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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 130
Un manual de instrucciones para padres solteros. Aquello habría sido todo un éxito. Eso creía que iba a necesitar Ted Lupin desde que se fue de casa de Victoire. Trabajaba en Hogwarts entre semana. Victoire, al estar en el Refugio, tenía más tiempo libre -aunque había retomado los estudios y estaba entrenándose para ser Sanadora. Se turnaban por semanas. Dos semanas Remus se quedaba con Victoire. Dos semanas se quedaba con Ted. Y, mientras Ted estaba en clase, Remus pasaba el tiempo con los voluntarios a cuidarle. Tenían un cuadrante. Había tomado la idea de James Potter. Remus ya tenía un año y unos meses. Era una pesadilla para algunos, era consciente, pero al menos no tenía la responsabilidad de ser un bebé recién nacido. Unos días -los que más tranquilo se quedaba - venía su abuela materna, Andrómeda Tonks. La mayoría de ellos. Otros iba Harry Potter. Era el que tenía el horario más ajustado. Pero encontraba un hueco. También iba Moonlight -el padrino -y, aunque podría estar más tiempo con Remus del que admitía, siempre se aseguraba de no estar solo ante una criatura que solo llevaba un año y meses en el planeta. Se traía en ocasiones, de apoyo, a Bastien Lebouf. O a algún amigo de Luperca. Incluso a Tala. Ted no se quejó, pues prefería que Moonlight estuviera respaldado. También, aunque no le correspondiera por los lazos familiares que se enredaban, se había ofrecido Dominique Weasley. La tía de Remus y su madrina. Y, no obstante, Wakanda no le había dejado salir de Luperca todavía. Decía que era inflamable. Apreciaba el gesto de Dom, pero quería más a su hijo.
Por último, había redescubierto sus lazos familiares con la familia Malfoy. Astoria Malfoy, su tía segunda, le había llamado en un par de ocasiones y le había propuesto traer a Remus a su Mansión para que aprovechara los infinitos pasillos, los jardines y el buen tiempo. Estaba a prueba de bebés. Su tía debía criar sola a Theia. Y no era mala idea que aquellos bebés tuvieran un compañero desde pequeños.
-¿Has pensado en llevarle a alguna guardería? -le preguntó Astoria.
Estaba sentada en una butaca en el jardín.
Ted Lupin siempre se había imaginado aquel lugar en la niebla. Así era cómo lo describían los que hablaban de la Mansión Malfoy. No obstante, Astoria se había encargado -tras la muerte de Draco Malfoy -de darle luz a aquel lugar. Era, después de todo, parte de la herencia que recibía. Los señores Malfoy no podían entrar allí. Había acudido a su hermana Daphne para dar un aspecto más cálido a los jardines. Redecorar el interior, retirando todos los recuerdos del pasado oscuro de los Malfoy hacia una habitación que cerraba con llave. Cambió los muebles. La pintura de la pared. Las cortinas. Lo que antes era un mobiliario oscuro y barroco; con la ayuda de su hermana, se convirtió en una casa de campo con colores cálidos, beige y blancos. Parecía como si el interior se hubiera agrandado simplemente dejando entrar más luz. Habían tardado desde que Scorpius se fue a Hogwarts. Siguieron las obras en Navidad, por lo que tuvieron que quedarse en casa de Daphne. Habilitaron hasta una piscina. «Quiero que sea un hogar acogedor para Theia… Que no se encoja cuando diga que vive en la Mansión Malfoy», le había dicho a Ted.
Los señores Malfoy deberían estar lanzándole maldiciones a su nuera.
Ted posó sus codos sobre sus rodillas, mientras se postraba encorvado para ver mejor lo que fuera que intentara hacer Remus con un juguete que le había cogido a Theia. Theia simplemente se estaba chupando el dedo. Tenía unos ojos grises que, definitivamente eran legado de Draco, y miraba con ellos a todo como si supiera el significado del mundo. Remus era un poco más desastre. Si miraba algo, muy probablemente, eso sería destruido. Había tenido que esconder todas las cosas frágiles del suelo. Estaba en la etapa de gatear hasta que pudiera andar. No se escondía. Había aprendido aquello por las malas.
-No sabía que había guarderías en el mundo mágico -se extrañó el joven. -No sé… Si es así, tendría que hablarlo con Vic…
-Oh, no, no hay… Pensaba que quizás lo llevarías al mundo muggle, Ted -aclaró Astoria. -Como tienes la casa allí…
-Ya… Bueno…
-Puedes traerlo aquí siempre que quieras… Queráis… Yo no tengo nada que hacer y he demostrado que sé criar a niños, ¿no?
Ted sonrió. Desde luego. Scorpius Malfoy era todo lo que un padre querría tener como hijo. Miró a Remus. Ojalá fuera un gran mago. Tenía genes potenciales, ¿no? No lo decía por él mismo en particular… Aunque no era como si Ted fuera pésimo. Era profesor de Hogwarts. Y su padre también lo fue. Su madre fue Auror. Y sus abuelos paternos fueron también impresionantes. Victoire estaba en el camino de ser algo. Sanadora, por ahora. Pero era una gran madre. Le iría bien.
Remus partió por la mitad el juguete que tenía en la mano. Su rostro se crispó.
-Mierda -maldijo Ted.
Astoria dio un respingo. Mierda. Maldecir delante de bebés y de su tía. Perfecto. Seguro que era un gran padre. Claro que sí.
-Tranquilo, Ted, es solo un juguete -le dijo su tía, mientras le rozaba el hombro para que no actuara justo en seguida y se frustrara como procedía a hacer.
Remus buscó la mirada de su padre. Tenía la pequeña boca formada por dos menudos labios abierta. Frunció el ceño. Le enseñó el juguete a su padre. Como si le exigiera una explicación de por qué había pasado aquello.
-Bueno, Remus, si no tienes cuidado con las cosas y las tratas como si fueran plastilina, se rompen -Le dijo Ted con serenidad.
Remus cerró la boca. E hizo un puchero.
Astoria se acercó a él. Se puso de cuclillas. Con sus dedos rozó la barbilla de Remus. Le obligó a que la mirara. Le peinó los rizos pelirrojos con la otra mano.
La mujer le besó la coronilla. Le sonrió. Volvió a la butaca.
Ted la vio por el rabillo del ojo. ¿Qué clase de adiestramiento era aquel?
-Si le quitas el juguete roto, ¿qué se supone que debe hacer con los problemas? ¿Corren a cargo de otra persona?
-Es un bebé -le dijo Ted. -Ni yo he entendido eso.
-Debe aprender a asumir la responsabilidad de sus actos desde pequeño -explicó Astoria. -Así, aprenderá a controlarlos. Será prudente. Sabio.
Ted observó a su hijo. Bueno, con Scorpius había funcionado, ¿no? Y Theia parecía ser bastante ser bastante relajada. Suspiró.
-Esto se le da mejor a Victoire que a mí -resopló.
-Probablemente -reconoció Astoria. -Pero no puedes dejar que otra persona quite el juguete que has roto, ¿no? Debes jugar con él y aprender a jugar con el juguete roto. Lo que tú has roto es la paciencia con Remus. Le tratas como si fuera más grande y no puedes hacer eso -Astoria acarició la rodilla de su sobrino. -Puedes pedir ayuda… Pero tú eres su padre. Sólo tú le podrás enseñar cosas que a los demás se le escaparán… Cada uno tiene su forma de dejar huella en sus hijos… Probablemente, conociéndote, le enseñes valentía, entusiasmo y a ser positivo. Son cosas de la personalidad que atrapamos de los retazos que nos dejan nuestros padres. Yo puedo haber criado a Scorpius en ser un muchacho cuidadoso y tolerante… Pero se empapó, con solo ser su hijo, de su inteligencia, y, sé que tendrá una capacidad de amar tan profunda como él me demostró.
Astoria no sonaba afligida como el lo habría estado en u lugar.
Ted le sonrió. A raíz de la muerte de su esposo, Astoria se había derrumbado. Pero vio una oportunidad de que el legado de Draco Malfoy fuera recordado por su pasión por mejorar. Y lo estaba consiguiendo. Sabía, porque él era su profesor, que Scorpius Malfoy era un gran alumno. Excepcional. Un gran jugador de Quidditch. Recordó que de pequeño, en una de sus visitas a sus tíos segundos, le dijo que quería hacer el sueño de su padre realidad y convertirse en una estrella del Quidditch. Había logrado entrar en el equipo de Quidditch y destronar a James Sirius Potter. Y era uno de los mejores cazadores de la historia de Gryffindor. También recordó las palabras de Draco Malfoy al oír las palabras de su hijo. «Oh, no, no era lo suficientemente bueno… Yo principalmente sólo quería ser feliz… Y parece que lo he conseguido». Ted recordó el brillo en los ojos de Draco Malfoy aquel día. Ted Lupin siempre lo había visto como un hombre serio. Más era reservado y quizás por eso nunca llegó a conocer bien a su tío. Su persona seguía viva en Astoria y podía ver que era mucho más que el recuerdo que él tenía de Draco Malfoy. También estaba reflejado en Scorpius Malfoy. Y en Theia Malfoy. Ellos levantarían a Draco. Gritarían el nombre de su padre para que se reconociera la caída de un héroe en silencio.
Sintió un nudo en su garganta. Se avergonzó de no haber reconocido el valor de su tío antes.
-Estoy seguro de que Theia también será como su padre -alcanzó a decir Ted.
Astoria obsequió una mirada de ternura a Ted.
-Draco se arrepintió de todo lo que hizo, Ted, sé que aún, una parte de todos los demás, piensan en él como el mortífago adolescente que fue…-Suspiró. Él no supo que responder. -Perdió su racismo… No por alcanzar la línea moral, sino porque acabó descubriendo que no tenía sentido -Suspiró. -No sólo es un ejemplo de que era una gran persona porque inculcó a Scorpius a que lo fuera, Ted, y es lo quiero decirte… Él nunca ansió el poder como Lucius… Su ambición era ser una estrella del Quidditch -Astoria se rio. Ted sonrió. -Siempre decía que nunca fue tan bueno… Pero Scorpius quería que su padre viera que los Malfoy podrían acabar jugando para un gran equipo… Temía que Scorpius se quitara del Quidditch tras la muerte de Draco, ¿sabes? Solo le recordaría a él… Y sólo leo sus victorias en sus cartas… Son los dos unos sobrevivientes -Astoria suspiró. -Envidiaba al resto de alumnos cuando era un niño porque sabía que los amigos que él tenía sólo le querían porque era un Malfoy… Fue resistente a que fuera Albus Potter el elegido… Pero bendijo tanto su amistad al final que… Creo que es lo que a él le hubiera gustado tener… El solo quería ser feliz. Es lo que siempre decía. Solo quería ser feliz… Lo decía en pasado. Ya no lo quería. Porque lo era -Astoria sonrió. No lloraba. Ni siquiera una lágrima. Era como si hablar de él fuera contar una historia que se sabía de memoria y se hubiera drenado. Pero Ted tenía los ojos húmedos y le raspaba la garganta. -Murió siendo feliz y me agradeció por haber cumplido su sueño… -Ted tuvo que apartar la mirada para retirar una lágrima. - Y… Me hace pensar mucho que su sueño fuera ese, ¿sabes? Mi sueño de pequeña era ser escritora… Qué tontería, ¿verdad? -Se rio de ella misma. -Nos creemos que tenemos sueños que pueden ser imposibles, si nos paramos a pensarlo… Cuando deberíamos luchar por ser felices. Ser felices. La felicidad debería ser nuestro propósito, Ted… Amar profundamente y demostrarlo todos los días. A tu hijo. Basta con eso. No pidas más. Es la mejor lección que puede recibir un niño -le aseguró. Entrelazó sus dedos y suspiró. -Me hubiera gustado tener más tiempo con Draco. Es algo que nadie se ha atrevido a preguntarme. Theia nunca va a conocer a su padre y, sin embargo, lo que él hizo probablemente la perseguirá toda su vida. Es frustrante que tenga que oír historias del Draco Malfoy que fue en la Guerra Mágica y no del Draco Malfoy que la habría criado… No es justo para ella ni para Draco -declaró. -Por eso, no la llevaré a ningún tipo de guardería… La gente será cruel con la memoria de Draco… ¿Quién le dirá que murió protegiendo a su familia y negándose a participar en el bando oscuro de la guerra? ¿Qué sabía cuál fue su error y no lo repitió? Le costó la vida, Ted. Que fuera perdonado por lo que hizo y demostrarlo, le acabó costando la vida… Estoy infinitamente orgullosa de él… Pero me da rabia que tuviera que hacer eso para demostrarle al mundo que jamás mancharía a su familia de oscuridad… Podría haber hecho como Ginevra Weasley… Aceptar, aunque no fuera leal, simplemente por proteger a su familia y a él mismo… ¡Pero no lo hizo! ¡Quería que su hijo llorara a un héroe! -Astoria había convertido sus manos entrelazadas en un puño. -Quiero tu ayuda, Ted, quiero que criemos a Remus y a Theia en una nueva generación que honre la memoria de Draco Malfoy -le rogó.
Su familia era, cuanto menos, particular.
No era un secreto que el Ojo estuviera formado por las familias de magos más puras del mundo. Las más antiguas. Milenarias. Cuyos árboles genealógicos se entrelazaban en ramas de oro. Algunos apellidos se habían perdido en la tradición de someter la feminidad. Había temporadas que algunos sobresaltaban. Como si su fruto se hubiera aprovechado del sol en aquella ocasión un tanto más que el resto de árboles del bosque. Los que besaban la mano del Señor.
En aquel instante. Era el momento de los McOrez. Y el de los Onlamein. Y no se aprovecharon del sol. Taparon la luz al resto y destrozaron las ramas de los demás para seguir creciendo. Era una familia que crecía a la par. Habían destronado a la anterior familia. Los O'Smosthery. Y estos se lo habían arrebatado a los anteriores. Los Karkarov. Quienes le habían arrebatado la riqueza tiempos antes a los Gaunt. Y estos, por su relación con Salazar Slytherin, ascendieron tras repudiar a los Black. Las familias más puras y más poderosas habían estado, en algún tramo de su árbol geneálogico, bebiendo de las riquezas y siendo la mano que estrechaba la cabeza del Ojo.
Todos luchaban porque la profecía se cumpliera en su mandato.
Más fueron ellos. Los McOrez y los Onlamein bajo el matrimonio de Graham McOrez y Zahra Onlamein, la familia que presenciaría, finalmente, la luz. El motivo por el que el Ojo había sido fundado.
Siempre recordaba aquello cuando acudía a visitar a su tía materna. La pared de su salón, en el cual se encontraba sentado en un sillón orejero de color del café con una taza de té, estaba decorada con un árbol genealógico de la familia Onlamein. Las familias que habían servido al Ojo. Que se habían arrodillado ante su Señor tenían un árbol genealógico similar. Era un obsequio. Una promesa. De aquellos que hicieron posible lo que estaba destinado a ocurrir. Sus nombres debían quedar marcados en la historia. Y sería precisamente aquel mural el que vencería al resto.Estaba sujeto a interferencias mágicas para que, cada vez nacía un descendiente nacía, este aparecía en el árbol.
Octavio Onlamein se incorporó. Dejó la taza de té en una mesa con ruedas que su tía Vivian utilizaba para transportar el té. Pese a sus orígenes nórdicos, se había acostumbrado a las tradiciones británicas con suma facilidad. Ella fue clave, después de todo, para que su familia pudiera destronar a los O'Smosthery. Le mandaron que se hiciera amiga de Ivonne Donovan -por lo que también tuvo que intimar con Minerva McGonagall y Pomona Sprout. Su tía decía que su amistad fue sincera. Pero no sus propósitos. La misión que tenía era que Ivonne Donovan se enamorara de uno de los O'Smosthery para así traerla como una presa siguiendo su cebo al Ojo -sin presiones, como habían hecho en otras ocasiones de la historia. Y, tal y como planearon Vivian y Zahra, aquel plan de los O'Smosthery rebotó sobre ellos. Vivian envenenó de sentimientos a los hermanos. Lucharon entre ellos por Ivonne Donovan. Y la perdieron en el trayecto. Los McOrez y los Onlamein se alzaron de aquel desastre prometiendo arreglarlo. Oh, y lo hicieron. Solo necesitaron tiempo. El tiempo, a cambio, les otorgó las primeras profecías cumplidas. El reloj comenzó a contar su última hora.
Pasó sus dedos por elnombre de su madre. Arrastró la palma de su mano hasta el nombre de su hermano. Respiró profundamente. Su padre le había dicho que el apellido Onlamein ahora residía en él. Si querían salir victoriosos de aquello, debía seguir vivo. Su padre le había recordado que fueron los Onlamein en la posición correcta. Que, pese a que el árbol genealógico los recordara entonces como a los McOrez -tras el matrimonio de Zahra Onlamein con Graham McOrez -, era ese el apellido que debía portar la gloria cuando llegara el momento.
Se giró hacia aquella parte. Hacia los que eran sus primos. Y los hijos de estos.Cayo McOrez. Su nombre, así como el suyo, procedía de la gloria imperial. Destinados a hacer grandes cosas. Sus hijos Franklin y Zöe. Al lado estaba su primo Tristán. Se sentía reflejado en él. De niños habían sido inseparables. Clavó su uña en el último hijo de su tía. Lorraine Karkarov, el bastardo de su tía Zahra. Loring. El ilégitimo. Fruto podrido de los caprichos de su tía Zahra, como decía su madre. Producto de un affair entre Zahra y Karkarov, cuando la familia intentaba volver a tener a través de Lord Voldemort. Era repudiado por ambas familias. Su padre, Gorm Karkarov, y su tío, Igor Karkarov, jamás se dirigieron a él no quisieron hacerse cargo de él tras su nacimiento. Sería una mancha en la familia que lideraba el Ojo y querían tirar al bebé. No obstante, su tía Zahra decidió criarlo ante todos y ofrecerle beneficios. Solo consiguió que todos le odiaran.
-El árbol podría tachar a los bastardos como se supone que hace con aquellos que traicionan a la pureza de sangre -comentó Octavio a su tía. Esta no dijo nada. Octavio no era testigo de si, realmente, aquel árbol genealógico tacharía a los traidores. Si hubieran dejado vivir a su hermano, su nombre habría ardido por enamorarse de un experimento de un mago que quitó a su hija la magia al nacer. Suspiró. -Los bastardos sólo saben reproducirse.
Su uña se clavó, aquella vez, en Gwendoline Karkarov. Aquella bastarda. Con todos los elementos que el insulto implicaba. Utilizaba siempre el apellido su madre. Cross. Alexis Cross. Gwendoline Cross.Octavio había sido su mentor en el Ojo. La llevaba al círculo social de alto prestigio al que sólo podía acceder una parte de los miembros. Los miembros perdonaban su ilegitimidad, no como harían jamás con Loring. Había sido una alumna sagaz. Alexis Cross había conseguido que su hija no tuviera que cargar con el peso de ser la bastarda del bastardo gracias a la reputación que había cosechado. Octavio había llegado incluso a considerarla una igual. No le habría importado perpetuar el apellido Onlamein con ella. La década que les separaba no importaría en unos años. Su padre lo habría aceptado. Era pura de sangre. Era valiosa para el Ojo. Aunque fuera su sobrina segunda. Las familias estaban acostumbradas a mezclarse. El Ojo había contemplado árboles genealógicos estancados entre ellos durante siglos. Hincó su uña en el mural. Pero había tenido que joderlo todo por un maldito squib.
-Vas a atravesar la pared, querido -le advirtió su tía con una sonrisa.
-El único que merece la pena es su hijo -bufó Octavio. -Por ahora -añadió.
-Oh, querido, fue ella la que empezó una de las profecías -recordó Vivian. -Mató a McGonagall -aclaró.
Octavio se giró para encarar a su tía.
-Usted dijo que ya era consciente de su muerte, tía -recapacitó el joven. -¿Cree que avisarla fue buena idea?
Vivian alzó una ceja. Como si el hecho de que Octavio dudara de ella fuera una amenaza. Lo era. Ambos eran conscientes. No era una novedad que su sobrino cuestionara la lealtad de todo el mundo desde que su hermano murió. Desde que él mató a su hermano. Y desde que Gwendoline les abandonó y cruzó hacia el fuego enemigo. Si es que aquello pudiera llamarse fuego. Él había sido el propulsor de que todos hicieran un Juramento Inquebrantable. Fidelidad al Ojo o muerte. No había otra opción. No podía hacérselo a su tía Vivian. No porque fuera su tía. Sino porque no le dejaban.
-Jovencito, aún tienes mucho que aprender -fue la respuesta que le ofreció.
-¿Cuánto tiempo tenemos que darte para nos diga dónde está Ivonne Donovan? -exigió.
Clavó la mirada en su Vivian Onlamein. Esta la sostuvo. No temía la ferocidad de Octavio. Se había enfrentado a momentos peores y su sobrino era cosnciente de ello. De todos los Onlamein, ella era que más coraje había demostrado. Había sido la única de su familia en ir a Gryffindor. Aquello era lo que la había marcado, después de todo. Su coraje.
-No sabía que la necesitabas ya -se burló ella.
El joven frunció los labios.
-No podemos arriesgarnos -sentenció Octavio Onlamein.
-Se lo preguntaré a mi nuevo pajarito la próxima vez que la vea -declaró ella.
-¿Te encargarás de ella como la anterior? -preguntó, interrogándola. Vivian, en muchas ocasiones, actuaba fuera de las órdenes del Ojo. Cuando le pidió a su sobrina nieta Zöe McOrez que matara a Gwendoline, la cual era su prima bastarda, Vivian había dado la orden a Cayo sin consultar, previamente a Graham McOrez. De nuevo, Vivian demostraba quien era la que llevaba los hilos. -Debes seguir la jerarquía…
-Yo hice posible esa jerarquía, jovencito -insistió. -Yo debería ser la que besase la mano del Señor… No el demonio que perdió la cordura por una mujer negra y lesbiana…-Tensó su rostro. -Estoy deseando que llegue el momento en el que mi género no sea un impedimento para alzarme sobre todos vosotros…
-Sandeces -escupió Octavio Onlamein. -Ha habido mujeres que han ocupado…
-Nombra a una -le desafió Vivian Onlamein. Su fuego intimidó a Octavio. -Solo hay una… Y sin ella no seríamos nada, jovencito. Así de importantes somos. Por esa razón, solo elijo a mujeres para que lleven a cabo mis recados -añadió. -Tendrás el escondite de Ivonne Donovan en unas semanas.