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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 14
Invencible
Capítulo 13: Invencible
-¡Cómo vuelvas a decir que soy como un pez con una bicicleta te meto la escoba por la nariz!
La amenaza de Alice Longbotton causó una sonrisa en el rostro de Albus. Era casi imposible que la joven Longbotton fuera mala montando en escoba incluso con la última de su madre hecha para principiantes, que había comprado con la ilusión de que Lily la montara. Sin embargo, su hermana pequeña se mostraba reticente. Albus había aprovechado la ocasión y se la había prestado a Alice para que practicara.
Acababan de dejar la escoba en el cobertizo y se dirigían a la entrada de la Madriguera. El hogar de los Weasley estaba repleto de gente, era el almuerzo del día 25 de diciembre y habían hecho gala de sus mejores manjares para sus invitados de siempre.
-Deberías llevarte esa escoba... Con ella tienes posibilidades de aprobar -reconoció Albus con una sonrisa.
La sonrisa se le esfumaría pronto, pues ninguno en la casa estaba feliz al tener a Fred Weasley en la Enfermería con los mismos síntomas que la chica Gryffindor. De hecho, a los invitados habituales se les habían unido un par de aurores que había traído su tía Hermione. Albus sabía que tanto alboroto solo podía significar que sucedía algo grave y que no iban a decirles nada a ellos.
Antes de entrar a la cocina, observó cómo su tía Hermione hablaba con Harry Potter y otro auror.
Sujetó a Alice por la muñeca y le indicó que se pegase a la puerta. Si forzaban el oído, podían escuchar qué estaba pasando allí. No solo en la cocina, sino en el castillo.
-... Los síntomas son los mismos que tuve yo, Harry -decía su tía Hermione. -Los medimagos coinciden en que solo puede ser eso y McKing no duda en que se deberían detener las clases. ¡Es demasiado peligroso!
-Pero mis aurores no han encontrado nada, Hermione -le contestó su padre. -Si detenemos las clases, cundirá el pánico entre los alumnos y es lo último que deseamos... ¡Con nosotros no se cortaron las clases! Si seguimos las medidas adecuadas...
-Sigue siendo arriesgado, Potter. Además, la última palabra la tiene el Ministro...
-La última palabra la tiene McGonagall y dice que no hay peligro mortal...
-No quiero ir en contra de McGonagall, pero estamos hablando de un basilisco... Implica peligro mortal, Harry. No sé cómo puedes pensar así teniendo allí a tus hijos.
-¡Deben ser unos "neomortífagos"! Los cazaremos de en seguida si no sale nada al público...-sentenció Harry Potter. - ¿Albus, estás ahí?
Al joven se le heló la sangre. Abrió la puerta y forzó una sonrisa. Afortunadamente, Alice sabía fingir mejor.
-Casi nos caemos de la escoba por mi culpa...- dijo entre risas.- ¡Es un exagerado! ¡No le creas si te dice que atento contra su vida!
Harry Potter forzó una sonrisa cordial. Hermione se acercó a Albus y le cogió por los hombros.
-Los Longbotton son torpes, pero no puedes, jamás, rendirte con ellos... Al final te sorprenderán y matarán a Nagini -Alice seguía sonriendo alegremente. Hermione los desvió y los condujo al salón.
Cuando la tía de Potter se hubo ido, ambos se miraron y resoplaron. Albus estaba temblando y Alice le cogió de la muñeca con brusquedad.
-Deja de hacer eso o no te dejarán volver a Hogwarts -le advirtió. -Hay que avisar a los demás.
-Voy a llamar a Scorpius...
-Me refiero a tu hermano, Albus. Y a Rose. Apuestas aparte, esto es serio.
-¿Qué es serio? -preguntó Rose Weasley, seguida de Lucy Weasley.
-Subo a por mi hermana y cenamos, ¿vale? -les dijo Lucy a todos.
Los tres asintieron.
-¿Está James arriba? -preguntó Albus recibiendo en seguida una respuesta afirmativa de su prima.
-Vamos -indicó Alice.
Rose sintió cómo su amiga le cogía del brazo y la llevaba consigo escaleras arriba. Albus abrió la puerta y dejó que las dos muchachas pasaran. Allí estaban James y Lily, jugando a un juego de mesa.
-Lily, te está llamando papá abajo.
La niña lo miró con cierto escepticismo.
-Si quieres hablar con James y no conmigo, me lo puedes decir... -le dijo su hermana rápidamente.
Sin más dilación, la niña salió de la habitación y dejó la puerta cerrada. James les lanzó una sonrisa forzada.
-¿Qué queréis?
Desde que Fred había sido petrificado, el ánimo de su hermano había caído en picado y solo hablaba con Lily. De hecho, ni siquiera había salido de su habitación.
-James, hemos oído a papá decirle a la tía Hermione que lo que ha atacado a Fred ha sido un basilisco.
Rose soltó un grito que pronto fue ahogado por la mano de Alice. James tardó más en procesar la información. Se levantó y cerró sus manos en un puño. Miró a Albus y se mordió con saña el labio.
-¿Y ahora qué hacemos? -se lamentó Rose. -No podemos luchar contra eso... Es...¡Por eso mi padre no está esta Navidad con nosotros! Oí decirle que le habían llamado del Departamento para hacer una inspección... ¡Dios mío! El Ministerio ya lo sabe... Y nosotros...
-Hemos descubierto qué es, así que...
-Así que ahora tenemos que matar al basilisco -determinó James.
Albus le lanzó una mirada de advertencia.
-No creo que seamos nosotros los que debamos hacerlo, James...
-Papá pudo hacerlo, ¿no? Pues nosotros también.
-James -le llamó Rose.- Más vale ser cobarde una vez, que morir a los trece años.
-No le tengo miedo a una serpiente, Rosie... ¡Si nos descuidamos, podría matar a alguien! Y lo sabéis tan bien cómo yo.
Se hizo un silencio entre los cuatro.
-¿Cómo se mata a un basilisco? - preguntó Alice.
Era una ceremonia a la que poca gente asistía. Tenía lugar en un sitio hostil y a pocos le gustaba estar allí. No le habían dado tiempo a vestirse con sus mejores galas, algo que la ocasión merecía. Iban allí con el mismo aspecto con el que acabaron su última misión. En concreto, él tenía la camiseta rasgada, dejando visibles sus múltiples tatuajes que solían desagradar a sus superiores. Sus pantalones llenos de barro y una prominente barba que poco formal parecía.
Miró a sus dos compañeros de misiones. Los tres parecían haber salido de la guerra. Y no tan lejos, pues les habían mandado a un condenado destino que por poco acababa con ellos: el Himalaya. Ninguno de los tres sabía cómo se les ocurría a los superiores mandarlos allí. Había multitud de criaturas mágicas sumamente peligrosas que podían haberles despedazado. No obstante, su misión era encontrar el Refugio, un pueblo mágico milenario que acogía a aquellos valientes que se aventuraban a escalar y combatir aquella endemoniada cordillera.
No cabía duda de que Alexander Moonlight había tenido ventaja. Él era un hombre lobo y en la intemperie podía transformarse y entrar en calor. Quizás lo único por lo que envidaban sus compañeros su condición de licántropo.
Moonlight resopló.
A cada uno se le había asignado desde el principio a un auror como mentor. En su caso, orden expresa de Minerva McGonagall, había sido el legendario Ronald Weasley, que había acudido a su amparo cuando nadie más creía en él.
No estaba entre el reducido público que ante él se encontraba. Era más, no conocía a nadie. Y si lo hacía, no habían entablado una relación cordial exactamente.
La mayoría allí le repudiaba por su naturaleza.
El resto lo toleraba.
Ninguno se alegraría de que Alexander Moonlight hubiera superado las pruebas de auror y se hubiera convertido en uno contra todo pronóstico.
Un hombre de pelo canoso y ojos ambarinos tomó la palabra:
-Me complace compartir con vosotros este acto de egreso. Tres ciudadanos que, sumados a los muchos otros aurores, forman las fuerzas policiales y de seguridad para proteger la vida, la integridad y los derechos de todos los magos, brujas y criaturas mágicas que habitan Inglaterra. El trabajo de auror es, posiblemente, uno de los más peligrosos y aterradores al que un miembro de la comunidad mágica se pueda dedicar. Sus pruebas, donde te dejan solo en los lugares más hostiles para filtrarte en posibles amenazas, te someten a la inmensa presión de lo que está por llegar: proteger a los demás sin acabar siendo asesinado. -Moonlight suspiró, la ceremonia no podía ser de otra forma tras un asesinato de un antiguo auror y Hogwarts en cuarentena por Navidad. Había acabado las pruebas y aquellas fueron las primeras noticias en llegar. - Es nuestra responsabilidad conducir políticamente la seguridad ciudadana. Es por ello, que al definir e implementar acciones contra toda forma de criminalidad, recurrimos a las mejores capacidades que la seguridad tiene para aportar. Ese es el horizonte que nos compromete a todos a quienes integramos el sistema de seguridad mágica. Jóvenes, a partir de hoy, su labor los identifica como Aurores. Hoy, han formulado un juramento que apuesta a estos valores. Los felicito y los convoco a redoblar sus esfuerzos y a que trabajemos juntos por una sociedad más justa, más segura y más solidaria.
Moonlight aplaudió, siendo secundado por, quizás, un par de magos más.
Ella era implacable. Desde que era demasiado pequeña, su entrenamiento había sido tan duro que los estragos y las cicatrices aún le dolían. No obstante, habían sido suficientes para crear a una guerrera imbatible. Así se sentía ella.
Las puertas del Palacio de Hielo se habían abierto ante ella y se sentía victoriosa. Había logrado su primera misión importante. No con el éxito que ellos esperaban, pero tampoco podía seguir todas sus pautas sin violar otra clase de principios.
Se paseó por los pasillos desnudos y vacíos. La soledad azotaba aquel lugar recién erigido. Sus pasos resonaban por todo el Palacio. El dueño ya era consciente de su presencia, pero no se dignaría a recibirla. Solo lo había visto en un par de ocasiones y le bastaron para calificarlo de compañía non grata. Al resto de habitantes de aquel lugar, los superiores directos para ella, también los calificaría así. No obstante, puesto que tenía que lidiar con ellos más a menudo, comenzaba a tolerarlos.
Se detuvo frente a una puerta de madera que contrastaba con la pared blanca como la nieve.
Tocó y, justo antes de volver a posar sus nudillos sobre la madera, la puerta se abrió suavemente.
-Enhorabuena, Cross -le felicitó Montdark.
Ella sonrió. No tenía que decirle gracias para que pareciera que ella le debía algo a él.
-Ha sido un placer... Estoy cogiéndole cariño a tu criatura.
El hombre sonrió y tapó con una tela un espejo que estaba viendo. Gwendoline Cross frunció el ceño y recordó que, como le había contado un hombre de allí, Montdark tenía una obsesión con ese artilugio. La alta figura con la mitad de la cara desfigurada le dirigió una mirada hosca.
-Ahora solo tienes que dar el siguiente paso...
-Tenéis que darme más tiempo -pidió, a eso había venido, al fin y al cabo. -Están registrando el castillo y por poco no me da tiempo a esconderlo.
-Espero que no hayas sido tan necia de esconderlo en la Cámara de los Secretos.
-¿Por quién me tomas? Hay muchos más sitios en Hogwarts que todos desconocen.
-Confío en ti, Cross. Pero no veo por qué no puedas darle uso como es debido. Siento cómo está deseando arrebatarle la vida a alguien...
-Creía que aquí no se premiaban a los imprudentes. Si es cierto que confías en mí, deja que proceda como creo necesario.
Montdark asintió.
-Octavio quiere verte.
La joven sonrió. Asintió y abandonó la habitación. Octavio Onlamein era otro miembro de su pequeño grupo dirigido por el dueño de aquel Palacio de Hielo. Decían que había nacido sin corazón y con una daga bajo el brazo. Él y su gemelo, Olivier, habían inundado las calles de París de terror hacía unos días.
En ese momento, era su modelo a seguir.