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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 211

Despegó sus pestañas con cuidado. Su cabeza dio vueltas. Todo a su alrededor debía ser parte del sueño, pues no tenía sentido. Se incorporó poco a poco. Trazó líneas con sus dedos sobre dónde estaba tumbada. Piedra fría. Con musgo. Lanzó un grito ahogado cuando vio que todo su cuerpo estaba cubierto de ramas verdes y flores. Se llevó la mano al rostro. Estaba pintado con barro. Frunció el ceño. ¿Dónde demonios estaba?

Un hormigueo en sus pies le obligó a mirar hacia allá. Unas hadas pequeñas paseaban por sus tobillos una de esas ramas. 

-¡ARRGH! -Las sacudió sin importarle lo que hubiera dicho su padre si la viera.

Olía a nenúfares. A hierba mojada. Vio que estaba en una especie de cueva. Sobre su cabeza, una cristalera que daba paso a una inmensa masa de agua que se posaba sobre ella. Como si estuviera en la Sala Común de Slytherin. Su mandíbula se desencajó. Sirenas. Gente del mar. Cruzando sobre su cabeza. 

Una de las hadas del bosque a las que había tirado al suelo embarrado se aproximó a su hombro. Y se posó allí. Alice Longbotton aguantó la respiración. ¿Estaba en un sueño?

-Señorita Alice, ¡por fin ha despertado! -Exclamó con voz cantarina. -¡Empezamos a pensar que nunca lo haría! -Se rio sobre su barriga e hizo un gesto con la mano para que alguien más en la habitación se acercara a ella.

Entonces, la vio.

Juró que la había visto antes. 

-Oh, querida, ¿te encuentras bien? -Le preguntó la sirena que se movía con una masa de agua encantada a su alrededor. Alice asintió confusa. -Sé que el letargo mágico puede ser agotador -Le sonrió.

Alice Longbotton había conocido antes a gente del mar. No eran las criaturas favoritas en su experiencia. La gente del mar de agua fría, los selkies y los merrows, eran poco agraciados. Chillaban y hacían ruidos que significaba su propia lengua. Pero aquella criatura era una sirena de agua caliente. Las sirenas que los muggles habían imaginado en sus leyendas. Y aquella era tan bella como siempre había imaginado. Su atractivo era exuberante. Su cabello violeta ondeaba como si estuviera bajo el mar. Sus profundos ojos negros estaban clavados en los de ella como si conociera lo más recóndito de su alma. 

-Sí, estoy bien -Musitó, aún absorta en la belleza de la sirena.

-Soy Zinnia -Se presentó, aunque supuso que ya la había conocido antes. -La reina de la colonia de Skye. 

Aquello llamó aún más su atención. La Isla de Skye. Su padre siempre le había contado que allí era donde residía la colonia más importante de gente del agua de Europa. Después de la masacre en Grecia hacía siglos, todos habían huido del Mediterráneo a las costas nórdicas. 

Más no fue aquello lo que le llamó la atención. Sino que la colonia estaba situada en una de los sitios ocultos de manera natural a los ojos de los muggles. Era esa la razón, por la que hacía milenios, la colonia se había asentado allí, huyendo de los muggles. Hadas del bosque, brujas perseguidas y sirenas habían ocupado aquel lugar durante más de un milenio. Ocultadas bajo la niebla que se creaba a su alrededor. 

Los antiguos muggles la habían llamado Avalon. Según las leyendas sobre Merlín y Morgana que tantas veces había leído con Rose, Morgana llevó a Arturo allí para descansara para siempre. Era Avalon donde Morgana, según la leyenda, había llevado al amor de su vida para intentar evitar su muerte. Nadie podía evitar su muerte, sin embargo, ni siquiera las nueve reinas que habitaban entonces la isla. Cada una de una especie. Alice intuyó que había fragmentos de la historia que se habían perdido en el tiempo.

En aquel momento, no obstante, se encontraba frente a la Reina de Avalon. Una sirena. 

¿Qué hacía? ¿Se arrollidaba ante ella? ¿Cómo nadie le había avisado antes? 

Por pura intuición, se giró para ver dónde había reposado su "letargo mágico". Hasta aquel momento no se había dado cuenta de que no era una piedra cualquiera. Sino una especie de…

-¿Eso es…? -Señaló a la construcción de piedra.

-El Rey Arturo descansa aquí desde hace mucho tiempo -Respondió Zinnia. Alice Longbotton alzó las cejas y se quedó sin palabras. -Las nueve reinas que estuvieron aquí aquel día… No pudimos hacer nada por salvar la vida del héroe -Se lamentó. Alice estaba en shock. ¿Acababa de decir que ella también estuvo allí? ¿Qué Zinnia era una de las nueve reinas de la leyenda? La miró con admiración. -Crearon este santuario para él y con uno hechizo por el que dieron su vida… Consiguieron el "letargo mágico" con el que cualquier criatura podría recuperarse de cualquier maldición si su corazón era puro -Explicó con orgullo. -Lo hemos usado en ti porque estabas exhausta… Mucho tiempo en Azkaban para poder sobrevivir a una batalla como la de Londres -Le concretó Zinnia.

-¿Y usted…? ¿Cómo es que sigue viva si es una de esas reinas…?

-No, querida -Dijo con una sonrisa Zinnia. -Cuando todas las reinas murieron, cuando Igraine, Elaine, Nymue, Alanis, Maeve, Fiona, Erea y Ula dieron su vida por este mundo mejor… Ula, la reina de las sirenas, me eligió a mí para acompañar a las discípulas de Nymue en sus viajes y ser liderar a la colonia cuando Morgana volviera -No decayó su sonrisa incluso si era la historia más heroica que había escuchado.

-¿Por qué nadie…?

-Es nuestro secreto, Alice -Se adelantó. -Si el Ojo o el Temple supieran que existe una forma de revitalizar las almas… No seguirían su propósito inicial, sino uno más egoísta… 

-¿Y por qué lo ha utilizado conmigo?

Aquello recibió una carcajada cantarina de las hadas que se habían posado sobre sus hombros y de la reina de Avalón. Se sintió estúpida. ¿Tenía Alice el corazón puro? Había una larga lista de personas que encontrarían fácilmente motivos por los que no era cierto. 

-El destino lo quería así -Le dijo enigmáticamente. -Es un secreto que debes conocer y utilizar bien, Alice Longbotton -Le advirtió con solemnidad. -La Guardiana de la Magia te ha elegido a ti para que conozcas el secreto de Avalon. 

-No lo entiendo, yo… No sé por qué yo -No sabía explicar lo confusa que estaba en aquel instante. 

Las hadas volvieron a carcajear. Alice quiso tirarlas al suelo de nuevo, pero intuyó que no sería buena idea si confiaban en ella con algo tan importante. Su cabeza aún daba vueltas. Pero, poco a poco, recordó por qué creía haber visto antes a Zinnia. Se llevó la mano a la boca. Lo había mencionado, ¿no? La Batalla de Londres. Su huida de Azkaban…

-Están aquí también -Completó Zinnia. -Recuerda que este es nuestro secreto, Alice -Incidió la sirena. Alice asintió, un tanto reticente. No quería ocultarle nada más a Albus. -Él lo entenderá -Sinceramente, esa sirena le estaba leyendo la mente con descaro. -No tendrás que ocultárselo siempre -Añadió para su gusto.

Alice asintió. Sintió un peso inevitable sobre sus hombros. Creía que sus tiempos de ocultarle secretos a Albus habían acabado. Cuando Zinnia y las hadas la condujeron hacia unas escaleras de caracol que llevaban hacia plantas altas de aquel palacio celta, sintió nervios acumularse en su interior.

Y todo lo que estaba ocurriendo le vino de lleno a su impotencia. Estaban escapando del Ojo y de Whitehall. Ginny y ella. Albus había decidido acompañarles. Y la Guardiana de la Magia los había llevado a Avalon porque… ¿Alice debía estar allí? Suspiró. Creía que, tras revelarse que Cornelia Brooks era la descendiente y portadora de Morgana, lo único que se complicaría sería protegerla… No que había más secretos. No que la tumba de Arturo estaba justo debajo de sus pies, esperando la oportunidad de refortalecer el alma de los puros de corazón.

Al entrar al Hall, vio a Albus Potter y su madre sentados sobre las grandes escaleras. Aún llevaban la ropa de la batalla. Albus tenía ojeras. Ginny Potter estaba abrazando a su hijo. ¿Cuánto tiempo había estado dormida? 

-Os dejo a solas -Anunció Zinnia. -Si necesitáis cualquier cosa, las hadas me lo comunicarán.

Albus alzó la vista para ver a Alice y una sonrisa radiante le cruzó el rostro. Era contagiosa. Alice sonrió de vuelta. Albus se incorporó. Corrió hacia ella. Y la abrazó. Alice respiró su olor -hedor, porque no sabía cuanto tiempo no se habría duchado -y hundió su rostro en su cuello. Albus la apretó aún más. 

-Alice, cielo, ¿cómo estás? -Le preguntó Ginny Potter con una media sonrisa.

-¡Genial! -Exclamó ella. - Aunque creo que deberíamos quitarnos esta ropa -Dijo Alice, consciente de que había estado con esa ropa durante meses en Azkaban. Así como Ginny Potter. 

Una sonrisa de suficiencia se apareció sobre el rostro de Albus Severus Potter. Alzó una ceja.

-¿Quitarnos la ropa?

-¡ALBUS SEVERUS POTTER! -Le dijo su madre. -¡TIENES DIECISÉIS AÑOS! ¡COMPORTATE DELANTE DE TU MADRE!

-Pero si tú con dieciséis años...

-¡ALBUS SEVERUS! ¡A TU CUARTO! -Su madre se dirigió a Alice. -Me aseguraré de no dejaros a solas...

-Mamá, esto es ridículo. ¡Alice es mi novia! 

-Albus...-Susurró Alice.

-Por Merlín, Albus... Eres peor que tu tío Ron.

Intuyendo que su madre no se andaba con tonterías, el joven agarró por la muñeca a Alice y la hizo correr escaleras arriba hacia los elegantes pasillos. La entró en una habitación que intuyó que debía de ser la suya. Albus cerró la puerta de un sopetón.

-Albus, creo que deberíamos respetar lo que quiera tu madre -Razonó Alice, siendo lo primero que le decía verdaderamente a Albus después de tanto tiempo. 

-Sí, sí....

Los pasos de Ginny Potter resonaron en el pasillo. 

-¡ALBUS SEVERUS POTTER! ¡QUE ESTÉ CIEGA NO SIGNIFICA QUE ESTÉ SORDA NI QUE PUEDA MALDECIR TUS PELOTAS!

-Por Merlín -Suspiró Alice.

-Llevo sin verte mucho tiempo... Si quiero besarte, lo voy a hacer.

Albus le sonrió -esa sonrisa sarcástica que en tantos líos la había metido desde que era una niña y que, incluso cuando a veces le había llegado a molestar, nunca podía resistirse. Sus ojos esmeralda eran tan brillantes como recordaba. Su pelo negro estaba desordenado hacia un lado, como si acabara de despertarse. Estaba incluso más atractivo que cuando la vio en Navidad. Más alto, rasgos más cuadrados y más musculoso. 

Lanzó sus brazos alrededor de ella. Y se besaron. Y nada más importó. Un asteroide podría haber colisionado con el planeta y arrasar con toda la vida, que a Alice no le habría importado. 

Todo estaba mal. Todo estaba condenado a la oscuridad. Al caos. A la destrucción. Morgana volvería y acabaría con todos ellos. ¿Cómo había podido ser tan ingenua hacía ocho meses? ¿Cómo había dejado que sus emociones le hicieran bajar la guardia? ¡Justo cuando más necesitaba estar al tanto de todo!

Ser vidente la había ayudado a saber qué estaba ocurriendo con el mundo mágico, el cual había colisionado con el muggle. Aquello era justo lo que no necesitaban. Era poner las condiciones exactas al momento en el que Morgana desató toda su oscuridad. Eran las mismas circunstancias. Un mundo asustado por la magia. Una guerra que, inevitablemente, incluía a los muggles. Dos bandos que luchaban por alcanzar el poder. Por una luz o una oscuridad que, de igual modo, arrastrarían vidas innumerables de muggles. Y otras mil criaturas más. 

La Tercera Guerra de los Mundos la había llamado su padre una vez. La primera Guerra fue hacía milenios y milenios, cuando las civilizaciones se estaban creando. Cuando la magia llegó al mundo. Cuando, por primera vez, un mago oscuro hizo ver la necesidad de poner límites. Y acabaron con él. La Segunda Guerra Mágica era la de Morgana y Merlín, derrotando finalmente a Salazar y su discípula para ocultar el mundo mágico para siempre. O eso creían. Porque, con la Tercera Guerra que se acababa de desatar, todo se decidiría. Eran las profecías que surgieron de la Primera Guerra. Las que unían a todas.  A todos. 

Ivonne Donovan suspiró. Había sido ingenua al pensar que podría acabar con la vida de su nieta y tenía esperanzas de que fuera un último sacrificio. No quería matarla. Ivonne Donovan lloraba por las noches a su hija. Siempre había sido su problema. La maldición de los Donovan. La maldición de los Le Fay. El amor. El inevitable amor por el que siempre sobrevivían. Incluso cuando querían morir. 

Había vuelto a ver a Celius. Se odiaba por seguir amándole. Por seguir queriendo que huyera de ella. Por esa razón, cometió el error de huir de él. De bajar la guardia hacia otros magos que durante años la habían perseguido.

No culpaba a Edward Whitehall por odiarla. Ni por ser un mago ambicioso, vengativo y pasional que la aprisionó en su propia casa. Que la hacía pasar hambre. Que le relataba cómo torturaba a todos aquellos niños del Ojo para acabar con el Ojo. 

Ivonne Donovan había descubierto que no quería matarla. Que su muerte debía ser ante el Ojo. Que quería demostrar que a todo el mundo que era el mago que acabó con Ivonne Donovan. Y, para ello, quería antes ubicar la sede del Ojo y ejecutarla allí. Restregarles que habían sido vencidos por él. 

Solo que se equivocó. Igual que ella. Igual que tantos otros. Mientras que Ivonne se equivocó pensando que podría arrebatarle la vida a Cornelia para salvar al mundo; Edward Whitehall había pensando que acabando con Ivonne vencería su propia guerra. Por varias razones se había equivocado. La primera era que no era Ivonne Donovan la Portadora. Sino Cornelia. Y la segunda era el nombre que utilizaba Whitehall para referirse a ella. 

Mordred. 

-No soy él -Le recordó por centésima vez.

El Auror que había acabado con el Departamento gruñó. Estaba furioso por haber dejado escapar a la alumna que había tenido delante de sus narices en tantas ocasiones. Se sintió engañado por el Temple. Y los odiaba. 

-¡CLARO QUE ERES MORDRED! ¡MI TÍO TE LLAMABA ASÍ!

-Tu tío sabía demasiado para su propio bien -Concedió Ivonne. -Pero nunca se refirió a mí cuando hablaba de Mordred… 

-¿Entonces a quién? -Gruñó Whitehall.

Podría decirle la verdad. Algo que Ivonne Donovan aprendió demasiado joven. Algo que enseñó a los hermanos O'Smosthery. Algo que poca gente llegaría a creer. Pero que era cierto.

-A Mordred, Edward -Dijo Ivonne Donovan. Sentada sobre la celda que el Auror había improvisado para ella, se puso más cómoda. -Déjame salir y te llevaré a él -Le propuso.

No era la primera vez que se ofrecía a aquello. Era arriesgado. Ningún farol. Pero Edward Whitehall no se fiaba de ella. Hacía bien. No querría decir que sí a aquella propuesta, de saber a lo que se enfrentaba.

-Solo quieres escapar para ir con…

-¿Con quién? -Le desafió. -Intenté matar a mi nieta… El Temple no confiará en mí.

-¿Entonces a dónde irás?

-Al Ojo -Dijo simplemente. -Siempre tendré una casa allí… Incluso si les he traicionado -Añadió amargamente. -Quieren mi sangre, después de todo. Deben respertarme. 

-¿Por qué piensas que te dejaré ir al Ojo? ¡Precisamente al Ojo!

-¿No quieres acabar con él? ¿No quieres ser tú el que ejecute a Mordred? -Le retó. Vio el fuego peligroso de un asesino en frente de ella. -Puedo decirle a Mordred que tú eres el sobrino del mago que escondió la tumba de su madre -Entornó los ojos.

Ivonne Donovan sabía que Edward Whitehall sabía la razón por la que su tío, el Ministro de Magia de Estados Unidos, decidió morir ante Graham McOrez aquel día antes que decirle dónde había ocultado uno de los artilugios que el Ojo necesitaba para llevar a cabo el ritual del Retorno de Morgana. Por la expresión en su rostro, le era indiferente. Se trataba de algo que quizás había leído de sus diarios. No aparecía en las profecías. Pero el fallecido Whitehall sí que lo sabía. Porque el Temple se lo pidió. Porque alguien del Ojo se lo dio para ocultarlo. 

-Estás mintiendo -Dijo el Auror.

Era curioso. Porque Ivonne Donovan siempre había sabido que era Edward Whitehall el que mentía. El que entró a la guerra diciendo que quería vengar a su tío. Pero tenía otro objetivo en la mente. ¿Por qué otra razón habría entrado en la guerra justo cuando el Ojo dio señales de querer combatir? ¿Por qué, sabiendo lo que se avecinaba gracias a su tío, lo único que había hecho era parecer un mago en busca de venganza ciega? ¿Por qué se había adueñado del Departamento de Seguridad Mágica? ¿Por qué quería torturar a los niños del Ojo para que le reveleran secretos? 

Edward Whitehall ya tenía a Ivonne Donovan. ¿Qué era lo que realmente estaba buscando? ¿Qué pretendía hacer con ella? ¿Qué quería a cambio de entregarla al Ojo? Pues intuía que eso era lo que estaba buscando. Preguntaba a los niños por los sitios más guardados del Ojo, creyendo que allí se encontrarían sus mayores secretos. Mantenía su teatro. Su incoherente teatro que había hecho adueñarse de Azkaban para indagar si alguien sabía algo más que se le escapara en los diarios de su tío. Y solo podría hacerlo si no tenía la supervisión de Harry Potter. No lo necesitaba. Quería deshacerse de él. 

Lo que hacía Whitehall no parecía tener sentido. Pero Ivonne Donovan reconocía la verdad en su rostro. Igual que lo hizo con tantas otras personas que prometían ayudarla creyendo que les llevaría a un futuro lleno de gloria. 

Ivonne sonrió con suficiencia. 

-Afortunadamente, no -Sonrió. -Tendrás una sola oportunidad para acabar con Mordred. ¿No es lo que querías hacer para vengar a tu tío? ¿O tu venganza se ha convertido en un puro egoísmo y ansias de gloria? -Vio la llama de ira en el Auror. Ivonne sabía que tenía razón. -Matar a Mordred te dará gloria, Whitehall -Le insistió. -Serás igual que el Rey Arturo… -Ivonne Donovan se incorporó. -Pero… No es eso lo que quieres, ¿verdad? -Ivonne tensó su rostro. -Quieres aún más que gloria. Quieres la eternidad -Sentenció. Suspiró. -Y crees que la obtendrás de Mordred.