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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 44
DestrucRose
La soledad inundaba las calles. Parecía que solo la niebla del alba era la que habitaba el pueblo de Hogsmeade. Se comenzaron a oír los primeros bostezos. Los primeros pomos girar para dar paso a los más madrugadores. Aunque, por regla general, los martes no tenían una gran afluencia de alumnos de Hogwarts, debían preparar las cocinas y los barriles para los recién llegados a la ciudad que, transeúntes de un lugar encantado, deseaban volver al lugar donde desempolvaron sus varitas. Así, los bares destapaban sus luces. Algunos habitantes eran clientes habituales en el desayuno.
La taberna más frecuentada era Cabeza de Puerco. En su exterior, reposaba un decorativo letrero con una cabeza de un cerdo que dejaba gotear sangre. Una imagen que solía ser objeto de discordia para los más susceptibles. Solía describirse como un lugar lúgubre y oscuro, cuyas ventanas tenían tanta mugre que, durante el día, bloqueaba la mayor parte de la luz procedente del exterior. Era imperativo encender velas en el interior para que hubiera algo de iluminación. No obstante, la suciedad del interior había desaparecido desde que cambió de dueño.No sus pintorescos personajes. Allí acudían brujas, gnomos, duendes y una gran variedad de individuos encapuchados. Era una posada bastante económica.
En efecto, Aberforth Dumbledore había decidido retirarse de su profesión como tabernero después de luchar en la Batalla de Hogwarts y sobrevivir. Perseguía una vida tranquila que su posada no le permitía. Por esa razón, se refugió atendiendo a sus cabras. Y seguía en Hogsmeade. Pero desde que regresó, hablo con la familia Hegarty para ofrecerles la taberna.
Los Hegarty eran una familia de magos irlandeses que habían llegado a Hogsmeade al final de la Segunda Guerra Mágica, con esperanzas de reconstruir el desorden de la batalla. Habían sido llamados por la señora Rosmerta, la dueña de la taberna de Las Tres Escobas. Deidre y Sullivan Hegarty era el matrimonio que había conseguido quitar gran parte de la suciedad que atestaba aquel lugar. Habían podido hacer frente a tal laboriosa tarea gracias a su hija adoptiva, Willa Hegarty. La joven no solo había aportado ayuda durante su etapa como alumna de Hogwarts, sino que había decidido quedarse en Hogsmeade para retomar asignaturas con el objetivo de tener un expediente académico excepcional y así ser admitida en los entrenamientos para ser Auror.
La joven Willa observó cómo su madre se dirigía a la taberna desde el exterior, portando una cesta llena de botes de leche de cabra recién obtenida de los animales de Dumbledore. Su hija le abrió la puerta. Willa Hegarty se dirigió a una gaveta de madera antigua detrás de la barra que servía como registro del dinero en efectivo, justo detrás de una escalera de madera raquítica que llevaba a un cuarto, donde probablemente habría un par de clientes durmiendo.
La primera figura entró justo después de su madre. Le mostró una sonrisa excepcionalmente amable. Escondía su pelo canoso bajo un pañuelo blanco y los ojos azules mostraban más sabiduría de la que Willa Hegarty sabía que jamás iba a tener. La joven le ofreció un asiento al lado de la barra de madera de la taberna.
-¿Lo de siempre, Madame Pomfrey? -la anciana mujer asintió.
Willa se dirigió hacia un artilugio antiguo que tenía la propiedad de preparar un té de hierbas silvestres exquisito. Era la única cliente que rechazaría por activa y por pasiva la famosa cerveza de mantequilla. De hecho, era la única cliente que jamás se esperarían allí. No obstante, tenía una relación de amistad bastante sólida con Deidre Hegarty.
Mientras le llevaba la taza de té, que habían recuperado de sus propias pertenencias exclusivamente para ella, Madame Pomfrey le cogió suavemente del brazo.
-Willa, cariño, dile a tu padre que me tiene que coger unas plantas medicinales… Le llevo esperando más de un mes -la muchacha soltó una breve risa.
No le extrañaba en absoluto que fuera así. Su padre era bastante distraído. De hecho, lo era así incluso con las personas. Confundía en innumerables ocasiones los nombres de sus amigos de Hogwarts que llevaba años conociendo. Ted Lupin y Alexander Moonlight eran indistinguibles para su padre. Incluso cuando era bastante evidente las diferencias entre ambos.
-Creo que ha ido a buscarlas hoy, Madame Pomfrey -le aseguró, aunque ambas sabían que no era así.
La puerta de la Taberna se volvió a abrir. Algo poco usual, pues sus clientes no solían llegar hasta que fuera una hora oportuna para tomar una cerveza.
Una joven de tez pálida, exageradamente flaca, de cabello pajizo grasiento y ojos perdidos apareció en el umbral. Iba desaliñada. Vestía lo que podía ser un camisón embadurnado en mugre tapado con un manto de cuadros escoceses cuya limpieza no casaba con el resto de la imagen -probablemente, lo habría robado. Avistó a las mujeres que estaban junto a la barra y se acercó a ellas.
Willa la contemplaba atónita. Quizás aquel acontecimiento no habría sido nada extraordinario en los tiempos regentados por Dumbledore. Sin embargo, su familia jamás se había enfrentado a algo similar. Los clientes solían ser un poco más pulcros. Menos desubicados.
-¿Madame Pomfrey, enfermera del Castillo?-La muchacha tenía un acento algo extraño, que le evocó fácilmente a los países nórdicos. Willa alzó una ceja hacia ella mientras se llevaba la la taza de té vacía de la anciana enfermera de aquella fenómeno.
-Si, jovencita… ¿Me buscaba para algo?-preguntó educadamente. Parecía como si la enfermera hubiera estado acostumbrada, desde hacía tiempo, a aquel tipo de situaciones.
La sucia joven se mordió el labio inferior. Miraba alrededor preocupada. Tendría derecho a haberlo estado si hubiera alguien más en la taberna además de Willa y Madame Pomfrey.
-Mi especialidad son las plantas medicinales -anunció. Willa se detuvo en seco ante tan extraña situación. -Me pregunto si necesitaría algún ayudante…Estoy buscando trabajo y me parece que puedo ser la indicada- rogó, pues su expresión era desalentada y esperanzadora, mientras la ser mordía el labio con aun más fuerza.
-Madame Pomfrey…sí que necesitas ayudantes -Respondió con sinceridad Willa. No había día que Madame Pomfrey no se quejara de la soledad y del gran cúmulo de trabajo para su anciana edad. -Pero… Es una tarea complicada. ¿Quién eres tú? -le cuestionó con tanta curiosidad que probablemente asustó a la joven.
La cuestionada se tambaleó sobre sus propios pies. Como si hubiera andado tanto que los pies ni le respondían. Recobró la compostura con un gesto de dolor.
-Imogen -contestó con simpleza. -Me han dicho que en Hogwarts me ayudarían… No tengo donde ir.
Willa sintió un escalofrío. Eso parecía más cierto de lo que quería admitir. Miró a Madame Pomfrey con atención. Si hubiera estado ella sola frente a esa muchacha al otro lado de la barra, habría llamado a algún Auror.
-Willa tiene razón, necesitaría algún que otro ayudante…- concedió Madame Pomfrey.
Quedaba apenas una semana para las vacaciones de Pascua. Parecía que, con la entrada de la primavera, las parejas en Hogwarts habían proliferado. Florecido. Como si se hubieran estado escondiendo durante todo el año hasta que el Sauce Boxeador se vistiera de gala floral. Las parejas salían cogidas de la mano y dándose besos por todos los rincones del castillo.
No obstante, seguían sin ser mayoría. El resto había dado la bienvenida al buen tiempo como siempre se había hecho. Los más agobiados buscaban una sombra para estudiar. Otros corrían y saltaban disfrutando del sol. Los más atrevidos llegaban al primer árbol del Bosque Prohibido sin osarse a avanzar más, inquietados por las criaturas de la naturaleza que también habrían despertado. Los más tímidos se escondían entre los muros del castillo.
Pero, aquel día, todo el mundo parecía haber acudido a la puerta Este del castillo. De todas las edades. De todas las Casas. Esa multitud llamo la atención de Louis Weasley.
Los que se salían del tumulto, portaban una sonrisa y un fajo de papeles que parecía ser un periódico. Y no era El Profeta ni El Quisquilloso ¿Otro periódico en Hogwarts? El joven pelirrojo se hizo paso entre la multitud, mayoritariamente féminas, y consiguió un ejemplar del El diario de Hogwarts.
Casi le da un ataque de risa y pánico. ¿De quién había sido la fatídica idea de hacer un periódico del Colegio de Magia y Hechicería con más dramas que una telenovela turca? Se acabaría convirtiendo en un jugoso documento de cotilleos… Y temía que su familia sería objeto de artículos.
Se apartó de la gente y se sentó al pie de las escaleras.
En portada, aclaraba el objetivo y confirmaba todos sus temores.
«LA MEJOR FORMA DE SABER QUÉ OCURRE EN NUESTROS PASILLOS
Varios alumnos de distintas Casas hemos tenido la fabulosa idea de crear un periódico ejemplar que informara de distintos géneros de noticias que ocurren en el Castillo. ¡Estamos hartos de que ningún profesor nos informe de los peligros a los que nos enfrentamos! ¡Podemos salvar vidas! Por supuesto, tampoco queremos enterarnos de ninguna disputa entre amigos o de rupturas o de nupcias o de los castigos de Filch y las nuevas del Quiddtich porque lo tengamos en frente… ¡Somos la mejor forma de saber qué ocurre delante de tus narices sin que te des cuenta!
¿Listo para encontrarte en alguna de nuestras secciones? Conócelas, adéntrate: Noticias de Portada, Fuera del Castillo, El Calderón del Cotilleo, Zona Filch, Quidditch y…¡Misterios en los muros!
Te esperamos… ¡El caos está a vuestro servicio!
Tim Marrs»
El joven tiró el periódico al suelo de mala gana. Harto de las tonterías que se inventaban en el castillo. No había podido saber que él mismo era un rumor en El Calderón del Cotilleo.
La noche había cubierto el cielo y caído sobre los muros del castillo como una sombra que se apoderaba de todo rastro de luz. La chimenea de la Sala Común había sido apagada por un alumno de Sexto Curso. Prefecto. Les avisó de que debían irse a dormir. Por eso, Albus Potter no lo hizo. Prefería mil veces la ostentosa mazmorra convertida en Sala Común de la Casa Slytherin que su detestado cuarto. Ni le traía buenos recuerdos saber que allí había sido asesinado su antiguo compañero de cuarto, Richard McKing; ni lograba coger el sueño con el murmullo de sus otros compañeros de cuarto. Albus tenía problemas para dormir.
No obstante, tras descubrir el mullido sofá de la Sala sólo por las noches y el poco peligro que corría al estar todo el mundo corriendo, se conciliaba con su rutina nocturna. Era una ardua tarea, el sofá era mullido pero no cómodo. Se había preparado para ello. Nada mejor que el manual de Historia de la Magia para dormir plácidamente.
Se sumergió en la historia que entrañaba a la Convención Internacional de Brujos de 1289. Cuando leía sobre un subcomité de hechiceros sardos que estuvieron involucrados de alguna manera en la convención -de la cual seguía sin comprender la importancia que Binns le había estado dando todas las clases anteriores; oyó unos pasos procedentes de las escaleras que conducían a los cuartos femeninos.
Cerró el libro de golpe. Se acurrucó en el sofá y rezó a Merlín para que no se tratara de Zoe McOrez en venganza del puñetazo que le había propinado a su hermano. Se lo había tenido que vendar y no era algo de lo que se sintiera infinitamente orgulloso. Al menos, no había rastro de aquello en el estúpido Diario del Castillo que criminalizaba la actitud de su prima Rose. Y bofeteaba la de su hermano James.
Con los ojos entrecerrados, logró distinguir la figura que aparecía. Alice Longbotton.
Maldijo para sus adentros. Esperó que no hubiera bajado solo para asegurarse de que él estaba bien. Le había confesado que dormía en la Sala Común por la incomodidad de su cuarto.
No obstante, Alice Longbotton tenía los ojos cerrados y se tambaleaba conforme caminaba torpemente hacia la salida de las mazmorras. ¿Estaba dormida? Andaba con pasos seguros hacia fuera de la Sala Común. Albus Potter desconocía si Alice era sonámbula. Le extrañaba no saberlo después de haber pasado tanto tiempo siendo amigos. ¿No era algo que uno decía alguna vez? Sin pensárselo dos veces, la siguió.
Albus se percató de que sus pasos parecían tener un rumbo fijo. Giraba para unos pasillos y para otros no. Aquello le comenzó a preocupar. La siguió más de cerca. Estaba profundamente dormida, su respiración era ridículamente tranquila. Si no la había despertado aun, era porque sabía por la televisión muggle, que si la despertaba podía ser malo para ella. Y, sinceramente, tenía curiosidad por saber hasta dónde llegaba una Alice Longbotton noctámbula.
Cruzaron medio Hogwarts. Literalmente. Albus había decidido que aquel día no estaba destinado a ser fructífero para su rutina nocturna de descanso.
Alice comenzó a subir las empinadas escaleras que llegaban a la Torre de Astronomía. Parecía tan segura de sí misma que Albus Potter hizo amago de detenerla, mas ella aceleró su ritmo. Subía, escalón a escalón, sin tropezarse. Si Alice en su estado natural era torpe, ¿debería decirle que jugara al Quidditch sonámbula?
Cuando llegó a lo alto de la Torre de Astronomía, Albus empezó a temerse lo peor.
De nuevo, al intentar agarrarla, escapó de él en sueños y se dirigió a la baranda con un trote que puso los pelos de punta a Albus.
Alice, con el ceño fruncido, luchaba por encaramarse y pasar al otro lado de la baranda de la Torre de Astronomía, enfrentándose a una caída libre letal. Las manos no le temblaron ni un instante.
Albus no gritó. Si Alice se despertaba en aquel instante, se caería. Sintió la adrenalina hervirle la sangre. Cerró los puños y corrió hacia la baranda que Alice luchaba por saltar.
Alice se había encaramado y había logrado estar, sujeta por sus seguras manos a la baranda, de cara al vacío de la noche. El joven alcanzó la baranda y agarró fuertemente a Alice del brazo, muriéndose al pensar que las probabilidades de una caída eran tan altas como aseguradas. La sostuvo con todas sus fuerzas, sacando parte de su cuerpo por la baranda, para apretarla hacia él lo máximo que pudo.
-¡Alice! -la joven no respondió, seguía en un sueño que le obligaba a no despertar. Intentó retirar sus brazos de la baranda. Albus luchó, entre jadeos, por resistir la fuerza sobrehumana de la joven. -¡Despierta! -gritó, más cerca de su oído. Las manos de Albus empezaron a resbalarse por los delgados brazos del joven. -¡ALICE!
-¡AARGH! - lanzó un grito desgarrador, frustrado y enfadado.
Aquello fue lo que la despertó. Su propia voz saliendo estrepitosamente de su garganta. Se apretó fuertemente a los brazos de Albus, que le daban las espaldas. Se percató de que miraba imponente al vacío. Intentó darse la vuelta para mirarle, pero su cuerpo había comenzado a temblar. Empezó a sollozar de miedo.
Albus no la dejaría colgada en el vacío. La rodeó con los brazos.
-Date la vuelta, no voy a dejar que te caigas. Confía en mi.- Alice no contesto; pero no hizo nada. Miraba asustada al suelo que se veía a lo lejos.
Sentía los brazos fuertes de Albus entorno a su costado. El joven sintió como respiraba entrecortadamente. Ladeó los tobillos y, poco a poco, el tronco; finalmente, los brazos. Observó a su amigo.
El joven no la había soltado y su agarre no había desistido en ningún instante. Sus rostros estaban a pocos centímetros. Albus sudaba y encajaba la mandíbula. Alice tenía la expresión de haber visto la muerte.
-Usa… un ...Levi..Levicorpus- tartamudeó la joven, mientras apartaba la mirada de Albus.
Se mordió el labio. Albus trató de recuperar a Alice cogiéndola del cuerpo.
-Me he dejado la varita…Vamos…Impúlsate.- ordenó el muchacho. Alice le transmitió una mirada de terror.
-¿Y si me caigo?- estaba manifiestamente aterrorizada.
Albus buscó sus ojos.
-Yo me caeré contigo- Sentenció.
Alice se impulsó y Albus hizo apego de todas sus fuerzas para llevarla con él al otro lado de la baranda. Con movimientos de cámara lenta, la joven pasó sus piernas por la baranda. Y, cuando Albus la hubo cogido a pulso, sobre tierra firme, cayeron de bruces ante el esfuerzo al suelo. El joven soltó un gemido ante el peso que caía sobre él.
Sus respiraciones iban a mil por hora.
-¿Qué me ha pasado? -se preguntó, más a sí misma que a su mejor amigo.
-¿Una mala pesadilla? -sugirió irónico Albus. Alice trató de incorporarse y se tambaleó, su amigo la agarró, de nuevo.
-¿Crees que habrán sido McOrez o Collingwood por lo del otro día…?
Albus negó con la cabeza.
-Debe de haber sido una poción que te has tomado sin querer…
.¡No! ¡No he tomado nada raro! Sólo las galletas de Hagrid que sabían de maravilla…
El joven detuvo sus pensamientos conspirativos.
Un nuevo latido le propulsó hacia otras conspiraciones que, por más probables que fueran, quería negarlas con todas sus fuerzas.