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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 47
Louis Weasley se sintió cohibido ante la atenta mirada de su hermana Dominique, la cual parecía culparle por haberle abandonado aquellos últimos meses. Y era cierto. Y se sentía culpable. Y también se sentía un imbécil por no haber hecho nada por evitarlo. Ni pensar en hacerlo. Su hermana ni siquiera le había devuelto el saludo. Intuía que estaba enfadada -pero no que lo estuviera tanto. ¡Nunca pensó que Nicholas Woods fuera hacer mella en su hermana de aquel modo! ¿Y por qué narices entonces seguía con él? Además él mismo tenía sus problemas y ella ni siquiera le preguntaba. Aunque, bueno, los problemas de ella los sabía todo el castillo. Si le preguntara, tenía la certeza de que encontraría más cosas de las que quería saber. Ya era demasiado tarde. Conocía a su hermana. Louis había tenido su oportunidad de preocuparse con ella y la había desaprovechado.
Chasqueó la lengua y su hermana cruzó las piernas. Molesta con él. Con su presencia. Desviaron la mirada y quedaron en silencio. Esperaban que Minerva McGonagall, la que les había llamado a su despacho, apareciera de una maldita vez. De otra manera, la incomodidad les mataría por dentro. O por fuera.
-Queridos míos -les saludó. Louis se extrañó. Jamás de los jamases había escuchado a la directora dirigirse hacia él con tanta efusión.
-Directora -su hermana se levantó de un salto y fue a saludarla con un asentamiento de cabeza.
Louis tuvo la sensación de que se había perdido algo de su hermana en aquellos últimos años. Era como si hubiera algo de ella que no le era familiar. Como cuando una persona se cortaba el pelo y tardabas en notarlo. Solo que no era algo físico. Intentó imitar a su hermana con vehemencia pero intuyó que su gesto le había quedado algo ridículo.
-Directora McGonagall -dijo su nombre, para apoyar su saludo.
Esta asintió y les señaló los sillones en los que estaban sentados previamente para que volvieran a ocuparlos. No dudaron en hacerlo. Una vez sentados, Louis intentó descubrir por el inescrutable gesto de aquella anciana mujer la razón por la que los había llamado. E intuía que era también la razón por la que Teddy había faltado a sus últimas clases. En su fuero interno, sabía que tenía que ver con su hermana Victoire. No obstante, no le dio importancia cuando nadie más le dijo nada. ¿No le habrían avisado si hubiera sido algo grave?
-Tengo buenas noticias, señores Weasley -les anunció con una expresión serena y seria. Como si, en realidad, no fueran buenas nuevas. Sintió que su hermana Dominique palidecía. Vio cómo agarró con fuerza la textura del sillón. ¿Sabía algo que él no?
-¿Cómo está? ¿Está bien? -se adelantó Dominique. Sintió cómo el corazón de su hermana palpitaba tan rápido que sus palabras habían salido a trompicones. -Minerva -le tuteó, ante la sorpresa de Louis. -Sé que le pasa algo. Dínoslo…
-Tranquila, hija -su voz sonó suave. Louis les miraba a las dos como si fuera un partido de tenis entre ellas. -Vuestra hermana está bien… Pero me siento en la necesidad y en el aprieto, por orden de vuestros padres… De informaros.
-¿Qué le ha pasado a Vic? -preguntó atónito Louis. O sea, que, fuere lo que fuera que le había pasado a su hermana había sido grave. Casi seatraganta con su propia saliva. No pudo más que recordar los sucesos que acontecieron en Hogwarts el año anterior.
-No hay palabras que eviten alarmaros para poder contároslo… Sólo necesito que entendáis que vuestra hermana está sana y salva ahora.
-¿Qué? -Louis seguía perplejo. Jamás pensó que su familia pudiera estar en peligro. Creía que eso ya era un mito. Un lejano recuerdo de la juventud de sus padres. Y que tenía la entrada vetada a su vida. Su burbuja se desmoronó y sintió una presión en el pecho sin precedentes.
-Vuestra hermana, Victoire Weasley, fue secuestrada hace casi un mes por el Clan del Ojo y llevada a uno de sus cuárteles donde estuvo retenida durante unas semanas -anunció. Louis sintió cómo su mandíbula se desencajaba y sus ojos se empañaban. -Con suerte, un joven del Clan traicionó a los suyos y nos comunicó… Bueno, comunicó a Teddy Lupin… Aún no sabemos cómo… Dónde estaba Victoire y los aurores pudieron ir a por ella. Así que está sana. Y salva. Ted Lupin está con ella, por eso no va a clase. Vuestros padres me han solicitado permiso para que podáis acudir a verla. Si queréis, claro está. Espero que así sea. Vuestra hermana desea veros.
Louis enmudeció. No sabía qué decir. Se sintió miserable. Su hermana mayor había pasado por todo aquello sola y él, lejos de enterarse, ni siquiera le había dedicado un pensamiento en todo el mes. Sintió sus ojos humedecerse. Su garganta cerrarse. Observó a su hermana. Quiso ver su reacción para saber qué hacer. Porque él estaba sin palabras. Sin expresión. Sin color en su rostro.
Su hermana seguía aferrada al sillón e imploraba a McGonagall con la mirada.
-¿Está del todo sana? ¿Le hicieron algo? ¿Y las secuelas?
Louis quiso saber las respuestas y se giró hacia su directora. Esta desvió la mirada de su hermana hacia los cuadros de los directores que presenciaban aquel momento en completo silencio. Parecía que aquel interrogatorio le incomodaba.
-Está sana, Dominique. Estuvo en San Mungo para recuperarse, pero está bien… Solo que… Bueno, aún no queda claro qué va a hacer, pero… Vuestra hermana está embarazada de tres meses -anunció Minerva McGonagall.
La risa histérica de Dominique Weasley les pilló por sorpresa tanto a Minerva como al propio Louis. Frunció el entrecejo. ¿Aquella era la reacción de su hermana? Pero, ¿qué esperaba? ¿Qué pasaba con su familia? ¿Su hermana de dieciocho años embarazada?
-Va a abortar, ¿no? -fue lo único que pudo decir Louis Weasley.
La directora dio un respingo ante la ocurrencia. Vaya, como si fuera eso algo ilegal.
-Creo que deberíais hablar con ellos -sugirió Minerva McGonagall mostrándoles un objeto que, con total seguridad, se trataba de un trasladador.
Dominique soltó otra risa. Como cuando en una situación seria solo cabe lugar a risa, de manera inoportuna. Louis le recriminó con la mirada. No era el momento.
-¿Qué? -le espetó su hermana. Su hermana lanzó una bocanada de aire y se incorporó. Se acercó a su hermano y le tendió el brazo. -Vamos, al menos de una hermana deberías estar más pendiente.
-Dom… Lo siento…
Esta no le hizo caso y, con la mano de su hermano sostenida, se dirigió hacia la directora. No era el momento de remediar su relación con su hermana Dominique. Era cierto. Ahora debían centrarse en su hermana mayor. ¿Estaban en la obligación de decirle que abortara? Tenía dieciocho años… Por Merlín, ¿qué ocurría con Vic?
Los hermanos se acercaron hacia la directora y el objeto que les tendía.
-Espero que sepa lo que está haciendo, Minerva -advirtió su hermana a la Directora. Como si su hermana supiera algo que él no. Algo que, más bien, solo conocían ellas dos.
Definitivamente, Louis debía salir más veces de su burbuja.
O no salir del todo.
Porque si salía, no solo descubriría que el mundo estaba a punto de acabar. Sino que él mismo podría acabar con otros mundos.
Los muros se habían acostumbrado con rapidez a que algunos alumnos de Gryffindor esperaran a que las armaduras legendarias que custodiaban la Sala Común de Slytherin dieran paso a alumnos para forjar su amistad. Aquello debía ser historia. Aquello debía conmover los cimientos de los fundadores y hacerles recordar el origen de la magia. El origen de Hogwarts.
El muchacho de pelo azabache y ojos verdes como la piedra esmeralda sonrió al observar cómo sus amigos reposaban sobre el pasillo y se arremolinaron alrededor de él. Albus Potter se ajustó la corbata al observar la pulcritud de ambos jóvenes de cabellos dorados, cuyas alargadas figuras esbeltas abrazaron a la suya escuálida.
Entre risas, recordatorios de todo lo que tenían que hacer y apuestas sobre el partido de Ravenclaw contra Slytherin de aquel fin de semana, recorrieron el castillo conforme el sol se escondía tras las montañas.
-Espero que no te equivoques, Scorpius -pidió Albus, mientras removía su pelo y suspiraba. -Nos podríamos meter en problemas…
Peter Greenwood les indicó que se apresuraban a una de las salidas del castillo, conforme Albus sacaba de su mochila la Capa de la Invisibilidad con cuidado de que nadie la viera.
-Más bien nos meteremos en problemas con Alice como se entere de que estamos haciendo esto sin ella -reconoció Peter mientras se encogía de hombros despreocupado.
-Ya está en problemas… Tenemos que ser nosotros -recordó Scorpius, mientras se aseguraba de que nadie les veía cuando pasó por encima de sus cabezas la Capa de la Invisibilidad y se tornaban en invisibles para el resto de seres que pudieran pasar a su lado.
Cuando salieron a los terrenos del castillo, descubrieron que la noche se les había adelantado. Afortunadamente, la luz de la luna era suficiente como para iluminarles el camino y no depender de una linterna para guiarles a su destino. Después de todo lo que había ocurrido el año anterior, si Filch o algún profesor les pillaba, se llevarían un devastador castigo.
-Ojalá no tengas razón -pidió Albus.
-Estoy seguro, Albus -reiteró el joven Malfoy. -Cuando Alice iba a coger la galleta…-algo interrumpió el relato del muchacho.
Peter y Albus se percataron de que su amigo se había quedado anclado al suelo. Estos también se detuvieron. Observaba fijamente una figura que subía la colina desde la cabaña de Hagrid: Zoe McOrez.
Ninguno supo quién fue el primero en lanzar un suspiro nervioso. Albus se llevó la mano a la barbilla y la raspó, como si así se pudiera despojar de los nervios. Peter les apremió con gestos para que se retiraran del camino. Scorpius gruñó en su interior. Desde el pie del Bosque Prohibido observaron a Zoe McOrez proseguir su camino de vuelta al castillo desde la cabaña de Hagrid.
-No nos debería quedar ahora ninguna duda, ¿no? -sugirió Peter.
-Necesito más pruebas -insistió Albus. -No puedo culpar a Hagrid así como así.
Sus amigos asintieron con vehemencia.
Se volvieron a colocar la Capa de la Invisibilidad y comenzaron el descenso hasta la cabaña de Hagrid.
Cuidadosamente cruzaron el pequeño huerto que había quedado inutilizado desde el pasado otoño a su derecha. Temblorosos, aun sabiendo que no podían ser vistos por aquel artilugio mágico, se asomaron a través de la ventana de la que salía la cálida luz del hogar de Rubeus Hagrid.
Nada había cambiado. Dentro se encontraba el enorme y afable Hagrid. Caminaba de un lado hacia otro, haciéndose girones en su desordenada barba, inmerso en sus propios pensamientos. Albus se percató de que el interior estaba más ordenado de lo habitual, mas no le dio tanta importancia.
Entonces, sintieron un sonido ensordecedor y extremadamente agudo proceder del Bosque Prohibido. Se taparon los oídos con fuerza y entrecerraron los ojos como si así evitaran el dolor que comenzaron a sentir. Albus Potter entreabrió un ojo y observó que, como si algo hubiera despertado el interior de Rubeus Hagrid, este retiró de una patada a Fangs y abrió la puerta con ímpetu, haciendo tambalear a Peter, quien se había subido a un tronco para ver mejor.
Sin pensárselo dos veces, siguieron a Hagrid al interior del Bosque Prohibido. Scorpius les retuvo para mantener una prudente distancia entre ellos y el profesor de Cuidado de las Criaturas Mágicas. No obstante, el semigante iba a una velocidad tan rápida que tuvieron que empezar a acelerar el ritmo hasta correr siguiendo la estela de Hagrid.
Y, de pronto, desapareció en el aire.
Ya no estaba.
Albus Potter, Scorpius Malfoy y Peter Greenwood se miraron entre sí. Confusos.
-¿No te parece extraño que Hagrid desaparezca en mitad del Bosque Prohibido por la noche después de haber visto a Zoe McOrez? -cuestionó Scorpius.
Albus terció el gesto.
-Creo que deberíamos volver al castillo. No es seguro estar aquí -dijo simplemente.
El joven no quería aceptar que la teoría de su amigo Scorpius pudiera ser cierta. ¿Hagrid? ¿Su Hagrid uno de los encapuchados que le atacaron el año pasado en el Bosque Prohibido? Era cierto que todos los indicios apuntaban a que fuera así: las galletas envenenadas de Alice, el encuentro con McOrez y que despareciera en mitad del Bosque…
-Seguiremos cogiendo más pruebas, no te preocupes -aseguró Peter. -Quizás sean solo coincidencias.
Se ajustaron la Capa de la Invisibilidad. Peter le dio una palmada en la espalda, como señal de apoyo. Scorpius le lanzó una mirada seria.
-No tiene por qué ser lo que creemos -razonó.
No cabía lugar a dudas de que eran sus mejores amigos.
Aquel era su momento y nada se lo iba a arrebatar.
Ni nadie.
Después de tantos años luchando con sangre y sudor por su lugar en el mundo, por fin lo había conseguido. Finalmente tenía la legitimidad de mirar por encima del hombro. Ya era su hora de dar órdenes con autoridad. Unas órdenes inquebrantables e irrefutables. No eran de última instancia, mas era suficiente para Loring. Era lo suficientemente práctico como para entender que jamás lograría ascender más allá de lo que su sangre le permitía.
Estaba todo en perfecto orden. Había reorganizado el despacho. Lo más importante se lo había llevado de allí. Intuía que no a todo el mundo el Ministerio de Francia le gustaría aquel cambio, por lo que los documentos que podían comprometer su posición los había derivado a su habitación en el Palacio de Hielo. Particularmente, después de la intrusión del auror inglés en sus terrenos, la seguridad se había reforzado.
Lo que había dejado en el despacho no era más que simple burocracia y blanqueo de su verdadera actividad. Y limpieza. Pulcritud. No se había encargado él de ello. Si no miembros inferiores del Ojo con el cometido de pasar desapercibidos de en ese momento en adelante. Pese a su inferioridad, Loring coincidía con sus superiores en que debían ser extremada y radicalmente leales a la causa, en tanto que de ellos dependían las primeras raíces que echaran sobre el telar de las relaciones internacionales. Y de forma legítima.
Loring estaba realmente entusiasmado con la idea de ser él la fachada del Clan del Ojo para ello. Sabía que era un precio alto: su vida. En el momento en el que aquello saliera a la luz, que daba por sentado que así sería; su rostro estaría en la mente de su enemigo y sabrían dónde encontrarle. Era un sacrificio. La cabeza de turco que él mismo había aportado. La suya.
El hombre bajó la cabeza conforme sonreía y mostraba su pico de viuda. Su olor a eucalipto embriagó a los presentes. Con elegancia, como si fuera un gesto de su vida diaria, tomó la pluma estilográfica que reposaba sobre la mesa del despacho y grabó sobre un papel que se postraba ante él su firma.
Enseñó sus dientes cuando los flashes de los periodistas le cegaron. Por primera vez en mucho tiempo, su semblante estaba relajado y sincero. Dejó la pluma al lado del papel y se giró hacia el hombre con expresión sombría que guardaba su espalda. Loring le estrechó la mano.
Los fotógrafos no dudaron en inmortalizar aquel momento.
Loring se acababa de convertir en el Ministro de Magia de Francia con la simple firma de un papiro.