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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 141

El Refugio no servía solo para acogerla a ella y a su hijo.

Había sido la casa en la que sus padres habían vivido en la Guerra. A las afueras de Tinworth. Al lado de la costa. Solitario. Hermoso. Una casa de seguridad para la familia Weasley y la Orden del Fénix.

Era un punto de encuentro para el pasado que enlazaban las vidas de Victoire y Ted. Habían ido allí hacía dos veranos. Un fin de semana. Ella le contaba que allí sus padres decidieron pasar sus primeras Navidades como familia. Y le parecía precioso. Le confesó que ellos podrían hacerlo. Tonta e ingenua. Ted le contó que fue allí donde Remus Lupin anunció a su padrino que él había nacido.Una de las historias que más le gustaba escuchar a Ted de pequeño. Había ocurrido allí. En el Refugio. Y era una lástima que Ted no sintiera que también podía ser su hogar. Pues había sido el hogar de ella. De pequeña, había vivido allí. Hasta que se mudaron a Londres. Primero a la casa de Notting Hill. Después a las afueras. En su fuero interno, había deseado criar allí a Remus con Ted.

También era donde yacía la tumba del primer elfo libre. A Victoire se le ponía el pelo de punta. Había frecuentado su lápida blanca. «Aquí yace Dobby, un elfo libre». Aunque para su familia fuera un recuerdo de un amigo que dio la vida por ellos. Y sus lágrimas se quedaran en la colina cada vez que rozaban con las yemas de sus dedos el trozo de piedra. Para Victoire Weasley significaba un augurio. Unos morirían por otros en una guerra. El amor les haría ser actos heroicos como dar la vida por amigos. Por amor. Por la familia. Le retorcía el estómago. Había decidido llevarle flores. Todos los días. Victoire no había conocido a Dobby. Pero lo admiraba. Siempre había llorado con su historia. Murió con libertad. ¿Y si esa era la única forma de escapar del destino?

El Refugio era protegido por el Encantamiento Fidelio. Cuyo guardián secreto seguía siendo Bill Weasley. Aquello le tranquilizaba. Pero a la vez la horrorizaba. Tanta responsabilidad caía sobre su familia.

Y ahora, vivía ella con los protegidos por el Temple. Aquella Orden que ahora dirigía su tía Hermione. La sociedad que albergaba todo tipo de criaturas. Desde muggles, magos a cualquiera criatura mágica que pudieran imaginar. Cuya sede había sido destruida. Pero, pronto, habían encontrado en Grimmauld Place otro punto de encuentro. También en el seno del Ministerio de Magia. Incluso en Luperca. Dependía de con qué miembros quedaban. Tal y como le contaba Bastien Lebouf.

El Refugio se había convertido justo en aquello. Un refugio. Y no solo era para acoger a Victoire Weasley y a Remus Lupin II. En ese momento, convivía con dos personas tan diferentes entre ellos que, en ocasiones, era tan absurda la situación que parecía una comedia.

Por un lado, la asesina de Minerva McGonagall. Ella no había presenciado aquel acto tan atroz. Más, estaba dando a luz en el instante tal y como predicaba la profecía. Gwendoline y ella era parte de unas mismas líneas que dictaban su futuro. No sabía nada de Remus. Más bien, de lo que la profecía quería decir. Había descubierto en ella, pese a que trataba de no acercarse mucho a una joven que había pedido a Aurores armas muggles para proteger el Refugio, una joven bastante astuta, serena y útil. Al parecer, el Ojo la había entrenado como Sanadora. Ella, para seguir con su coartada, le pidió ayuda. No pudo negar que Gwendoline le había enseñado varias cosas. Útiles. Solo hablaban por necesidad. Temía que Gwendoline la mirara con aquella expresión que le recordaba a la joven idiota que había sido en Hogwarts. Probablemente para aquella asesina, Victoire seguía siendo una chica irresponsable y solo preocupada por su físico y por Ted Lupin. Bueno. Ahora era madre, tenía el rostro cubierto de cicatrices y su relación con Teddy era inexistente. Como podían cambiar las cartas de un año para otro.

Por su parte, Bastien Lebouf era todo lo que Victoire Weasley había esperado de él. En particular, lo mucho que le recordaba a Ted Lupin. No en personalidad, ni en físico. Bastien Lebouf era seguro de sí mismo y un genio. Y era rubio, no tan alto como Teddy y tenía los ojos siempre azules. Era, más bien, porque le hablaba de Teddy. Habían estado viviendo ese año en el mismo castillo, preparando a los mismos alumnos e, incluso, había cuidado a su hijo con Moonlight cuando Teddy no podía. Victoire evitaba a toda costa esas conversaciones. Aunque tampoco quería que pareciera que no había superado al profesor metamorfo y licántropo.

-¿Necesitas algo más? -preguntó Victoire.

Desde la habitación cuya cama era ocupada por Bastien Lebouf, sobre sábanas de colores cálidos y una colcha para el protegerle del viento que llegaba de la playa, Victoire pudo observar el mar. Su constante flujo.

-Puedes traerme a Remus… -Sugirió Lebouf.

Su rostro aún se crispaba cuando formulaba palabras. Había sobrevivido gracias a Gwendoline Cross. Por mucho que ella dijera que no había sido nada. Bien, aquella muchacha podía admitir sin tapujos que llevaba una daga en su cinturón. Pero, ¿aceptar que había salvado de un Auror? Parecía como si aquellas acciones no fueran con ella. No fueran parte de la personalidad que quería reflejar. En ocasiones, se hallaba a sí misma preguntándose cómo demonios podía estar en una complicada, enrevesada e incoherente relación con el hijo de Longbotton.

-Oh, no tienes por qué… Se lo llevaré a Teddy el fin de semana -Dijo, inmersa en su intriga sobre Gwendoline Cross.

-¿Este fin de semana? ¿Lupin te ha dicho que puede quedarse a Remus? -Cuestionó con cautela Lebouf.

Victoire se giró hacia él. Le escudriñó. ¿De dónde procedían las dudas de que no fuera así? Debía decírselo algún día. No quería escuchar más el nombre de Ted Lupin si no era necesario. ¿Nunca había tenido una ruptura aquel muchacho? Era de su edad. Y era bastante apuesto. ¿Por qué no se le pasó por la cabeza que quizás Victoire no quería anclarse a la figura de Ted? Una persona que parecía no conocer por cómo Lebouf hablaba de él.

-¿Por qué no iba a hacerlo? -Espetó ella.

-Bueno… Va a ir con los Aurores -Dijo. Oh, tenía esa mirada de arrepentimiento de una persona que se daba cuenta de que quizás Victoire no se suponía que supiera aquello. -El rescate de la muggle -Añadió.

La joven suspiró. Sacudió su cabeza. Apartó la mano del pomo de la puerta. Se sentó sobre la cama en la que estaba postrado Lebouf. Le miró con desafío.

-Sé que te refieres al rescate… -Señaló ella. Iban a utilizar el Refugio como casa de seguridad para cuando se aparecieran. En caso de heridas. Había sido avisada por su padre. Por esa razón, Gwendoline Cross seguía allí. Para asistirla con los posibles heridos. -¿Lupin va? -Inquirió.

Lebouf apartó la mirada. Suficiente como para tomárselo como una respuesta afirmativa.

-Le necesitan… Lo demostró el año pasado -Añadió Lebouf. Victoire parpadeó. -Pero no le pasará nada. También irá Moonlight y tus primos…

-Tedno es Auror -Puntualizó Victoire.

-Es profesor y debe proteger a sus alumnos -Recordó Lebouf.

-Es el padre de Remus -Terció ella. -Podría salir herido.

Victoire suspiró. ¿Al Palacio de Hielo? ¿Dónde la secuestraron a ella y a Albus? ¿Dónde Ted tuvo que convertir a su primo James? Resopló. Se llevó la mano a sus cicatrices. Se mordió el labio.

-Siento ser yo quien te lo diga, Weasley… Pero Lupin ya no tiene por qué consultarte lo que haga -Ell asintió. Era consciente, por supuesto. Aunque a una le costaba preocuparse por la seguridad de Ted. Era una costumbre. -Además, está ocupando mi lugar… Si no me hubieran atacado… Igual no habría ido… Pero creo que lo habría hecho igualmente -Explicó. -Lo cual me fastidia bastante -Concluyó.

Ella le miró. Asintió. Frunció los labios.

-Ivonne Donovan tiene la culpa de todo esto -Sentenció Victoire Weasley.

Carraspeó.

-Haces bien en no confiar en ella, Weasley -Comentó Lebouf. Sorprendido.

-Bueno, tú estás aquí por su culpa, ¿no? Yo también. Indirectamente -Se encogió de hombros.

-Lo que ha pasado con el Temple… Tienes razón -Dijo de pronto Lebouf. -La culpa es de Ivonne. Debería haber más gente que desconfiaran en ella cuando pidió protección… Nos puso en peligro a todos. Más supongo que, después de todo, el Temple se fundó para buscarla y protegerla del Ojo, ¿no? Aunque desconfíen de ella… Es su propósito. Proteger la dinastía de Ivonne Donovan…Y ahora mismo está sola y desprotegida… Y, personalmente, desconfío de ella. El Temple no solo debe protegerla a ella… Por suerte, aún tenemos a su otra nieta. El Temple está hecho un desastre ahora mismo…

-No sabía que tú supieras mucho de la historia del Temple -Victoire se incorporó de la cama.

-Uno aprende rápido -Respondió simplemente Lebouf. -Aunque deberías hablar con Gwendoline… No la mires como si fuera a matarte de un momento a otro…

-No me fío de ella -Dijo abruptamente Victoire.

Lebouf asintió. Sonrió.

-Es en la que más deberías confiar del Temple, ¿sabes? Sabe mucho sobre la Orden… Dale una oportunidad -Le rogó. -Recuerda que podría haberme dejado allí y salvarse… Nadie tenía por qué enterarse de mi estado y ella podría haber mentido… Me ha salvado la vida, Weasley -Le recordó. -Y, si llegara el momento, no dudo que lo hiciera contigo.

-No se lo pediría -Dijo Victoire. -Yo sé cuidarme sola.

-Sí, Weasley -Se avecinaba un «pero». Ese aire de superioridad para con ella. Otra cosa que le recordaba a Ted. ¿Qué tenía ella que todo el mundo se creía con el derecho a darle una lección? -Pero a veces necesitamos un poco de ayuda de nuestros amigos…

-Yo no tengo amigos, Lebouf -Dijo ella.

Y lo dijo con seguridad. Firmeza. Sin dudar. No. No tenía amigos. Tenía a una hermana de la que llevaba tiempo sin saber nada de ella. La cual hablaba más con su ex que con ella. Siempre había tenido una relación más estrecha con Ted que con ella. Y Louis estaba desaparecido. Su madre lloraba cada vez que la llamaba para preguntarle cómo estaba y recordar que su hijo podría estar muerto. Lloraba con ella. Nunca sabría si estarían llorando su muerte o su supervivencia.

Lebouf volvió a sonreír. Aquella vez entornando los ojos. Sorprendido.

-Estar solos no nos hace más fuertes -Le guiñó el ojo.

Victoire se rió. Sólo si el supiera que ese era su destino, precisamente, para fortalecerse.

Llegaron todos a la vez. A la terraza. Se miraron entre sí. Asintieron. Estaban preparados. Ya habían estado allí. Más, aquella vez, sabrían que ellos llegarían. Les estaban esperando. Lo intuían. Alexis les había avisado.

Tragaron saliva.

-¡BOMBARDA!

Destrozaron los cristales. Les salpicaron los retazos arañándoles la piel. Saltaron a través de ellos. Dejaron las escobas suspendidas en el aire. No podían haberse aparecido. Para rescatar a una muggle que el Temple debía proteger. Incluso cuando quién lo ordenó les había dejado tirados.

Más, incluso cuando lo ordenara Ivonne Donovan, era lo que debían hacer. Tenía razón. Las profecías decían que era un instrumento clave. ¿Qué significaba que fuera el sacrificio de un mago oscuro? Ya lo descubrirían. No habían descubierto nada de aquella muchacha cuando la mantuvieron encerrada en el Ministerio de Magia. Lo harían entonces. Con la ayuda de todos los grupos de magos que se encontraban allí.

El Departamento de Seguridad Mágica unido a una Orden. Anteriormente, el Ministerio había salido mal parado de sus alianzas con magos ajenos a la política. Mas, en ese instante, la política era estar unidas. Ministerio de Magia. Hogwarts. El Temple. La Orden del Fénix. El Ejército de Dumbledore. Quince Aurores. Un profesor. Miembros del Temple, de diferentes partes del mundo. Wakanda, Onawa, Aurel. Charlie Weasley. Norberta. Hermione Weasley. Harry Potter. Gabrielle Delacour. Seamus Finnigan. Victor Krum. Ellos se encargarían del Palacio de Hielo. Mientras el resto estaría en el Castillo. Ellos entraron para romper la barrera de seguridad. Para que los guardianes de Hogwarts que se sumarían a ellos no encontraran problemas en aparecerse allí. El Ministerio les había quitado el rastreo y había permitido que lo hicieran quienes pudieran. Y habían accedido al uso de polvos flú.

Los haces de luces comenzaron a entremezclarse con los rugidos, los aullidos y los maleficios.

Tenían una misión. Que el Ojo no llevara a cabo su misión.

-¡EXPELLIERMUS!

-¡CRUCIATUS!

Disparos.

-¡PROTEGO!

Dagas rompiendo la tela de los magos.

-¡EXPELLIERMUS!

Garras. Colmillos. Alaridos. Gemidos. Gritos.

-¡ARRESTO MOMENTUM!

Gruñido.

-¡ARGHHHH!

Algo derrumbarse. Más cristales rotos.

-¡PROTEGO!

El fuego de una dragona sobre el hielo. Sobre los magos.

-¡DESMAIUS!

Gritos. Manos apretadas sobre varitas. Disparos.

-¡CRUCIATUS!

-¡SECTUSEMPRA!

-¡NOOOO! -Se lamentó Wakanda. -¡PROTEGO!

Rugido. Garras. Sangre sobre colmillos. Apretón de manos.

-¡BOMBARDA MÁXIMA!

El Palacio de Hielo tembló. Era un edificio formado del hielo del glacial. Eregido sobre un acantilado y que sobresalía de este. Cuyas paredes estaban siendo destrozadas por hechizos. Cuyos cimientos se hundían por el calor del fuego de una dragona.

Un sonido chirriante se oyó. Todo el mundo se detuvo.

El suelo volvió a temblar.

-¡LLÁMALOS, POTTER! -Gritó Aurel. Con el rostro cubierto de sangre.

-¡MOONLIGHT Y LUPIN HAN ENTRADO A POR LA CHICA! -Informó Hermione Weasley.

-¡LLÁMALOS! -Insistió Aurel.

El mago lanzó el Patronus como les pedían. Un ciervo salió de su varita.

En lugar de seguir en la lucha, algo captó su atención, a través de uno de los cristales reventados.

Harry Potter veía cómo una nube negra se acercaba a ellos. No obstante, una vez que sus lentes se agudizaron, pudo ver que no era ninguna nube. Ninguna sombra. El vello de la nuca se erizó. Se arrepintió de haber llamado a su hijo a aquella batalla.

Criaturas que habían desaparecido para las autoridades. Escondidas durante dos décadas. Rumores de que esperaban el momento oportuno para volver. Y vengarse de haber sido exiliadas. Destituidas de robar felicidad. Recuerdos alegres. Portadores de tristeza. Desolación. Y, en ese momento, obedecían al Ojo. Como todos los asesinos que sacaban dagas, pistolas y espadas para acabar con ellos si eran desarmados.

Habían subestimado al Ojo.

La temperatura cayó en picado. Si aún podía hacerlo más.

Una horda de dementores se acercaba.