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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 217

Olía a alcohol. 

A ginebra. 

Había aprendido que una copa de ginebra sobre la mesa, incluso vacía, podía tardar días en perder el aroma. Se debía limpiar. Guardar. Cerrar la botella. Meterla en el armario. Cerrar el armario. Salir de la habitación.

Se limpió la boca con el puño de su camisa. Tenía la boca reseca. Tal vez no olía a alcohol. Tal vez le quedaba un gusto a alcohol en su boca. Su lengua se sentía pastosa. Tuvo que parpadear varias veces. Se paseó los dedos por sus rizos negros. 

Seguía estando borracho.

El calor de sus mejillas contrastaba con los escalofríos del resto de su cuerpo. Tragó saliva. Sabía a alcohol. Fulminó con la mirada el armario cerrado. Alguien le había lanzado un Encantamiento aquella mañana para que no pudiera abrirlo. Chasqueó la lengua. 

Sebastian McKing no tenía buenas ideas. Siempre que intentaba ayudar a los demás, se acababa haciendo daño así mismo. Cuando intentó vengar a su hermano Richard, acabó abrazando la maldición que el Ojo puso sobre él. Cuando intentó ayudar a que su madre no empeorara tras la muerte de su padre, acabó enfermando él. Era un absoluto fracaso. Una vergüenza para su familia. Algo que carecía de sentido cuando los había perdido a todos. 

Se incorporó del sillón. Con grandes zancadas, se acercó al cuarto que había sido de Richard. Lo examinó. Sus pósters de Puddlemere United aún estaban colgados. Aún estaban las fotos del viaje a Boston a ver a sus abuelos. Seb y Richard estaban abrazados mientras su madre intentaba arreglar el cabello dorado de su hermano mayor. Apretó la mandíbula. Su hermano siempre había sido el favorito de Greta. Cuando su hermano murió, Greta McKing se olvidó de que tenía otro hijo. Cuando su exmarido murió, Greta se olvidó que tenía una vida. Seb creía que si él moría, su madre no lo sentiría. Ya no le quedaban piezas. 

Sobre el suelo, había una maleta de la que una muchacha estaba sacando su propia ropa. Camrin Trust estaba incómoda en el antiguo cuarto de Richard y no hacía falta que lo dijera en voz alta para saberlo. Su cabello rizado estaba recogido en una cola de caballo. Tenía un vestido negro ajustado. Alzó la mirada para encontrarse con los ojos enrojecidos y vidriosos de Seb.

-¿Aún estás así? -Le preguntó. 

Tragó saliva. Entornó la mirada. 

-No… Yo… -Se tropezó con sus propias palabras. Maldijo para sus adentros. 

-Seb… -Su voz se tornó dulce. Comprensiva. Justo como sonaría la voz de su madre si fuera consciente del estado en el que estaba. Batió sus pestañas para contener las lágrimas. -¿Quieres que…? -La escuchó exhalar aire. Inhibir. Se impulsó sobre sus rodillas y encaró a Seb. Lo analizó. ¿Qué estaría viendo? Sus pómulos más marcados por la delgadez. O su pelo grasiento. Sus labios llenos de costras. Podía oler la ginebra escaparse de su boca. Oír el retumbar de sus latidos en sus tímpanos. -Vamos -Le cogió de la muñeca.

Se dejó llevar. 

No sabía si podría haber sobrevivido a aquel verano sin Camrin Trust. 

Le había pedido a Hermione Granger que no mandara a nadie a por él. Que él estaba a salvo con su madre. Y que necesitaba tiempo. Aquello último era lo único cierto que le había dicho a la nueva Ministra de Magia. No estaba a salvo en la soledad que su madre le brindaba. Todo lo contrario. Se sumó a su adicción por la ginebra. Si a su madre le hacía olvidar, ¿por qué a él no? Quería borrar de su mente todos los recuerdos que le atormentaban. Sobre todo, la imagen de su padre siendo devorado por Inferi. 

Hizo una mueca al recordarlo.

Nunca se había considerado un muchacho valiente, por mucho que el Sombrero Seleccionador discrepara. Quería huir. Intentaba estar inconsciente todos los días para no tener que enfrentarse a la realidad que le abrumaba cada vez que recordaba por qué estaba allí. Fueron dos semanas en las que estuvo solo. Suficientes para convertir su hábito de escape en una adicción. 

Cuando Camrin llegó, lo encontró hecho un ovillo en su cama. El vómito ocupaba todo el lado vacío de su almohada. Lo primero que hizo su amiga al llegar fue abrir las ventanas. Sacó la basura. Tiró las botellas de ginebra vacías. Comprar algo de comida con el dinero que sacó de un cajón. Intentó que su madre reaccionara. En vano. Le cerró la puerta en la cara y no la volvieron a ver más en todo el verano. La escuchaban por la noche saquear la nevera. 

A los tres días, Camrin le gritó. Le regañó, siendo justos. Le confesó que había ahuyentado a Hugo Weasley, a Lyslander Scarmander, a Lorcan Scarmander, a los Potter… Camrin les había rogado que no fueran a verle. Aquel día le gritó. Porque si bien Camrin intentaba hacer desaparecer todo el alcohol de la casa… Seb podía aparecerse sin dejar rastro y robar unas cuantas botellas de una tienda en cuestión de segundos. 

Camrin se ató a él para que no pudiera escaparse a escondidas. En el tiempo en el que estuvo atado a ella, no bebió. Camrin estuvo buscando en su móvil cómo ayudarle. Llamó a varias consultas telefónicas. La escuchó, frustrada, como se quejaba de que muchas fueran presenciales. A las ocho horas de no beber, Sebastian comenzó a tener síndrome de abstinencia. Tan solo había estado bebiendo dos semanas. Pero no había parado. Según Camrin, era más leve que lo que podía ser. A las veinticuatro horas, cambió de opinión. Seb se mostró ansioso. Lloró desconsoladamente. Tembló. Tuvo pesadillas. Y vomitó. Camrin aguantó todo aquello a su lado.

Había empeorado. Seb había bebido alcohol antes. Y, según los médicos con los que hablaba Camrin por teléfono aprovechando la situación de Londres y la imposibilidad de muchos pacientes de ir a clínicas que habían sido pulverizadas, estaba en el camino de ser una adicción si no se detenía. Por supuesto, para controlar su voluntad, debía sanar primero su mente. Y dejar de beber de manera escalonada. La abstinencia del alcohol era la única que podía matar. Siguieron todas las recomendaciones.

Era impensable que se hubiera recuperado para entonces. Más, al menos, hacía tareas cotidianas. Pensaba menos en su padre y en su hermano. O en su madre. Y, cuando lo hacía, acudía a Camrin para hablar. Quería destripar todo su dolor. Era más complicado que eso. Seb se veía así mismo encadenado a la dependencia física por esa bebida. Era un antídoto a las visiones que azotaban su mente. De un Big Ben en llamas. Acudía a la bebida como si fuera el único oasis del desierto. Con las fiestas de Hogwarts, había desarrollado una tolerancia al alcohol. Ahora, excedía su consumo tradicional y sobrepasaba los linderos de las costumbres sociales. Así lo definía Camrin. 

Había días mejores que otros. ¿Se odiaba a sí mismo por haber sucumbido a lo que más odiaba de su madre porque no quería aceptar la muerte de su padre? En efecto. Pero, aún más, se odiaba por lo que le estaba haciendo a Camrin Trust. Un día le contó que le entendía cómo se sentía. Solo. Sin familia. Entendía la impotencia que le generaba su madre. Le contó que sus padres la habían echado de casa por ser bruja. Y que su hermano mayor, muggle, ni siquiera se había preocupado por saber cómo estaba. Aquel día, Seb la vigiló para que no cayera en la tentación que a él le consumía. Tras esconder la botella, le dio un sorbo.

Camrin Trust trataba su adicción como una enfermedad. Supuso que así se sentía menos patético. Seb lo trataba como si fuera un parásito. 

Siguió a Camrin hasta el cuarto de baño. No se dio cuenta hasta que se miró al espejo de lo enfermo que parecía. La muchacha le desabrochó la camisa. Seb se dejó llevar. Volvió a batir sus pestañas. Aquello era lo que una madre debía hacer. No una amiga. Puso su mano sobre el hombro de Camrin.

-Yo… Yo puedo -Encontró su voz a duras penas.

-Quítate los pantalones y métete en la bañera -Le ordenó Camrin simplemente. 

Se marchó del baño. Vio que había llenado la bañera de agua caliente. Era una bañera que estaba en el centro del baño. La rodeó. Se quitó los pantalones. Se desnudó. Incluso se había asegurado de poner el jabón. Conforme se metió en el agua caliente, comenzó a llorar. No se merecía ese trato.

Lloró. Se llevó sus rodillas a su torso. Y siguió llorando. Iban a llegar tarde al memorial de su padre. Y le daba igual. No estaba preparado para que le recordaran lo gran hombre que había sido cuando él estaba siendo tan débil. No quería sentir la lástima de Lyslander ni la de Hugo. Quería tiempo para volver a ser el niño alegre que sus amigos creían que era. Porque ese Seb se había extinguido en aquel momento. 

Unas manos masajearon su nuca. Él seguía llorando. Camrin lavó su cabello y le quitó toda la grasa que llevaba días acumulando. No le había regañado por pasarse con la bebida aquel día. Entendía, probablemente, que quería huir del memorial. 

Temblando, apresó las manos de Camrin por encima de sus hombros. Camrin le abrazó por detrás. Sin importarle que se mojara. O que él estuviera desnudo. Seb se había dado cuenta de que estaban buscando lo mismo. Querían una familia. Querían una familia por la que habían perdido. 

-Lo siento -Dijo Seb entre sollozos.

-Sssh -Susurró amablemente su amiga. -No pasa nada -Le aseguró. 

Camrin se marchó de nuevo. Volvió con un frasco que podía oler desde allí. Se odió al disgustarse por saber que no era alcohol.

-¿Crees que se darán cuenta? -Preguntó mirando fijamente las ondas del agua.

Cogió el frasco que le tendía. Era una pócima para darle energías. Lo sabía porque se la había dado en otras ocasiones. No funcionaba del todo con él. Se lo bebió rápidamente. Sacudió su cabeza.

-Nadie te va a juzgar hoy -Le recordó Camrin.

Él asintió. 

Cuando Camrin se marchó de nuevo, se vistió con el traje oscuro que había puesto sobre una silla. Ahogó otro sollozo. Era el traje que había llevado, con once años, al funeral de su hermano. Debía dar las gracias por haber adelgazado tanto. Al ser bateador, había desarrollado una musculatura impropia de los McKing. Más en aquel momento, volvía a estar escuálido. Los tobillos se quedaban al aire. Las mangas cortas. Se remangó las mangas para que no se notara. Ni su madre ni su padre podrían haberle comprado otro traje para aquel tipo de ocasiones. Lanzó una bocanada de aire. 

Necesitaba un trago. 

Tal vez podía conseguir uno en el memorial. Salió del baño y se dirigió a su cuarto. Se aseguró de Camrin no estaba a la vista. Sacó un frasco con la etiqueta de "pócima para resfriados" y lo guardó dentro de su chaqueta. 

-¿Cam? -La llamó. 

Oyó en la planta baja voces. Fue trotando abajo. Se encontró a su madre envuelta en una manta con una botella de licor en una mano y con la muñeca de Camrin en la otra. Su amiga tenía la cara roja. Estaría enfadada. Su madre ni siquiera miró a Seb.

-Dile a esta niña que me deje en paz, Richard -Dijo su madre.

Exhaló aire. Sacudió la cabeza. 

-¿No vas a venir al memorial de papá? 

-Qué tonterías dices -Espetó su madre. -Y deja de robarme la bebida para ti y para tu novia… -Siseó. -Sois demasiado jóvenes -Añadió. Eructó. 

-Váyase a su cuarto, señora McKing -Bramó Camrin. Su madre la fulminó con la mirada. -Y su hijo se llama Sebastian. 

No pareció escucharla. Se apretó la manta contra sí y se marchó escaleras arriba. Seb clavó su mirada en el suelo. Respiró profundamente. Los brazos de Camrin le atraparon. Se recostó en su cuello. 

-Siento que tengas que hacer eso -Susurró.

-No es tu culpa -Le recordó. 

¿No lo era? Quizás si hubiera sido un mejor hijo, su madre habría reconocido al menos su existencia. Batió las pestañas para contener las lágrimas de nuevo. Necesitaba un trago ya. 

Camrin abrió la puerta y se encontró con Ronald Weasley. Su sonrisa afable se extinguió al posar sus ojos en Seb. El muchacho se removió incómodo en su traje pequeño. Camrin entrelazó sus dedos con los suyos.

-¿Preparados? -Les tendió el brazo.

Oh, sí. Porque ninguno de los dos se fiaba de él para que se desapareciera en una tienda de licores. Sabía que Camrin les había contado a Hermione Weasley la situación de Seb. Incluida la inestabilidad de Greta McKing. Era de esperar que el señor Weasley también la conociera. 

Aterrizaron sobre un mar de personas vestidas de negro que se giraron como tiburones al oler sangre hacia Seb. El muchacho bajó la cabeza. Camrin se aseguró de que nadie le dirigiera la palabra. Lo que quisieran decirle sobre su padre deberían haberlo hecho cuando vivió. Los memoriales solo servían para que el resto de personas quedaran bien. Era una tortura emocional para los familiares de las víctimas. ¿En serio creían que él apreciaría su asistencia? Habría valorado considerablemente más su ausencia. Llorar sobre un trozo de mármol en silencio.

-Seb… -Escuchó la dulce voz de Lys a su espalda. 

Se estremeció. Estuvo tentado a darse la vuelta. Camrin apretó su brazo. Quizás animándole a interactuar con otra gente. Quizás dándole ánimo. ¿Y él que hizo? Pensar en el frasco lleno de ron que tenía guardado en la chaqueta. Chasqueó la lengua.

-Él irá ahora con vosotros, Lyslander -Le excusó Camrin.

Se hizo silencio. Seb conocía perfectamente a Lys. Sabía que no estaba convencida. Caminó más rápido para crear distancia entre ellos. Sacó unos auriculares muggles de sus bolsillos. Camrin tensó sus labios al ver lo que estaba a punto de hacer. Seb se puso los auriculares. Cogió el móvil que su padre le compró una vez. Y puso la lista de reproducción de electrónica en aleatorio. 

No pensaba escuchar ni una palabra dirigida a la grandeza de su padre. Podría estar presente físicamente. Pero no iba a escuchar a personas llorarle cuando no fue aceptado en Inglaterra por no haber participado en una estúpida guerra cuando era un niño. Sintió miradas de preocupación sobre él. Aumentó el volumen de la música. Los sonidos salían de sus auriculares y, probablemente, eran audibles para el resto del memorial que quedaba en un fúnebre silencio.

Contempló sus zapatos durante todo lo que duró aquella función. *The Chemical Brothers. Infected Mushroom.**Moby. M83.*Paseó su cabeza por todos los temas cuya melodía. En mitad de Midnight City y su "waiting for a ride in the dark", alguien le tocó el hombro. Hermione Granger tenía la frente arrugada. Ojeras. Y los ojos enrojecidos. Había estado llorando. El suave sonido electrónico de M83 le envolvió. Se quitó rápidamente los auriculares.

-Señora Ministra -La saludó con asentimiento de cabeza.

Aquello pareció sorprenderle. Si era el título o el hecho de que pudiera hablar, no lo sabía. 

-Sebastian, ¿necesitas ayuda? -Fue lo único que dijo la que se había convertido en el amor platónico de su padre. 

Sí. Necesitaba ayuda. Quería gritar desesperadamente que necesitaba a su padre. No podía cargar todos sus problemas sobre los hombros de Camrin Trust. No era justo para nadie. No estaba siendo justo con nadie si mentía. Pero, ¿a quién iba a engañar? ¿Dejaría que alguien extraño entrara en su casa para que fuera testigo de lo poco querido que era y del caos en el que se había sumergido su mente?

Optó por no contestar. Se colocó de nuevo los auriculares. 

Suspiró. Sacudió su cabeza. Observó su alrededor. Había estado tan concentrado en olvidar donde estaba que ni siquiera se había dado cuenta de dónde habían decidido hacer un monolito de piedra en conmemoración de su padre. No entendía por qué hicieron aquello. Pero sí que pudo ver la elección del lugar. Era una parte de Hogwarts que había sido dedicada a los héroes de la Batalla de Hogwarts. Y ahora su padre era uno de ellos porque también había muerto por ellos. 

Vio el castillo de fondo. El Lago separándolo de un lugar que había considerado hogar. ¿Cómo se controlaría en un sitio en el que era tan fácil pasar desapercibido y robar alcohol de las cocinas? 

Se sentó sobre una de las rocas que sobresalían hacia el Lago Negro. La música siguió sonando en sus oídos. Se percató de que Camrin le había dejado un momento a solas. La vio hablar con Bárbara Coleman. Se hizo la nota mental de pedirle que se fuera con ella. Llamaría a Hermione Weasley para que se aseguraba de que no le arruinaba todo el verano a su amiga. 

Una presencia se sentó a su lado. Buscó sus manos. Entrelazó sus dedos. Se mordió el labio. No hacía falta que levantara la mirada para saber quién era. Olía a él. Ni siquiera se quitó los auriculares. Probablemente resonando una canción poco apropiada para ese instante. Otra presencia le quitó los rizos del rostro y los acomodó detrás de su oreja. Más invasiva que la primera, reposó su cabeza sobre su hombro. 

Ninguno de sus dos amigos dijo nada. 

Dejó caer su cabeza sobre Lyslander Scarmander y esta pasó sus delgados brazos por su cintura para atraparle. Hugo Weasley se llevó la mano que sostenía a sus labios y le besó. Ninguno dijo nada pero no hacía falta. Dos lágrimas surcaron por las mejillas de Seb. 

Sintió un calor dentro de él que Camrin no había sido capaz de generar. Se sintió nervioso. Porque había olvidado que podía sentirse apreciado de aquel modo. Rápidamente, con la mano que tenía libre, sacó el frasco de ron. Lo desenroscó con la boca. Escupió el tapón. Y se lo llevó a los labios. Cerró los ojos maldiciendo su enfermizo hábito. El alcohol quemó su garganta. 

Lyslander hizo amago de quitarle el frasco. Torpemente, lo alejó de ella. Fue Hugo el que se lo quitó y lo lanzó al Lago. Seb lo vio caer horrorizado. Se mordió el labio. Se lo lamió buscando el sabor a ron. Oyó a Lyslander suspirar. Notó cómo compartían una mirada de preocupación. 

-Estoy bien -Intentó mentirles.

Hugo lanzó un suspiro. 

-Nos importas, Seb -Musitó Lys. Seb gimió. Porque aquello le produjo dolor. Porque no se lo merecía. Cerró los ojos. -Sé que no quieres escucharlo… Siento que estés pasando por esto -Su voz suave mostraba sus nervios. -Tómate el tiempo que necesites…Pero no te olvides de que no estás solo. 

Le dio un beso en la mejilla mojada por las lágrimas que comenzaron a caer. Su pecho se sacudió en un sollozo. Hugo apretó su mano. Lys apretó su agarre. Estaba envuelto en personas que creían que era importante. No se lo merecía. No estaba preparado para aquello. Todavía no. No quería que le vieran así de vulnerable. 

Y, sin embargo, sintió que era el momento para derrumbarse. 

Parecía como si estuviera constantemente en una pesadilla. En uno de esos sueños en los que parecía un mundo distópico de los que había oído hablar en Estudios Muggles hacía varios años ya. El Secreto había sido revelado al mundo. Los muggles habían conocido la magia. La profecía se había cumplido. 

Los periódicos muggles cubrían las noticias sobre comunidades mágicas escondidas en los rincones del mundo. Los diarios mágicos aseguraban que estaban a salvo y que los magos y brujas no debían temer a los muggles. Pero todos tenían su mirada puesta en Londres. Todos temían que el mundo se convirtiera en una extensión del terror londinense. Una ciudad cubierta de cenizas. Donde los magos y brujas se escondían de los muggles que buscaban venganza. 

El Ministerio de Magia había sido claro: quería la seguridad de los magos y brujas. Pero había tantas cosas que el Ministerio quería. Quería la cooperación con los muggles contra la guerra. Habían tomado medidas. Puesto que habían protegido y avisado previamente a las clases altas de los muggles, a la realeza, a los Lords, duques y marqueses que habitaban en Londres y que tenían relación estrecha con grandes sagas familiares de sangre pura desde antes del Estatuto, se habían prestado a hacer campaña en favor de la magia. Los cuerpos de seguridad habían luchado codo a codo con los magos del Temple y del Ministerio en la Caída de Londres. Habían sido avisados gracias a Theia Daphne Malfoy. El Ministerio también quería proteger a las criaturas mágicas. Quería fortalecer la comunidad. El Ministerio quería convocar un ejército. Fuerzas. De todo el mundo. Para detener al Ojo. 

Alexander Moonlight escuchaba las palabras de Hermione Weasley, la Ministra; apoyado sobre el muro de lo que había sido la Galería Nacional de Londres. En ese momento, el nuevo Parlamento improvisado de Reino Unido. Observaba, como un perro guardián, a los presentes. Magos, brujas, criaturas mágicas y muggles. Habían llegado de todas partes de la isla para escuchar la estrategia que debían seguir. La Ministra habló de la recién fundada manada de Moonlight y de cómo aún buscaba un sitio donde asentarse. Cómo, dada la capacidad de trabajar en equipo de los lobos, sería el campamento principal al que todos estaban invitados una vez que encontraran un hogar. Moonlight asintió en la lejanía a las palabras de la Ministra. 

Cuando su discurso acabó, les pidió a todos que se unieran a conocerse mejor. Que forjaran lazos de amistad. Alianzas. Les recordó a los muggles que no tenían que temerles. Les rogó a los magos y brujas que acudieran a las autoridades mágicas si necesitaban un lugar seguro donde quedarse. Con un apretón de manos con el Primer Ministro británico, dio por finalizada su intervención. La Reina de Inglaterra, una muggle anciana, tomó la palabra para apoyar a Hermione Weasley. Todos los muggles presentes aplaudieron. 

Una mano dio unas palmadas en el hombro de Moonlight. Se giró para ver a Ronald Weasley. Arqueó una ceja. El hombre simplemente sonrió. Al principio, creyó que se trataba de orgullo por su mujer. Más vio un cierto brillo de diversión que no encajaba con el escenario.

-Ven, Moonie, quiero presentarte a alguien -Le arrastró por el mar de gente con caras largas y armados hasta los dientes.

Había forjado alianzas con los jefes de seguridad muggle. Era un Auror. Tenían que estar coordinados. Tenían, entre otros proyectos, otorgarles armas modificadas mágicamente. Como las que tenía el Ojo. Pero aún no habían hecho anda. 

Moonlight seguía buscando un lugar donde asentar raíces con su pequeña manada. Desde que hizo el ritual, ningún licántropo se había unido a ellos. Lo prefería así. Ni siquiera podría ofrecerles un hogar donde quedarse. Entendía, ahora, lo difícil que debía haber sido crear algo tan valioso como Luperca.

Cuando vio que Ronald le llevaba a una pequeña reunión de pelirrojos, se mordió la lengua por dentro. Tensó sus músculos. Y apretó la mandíbula. Odiaba a Ronald. Se pasó la mano por el pelo en evidente desesperación. Aquella era una trampa de la que no podía escapar. Lo cierto era que ya conocía a todos los presentes. 

-Moonlight -Asintió Charlie Weasley a modo de recibimiento.

-Ven por aquí -Le indicó George Weasley mostrándole un hueco en el corro.

Angelina Weasley le dedicó una sonrisa. Harry Potter escondió la suya. Lucy Weasley rodó los ojos. Molly Weasley regañó con su mirada a sus hijos. Fred Weasley cruzó sus brazos sobre su pecho. James Sirius Potter esbozó una sonrisa de suficiencia. Arthur Weasley sonreía de oreja a oreja.  Rose Weasley ocultó su diversión copiando la expresión de Ronald. Hugo Weasley frunció el ceño. Lily Potter bufó. Victoire Weasley sacudió la cabeza.

-¿Así que tú eres el Auror que ha retenido a mi hija esta mañana? -Preguntó Bill Weasley.

El murmullo de la conversación que estaban teniendo Dominique Weasley y Fleur Weasley. Dominique giró rápidamente su cabeza al ver a toda su familia mirando inquisitivamente a Moonlight. Sus cejas se alzaron.

-¡Papá!

-Yo no diría retener, señor Weasley -Respondió Moonlight. 

El padre de Dom le fulminó con la mirada. Él la sostuvo.

Lo cierto era que si había una persona que tenía todo el derecho de no creer que Alexander Moonlight era una buena influencia para Dominique Weasley… Era Bill Weasley. Moonlight siempre había respetado al rompemaldiciones. Incluso, cuando comenzó las pruebas de Auror, le había llegado a temer. De niño en la Madriguera, desde luego, lo hizo. Era la persona que había sobrevivido al ataque de un hombre lobo y lo mostraba en su rostro. Hombre lobo que, además, era el padre de Moonlight. No sólo eso. Sino que Moonlight había atacado a su hija de pequeño, había convertido al mejor amigo de su hija mayor en un licántropo, le había pillado un año en la estación besando a su hija mayor, habría escuchado a Victoire quejarse de su reputación, habría escuchado del Ministerio su reputación, sabría a través de Gringotts que no era precisamente rico y estaba en deuda con los goblins desde que compró el apartamento, y, ahora, había decidido que Dominique Weasley era su Ajayu y había acabado el ritual sin presencia ni consentimiento de nadie. 

Moonlight tragó saliva. De todos los momentos en los que aquello podía haber tenido lugar… Tenía que ser justo cuando el mundo se estaba desmoronando. Ronald Weasley le debía una muy grande.

-¿Y entonces cómo explicas que hayáis entrado en el atrio justo con las primeras palabras de Hermione Weasley? ¿Mostrando una actitud muy lejos de lo profesional? -Desafió Bill Weasley.

Sinceramente, Bill Weasley no quería saber lo que les había "retenido". 

Por la expresión que mostró y las risas de George Weasley, James Potter y Ronald Weasley; todos los presentes habían escuchado el comentario mental de Moonlight. 

-Papá, por favor, no hagas esto -Rogó Dominique.

-No vas a poner a mi hija en peligro -Amenazó Bill Weasley.

Moonlight dejó escapar una risa relajada y sarcástica. La disimuló tarde cuando vio que los presentes no aprobaron aquello. 

-Creo que eso lo puede decidir ella -Respondió. 

-Papá, el primo Hugo y Lily también están aquí -Recordó Dominique entre dientes. -¿Es que tienes que causar una escena porque Moonlight…?

-No tengo buena experiencia con licántropos que se interesan por mis hijas -Contestó alzando la barbilla. Afortunado Teddy, por no tener que vivir esta situación más. 

-Papá, tengo veinte años, por Merlín…

-Ya he perdido a un hijo en esta guerra -Espetó Bill Weasley. Señaló con el dedo a Moonlight. -Si le pasa algo a mi hija, aunque sea su culpa, te mataré, ¿me has entendido?

-No te atrevas a decir que has perdido a Louis, tío Bill -Dijo Lucy Weasley, sorprendiendo a todos. Se aclaró la garganta. -Espero que os haya entretenido este momento, tíos… Pero creo que hay cosas más importantes que jugar a ser un Weasley sobreprotector… Moonlight, te castrarán si le pasa algo a Dom… Tío Bill, dudo que le pase nada a Dom porque calcinó a su ex y es algo que todas las Weasley deberíamos hacer… -Vio a Dominique formular un "gracias" a su prima. Moonlight tragó saliva. ¿De dónde habían sacado a aquella muchacha?

Molly Weasley le dio una colleja a su hijo Ronald. 

-Esto es culpa tuya, Ronald -Siseó. 

Dominique se acercó a él. Entrelazó sus dedos con los de él. Visiblemente se relajó. "Creen que vas a ser como Teddy", le dijo mentalmente Dominique. Moonlight suspiró. Aún le costaba acostumbrarse a aquel nuevo poder que habían adquirido y que Dominique dominaba a la perfección, mientras él no tanto. "Cuando mi padre te vea luchar a mi lado, cambiará de opinión". Moonlight ladeó la cabeza. Entendía de dónde procedía el temor de Bill Weasley. El Ojo había mandado un kelpie para que matara a Dominique antes de que ella pudiera convertirse en veela. ¿Qué harían ahora que ya había obtenido todo su poder? ¿Y por qué la temían tanto? 

-Señor Moonlight -Le llamó una voz grave a sus espaldas. 

Se topó con una pareja cuyos ojos se habían posado en él desde que Hermione Weasley lo nombró. Estaba seguro de que eran muggles por sus ropas. Pero de los muggles que habían llegado con la realeza. Iban vestidos tan elegantemente que Moonlight tuvo que inhalar aire para lo que fuera que iban a decir. No eran los primeros que habían estado escépticos por su licantropía. O los últimos que le agradecerían haber protegido a la corona en la Batalla de Londres.

-Señores -Moonlight inclinó la cabeza hacia el hombre que debía la edad de Arthur y Molly Weasley, más por la riqueza que parecía envolverles parecían mucho más jóvenes.

-Soy Henry John FitzRoy Somerset, duque de Beaufort -Se presentó. Si pretendía que lo reconociera por algo, no estaba de suerte. Se inclinó hacia la mujer. -Ella es Georgina, mi esposa.

La mujer era increíblemente hermosa. Y mucho más joven. 

-Encantado… -Dudó cómo referirse a ellos. -Duques.

-Querríamos agradecerle su labor y la ayuda que está proporcionando a nuestra nieta -Dijo la mujer. Moonlight arrugó el ceño. No sabía que estaban haciendo nada especial por los hijos de aquellos muggles. La mujer pareció leerle la mente. El duque se mostró ofendido por su ignorancia. -La hija de Isabella, señor -Moonlight sonrió. Ni idea. -Claire Jane Somerset Jenkins. 

-Por supuesto -Dijo amablemente Dominique. Moonlight suspiró aliviado.-Tienen una nieta muy valiente…

Los abuelos de la supuesta Claire Jane Somerset Jenkins parecieron dudar de aquello. Si Moonlight fuera su nieto, estaría bastante ofendido. No escondió su escepticismo. La mujer pareció ver cierta tensión.

-Sí, bueno, a nosotros nos habría gustado que fuera a un colegio para señoritas como el resto de su familia… No… A ese Colegio de Brujas y Magos donde la han torturado de esa forma -Se lamentó. Moonlight estaba seguro de que aquella mujer no tenía relación de sangre con la supuesta nieta.

-No todo han sido malas noticias -Interrumpió el duque. -Conocimos a los Morrit gracias a ella… Una gran familia de magos -Añadió.

Moonlight apretó su mandíbula. Los Morrit eran sangres pura que, si bien no habían sido partícipes en la guerra como mortífagos, sabía que se movían en las altas esferas por las que también vagaban los Malfoy, los Greengrass y aquellas familias que tampoco se habían mostrado fieles al Ojo. Para Moonlight, un tanto sospechosos.

-Por supuesto -Repitió Dominique.

-Querríamos mostrar nuestro agradecimiento con la cesión de una de nuestras antiguas propiedades -Anunció el duque, ignorando a Dominique. -La habíamos dejado para fines turísticos… Pero si estamos en guerra, poco sentido tiene, ¿no les parece? -Dominique y Moonlight asintieron al unísono. -Además, fue utilizado como fuerte durante la guerra civil inglesa… Y estoy seguro de que se podrá reformar rápidamente con un par de conjuros vuestros -Moonlight se obligó a sonreír. -Está en Gales, espero que no sea ningún problema… Es el Castillo de Raglan, por supuesto, estoy seguro de que lo conocéis…

-¿Raglan? Pero creía que el castillo estaba en ruinas… -Balbuceó Dominique.

El duque tensó sus labios.

-Como he dicho, no creo que sea problema con un par de conjuros, ¿no? -Puntualizó con cierto desdén. 

-Le agradezco la oferta, señor… Duque -Dijo suavemente Moonlight. -Pero no creo que nos podamos permitir…

-¡Oh, dios Santo! -Se rio el Duque. -Sé que no os podéis permitir algo así… Consideradlo una cesión por ayudarnos en la guerra y sanar a mi nieta -Dijo con cierto orgullo. Le tendió una tarjeta. -Llámadme en cuanto tengáis todo preparado para mudaros… Tenemos establos para los hombres lobo y las criaturas, por supuesto.

A Moonlight le faltó un solo comentario para que le hirviera la sangre. 

-Oh, y si no son tan peligrosos podríamos llevar a los hijos de Robert para que se monten en los dragones -Se carcajeó la mujer. 

-¡Por supuesto! -Repitió Dominique. Cogió del brazo a Moonlight. -Les llamaremos, no lo duden… ¡Muchas gracias por su oferta!

Lo sacó del círculo de gente hacia un lugar en el que sintió el oxígeno llenar sus pulmones. 

-No pienso coger nada de esos estúpidos y arrogantes…

-No nos queda otra opción, Moonlight -Señaló Dom.

-¡Has visto cómo han hablado de…!

-Es su ignorancia hablando -Dijo en voz baja. -Moonlight, tienen razón… Podríamos repararlo fácilmente con magia… Piensa… Es un castillo… No sólo podríamos acoger a licántropo, sino también a las veela… ¡Incluso a los dragones! Podríamos crear una comunidad de criaturas mágicas…

-No creo que…

-Podríamos mudarnos todos allí… Piénsalo, así es como funciona Luperca… ¿O se te ocurre otro sitio? No tenemos más remedio… Moonlight, está retirado de los muggles… Un par de Encantamientos… Un terreno para prácticar… ¡Es perfecto!

-No quiero deberle un favor al marqués estirado ese… -Bufó.

-¡Oh, no seas arrogante tú también! Nos quieren ayudar…

-¡No! ¡Quieren quedar bien!

-¿Y qué? Aprovechemos esa oportunidad…

-Dom…

No le dio tiempo a quejarse, pues Dominique lo cogió del cuello de la camiseta y lo acercó a sus labios. 

El beso fue persistente, consumiendo y llenando cada átomo del cerebro de Moonlight. Dominique terminó con un mordisco en los labios de Moonlight, retrocediendo con una sonrisa lenta y perezosa. Moonlight parpadeó, aturdido momentáneamente, con los ojos vidriosos y los labios suavemente separados. Entonces se dio cuenta de lo deliberada y obviamente se habían distraído del asunto en cuestión mientras Dominique se alejaba con un guiño, sin siquiera molestarse en decir algo. 

Nota del Autor:

Querido/as lectores y lectoras:

Siento este capítulo (la primera parte) un poco "oscura". A lo largo de esta aventura hemos visto diferentes formas de lidiar con el dolor: el "renacer" de Lucy Weasley, la violencia de Fred Weasley (y otras que aún quedarán por llegar)… El tema del alcoholismo lo he tratado lo más delicadamente posible desde la perspectiva de Seb McKing, con la debida documentación previa para abordar el tema. Es algo sensible que quería considerar -pues, en todas esas "fiestas de Hogwarts" y en la costumbre anglosajona, el alcohol es parte de la rutina de adolescentes y adultos, y era necesario reflejarlo en la historia. También es peligroso. Junto con la predisposición genética (su madre entró en depresión y era alcohólica, algo que podía verse en la entrega anterior), Seb McKing no sabe tratar bien su dolor: recordemos que en sus primeras apariciones, quería vengar a su hermano a toda costa y acabó siendo un experimento más del Ojo. Ahora, casi huérfano y solo, cree que de algún modo es culpa suya e imita a su madre porque cree que le hará extraerse del mundo. Aunque es una realidad ficticia, he intentado hacer que la solución no pueden ser los amigos, sino los profesionales (Camrin llama a consultorios médicos para tratar el tema) -aunque es un momento bastante complicado para ello. 

Seb es un adolescente perdido. Y, de nuevo, en ese caso la solución es acudir a profesionales. 

Por otro lado, la familia de Claire (los Beaufort) son una familia noble de verdad -no Claire. La idea de que una nacida de muggles fuera a Slytherin y que perteneciera a la nobleza era algo que tenía sentido a través de este personaje -lo iréis entendiendo mejor. El Duque Herny John FItzRoy Somerset (12º duque de Beuafort) y su esposa Georgina Powell son personajes reales, así como Lady Isabella Somerset (la hija del duque y la madre de Claire Jenkins). Aunque ellos habitan en la Badminton House (no la familia de Claire, pues ella vive en Londres con sus padres), es cierto que el duque es el actual dueño de la Raglan Castle (abierto al público en la actualidad) -son ruinas, como les dice Dom. Y será la nueva Luperca. ¿Preparados para la nueva manada?

Espero que todos os encontréis bien y que estéis disfrutando dentro de lo que cabe de esta historia.

Un abrazo,

C