Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La Tercera Generación de Hogwarts · de Carax

La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 35

Circo de niños

Quizás veinte años antes sería impensable si quiera soñar que frecuentaría tanto la Corte Búlgara de los Vampiros. No eran precisamente su criatura mágica favorita. Si pudiera elegir, siempre escogería a los dragones. Le fascinaban desde que tenía memoria. Además, no consideraba que aquellas criaturas fueran tan distintas a los magos. De hecho, procedían de la misma especia, ¿no? La humana. Era cierto que mientras que los magos podían lanzar hechizos, ellos… Bueno, tenían otras habilidades. Podían leer los pensamientos de los demás. Y eran inmortales, salvo que uno supiera cuáles eran sus debilidades. Además, tenían sus reglas morales. Todo el mundo sabía que Sanguini, por ejemplo no bebía sangre.

Los que habitaban la Corte Búlgara también mantenían ese veto hacia la sangre muggle o maga, y, muy probablemente por esa simple razón, eran los que más contacto tenían con los magos. No obstante, al ser de los Clanes más antiguos de estos homínidos mágicos y el poder y las leyendas que con ellos acarreaban, muchos eran los escépticos hacia ellos.

Por supuesto, Charlie Weasley no era uno de ellos. De hecho, consideraba a Aurel su amigo. El líder del Clan de Hungría había luchado durante años contra la reputación que Vlad Dracul y Hebert Varney, entre otros, había conformado sobre los vampiros.

Aurel cumplía con la idea de la especie que la mayoría tenía sobre los vampiros. Era pálido, con dientes afilados para perforar el cuello, tal y como la maldición decía. No obstante, Charlie Weasley aseguraba cada vez que lo describía que no estaba demacrado. Incluso sin la dosis de sangre, Aurel era un hombre elegante y atractivo. Aquello, según el propio vampiro le había contado, le había favorecido en sus primeros años de sed. Había desarrollado una barrera mágica para evitar el ajo en su territorio que desprendía un olor a incienso, en ocasiones, inaguantable. Mas Charlie Weasley tenía una pócima para ello.

-Jamás pensé que volveríamos a pasar por lo mismo… -se lamentó Aurel, mientras Charlie se acomodaba en su asiento. -Las hilanderas auguran las mismas consecuencias que hacía un milenio…¡Es desgarrador! No sé cómo se ha podido llegar a eso…

-No está todo perdido…Sigue teniendo a su gente -le intentó calmar Weasley.

El vampiro se llevó la mano a la nuca.

-No basta con eso, Charlie… La revuelta del año pasado ha dejado demasiadas secuelas, demasiadas dudas, demasiado odio… -Se sentó en su butaca de terciopelo negro. -Sé que aún hay cazadores de vampiros… ¡Pero hasta ahora ningún vampiro se ha alimentado ni de ellos ni de sus descendientes! El Pacto se está peligro…

-Usted puede estar tranquilo, no le harán nada… ¡Ni siquiera sabrían por qué motivo juzgarle!

-¡Soy un vampiro! En los tiempos en los que las guerras se escuchan como una tormenta acercándose, da igual si hemos sido amigos… Seremos el enemigo de nuevo. ¡Se están convirtiendo en instrumentos del Ojo! ¡No sé cómo no pueden ver el daño que eso no has hecho durante siglos…!

Charlie tragó saliva. Aún le costaba asimilar que aquella organización clandestina tenía casi la misma edad que el propio Aurel. Y Aurel era bastante viejo. Recordó cómo le contó que el Ojo había estado dentro de la Historia de la Magia desde incluso el comienzo de los conclaves mágicos. La Asamblea Medieval de Magos de Europa había sido, por supuesto, creada por el Clan del Ojo. Aquello le erizaba el cuero cabelludo, en tanto que no sólo habían auspiciado la Convención Internacional de Brujos de 1289, sino que también permanecían como autoridad en 1980 jugando a entregar premios y reconocimientos a diferentes magos.

Tenía sentido, pues, sin ir más lejos, Graham McOrez había sido el Director General de la Asamblea en más de una ocasión. Y, como muy bien sabían algunos de sus contactos, era un hombre que estaba en el corazón del Clan del Ojo. No obstante, incluso cuando la comunidad mágica sabía que había sido uno de los mayores asesinos de la historia, estaba escondido y disfrutando de la inmunidad que le habían ofrecido los Ministerios en la Guerra de Grindelwald. Por mucho que les doliera, sus seguidores habían custodiado dócilmente la Torre de Nurmengard a cambio de ese privilegio. McOrez había dejado casi la vía libre a Tom Riddle cuando este se dispuso a matar a Grindelwald. Desde entonces, McOrez desapareció de la faz de la Tierra sin dejar rastro, al sentir simpatía por el nuevo Señor Oscuro. Muchos decían que lo hizo para así ahorrarse recursos en Grindelwald. Aquello era bastante probable, pues se sabía que el Clan no había seguido a los mortífagos. ¿Y los mortífagos habrían seguido al Clan después de la Guerra? Aquello era tan probable como desconocido.

-¿Cómo está todo el mundo tan seguro de que va a haber una guerra, Aurel? Todas las criaturas mágicas parecen saberlo…

-Querido amigo Weasley -le llamó. -La Guerra que auguran no es una guerra cualquiera. No es la guerra de Grindelwald ni la de Riddle. Esos megalómanos perseguían su propia grandeza…Apenas desestabilizó al mundo mágico… Mira cuánto ha tardado en recomponerse… -Charlie asintió. Después de todo, Aurel había vivido más de un milenio. Tenía la autoridad suficiente para decir aquello. Él, por supuesto, opinaba otra cosa bastante distinta al ser un testigo de los crímenes de Riddle. -¿No sientes cómo la magia está cambiando, Weasley? ¿No notas tu varita estremecerse de forma extraña cada vez que conjuras? Está en el aire. La materia se ha ido transformando desde que vino al mundo…Ahora está en su culmen y ellos lo saben. Las antiguas guerras eran solo una antesala.

El hombre de pelo rojizo y grasiento sintió una presión en su estómago.

-¿Y qué ocurrirá en esta guerra? ¿Qué sabe usted y cómo…?

-Existen profecías -explicó simplemente. Suspiró y miró con cierta pena a Weasley.-No son profecías de magos… Sino de seres mágicos que han estado hilando nuestro destino antes de que pusiéramos un pie en esta tierra. Son palabras sagradas. Las culturas muggles antiguas las escucharon con temor a través del murmullo de los relámpagos. Los magos rechazaban semejante barbaridad tachándola de desvaríos de sus religiones… Pero… Está en todas ellas.

-¿Está hablando de Dios? -aquello hizo que se estremeciera. Jamás había creído en ninguna teoría teológica. Incluso cuando había doctrina que afirmaba que Dios era un mago antiguo e inmortal.

Aurel sonrió, de nuevo con cierta tristeza hacia su amigo.

-Los mayas y los hindúes lo interpretaban como un despertar de conciencia y sincronía mediante un rayo que atravesaría el universo haciendo que la raza humana fuera más avanzada. El Ragnarök de los antiguos europeos propiciaba el caos y el mal del que sólo sobrevivirían los dioses… El catolicismo asegura un cataclismo inevitable en el que Dios es el triunfador…

-¿El Apocalipsis?

-Son sólo creencias de los muggles -afirmó, quitándole importancia. -No tienen nada que ver con la realidad…

-¿Entonces? Ha dicho que los muggles lo escucharon…

-Tienden a tergiversar sus creencias…¡No hay ningún Dios! -Dicho esto se rio. Al observar el semblante oscuro de su amigo Charlie Weasley, le concedió una sonrisa. -El Clan ha seguido la profecía mágica…

-No sabía que había una profecía mágica sobre el apocalipsis…

-Es un canto antiguo, Charlie, dudo que lo haya escuchado -Su amigo le mostró una cara de desesperanza y rendición. Aurel siempre jugaba con su desconocimiento. Incluso cuando era un mago bastante versado. -No pretendía asustarle, amigo. Sabe que yo siempre le hablo con la verdad y con mi conocimiento limitado… Yo nunca lo he escuchado. Me he negado. Dicen que los magos que lo escucharon murieron al perder la cordura…Excepto… Excepto los que se reunieron en el Clan para proteger el canto antiguo que predice un nuevo orden en el mundo.

El amanecer de un nuevo día conjuró un juego de sombras sobre el castillo. Los reflejos de sol que emanaban como haces de luces mágicas desde el lago, entrando por la ventana y despertando a los alumnos con el sueño más ligero. El Gran Comedor pronto estaba lleno de los más espabilados. Los más perezosos solían ser los últimos en acudir a la llamada del café de la mañana.

La Mesa de los Gryffindor solía ser la última en llenarse y vaciarse, pero la primera en acabar con toda la comida. Estaban a punto de presenciar un hito histórico. Rose Weasley llegando, con las mejillas coloradas, sin aliento, a por los últimos retazos de comida. Hasta los elfos que oían su nombre en la lejanía sabían que la joven pelirroja era siempre -y siempre era todos los benditos días -la primera en ocupar la Mesa de los leones. Aquel día no. Incluso Janet Rossen se había marchado a prepararse para clase, creyendo que Rose había acabado demasiado pronto.

Con el pelo como una enorme maraña o un nido de avestruces, los cordones de sus zapatos aleteando y la corbata mal puesta, corrió a sentarse junto con los dos únicos muchachos que vio de lejos. Esperaba que estos no hubieran acabado de comer para poder robarle algo o su estómago rugiría cual tormenta desatada.

Peter Greenwood y Scorpius Malfoy se miraron con incertidumbre. Alice y Albus se acababan de marchar, pues tenían clase con Séptima Vector y no querían recibir una bronca de la profesora de Aritmacia. Eran los mediadores cada vez que Rose Weasley estaba presente. Aquello solo podía significar malas noticias. Sobre todo, si Rose Weasley tenía el estómago vacío y miedo de llegar tarde a clase.

-Dadme algo, por favor -suplicó Rose Weasley hacia ambos.

Los jóvenes se miraron de nuevo. Malfoy tan solo tenía media tostada mordida y Greenwood se había cogido tres bollos de chocolate para comérselos después. Nada de aquello era negociable.

Contemplaron el resto de la Mesa: había menguado de manera absoluta la comida. Sólo quedaban los restos de los demás compañeros. ¿Rose Weasley estaba dispuesta a comer de su desayuno? Aquello era una situación de crisis sin precedentes.

-¿Estás bien? -preguntó Peter Greenwood al percatarse de la respiración entrecortada de Rose Weasley.

Le pasó un vaso de agua que estaba medio lleno. La muchacha se lo bebió de un trago.

-Tenía una alarma muggle puesta y alguien…-Dijo, volviéndose al resto de los presentes en la Gran Sala. -Estoy segura de que alguien me la cambiado…¡Así que ahora tengo que comer corriendo porque tengo una clase particular antes de clase con mi prima Molly!

-Eh, eh, Weasley… Dios, sí que te odian las Gryffindor, ¿no? -le comentó con sorna Greenwood, ofreciendo su alma a la suerte. La muchacha ni le respondió. Cogió dos de sus bollos y se los llevó a la boca. -¡Weasley! ¿Qué haces? Es mi merienda.

La joven se encogió de hombros mientras engullía. Le dio una mirada atónita a Malfoy para que hiciera algo por él. Y por sus bollos, sobre todo por esos cálidos bollos de chocolate que iban directos al estómago de la Weasley.

-Toma, aquí tienes zumo de jengibre -le ofreció Malfoy, para que, al menos, no se atragantase delante de ellos dos. Esta lo rechazó con cara de asco. -Al menos se te ha ofrecido…

Peter estaba enfadado. Ignoró la advertencia que le hacía su amigo de debajo de la mesa y se levantó hacia Rose Weasley.

-¡Me debes dos bollos! -le gritó. Verdaderamente Greenwood se movía y reaccionaba siempre por instinto estomacal. Malfoy se llevó la mano a la cabeza.

La Weasley le mostró el dedo de en medio.

-Cuando me necesitéis para vuestras aventuritas os vais a llevar esto -aludió a su dedo. Y prosiguió zampando las delicias de Peter Greenwood.

-¿Ves, Weasley? -le dijo Malfoy. -Por cosas así, te cambian la alarma en tu cuarto…-Lo que pretendía ser una lección moral recibió una mirada mortífera. -Solo digo la verdad, si fueras más amable quizás tus compañeras de cuarto no estarían todo el rato así contigo.

Entonces, se detuvo.

-¿Cómo sabes que han sido mis compañeras de cuarto, Malfoy?

-Pues porque siempre estás diciéndole lo tontas que son y ellas no te aguantan -enunció sin piedad Greenwood. -Rossen es una santa.

-Eso es mentira -negó la joven mientras tomaba asiento, como si hubieran activado el modo velocidad humana en su cuerpo. -Ellas me tienen aprecio, soy una Weasley.

Greenwood aguantó la risa como pudo. Malfoy suspiró. ¿En serio tenía que tocarles precisamente a ellos la revelación de la verdad sobre la naturaleza de Rose Weasley y sus consecuencias sobre el resto del alumnado?

-No por ser Weasley tienes ventajas sobre todo…-murmuró Greenwood. Al menos no había salido de la boca de Malfoy. Además de contradicción con sus alegaciones de semanas anteriores, sería suficiente para meterle el pie en su estómago.

-Oh, claro… Ya veo, o sea… Todo lo bueno que tengo es por ser Weasley… Pero todo lo malo es por ser Rose -asintió resignada y visiblemente molesta.

-Pues tiene sentido, ¿no? -musitó Malfoy en un hilo de voz que temía ser interrumpido por la rabia de la Weasley

Sin embargo, recibió silencio.

-Bueno, Weasley, tampoco es para tanto… -dijo Greenwood al notar cómo los ojos de Rose caían de forma triste. -Es porque te tienen envidia, con lo del Quidditch y que eres lista… Y, para colmo, Weasley. No hay otra igual, ¿eh?

Rose Weasley se llevó las manos a su rostro y lo masajeó como si así sacara todo lo que le preocupaba. Acabó lentamente de comer. Malfoy y Greenwood no movieron un ápice de su cuerpo, observando a la joven Weasley recomponerse conforme los nutrientes iban entrando en su cuerpo.

-Tenéis razón… Me comporto fatal con todo el mundo.

-Bueno, con Alice y Albus pareces una persona normal -le tranquilizó Scorpius Malfoy.

Ella rio sin ganas, como si estuviese en el guion pero no lo sintiera realmente.

-Con nosotros, a veces, también lo has sido… Muy pocas veces. Pero históricas -recalcó Greenwood. Pondría de ejemplo aquel justo día, pero aún le dolía que le hubiera robado los bollos rellenos de chocolate.

-Siento molestaros -dijo en voz baja, como si algo le impidiera decirlo en voz alta. -Te veo en el Quidditch, Malfoy -dicho esto se marchó a paso apresurado.

Los dos muchachos se miraron entre sí, atónitos.

-Entonces, ¿no va a clase?

-Pues ¿no? Ha dicho algo de clases con otra Weasley…

-Pero el entrenamiento no es hasta por la tarde… ¿Crees que está bien? ¿Se lo decimos a Alice?

Scorpius Malfoy suspiró y se terminó la tostada de dos bocados. Lo cierto es que no quería decírselo a Peter porque su amigo tenía bastante poco tacto con los asuntos más delicados. Había visto los ojos lagrimosos de Rose Weasley. ¿No lo habría visto él? Entendía, por haberlo vivido él el año anterior, que ser desterrado por tus propios compañeros de cuarto no era una gran experiencia. Sobre todo si para nada se lo esperaba. Y si era una joven que se exigía demasiado, podría ser aún peor.

-Sí, deberíamos decírselo a Alice.

-Yo creo que es por las cosas esas que le pasan a las chicas… Ya sabes -dijo Peter señalando sus partes más íntimas. Scorpius Malfoy sonrió. Su amigo sí que había visto mal a Weasley. Parecía preocupado de verdad. -Me da pena, ¿sabes? Quitando a Rossen, que no es que sea la mejor compañía que uno pueda desear, no tiene muchos amigos.

Su amigo se encogió de hombros.

-Ella se lo ha buscado… Además, a nosotros nos odia abiertamente, ¿qué quiere? ¿Nuestra ayuda? No creo que sea lo mejor…

-Pero, Scorp, es la prima de Albus. Como mínimo es familia política para nosotros…

El joven Malfoy soltó una risa sana ante la ocurrencia.

-Díselo a mi padre…

-¡Venga, Scorp! Además, es tu compañera de Quidditch… Se lo debes al deporte… Deberíamos ser más amables con ella.

-Creo que nuestra amistad está maldita por la genética, podría salirme una úlcera o algo peor...

-¡Exagerado! ¿Y no te ha salido una por ser amigo de Albus?

El aludido sonrió con tristeza. Bueno, aquella amistad sí que había dado que hablar. No quería ni imaginarse lo que podría suceder en su reencuentro familiar si decía que era amigo de Rose Weasley. Probablemente le vetaría la entrada a casa como a su abuelo.

-Con Albus es diferente… Además, nuestros padres se hablan.

-¿Se hablan? Pero, ¿no era como su némesis o algo así?

-Oh, no, Harry Potter tiene un pase… Pero Ronald Weasley… Esa criatura engendrada por un neandertal no puede disfrutar del carisma Malfoy.

Las luces de las farolas eran las únicas que alumbraban la sombría calle. La nieve cubría las aceras. La carretera estaba cubierta de hielo y la única casa habitada de allí tenía como única luz la chimenea. El hombre de cabellos como hebras de plata, cuerpo fornido y cicatrices a lo largo de su rostro contemplaba con detenimiento a la mujer que estaba sentada enfrente de él.

De pronto tocaron la puerta, la mujer de ojos vacíos y pelo enmarañado, cuyas arrugas eran tantas como sus años, se incorporó. Sin mostrar emoción, el hombre levanto las comisuras de sus labios. Parado, sin moverse mientras sus hijos entraban en la sala. El hombre los miró, examinándolos. Después se levantó y, sacando de su capa una varita de madera retorcida como sus ideas, apunto a uno de los jóvenes. Pudo reconocerlo por el simple detalle que les diferenciaba: el color del pelo. Uno, el más alejado, dorado como el oro recién fundido. El otro, el que se enfrentaba a la varita de su padre, del color del roble más noble.

-¡¿Tenías que ensuciar el nombre de tu familia?! -Su voz sonó retumbante. El cuerpo de Olivier se tensó. -¿¡Cómo osas desafiarle?! -Apuntó la varita más cerca del rostro del joven. -Al menos han mostrado misericordia…¡Pero ni se te ocurra volver a dudar de las órdenes del Señor! ¡Hay una sangre sucia correteando viva por tu culpa! ¿No te das cuenta de lo que puede suponer eso para el destino…?

Sin mover los labios, conjuró un hechizo que indujo un dolor tan fuerte que hizo que su hijo Olivier se retorciera y cayera de bruces al suelo. Ahogó gritos mientras su madre contemplaba la escena desde la puerta, atisbando por el rabillo del ojo la sonrisa de su hijo Octavio. Ella misma sonrió también. Al menos uno de ellos la enorgullecía.

-Hijo -le llamó su madre, con una sonrisa que producía más dolor que el hechizo imperdonable de su padre. -Tenemos una última oportunidad para ti, Olivier. Una oportunidad que no hará que elijas la muerte o el encierro…-Olivier se retorció. Sabía cuál escoger. Siempre lo había sabido. Mas no quería dejar en mal lugar a su familia después de su acto de rebelión.

-Es una orden de los de arriba -apuntó Octavio.

Su padre sacó un papel arrugado de su abrigo. Lo desplegó con delicadeza. Se lo tendió a su hijo que estaba de rodillas ante él.

-Ya sabes lo que hacer -dijo su padre.

La fotografía parecía haber sido tomada en la clandestinidad. Alejada de la protagonista de esta. Como si fuera un atisbo de la persona que se mostraba allí. Tomó la fotografía con las dos manos. Se lo había temido. No sabía quién era, pero sí lo que significaba. Había un rasgo inquebrantable para identificar el objetivo.

El color rojo de sus cabellos.

-Una Weasley.

Breve nota del autor:

Queridos lectores:

Espero que os esté gustando la Saga de la Tercera Generación de Hogwarts. Sólo me paso por aquí para daros las gracias a aquellos que han dedicado unas palabras a este relato, así como a aquellos que lo devoráis -si es que la historia sirve para ser devorada -en silencio.

Sólo paso por aquí, además, para transmitiros una idea más visual de esta historia a través de un microfilm que he realizado con objeto de mostraros la imagen que tengo de los personajes principales y los diferentes escenarios: https://www.youtube.com/watch?v=oM9STY2RtSI

Un cordial saludo a todos,

Carax