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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 126
No debía haber nadie en la estación de tren en aquella época. Ni siquiera la colosal figura del Expreso de Hogwarts habitaba aquella estructura cuando no entraba en su agenda. Tan solo la hilera de carros sacados de una película de época. Algo sucio. Pero algo hipnotizantes.
Abandonados. Como si estuvieran esperando a que caballos se acercaran al hueco que había entre ellos para que los llevaran a alguna parte.
-Se llaman thestrals -anunció Gwendoline Cross, detrás de un carro.
El joven dio un respingo. Había entendido que se iban a encontrar dentro de la estación. Supuso que Gwen había preferido aquella hilera de carros fantasmales. Debía reconocer que no sería el lugar que él habría elegido para una cita. Sí para matar a alguien.
-Vaya, ¿le ponen nombre a los coches de caballos? -preguntó, incrédulo.
Desde que vivía en Hogwarts, no hacía más que sorprenderse por el mundo mágico. A veces una sopresa grata. Otras veces se sentía viajando atrás en el tiempo. La mayoría de las ocasiones creía estar en un universo al que no pertenecía. Esa sensación de que no encajaba era la que más se acomodaba en su cabeza. Como una voz interna que le recordaba día sí y día también que si estaba en aquel lugar, era por descarte.
Gwen acarició al aire con ojos tristes. ¿Había perdido la cabeza?
-No, Frank, las criaturas que no puedes ver pero que están aquí se llaman thestrals -le explicó.
Él se rio.
Pero, no, Gwen no estaba bromeando. Nunca lo hacía. Parpadeó. No. No veía nada. Se restregó los ojos con la manga de la capa del uniforme de Hufflepuff. Tampoco.
-¿Estás segura? -le cuestionó.
Ella asintió vehementemente.
-Son como un pegaso esquelético… Con la piel de un reptil y las alas de un murciélago…-le describió mientras los acariciaba.
-Oh, creo que estoy bien sin verlos…-bromeó.
-Espero que no los veas nunca -se sinceró ella. Se aproximó, por fin, a Frank. Como si su cercanía no le gustara en ese momento a Frank. -Solo pueden verlos aquellos que han visto la muerte… Y han entendido el concepto de ella.
Su voz era seria. Como sus ojos mirando a Frank y penetrándolos con tanta fuerza que tuvo que apartarlos.
-Y muchos de mis compañeros los pueden ver ahora gracias a ti, ¿no? -se mofó, recordando que cada vez que mencionaban a aquella muchacha en el castillo era para el trágico asesinato de la antigua directora McGonagall. Gwen bajó la mirada. Frank se maldijo a sí mismo. ¿Cómo era tan insensible? -Lo siento…
-No, es verdad… - Concedió. Se balanceó sobre sus pies. Parecía tan insegura, como nunca antes la había visto, que quiso darse un guantazo así mismo. -En el Ojo me decían que mi Patronus sería un thestral… -Se sinceró. Por Merlín, aquella muchacha estaba bien jodida. Volvió a suspirar. Alzó sus dedos hacia el rostro de Frank. Retiró dos hebras del pelo negro de Frank y se los metió de su oreja. Él se estremeció. No de temor. De calor. -Me asustas, Frank.
Frunció el ceño. ¿Él le asustaba a ella? Aquello sí que era una sorpresa. Ni con un threstral como Patronus podría Gwen asustar a Frank. ¿Cómo podría ocurrir al contrario si él era la criatura más inofensiva del mundo mágico? ¡Ni siquiera se había manifestado su magia hasta su mayoría de edad!
-¿Por qué? -le preguntó, en un susurro.
Se temía que, aquel día, Gwen quería asustarle. Alejarle de ella. Pretendía infundirle miedo. Terror. ¿Por qué otra razón le habría traído a un lugar repleto de criaturas que le recordaban a Frank que Gwendoline era una asesina? Ya había pasado por eso. Ya había aceptado que tenía sus manos manchadas de sangre. Y ya le dijo, en su momento, que no lo olvidaría. Que no sabía si eso podía perdonarse. Quitar vidas inocentes con una varita, con una daga o con sus propias uñas -como había explicitado. Eso marcaba el alma. Sobre todo, si era para sobrevivir y para seguir con la coartada de que era fiel y leal al Ojo. Le confesó que, en ocasiones, se dejaba llevar. En ocasiones, se le pintaba una sonrisa de verdad. De crueldad. No le quería engañar y se sinceró: sí, disfrutó.
Y Frank Longbotton no le quiso engañar y le dijo que era peligrosa para él. Era consciente. Era una bomba de relojería. Un arma en potencia. Pero, de algún modo, confiaba en ella. A él le había demostrado que había separado aquello de la nueva realidad a la que se enfrentaba. No quería indagar encómo hacía para seguir estando con ella.
¿Por qué se martirizaba? ¿Qué significaba en ese momento aquella mirada cabizbaja de culpa? ¿Había algo más? Por supuesto que lo habría. Gwendoline ya le adelantó que acarreaba demasiados secretos con ella.
-Porque me haces contarte cosas que ni siquiera puedo plantearme a mí misma…
-Hazlo -le ordenó Frank, frustrado. Resopló. Miró al suelo, en busca de inspiración y paciencia. Y palabras. -Si te pasa algo, Gwen… Dímelo -le pidió. -Puedes confiar en mí.
Ella se encogió de hombros.
-No sé hacer eso -contestó.
-Todo el mundo sabe contar sus problemas…-replicó Frank. -Es lo que mejor hacemos como seres humanos…
-No -insistió ella. -Yo no -suspiró. - Mi madre me enseñó desde muy pequeña a esconder mis sentimientos… A ser de piedra, como a veces dices. A estar siempre preparada para tener una cara seria y a que todo me importe nada… Aprendía a llorar solamente si no había nadie, a oscuras, sin hacer ruido. A gemir en silencio, sin que nadie lo supiera y sin pedir ayuda a nadie. Jamás -Sentenció. Frank la creía.- Porque cuando sufres y nadie lo ve, ¿realmente sufres? -El joven sintió que su estómago se encogía.- Es muy parecido a cuando un árbol se cae en mitad de un bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿realmente hace algún ruido? -Alzó sus dedos para acariciar la mejilla de la joven, quien decía todo aquello sin pestañear.- Simplemente pretendo que lo que sea que me molesta o que me atormenta nunca ha pasado… Vuelvo con la cabeza alta y sigo adelante.
Y alzó su barbilla. Demostrando así su tenacidad. Cualquier otra persona, habría soltado un par de lágrimas tras aquella confesión. Pero ella tenía fuego en los ojos.
-Gwen -le dijo. Acercó su rostro a su torso. La abrazó contra él. La besó en su coronilla. Él era tan alto que su barbilla reposó sobre la cabeza de ella. -Ahora tienes alguien que siempre te va a escuchar… -Musitó.
Quería que comprendiera que ya no era un árbol solitario en mitad del bosque. Ahora le tenía a él. Supuso que Gwen había estado tanto tiempo sola, que incluso si él no se separaba jamás de ella; ella seguiría sintiéndose sola.
-Mereces algo que este trozo de hielo y manos ensangrentadas, Frank -Ahí estaba. Finalmente. Su confesión. -Te haré daño porque es lo único que sé hacer.
Resopló. La apretó aún más fuerte. Se lo había visto venir. Volvió a besar sus cabellos dorados. Se recostó sobre ella. Rodeado de aquellas fúnebres criaturas. Le rompía por dentro que Gwen fuera tan dura consigo misma. Entendía que lo fuera. Era lógico. Y sabía que era porque Frank era importante para ella. Quizás la primera persona por la que sentía algo y no quería cagarla debido a su oscuro pasado.
-No lo harás -le aseguró.
-Me conoces tan poco… -terció ella.
-No es cierto -replicó. -Ya me has presentado hasta a tu madre… Y tú conoces a mi padre y a mi hermana… Estamos avanzando…-se mofó.
Ella bufó.
-No, Frank, te oculto cosas… No sabes quién soy -insistió. -Hay cosas de mí que… Cosas que he hecho -Recalcó. Frank intentó evitar pensar en todo lo que podría haber hecho aquella muchacha. Quizás ni su imaginación podría sostenerlas. -Cosas que soy.
-Me darían igual…
-No -brindó ella. -No, Frank… Mi madre siempre intentaba mediar… Pero mi padre siempre quiso que sus hijos fuesen monstruos… Y lo consiguió, ¿sabes?
Frank arrugó el rostro. Entrecerró los ojos. Sabía que Gwen le había mentido al principio sobre su familia. Aquello de que su madre murió de alguna enfermedad era claramente mentira, puesto que su madre era Alexis. Pero su padre, aquel hombre de negocios que nunca estaba en casa… Siempre dio por sentado que Alexis era madre soltera. Nunca le preguntó por él. Ni siquiera sabía si tenía hermanos. Dio por sentado que no.
Tenía razón. No la conocía en absoluto.
-¿Tienes padre y hermanos?
-Mierda…-Resopló. -No se suponía… Mierda… -Maldijo ella para el torso de él. Se separó. Le dio un puñetazo en el pecho. -Hay cosas que no puedes saber -le advirtió.
-Has sido tú la que…-se quejó él.
-Lo sé -se adelantó. -Tengo un hermanastro, Frank… Una de las personas más crueles que he conocido. No he hablado casi nunca con él y ojalá tú no lo hagas nunca… -Suspiró. -Por mucho que me gustaría detenerlo, lo que las profecías dicen que hará puede ser bueno o malo dependiendo de lo que hagan otras personas… Aunque lo que haga él será devastador independientemente… El Temple no sabe quién es todavía… Y yo no lo puedo delatar, pues otros lo matarán y no ocurrirá lo que tiene que ocurrir -Suspiró. -Por eso no puedo decir nada. Incluso cuando es lo que debe pasar, a veces no es lo que algunos quieren que pase… Se necesitan a personas fuertes en el Temple… Y ahora hay personas comprometidas con otras…Yo… La familia de mi madre siempre ha sido del Temple… Ella sabía lo que ofrecía al meterse en el Ojo y dio el alma de su hija al Ojo… Sabemos lo que es el sacrificio y no creemos que muchos nuevos miembros del Temple lo entiendan… Hay profecías que aunque sean malas para personas que son buenas… Si llevan a la paz… Es el destino, ¿no?
Frank ladeó su rostro. No entendía nada. Pero asintió.
-¿Y tu padre?
Gwen soltó una risa relajada. Cansada. Derrotada.
-Me da vergüenza ajena ese hombre -espetó. Se echó hacia atrás y cruzó sus brazos sobre su pecho. -Supongo que fue así como mi madre entró en el Ojo…Todo el Ojo lo sabe, pero nadie lo dice en voz alta…Nadie lo preguntó… Él nunca se ha referido a mí como su hija… No se casaron… Ni tampoco se casó con la madre de mi hermanastro… Somos bastardos del bastardo.
-Muchas gracias por todo, Hermione -se separó del abrazo.
Ivonne Donovan agarró al doctor Morgan del brazo. El hombre hizo un gesto con su mano para despedirse de la mujer que le había ayudado durante todo aquel tiempo.
La mujer que le había ayudado a escapar del Departamento de Seguridad. La que se había asegurado de que tenía una buena habitación en el Hospital de San Mungo. Y la que le prometió recuperar sus recuerdos. Le confesó que creía que les servirían a todos. Pero, sobre todo, a él. Hermione Weasley quería devolverle la vida con magia que había vivido con su hermana cuando eran jóvenes. Cuando conocieron a Carla Marín y su hermana se enamoró de ella. Y Carla les mostró retazos del mundo mágico que traía a su casa. Y los llevaba a rincones del mundo que no podían permitirse de no ser por la Aparición. Claramente ya no importara que aquella mujer hubiera desobedecido todas las reglas del mundo mágico. Hermione Weasley se lo devolvió. Se lo regaló. Como un perdón. También recordó a Ivonne Donovan. Y otros recuerdos que no sabía no haber perdido de hacía menos tiempo.
Fue un proceso lento. De meses. Era muggle, por lo que su cuerpo no estaba acostumbrado a tratar la magia. Pero, en San Mungo, lo habían obsequiado de calor por parte de Sanadores. Hermione Weasley iba a visitarle, de vez en cuando para asegurarse de su recuperación.
Aquel día le anunció que Ivonne Donovan lo llevaría a un lugar seguro del Clan del Ojo. No podría volver a su vida normal como doctor retirado, puesto que estaría en peligro de que el Ojo volviera a por él y le preguntara por el paradero de Ivonne Donovan. Se habían encargado de cubrir su rastro para el resto del mundo muggle diciendo que había muerto de un infarto. Fue triste para el doctor pensar en que no se hubiera podido siquiera despedir de sus compañeros de trabajo o sus amigos.
La sensación de la Aparición que recordó de su juventud gracias a Hermione Weasley fue exactamente la misma cuando Ivonne Donovan le llevó hacia su nuevo lugar.
El doctor Morgan se rascó su cuidada barba al verlo.
Era un pueblo costero. Casas de colores cálidos. Rojos. Naranjas. Mostazas. Con franjas blancas. Un embarcadero. Y un inmenso lago que se introducía en lo que parecía ser un fiordo nórdico. Su nuevo retiro. Suspiró. Se giró para encontrarse la seria expresión de Ivonne Donovan.
-Carla siempre quiso ayudarte -le dijo el doctor.
-Carla está viva, Morgan -le aseguró. Entornó los ojos. -Pero tú eso ya lo sabes. Y te encargaste de que también lo supiera Penélope. Y de que me lo ocultara…Pero lo sé.
Él sonrió. Debía agradecer a Hermione Weasley por haberle devuelto la memoria. Antes de avisar a los demás, debía hablar con Ivonne Donovan. Hacerla entrar en razón. Quizás él podría. Creyó haberlo hecho una vez.
-Penélope no lo sabe todo, ¿verdad?...Oh, Ivonne…Tu hija no te lo perdonará jamás -le advirtió el doctor Morgan. -No has cambiado en absoluto. Cuando Penélope se entere…
El hombre, cuyo rostro se había escamado por la vejez, alzó la ceja. Descubrió a Ivonne Donovan sacando su varita y apuntándole.
-No lo sabrá nunca -dijo ella.
Aquello parecía una amenaza. El doctor Morgan frunció los labios. Se rascó la frente.
-Ivonne… Quiero ayudarte -le prometió. -Es lo que siempre hemos querido hacer. Carla, Julie y yo… La solución no es…
En ese instante, vio sus intenciones.
Intentó detenerla con una mano. Pero no la alcanzó. No le dio tiempo.
-¡Avada Kedavra! -conjuró la anciana mujer hacia el doctor.
El agua del lago reflejó el destello de luz verde.El sonido de un torrente invisible surcó la distancia que les separaba. Al instante, el doctor Morgan, se desplomó sobre el suelo. Sin ninguna herida. Sin ningún signo de violencia. Indoloro. Pero indudablemente muerto.
Ivonne Donovan estiró su cuello hacia atrás. Guardó su varita dentro del bolsillo de su abrigo. Miró a su alrededor. No había nadie en el pueblo noruego de Odda. Se había arriesgado en ir allí. Pero el Ojo tenía a Delphini, ya no les importaría aquel lugar con el Sandvinvatnet. O el lago sagrado de los magos. Neutralizaba la magia. Y tenía otras peculiaridades que muy pocos conocían.
La anciana mujer se acercó a la orilla del lago donde se encontraba el cadáver del doctor Morgan. Lanzó una bocananda de aire. Con su pie izquierdo, rozó el cuerpo. Muerto. Se agachó hacia él. Cogió los brazos del cadáver y los alzó del suelo.
Gimió al arrastrarlo hacia el agua. Las piedras eran remolcadas con él. Tiró del cuerpo. Embarrándo el traje del doctor. Los pies de la mujer entraron a las gélidas aguas. Sin embargo, su expresión no cambió. Tenía el ceño fruncido, mientras atraía el cuerpo, haciendo esfuerzos, hacia el lago.
No desistió.
Lo condujo. Lenta y persistentemente.
El agua la ayudó. Las suaves olas lo hicieron flotar. El agua empapó el abrigo y la ropa de Ivonne Donovan hacia la altura de su cintura. Sentía sus ropajes pesar. Atrajo el cadáver hacia ella. Cerró los ojos abiertos del doctor Morgan. Posó los brazos flotantes del cuerpo sobre su pecho en forma de cruz.
La mujer sacó un objeto de su abrigo. Una reliquia. Un cristal rectangular polarizado por la luz que procedía del fiordo.
Lo colocó cuidadosamente sobre el cuerpo del doctor Morgan.
Entonces, posó sus manos sobre el aura del muggle.
Y dijo en voz baja unas palabras que sonaron primitivas de su boca. Antiguas. Ásperas.
El Lago se encendió como si la luz procediera de su interior. Y la piedra rectangular también. Como si el sol procediera de ella.
De repente, cuando se extinguió el destello. El cadáver del doctor Morgan desapareció. Como si nunca hubiera estado allí. Ni siquiera se sacudió el agua a su alrededor. Ni siquiera el agua se quebró. Como si no hubiera presenciado nada. Un testigo ciego de lo que acababa de ocurrir.
Ivonne Donovan salió del lago. Arrastrando el agua y su abrigo mojado con ella. Las olas. Y su respiración. Posó sus pies sobre las orillas. Todo su ropaje goteaba sobre las piedras grises. Sacó su varita y conjuró rápidamente un hechizo que le secara y limpiara aquel estropicio.
Suspiró. Se estiró de nuevo. Se tocó el lumbar. Gimió de dolor tras el esfuerzo.
Se acomodó el pelo. La bufanda que ni siquiera se había mojado. Se cerró el abrigo. Tosió. Guardó su varita. Echó un último vistazo al lago. Negó para sí misma.
Y apareció en la residencia del señor Crawford.
William Crawford parecía estar esperándola.
-Querida -le saludó, mientras se ofrecía a quitarle el abrigo. -¿Cómo ha encontrado nuestro amable Morgan su nueva residencia? -preguntó mientras ayudaba a la anciana a coger el abrigo.
Le sonrió afablemente.
La figura de su nieta apareció del otro salón. Llevaba unos pantalones cortos y unos tirantes. Les obligaba a subir la temperatura de la casa para poder pasearse en aquella ropa. Decía que así era como estaba cómoda. William la colmaba de sus caprichos. No tenía acceso a internet. Y se dedicaba a leer. A ver películas.A escuchar música. Y a comprar ropa. Decía que era para ella y para el desafortunado gusto de su hermana cuando fuera a verla en vacaciones.
Lola iba a perder la cabeza.
Entendía la razón por la que su hermana estaba radiante en sus cartas cuando la mandaron a Hogwarts. Aquello era una prisión. Por suerte, William Crawford era el mejor carcelero del mundo. Había descubierto en él a la persona más amable del mundo. Era el abuelo que nunca había tenido. Jugaba a juegos de mesa con ella. Le contaba historias de cuando había sido joven y había participado en la guerra contra los Crímenes de Grindelwauld.
También entendía la razón por la que su hermana Cornelia no confiaba del todo en Ivonne Donovan. Tampoco era como si su abuela hiciera mucho por entablar una relación con ella. Apenas le dirigía la palabra. Estaba más fuera que dentro de la casa últimamente. Y tan solo la veía para contarle profecías que decía que debía saber. Era como si el ser squib -al parecer, eso era lo que ella era -le hiciera no ser tan interesante.
Y su madre era otro mundo. Había dejado el trabajo. Pero aquello no hacía que pasara más tiempo con ella. Aparentemente tenía una relación con un mago del Temple. Con un irlandés, le había dicho Cornelia. Prefería quedarse con él que con su madre y su hija a la que había ocultado durante quince años.
En resumen, el mejor momento de la vida de Lola.
-Menos mal que no ha venido con nosotros -suspiró Lola, asomándose desde el salón, para ver la llegada de su abuela.
Su abuela le obsequió una mirada altiva.
-Lola -le regañó William. -Morgan ha sido muy amable con tu familia -le recordó.
La joven rodó los ojos.
-Eres la versión anciana de Winnie de Pooh, William -le intentó insultar. El hombre desaprobó sus intenciones con la mirada. Ella le sonrió con sinceridad. Se giró hacia su abuela. -¿Cómo está mi tío abuelo? -preguntó, aquella vez con preocupación pura.
Aunque no fuera su persona favorita en su universo, debía reconocer que había hecho mucho por ella. La había acogido cuando no tenía a nadie más. Había salvado a una inocente alma del Ojo, cuando estaba encerrada en un manicomio. Y, si su abuela Julie le había tenido aprecio, debía ser por algo.
-Está encantado, Lola -respondió Ivonne Donovan con una sonrisa.