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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 60
Las astillas salieron volando y la mitad del palo de madera fue disparado hacia el aire simulando una hélice. La otra mitad quedaba prisionera de dos manos que se aferraban fuertemente a ella. Envuelta en un mono blanco de lino de larga longitud se encontraba una joven de tez pálida y pelo rojizo recogido en una larga cola de caballo. Su ceño estaba tan fruncido que parecía que sus cejas iban a juntarse. Desprendía rabia y una fuerza interior que la empujó a lanzar con furia una patada hacia su oponente.
Este, de rasgos caucásicos nariz prominente, y arrugas en bajo sus cejas, recibió el golpe en el estómago; provocando que se encogiese sobre sí mismo y mostrase una expresión de sorpresa. La joven lanzó lo que quedaba de lo que había sido su arma de defensa hacia el escarpado monte que se encontraba a algunos pies de ambos.
La niebla de la madrugada se había disipado, y los primeros rayos de sol ya quebraban el cielo. El sitio en el que se encontraban era simplemente mágico. Las rocas habían formado una montaña, cuya forma simulaba un cilindro, en el que eran escarpadas zonas de pequeñas llanuras como en la que se encontraban las figuras oponentes en aquel momento de la primera madrugada de septiembre en Bulgaria.
Antes de que el hombre se recompusiese del golpe, la joven pelirroja propulsó su puño contra el pecho de este haciéndole retroceder. Tras el segundo golpe,este le asestó en la pierna con la palma abierta, haciendo que la joven hincase la rodilla izquierda en el rocoso suelo. Lo que aconteció después pasó de forma tan rápida que al pequeño ruiseñor que les observaba le costó seguir el ritmo de la pelea.
La joven de cabellos rojizos deslizó su pierna derecha formando un semicírculo que barrió la zona en la que se encontraba su oponente. El hombre se había logrado saltar dando una voltereta en el aire y asestando un golpe con la pierna al descender en la parte inferior de la espalda de la muchacha. Esta se derrumbó, y un segundo después, arqueó su cuerpo en forma de puente para levantarse. En ese momento se encontraban frente a frente. Ambos atacaron y se defendieron en rápidos golpes que lanzaron con las manos, los brazos y las piernas.
La joven tardó un segundo en reaccionar a un golpe de su oponente, lo cual le costó otro golpe seguido en su cuello, en la pierna y, por último, le atestó un golpe que hizo que acabase en el suelo de nuevo. Su oponente soltó una carcajada, viendo como la joven pelirroja luchaba en su fuero interno por ganar aquella vez.
Con un rápido movimiento sacó una varita que quedaba atrapada en el cinturón de su mono y apuntó hacia su oponente:
-Expelliermus.
Le pilló el hechizo por sorpresa, así que fue lanzado hacia una pared rocosa estrepitosamente.
Tras levantarse y sacudirse, miró a la joven con una media sonrisa:
-Muy bien hecho, pequeña Rrrose.- dijo con un fuerte acento grueso.- Utilizarr la magia es algo sabio, siemprrre que sepas hacerrrlo bien…- el hombre se alzó en el aire aproximándose a Rose Weasley.- Has hecho un grrran trabajo, tu madrre estará orgullosa.
La joven puso los ojos en blanco y se levantó del suelo en el que yacía:
-No lo hago por mi madrrre. Lo hago porr mí, para mejorrrarr en duelos…- entonó su mejor versión del acento búlgaro que había aprendido.
-Para eso deberías haberte matriculado en el Instituto Durmstrang, en vez de en Hogwarts.
Maestro y alumna se acercaron y el hombre dijo en voz alta un hechizo de traslación. Justo después de que aquel lugar diese cientos de vueltas ante ellos, aparecieron en una casa a la que Rose Weasley había comenzado a parecerle un poco más hogareña que la primera vez que lo vio.
Rose suspiró, recogiendo esa vista en el último día de su estancia en aquel país.
-Creo que por ahora estoy bien en Hogwarts- respondió sonriendo tristemente.
-Oh, no he dicho que no debas estarrr en Hogwarts -negó Viktor Krum. -Es el mejorrr sitio parrra una jovencita como tú.
Después de aquel verano entero en el territorio de los magos de Bulgaria, Rose había olvidado que en algún momento su pequeño mundo apartado de los peligros y de los misterios que el castillo escondía le golpearía de nuevo.
Se encontraban solos en la habitación. Como todas las mañanas, tendrían que esperar a que la mujer de Viktor Krum llegase del trabajo. Lavinia Krum, unos diez años más joven que él, había sido el amor que el legendario buscador de Bulgaria había encontrado en su natal país. Habían tenido un hijo pequeño al que llamaron Andrei, un niño serio cuya nariz prominente había heredado de su padre. Tras su retiro del mundo del Quidditch con la Copa Mundial de Quidditch, había regresado y fundó aquella familia en un pueblo retirado de la capital. El hombre, que seguía en contacto con su madre, se había ofrecido a enseñarle a Rose Weasley la magia de combate.
Rose había aprendido mucho sobre ella. Eran formas de magia utilizadas defensivamente y ofensivamente en duelos mágicos. Un arte que no se estudiaba en Hogwarts pero había sido un campo de estudio obligatorio en Durmstrang. Y, después de su incidente con Gwendoline Cross en la bañera, quería saber más. Entrenar. Y podía tener a uno de los grandes duelistas marciales como profesor. Hermione Weasley fue reticente ante la idea de que a su hija le interesara aquello. Por esa razón, fue ella misma la que se puso en contacto con Viktor Krum. Al que menos gracia le hacía todo aquello fue a Ronald Weasley.
-Qué pena que este sea mi último día… ¡Me gustaría haber aprendido mucho más!
Aquel hombre torció su rostro en una sonrisa. No cuadraba con la imagen que ella había tenido del temible Viktor Krum: ¿malhumorado, solitario y reservado? Quizás se debía al hecho de que ella era la hija de su amor platónico… Pero no dejaba de ser una persona extremadamente amable con sus seres queridos.
-¿Me vas a contarrr cuál es la verrrdadera rrrazón por la que querrrías aprrrender la magia marrrcial?- preguntó Viktor Krum, mirando inquisitivamente a Rose.- Hoy te vas, ya nunca lo podrrré saber- añadió con un aire teatral en sus palabras.
El rojo de su cabello mojado por el sudor se mezcló con el de sus mejillas.
-Quiero ser fuerte, ya se lo dije, que…
-¡La hija de Herrrmione Grrrangerrr interrresada en mis combates! Quién lo dirrría… No crrreo que sea simplemente porrr eso- razonó riendo el señor Krum.
Rose entrelazó sus manos y miró con timidez al suelo.
-Digamos que tuve una mala pelea en Hogwarts…- susurró.- Y me gustaría haberme defendido mejor. Después de lo de Roxanne, quiero estar preparada.- añadió con más seguridad en sí misma.
Viktor Krum asintió solemnemente y rozó en hombro de la joven mostrando comprensión hacia ella.
-Este año podrrrás rretar a quien quierrras- le reconfortó con una gran sonrisa.
La joven miró hacia el suelo beige en busca de ayuda para escapar de aquella incómoda conversación, al menos para ella. Ojalá no se lo dijera a su madre. Si Hermione Weasley llegara a enterarse de que su hija se había peleado en Hogwarts, ¿qué sería de ella? No volvería a ver aquellos muros en su vida.
-Sí, esto…No crea que quiera mostrar a nadie mis habilidades de combate exactamente.- rio entre dientes.
Las cejas del señor Krum se arquearon y lanzó un bufido teatral que forjó una sonrisa en el rostro de Rose. Sabía que, en su tiempo o en su Instituto Durmstrang, los duelos entre compañeros eran algo que formaba parte de la rutina. En Hogwarts, en su presente, era diferente. Sí, había peleas. Protagonizadas por los McOrez y por los Potter. Mas no pretendía formar parte de aquella competitividad por ganar el orgullo.
-Las jóvenes de Inglaterrrra siemprrre habéis sido muy muy intrrrigantes.
Lavinia Krum entró a la habitación seguida de Ronald Weasley, que en seguida abrió sus brazos para recibir a una sudorosa Rose, más alta de lo que su padre recordaba. El hombre le rozó las mejillas y le besó la izquierda como muestra del infinito cariño que sentía por su hija.
-Siento el retraso pero tenía algo de trabajo con un interrogatorio…- se excusó.
-Trranquilo, acaban de llegarrr- explicó la señora Krum saludando a Rose y a su marido.
Ronald observó la delgada figura de su hija enfundada en un mono blanco, típico de los entrenamientos en magia marcial, a pesar de que quizás el hombre desconociese eso.
-Vaya, te has disfrazado y todo como ellos…- comentó algo sorprendido.
-Papá…- riñó la joven azorada. Rose se acercó a la señora Krum para darle un abrazo y agradecerle el verano que le habían ofrecido. A continuación, abrazó fuertemente a su maestro, que hizo que este se riese por dentro.- Gracias, Viktor. Espero verte pronto.
Por el rabillo del ojo observó que su padre tenía un gesto de rabia. Bueno, quizás era de esperar que Ronald Weasley reaccionase así ante un vínculo estrecho entre su hija y el amor platónico de su mujer. Y, desde luego, no ayudaba que su padre hubiera echado barriga, calvicie y no tuviera los rasgos más atractivos del mundo. En contraste con el corpulento y cultivado cuerpo de su maestro, y sus exóticos rasgos.
-Nos vererrmos… Y cuídate.
Rose no pudo responder, ya que su padre ya había formulado el hechizo que les llevaría de vuelta a su casa de Inglaterra, rompiendo las leyes del tiempo y del espacio que forjaban una frontera de horas y kilómetros entre sendos destinos.
-¿Contenta con pasar el verano con el maravilloso Viktor Krum? Ese hombre es lo peor… Haciendo que mi niña sea una máquina de matar- comentó Ronald en cuanto aprovechó la llegada al salón para sentarse en su sillón.
-¿Pero qué dices, papá? Han sido muy amables dejándome estar allí todo el verano.
-No me refiero a eso, Rose- dijo Ron riéndose.- ¡Aún no sé por qué tu madre accedió a que te entrenases en la magia esa! ¡No lo entiendo en absoluto…! Es como si no sintieras que te protegemos lo suficiente y necesitases al gran Viktor Krum en vez de a mí…- y dicho esto soltó un bufido.
Rose Weasley rodó sus ojos.
-¿Quizás sea porque él sabe magia de combate y tú no, papá?
-¡Cómo que no! Te reto ahora mismo -el retirado auror se levantó estrepitosamente del sillón y sacó su varita del bolsillo. Se posicionó de forma que parecía que fuera hacer kárate.
-Papá, ¿qué haces…? ¡No quiero hacerte daño! -replicó su hija, haciéndole bajar la varita lentamente.
-¡QUÉ! ¡Daño tú a mí! ¿Cómo osas decir eso…? ¡CASTIGADA! ¡Esa arrogancia sólo te la ha podido enseñar Krum…! ¡A tu cuarto!
-Papá, pero… Creo que te has pasado, ¿eh?
-¡Cuarto! ¡Ahora!
-Por Merlín…
El azul pastel era el color que predominaba en la habitación. Numerosas expertas en aquello que llamaban el complicado artede criar un niño afirmaban que el contacto con este color en especial haría que la criatura creciese rodeada de calma y serenidad. Además, afirmaban que numerosos estudios habían comprobado su efectividad en varios sujetos prestados a este tipo de experimentos. Victoire Weasley confiaba fielmente en los secretos que las colaboradoras de Pregnancy Magazine compartían con las madres primerizas. Había sido idea de su tía Gabrielle, su tía materna que idolatraba los programas, las revistas y las películas muggles. Puesto que Fleur y Bill estaban ocupados no sabían bien donde, y Teddy había pasado un verano algo ausente; Victoire se había escondido bajo las coloridas páginas de aquella revista. Tampoco podía hacer mucho cuando el embarazo estaba llegando a su fin y su cuerpo no le permitía salir muy a menudo de casa.
Habían escogido una minúscula casa adosada en Notting Hill. Ted estaría en contacto con ella todos los días. De hecho, dormiría allí siempre. Adiós a la incómoda cama que el profesor tenía en Hogwarts. Victoire aún no había decidido que es lo que iba ahacer. Realmente no tenía pensado ser madre antes de los 20. Tampoco tenía ningún otro plan. Las cartas le habían caído atropelladamente, y lo único que parecía poder hacer era ordenarlas.
Los periódicos muggles buscaban a profesoras de francés, limpiadoras, camareras, jardineras e incluso acompañantes para ancianos. Ninguna de esas profesiones encajaba con algún ideal o sueño de la infancia que Victoire pudiese recordar. Se había criado entre historias en las que su familia era la heroína, la que acabó con el mayor villano de todos los tiempos. La normalidad abrumaba a la joven. Ser una auror estaba muy cotizado. Tampoco era como si sus notas ayudaran. Para ser Ministro o político debería haber tenido desde siempre vocación.
Sin embargo, había algo que sí que le estaba empezando a gustar. Había descubierto, durante aquel verano de ausencia familiar, excepto por la presencia de sus hermanos; que hacer preguntas se le daba bien. Le gustaba que le relatasen historias. Adoraba la facilidad con la que se desenvolvía en las visitas de Charlotte Breedlove. Sabía que no estaría bien visto por parte de su familia el hecho de quedar con una completa y misteriosa desconocida sin decir nada a nadie, tras el asesinato de su prima Roxanne. Aunque nadie se lo había impedido hasta entonces.
Sus encuentros comenzaban siendo devastadoras conversaciones. Y no solo acerca del Ojo. La señora de tez morena y rasgos robustos le había ayudado a valorar el embarazo, cosa que nadie de sus tíos ni de sus primos había hecho. Más adelante, Victoire comenzaba a hacer preguntas sobre la situación de América, dónde su compañera de cafés se había criado hacía mucho tiempo. Por último, sí, le sonsacaba alguna pieza del inmenso puzzle del Clan del Ojo.
La joven acarició su barriga, hecho que se repetía continuamente. Le gustaba acariciar a Remus. Sentir sus patadas. Sus movimientos dentro de ella. Lo amaba. Se daba cuenta de que el verdadero amor, aquel que los cuentos decían que duran para siempre, es en realidad el de una madre con su hijo. Se le erizaba el vello al pensar que ya mismo podría sostenerlo entre sus delgados brazos. Que le alimentaría. Que le vestiría con trajes tan menudos que aún se preguntaba cómo una persona podría caber allí. Que le besaría la frente y le haría oler a colonia de bebé. Que yacería en la cama entre ella y Ted.
-Hola, Vic- saludó Ted, ofreciéndole un beso en la frente.
Victoire sonrió al verle. Examinó su predominante barba de color castaño. Sus ojos rasgados, cuyo iris en aquella ocasión era una mezcla entre verde y marrón. También analizó el peso que había perdido, pero la fibra muscular que había obtenido a cambio. Se estaba haciendo un adulto poco a poco. Y padre.
La joven se mordió el labio pensando en lo jóvenes que eran y en lo poco que habían hablado de ello. No estaba insegura, tan solo necesitaba más comunicación.
-¿Te irás mañana también?- preguntó a media voz.
Ted Lupin observó a la joven que se encontraba recostaba en el sofá. Le miraba con algo de esperanza. Con dulzura. Con una melancolía que había arrastrado durante todo el verano, y que podía observar cada vez que llegaba.
-Sí, es la bienvenida de Hogwarts…- se quitó la chaqueta de cuero negra y la dejó en el perchero antes de sentarse a su lado y estrecharla en un delicado abrazo.- Le he dicho a Moonlight que se pase a verte por la mañana.
-No tiene por qué hacerlo, ya te lo he dicho.- dijo Victoire en un bufido.- Y a él también.
Ted la miró divertido.
Alex es un auror. Ya sabes, te protege mejor que si estuvieras sola.
La joven puso los ojos en blancos y puso una cara divertida que simulaba una infinita rabia:
-¡Yo puedo protegerme sola!
-Claro, cariño. Es solo que tu padre ha sido muy quisquilloso con lo deque no te quedes sola todo el día…Y tu madre. ¡Le temo más a tu madre que a mi tío Harry cuando se enfada y me lanza un Expelliermus!- le correspondió una mirada asesina.- Ahora en serio: Te quiero y me siento muy culpable dejándote sola. Y no me hagas decir por qué.
Victoire sonrió y abrió los brazos para que Ted se fundiese en ellos.
-Ya lo sé- le besó la coronilla, mientras el joven acariciaba la barriga que escondía a su hijo.
¿Y si le decía a Teddy que no confiaba en el Departamento de Seguridad Mágica para que la vigilaran? Tenía pruebas que no podía enseñar de que estaba lleno de topos. Debía informarse mejor sobre Alexander Moonlight, quien no era particularmente de su gusto. Había tenido en su mano fotografías de aurores, en los que su tío Harry confiaba ciegamente, con miembros del Ojo. ¿O quizás eran miembros del Ojo?
También sabía que Teddy le ocultaba cosas. Como que en el cadáver de su prima Roxanne estaba escrito el nombre de Ivonne. Qué pena que a ella no le hubieran preguntado quién era Ivonne. Pues tenía alguna que otra pieza del puzzle con su nombre.
"¡Todos están, pues, muertos!
¡Todos muertos!
¡Héroe mío, mi Tristán!
¡El más leal de los amigos.
¿También hoy
tienes que traicionar a tu amigo?
¿Hoy, el día en que vengo
a asegurarte la más alta lealtad?
¡Despierta, despierta!
¡Despierta a mis lamentos!"
La música aumentó su ritmo. Todo el mundo estaba tenso cuando el hombre se inclinó sobre el cadáver sollozando.
"¡Oh tú. El más deslealmente
leal de los amigos!"
Suspiros de alivio y ovaciones de sorpresa sonaron cuando otro hombre tomó al cadáver de la joven e hizo que esta volviese en sí. La obra de Wagner estaba llegando a su fin en aquella ostentosa ópera de París.
"¡Se despierta! ¡Está viva!
¡Isolda!"
En una de las tribunas más escondida en las sombras, una figura esbelta y atractiva asintió con satisfacción. Su esmoquin hacía juego con la elegancia de aquel lugar. Con la joven de cabellos dorados que se encontraba a su lado, la cual parecía no encajar en aquel lugar. O al menos no disfrutar del sentimiento que aquella obra de Wagner podía transmitir.
-Es una copia barata de Shakespeare…-escupió en un susurro a su acompañante, que la miró de arriba abajo aprovechando una vista en primer plano del vestido negro que se acomodaba a la figura de la joven.
-No te obligué a que vinieses, Gwendoline- respondió simplemente el Octavio, volviendo su vista al último acto de Tristán e Isolda.
La escena mostraba a dos hombres encantados por la aparente resurrección de la joven, que acababa de reparar en el cadáver de su amado Tristán. Gwendoline Cross puso los ojos en blanco. No era la primera vez que iba a la ópera. Simplemente no se decantaba por obras en las que reinaban los amores imposibles que mueren, debido al estúpido hecho de que no podían vivir el uno sin el otro. Aunque, debía admitir, era la única forma de despejarse de todas las tormentas.
Además, en esa obra había demasiados muggles. Todos los magos aceptaban a regañadientes ir a la ópera, una actividad que deleitaba a la élite intelectual de aquellos pobres, con la condición de no cruzar mirada alguna con ellos. Sólo los que más poder en aquel mundo sin varitas tenían eran los que podían codearse sin saberlo de magos. Magos y brujas que les manipulaban sin saberlo. Como siempre había sido, pensaba Gwendoline.
Cuando Isolda, cuyo color de cabello rojizo realmente molestaba a Gwendoline, acabó su extendido monólogo en el que se debatía en una vida sin su amado o en una muerte junto a él; se derrumbó en el suelo dejándose llevar por el amor.
-Oh, dios mío...¡No me lo esperaba!- comentó la joven con palabras impregnadas de sarcasmo.
Octavio le agarró fuertemente de la muñeca, haciendo retorcer su mano.
-No me obligues a devolverte a Hogwarts, Cross.
Como respuesta tan solo consiguió un bufido de la joven.
-Debes a aprender a comportarte delante de una dama que te acompañe a la ópera.
-Tú nunca serás una dama, Cross- contestó Octavio con cierta burla.
La joven tensó su rostro.
-¿Y la muggle? ¿Imogen?- tanteó el nombre buscando en la expresión de Octavio alguna reacción.- ¿Es ella una dama? ¿Es por eso por lo que te aseguraste de que no la matasen?- el ceño de Octavio se frunció y la miró con desdén.
-Eso ya está arreglado. No volverá a molestar.-determinó Octavio levantándose de la butaca.
-Quizás ella sea la próxima Julieta, la próxima Isolda…- comentó Gwendoline teatralmente.- Que se lo dijeran a tu hermano…Por la que no merezca la pena una vida sin ella…- añadió imitando la voz de la actriz que se retiraba del escenario.
Octavio buscó los ojos de Cross amenazándolos con fiereza.
-La acabaré matando, y si tienes tanta prisa por acabar con su vida, adelante. Ya que no puedes matar a una pequeña e inofensiva Weasley, al menos, inténtalo con una muggle.
La joven le respondió con un rugido y salió de la tribuna envuelta en el humo gris que dejaba su hechizo trasladador.
Ambos se encontraban uno frente al otro. Por un lado, Harry Potter sostenía una taza de té caliente entre sus manos, esperando que aquella infusión relajase un poco sus crispados nervios. En contraste, Edward Whitehall se fumaba un cigarrillo observando divertido la expresión de su compañero.
-¿Acaso esperabas que Minerva nos dijese algo?- interrogó con algo de burla.- Ya te lo dije,el hueso más duro de roer.
Harry Potter sorbió el té silenciosamente y examinó a su nuevo amigo.
-Perdona si creía que nuestra antigua amistad haría mella en su coraza.
-Bobadas, era tu profesora- atacó Ed dándole otra calada al cigarro.
-Era más que eso, Ed- suspiró Harry.
Ed se rascó la perilla y sonrió divertido.
-¿Sabes que ha encontrado el francés este… Lebouf… sobre Ivonne? - preguntó de pronto el americano.- Nada. Absolutamente nada. Como si no existiese.
El hombre de pelo azabache y ojos esmeralda frunció el entrecejo un segundo.
-¿Y si no existe?¿Y si es un acrónimo? ¿O un símbolo de algo…?- se interrogó más así mismo que a su compañero. Se levantó como si algo lo estuviese inspirando y se escapase.- ¿Y si Ivonne ya no se llama Ivonne?
-¿Y cómo lo sabremos? Desconocemos quién era Ivonne antes, Potter.
-Revisaremos la correspondencia de Minerva, seguro que se ha puesto en contacto con ella para avisarle de que estamos intentando encontrarla. O rastrear su flujo de trasladación…
-¡Eso sería dañar su derecho de privacidad! ¡Es ilegal!
-¡La obstrucción también es ilegal!
-¡La obstrucción de un caso que ni si quiera has comunicado al Ministerio!- le gritó con más fuerza Edward Whitehall, dando un golpe en la mesa.- Haz el favor de racionalizar…. Lo único que podemos hacer es que esa tal Ivonne cometa el más mínimo fallo y podremos rastrearla.
El tabique de su nariz estaba probablemente roto. No era la sangre que salía estrepitosamente de ella lo que lo indicaba. Ni tampoco sentir como su nariz dejaba de absorber aire con facilidad. Simplemente le había pasado otras veces. Su oponente se recuperaba del puño dolido. Aprovechó ese momento de debilidad para asestar un puñetazo en la barbilla de este. Escupió sangre. Recibió un puñetazo en el hombro. Solo por ese movimiento supo que él iba a ganar.
En cambio, su fornido y corpulento enemigo sacó la varita. Un Cruciatusentre dientes rotos hicieron que el joven musculoso de tez pálida sufriese mil agujas invisibles clavadas en todos los miembros de su cuerpo. Al igual que le ocurrió con el tabique roto, sabía que podía asestar un golpe con esa maldición clavándose en su cuerpo.
Aunque quizás, otra clase de golpe que no consistía en dar puñetazos.
-Sectusempra.- murmuró el joven.
Su contrincante, un hombre de quizás unos treinta años, observó cómo de su camiseta blanca comenzaba a asomarse sangre de varias heridas que habían sido abiertas como si de una espada invisible se tratase. Su rostro, una mezcla entre rabia e impotencia, se apagó al derrumbarse en el suelo.
Fue entonces cuando el murmullo de las personas que se encontraban alrededor, al menos unas veinte de musculosa constitución que se escondían entre las sombras de aquel callejón cubierto, se acrecentó. Se encontraban en mitad de la noche, en algún lugar oculto del Callejón Diagón. Nadie sabía que estaban allí. Ni entre ellos se conocían. El murmullo se hizo audible.
-Avada, Avada, Avada, Avada…
El joven de tez pálida y pelo rojizo observó orgulloso a la pequeña multitud que le animaba a acabar aquel combate. Los rostros de su público, entre sombras, pedían el fin. Enfundados en chupas de cuero, en chaquetas largas y rotas, en guantes roídos por ratas…Aquellos hombres vislumbraban su pasatiempo favorito del que solo los más atrevidos protagonizaban.
-Avada Kedavr-…
-¡FRED!- el grito que silenció el bullicio también congeló el conjuro.- ¿Qué demonios haces, Fred?- quiso saber una joven de tez morena y cabello largo que apareció de pronto entre la multitud.
Susan Jordan mostraba una expresión de decepción que hizo brotar una lágrima. Respiraba rápidamente y sus ojos buscaban una respuesta lógica a la escena que acababa de contemplar.
-No es lo que crees…- le aseguró, bajando su varita mirando a una sombra que se salió a la luz de la débil bombilla.
-Dijimos nada de novias, Ric.- comentó uno de sus espectadores con cierta burla hacia Fred Weasley.
La sombra que se acercó al joven le pasó la mano por encima del hombro. Susrobustos rasgos, familiares para Susan, se tensaron al susurrarle al oído del joven:
-Llévatela de aquí.
En seguida, Fred acató la orden acercándose bruscamente hacia Susan y sacándola del callejón, cuyo bullicio se había incrementado en quejas hacia el joven. La joven miraba a su amigo espantada, como si realmente no fuese él.
-Fred, ibas a matar una persona.- señaló acusatoriamente la muchacha.
Aprovechó que estaban cerca de una zona más iluminada y con más gente para ir a un ritmo que Susan pudiese seguir más fácilmente. Cuando encontró un portal apartado de la poca gente que se encontraba en la calle, empujó a Susan fuertemente contra él, alejándola del joven. Este miró hacia ambos lados de la calle, como si alguien le estuviese siguiendo.
Cuando se aseguró de que estaban a salvo, puso su brazo al lado del rostro de su amiga.
-¿Qué puñetas haces siguiéndome?- le interrogó con dureza.
-¿Qué? No.- la joven negó con la cabeza.- ¿Qué puñetas haces tú?- le cuestionó imitando su rudeza.- Estamos todo el puñetero verano preocupados por dónde diablos te has metido…¿Y tú estás matando a pobres vagabundos…?
-No he matado a nadie.- dijo en susurros bruscos Fred mirándola con fiereza.
-¡Oh, venga, hombre¡- alzó la voz la joven.- ¡Te he visto lanzar un Ava…¡- su boca se encontró prisionera de la mano de Fred que la apretaba fuertemente, haciéndole daño. Su rostro se crispó de dolor, y acto seguido fue liberada.
Fred suspiró.
-No lo entenderías…Es una pelea callejera. Digamos que…He estado todo el puñetero verano metido en peleas callejeras con magos como esos.