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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 30
Sine die
Probablemente, aquello era un hito histórico. No había, en ningún libro que hubiese leído, ningún registro de un niño que hubiera recibido una carta de Hogwarts antes de tiempo. Las manos le temblaban. Sintió un sudor frío recorrerle la espina dorsal.
Afortunadamente, se encontraba solo en casa.Sus padres habíansalido a almorzar con unos antiguos amigos del Departamento de su padre. Su hermana se había quedado unos días en la Madriguera para hacer compañía a su deprimente primo Albus. Después de lo ocurrido hacía solo unos meses, era de esperar que contratasen a una niñera solo para él. No obstante, tras reiterar que aquello se trataría de un grave insulto a su inteligencia, decidieron no llamar a la quinceañera Annette Furman. Hugo Weasley sentía que sus neuronas se suicidaban cada vez que oía su irritante voz.
Se llevó la carta al despacho de su madre. Consideraba que las comunicaciones oficiales debían abrirse en un espacio solemne. Ese momento, ora buenas noticias, ora un desdichado «lo siento», debía conocerse en un sitio donde, por ejemplo, su madre había sabido que iba a ser miembro del Consejo de Ministros de McKing hacía justo unos meses. Quizás simplemente quería absorber todas buenas sensaciones que irradiaron desde entonces.
Despegó la solapa con sumo cuidado. ¿Desde cuándo tenía tan poco pulso? Extrajo la carta poco a poco. Se detuvo a palpar la textura gruesa. Olía a magia, a ceniza y, quizás solo un poco, a té. La desplegó. Las letras de la directora McGonagall, en color negro tizón, rasgaban la textura conglomerada del papiro.
Tragó saliva.
«Estimado Hugo Granger-Weasley:
Es un placer para mí recibir las palabras de un joven tan valeroso como usted, que ha logrado vencer las fuerzas policiales a raya durante un mes, así como las mías propias. Es un honor que se dirija a mí con tan peculiar solicitud.
Su entrada al Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts sería un acontecimiento histórico de gran repercusión. Sin lugar a dudas, dado su talante, sus méritos, su intelecto y su ambición, usted lograría destacar como uno de los mejores pupilos que habría visto esta escuela.
No obstante, me veo en triste situación de deber rechazar su solicitud por orden del Ministerio. Dado que es usted un menor y no puede ser condenado por los hechos mencionados ocurridos en los meses de mayo y junio de 2018, el Ministerio ha considerado oportuno rechazar su solicitud de ingreso adelantado en el Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts.
Siento ser yo, fiel admiradora de su intelecto, la que le comunique esta noticia. Con el objetivo de compensar la sanción impuesta y, tras observar sus calificaciones y méritos muggles, junto con sus méritos a nivel mágico visibles por su hazaña, el cuerpo docente ha decidido que, cuando llegue su momento natural de ingreso en el Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts, se le adelantará un curso.
Espero que nos veamos en un año.
Un cordial saludo,
Directora Minerva McGonagall»
Hugo apretó los puños y refunfuñó. Sabía perfectamente que sector del Ministerio había propuesto aquella decisión.
Su prima Lily le había dicho que no era justo que a él no le hubieran castigado por lo que habían hecho, cuando había sido enteramente idea suya. Se equivocaba. Su castigo se amoldaba a la altura de su particular interés.
Los flashes le llevaban de vuelta al pasado y escocía como una herida abierta que no había sido curada del todo. El humo de la locomotora los separaba. Lanzaban preguntas que contestaba con monosílabos. Parecía que todo iba a cámara lenta. Y daba igual lo que dijera: al final lo tergiversarían para vender más periódicos.
Richard McKing había desarrollado un odio fundamentado hacia los periodistas. Quizás solo a los de El Profeta, puesto que eran los que más le atacaban en su esfera personal. ¿No entendían que sólo quería despedirse de su hijo? El andén 9 ¾ era un sitio público y el Hogwarts Express era el único modo de ir al Colegio de Magia y Hechicería, por lo que no se trataba de una forma de aprovechar el evento para hacer un meeting político. Era simplemente un padre que acompañaba a su hijo pequeño en su primer año en Hogwarts. Y que, para colmo, le hacía recordar que justo un año atrás había hecho lo mismo con su difunto hijo. ¿La gente no tenía ni una pizca de empatía?
Suspiró aliviado de que Greta, su ex mujer, no hubiese ido con ellos. Después de la depresión que la había mantenido alejada de todos y que les había conducido al divorcio tras la muerte de su hijo, no necesitaba la presión de los medios de comunicación. Apretó el brazo de su hijo Sebastian, cuyos ojos se posaron, temerosos, sobre su padre. Aunque él tuviera la custodia entera de Sebastian, sentía como si lo hubiera perdido en el trayecto.
Los rumores de que el Ministro de Magia fuera a dimitir eran falsos. Él no lo había dicho nunca en voz alta. Y, sin embargo, lo pensaba todos los días al volver a casa y ver que no conocía para nada a su hijo y que, de seguir así, lo perdería como a Rick.
Lanzó una bocanada de aire.
-¿Sabes a qué casa quieres ir, Sebastian?
-Papá, mis amigos me llaman Seb… -recalcó el muchacho, como si fuera algo que le hubiera repetido cientos de veces. El padre se disculpó con la mirada y siguieron avanzando. Richard buscaba a su fiel compañera Hermione Granger, con la esperanza de que los hijos de esta cuidaran de su hijo en el trayecto. Sebastian no era como Rick. Richard Jr. había sido seleccionado para Slytherin porque era ambicioso, codicioso y siempre quería salirse con la suya. Sebastian era todo lo contrario. Sebastian era más bien como su abuela Candace. -No sé, papá… Pero no sé si quiero ser Slytherin.
Richard se mordió el labio. Era consciente de que su hijo tenía un temor infundado por lo que podía suceder en Hogwarts. De hecho, su padre le ofreció la posibilidad de no ir, de seguir una educación muggle en su lugar. Sabía que no conducía a ningún lugar, pero, al menos, quería intentar mantener a su hijo menor alejado.
-No pasa nada, la Casa da igual... La Casa nunca va a determinar quién eres. Son solo prejuicios que se han ido formando por las personas que han ido saliendo de una u otra.
-Mamá dice que tú habrías sido Hufflepuff… Eso es bueno, ¿no?
El hombre rio. Greta decía aquello porque ella misma odiaba ser Hufflepuff. Siempre decía que era la casa de los que trabajaban mucho pero no conseguían ningún mérito. Para ella ser Hufflepuff era un insulto.
-Claro que es bueno… ¡Tu madre fue Hufflepuff!
El gesto de su hijo se torció. Su madre no estaba en el mejor momento.
-Tampoco sé si quiero ser Hufflepuff… Pero es que Rick decía que los Gryffindor eran unos creídos y los Ravenclaw unos repelentes. No hay ninguna Casa buena, papá -concluyó sabiamente su hijo.
-Entonces, puedes crear tu una Casa… ¿Hacemos una cosa? En cuanto te asignen una Casa y te cuenten su historia, me lo mandas en una carta… Pero también me dices qué te gustaría mejorar de tu Casa. Entonces… ¡Haces todo lo posible para mejorarla! ¿De acuerdo? Tiene que ser una promesa que vayas a cumplir… No te puedes quejar y después no hacer nada, así es como funcionan los malos políticos y tú…
-Yo soy el hijo del mejor político del mundo, papá -completó Sebastian con una sonrisa.
-Pero eso no lo puedes decir en voz alta, Seb -le guiñó el ojo y lo acercó para darle un abrazo. -Bien, mira, ¿ves esos pelirrojos de allí? -le preguntó señalando a Ronald Weasley, Hermione Granger y Rose Weasley. Su hijo asintió. -Esa mujer es amiga mía y te vas a ir con su hija en el tren.
-Pero, papá, yo puedo hacer amigos nuevos.
-¡Richard! -lo llamó Hermione.
Los flashes acudieron a ellos de nuevo. Por supuesto, aquella era la estampa de portada: los hijos de los héroes con el hijo del Ministro de Magia. Era una bonita forma de empezar el curso.
-Hola, Hermione -la abrazó con sinceridad, pues después de aquel verano era de las pocas personas en las que confiaba y podía llamar amigas.
-Hola, McKing -saludó con cierto recelo Ronald.
-Buenos días, Ronald -le concedió una sonrisa y se giró hacia Rose. -¡Qué morena te has puesto en Australia, Rose! -la joven se azoró. -Bueno, este es Seb. Es un poco tímido al principio, pero estoy seguro de que el Sombrero Seleccionador va a asignarle Gryffindor.
-¡Papá! No quiero ser un creído…
-¡Richard! ¿Qué le has ido contando de los Gryffindor? -rio Hermione.
-En realidad, señora Weasley, fue mi hermano -se excusó Sebastian, sonrojándose y escondiéndose tras su padre.
-Bueno, vamos, Seb, ¡hay que coger un compartimento! -Rose lo cogió por el brazo y se lo llevó corriendo sin dejarle tiempo para despedirse de su padre. -¡Adiós, papá y mamá! ¡Decidle a Hugo que lo quiero y que no explote el Ministerio por estar enfadado con mamá!
El alboroto era algo normal en aquel señalado día del calendario. King Cross estaba abarrotado por los niños que, por primera vez, se sumergían en el Mundo Mágico, entre miedo, nervios e ilusión. Lo cierto era que a los hijos de los muggles aún les costaba entrar en la estación y situarse dentro de aquel bullicio.
Con tan solo un año de experiencia, Scorpius Malfoy podía distinguir a los niños muggles de primero, de los niños de primero que ya conocían la magia. Era un pasatiempo entretenido que le extraía de su incómoda despedida con sus padres. Los Malfoy no eran cariñosos. Nunca lo habían sido. Y, aquel año, por pura magia, su madre le abrazó como si él fuera el último trozo de pan del universo. Se sonrojó y se aseguró de que ninguno de sus amigos estaba cerca para que pudieran burlarse de él después.
-Vamos, Astoria -apresuró Draco Malfoy.
-Cariño, haz lo que tengas que hacer si crees que es lo correcto -le susurró su madre al oído. Probablemente se refería a que sus mejores amigos fueran, por un lado, el hijo de Harry Potter y, por otro, el hijo de un muggle. Un cocktail que a su padre, incluso tras haber vetado a su abuelo, le costaba asimilar.
El joven asintió. Sin la bendición de su madre también lo habría hecho.
Cuando sus padres se hubieron ido, se despeinó un poco el pelo para no parecer el niño repelente que su padre quería construir y se desajustó un poco la corbata. Scorpius Malfoy era, más bien, un muchacho de doce años despreocupado. Repasó mentalmente la carta de Albus que le convocaba a Peter Greenwood y a él en el penúltimo compartimento para el reencuentro después de vacaciones.
Desde que formalmente eran sus amigos, Scorpius sabía que era prácticamente imposible quedar con ellos en ninguna de las vacaciones de Hogwarts. De hecho, para él Hogwarts era estar de vacaciones. En algún momento, Albus le dijo que su padre se había sentido así con sus tíos cuando era joven. Él se había reído por la comparación y ni quería imaginarse lo que pensaría su padre de aquello.
Sumido en sus pensamientos, ni se percató de que un joven de primero, por tener la capa que le dan a los de primero que aún no habían sido seleccionados, le cogió del brazo y le saludó.
-¡Malfoy! -el joven se quedó ojiplático. -¡Vaya! O sea que es cierto… Lo tenía que ver con mis propios ojos… Primero reniegas de la Casa a la que perteneces y después tu padre expulsa a tu abuelo de tu casa… Vaya panda de sin vergüenzas estáis hechos, ¿eh? Pero admiro tu disposición, ¿eh? Hay que tener mucho valor para hacer algo así…
-Frank McOrez… -arrastró el nombre como si se tratase de una maldición. -¿U os seguís llamando Badmood?
El muchacho de cabellos dorados y ojos verdes sonrió. No había soltado su agarre y lo apretó con saña.
-Ten cuidado este año, Malfoy -Scorpius se retorció, pues no creía que el muchacho fuese a tener tantas fuerzas. -Ya no nos andamos con tonterías.
Dicho esto, se marchó por el pasillo sin mirar atrás.
-Wow -exclamó una voz conocida a su lado. -¿Quién era ese?
Scorpius se dio la vuelta rápidamente y lo abrazó. Peter Greenwood se desestabilizó y soltó una carcajada. Ambos habían crecido y estaban casi a la misma altura el uno del otro, por lo que igual no notaban el cambio.
-Ese es un Slytherin idiota que nos va a hacer la vida imposible…
-¡Era en el penúltimo vagón! -se quejó un joven que vino corriendo a fundirse en un abrazo con ellos.
Los tres jóvenes, Albus Potter, Scorpius Malfoy y Peter Greenwood, se rieron y se soltaron del abrazo.
-Madre mía, sois unas peliculeras -comentó Alice Longbottom.
Scorpius y Peter corrieron a abrazar a Alice.
-¡Sabemos que es envidia, Alice! -se mofó Peter.
La muchacha soltó una carcajada y los separó. Los cuatro jóvenes entraron en el compartimento que, sorprendentemente, estaba vacío. Albus ayudó a Alice a subir su baúl y Peter y Scorpius pusieron los suyos debajo de sus asientos.
-¿Weasley no viene? -preguntó Scorpius a Alice.
-Su madre le ha encargado ser niñera del hijo pequeño del Ministro… Pero aparte no quiere venir si estáis vosotros dos… Ya sabéis como es -comentó Alice.
-Vaya, creía que después de combatir juntos a un basilisco nos habríamos unido o algo…-el sarcasmo de Peter transmitió una sonrisa entre todos. Desde luego a ellos les había unido.
-¿Y tu hermano, Albus? ¿Tampoco quiere saber nada? -Scorpius tanteaba el terreno, sabiendo perfectamente cuál iba a ser la respuesta.
-¿James? -Albus suspiró. -Está insoportable… Si antes era inaguantable, ahora más. De verdad, no os lo podéis imaginar. Ojalá alguien le bajara los humos…
-¡Puede pasar! -dijo Peter. -Scorpius, te puedes presentar este año a buscador y patear el trasero de James…
-¡Ni loco! -exclamó el joven. -Jamás se me ocurriría… Además, he estado practicando para ser cazador… No quiero que James me haga la vida imposible como el año pasado.
-¿Y tú, Albus? ¿Te vas a presentar?
El joven se encogió de hombros.
-Sí, pero habiendo la corrupción que hay en Slytherin a saber…
-¡Pero que gallinas sois! Si yo jugase al Quidditch, iría a por todas…-comentó Alice, metiendo cizaña.
Albus, Peter y Scorpius se miraron entre sí y se desternillaron.
-La condición es que sepas jugar al Quidditch y te recuerdo los quebraderos de cabeza que me diste el año pasado con la clase de vuelos…