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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 21
Luto
Capítulo 20: Luto
El despacho les acogía. La oficina de la directora McGonagall era en sí una gran sala circular con varias ventanas y rodeada de directores y directoras encerrados en retratos. El retrato de Albus Dumbledore se encontraba colgado detrás de la mesa de la cabeza, pese a que ese puesto le perteneciera a Severus Snape, quien se encontraba en el lugar más cercano a la profesora. Quizás fuera propia decisión de Minerva tener a su fiel compañero más cerca que la persona que siempre creyó que fue un traidor. Podría ser tanto resentimiento como vergüenza.
Minerva McGonagall contempló a todas las personas que allí había reunido. Se trataba de un círculo bastante cerrado de personas de su más absoluta confianza. Le rasgaba un poco el corazón pensar que, guerra tras guerra, ella se había mantenido en todas las Resistencias contra las Artes Oscuras. Ese selecto grupo se ampliaría seguramente. Pero, en ese momento, solo podía confiar en aquellos: Neville Longbottom, Rubeus Hagrid, Poppy Pomfrey y el retirado Primer Ministro de Magia Kinglsey Shacklebolt.
-Como ya les advertí, mis queridos amigos, todo lo que debatamos aquí no saldrá de esta estancia. ¿Entendido?
Todos asintieron solemnemente. Respetaban a Minerva e intuían que podían estar allí por los peligros que acechaban las paredes del castillo. No obstante, algunos se preguntaban qué hacían ellos allí, cuando realmente había personas más capaces que ellos para combatir ese Mal.
-¿No debería haber avisado a Harry, directora McGonagall?
-Neville, por favor -le recriminó Hagrid, más como un profesor a un alumno, que como colegas de profesión que eran.
-¿Por qué estamos aquí, Minerva? -esta vez fue Kingsley el que se cuestionó su propia presencia allí.
-Porque así lo he decidido yo -Minerva les desafió con la mirada.
-Por supuesto -cedió Poppy Pomfrey, orgullosa de compañera de tantos años.
-Ya conocen la situación que se vive entre los muros de este castillo: un alumno ha sido asesinado. También son conscientes de los rumores que se difunden sobre quién puede ser el culpable… Y sabéis que no me refiero a antiguos seguidores de Tom Riddle.
-¿El Clan del Ojo? -atinó a decir Neville.
-Sí, ese es el nombre por el que más gente los conoce en esta era.
Los presentes intercambiaron una mirada de preocupación.
-¿Está diciendo que existe de verdad? -Inquirió Neville, con una actitud escéptica.-¿Y cómo es que nunca hemos oído hablar de ellos?
-Porque ellos no querían que usted oyese… Hasta ahora -advirtió la directora. -Aunque sí que los conocen. Han estado detrás de cada catástrofe que se imaginan del mundo muggle o mago. Han oído hablar de sus miembros a lo largo de la historia y han estado en sus pesadillas.
-¿Tom Riddle también?
-Bueno, Riddle era más megalómano… Y ellos son lo que se esconde detrás de la cortina. Quizás entrase en contacto con ellos o quizás no. Quizás hubo mortífagos que procedían del Clan. O quizás hubo mortífagos que se unieron a él.
-¿Cómo sabe usted todo eso? -volvió a preguntar Neville, aún escéptico ante todo aquella información que, de algún modo, se podía intuir sabiendo que el Clan no era un cuento chino.
-Porque ya tengo muchos años… Y en tantos años, una anciana como yo alberga mucho conocimiento. Es lo que nos hace poderosos.
-Y lo que la puede poner en peligro, Minerva -recordó Rubeus Hagrid, visiblemente preocupado por la tenacidad con la que hablaba su vieja amiga.
-Por eso estáis aquí -confesó la directora. -En un tiempo, se darán cuenta de que yo sé algo que necesitan. Y será cuando tendréis que proteger este colegio. Aún contamos con años para adecuarnos a esta nueva guerra. Solo quiero que estéis preparado, amigos míos, pues es muy probable que lo único que podamos hacer en esta ocasión no sea ganar, sino sobrevivir. Pero eso es algo que los demás aún no deben saber.
-Pero los alumnos van a preguntar, Minerva -advirtió Neville. -¿Qué les decimos: que fue un accidente? Hay alumnos que vieron la sangre, maldita sea…
-Me temo que no será la única sangre que verán, ¿verdad, Minerva? -razonó Kingsley. Su semblante se ensombreció. No sabía que la directora estaba más implicada de lo que imaginaba en los asuntos que habían puesto a otros Ministerios patas arriba. -¿Qué les dirá ahora?
Vio cómo el fuego ardiente en los ojos de la directora reconocía que ambos tenían información que el resto de los presentes desconocían. El Ministro y ella apenas habían mediado palabra desde el atentado al auror en París. Solían confesar sus intervenciones en la política, como, por ejemplo, que Kingsley había reunido a un grupo de aurores para investigar acerca de los temores de Edward Whitehall sobre el oscuro poder que crecía en Europa. No obstante, tras la muerte de uno de los miembros de su grupo, Martindale, la comunicación entre la cabeza del Colegio de Magia y Hechicería y el antiguo Ministro cesó. Quizás por miedo a poner en peligro a Minerva o por miedo de remover aguas que, en vistas de los sucesos, debían permanecer calmadas. Semanas más tarde, la noticia de la muerte del hijo de McKing vino acompañada de la citación de aquel día en su despacho.
-La mayoría intuye que no fue un accidente -interrumpió Hagrid. Suspiró y se rascó la barba. -Los hijos de Potter... Vinieron a verme en varias ocasiones… Y también he visto movimientos en el Bosque. Digas lo que digas, Minerva, ellos querrán luchar.
Estaba en un sitio oscuro. Juraría que no era Hogwarts. De repente, sintió un escalofrío recorrer toda su espina dorsal. Si no era Hogwarts, ¿dónde estaba? Intentó ajustar su vista a aquel oscuro antro, pero los contornos se veían muy borrosos y parecía que el tiempo pasaba deprisa, como si pudiera ver los minutos pasar a su lado. Era como si su percepción le dijera que llevaba ahí mucho tiempo.
Una fuerza la sacó de ahí. La arrastró por el suelo hasta otra habitación más iluminada. Se dejó llevar. ¿Cómo pretendía ella oponer resistencia a lo que fuera que estuviera pasando? Además, no sentía ningún tipo de dolor. Tampoco vio el rostro de quien la estaba arrastrando.
Una figura abultada, bastante alta y fornida, se acercó a ella, postrada en el suelo sin intención de moverse. Le tiró un objeto al suelo que tardó en ver, como si sus ojos tuviesen una niebla que no les permitiera ver bien. Se trataba de un espejo. Un espejo ovalado con un mango de plata.
¿Se suponía que lo tenía que usar para verse?
Lo suspendió en el aire a la altura de su rostro.
-¡AAARGH! -el grito que salió desde lo más hondo de su ser la zarandeó por completo, la sacudió y la petrificó.
El cristal se rompió en añicos. Aún podía ver, en los pedazos que chocaron contra el suelo, su rostro descompuesto, su dulce cara llena de cicatrices y bultos. Era difícil reconocer su propia identidad en aquel reflejo, pero Victoire Weasley conocía demasiado bien sus facciones como para determinar que se trataba de ella.
De pronto, se despertó de aquel sueño. O, más bien, pesadilla.
Aspiró una bocanada de aire para llenar sus pulmones. Acto seguido, la expulsó como quien expulsaba un mal sabor.
-¿Estás bien? -le preguntó Savannah Clearwater desde el marco de la puerta de su habitación.
Ella asintió, visiblemente perturbada. Se palpó el rostro para comprobar que todo aquello era un sueño. Efectivamente. Su cara estaba tan suave como siempre.
-Era solo una pesadilla -se excusó, sabiendo que probablemente su grito habría traspasado los límites de los sueños.
Su compañera de cuarto frunció el cejo.
-Si no te apresuras, llegaras tarde a la charla de McGonagall -dijo sin más, antes de marcharse.
Telas negras suspendidas en el aire eran la decoración que aquel lluvioso día de finales de abril les había aportado. Transmitían solemnidad y, en el momento en el que entrabas en el Gran Salón y se divisaban, se removían un poco las entrañas de uno. Los alumnos habían ido entrando en silencio. Sabían el porqué de aquella asamblea. Unos tragaban saliva y a otros se les escuchaba el corazón palpitar.
Ninguno podía decir que tenía una estrecha relación con Richard McKing Jr. Todos, no obstante, sabían quién era porque lo habían visto en los periódicos o porque él mismo se había encargado de dejarlo claro. Quien hubiera tenido más roce con él se aventuraría a decir que era un niño caprichoso y mimado, algo que uno no intuía dada la personalidad de su padre. Era el primogénito y heredero del legado de los McKing, una familia de origen galés que había emigrado a Estados Unidos antes de las guerras y había prosperado.
-El Ministro no vendrá -oyó decir a alguien, como si estuviese respondiendo a una pregunta que ella misma se estaba planteando en su cabeza.
Cuando todos los alumnos hubieron entrado, las puertas del salón se cerraron. Alzaron la mirada hacia la directora que se acercó al atril decorado con una gran águila con las alas desplegadas.
Roxanne Weasley buscó en la expresión de la directora un atisbo de vulnerabilidad. Quería creer que estaba perturbada por la primera muerte de un alumno en el colegio desde la Batalla de Hogwarts. Quería creer que le había pillado por sorpresa y que no dormía bien por las noches, pero no tenía ojeras. Sobre todo, quería creer que McGonagall confesaría que Hogwarts no era un lugar seguro y que huyesen todos de allí.
La directora comenzó hablar. Otorgó palabras a la víctima, alabando su ambición, su efímero paso por el castillo, como si fuera un héroe más. Roxanne decidió dejar de escuchar entonces. Le parecía increíble que la directora estuviera tratando de suavizar la situación cuando un alumno había muerto y dos se encontraban en Enfermería. Y uno de ellos era su hermano.
Además, sabía que la causa de aquellos «accidentes» era un basilisco. Los alumnos estaban al tanto, quizás no sabían exactamente que se trataba de una serpiente gigantesca, pero muchos lo intuían. Daba rabia que incluso después de la redada en Navidad, siguieran sin estar a salvo.
La directora, en cambio, les daba esperanzas.
-… Hogwarts siempre será un lugar seguro para vosotros. Nunca lo dudéis. Pero, como podréis ver en los periódicos, vivimos en tiempos de paz y la paz no es eterna. Solo os pido que me ayudéis, como lo han hecho los alumnos de Hogwarts desde su fundación, a proteger el castillo. A protegeros. Este Gran Salón ha presenciado a grandes héroes. Espero que los que os encontráis hoy presentes también lo seáis…
Roxanne Weasley se obligó a dejar de escuchar. No se podía creer que después de todo lo pasado la directora les estuviese animando a dar la vida por un causa incierta.
Observó el rostro de sus compañeros de la Casa Gryffindor. Todos aspiraban ese discurso y este les nutría de valía en su interior. Contempló como su prima Lucy, en frente de ella, sonreía sin querer asintiendo a las palabras de la directora. Al lado de esta, Louis Weasley entornaba los ojos con seriedad, asimilando la imperativa de la directora. Se giró hacia Dominique Weasley, quien movía la cabeza siguiendo el ritmo de las palabras de McGonagall. Y, por último, miró a James y se le encogió el alma al ver como el muchacho al que quería como a un hermano tenía los puños cerrados y se le venía en lo alto el peso de una persona que siente la responsabilidad de hacer algo por los demás.
McGonagall acabó el discurso con alguna frase robada de la hemeroteca de directores que habían pasado por momentos similares. Era una mujer que respetaba el pasado y quería trasladarlo al presente para evitar caer en los mismos errores. Y, sin embargo, lo estaba haciendo.
-Luego dirán que no, pero Cross ha salido disparada de aquí… En serio, yo pienso que algo turbio se cuece con esa pandilla pero nadie me hace caso -razonó Louis Weasley, señalando la mesa de los Slytherin.
En efecto, Gwendoline Cross había sido de las primeras en abandonar el Gran Salón. Se percató del grupo o la «pandilla» que había dejado atrás. Sin duda, estaba segura de que no se podían tramar nada bueno… Pero, ¿serían ellos los culpables de introducir un basilisco en el castillo?
Con un ímpetu que incluso la sorprendió a ella se levantó y se dispuso a seguir a Cross. Como la alumna de Slytherin ya se había adelantado, tuvo que apresurar su paso con zancadas. La divisó llegando al puente reconstruido.
-¡Cross! -no dudó en llamarla en el momento en el que lo hizo, pero, justo cuando sus palabras se escaparon de su boca, se arrepintió.
Gwendoline Cross se dio la vuelta, irritada. Claramente le había molestado ser seguida. Sobre todo por una Gryffindor, pensó Roxanne.
-¿Qué quieres, Weasley? -le espetó.
¿Y qué le iba a decir ella?
Observó cómo sacó su varita y se acobardó.
-Yo… -¿Por qué la había perseguido? ¿Qué la había movido a seguir a la, probablemente, persona más peligrosa de Hogwarts?
-¿Se te ha congelado la lengua como se ha congelado tu hermano?
Justo entonces un latigazo de rabia la despertó.
Y se abalanzó sobre ella con puños y uñas.
Como todos los domingos desde que su mejor amigo se quedó petrificado, James Potter acudía a su cita solitaria en Enfermería para llevarse un cuenco de arroz con salsa de tomate y comer junto a Fred Weasley. Las averiguaciones de sus amigos no iban a ningún lado en ese momento y él sentía la necesidad de acabar con el basilisco cuanto antes. Ya no era porque quisiera ser un héroe recordado como lo era su padre, sino porque había algo en él que le envalentaba. Quizás era genética.
Madame Pomfrey le había advertido que aquel día era especial. Por lo visto, aquella tarde de primavera era el día que Cornelia Brooks despertaría de su largo letargo. A James aquello le emocionaba por una soberana razón. Era, obviamente, que quedaba menos para que Fred se recuperara.
-¿Potter? -una voz, más bien un murmullo, le abstrajo de sus pensamientos. Miró hacia su origen y vislumbró la silueta recortada por la luz de la ventana de Cornelia Brooks. Se había incorporado y le miraba con extrañeza. -¿Qué me ha pasado? -preguntó, llevándose la mano a la frente.
James Potter tragó saliva.