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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 63

Nunca imaginó que tendría tan poco poder. Un peón. O quizás, ni eso. Un mensajero. Un monigote al que mandar que mandase sin que se moviese. Como si no supiese lanzar maldiciones a diestro y siniestro. Quería ser él la persona que moviese las piezas. Tenía una necesidad por saber en qué clase de tablero estaba jugando que le hacía plantearse si realmente estaba en el bando correcto.

Por supuesto que lo estaba. Eso lo sabía.

No estaba con las personas correctas. No se encontraba en la que estaba destinada a ser su posición. Joder, estaba rodeado de ineptos que supuestamente estaban subordinados a él. No le eran leales. Al menos, a él. Su pequeño escuadrón de asesinos. Dos viejos lobos con ganas de destripar a cualquiera que se les pusiese delante. Un joven manipulador y extremadamente intimidante. Y una niña que había sido criada como una máquina de matar. Ninguno le tomaba en serio. Solo acataban órdenes a la espera de que otro miembro le matase y le sustituyese. Y si podía ser uno de ellos, mejor. Porque entre ellos existía una extraña comadrería que no lograba entender del todo.

Loring había creado un Palacio de Hielo en el mundo muggle tras arrasar un pueblo. Y eso había sido una idea suya. Contaba con el permiso de sus superiores. De Tristán McOrez concretamente. Y había sido su palacio. Tan solo por un instante había pensado que sus subordinados le habían temido. Solo un instante. Hasta que se percató de que se paseaban por aquel lugar como si fuese su casa.

Y entonces, en vez de un Palacio, se había convertido en una de las prisiones que disponía el Clan del Ojo. Pasó de residencia de lo que aparentaba ser un líder mordaz a una estúpida cárcel de traidores o de opositores. Había entregado su jodida vida a aquella maldita sociedad. ¿Y así se lo pagaban? Humillándole. Despreciándole.

El hombre de ojos azules tenía demasiada rabia acumulada. Quería explotar. Pero quería que en mitad de aquella explosión hubiese caos y muertes. Quería ser temido.

Quería ser como Tristán McOrez.

Nunca lo admitiría en voz alta. Y procuraba no pensarlo muy a menudo.

Miró con arrogancia y superioridad a aquella monstruosidad de persona- si es que le quedaba algo de eso en el rostro.

-¿Qué quieres?

Montdark hizo caso omiso de su tono. Le miró con aspecto de no tener mucho tiempo para aquella conversación. De no querer desperdiciar su preciado tiempo en ver cómo su superior se pavoneaba a su alrededor.

-¿Te han mandado alguna misión para mí?- preguntó. Su voz desprendía el maloliente hedor de su aliento.

-¿Qué esperas? ¿Que cuenten siempre contigo y tu forma de asesinar como una bestia?- le espetó con desprecio.- No.

El robusto hombre se encogió de hombros y suspiró. Soltó un bufido y abandonó el salón de aquel Palacio. Sus ruidosas zancadas se escucharon por todo el recinto. Parecía un niño pequeño cuando se le negaba un caramelo.

-Parece que están siempre dispuestos a destripar a alguien- meditó una voz que procedía del balcón que se encontraba a las espaldas de Loring.

Odió tener que darse la vuelta para poder ver a aquella menuda mujer. Su pelo negro como el carbón contrastaba con el paisaje de una gran extensión de nieve y glaciales que se divisaban desde donde estaba apoyada. Le daba la espalda a Loring. Eso le frustró. Deseó que le estuviese mirando y así él no se tendría que acercar.

La mujer le observó de reojo.

-¿Qué desea, Señora?- le interrogó con cierto retintín en sus palabras. Obligado a hablar él primero.

La sonrisa de burla que se asomó en aquella mujer llena de arrugas disgustó a Loring. De alguna forma, se estaba burlando de él por algo que aún no sabía.

-¿Cómo es la vida de un Ministro de Magia en Francia?- era una pregunta que escondía algo de sarcasmo.

Loring apartó la mirada. Bufó.

-Exactamente igual a la de un perro al que se le manda vigilar a un muerto- respondió secamente.

Zahra sonrió burlonamente.

-La mejor posición a la que uno de mis hijos ha ascendido.- soltó con fingida admiración.- No te quejes. El menor de los tres y el que mejor parado ha salido.

Loring le lanzó una mirada furiosa. De odio.

-¡MENTIRA!- su indignación emergió.- Es una mierda de puesto.- sentenció con fuego en su mirada. Parecía tener la intención de sacar la varita.

A pesar de que a Loring le hubiese gustado haberle causado a aquella mujer algún tipo de temor, esta se volvió a reír. Los nervios del hombre estaban empezando a aumentar. Quería explotar.

-Al fin y al cabo, es a lo más alto que puedes aspirar, hijo.- le recordó fríamente la mujer.

No se parecían en nada. Su desmesurada altura contrastaba notablemente con la de su madre. Los rasgos delicados del hijo rompían con los rectos que caracterizaban el contorno del rostro de Zahra.

Loring miró al frío horizonte en busca de calma en vano.

-Seguro que has sido tú.- le culpó, de nuevo con palabras impregnadas de odio.

-No.- le respondió buscando sus ojos ferozmente.- Eres un bastardo. Ni yo ni los demás podemos permitir que tengas ninguna clase de poder. - Le estaba escupiendo esas palabras con saña.- No deberías existir.

-¡LA CULPA ES TUYA, MADRE!- le vociferó en un arrebato en el que se rio.

-Pero a mí no me afecta.- contestó.- Tengo dos hijos que compensan gratificantemente tu deshonra.- le recordó de manera perspicaz, sabiendo que aquello haría enfurecer a su hijo.

El hombre miró a Zahra con desprecio. Después rio secamente.

-¡Cómo iba a olvidarlo!¡Los hermanos McOrez!- agarró fuertemente la baranda del balcón. Transmitiéndole toda la ira que sostenía sobre sus hombros.- ¡Cayo y Tristán! ¡Todo el mundo les teme! ¡Todo el mundo tiembla al verlos!

-Los bastardos siempre son inferiores.- dijo Zahra.

-¡No vuelvas a llamarme así en mi casa!- le ordenó. Apretó el agarre de la baranda. Deseó que aquella visita terminase ya. Pero sabía que eso solo lo decidía ella.

-Si temes que tus bestias lo descubran… Créeme que ya lo sabían de antes.- su mirada se volvió fulminante. - Nadie hará caso a un bastardo enrabietado.

-¿A qué has venido, madre?- preguntó secamente. Obviando su último comentario.

-Minerva McGonagall.- simplemente contestó.

Estaba deseando visitar Hogsmeade. Tenía la edad, por fin. Y el permiso de sus padres por ser, además de buen alumno, buen hijo. Su hermano no había contado con ello el año anterior. Sobre todo quería ir a aquel minúsculo pueblo para salir del castillo. Y porque también se sentiría finalmente un alumno de Tercero.

Era jueves. Tercer periodo. Pociones.

Probablemente eso aumentase las ganas de Albus Potter de ir a aquel pueblo. Y probar la cerveza de mantequilla. A escondidas, por supuesto.¡Peter y Scorpius ya lo habían hecho! Sus padres no le dejarían. Ojalá su hermano no le viese.

Horace Slughorn se percató de que su alumno se había perdido buscando musarañas. Albus empezaba a estar un poco harto de aquel pedante profesor. A pesar de que él era un desastre en aquella asignatura. El profesor, que quería a Albus en su Club de las Eminencias tras el rechazo de su prima Rose, se había rendido al forzar a Albus a ser un gran maestro de las pociones. Sin lugar a dudas era igual que su padre. O que su tío Ron. Pero en su mirada tenía ese brillo de poder… No quería moldearlo, solo que supiese utilizarlo.

-¿Sabes que tienes el nombre de un profesor de Pociones excepcional?- le preguntó, llamando la atención del resto de alumnos que andaban perdidos.

Alice Longbottom, sentada al lado del joven Potter, dejó de apuntar la receta de la poción Volubilis que Slughorn había interrumpido. Sintió un poco de frustración. Aquel día en especial estaba muy nerviosa.

-Severus Snape.- confirmó Renata Driggs.

-Exacto.- Slughorn volvió a su caldero y les miró a todos con un brillo de diversión en sus ojos. - Os diré algo que a menudo decía Snape: «No espero que lleguen a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, son sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos... Puedo enseñarles como embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar»- el profesor carcajeó.- Quitando eso último…Me gustaría poder hacer que muchos de vosotros sienta esa pasión por las pociones. ¡Qué haríamos sin ellas al fin y al cabo!- se rasgó la barbilla con la mirada clavada en Renata Driggs, la que destacaba indudablemente como alumna de Slytherin en aquella asignatura.- Creo que usted debería formar parte mi Club de las Eminencias, por mucho que se oponga McGonagall- echó un vistazo a sus alumnos, observándolos como ganado. Reparó en la mirada rabiosa de Longbottom.-¿Sabías que Severus Snape humillaba a tu padre, Neville Long…?

-¡SÍ!- contestó abruptamente la niña.

Slughorn arqueó las cejas.

-Has heredado todo el temperamento de tu madre.- comentó sorprendido.- Bueno, repetiré la poción Volubilis. Se tiene que calentar la mezcla inicial hasta que se vuelva roja, y después verde. Después, se tiene que añadir Aguamiel hasta que el líquido se vuelva rosa, y calentar hasta que sea naranja. Al añadir las ramitas de menta la poción toma un color verdoso. Se tiene que volver a calentar hasta que vuelva a ser rosa. A continuación se añade la Mandrágora cocida…

Alice Longbottom dejó de apuntar. Dejó de escuchar. Aquel día en especial estaba muy nerviosa.

Por supuesto que había heredado el temperamento de Hannah Longbottom. Y poco más. De su padre no había heredado absolutamente nada. Obviando el color de pelo y los ojos verdes. Eran tan distintos que a veces se preguntaba si realmente era su padre. Su padre era humilde y Alice no sabía ni fingir serlo. Neville era un espontáneo valiente y su hija prefería pensar muy bien las cosas antes de hacerlo. Ninguna de las cualidades que hacían de Neville un gran hombre, residían en la personalidad de su hija. A menudo, muchas personas del mundo mágico comentaban que era una pena que la valentía de los Longbottom se hubiese perdido. Lo cierto -y lo secreto- era que todo aquello había sido depositado en una persona que no era Alice. Ella, tratada como hija única a la vista de todos los amigos y conocidos de la familia, tenía un hermano.

Y por eso aquel día en especial estaba nerviosa.

Frank Longbottom iba a visitar a su padre. Y a su hermana. En Hogwarts. Sin que nadie, tan solo McGonagall, lo supiese. Porque casi nadie conocía la existencia de Frank. De hecho, solo lo hacía la directora y los amigos con los que siempre había estado Neville. Frank Longbottom no quería saber absolutamente nada del mundo mágico.

Nada.

Él era un squib.

Tenía derecho a elegir.

Cuando nació, cinco años antes que Alice, Hannah tuvo que dejar de ser Sanadora en Hogwarts para dedicarse a la crianza de su complicado hijo. Se crio siendo un niño callado e introvertido. Humilde. Inseguro. Incapaz de lanzar un hechizo mágico. Con seis años les dijo que quería vivir con los muggles. Neville no podía dejar su puesto de profesor en ese momento, ya que eran sus primeros años. Fue Hannah la que lo dejó todo para vivir con su hijo en Londres. Su madre había sido muggle y ella, de alguna forma que a Neville se le escapaba, conocía aquel extraño y ruidoso mundo.

La llegada de la pequeña Alice cambió sus planes. La niña sí era una maga. Sus primeros años los pasó en el mundo muggle con su hermano mayor. Sin embargo, Neville pidió que se trasladasen al mundo mágico porque quería criar, al menos a uno de sus hijos, rodeados de magia. Entonces, Frank comenzó a ser internado el año entero en un internado inglés, para que Hannah y Alice viviesen en la antigua residencia de los Longbottom. Los veranos eran los únicos momentos en los que la familia estaba al completo. Perdidos en frondosos bosques que se escondían en zonas alejadas del mundo.

Lo poco que Alice conocía de su hermano, lo envidiaba. Frank se había convertido en un joven atractivo. Valiente. Protector de los demás. Era un alumno respetado en su internado. Tenía el rostro de su madre. Pero todo lo demás era completamente Neville Longbottom. Aceptaba su condición de squib con naturalidad. A veces parecía realmente afortunado de serlo. Le decía a Alice que tenía que ser la mejor bruja de todos los tiempos por él. Y ella había crecido con esa idea. Acapararía toda la magia del mundo. Sería poderosa. Y le ofrecería la oportunidad a su hermano de usar la estropeada magia que corría por sus venas.

Aquel día estaba especialmente nerviosa.

Ni Rose, ni Albus, ni todos los primos Weasley de ambos, ni los profesores. Nadie conocía la existencia de Frank Longbottom. Y si la descubrían… Se odiaría así misma porque su hermano no quería que aquello ocurriese.

Y la única que podía estropear aquello era ella.

-Alice, ¿te pasa algo?- preguntó en un susurro Albus, mientras intentaba tornar su poción roja en amarillo, sin éxito.

-No, déjame.- musitó.- ¡Tienes que remover más rápido! Nos quedaremos aquí todo el día hasta que se vuelva amarilla, por Merlín…

-¡A sus órdenes, capitán!

-Cuando la poción lance chispas, te voy a meter la cabeza en el caldero para ayudar a tus neuronas a que hagan una conexión útil- le espetó mientras le quitaba la cuchara y lo removía ella como el profesor estaba indicando.- ¿Ves?- el rojo estaba perdiendo su viveza cambiando a un amarillo limón. -¿Qué haces parado? Me molesta que estés parado. Trae un vaso.

Albus rodó los ojos. Desde finales del año anterior, Alice había intentado distanciarse de Albus siendo un poco más borde que a lo que él estaba habituado. Tampoco solía pasar tanto tiempo con Peter y Scorpius. Y Rose, la que últimamente se unía a sus encuentros más que ella.

-¿Hay algo de lo que haga que realmente no te moleste?

El joven le dio un vaso y su compañera vertió la poción en él.

-Cuando callas estás encantador.

-Por desgracia, eso tú no lo haces nunca.- le recibió una mirada fulminante.

-Yo no pienso probar la poción….- dijo Alice mientras le tendía el vaso.

Albus la miró horrorizado. Ni pensarlo se bebería una poción que prácticamente había hecho él porque Alice estaba empanada. No. Es decir, igual era una poción mortal. Él nunca probaba las pociones. Sabía que a su compañera le gustaba asegurarse de que estaban hechas a la perfección. Pero a él eso le daba igual.

-Profesor Slughorn…Longbottom y yo ya la hemos acabado.- dijo en voz alta, atrayendo en seguida la atención de su profesor hacia la mesa.

Slughorn miró la poción con satisfacción. Le dio varias palmaditas en la espalda de Albus.

-Enhorabuena, Potter.

La mandíbula de la joven casi cae al suelo.

-¿Podemos retirarnos ya?- preguntó Albus, con una sonrisa radiante en su rostro.

El profesor asintió mientras se dirigía a otras mesas a ayudar a sus alumnos.

Los dos compañeros recogieron rápidamente sus pertenecías esparcidas por la mesa, temiendo que Slughorn cambiase de opinión. Era tan imprevisible que podría pedirles que hicieran una poción avanzada sin receta.

Al salir del aula, Albus alcanzó el alfeizar de una ventana y se sentó. Sacó un periódico- El Diario de Hogwarts- de la cartera y se dispuso a leerlo. Alice pasó a su lado y siguió caminando hacia otro lugar.

-¡No me puedo creer que leas esa basura!- le gritó la joven.

-¡Sería basura si dijese algo de ti!- le contestó, aunque probablemente ya no lo escuchaba.

Secretamente, a Albus le gustaba aquel periódico. Por supuesto, no podía compararse con El Profeta o con cualquier otro periódico del mundo mágico. Pero tenía que admitir que le resultaba bastante entretenido.

Sobre todo cuando sus amigos solían ser los últimos en salir de sus otras clases. Scorpius Malfoy también luchaba por hacerse, de nuevo, un hueco en el equipo de Griffyndor, cuyos miembros solían repudiarle a menudo. También visitaba la biblioteca con frecuencia. Por lo que le había confesado, la sección prohibida era muy instructiva. Y el resto del tiempo estaba simplemente ausente. Ausente hasta para Peter. Y su prima Rose Weasley entrenaba también para ser elegida de nuevo en el Quiddicht. Se iba en las tardes libres a saber dónde. Y se pasaba demasiado tiempo en la biblioteca. Llevaban casi dos semanas y realmente no se sentía como antes. Y sin contar a Alice, que parecía evitarlos a todos de nuevo

Solo tenía a Peter Greenwood. Ellos dos se dedicaban a exprimir al máximo su experiencia en Hogwarts. A planear todo lo que harían en Hogsmeade. Y, por supuesto, eran los únicos que seguían la pista del Ojo. La pista de los McOrez. Seguían haciendo rondas para vigilarles. Eso sí, sin Capa de la Invisibilidad que les protegiera. Aquella era su próxima misión. Recuperarla.

Por otro lado, Albus también tenía que desistir en su lucha por ser el buscador de Slytherin. Sabía que había varias personas esperando ser buscador. Rivales fuertes. Y, en vista de la corrupción del equipo esmeralda, no tenía ninguna posibilidad. Cuando Peter decidió acudir con Scorpius a la biblioteca, comenzó a repudiarla. La aborrecía. Se dedicaba a buscar a Alice en esos momentos en los que Peter le abandonaba a su suerte. Aunque no sirviesen para nada, pues su mejor amiga parecía tener una orden de alejamiento contra él.

Peter y él necesitaban desesperadamente a sus amigos.

Era cuando El Diario de Hogwarts se volvía interesante. Cada día leían un artículo. Había uno que criticaba -ya que no había otro verbo que más representase lo que realmente hacían- a todos y cada uno de los profesores. Sintió pena por Neville. Otro era una lista de los hipotéticos equipos de Quiddicht de aquel año. Por desgracia, a él ni lo contemplaban allí. Tan solo le quedaba por leer El Calderón del Cotilleo. Era el que menos le atraía.

Dejó el periódico y se dispuso a buscar a Peter.

Su paciencia estaba llegando a su fin. Si daba otro golpe más a la puerta, y nadie la abría, se juró a sí mismo llevársela por delante. Tenía poco tiempo para tan solo decir unas pocas palabras. Y el hecho de que su antiguo aprendiz se quedase durmiendo no ayudaba en absoluto. Sabía que aquella noche había tenido que ir a Francia para acompañar a Lebouf. Y que por la madrugada había vuelto. Y que, por lo tanto, no habría dormido nada. Pero justamente en aquel momento, Ronald Weasley no podía permitir que Alexander Moonlight no le abriese la puerta.

-¡MOOONLIGHT! ABRE LA PUERTA, POR LOS HUEVOS DE MERLÍN- gritó desesperado. Ojalá no hubiese escuchado tanta gente en su departamento tal blasfemia. Todos adoradores de Merlín. Ron estaba harto de tener siempre que mencionarlo cuando estaba enfadado. Al menos no decía "Dios" como los muggle. Pero al fin y al cabo, Dios y Merlín eran prácticamente la misma persona. O ente. O a saber qué.- ¡¡ABRE DE UNA MALDITA VEZ!!

Ojeras y mal humor le recibieron tras la puerta.

-¿Qué leches quieres?- le preguntó en un bostezo.- Sabes perfectamente que ayer…

-¡Y qué más da!- le gritó Ronald entrando en el despacho y cerrándolo tras sí.- Imagina que a Voldemort le da por resucitar. Respetará tu turno de siesta, ¡claro que sí!- dijo con sorna.- ¡Enhorabuena, Moonlight! Vuelves a Hogwarts.- sentenció.

Esperó la reacción de su antiguo discípulo. Se le desencajó la mandíbula. Lo había interpretado mal, claro. Ron se rio de él y se sentó suspirando en el asiento de Moonlight.

-¿Qué dices, Ron? ¡Me maté para sacar todos los T.I.M.O.S!- Alexander miró inquisitivamente la expresión de Ronald.- ¡Cómo sea una broma….! ¿Para esto me despiertas? ¿Para reírte un rato? ¿Soy tu mono de feria o qué?

-Más bien mi lobo de feria…- le guiñó el ojo y suspiró.- Lo siento, es la más pura verdad. Orden directa de Potter.

-Pues que se meta la orden por dónde le quepa.

-Es para proteger a Minerva.- añadió Ronald con una expresión algo más seria. Alexander titubeó. Ayudó con sus dedos a fruncir su ceño.- Como auror. Serás el protector de Hogwarts para los demás. Ya sabes. La gente piensa que sus hijos estarán en peligro. ¿Sabes cuantos alumnos se han matriculado en otras escuelas siendo ingleses…?

El joven rodó los ojos. Supuso que lo que decía Ronald no era ninguna broma. No después de que su mejor amigo, en calidad de representante de Minerva, le hubiera mandado exactamente el mismo cometido. Aun así era una misión tediosa. Y aburrida. Hogwarts está bien cuando no has conocido lo que se cuece en el Departamento de Seguridad Mágica. El castillo era su hogar cuando era un niño. Ahora su casa era aquel atestado y desordenado apartamento en el centro de la ciudad. Y hacía lo que le daba la gana. Sin prefectos ni profesores que lo castigasen escudándose en normas absurdas.

-¿Y qué pasa los días de Luna Llena?- preguntó, como si hubiese dado con la clave para escaparse de aquello. No era que se fuera a escapar. Pero en la misión de Teddy no tenía que estar allí todos los días.

-Oh, realmente no habíamos pensado en eso… ¡Qué desconsiderados!

Una sonrisa de suficiencia apareció en las comisuras de Moonlight.

-Pues nada, entonces.

Ronald soltó una carcajada.

-¡Venga ya! Tuve un profesor licántropo en tercero, por el amor de las ranas de chocolate.- estaba intentando evitar el nombre de Merlín.- ¡Y Ted Lupin es un licántropo! Te lo recuerdo porque, bueno, varias razones…- comenzó a enumerar con los dedos todo lo que iba diciendo.- es amigo tuyo, tú le convertiste, te ocupaste en una ocasión de acompañarle por los territorios de Hogwarts, tú mismo eras un licántropo en Hogwarts… ¿Algo más?

El auror de Departamento bufó. Tenía razón. Parcialmente.

-¿Y si…?- se lo pensó un poco mejor.- ¿Y si pasa algo justo en una Luna Llena? ¿Y si me convierto justo cuando pasa algo?

Ronald le miró de forma perspicaz:

-Esperemos que Neville siga teniendo las habilidades de antes.

-¿Por qué has venido tú a contármelo? ¿Acaso has vuelto al Departamento? -no había entusiasmo en sus palabras. Dudaba seriamente que Ronald Weasley volviera al tajo.

Ronald Weasley enrojeció.

-Echaba de menos sentirme útil… Y creo que voy a colaborar con el Departamento…

-¿Qué? ¿Por qué? -aquello le impresionó más aún que saber que tenía que volver a vivir en Hogwarts. -¿No estabas a gusto en la tienda de tu hermano…? Además, ahora más que nunca necesitará que tú estés…

-No eres mi psicólogo, Alexander -interrumpió. Se marchó antes de que Moonlight pudiera reprocharle nada.

No esperaba que hubiese protección en el portal. Un hombre fornido vestido de negro se encontraba de pie junto a la puerta examinando a los transeúntes de la calle. La mujer que había estaba observándole, de tez morena y ojos penetrantes, le desafió con la mirada. Incluso habían alzado una barrera de protección.

Parecía la casa de una actriz en medio de Notting Hill.

La mujer se acercó al guardaespaldas, para los ojos muggles. Al auror, para ella.

-Soy amiga de la señorita Weasley, joven.

El auror asignado sacó una especie de teléfono móvil del bolsillo de su pantalón. Llamó a alguien. La espera tardó unos segundos.

-Su nombre.- le inquirió a la mujer.

-Charlotte Breedlove.

Aquel hombre repitió el nombre de la mujer. Un minuto más tarde, Charlotte estaba entrando a la casa que mantenía prisionera a una joven pálida, aparentemente débil y tremendamente embarazada. Al ver a su visita, sonrió feliz. Su momento de aburrimiento había acabado.

Llevaba sin ver a aquella misteriosa mujer más de medio mes. Mientras que Charlotte, ataviada en una gabardina beige, no había cambiado para nada; la joven Victoire había aumentado su volumen corporal considerablemente. La había echado de menos. Y no tenía forma alguna de contactar con ella. Era mejor así, se dijo. Resultaban más favorables esas visitas impredecibles. La protección que Ted le había otorgado la abrumaba. Pero era fácil de franquear. Después de todo, no podían permitirse tener a los mejores aurores a su favor. Todos los días. Eran simples alumnos en formación. Esta era una forma de obtener puntos para ascender. La idea había sido de Moonlight. En realidad, ninguno de los elegidos ascendería. Y en ninguno de ellos confiaba Victoire Weasley.

Victoire sintió ganas de abrazar a la mujer. Al no tener confianza suficiente- de ese tipo-, se sentaron en el sofá simplemente. Charlotte Breedlove conjuró un Muffliato para evitar que aquel no-futuro auror no escuchase su conversación.

Comenzaron a hablar sobre cómo la joven llevaba su embarazo. Le confesó que no creía que aquella criatura que tenía en su vientre llegase a crecer tanto. También admitió que sentía un poco de miedo por la seguridad del futuro Remus. Que todo aquello que Charlotte le contaba sobre el Clan del Ojo le hacían dudar si criaría a su hijo en un mundo seguro. Aquel día, se saltaron las conversaciones triviales.

-Hay muy pocos afortunados que nacieron en una época en la que estaban completamente a salvo. Tú misma naciste en la posguerra. El sistema mágico desestructurado. Caza de mortífagos. No precisamente un momento adecuado para un bebé. Y sin embargo, aquí estás.- le recordó dulcemente.

La joven sonrió y agradeció interiormente la calma que aquella mujer le transmitía. Su voz era como los locutores de radio nocturno que cuentan historias de tal manera que parecen tener magia para teletransportarte mentalmente a ellas. Se había prometido que Remus oiría aquella voz. Quería que Charlotte Breedlove estuviese con ella para ver crecer al niño. No sabía cómo decírselo a Ted.

-Ted nació justo en el fin. Casi en la Batalla.- añadió.

-Yo nací cuando aparentemente hubo una gran estabilidad en el país de mis padres, Cuba. El mismo día que se redactó la Constitución de 1940. Mi madre lo recordaría siempre.- comenzó a relatar Charlotte con nostalgia.- Tras esa fachada de democracia que creían tener los cubanos, mi padre decidió unirse a la oposición del gobierno. Sencillamente no aprobaba los ideales que el gobierno de la presidencia de la República tenía. Fue entonces cuando todos se dieron cuenta de que había la misma represión política de siempre. Mi padre fue asesinado por creer que tenía la libertad de elegir.

-Lo siento.- acertó a decir Victoire.

-Oh, gracias, pequeña. Pero hace muchísimo tiempo de eso.- admitió sonriendo.- Mi padre murió cuando cumplí dos años. Mi madre, que sabía bastante inglés por las tropas estadounidenses que en ocasiones vigilaban la zona, decidió mudarse a Inglaterra. Estados Unidos era otra opción, pero por aquel entonces el racismo estaba en auge por las zonas en las que nos podíamos permitir vivir. Mi madre me cambió el nombre. Carlota Marín dejó de existir. - Victoire se removió en su asiento.

-¿Eso no era ilegal?

-¿A principios de los 40 en Inglaterra?- le preguntó incrédula.- Lo única ilegal sería ir en contra de su reina y a favor de los nazis.

-Oh, claro.- Victoire se dio cuenta entonces de que estaba en frente de una mujer con tantas historias que su vida podía ser una gran novela.- La Segunda Guerra Mundial. Lo siento, en Hogwarts no estudiamos mucho la historia muggle.

-Por supuesto que no, Hogwarts crea a inútiles… Pero eso otro día te lo contaré.-Charlotte Breedlove volvió a su historia.- Nos instalamos en una casa para inmigrantes en la parte Este de Londres. Lo único que nos podíamos permitir en una ciudad tan grande y poderosa en ese entonces. No sabíamos que era continuamente bombardeada. Murieron vecinos nuestros. Nadie nos decía que había sótanos en los que refugiarnos cuando sonasen las alarmas. Mi madre salvó a muchos inmigrantes hispanos hablantes por saber hablar inglés. Yo tuve que aprender por la fuerza. Allí ocurrió un desastre en una parte del metro en la que quedaron encerradas miles de personas sin nombre. - Victoire se tapó la boca con la mano, llena de horror.- Si algo tienen los magos, es que no hacen las matanzas que llevan a cabo los muggles. Todavía - la mujer suspiró.- Mi madre ayudó a tanta gente, que la Cruz Roja acabó haciéndola una enfermera oficial. Nos trasladamos a una zona más acomodada. Más que aquella cualquiera, por supuesto. Nuestros días turbulentos habían acabado. En una de las últimas bombas que cayó en Londres, mi madre salvó la vida de una niña de tres años. Era preciosa. Yo tenía cinco años. La traía en los brazos de su padre. Un hombre viudo demacrado por el miedo y la angustia de poder perder a su hija. Obligó a mi madre a salvarle la vida. Dijo que era su deber. Y que aquella niña moribunda era muy importante. Mi madre hizo todo lo que pudo. Fueron tres días eternos hasta que conocimos aquellos azulados ojos. El padre bendijo a mi madre. Y nunca se me olvidarían sus palabras: "Es una pena que la magia no corra por tus venas, harías milagros". Mi madre se asustó. Pero comenzaron a salir. Forjamos una familia. Mi madre diría que fue una bendición la carta que recibí para irme a Hogwarts. Cuando la guerra hubo acabado, años después el padre de aquella niña, como si mi padre fuera, me acompañó al andén el 1 de septiembre.

El relato del día había acabado. Era su mejor historia hasta el momento. Antes solo le contaba anécdotas de su infancia. O de Hogwarts. No su historia. Victoire Weasley estaba impresionada. Veía cómo su amiga se recomponía de los recuerdos soltados al aire.

-¿Qué pasó con la niña?- preguntó Victoire intrigada.

Charlotte sonrió.

-Haces siempre las preguntas adecuadas.

-Gracias.

La joven se azoró.

-La niña vivió la mejor infancia que pudo tener. La guerra había acabado. Tenía un padre que la amaba. Un hombre de corazón noble, valiente y protector. No sería hasta años después cuando realmente le admiraría. Y tenía una madre. Mi madre adoraba a la niña. Era lo mejor que podría haberle pasado desde que me fui a Hogwarts. Así no estaba sola. Yo misma estaba enamorada de esa chiquilla tan especial. Cuando sonreía, iluminaba a toda la familia. Porque nos habíamos convertido en eso. En familia. Mi madre se había adoptado el apellido del hombre. Y volvió a llamarse por su verdadero nombre: Teresa Donovan. Yo seguía siendo la inexistente Charlotte Breedlove. No aparecía en ningún registro. De hecho, el Ministerio Mágico me tenía fichada como Carla Marín, que era como la pluma de Hogwarts me había reconocido.

-¿Coincidió con su hermanastra en Hogwarts?

Charlotte adoptó una expresión seria que nunca había visto anteriormente.

-La historia que sigue, Victoire Weasley, es altamente confidencial. De hecho, hay gente que desde siempre ha matado por saberla. Yo te la contaré trozo a trozo. Para que pienses. Es por eso por lo que te cuento todo esto. Hay algo que debes saber. Porque tienes la fuerza que será necesaria en un futuro. En cuanto alguien lo sepa, todo estará perdido. No solo te matarán a ti, a tu hijo y a tu familia. Sino todo el mundo. Será el fin de todo lo que conocemos.- sentenció.

-¿Es necesario un juramento inquebrantable?- preguntó con una seguridad que nació de su pecho de forma inconsciente.

-Confío en ti, Victoire.- confesó mirándola fijamente a los ojos.- Puede que lo que te cuente te sorprenda. Puede que te haga desear contárselo a tu familia, porque lo necesitan saber. Pero no pueden. Ni un solo dato puede salir de nuestras conversaciones. Yo solo soy una niñera que te va a ayudar con Remus. ¿De acuerdo?- La mirada que le lanzó Charlotte la asustó. Era poderosa. Sus ojos lo decían. Victoire asintió decidida a acatar todas las condiciones.- Pues eso es todo lo que te contaré por hoy.

-Espere un segundo.- pidió Victoire pensativa.- ¿Cómo se llamaba la niña?

Charlotte soltó una carcajada. La miró como quien miraba una buena elección.

-Ivonne, naturalmente.