← La Tercera Generación de Hogwarts · de Carax
La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 55
Las ramas muertas crujían bajo sus zapatos. Se adentraba cada vez más y más en la espesura del Bosque Prohibido. La certeza que aquel impulso la tacharía de «valiente» le perseguía. Por el peligro que corría. Creía firmemente que perseguir a aquella persona era poner fin a las amenazas escritas en papeles arrugados que imitaban su caligrafía. Debía ser aquella persona la que lo hacía. Incluso podía obtener pruebas.
Sus pies casi se tropezaron cuando se dio cuenta de que, perseguir a alguien por un bosque en la oscuridad, no era una gran idea. Sobre todo, si perdía el rastro. El corazón se le encogió. La oscuridad que le ofrecía la frondosidad que se extendía ante ella hizo que se sintiera observada por las sombras que formaban los árboles bajo la luz de la luna. Había podido perseguirle. ¿Pero podría plantarle cara a su compañera de Casa? Era su presa. Alice Longbotton era la presa que pretendía convertirse en depredador.
-¡Alice! -Albus debió de haberla seguido.
No obstante, la advertencia de otra presencia más en el Bosque Prohibido que podía ayudar a Alice, no detuvo la mano que agarró con fuerza su mandíbula. No pudo emitir ningún sonido de auxilio. Sintió la respiración de una persona en su nuca. Supo que era ella. Gwendoline Cross. Y tenía fuerza suficiente como para desencajarle la mandíbula. La tenía aferrada y la llevó en silencio a un claro del Bosque Prohibido. Alice sentía el calor que el cuerpo de la joven desprendía en su espalda. Percibió su rostro contra el costado de su cara. Exhalaba un aire gélido.
-No digas ni una palabra -le ordenó en un susurro.
Alice no podía decir nada. Físicamente imposible. Tampoco moverse a su placer. Se percató de que sus manos estaban esposadas por las manos de Gwendoline Cross a su espalda. Con fuerza. ¿Podían desencajarse sus falanges? La mano derecha de la joven seguía aplastándole la mandíbula, por lo que las muelas de la joven comenzaron a dolerle demasiado. Alice respiraba entrecortadamente, utilizando más la nariz que la boca, llenando de babas la mano de su enemiga. Gwendoline Cross forzó el agarre hasta dejarla sin respiración.
-Alice, ¿dónde te has metido? -su amigo apareció en el claro que acaban de abandonar. La joven pudo distinguir su rostro difuminado por las sombras. Un semblante sembrado de preocupación. Mas el joven no la vio a ella.
La joven hizo un ruido con la garganta para llamar la atención de Albus Potter. Al instante, sintió un fuerte dolor en la mandíbula y notó cómo se clavaban las uñas de Gwendoline Cross en su rostro y en sus muñecas, hasta llegar a hacer una incisión de la que brotaron gotas de sangre.
-Si Potter se entera, morirá -amenazó tan segura de sí misma que Alice sintió la bilis presente en su garganta.
Recordó la muerte de Hagrid. Recordó el basilisco del año anterior. Y cómo a ella misma la habían intentado asesinar para que pareciera un descuido. Supo con certeza que aquella amenaza podría llevarse a cabo. No era ningún farol.
Se tensó y se quedó lo más quieta que pudo.
Estuvieron escondidas hasta que Albus estuvo lo suficientemente fuera de su alcance. ¿Para si no poder salvarle cuando Cross acabara con su vida? Una vez que las voces eran casi inaudibles, Alice se agitó entre los brazos de Cross. Esta la soltó. Y la estrelló contra el tronco de un árbol, que se sacudió al sentir el golpe.
-¿Qué quieres? -logró decir Alice, aunque parecía más un sollozo que una pregunta. Aunque era ella la que la estuviera persiguiendo, había sido Cross la que la había amenazado desde un primer momento.
Su depredadora la miró de reojo. Se pasó las manos por la cola de caballo mientras se ajustaba la capa de la Casa Slytherin. Odiaba que fueran de la misma Casa. Si ella era una de los encapuchados, ¿cómo serían sus superiores? Estaba segura de que Cross pertenecía a lo que en susurros había oído llamar el Ojo.
-Por desgracia, necesito tu ayuda -le contestó mientras se acercaba a ella, amenazante, con su varita en una mano y la otra rebuscando algo en el bolsillo de su capa. Sacó el objeto. Era una piedra pequeña, cuya superficie estaba marcada por un círculo inscrito en un triángulo, por cuyo eje central transcurría una línea. - Sabes dónde puedo encontrar esto. Necesito que me la traigas -le ordenó.
La joven apartó la mirada.
-No sé qué es eso -replicó vagamente.
-No tengo todo el día, Longbotton -reprochó acercando más la varita a su cabeza. -Sabemos que tu padre lo encontró en el Bosque Prohibido hace unos años y que tú lo sabes -Aquello sorprendió tanto a la joven que le hizo replantearse las lealtades que vinculaban a los profesores de Hogwarts. -Tu misión es tan simple como que me traigas el original. Eres Slytherin, ¿no? Pues usa tu astucia para que nadie sepa sobre esto, ¿de acuerdo? -Gwendoline apretó con saña sus uñas en el antebrazo desnudo de Alice.
Le tendió la piedra. Alice la tomó entre sus manos.
-¿Y qué pasa si no lo hago?
Gwendoline Cross emitió un sonido de irritación. Volvió a acercar su varita a la cabeza de Alice.
-Que tus amigos… Potter, Malfoy, Weasley y Greenwood… Morirán uno a uno sabiendo que tú podrías haberlo evitado… ¿Suficiente?
Alice no tenía que replantearse si aquella amenaza se cumpliría o no. Sabía que Cross lo haría. Y también sabía que no podía vivir sabiendo que solo tendría que haberle entregado una maldita piedra a Gwendoline Cross. ¿Qué valía más? ¿La piedra de la Resurrección o sus amigos? Alice Longbotton lo tenía claro.
Ellos lo sabían. Sabían que era la única persona lo suficientemente vulnerable como para entregársela voluntariamente.
-¿Y qué hago cuando la encuentre?
-Oh, no te preocupes… Se lo dices a tu compañera de cuarto… -pareció dudar. -¿Driggs? -Alice asintió con cierto escepticismo. -Se lo dices y ya te dirá ella qué hacer.
Aquello empeoró el miedo que se había ido instaurando a un lado de su corazón. Como una oscuridad que la acogía en sus brazos y de noche no la dejaba respirar.
Alice Longbotton asintió.
Y Gwendoline Cross desapareció en la oscuridad del Bosque Prohibido, como si aquel encuentro hubiera sido fruto de su imaginación. O de su falta de sueño. Se percató de que tenía la réplica de la Piedra de la Resurrección en su mano. La metió rápidamente en su bolsillo. Se limpió con su camisa del uniforme la sangre que le goteaba de las manos. Lamió las heridas de sus manos con saliva para evitar alguna infección. Trató de reaccionar con naturalidad. De respirar con tranquilidad.
Unos brazos se cerraron sobre ella y todo el terror que llevaba dentro fue expulsado con un grito.
-¡AARGH!
-Alice, tranquila, soy yo… Albus -aclaró el joven. La soltó y la giró para ver su rostro. Salpicado de horror y de sangre que habían marcado las uñas de Gwendoline Cross en ella. -¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
Rápidamente Albus acercó su mano al rostro de la joven y pasó su mano por las heridas. La yema de sus dedos rozaron las incisiones abiertas y Alice dio un respingo.
-No es nada… Me he caído y me he arañado con unas ramas -le contestó rápidamente. A trompicones. Vio la preocupación en el rostro de su amigo y se le congeló el alma. -Estoy bien, solo quería despejarme.
-¿Por el Bosque Prohibido por la noche? -ironizó. Albus la conocía demasiado bien. Debía admitirlo. -Solo intento protegerte…
-Pues no hace falta -le cortó de manera ruda. -¿Para eso me sigues? Te recuerdo que no deberías haberme seguido a ti o se empeorará el castigo que te ha puesto mi padre por darte hostias con Collingwood y Badmood…
Albus se rio. Seguía rozando su rostro con la yema de sus dedos.
-Prometo que esa vez no hice nada… Pero tu padre no me cree -le dijo con una sonrisa.
Alice se retiró con brusquedad de él.
-¿Qué parte de que necesito un tiempo para mí no has entendido, Albus? -hizo ademán de irse. Aquello le dolía más a ella. Aunque sabía que podía estar deteriorando la amistad que había reestablecido con Albus. Por muy fuerte que fuera aquella amistad, no sabía si Albus estaba dispuesto a aguantar tanto.
Albus la siguió. A su lado. Alice le robó una mirada.
-Si no fuera por mí te habrías tirado de la Torre de Astronomía… ¿Sabes lo que es tener miedo de perder a tu mejor amigo cada vez que la pierdes de vista? -le cuestionó. Su voz nunca había sonado tan seria. Tenían doce años, pero habían ido adquiriendo responsabilidades que les habían hecho crecer.
-No -mintió descaradamente Alice Longbotton.
Nunca había recibido aquel gesto por parte de aquella mujer. Tampoco había tenido que levantar una operación alrededor de ella. Ni mucho menos interrogarla. Harry Potter había creído que podía confiar en aquella mujer. La había tenido por uno de sus pilares fundamentales de su vida. Se sintió tan traicionado que cerró el puño con fuerza y lo estrelló con la mesa del despacho de la Directora del Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts. Era impotencia. Y rabia. Y traición.
-…¿Qué pretendía? ¡Una muggle! ¿Cómo ha podido introducir a una muggle en el castillo de enfermera? ¡La muggle que tenía el Clan del Ojo encerrada! -Había sido un alumno de Hufflepuff el que había escuchado una conversación de la enfermera con una alumna de Gryffindor sobre aquello. Fue corriendo a contárselo a la profesora y esta le desmemorizó. Tarde, puesto que, dado el susto que se había llevado el año pasado con el basilisco, avisó rápidamente al Departamento de Seguridad Mágica. -¿Qué le ha pasado, profesora McGonagall?
Aquel título se le escapó. Era la directora, no la profesora. Era consciente. Pero él seguía viéndola como la mujer a la que había conocido. Solo que en ese instante creía no conocerla en absoluto.
-Es un asunto que debe estar bajo llave, Harry -le repitió. -No insistas más… Sí, tiene relación con el Ojo, pero no es lo que piensas.
Minerva McGonagall cerró los ojos y esperó el ataque de Harry Potter.
-¿Crees que no lo sé? ¿Desde cuándo cubres a tus enemigos? ¡Hagrid fue asesinado, maldita sea!
-¡Ni se te ocurra! -la indomable mujer se levantó de golpe. - Nunca cubriría a esos asesinos… Mi intención siempre es protegerte, Harry, y eso es lo que estoy haciendo alejándote de todo esto.
No obstante, Harry Potter era testarudo. Se mostró escéptico. Miró a la mujer que había sido su custodia tantos años.
-¿Qué me ocultas, Minerva? ¿Qué sabes de todo esto?
La mujer negó con la cabeza mientras una risa leve salía de su garganta. Harry Potter se sintió como un alumno al que le recordaban que nunca dejaría de ser un alumno. Que los alumnos nunca superarían el conocimiento de un profesor.
-Se acercan tiempo más oscuros que los que hemos vivido juntos, Harry -anunció. Coincidiendo con todos los rumores que se habían extendido por el mundo mágico.
-No -negó con vehemencia. -Estamos en paz… No hay ningún motivo para formar una guerra. Todo se acabó hace años. Yo lo acabé hace años.
Los aires de prepotencia del hombre se desdibujaron conforme se percató de que no parecía afectar a Minerva McGonagall.
-Lo que está por venir no tiene nada que ver con Voldemort ni contigo -le recordó, como tantas otras personas. Hasta su propio ahijado.
-Cuéntame lo que sabes -le rogó. -Lucharemos con ventaja, Minerva, es lo que necesitamos ahora que nada ha empezado.
Minerva McGonagall sonrió tristemente.
-Por desgracia, llegamos tarde… Llegamos milenios tarde… Quizás nunca podríamos haber llegado a tiempo. El destino tiene planes para nosotros, Harry -su respuesta fue vacía. Enigmática, sí, pero vacía.
-Minerva, no me hagas darte un ultimátum…Esto es una obstrucción a un proceso de investigación…
-¡Adelante, Harry! ¡Llévame a uno de esos interrogatorios como si fuera una sospechosa más…! ¡En contra de mi voluntad! ¿Crees que será tan fácil?
Harry Potter juntó sus cejas bajo la frente arrugada. No quería llevar tan lejos aquello. No quería manchar la reputación de Minerva McGonagall. Sin embargo, si la directora de Hogwarts no cooperaba no le dejaba otra opción. ¿Por qué razón no compartiría aquello que profusamente luchaba por ocultar?
-Te interrogaremos en el Departamento de Seguridad Mágica y… Si no colaboras… Será un delito de obstrucción en la Justicia.
Tras formular el destino de la directora, Harry Potter desapareció. Dejó a Minerva con un sabor amargo en los labios. Su inquietud se acrecentó. Solo quería proteger a Harry. Pero, en ese momento, era más importante asegurarse de que Imogen estaba a salvo en Cabeza de Puerco. Hogwarts ya no era un sitio seguro para aquella joven,
Su tensa piel se comenzaba a transformar en pliegues debido al prologando tiempo que había permanecido su cuerpo sumergido en el agua. La porcelana de la bañera había perdido su frialdad, sustituida por el calor que el agua ardiendo irradiaba. La espuma de la superficie escondía bajo el agua un cuerpo desnudo y pálido. Llevaba inerte unos veinte minutos. El largo cabello, cuyos pigmentos de color rojo resaltaban sobre la porcelana blanca, caía fuera de la bañera como una cascada de fuego. El cuello de la muchacha descansaba sobre el bordillo de aquella bañera ubicada en la parte más escondida del baño de las jóvenes alumnas.
El rostro de Rose Weasley transmitía un estado de trance y de lejanía respecto al mundo real que hacía tiempo que no sentía. Sus ojos azules zafiro descansaban cómodamente tras sus párpados, aspirando el vapor que inundaba aquel recoveco.
Paz. Aquello que buscaba desde la muerte de Hagrid le era entregado fácilmente con un baño caliente y relajante. Ni siquiera le había hecho falta fragancias aromáticas, por lo que su habitáculo tan solo olía a vapor de agua y sudor.
En un instante, aquella frágil sensación se crispó y luchó por no evanecerse por completo. Parecía irreal que un agarre gélido empujase la parte de arriba de su cabeza bajo el agua. Los dedos de su agresor le presionaron el cráneo con fuerza, impidiendo a la joven pelirroja volver a la superficie a por una bocanada de aire. Sus pies se resbalaron hacia la superficie, salpicando en el suelo numerosas gotas de agua. Sus ojos lucharon por abrirse, mientras sus pulmones ofrecían una resistencia insuficiente.
Su raptor soltó el agarre y Rose se alzó hacia arriba jadeando. Hinchó de nuevo, con los ojos cerrados, sus pulmones para gritar con todas sus fuerzas. Sin embargo, su agresor se posicionó delante de ella y le propinó un duro puñetazo en su boca, que enseguida hizo reventar el labio de la joven. El agua se tornó poco a poco de un fluido rojo que la comenzó a rodear.
La agresora volvió a sumergir a Rose en el agua, agarrándola esta vez del cuello. Los cabellos de la joven se agitaban y su rojo fuego se mezcló en el agua con el oscuro color de su propia sangre. A la vez que sus pulmones se aprisionaban bajo el agua, Rose volvió a abrir los ojos para toparse con la persona que la estaba ahogando.
Su mata de pelo rubia estaba desordenada y sus ojos grisáceos mostraban una ira que la joven jamás había experimentado. Se mordía su propio labio con saña y apretaba los dientes a la vez que su agarre. De pronto, agitó el cuerpo de su víctima cuando se dio cuenta de que su rostro ya no era de horror, sino de sorpresa. De reconocimiento.
Gwendoline Cross presionó el agarre con más dureza a la vez que un rugido salía de sus entrañas. Satisfacción era el término que explicaba la sensación de ver a la pelirroja en su propia sangre bajo el agua, su duro cuello bajo sus manos, el rostro contraído de una muchacha que justo en ese momento supo que iba a morir. Las manos que Rose había llevado a los brazos de su agresora para detener el agarre perdieron fuerza y se dejaron caer en el agua.
Cuando una sonrisa sádica se asomó en el rostro de Cross, Rose cerró los ojos. En el fuero interno de la pelirroja, la adrenalina hizo que la joven agarrase con fuerza inesperada a Cross del brazo y la volcase sobre la bañera. Esto hizo que la mejilla de Cross se enrojeciese al recibir un golpe con la bañera.
Rose liberó sus piernas del peso del cuerpo de Gwendoline Cross sobre ella, he hizo ademán de levantarse. Una mano se cerró sobre su tobillo impidiendo su huida. Los pulmones de la pelirroja trabajaron con rapidez para recuperar el oxígeno perdido. Y gritó.
La joven que estaba agazapada en la bañera, presionando sus uñas sobre el tobillo de Rose soltó un sonido gutural que parecía más un sonido de exasperación que un hechizo de teletransportación. Y desapareció en el aire.
Fue una alumna de cuarto la que encontró, segundos después, a Rose Weasley con el pelo enmarañado y sangre saliendo a borbotones de un labio partido. Con el cuello enrojecido y de pie sobre una bañera que desprendía un vapor que difuminaba la escena y el agua roja que cubría las rodillas de la joven.
-Me he caído de la bañera…- explicó sin emoción alguna en la voz la joven pelirroja.