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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 192

No era el típico Gryffindor que se saltaba el toque de queda para perseguir a una chica. De verdad, no lo era. No solía obsesionarse con mujeres que jamás habían mostrado un poco de interés en él. Excepto por dos personas. A una la había olvidado. Y la otra no supo por qué se sentía atraído hacia ella. Rick Carter no era el típico Gryffindor cuyas rodillas flaquearían por una Slytherin. Y, sin embargo, sí que lo era.

Vio a Albus Severus Potter salir del aula de Pociones. Se fijó en su reciente adquirido temperamento y mal humor. Que estaba directamente relacionado con la herida que ocultaba la venda sobre sus nudillos. ¿Le habría pegado otro puñetazo en la nariz a McGregor? Su amigo James no se lo iba a desvelar. Ni Scorpius Malfoy ni Rose Weasley ni Camrin Trust.

Se escondió detrás de un tapiz para que no le viera. Y para que no rebajaran puntos a Gryffindor por su incursión nocturna. Esperó a que sus pasos se hicieran inaudibles para aproximarse a la clase de Slughorn. Se acomodó la corbata del uniforme. Los colores de Gryffindor le indujeron valor.

Hizo notar su presencia con una disimulada tos al entrar al aula. La joven que alzó una ceja intrigada le hizo sentir un nudo en el estómago. Había hablado muchas veces con Camrin Trust, su mejor amiga y -por Godric -lo que tenía que aguantar con sus dilemas, sobre cómo Carter hacía crecer sus sentimientos sin que la otra persona le correspondiera de algún modo. Camrin Trust creía firmemente que procedía del sorprendente bajo autoestima que podía llegar a tener. Según su amiga, se ponía retos imposibles porque sabía que no los alcanzaría. Una excusa para seguir creyéndose un desdichado en ese campo -en el resto de áreas como la amistad, los estudios y el deporte sobresalía, era evidente. Camrin lo había llamado "problemas maternales". Problemas de confianza derivados de la ausencia de una figura materna. Su madre, una muggle que se había casado con un mago, había muerto por una enfermedad muggle cuando Carter tenía unos doce años. Había sido su persona favorita en el mundo. Camrin Trust creía que debía encontrar a una persona que se le pareciera a ella. Una mujer fuerte, independiente y noble. Bueno, aquel psicoanálisis no lo había pedido. Y estaba claro que Camrin estaba remotamente equivocada.

Era un estúpido. Un romántico empedernido. Un enamoradizo. Y no podía evitarlo. Incluso con su construcción física, su atractivo y su seguridad en sí mismo... Cuando se trataba de mujeres, estaba perdido.

Había besado a otras chicas antes. ¡Tenía dieciséis años! Pero no lo había hecho nunca por que sintiera algo más que atracción por ellas. Lo había hecho porque sintió que podía en el momento. En una fiesta de Gryffindor o de Hufflepuff. Y, sí, recordaba sus nombres. Por supuesto, él no tenía una reputación como la había tenido Alexander Moonlight o Monique Jordan. Él las recordaba a todas al día siguiente -pues sus interacciones jamás habían sido fruto del alcohol. Y no era un arrogante que se creyera superior. Les había dicho -en caso de que le preguntaran -que él nunca quería nada serio con ellas. Porque Carter era un romántico y quería una relación con una mujer a la que admirara, conociera y que creyera que era perfecta para él. Desde luego, ni Camrin ni James compartían su opinión. Mucho menos cuando una de esas mujeres había sido Rose Weasley. Aunque no pudo evitar haberse "enamorado" de ella en cuarto curso. Era Rose Weasley.

Tampoco pudo evitar sentirse atraído por aquella Slytherin. Era cierto que siempre la había encontrado atractiva. Pero, desde que Albus Potter comenzó a decirles que fueran amables con ella, Carter descubrió que era una mujer fuerte, independiente y que se preocupaba por los suyos. No cabía lugar a dudas que aquel era el tipo de mujer de Carter. Y el hecho de que fuera simpatizante del Ojo agrandaba su atractivo. Aunque Camrin tenía otra palabra para eso. "Morbo". Tampoco había pedido a un psicoanalista para ello.

Se acercó a ella y esbozó una sonrisa de suficiencia apropiada del diseño del mismísimo James Sirius Potter. Como esperaba, no causó ninguna expresión en Isabella Zabini. Era impenetrable. Siempre había estado en la clase de Carter al estar en el mismo curso académico. Y nunca la había visto con pareja. También podía ser porque todos eran del Ojo y aquello le hacía sospechar de ellos, más que buscar una excusa para integrarse.

-Parece como si nadie pudiera acercarse a ti -Utilizó un tono más grave de lo que habituaba. Él lo habría llamado seductor. No era lo que habrían dicho sus amigos.

Ella pareció aburrida y molesta ante su intrusión.

-Y aún así aquí estás -Se lamentó teatralmente.

-Me preguntaba si has considerado mi proposición para ir a Hogsmeade algún día -Dijo Carter. Y puso sus codos sobre la mesa sobre la que ella parecía repasar algún ensayo. -No todo el mundo tiene la suerte de que les pida una cita el cazador de Gryffindor.

Bella Zabini soltó una risa sarcástica. Ni siquiera había alzado la mirada para observarle. No se sintió ofendido. En absoluto. Rose Weasley había sido mucho peor. Zabini era solo un poco menos violenta. Al menos, aquella vez no tenía que preocuparse por oler a cerveza de mantequilla durante días.

-Nunca conseguirás atraer a nadie si sigues creyendo que sólo eres ese cazador de Quidditch que sigue a James Potter a todos lados -Dijo, finalmente, alzando sus ojos marrones. Aquello, no obstante, sí que molestó a Carter. Se echó hacia atrás y frunció el ceño.

¿Todas las mujeres tenían que destripar su interior para analizarle? ¿Tenía un cartel que exigiera un psicólogo en su frente? Lo dudaba. Carter se había preocupado porque nadie se preocupara por él. Nadie sabía que echaba de menos a su madre -Camrin Trust lo descubrió por accidente. Nadie sabía que prefería dejar el centro de atención a sus amigos.

-¿A qué te refieres? -Inquirió extrañado.

Pero sus ojos volvieron a su ensayo.

-No estás enamorado de mí -Le dijo deliberadamente. Carter no pudo evitar sonrojarse ante aquella declaración de sus propias intenciones. Quiso replicar, más no le dejó.- No me conoces. Esta es la primera vez que hablamos y es imposible que te enamores de una persona por solamente robarle miradas en clase -Su tono se volvió ácido. Carter tragó saliva.- Y, créeme, no lo has hecho…-Suspiró ella, decepcionada porque Carter tal vez sí que pensara haber tenido éxito en aquello.- Te gusta la idea de mí. Puedo llegar a entenderlo: Soy del Ojo. Pero no soy del Ojo. Te atraigo físicamente y la idea de que tenga carácter está claro que es tu tipo…-Se detuvo para recordar la historia de Rick Carter en su paso por Hogwarts.- ¿Rose Weasley? -Le hizo una señal con la mano para que se fuera.- No nos idealices, Carter.

-Pero...

-Encontrar a una persona que ames te destrozará por dentro y no sabrás que hacer -Le interrumpió. -No confundas una imagen que adoras con un sentimiento que anhelas.

Confundido, sin palabras y con la boca abierta, Carter sintió la necesidad de marcharse del aula. No se despidió de ella. Ni le dio las buenas noches. Rose Weasley jamás había sido tan directa. Nunca le había insultado de aquella manera -porque, como había descubierto aquel año, era su amiga y no quería hacerle daño. ¿Qué esperaba de Isabella Zabini? Maldijo para sí conforme escapó hacia el pasillo.

-Oh, Carter -Le saludó la despampanante Lola Brooks.

¿Por qué la hermana de Brooks llevaba un kimono de seda y maquillaje a las once de la noche por el castillo cuando era obligatorio estar cada uno en su dormitorio? No quería saberlo. Pero estaba despampanante. Carter había sido uno de los muchos en pensar que era imposible que aquella muchacha de piernas largas y mirada intensa fuese la hermana de Cornelia Brooks. ¿Por qué James prefería perseguir a Cornelia en lugar de a ella? Nunca lo entendería.

-Lola, ¿necesitas ayuda? ¿Te has perdido? -Le preguntó. Mirando al pasillo en ambas direcciones.

-Carter, Carter -Negó con la cabeza y sonrió con superioridad. -¿Qué crees que hago en mitad de la noche mágica con una botella de whiskey de fuego escondida en mi kimono...?

El muchacho abrió los ojos como platos. Sintió el rubor crecer en sus mejillas.

De nuevo, ¿nadie veía lo diferentes que eran las hermanas Brooks? Estaba seguro de que los estrógenos y la testosterona habían crecido desde que Lola Brooks estaba en el castillo. Había inventado infinitas formas de llevar el uniforme de Ravenclaw y estaba seguro de que más de uno había fantaseado con ellas. Porque sus compañeros de clase lo habían hecho. Envidiaban a Carter por pasar tiempo con ella. ¿Él? Estaba intimidado por Lola Brooks. Si Camrin Trust parecía una Legimens con él, Lola Brooks parecía que le estuviera examinando el alma con una lupa.

-Ten cuidado con los Prefectos -Le recordó.

Le dio una palmada en el hombro. Había comenzado a ser amigo de aquella muchacha -además, se había unido al Diario del Castillo y era algo que Carter agradecía desde que su viejo amigo Marrs se hubo marchado- y no quería que se metiera en ningún problema por sus públicamente desatadas hormonas. Aunque, honestamente, nunca la había visto en acción. Sabía que se le caía la baba por Frank Longbotton y por Rose Weasley -era más que evidente y, bueno, no la culpaba, ¿eh? Aquello había quedado claro cuando le hizo a Rose prometer que ella sería la primera chica a la que besaría. ¿Cómo había conseguido aquello en solo unos meses?

-Oh, no creo que eso sea un problema -Murmuró entre risas.

Y lo dejó abandonado en el pasillo. ¿Por qué Lola Brooks podía tener éxito en sus escapadas nocturnas y él no? Sí, Zabini lo había rechazado porque le había pedido una cita. ¿Le rechazaría si simplemente la besaba allí mismo? Él no podía negar que quería besarla. Y si solo era aquello lo que iba a conseguir... No le iba a importar, ¿no? Era decir, esperaría a que ella diera el consentimiento -había tenido una madre que lo había criado como un noble caballero. Se dio coraje así mismo y se giró sobre sus talones. Imaginó la escena que estaba a punto de acontecer. Las palabras que utilizaría para convencer a Isabella Zabini de que él no quería una relación seria y que aceptaría algo casual con ella. Maldita sea, sabía que podía chasquear los dedos y tener a Sophie Thomas... Pero a Rick Carter le gustaban los retos.

Se asomó a través del marco de la puerta del aula que había abandonado de manera incómoda. Y lo que vio hizo que toda la sangre se le subiera a su cabeza. Y a otras zonas. Isabella Zabini y Lola Brooks besándose en el aula que creían vacía. Besando su mandíbula. Su cuello. Desabrochando sus blusas. La imagen se hizo borrosa para Carter. Antes de que posaran sus ojos sobre él -que dudaba que lo hicieran -, decidió correr hacia la Torre de Gryffindor y darse una ducha bien fría.

Y, así, otro enamoramiento fallido de las desventuras del joven Carter.

Una de las ventajas de que todos confiaran en él y de que quisieran ofrecerle más responsabilidad de la que se merecía, era que, en ocasiones, el podía reclamar una serie de favores. Nunca eran extravagantes. Ni se dejaba llevar por la superioridad que le hacían creer tener. Siempre eran coherentes, razonables y necesarios.

Aquella vez, James Sirius Potter había pedido permiso a Neville Longbotton para ir a Rumanía y ver a su primo Fred Weasley convertirse en dragón.

Desde que Cornelia Brooks hubo descubierto su destino, la intentaba distraer con sus oxidadas técnicas de flirteo. Sí, no era lo que uno esperaría del sujeto de legendarias profecías... Pero era un adolescente y no podía evitar disfrazar sus ganas de acorrolarla en un pasillo y besarla con comentarios sarcásticos que ella siempre encontraba la mejor forma de responder. Unas ganas que, en una sola ocasión, no pudo esconder. La Torre de Astronomía, tras una de sus largas clases nocturnas, había presenciado como el Premio Anual y la alumna más prometedora de Gryffindor se fusionaban en un beso prolongado y apasionado que solo pudo interrumpir el Prefecto que hacía las rondas aquella noche -quería a su hermano, pero en ocasiones se planteaba el fatricidio contra Albus Severus Potter.

Al distraerla a ella, se percató de que nadie le estaba distrayendo a él de todas las cosas que tenía en la cabeza últimamente. Había sido un alivio y un peso menos sobre sus hombros el hecho de ocultarle a Cornelia que era la descendiente de Salazar Slytherin y Morgana, así como la posible Portadora de su alma. No le había contado que había personas que estaban buscando soluciones para ello. No le había comentado en qué consistían esas soluciones porque no quería hacerle ilusiones. Y porque, además, tendría que revelar que eran almas gemelas -algo que sabía gracias a que era un licántropo. No era que tuviera miedo del rechazo de Cornelia si se lo contaba -algo que podía ocurrir y que aterraba hasta la médula al mayor de los Potter; sino que aquello significaba que había una verdadera posibilidad de que todo se solucionara... Solo que a James Sirius Potter le costaba pensar en ella. Si él no la había asimilado, ni de coña iba a dejar que Cornelia estuviera preocupada de más. Solo hasta que comprobara que era cierto.

Y, además, había visto solo unas horas a Fred en la Mansión Malfoy en Navidad. Ni siquiera se había quedado para pasar la Navidad en la Madriguera. James intuía que todo aquello le recordaría a Roxanne y a Sue. Había presenciado que Fred estaba más animado. Había bailado con su madre. Se había reído con Carter y con él. E incluso le había confesado que era un Animago y que su forma era un dragón. Más era su mejor amigo. Su hermano. Sabía que todo era un acto para que nadie se siguiera preocupando por él. Porque vio su mirada cuando Monique Jordan se rió creando el mismo sonido que la risa que tenía Susan Jordan. Lo vio en sus ojos porque él mismo se giró hacia la hermana de su mejor amiga para comprobar que no estaba soñando. Y, si alguien preguntaba, estaba soñando. Susan Jordan estaba muerta. Y Fred y James aún no habían hablado de ello. Y, por los ojos de Fred, era una lucha que Fred aún no había ganado.

Así que James se propuso hacer lo que siempre hacía. Ayudar a los demás para escapar sus propios problemas.

Cuando llegó, lo primero que hizo Fred -sin previo aviso a los presentes -fue convertirse en un gran dragón y alzar su vuelo, causando que la hierba y el aire que salía al batir sus gigantescas alas, los hicieran temblar. Estaba claro cuál era su intención al hacer aquello. Quería demostrarle a James que no tenía por qué sentir pena por él. Fred no quería lástima. Quería que admiraran su fortaleza. Solo si James no lo conociera bien.

Horas después, estaban en la tienda de campañas de Charlie Weasley, intercambiando una botella de whiskey de fuego y James decidió contarle que estaba empezando a sentir cosas por Cornelia Brooks. Al principio, no supo si hacerlo o no. ¿Se molestaría su mejor amigo si James tenía la oportunidad de tener algo que a Fred le habían arrebatado? Se encargó de contarle que estaban fatídicamente condenados a un destino horrible. Conforme se lo estaba contando, supo que era lo correcto. Era Fred. Estaba feliz de que su mejor amigo estuviera feliz. Si no se lo hubiera contado... Ese habría sido el problema. Fred parecía ser feliz a través de James. Y James vio que -incluso si había palabras que evitaba mencionar cuando hablaba -era tan fuerte como quería demostrar ser.

Lo había subestimado. Era un Weasley. Encontraban el coraje en lo más profundo de su ser y era lo que les hacía seguir adelante. Incluso si abandonaban a sus seres queridos para encontrarse primero a ellos mismos. Le diría a su tío Ron que su sobrino Fred tenía eso en común con él.

El whiskey de fuego que les ofreció su tío Charlie hizo que Fred se sintiera más cómodo hablando de sus propios miedos. Le contó cómo no había podido dormir durante meses. Cómo todo lo que hacía le recordaba a Susan. Cómo la culpa de cómo había ocurrido le había corrompido. Y cómo convertirse en dragón le hacía olvidar su dolor... Y lo convertía en la rabia a la que no quería volver a sucumbir como hizo cuando murió su hermana.

-Cuando alguien que amas muere, y no lo esperas…No la pierdes de golpe, sino en pedazos durante mucho tiempo. La forma en la que no tienes sus cartas en los meses de verano, y su olor se desvanece en las almohadas e incluso en la ropa que me robaba y que ella se solía poner…-Fred suspiró. Entrelazó sus dedos y le miró con una triste sonrisa. - Poco a poco, se acumulan las partes de ella que han desaparecido. Justo cuando llega el día, cuando hay una parte que falta en particular que te abruma con la sensación de que se ha ido, para siempre, llega otro día, y otra parte que falta específicamente -Le puso una mano en su hombro. Como para ofrecerle apoyo. Porque se dio cuenta de que James aún no había llorado la muerte de su mejor amiga. Y sus ojos se habían comenzado a empañar. -Susan morirá una y otra vez durante el resto de mi vida. El dolor es para siempre. No se va…Se convierte en una parte de ti, paso a paso, aliento a aliento. Nunca dejaré de afligirme porque nunca dejaré de amarla. Así es como es. El dolor y el amor están unidos, no se consigue uno sin el otro. Todo lo que puedo hacer es amarla, y amar al mundo, emularla viviendo con audacia, espíritu y alegría.

Sonrió cuando acabó. Pero James no pudo verlo. Aquello le superó. No estaba preparado para que Fred Weasley postrara todo su dolor ante él. No estaba preparado para que le contara cómo había sentido la muerte de su mejor amiga. La muerte de la que había sido el primer amor de su mejor amigo. Y quizás el único. Fred le había hecho recordar sus propios problemas. Sus mayores miedos. Lo había hecho de forma delicada. Derramando todos sus sentimientos mientras bebía de la botella.

James Sirius Potter rompió a llorar.

Había estado viviendo en una burbuja todo aquel tiempo. El Temple le tenía ocupado. Hogwarts, el Premio Anual, Moonlight y la nueva manada, el equipo de Quidditch de Gryffindor. Su madre. Su padre. Sus hermanos. Cornelia. Todos les mantenían alejados en una rutina a la que se había amoldado a la perfección.

Como Fred se había dado cuenta: no había llorado la muerte de su mejor amiga. No había tenido tiempo. Quizás porque la ausencia de Fred hacía que la ausencia de Susan fuese por el mismo motivo. Hasta aquel momento, no había asimilado por completo la muerte de Susan Jordan. Su mejor amiga. Su mejor amiga. La que siempre estaba para ayudarle. Para recordarle lo estúpido que era. Para verla hacer a Fred el joven más feliz del mundo. Para abrazarla cuando James perdió a Hagrid. Para saber que siempre tendría un consejo útil de una persona que daría todo por él. Susan Jordan era la única persona a la que le había confesado indirectamente que le gustaba Cornelia Brooks antes de que su forma licántropa lo confirmara. Y ella lo sabía desde hacía tiempo. Igual que sabía cómo subirle los ánimos yendo a las cocinas en mitad de la noche. O cómo sabía hacerle entrar en razón y bajarle los humos cuando lo necesitaba.

Y no sabría todo lo que había conseguido. Susan habría saltado de alegría al saber que James era el Premio Anual y habría batallado contra todo aquel que opinara que no lo merecía. Y nadie le habría dicho nada, pues la opinión de Susan Jordan era la de un corazón puro. Susan le habría quitado las preocupaciones de encima en torno a todo lo que hacía preocuparse el Temple y Cornelia. A ella se lo habría contado todo. Y ella habría encontrado una solución. Porque, estaba seguro, de que la solución para Cornelia Brooks estaba relacionada con aquello de lo que Susan Jordan se había dado cuenta en sus últimos días de vida. El Amor.

Mientras que se había sincerado con todo lo que sentía, Fred no le contó nada al respecto de cómo ocurrió. No hacía falta. James Sirius Potter lo sabía muy bien. Se lo habían contado en el Temple. Lo había debatido con Charlotte Breedlove. Incluso con Celius O'Smosthery. Susan Jordan había encontrado, gracias al Amor, una manera de tomar posesión del alma que tenía control sobre ella. Había demostrado que en un cuerpo habitado por una segunda alma dominante, el alma de cuyo cuerpo habitaba podía responder a su exterior en caso de extrema urgencia. ¿Qué urgencia mayor que estar a punto de asesinar a la persona que amaba?

Susan Jordan había demostrado que podíahacerse.

No obstante, James Sirius Potter se había sentido muy distante con aquella información. Ajeno a los sujetos que barajaban. Para él, su amiga había muerto... Pero no había ocurrido para su corazón.

En ese instante, fue cuando su corazón conoció la verdad. No volvería a ver a su mejor amiga. Su último recuerdo fue cuando se separaron. Cuando cogió la daga que después se clavaría y le diría con su mirada oscura que hacía bien en ayudar a Cornelia. ¿Por qué no la había abrazado? ¿Por qué no le había dicho que se quedara en casa? ¿Por qué no le había dicho a nadie que necesitaba ayuda?

James Sirius Potter ahogó un grito de rabia entre su llanto. Fred Weasley lo tenía aprisionado en un abrazo cálido. Esperó a que se calmara. Le ayudó a limpiar su cara. Hizo un par de bromas para suavizar su ritmo cardíaco. Agradeció a su amigo aquello. Más se sentía algo vacío por dentro. Como si al derramar aquellas lágrimas hubiera perdido a algo dentro de él.

-Debería irme -Dijo finalmente James.

Porque se había sobrepasado el límite impuesto por Neville Longbotton y no podía hacer que el Departamento de Transportes Mágicos tuviera que ajustar la hora de su próximo traslador.

-Voy contigo... Podría servirme una charla con el director sobre cómo recuperar un año de Hogwarts a distancia -Sugirió Fred con una cándida sonrisa.

Era una de las cosas que Fred Weasley le había comentado. La culpabilidad por saltarse su último año en Hogwarts -algo que tenía planeado desde el inicio del sexto curso -le estaba comiendo. Era solo un año. Quizás ahora estaba ocupado como un soldado del Temple. Como ayudante de Charlie Weasley y de las criaturas mágicas que había alineado. Pero, ¿y si ganaban? Ya no necesitarían a un soldado. Acabar Hogwarts quizás se lo agradecería su futuro en algún momento. Y también era una forma de pensar en positivo. Lo estaba haciendo para el "después". Algo que se quedaba siempre atascado en la garganta de James.

James le había confesado todas las opciones de futuro que tenía. Y cómo había rechazado una tras otra. Fred Weasley se horrorizó al escuchar que le había dado puerta a Puddlemere United -el equipo favorito de James Sirius Potter. El sueño de James. No era algo que el resto supiera. Que James Sirius Potter no quería ser Auror de pequeño -como su hermano Albus. Sino una estrella del Quidditch -como lo había sido su madre. Fred le había abrazado por que su sueño de su infancia se hubiera destrozado por una guerra. ¿Y qué haría "después"? No lo sabía. No sabía si habría un "después" para él. Pero eso no se lo dijo a su mejor amigo. Optó por decir que, con la experiencia que estaba adquiriendo, probablemente se uniría al Ministerio de Magia. Al Departamento de Cooperación Mágica Internacional, por ejemplo. Pues rechazar el puesto de Asesor Junior del Ministro de Magia era algo que habría hecho en todas las posibles realidades.

Ambos dejaron la botella de whiskey de fuego a un lado.

-¿Seguro que quieres venir? -Cuestionó James.

No era necesario implicar todos los recuerdos que el castillo podrían inducirle.

-Claro -Se encogió de hombros.

Quizás necesitaba aquello. No podría estar toda la vida evitando los lugares donde amó. Él lo había dejado claro. Debía seguir viviendo.

-Vamos, pues.

Hablaron de algo menos intenso. Hablaron del nuevo equipo de Quidditch de Gryffindor. Y del paradero de los antiguos jugadores. Fred le contó que veía más de lo que otros creían a Dominique Weasley y que no era como él siempre había pensado que acabaría siendo. James le contó los avances escasos de la nueva manada de Moonlight. Y se dirigieron al Traslador.

Ambos estaban acostumbrados a cambiar su forma corporal en criaturas mágicas. Algo que habían aprovechado el tiempo que Fred estaba convertido en dragón y James en lobo. James Sirius Potter pudo entender lo que su abuelo podría haber sentido con sus mejores amigos. Fue suficiente euforia para durarle semanas.

Por lo que un viaje en el espacio y tiempo ya no les producía las naúseas que hacían antes. Aterrizaron en el despacho del director de Hogwarts. Asustando a un joven Frank Longbotton que entrecerró los ojos al verles.

-¿Por qué siempre haces cómo si no te gustáramos un pelo? -Dijo Fred a modo de bienvenida.

James olvidó contarle su reciente amistad con el que había sido un distante imbécil el año anterior. Por lo que Fred no entendió el sarcasmo cuando Frank Longbotton se incorporó del sillón y les dirigió una sonrisa torcida.

-No lo hago -Respondió Frank. -Simplemente no soy devoto de los Potter.

Ironía o no, el hecho de que los dos hermanos Potter tuvieran interés en sus "hermanas" era algo que Frank Longbotton parecía no querer digerir de manera natural.

-Oh, amigo -Se rio Fred. -¿Es porque es más guapo que tú?

-¿Eso es lo que crees que pasó?

Tuvo que parpadear varias veces para comprender el significado intrínseco de aquella pregunta. Le tambaleó el conocimiento sobre el que había sentado la base de su nueva investigación. Había creído que era un soporte seguro, fiable y que no se había equivocado. Hugo Weasley frunció el ceño ante Charlotte Breedlove.

Se giró, sin pensar en qué pensaría Breedlove, hacia los amigos que le habían acompañado aquella vez, con orejas extensibles, con la finalidad de que anotaran aquella conversación. Les contempló y se sintió aliviado al saber que en Cabeza de Puerco había personas que le apoyarían en caso de encontrar errores en su teoría. Pues no había nada que más odiara Hugo Weasley que cometer un error.

Lorcan Scarmander era el que anotaba todo rápidamente como si fuera un transcriptor. ¿Quéharía sin su mejor amigo y su metodología exhaustiva? No quería averiguarlo. Se alegraba de que fuera su mano derecha en todo lo que hacía. Sus otros dos amigos. Era algo más diferente. Sebastian McKing estaba postrado de manera despreocupada sobre el banco y fijaba su mirada en Hugo Weasley -su habitual sonrisa sustituida por una expresión seria que le mantenía alerta de todo su alrededor. Estaba allí por su habilidad especial para aparecer y desaparecer. Pero también porque era su amigo. Pese a que, en aquellos últimos días, se había sentido incómodo a su alrededor. Y no porque estuviera besando a Peter Greenwood cada vez que tenía una oportunidad. Hugo no quería pensar en aquello y distraerse. Como intentaba no hacer Lyslander Scarmander. Le había regalado el baúl de su abuelo -que resultaba esconder en su interior una especie de habitación para alejarse del mundo cuando lo necesitara como si fuera una Sala de los Menesteres portátil -, y lo había utilizado para huir de todos cuando comprendió a quién se estaban enfrentando en realidad. La única persona a la que había dejado entrar era a Lys. Y no le supo explicar por qué.

-Eso es lo que Merlín escondió en su libro... Lo que usted misma le dijo a Timothé Marrs -La acusó.

-¡No iba a revelarle todo a un empleado del Ministerio! -Dijo, ofendida. -Le conté a ese Inefable lo necesario para que comprendieraís la gravedad del asunto...

-... ¿Pero no nos lo contaste todo? -Intuyó Hugo.

Charlotte Breedlove le dio un sorbo a su cerveza de mantequilla. Hugo había optado por pedir un simple vaso de agua. Quería todos sus sentidos en alerta.

-Ya te he dicho, jovencito, que yo no tengo todas las respuestas -Contestó con una enigmática sonrisa.

Recapacitó. Pensó muy bien lo que iba a decir. No quería ofenderla. O meterse dónde no le llamaban. No obstante, Hugo Weasley era un Ravenclaw. Y si había heredado algo de su padre, era el defecto o la virtud de soltar lo que pensaba.

-Usted puede buscar en las memorias de las antiguas Guardianas de la Magia qué fue lo que pasó con Morgana y Merlín -No era una pregunta. Era algo que le contó una vez. Hugo Weasley no olvidaba ni una palabra si tenía a Lorcan para poder leerlas después. -Si me ha hecho dudar sobre lo que hemos encontrado... Es porque Nymue sabía algo más. Consecuentemente... Usted también.

El orgullo en los ojos de Charlotte Breedlove le hizo hundir sus hombros con alivio.

-Lo importante... Lo habéis acertado -Concedió la bruja. Hugo Weasley no pudo evitar sonreir con suficiencia. -Morgana se encargó de que hubiera un ritual para renacer... -Entrecerró los ojos. -Pero, ¿por qué?

-¿Para vengarse? -Inquirió. -Para completar la profecía... ¿Para crear un Imperio de Oscuridad?

Parecía evidente para Hugo. Los magos oscuros siempre habían tenido aquella clase de aspiraciones. Incoherentes, por supuesto, pero tenían la capacidad de llevarlas a cabo si nadie se lo impedía.

-Quiere unir el mundo mágico y muggle bajo el poder del mágico y que no tengan que esconderse nunca más -Aclaró Charlotte Breedlove dándole un sorbo a su cerveza.

Lyslander Scarmander soltó un grito ahogado al oír aquello. Hugo Weasley se llevó la mano a la frente. Si su camuflaje era pésimo -e inexistente -, las orejas extensibles habían sido delatadas en ese instante. Charlotte Breedlove posó su mirada en su amiga con curiosidad. Hugo vio que Lyslander, en lugar de esconderse bajo la mesa como cualquier mago o bruja haría ante la mirada de Charlotte Breedlove, se incorporó y se desató del agarre de Seb que le impedía hacer cualquier locura, para dirigirse hacia la mesa de Charlotte Breedlove y Hugo Weasley. Caminaba con una cojera casi invisible hacia ellos. Y no miró a Hugo -quizás porque tenía un Avada Kedavra en forma de mirada -cuando se sentó a su lado y desafió a Charlotte Breedlove.

Que Merlín les ayudara.

Abrió la boca para formular una pregunta que Hugo Weasley no había logrado formular.

-¿Por qué quiere que ocurra eso? -Le espetó a la señora Breedlove. Hugo le dio una suave patada por debajo de la pierna que Lyslander Scarmander ignoró. -¿Por qué siempre nos avisa tarde? ¿Cuándo James Potter y Cornelia Brooks ya se han enamorado? ¿Cuándo el Ojo ya sabe quién es el Sacrificio? ¿Cuándo es evidente que no tenemos una solución para evitar que Morgana regrese...? ¿Por qué quiere que fracasemos en evitarlo? ¿Por qué necesita a Morgana?

Hugo Weasley se quedó sin palabras. Jamás se habría planteado aquello. Jamás habría pensado que Charlotte Breedlove querría o necesitaría a Morgana. Entrecerró los ojos y la miró. Pero, por más que las preguntas de Lyslander resonaban en su cabeza, no paraba de pensar en que su amiga tenía razón. Parecía justo aquello. Charlotte Breedlove era la Guardiana de la Magia. Del equilibrio. De una paz. Las Guardianas debían ser neutrales. ¿A aquello se refería? ¿A que necesitaba a Morgana para que la Magia encontrara el equilibrio?

Su orgullo por lo que Lyslander acababa de acusar se vio camuflado por algo que no pensaba que sentiría en mucho tiempo: temor.

-¿Esta es la jovencita que te ha traducido el libro de Merlín? -Miró a Hugo cuando preguntó aquello. Supo que Lyslander no se sintió ofendida. -Dime, ¿cómo conoces la escritura de las Guardianas de la Magia?

Lyslander no apartó la mirada de la señora Breedlove. Hugo intuía que algo dentro de ella hacía que la odiara. Y era su esencia de Hufflepuff. La señora Breedlove no les era por completo leal. Ambos sabían que pondría a quien ella quisiera en peligro si así se mantenía el equilibrio mágico. Era algo que su amiga jamás toleraría.

-Xenophilius Lovegood, mi abuelo, nos la enseñó -Contestó.

-Creía que era el cifrado de Merlín que utilizó más tarde el Ojo y que descubrió Grindelwald...-Comenzó a decir Hugo.

Fue interrumpido por la mano alzada de Charlotte Breedlove que hizo que se detuviera. Dirigió su mirada a Lyslander.

-Parece que el libro de Merlín ha vuelto a caer en manos de los Lovegood -Dijo más para ella que para los presentes. -Un seguidor de Grindelwald obsesionado con las Reliquias de la Muerte vendió ese libro a su abuelo asegurándole de que en él se encontraba el origen... Le enseñó a descifrar ese lenguaje...Un lenguaje que escondía diferentes rituales que tu abuelo no dudó en llevar a cabo para ayudar a evitar el destino cuando una descendiente de Morgana le pidió ayuda...Pero tu abuelo, tras ver los horrores de la guerra... Depositó ese libro en la colección de Miranda Goshawk -Aclaró. Hugo tragó saliva. La mirada de Charlotte Breedlove. -Y Hugo Weasley lo volvió a rescatar para usted.

-¿El señor Lovegood ayudó a Ivonne Donovan? -Cuestionó, tan intrigado como sorprendido, Hugo Weasley.

-Y ahora habéis descifrado todo gracias a otra Lovegood -Finalizó Charlotte Breedlove. Parecía tener tendencia a ignorar a Hugo aquel día. -Un libro que utiliza un lenguaje que Merlín quiso aparentar crear... Cuando lleva milenios cubriendo las paredes de los dos Templos de las Guardianas de la Magia -Hugo Weasley tragó saliva. ¿Por qué Charlotte Breedlove parecía irritada con aquello? -Salazar Slytherin robó el libro a su antiguo pupilo... Merlín.... Cuando se dio cuenta de que el mago estaba intentando detener las profecías...Y así es cómo Morgana supo seguir las instrucciones para asegurarse de que su alma resucitara.

-¿Cómo aprendió esas escrituras Merlín? -Preguntó Hugo.

-Merlín conocía el templo de Nymue... Nymue le ayudó a entender todo aquello si le prometía no llevárselo fuera del Templo... Pero Merlín era un mago ambicioso. Copió las creaciones y fórmulas...-Hugo tuvo que arrugar el rostro. Estaba aprendiendo que el mago más poderoso de todos los tiempos lo fue gracias a Nymue, una bruja que aparecía en los libros de Historia de la Magia como aquella que acabó con el futuro de un gran mago. Su madre tenía razón.- En base a todo ese conocimeinto, creó las Reliquias de la Muerte, pero no sabe cómo acabaron con los Peverell -Anunció Breedlove. Algo que tenía mucho más sentido que saber que había salido del propio Merlín. Dumbledore estaba equivocado.- El único ritual que no venía escrito en los muros de su templo... Fue el que creó Merlín gracias a todo lo que había aprendido... El ritual que le permitiría detener a Morgana en el futuro... Pero Salazar robó su libro...Merlín fracasó en detener a Morgana... Y huyó antes de la batalla en la que debía asistirá a Arturo porque sabía que destruiría su alma para que no cambiara su conocimiento...

Lysander se giró hacia Hugo. Sorprendida por conocer la verdad sobre todo el conocimiento de Nymue. Hugo estaba reflexionando sobre toda aquella nueva información.

-¿Y Nymue? -Preguntó finalmente el joven mago.

-Era la Guardiana de la Magia cuando todo aquello ocurrió -Contestó en un suspiro. Como si le afligiera recordar a aquella bruja.- Que se encargó de que hubiera equilibrio.

¿Equilibrio? ¿Qué equilibrio? Hugo no necesitaba responder para saber que el equilibrio era el cumplimiento de las profecías. ¿Aquello era lo que quería Charlotte Breedlove? ¿Qué Morgana volviera? ¿Por qué entonces había protegido a las Brooks? Cerró los ojos de golpe al comprenderlo. Porque si Cornelia y James no se hubieran conocido... La profecía no podría cumplirse. Breedlove necesitaba que su sobrina nieta se enamorara. Y hasta que no lo hiciera... No iba a poder convertirse en Morgana. Más, ¿por qué Morgana les llevaría al equilibrio?

-¿Es cierto que Nymue encerró a Merlín? -Cuestionó Lyslander.

Para sorpresa de Hugo Weasley, Charlotte Breedlove sonrió con tristeza.

-Hubo un tiempo en el que Nymue odiaba a Merlín. Le robó el conocimiento de su templo. Lo utilizó para convertirse en el mago más poderoso de todos los tiempos... Como la profecía decía...-Suspiró. -Sabía que no podía dejar que su poder le acabara corrompiendo.

-¿Merlín, entonces, no era un mago oscuro? -Preguntó Lyslander.

Charlotte Breedlove vaciló ante aquella pregunta.

-No le dio tiempo a serlo -Fue su respuesta.

-Merlín hizo el Estatuto posible... -Comenzó a recordar Hugo Weasley.-Apoyaba a Arturo... Quería destruir a Morgana... ¿Por qué lo encerró Nymue si estaba consiguiendo enmendar sus primeros errores de la supremacía de la sangre? -Inquirió.

-Lo encerró para que venciera el Amor -Respondió con cierto misterio. Hugo y Lyslander se miraron extrañados. Charlotte Breedlove atrapó la mano de Lyslander, quien dio un salto. Hugo se tensó. -Sin la escritura que conoces, jovencita, nada de esto hubiera ocurrido...-La miró fijamente. -Recuérdalo -Lyslander asintió conforme su piel se volvía pálida. -Debo marchar... Sé que aún no sabéis respuestas a grandes enigmas...

-¿Cuál es la dirección que debemos tomar ahora? -Preguntó rápidamente Hugo Weasley.

Charlotte Breedlove retiró la mano de Lyslander. Se incorporó. Los miró desde su prominente altura.

-Piensa si quieres detener al destino o quieres el equilibrio de la magia, Hugo Weasley -Dijo la señora Breedlove. -Recuerda que hay personas que deben sufrir para que haya paz... Nunca hay paz sin que haya antes una guerra.

Diciendo aquello se marchó.

La Guardiana de la Magia acababa de decirles que iba a haber una guerra. Una guerra en la que tendría que morir personas. Vio su propio temor reflejado en los ojos de Lyslander. Se giró para comprobar que Lorcan y Seb también habían escuchado aquello. Lorcan había hundido su cabeza en sus manos. Seb miraba a Hugo fijamente, como desafiándole y aceptando lo que se le viniera por delante.

No supo de dónde procedió lo que sintió dentro. Pero cogió a Lyslander entre sus brazos y la abrazó. Siempre era él el que era atrapado por su abrazo. No al contrario. Pero sabía que su amiga lo necesitaba en ese instante. ¡Él lo necesitaba! Lyslander no tardó en hundirse en su costado. Y, actuando sin pensar, posó su cabeza sobre la coronilla para darle un beso.

-No te preocupes... Todo saldrá bien -Hugo Weasley nunca antes había estado menos seguro de sus propias palabras.

No quería esconder su enfado. Su impotencia. Las palabras que había utilizado Charlotte Breedlove... No. No estaba de acuerdo con ellas. Todas esas premisas de "no puede haber esto sin lo otro"... Era solo útil si se hablaba de algo abstracto. Hacer lo mismo con la paz y la guerra era como si estuvieran racionalizando y aceptando la guerra. Sí, cierto que la paz podría tener mucho menos impato si no estallaba un conflicto... Pero una paz con menos significado sería mejor que cientos de personas que morirían para alcanzar el equilibrio. Acabar con la guerra por completo era probablemente una tarea imposible, pero encogerse de hombros y decir "no se puede tener paz sin guerra" no era una muy buena solución.