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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 146

Era algo innato de la naturaleza de los humanos. De los magos. De los muggles. De aquellos que respiraban magia. Y de los que no. Era algo inherente a su naturaleza disfrutar viendo la destrucción. Castillos de arena. Castillos de papel. Palacios de Hielo.

Vio cómo todo lo que tan cuidadosamente había planeado se derrumbaba. Sonrió ante la belleza que emanaba de la destrucción. Los trozos de hielo entrando en el agua gélida. Los gritos de horror. El olor a muerte. El sonido de la derrota.

Hizo levitar su cuerpo hacia fuera del Palacio de Hielo para contemplar su obra. Él había lanzado hechizos contra su propia casa. Él había hecho que se derritiera el hielo. Él hirió las alas de aquella dragona para que lanzara fuego con más ira. Los pilares derrumbados por sus propios miembros.

El acto esencial de la guerra era la destrucción, no necesariamente de almas, sino de las obras que construían en vida. La guerra era una forma de hacer pedazos. De verter en la estratosfera. De hundirse en las profundidades del mar. Materiales que de otra manera podrían ser utilizados para hacer a su súbditos demasiado cómodos con insultarle.Por lo tanto, a largo plazo, demasiado inteligentes y capaces.

Y ahora se hundían con el Hielo.

Loring no podía dejar de sonreír.

Nadie le había visto aquel día. No había sufrido ni un rasguño. Vio cómo los dementores sacaban el alma de aquellos estúpidos aurores. Cómo aquel muchacho veía cómo una joven se suicidaba para salvarle. Cómo un licántropo ahogaba su dolor en el hielo. Sin nadie que pudiera hacer nada por salvarle. Cómo su joven primo derrumbaba a la gran Hermione Weasley. Se rio de ella mientras el hijo del maldito Malfoy intentaba salvarla. Huyendo como ratas. Sacó a su sobrino de allí. Estaba petrificado. Lo llevó con él. Suspendido e inconsciente a su lado. Contemplando desde las alturas la destrucción. Lo arropó con el artilugio que había utilizado para controlar que todos murieran.

La Capa de la Invisibilidad.

Oh, ¿por qué no había querido que nadie le viera?

La cuestión era que Loring sabía que iban a venir a por Imogen. Y no había nada que le molestara más que custodiar a una muggle. Incluso si era nacida maga y despojada de su poder por el estúpido Riddle.

Él tenía otros planes. Ser poderoso. Ser un mago oscuro. Como le prometieron a su sobrino.

Pero él lo sería de verdad.

Y, para seguir sus planes, primero debía liberarse de aquello que le había retenido todo aquel tiempo.

Su madre.

Zahra McOrez.

Recordó con una sonrisa en sus labios cómo, al utilizar la Capa de la Invisibilidad, no pudo ver quién le había lanzado un Avada Kedavra. Los testigos dirían que había sido fuego cruzado. Jamás se ganaría la confianza completa de Graham McOrez si confesaba que había matado a su mujer. Incluso si no se deseaban. Zahra era la que guiaba a aquel hombre sin cordura.

Su plan era ser la mano del Señor.

Para ello, debía asegurarse de que era bendecido con la muerte de todos los que se pusieran en su camino. Como así habían hecho los anteriores. Lo único que le importaba al Señor era que hubieran llegado a ser manos con sangre en sus manos. Matando al anterior. Y que fueran de sangre pura. Daba igual que fuera un bastardo. Él era la unión de familias que habían servido al Ojo. Él era una nueva estirpe. Era un antecesor. Un ancestro. El origen de una nueva dinastía. La que disfrutaría del Alzamiento.

Los magos más oscuros del mundo no eran la pequeña minoría que instigaba a actos malvados, sino aquellos que hacían los actos para ellos mismos. Actuar sin conciencia. Pero por un trofeo, convertía a cualquiera en una criatura peligrosa. El bastardo, callado por estar en el exilio del poder demasiado tiempo. Había aprendido a prosperar siendo odiado.

El Palacio de Hielo cayó lentamente. Vio haces de luces. Observó cómo algunos del Ojo desparecían huyendo de la destrucción. Agudizó su mirada. Vio luces debajo del agua.

Y un gran resplandor que le cegó. Un haz de luz que salió disparado del agua. Sintió el agua temblar. La magia sacudirse. El poder de los demás anulado por un momento. En el que Loring descendió del cielo y tuvo que coger la varita para evitar caer al agua.

Arrugó su frente.

Miró unas figuras que escapaban del edificio que se caía sobre ellos.

Entre Encantamientos para salir de allí.

Una bruja. Un mago. Y un licántropo.

Una magia poderosa. Sentía su poder. Sentía aquello que había oído relatar a McOrez que contaba el Señor cuando hablaba del Portador. La magia. Creyó que era algo espiritual. Una idea. Algo abstracto. Pero lo había percibido. Era una magia que muy pocos magos en la historia habían logrado alcanzar. Una magia superior al resto. La magia original. Una fuerza que se escapaba de su conocimiento y del de los demás. Una magia que sostenía la balanza entre el bien y el mal. Entre la luz y la oscuridad. Pero que, con el tiempo, se acababa inclinando hacia un lado u otro.

Creyó que los descendientes de Ivonne Donovan habían desaparecido.

¿Cómo había acabado alguno allí en aquella destrucción?

Se guardó aquella información. Si alguien supiera que había estado envuelto en la posible desaparición de uno de los posibles Instrumentos, no podría alcanzar su objetivo. Sonrió. Aquel conocimiento le daría poder. Pues McOrez creía que el Portador estaría desaparecido con Ivonne Donovan. Y, sobre todo, no sabía quién era. No había visto jamás el rostro y los ojos azules cómo el océano que le separaba de aquella criatura. Mientras él supiera quién era el Portador y nadie más en el Ojo, podría ascender a ser la mano del Señor. Y guiar al mundo hacia la Oscuridad.

Sonrió. El poder de dirigir a los demás era el poder de engañar. Y el poder de engañar era el poder de destruir.

El acantilado que sostenía el Palacio de Hielo colapsó.

Era hora de irse.

Apareció en la Mansión danesa de Graham McOrez.

Tiró el cuerpo inmóvil de su primo al lado de Graham McOrez. Este le miraba impasible.

-Ahí tienes a Octavio… Ha sido de poca ayuda -Dijo simplemente.

-¡LORING! -Bramó McOrez. Escupía su nombre como si fuera un insecto. Este intentó no sonreír. -¡¿QUÉ HAS HECHO?! ¡ZAHRA HA MUERTO! ¡VIVIAN MURIÓ! ¡LA MAYORÍA DE LOS RESIDENTES DE TU PALACIO HAN SIDO ASESINADOS POR EL TEMPLE! ¡EL MALDITO TEMPLE QUE NOS ENCARGAMOS DE MASACRAR HACE SIGLOS! ¿CÓMO SE SUPONE QUE DEBO DECÍRSELO AL SEÑOR?

Su puño temblaba.

-Ha habido doce bajas en Aurores, señor McOrez -Informó Loring. -Hermione Weasley está casi muerta. Harry Potter ha visto que podemos hacerle daño. Los que han podido huir, han sido gravemente heridos…

-¡NO ESTÁN MUERTOS! -Gritó. Exasperado. Nunca había visto a McOrez de tan mal humor. -¡Y NO TENEMOS AL SACRIFICIO! ¡DIME, BASTARDO! ¿QUÉ HAS HECHO BIEN?

Evitó ocultar una sonrisa.

-El Temple se dividirá… Unos querrán matar a Delphini Riddle -Recordó Loring. -Buscarán a Ivonne. Ahora que sabemos que Hermione Weasley es la líder del Temple... Debemos vigilarla a ella para que nos lleve a Ivonne… Y, si bien he obtenido información de los Aurores, se rumorea que la Sangretiene una descendencia que coincidiría con la profecía -Anunció Loring. -Este es su momento, McOrez. Dísfrutelo mientras dure -Añadió.

-¿Dos semillas diferentes de la misma Sangre? -Inquirió McOrez. -Norman dijo que solo había una muchacha y su madre con Ivonne Donovan…

-Pues se equivocaron -Rectificó Loring.

McOrez se rascó la barbilla.

-Puedes retirarte -Le espetó.

Loring asintió.

Salió de la sala. Sabiendo que había hecho feliz a McOrez. Dándole una mísera pieza del puzzle cuyas piezas estaban en el dominio suyo. Ensanchó la felicidad de su rostro. Él sabía quién era la otra Semilla. El Portador. Había visto su rostro en el agua. Pero ella no pudo verle a él puesto que tenía la Capa de la Invisibilidad. Oh, así era como el mago ganaría poder.

Él mismo estaba cumpliendo profecías y nadie se estaba dando cuenta de ello.

El ser humano, por naturaleza, nunca sería merecedor de todo lo que quería. Más, cada vez que pensaba que automáticamente tenía derecho a algo, era cuando empezaba a caminar sobre los demás para conseguirlo.

Entró en la sala que habían acomodado para él. La más pequeña. Al lado del servicio. Para dejar claro que él era el menos deseado de aquella familia. Que nunca sería nada más. Que se quedaría en una habitación que estaba más cerca de los súbditos que del poder.

Oh, qué equivocados estaban.

Alzó su varita para iniciar la melodía del tocadiscos. Una pieza de Bach comenzó a sonar. Grabada del propia artista. La oyó mientras bailó por la sala al ritmo de aquella maléfica sinfonía cruda, dura y violenta.

Mientras su Palacio de Hielo se hundía.

Mientras sabía que su poder se alzaba.

Mientras cumplía otra profecía.

«Un tirano fruto de orgullo que bebe de la copa de la imprudencia y de la vanidad será la oscuridad más pura cuando observe desde el cielo un haz de luz sobre aguas turbulentas. Verá a los ojos al Portador. Y ahí comenzará su destino.».

El preludio y fuga en C menor animaba su espíritu.

Bailó rápido. Al ritmo de los dedos de Bach sobre el piano. Un pie tras otro. Frenético. Deslizando sus pies sobre el suelo. De un lado a otro. Con los brazos sujetando a una pareja de baile que era invisible. Sabiendo que jugaba. Y sabiendo que ganaba. Pero la cual Loring conocía muy bien. La muerte.

Saber que estaba destinado a su pulso con la Muerte era el momento ideal para la apreciación musical.