los carroñeros… Él no te crió. Él no tiene nada que ver contigo. La sangre no transmite la personalidad.
Moonlight no miró a Lebouf.
Se quedó en silencio. Se lamió los nudillos. Bajó las escaleras del porche. Se transformó rápidamente en lobo. Y, sin mirar atrás, galopó hacia la espesura del Bosque Prohibido.
Lebouf soltó una bocanada de aire. Le entendía. Giró para ver el silencio arremolinado entre los alumnos que les miraban atentamente a través de la ventana de la cocina. Les sonrió tratando de transmitir despreocupación.
Estos hicieron como que no habían estado pendientes.
-Es la primera vez que veo la transformación de un licántropo a su forma de lobo completa -comentó Hugo Weasley, sumido en una fascinación de la que se mofó Sebastian McKing. -La magia es muy poderosa…
-Creo que me siguen pareciendo más sorprendentes los basiliscos -dijo Sebastian.
Hugo Weasley pareció discrepar. Puso sus brazos en jarras.
-Estamos dejando aprovechar una oportunidad idónea con eso -criticó Hugo Weasley. Se rascó la barbilla. -Podríamos utilizarlas… -añadió en voz baja.
-¿¡Qué?! -chilló Sebastian McKing, seriamente perturbado.
-Oh, no grites, McKing -dijo Hugo, mirando de reojo que Lebouf no se hubiera percatado. -Los basiliscos pueden ser controlados…
-¡No! -negó con fiereza. -Son sumamente peligrosos y, en absoluto, son domesticados…
-Está claro que sí… El anterior fue domesticado, ¿no? Eso quiere decir que hay alguien en el Ojo con la habilidad de hablar pársel… Y Gwendoline Cross también lo debe tener, pues, según mi hermana, fue a ella a la que obedecía dentro del castillo, ¿no? -Sebastian McKing se encogió ante la ignorancia. -Bien, probablemente sea porque procedan de la misma familia, aunque sea lejano… Salazar Slytherin era el ancestro de Tom Ryddle y ambos tenían esa habilidad…
-¿Y? Ninguno de nosotros podemos hablar pársel -razonó Sebastian McKing.
-Te equivocas, McKing -Hugo Weasley esbozó una sonrisa enigmática. -Es algo hereditario, ¿lo sabías? -Sebastian McKing negó sin llegar a comprender a dónde quería llegar su amigo. -Mi tío Harry puede hablar pársel… Por lo que…
-… Tus primos Potter pueden hacerlo… ¿Pero no es arriesgarse? ¿Y si no es así?
-Bueno, habrá que probarlo, ¿no? -dijo Hugo. -Por estadística apostaría por Albus Potter.
-¿El Slytherin?
-Efectivamente -se rio Hugo Weasley, como si fuera un puzzle demasiado sencillo.
-No creo que esa idea les guste a los demás… A Moonlight, a Lebouf o al director…
-Oh, Sebastian, podemos controlar a cuatro basiliscos y usarlos como armas cuando llegue el momento… ¿Por qué desperdiciarlo?
-Suena demasiado oscuro para venir de ti -se sinceró Sebastian McKing.
-Vamos a enfrentarnos a las Artes Más Oscuras que jamás han existido, Sebastian -recordó su amigo. -No podemos andar lanzandoProtego.