← La Tercera Generación de Hogwarts · de Carax
La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 159
Le gustaba sentirse útil. Pero, sobre todo, le encantaba que la elogiaran. Se había convertido en una experta en la falsa modestia. Cuando recibía cumplidos sobre su intelecto y su parecido a su madre, los acogía en su fuero interno, tatuándoselos en su cerebro para cuando tuviera la autoestima baja. Que era cada vez que su hermano Hugo entraba por la puerta. Afortunadamente, aquel verano que su madre les necesitaba, su hermano había decidido sumergirse en los misterios de la magia y la guerra y olvidarse de su familia. Perfecto para que Rose Weasley demostrara que era la hija perfecta.
Se esforzaba en exceso. Lo sabía. Lo reconocía. Pero nunca lo admitiría en voz alta. ¿Y dejar que Hugo fuera el que recibiera al Ministro McKing? ¿O a los Inefables? ¡Ni hablar! Además, ya le habían dicho que, con todo lo que había trabajado aquel verano, mano a mano con su madre, era evidente que tendría un puesto en las oficinas del Ministerio cuando acabara Hogwarts. ¡Y se lo había ganado con gotas de sudor todo el verano!
Había escrito todos los informes que su madre le relataba, pues aún no se sentía con fuerzas para escribir. Había hecho mandados. Se conocía la planta del Ministro de Magia mejor que su cocina. Y conocía perfectamente a todos sus empleados. Había tratado con Inefables que querían hablar sobre asuntos confidenciales con Hermione Weasley. ¡Y ella había estado presente! Aunque se había decepcionado un poco, pues tan solo querían saber que había un nuevo giratiempo que tenía su prima Lily -algo que a Rose le irritó en sobremanera- y que los Malfoy tenían una colección que no estaba al alcance de nadie -algo que, pese a saberlo de antemano, no le parecía bien. También había estado paseándose por los pasillos del Departamento de Seguridad Mágica, trayéndole expedientes a su madre para cerrar casos y clasificar la peligrosidad de casos relacionados con el Ojo.
Además, Rose había entendido la política exterior. Lo necesario que era mantener unas relaciones cordiales con el resto de la comunidad mágica, incluso si no pertenecían al Temple. Lo cual era la mayoría de Estados, pues al Temple solo pertenecían grupos de individuos.
Por supuesto, todo se entusiasmo se veía apagado en cuanto Hugo llegaba a casa y a su madre se le encendían los ojos al preguntarle que había descubierto aquel día. Incluso si en todas las ocasiones su hermano respondía que no podía decir nada, su madre le respondía que estaba muy orgulloso de él. De todas las veces que Rose había llegado corriendo del Ministerio para darle un expediente a tiempo a su madre, esta no le había dicho nada. Tampoco cuando le ayudaba a conectar la información de los casos. Se estaba dejando la piel como un Elfo Doméstico antes de la Reforma y ni siquiera tenía salario.
Pero no se daría por vencida. Su hermano podría decirle mil veces que «Podrías hacer algo más útil como aprender a Aparecerte y no estar corriendo al Ministerio», pero ella no se rendiría. Que podría tener razón. Pero le dolía dársela.
Había aprendido a no debatir con él. Era algo que a su madre le encantaba hacer. Debates. Decía que les entrenaba la mente. Bueno, ella prefería un duelo a un debate con Hugo. Pues, al menos, llegarían a algún sitio. En un debate con Hugo Weasley, no llegaría, en ningún momento, a un punto intermedio. Esto es, Hugo siempre creía que tenía la razón y el resto no sabía de qué hablaba. Su madre siempre aplaudía su determinación. Rose se ahogaba en sus propios argumentos. Ron intentaba apoyarla, pero incluso su hermano deslegitimaba la voz de su padre diciendo que ni siquiera había acabado Hogwarts.
Así que, desde aquel verano, con su madre en una cama y la comunidad mágica volcada en su recuperación; había decidido ignorar a su hermano. No iría con él a su estúpida investigación aunque se muriese de ganas. Sobre todo, si incluía la presencia de Scorpius Malfoy. Oh. Sus personas favoritas en el mundo juntas. Faltaba Greenwood para hacer el combo.
Le había pedido a su madre que no le dijera a su hermano nada con respecto a lo que quería aprender aquel verano. En su opinión, lo había conseguido con creces. Había seguido practicando la magia marcial. Iba a un gimnasio para jóvenes duelistas en el Londres mágico, en el que Krum había acudido como profesor aquel verano a propuesta de Hermione Weasley para ayudar a los jóvenes en el arte marcial. No obstante, además de aquello, Rose había acudido, entre sus días ajetreados yendo y viniendo del Ministerio, a tutorías para el arte de la magia no verbal -algo que podría aprender en un año, pero quería adelantarse -y la magia sin varita.
Se lo pidió a su madre y esta le facilitó los mejores tutores en su opinión. Por un lado, para conjurar hechizos sin decirlos en voz alta acudió a Kingsley Shacklebolt y a sus relatos sobre política y reconstrucción del mundo. Rose Weasley aprendió a adorar a aquel hombre y a respetarle. Y aquel hombre, a cambio, aprendió a valorar la tenacidad de Rose Weasley. Le dijo, con sinceridad y sin tapujos, que no era para nada como su madre y que no buscara serlo. Le guiñó el ojo y le dijo: «Niña, tú tienes un tipo de poder mucho mayor que tu madre, que quieres esconder y que tu madre ni siquiera sabría descifrar a tu edad. Es lo que te hace tan temperamental y lo que hizo a Harry Potter capaz derrotar a Voldemort». Rose Weasley se ruborizó. El señor Shacklebolt le hablaba del amor. Por supuesto, Rose nunca le preguntaba sobre eso, pues le daba demasiada vergüenza. «Tu madre no pudo conjurar un Patronus a la primera y tu tienes la forma de un magnánimo dragón, pequeña Rose».
Para la magia sin varita, un tipo de magia difícil y que solo magos habilidosos poseían, Rose Weasley acudió a su tío Harry. Al principio, no entendió por qué su madre la mandó a casa de su tío. Más, a las semanas de estar con él, lo acabó entendiendo. No solo su tío era un gran mago, sino que era una persona que echaba de menos a su esposa y necesitaba tener cosas que hacer para distraerse. Y adoraba ayudar a los demás. Además, su tío Harry había sido su tío favorito de pequeña. Siempre la había mimado en exceso. Incluso después de que naciera Hugo. Nunca había tenido miedo de decirle que era porque se trataba de la primera hija de sus dos mejores amigos. Supuso que su madre entendió que Harry podía darle la adoración que ella parecía verse incapaz de generar hacia ella. Además, así aprovechaba para pasar más tiempo con James, cuando volvía del trabajo, o con Lily, cuando no estaba en sus paseos por Londres. Todos los Potter parecían encontrar algo que hacer para no pensar en la evidente ausencia de tía Ginny.
Rose abrió la puerta de su casa para recibir a su hermano. Lo observó entornando los ojos. Tenía aquella expresión que indicaba que no quería ser molestado, que seguía ensimismado en sus misterios incluso cuando había abandonado la Mansión Malfoy.
-Ha llegado una carta de Hogwarts para ti -Le indicó su hermano a modo de saludo, porque aquella era la interacción que tenía con ella.
Resopló.
Su corazón comenzó a palpitar fuertemente.
¡Una carta de Hogwarts! ¡Solo podía significar una cosa! Se mordió el labio. La cogió rápidamente y se fue directa a la cocina para abrirla. No quería abrirla delante de nadie más. Esas pequeñas victorias eran para ella sola. Solo ella podría apreciarlas. Y quizás su padre. Rodó los ojos al pensar que su padre, seguramente, propondría algo extravagante como una fiesta o así.
Quitó el sobre rápidamente y sacó la carta con la caligrafía extravagante de la Escuela de Magia y Hechicería de Hogwarts. Saltó de alegría. No pudo evitarlo. Leyó las líneas, absorbiendo, una a una, todas las palabras. Sacó el pin de prefecto de Gryffindor del sobre y lo vio a contraluz. Se lo llevó a su pecho y respiró profundamente mientras su corazón latía a mil de la emoción.
Leyó de nuevo las instrucciones que tendría que cumplir aquel quinto curso como Prefecta. Tenía la autoridad y Responsabilidad extra que le había dado el nuevo Jefe de su Casa,Edward Lupin -¡Bravo Teddy!- y el director Longbotton. Ella era la estudiante femenina elegida de Gryffindor en el quinto curso. Respiró de alivio. Lo había estado esperando todo el verano. Seguía el legado de su tío Charlie. Su tío Bill. Su tío Percy. Y de su padre. Su padre Ron. Sí, también su madre. Pero sabía que a su padre aquello le haría más ilusión. Era la segunda de su generación, después de su prima Molly, en serlo. Saltó de nuevo de alegría.
Tendría permitido quitar puntos de Casa y dar detenciones -oh, ahora Greenwood debería tener cuidado con ella. Patrullar los pasillos y el Expreso de Hogwarts. Ser instruido por el Premio Anual. ¿Quién sería el Premio Anual aquel año? Siempre pensó que sería Cornelia Brooks y Tom McGregor. Se mordió el labio. Siguió pensando en sus beneficios. ¡Tendría un baño con una bañera en forma de piscina!
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un caluroso abrazo de su padre. La elevó unos centímetros del suelo. Se giró para verlo. Su padre estaba llorando. Frunció el ceño. ¿Estaba llorando porque había sido nombrada prefecta? ¿Tan poca fe tenía en ella? Lo abrazó de nuevo con más fuerza.
-Lo siento, Rosie -Le dijo en un hilo de voz. -Es que me he acordado del estúpido de mi hermano Percy… -Se quejó. Rose enmudeció. -No te preocupes… No es nada -Se secó sus lágrimas en su pelo. Rose sonrió. -¡Siguiendo la tradición Weasley! ¡Estoy muy muy muy orgulloso de ti, Rosie!
-Gracias, papá -Musitó ella.
-Serás una prefecta maravillosa… Lo sé. Porque serás como yo -Le guiñó un ojo y le removió el pelo rizado.
Ella sonrió.
Oyó los pasos de Hugo acercarse y los suaves pasos de su madre. Sintió un nudo en el estómago. Su padre no dejó de abrazarla. Sabía que era su hija favorita. No había dudas. El calor que le transmitía Ron era insuperable. ¿Y por qué seguía cavando y dejándose la piel por la admiración de su madre? Quiso llorar cuando vio la sonrisa de su madre. Porque esperaba orgullo. No satisfacción.
-Muy bien, Rose -Dijo Hermione Weasley. -Recuerda que también tienes los T.I.M.O.S este año. Y lo harás espectacular en ambos.
Ella sonrió cordialmente. Había perfeccionado esa sonrisa después de tantas personalidades elogiándola y diciendo cumplidos que creían que la hacían sentir bien. Asintió.
-Si tienes suerte como tu madre y yo… ¡Acabarás saliendo con el otro prefecto de Gryffindor! -Se burló su padre. -Aunque eres muy joven para hacerlo…- Rectificó.- Quizás cuando cumplas veinte años empiece a considerar que puedas tener citas…
-¡Papá! -Se quejó Rose.
-No creo que haya problemas con el prefecto, padre -Advirtió Hugo. -Le han dado el pin a Scorpius Malfoy.
Sintió a su padre tenso detrás de ella. Ella también se tensó.
-¡Oh, qué bien! -Dijo su madre. -¡Siempre hablas muy bien de él, Hugo! No es ninguna sorpresa -Añadió. -Pudo curarme después de un Sectumsempra, ¿a quién se lo iban a dar si no? ¡No hay dudas!
-Claro que no -Dijo Hugo. -Es el mejor mago de su generación -Por si no había quedado claro.
Ron y Rose echaron aire por la nariz.
-¡Rose es mejor que Malfoy! -Bramó Ron.
Tanto Hermione como Hugo le reprocharon con la mirada. Rose respiró profundamente.
-No pasa nada, papá, también decían lo mismo de Tom Ryddle…-Comentó Rose Weasley.
-¡Rose! -Se quejó su madre, castigándola con la mirada. -Scorpius es un joven muy noble y valiente.
Rose Weasley puso los brazos en jarras. Estuvo a punto de decir por qué Scorpius Malfoy era el siguiente mago oscuro y todos debían destronarle. Pero se dio cuenta de que, realmente, quería pelearse con su madre por no tener la reacción que había tenido al enterarse de que Malfoy había conseguido ser prefecto, al enterarse de que ella también lo había alcanzado. O con su hermano por adorar a Scorpius Malfoy como si fuera su compañero de aventuras. Soltó una bocanada de aire.
-Era broma -Dijo simplemente, mascando aire.
-Vaya, Rose, parece que el pin de prefecta te ha dado madurez -Dijo simplemente su hermano Hugo.
De nuevo, Hugo tenía razón. Pero, ¿se la iba a dar? Nope.
Era una realidad que Lily Luna Potter no tenía muchos amigos. Si se paraba a pensarlo, nunc había hecho ningún amigo. Su familia siempre se los había ofrecido en bandeja.
Su primo Hugo se había convertido en su compañero de aventuras desde que ambos llegaron al mundo. Tenían todo para ser inseparables en su infancia: la misma edad y las mismas ganas de ir a Hogwarts. Había diferencias entre ellos, de eso siempre habían sido conscientes. Pero, incluso cuando Hugo la ignoraba para centrarse en sus libros o en sus investigaciones, siempre acudía a Lily Luna Potter para tomar alguna decisión. Su relación de amistad era extraña. Últimamente, casi nunca estaban juntos. No era un problema para ambos, pues también compartían otro atributo que les hacía, paradójicamente, estar más unidos: eran muy independientes. Estaban juntos cuando se necesitaban. Cuando Lily estuvo debatiendo su propia moralidad, Hugo le pidió que le acompañara todos los días en la biblioteca. No era bueno en dar consejos ni en empatizar, pero Hugo era bueno señalando verdades: Lily necesitaba volver a la rutina si quería sanar su alma. Y cuando Hugo la llamó a principios de verano para preguntarle qué opinaba de su grupo de investigación, fue ella la que recomendó a Trust como puente entre todos y una cara amable que no fuera la intimidante de Hugo. Querían el uno del otro lo mismo: la verdad sin tapujos. Y ambos estaban dispuestos a darla sin remordimientos.
Lorcan, pese a su excéntrico ser, era el amigo más corriente que tenía. Desde pequeña, sus hermanos siempre le habían dicho que acabarían casándose y haciendo feliz a Luna y a su madre Ginny -hasta que fue al Baile con Scorpius Malfoy. Lorcan Scarmander era el amigo que Lily tenía para acompañarla. De pequeña siempre lo elegía en lo juegos porque solía ganar por su lógica y su destreza -menos al ajedrez, en el que los herederos de Ronald Weasley no tenían ningún rival. No obstante, en Hogwarts se habían distanciado. Y, por mucho que quisiera intentarlo, se le hacía raro ir con él si no estaba con Hugo o Lys. Pues él sí que había hecho amigos. No como ella.
Y, por último, estaba su mejor amiga. Lyslander Scarmander. Si alguien no tenía problemas para hacer amigos era ella. No era «la luz de Hufflepuff» por otro motivo. Eran tan diferentes que aún se cuestionaba cómo Lys podía seguir queriendo ser su amiga. Precisamente por eso lo era. Eran un juego de pesos y contrapesos. Lys radiaba positividad y Lily le ponía los pies en la tierra. Se necesitaban para afrontar los problemas llegando a un enfoque intermedio entre un optimismo exacerbado y un pesimismo radical. Sabía que si sus madres no hubieran sido amigos, ellas habrían forjado una amistad igualmente. Pues Lys habría encontrado en Lily una causa perdida en las habilidades sociales.
Y aquello era todo.
Esos eran los amigos que no había hecho Lily Luna Potter.
Lily sólo había hecho un amigo una vez. Y pensó que lo había perdido hacía cuatro años, al no tener ningún modo de contactar con él cuando la llevaron al internado de Dexter tras escapar a Hogwarts cuando su hermano Albus empezó su primer año.
Era la persona que tenía a su lado en aquel caluroso día de agosto. Comiendo un helado de sabor a limón, sentados sobre uno de los bancos de Hyde Park. Se conocieron de la manera más rara que se podía conocer a un amigo. Pero ninguno de ellos dos era del todo normal. Y era lo que le gustaba a Lily de su amistad con aquel muchacho que tanto había cambiado en aquellos cuatro años.
Se lamió los labios mientras recordó la primera vez que lo vio. Y, cuando lo pensaba, supo que, de haber sabido lo que ahora sabía, se habría condenado a sí misma por lo estúpida que podía haber llegado a ser.
-¡Vamos a darle a la pelo zanahoria! -exclamó entusiasmado un niño refiriéndose a Lily, porque no podían ser más originales.
Con una sincronización insuperable en niños que comían mocos, una docena de bolas de papel del tamaño de una mano se dirigieron en su conjunto a la mesa de Lily Potter. La niña que se sentó a su lado se retiró corriendo del foco de aquellas balas y Lily simplemente miró a todos desafiándolos.
¿Cómo se atrevían?
Como si ella misma las hubiera embrujado, todas las bolas de papel se suspendieron en el aire.
Lily esbozó una sonrisa. Era ella. Estaba segura. No sabía cómo lo había hecho pero estaba segura de que había sido ella.
Las bolas cambiaron de dirección y se dirigieron a una velocidad vertiginosa hacia todos los niños que la habían lanzado, disparando esas bolas en la cara e incluso haciéndoles gritar de dolor. Lily Potter sintió un escalofrío. ¿Había sido ella? Miró a los niños de su clase. Uno tenía sangre de un corte con el papel. Todos les miraron asustados.
No tuvo otro impulso que el de salir corriendo del aula antes de que todos los demás la acusaran a ella cuando llegara el profesor. Corrió con todas sus fuerzas, asustada de lo que había pasado. ¡Asustada de su poder! Y salió por la puerta por la que hacía menos de diez minutos acababa de entrar. No había nadie a la vista, por lo que escapar de allí sería pan comido.
Solo necesitaba que su padre les borrara la memoria y así podía ocultar mejor su magia. ¿Le harían algo por aquello?
Se apresuró a abrir la verja del colegio pero no pudo. Tiró de nuevo y empujó. Tampoco.
Una sombra se apareció al otro.
Era un muchacho que la miraba con curiosidad.
-¿No te han dicho que debes permanecer en el colegio?
Lily Potter lo observó.
-Me han dicho que no debo hablar con desconocidos. -le contestó con cierta irritación. -¿Podrías ayudarme a abrir la verja?- pidió irritada por tener que recurrir a ello.
-Estás más a salvo dentro, pequeña Potter.
Si no fuera por las voces de su directora gritando su nombre tras de ella, se habría asustado al no entender por qué aquel niño sabía su nombre. Soltó una bocanada de aire cuando vio a la señora acercarse a ella haciendo gestos con sus manos para que se alejara de la verja.
-¡LILY LUNA POTTER! -Vociferó. Sintió la mano de su directora sobre su hombro. Se estremeció. Hubo un silencio. -Jovencito, ¿qué hace usted que no está en clase? Es horario escolar.
-Vengo del Registro de Admisión del St. James. Acabo de mudarme desde Sheffield y aún no tengo colegio -Explicó con un acento británico que, desde luego, no era del mismo Sheffield que su profesora Kearney. -Te veo a la salida, Potter -Le dijo y se despidió con un guiño.
La directora bufó y, por su expresión, no pareció nada convencida por la explicación de aquel joven.
Sintió que una sonrisa se asomó en sus labios. Efectivamente, aquel muchacho la estaba esperando a la salida. Y la acompañó hasta su calle. Le dijo que al día siguiente la vería e irían juntos, pues St. Jame's estaba de camino. Era cierto. Al día siguiente y todos los días después de ese, el joven y ella caminaban camino al colegio. Ella con el uniforme de St. Eugene's -odiaba los colores amarillos porque creía que la destinarían a Hufflepuff; y él con los colores azules de St. Jame's. Él vivía con sus padres a dos calles de ella. Pero ninguno fue a la casa del otro. Era su amigo del camino a clase. Con eso era suficiente para los dos. Pues, en dos años, ella estaría en Hogwarts y se olvidaría de sus amigos Muggles. Como había hecho James con Lola. Hablaban de tantas cosas que la Lily del presente se había olvidado ya.
Le habló a su madre de él y ella estuvo algo aliviada de saber que no iba sola al colegio -algo de lo que llevaba quejándose desde que Albus se hubo marchado a Hogwarts. Y que le dio a entender que su madre estaba frustrada porque no tuviera amigas. No le dijo que era un chico. Ni que tenía tres años más que ella. Ni que, a veces, iban en bici por la acera. Y sin casco.
Volvió a sonreír al recordar aquello. Fue un año divertido. Que se fue al garete en el momento que Hugo insistió en ir a Hogwarts y ella fue con él. Desde entonces, no supo nada más de él. No sabía dónde vivía. Y ella se marchó a un internado. Y después a Hogwarts. Se olvidó de su existencia tan rápido como llegó a su vida.
Hasta aquel verano. Supo que ni ella le reconoció. Ni él la reconoció a ella. No al instante. Fue él quién tartamudeó y pronunció su nombre. Su voz era tan diferente. Él había cambiado tanto. Si ella tenía entonces trece años, él tenía dieciséis. Y un chico de dieciséis años, con el pelo por los hombros, ojos castaños, los músculos asomándo por su camiseta de algodón negra y una voz profunda que decía su nombre fue suficiente para que Lily Luna Potter se sonrojara hasta la médula. Se sintió menuda ante la estatura que le hizo recordar de inmediato a su hermano James. Y se separó de él para mirarle mejor. No podía ser que fuera él. ¿Dónde había estado todo aquel tiempo?
Aquel día estuvieron relatando lo que habían estado haciendo durante todo el tiempo en el que no se habían visto. Como si no hubiera pasado el tiempo. Y, por gracia de la tradición, rehicieron el camino que les unió hacía años. Ella mintió sobre Hogwarts y sobre todo lo que había puesto su vida de arriba abajo en los últimos años: su madre estaba en una cárcel mágica, parte de su familia había sido asesinada por una sociedad secreta que había empezado una guerra y ella había asesinado a una persona que era un hombre lobo en el cuerpo de su prima. Entendió por qué James había preferido mantener las distancias con Lola cuando se fue a Hogwarts. Era tan difícil. Él le contó que ya no iba a St. Jame's, sino a un colegio privado en Cantenbury porque, según él, sus padres querían deshacerse de él y no sabían cómo. Estaba en el verano allí, como todos los veranos. Y tenía sentido que nunca se lo hubiera encontrado, pues todos los veranos ella los pasaba en la Madriguera. Menos aquel.
Quedaron más veces. Siempre decían de verse tal día, a tal hora, en tal sitio. Ella no tenía teléfono muggle -¿por qué iba a tenerlo? Y él no sabía cómo ponerse en contacto con ella. Aquella era la solución. Pues le pidió que no fuera a su casa. Su padre estaba paranoico con el Ojo y ella nunca antes les había hablado de su amigo. Su prima Rose, quien pasaba allí cada vez más tiempo, se burlaría de ella por perder el tiempo. Y su hermano James querría maldecir a su amigo por el simple hecho de pasar tiempo a solas con su hermana pequeña.
Así que aquel día, el último día que iban a quedar aquel verano, decidieron ir a Hyde Park. Tuvieron que coger un metro. Y esperar una media hora sentados y diciendo trivialidades en lugar de afrontar todo aquello de lo que verdaderamente podrían hablar. Ella no sabía casi nada de él. Pero las preguntas que se le ocurrían no podía hacérselas. ¿De qué equipo de Quidditch era? ¿En qué Casa estaría? ¿Qué opinaba de los ataques del Ojo? Se mordía la lengua cada vez que se le escapaba un «Por Merlín».
Cuando uno llevaba tanto tiempo sin ver a alguien, enumeraba todas aquellas cosas que debía contarle. Revisar todo lo que tenía actualizar. Pero era algo parecido a coger arena con las manos. Poco a poco, todo se escapa entre los dedos. Y, al final, solo quedaba un grano de arena y una joven. Cuando uno llevaba tanto tiempo sin ver a alguien, tan solo debían ponerse al día conlos asuntos más triviales. No era posible que pudiera ponerle al día. No con todo lo que había pasado. Incluso si todo lo que había pasado había cambiado a Lily Luna Potter tanto que ya no era la persona que aquel viejo amigo había conocido una vez.
Lily acabó su cono de helado y se limpió las manos en la servilleta que le había ofrecido la mujer del carrito de helados. Estaban jugando a un juego de preguntas. Era tan sencillo como que uno le hacía preguntas al otro. Y ya estaba. 21 preguntas. O algo así. Era para matar el tiempo. Y descubrir un poco más de ellos mismos.
Le había preguntado a Lily que cuál era su mayor miedo. Estuvo pensándolo un tiempo. Era como si le preguntara cuál era su Boggart. Y nunca había tenido que enfrentarse a uno. ¿Cuál era su Boggart? Arrugó su nariz.
-Creo que lo que ahora mismo me da más miedo es que nunca sabemos cuáles son las verdaderas intenciones de alguien -Recapacitó.
Lo dijo por su prima Molly. Y por los durmientes de los que Hugo le había hablado. Por lo que ella misma podría ser. Miró de reojo al joven. Este sonrió. Pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
-¿Siempre has sido así de profunda? -Se burló.
Ella ladeó la cabeza. Pensativa.
-¿Cuál es tu mayor miedo? -Dijo, para cambiar de tema. No podía venirse abajo delante de él. No cuando no lo había hecho delante de nadie. Volvió a mirarle de reojo. Sintió sus ojos castaños clavados en ella. -¿O no tienes? -Se burló.
Ese joven siempre había sido irremediablemente arrogante. A veces, rozaba la insolencia. Pero manejaba las palabras con inteligencia. Incluso cuando intentaba fastidiarla mediante sus burlas. Era como si quisiera verla irritada -a ella, Lily Luna Potter, a la que los alumnos de Hogwarts temían; incluso Frank McOrez la temía. Y disfrutaba sacándola de sus casillas. Aunque aquel día, como si por ser el último día fuera especial, no hizo tan evidente su pasión por meterse en la piel de Lily y hacerla hervir.
-Sí que tengo, Potter -Respondió él. Le señaló con un dedo y entornó los ojos. -Pero no te lo voy a decir para que lo utilices en mi contra.
Ella se rio ante la ocurrencia.
-Tienes que responder -Indicó ella. -Son tus propias reglas -Añadió con una sonrisa de suficiencia.
-¿Cuándo podré verte otra vez? -Dijo abruptamente. No se esperaba aquella pregunta en absoluto. Por lo que se sobresaltó y lo miró con horror. El joven sacudió su pecho de la risa. -¡Nunca antes me habían rechazado de manera tan descarada!
Se llevó una mano a su corazón, realizando un gesto tan dramático que ahogó una risa.
Se intentó recomponer y fingir una sonrisa despreocupada. Pero solo pudo pensar en lo incohorente que sería volver a quedar con él. Estando ella en Hogwarts y él en su colegio privado. Y ella pasaba las Navidades en la Madriguera. Era imposible. No había pensado en aquello.
-Vete acostumbrando, Remus, no eres tan encantador como te piensas -Le dijo Lily, intentando volver a un tono de burla para esconder su incertidumbre. -Además, no tengo teléfono… ¿Cómo piensas volver a verme o quedar conmigo? -Inquirió, alzando una ceja.
Remus arrugó su frente.
-Dejando pasar el hecho de que no tengas un teléfono y me parezca de lo más sospechoso…
-¡Tengo trece años y mis padres dicen que soy muy joven! -Interrumpió, exponiendo la excusa que le había aconsejado Lys cuando le contó sus encuentros la última vez que la vio. Oh, sí, Lys sí que sabía la existencia de Remus. Un nombre más común de lo que una podía imaginarse.
-Lo que tú digas -Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia. -Podemos seguir quedando en un sitio a una hora en concreta -Concluyó con una sonrisa radiante.
Le transmitió la sonrisa sin querer.
-Oh, claro, para que me des plantón -Bufó Lily rodando los ojos.
Él negó con la cabeza.
-A Lily Potter nadie le da plantón -Sentenció él. -¿El veintisiete de diciembre a las doce en esa esquina del Hyde Park? -Apuntó hacia la esquina de Hyde Park con el comienzo de Oxford Street.
Se giró hacia Remus con escepticismo.
-¿Es en serio?
-¿Por qué no iba a decirlo en serio? -Dijo él encogiéndose de hombros.
-Porque la Navidad es para estar con la familia -Contestó ella deliberadamente.
El joven se estremeció ante aquella respuesta. Lily entornó los ojos, intentando descifrar por qué no le gustaba la Navidad a Remus. O su familia. Lo cual para Lily eran las mejores cosas del universo.
-Mis padres y yo no tenemos la mejor relación del mundo… Es como si no existieran para mí -Dijo sin tapujos y con tanta firmeza que Lily se sintió ofendida. -No todos tenemos una familia perfecta, Potter… Por lo que prefiero pasar diciembre con personas que me hacen el día más ameno.
-Oh, ¿soy un entrenamiento? -Inquirió.
Supo que no quería hablar de su familia. Nunca lo hacía. Y ella nunca presionaba. Intuía que odiaba a sus padres. ¿Pero para querer que no existieran? Quizás no conocía en absoluto a aquel muchacho.
-¿Te acompaño a casa? -Sugirió, obviando su pregunta. Ella miró su reloj de mano. Oh, se había hecho tarde y su padre enloquecería si no llegaba antes de las seis. Asintió al levantarse del banco y echar un último vistazo al lago de Hyde Park. -¿Me darás un beso de despedida hoy por ser el último día?
Dio un respingo. No quiso mirar a Remus. Sintió el calor en sus mejillas y la rojez de sus orejas.
-¡No! -Exclamó.
-¿Y en nuestra cita de Navidad? -Dijo él poniéndose en frente de ella, para buscar su mirada.
-No es una cita -Rectificó Lily.
Remus rodó los ojos.
-¿Y en nuestra quedada de amigos en Navidad?
Ella fingió pensárselo teatralmente.
-Solo si te portas bien.
Remus soltó una carcajada relajada. Como si aquello no fuera a hacerlo. Como si portarse bien no entrara jamás en sus planes. Lily alzó una ceja.
-Si Santa existiera,…
-¿Estarías en la lista negra? -Se burló Lily.
El joven negó con la cabeza.
-Yo sería el Grinch.
Lily se estremeció. No por la referencia al duende maléfico que robaba las Navidades de los niños por estar lleno de odio. Sino por la aspereza y la profundidad de la voz de Remus cuando dijo aquello. Como si fuera verdad. Como si él fuera capaz de odiar profundamente. O de hacer algo más horrendo y horrible que robar la Navidad.