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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 79

Necesitaba enfriarse. Había estado soñando con una pelea que no le salió bien y que le indujo en una maldición imperdonable. Quería moverse pero su rabia le detenía. Impotencia, sí, esa era su peor pesadilla. Se miró al espejo. Su rostro aun le devolvía rasgos más suaves de los que querría. Ni con moratones o la ceja rota se iban. Quería salir de aquel sitio por un momento y aliviar la rabia acumulada que sentía.

Antes de salir de su habitación, James, como no, le retuvo. Le miró con una amenaza tras su mirada. Su primo debía aprender a alejarse de él cuando tuviese problemas de ira o saldría algún día herido y no precisamente porque no se lo hubiese buscado.Sabía que se preocupaba por él, pero debía entender que si quisiese una niñera ya la hubiese pedido hacía mucho tiempo. Además, debía ser él el que necesitaba alguien que le vigilase: los gritos de por la noche eran falta de un psicólogo, y Fred Weasley no tenía tiempo para gilipolleces. Y tampoco es que sirviese de ayuda. Sí, sabía que había cambiado. Que su madre le miraba con lástima (lo cual odiaba demasiado) y a su padre le irritaba. Era mejor si salía de su casa. Claro que sí. Aquella maldita casa llena de recuerdos de Roxanne. Ni siquiera se habían dignado a retirar su taza rosa del desayuno que nadie jamás volvería a usar. Entendía que querían recordarla, pero aquello era infligir dolor innecesario.

-¿Dónde vas?- le preguntó muy serio James.

El estúpido se hacía el que no sabía que iba a correr, a buscar pelea o simplemente a estrellar su puño con algo duro que le destrozase los nudillos de nuevo. Le hubiese gustado espetarle alguna obscenidad pero tampoco quería más problemas con James. Era buena persona, pero mal amigo. Era decir, ¿no podía dejarle en paz? Él hacía lo que le viniese en gana. Por muy ilegal que fuese.

Probablemente le habría dirigido una mirada ruda por la respuesta que recibió del rostro de su compañero de cuarto.

-Voy a entrenar.

Qué excusa más mala. Pero, bueno, él no destacaba por la inteligencia, esos eran los hijos del tío Ron. Niñatos repelentes. Antes les hubiese querido más, pero, de nuevo, no tenía tiempo para estupideces. Tanto libro jamás les ayudaría a encontrar a Albus. Porque era aquello, si encontraba a Albus supondría que había ganado. Que aquellos capullos no eran invencibles como se creían.

-Entrenamos en el mismo equipo, ¿recuerdas?

Qué perspicaz podía llegar a ser James a veces. Bufó y le encaró, no pensaba hacerlo, pero si iba a seguir por ese camino, no había otra salida.

-¿Por qué no te vas con tu hermanita?- James le dirigió una mirada de enfado y salió de la habitación.

Fred se encogió de hombros con despreocupación y le siguió. Cuando pasó ante él, no planteó pedirle disculpas ni ninguna ñoñada por el estilo. Comenzó su carrera hacia el bosque. Quizás hoy no era día de encontrar a alguien con quien pelearse. Quizás porque ninguno le seguiría el juego, por desgracia. Así jamás aprenderían a defenderse. Los hechizos de defensa no servían para atacar, como su propio nombre indicaba. Que se dejase de idioteces Ted Lupin. Necesitaban hechizos útiles. Y si no los enseñaba él, los aprendería por su cuenta. Maldita sea, necesitaba encontrar a Albus.

Sabía por qué deseaba buscarlo con tanta fuerza. No lo admitiría en voz alta, pero nadie lo sabría si pensaba en ello. Por Roxanne. Porque si acababan con Albus, significaba que Roxanne les había prevenido para nada. Ella no se habría dejado asesinar. Había llegado a aquella conclusión hacía mucho tiempo. Sobre todo dentro de los propios muros del castillo, Roxanne se había dejado matar. Cuando McGonagall se dejó matar, fue nada más que para aclararse aquello. Les avisaba de algo, solo que no sabía qué. Pero murió para protegerles a todos. Así que si Albus también moría, su último deseo no se cumpliría… Y él no podía dejar que aquello ocurriese. Tenía que protegerles a todos… Seguir la advertencia de su hermana que le costó la vida. Después de todo, sus últimas palabras hacia él fueron ese mismo día: Ten cuidado, hermanito. No se lo había dicho a nadie. Roxanne sabía que iba a morir. Y él lo supo antes de que ocurriese. Pudo haberla salvado.

Vio a una melena rubia y rizada dirigiéndose hacia afuera del castillo. Hacia donde él iba. Zoe McOrez. Oh, sí. McOrez. Descendiente de los McOrez que se llevaron a Albus. Un miembro del Clan del Ojo dentro del castillo. Con inmunidad encima. ¿Quién demonios había permitido aquello? ¿McGonagall? ¿Dumbledure? Por Merlín, igual era el legado de Ryddle.

La siguió por el puente. Iba muy decidida. Y, seguramente, sabía que la estaba siguiendo, a él no la engañaba. Igual iba a una de sus malditas misiones del Clan del Ojo como hacía Cross antes de ser expulsada o algo peor de Hogwarts. ¿Y si iba a ver a Albus? Tendría la oportunidad perfecta de hacerles pagar a todos. Esbozó una sonrisa lobuna y aceleró su paso.

Hasta que Zoe McOrez se dio la vuelta, se puso las manos en jarras y alzó las manos ante él.

-¿Qué buscas, Weasley?- preguntó con una sonrisa siniestra.

El joven frunció el entrecejo, intentando pasar como un inocente transeúnte. Aunque solo estuviese él. Al pie del bosque. Y claramente se veía que la estaba siguiendo.

-Estaba seguirte a donde sea que tengas a Albus.- dijo de forma despreocupada, como quien dice que va a tomarse una cerveza de mantequilla.

-Qué pena que ya no lo tengamos en el sótano de mi casa.- comentó ella como si nada.- Sería una pena que no vieses cómo lo torturamos y se desangra solo, ¿no? -Fred rugió y se acercó a él. Zoe señaló hacia la izquierda, lo que descolocó a Fred.- ¿Ves ese de allí? Es Shacklebolt y creo que nos está vigilando.

El joven ladeó la cabeza en una mezcla de irritación y sarcasmo.

-Por supuesto que está vigilando… -Zoe McOrez señaló ahora hacia otro lugar opuesto.- ¿Qué es…Moonlight vigilando?

Fred se quedó petrificado al ver que señalaba el árbol en el que en su momento colgó el cuerpo desangrado y roto de su hermana hacía casi un año. Tembló de ira. De esa rabia incontrolable. Y peligrosa.

-Deberías haber visto cómo pedía que no se la matase…-se calló de pronto, dándose cuenta del terrible error que había cometido y que no pasó desapercibido para Fred que lanzó sus manos hacia su cuello y apretó su agarre entornando los ojos y temblando de rabia.

-¡LA MATASTE TÚ, ZORRA!- le gritó, mientras seguía apretando el agarre. Los ojos de Zoe McOrez le miraron asustada, realmente asustada ante la rabia que había desatado en Fred Weasley.- ¡AHORA TE MATO YO A T…!

-¡WEASLEY!- le gritó Shacklebolt.- Expelliermus.

Fred fue lanzado hacia otro lado. Se arrastró por el suelo. Se levantó y no se inmutó cuando Shacklebolt intentó detenerle con un brazo. Volvió a propinarle un puñetazo en la nariz de Zoe McOrez que salió disparada hacia atrás.

-TE VOY A MATAR.- sentenció Fred con los ojos desorbitados, sacando su varita.

-Petrificus totalus.- formuló Shacklebolt, mirándolo con reproche y con los ojos algo nerviosos. Le indicó a Zoe McOrez que se marchase, y esta se dirigió al castillo rápidamente, por primera vez en mucho tiempo, asustada de verdad ante aquel ataque de ira. Se había descubierto. Y un auror el Hogwarts lo sabía. ¿Estaba en peligro bajo los muros másseguros del mundo?

-¿Qué hace, Shacklebolt? ¿No ha escuchado que ha confesado que asesinó a mi hermana? ¡¿NO LO HA ESCUCHADO?! ¡¡PORQUE ESTABA BIEN CERCA, SHACKLEBOLT!!

-Contrólese, señor Weasley.- le advirtió.- Me temo que no lo he escuchado. Soy un auror, no tengo porque meterme en las conversaciones de todos los estudiantes…

-¡PUES DEBERÍA! ¡HA CONFESADO QUE HA ASESINADO A MI HERMANA! ¡POR LOS HUEVOS DE MERLÍN, ES LA PERSONA QUE ESTABAN BUSCANDO! ¡DEBERÍA HABERME DEJADO MATAR A ESA ZORRA!- vociferó mientras sus puños temblados temblaban y se le hinchaban todas las venas del cuello.

Shacklebolt se rascó el cuello. Y miró con algo de seria preocupación a aquel alumno.

-Me temo que su afirmación no nos es válida teniendo en cuenta su condición.

-¿QUÉ CONDICIÓN NI QUÉ DEMONIOS?

-Esa que está mostrando ahora mismo, señor Weasley. Ha sido declarado inestable emocionalmente ante todos los profesores y alumnos.

-¿¡QUÉ?!

-Sus padres le declararon inestable al comienzo del curso escolar. Me temo, que, por lo tanto, su declaración no nos sirve incluso si es cierta.

-Eso no puede ser cierto…-le espetó.- ¿¡MIS PADRES?! Qué cojones…

-Modere su lenguaje, señor Weasley.

-¿Y qué pretende hacer entonces?

-Nada.

El joven soltó una carcajada sarcástica.

-¡PUES CLARO! ¡Así cómo pretenden hacer las cosas bien…!- le encaró al antiguo Ministro de forma amenazadora.- Que sepa que por su culpa una asesina está suelta…-Sintió como unos fuertes brazos le aprisionaban. Sintió una inyección en el cuello. Otro auror. ¿Lo estaban drogando como a un demente? Por Merlín…

Mataría a Zoe McOrez. Aunque fuese lo último que hiciese.

Sintió cómo alguien le arrastraba a pasos lentos hacia el castillo, lo cual dejaba mucho que desear de aquellos aurores que podrían haberle lanzado un hechizo para que fuese levitando. Supuso que le llevarían a enfermería, dónde dirían que tenía una taquicardia o algo por el estilo. O tal vez simplemente que eran sus problemitas de ira que todo el mundo parecía saber. ¿Se sentía traicionado? Podía ser. Tanto Sue como James podían haberle avisado de que se había corrido la voz por el castillo de que no podía controlarse o algo por el estilo. Con razón todos los novatos de Hogwarts huían de él. ¿Tan malo era tener que desatarse de vez en cuando?

Efectivamente, acabó entrando en la enfermería. A pesar de estar drogado, porque notaba como su cuerpo le pesaba más de lo normal y sus movimientos eran torpes a la par que sin sentido, podía sacudirse para soltar el agarre de los aurores. En vano. Por Merlín, escoltado por aurores. ¿En esto se había convertido? Sus padres estarían lejos de orgullosos de él cuando se enterasen, pero, la verdad, es que no pretendía impresionarles. Ni a ellos ni a nadie. Si no podía controlarse era porque tenía demasiados sentimientos internos que se acumulaban y se resistían. Ya no podía permitirse hacerlo, de todos modos; y no porque tenía una reputación que no sabía si mantener, sino porque ya no le salía llorar, le salía rugir. Una pena, suponía, porque sabía que Sue estaría encantada de ser su hombro amigo, o James, tener un amigo que se mostrase tan destrozado como él. Parecían estar deseando que Fred se derrumbase. Y no les daría jamás el gusto.

Lo tumbaron en una camilla. Un auror le sujetaba las piernas y el otro los brazos, impidiendo que Fred saltase para zafarse del agarre. Como si fuese un perro con rabia, por Merlín. Les miraba con odio. El remedio estaba en dejarle en paz, maldita sea. Rugió para que le oyesen. No le importaba nada ya, ni sus apariencias ni las consecuencias que aquello pudiese tener.

¿Es que no se habían enterado?

Joder. La asesina de Roxanne vivía bajo el mismo techo y… ¿No podían hacer nada porque él estaba incapacitado? ¿Qué clase de broma absurda era aquella?

Sintió de nuevo un pinchazo, aquella vez en el vientre. No percibió un mareo inmediato, pero aquellos aurores se marcharon. James, su primo Potter, el que le había ocultado que le habían señalado con una cruz de "Inestable", estaba allí, viéndole con desaprobación. Claro, él no tenía que lidiar con el hecho de que su hermana había sido asesinada por una maldita y zorra alumna de Hogwarts. Él estaba tranquilo porque su hermano estaba secuestrado pero como era hijo de Harry Potter sabía que al final estaría a salvo. Por supuesto, él jamás le entendería. Era un idiota mimado, ¿no? Sí, claro que lo era. Joder, parecía un tipo bueno y decente y es que lo era. ¿Qué hacía quejándose de su mejor amigo?

-Lo siento, Fred. Debí de habértelo dicho hace tiempo…-se excusó James. Su voz le calmó y dejó de sacudirse. O la droga hizo efecto más rápido del que esperaba.- ¿Qué ha pasado esta vez?

El joven aludido desvió la mirada hacia otro lado. No sabía si confesarle lo que sabía, ahí, de nuevo en frente de dos aurores que creían que debido a su "inestabilidad" no decía cosas coherentes. Lo más lógico sería esperar, aunque eso supusiese decirle a James cualquier estúpida mentira y recibir una mirada de lástima y pena porque era un niño que había perdido a su hermana y estaba enfadado con el mundo porque se la habían arrebatado -que también.

-Lo de siempre.- respondió con simpleza, para evitar más cuestiones. Los aurores se marcharon, al verle relajado con la presencia de su amigo o con la inyección del calmante. James se sentó en un sillón al lado, quizás esperando la "verdadera" explicación. Eso era lo que siempre hacían cuando el otro estaba en enfermería. Se sentaban al lado y esperaban que el otro se recuperase. Eran amigos y familia, su unión era muy fuerte. Miró de pronto a su camilla de la derecha y se extrañó. O más bien, se preocupó.- Oye, tío, ¿esa es la prima Molly?

Yacía en la camilla con expresión serena, recta y, aparentemente durmiendo. Lo cierto era que con esa prima en particular no tenían mucha relación. Era decir, que igual estaba allí por gripe, por una enfermedad terrible o porque estaba en coma; y ellos ni idea. Joder, tenían a saber cuántas primas, no podían estar al tanto de todas. Sobre todo de aquella que ni hablaba con ellos. James se levantó del sillón con intención de ir a verla.

Una enfermera, cuyo nombre no tenía ni idea pero todo el mundo parecía conocerla porque era muy buena -y vieja - ¿Claire? ¿Claudia? ¿Clarisa?, se interpuso en el camino de su primo.

-¿Es familiar?- preguntó con una sonrisa afable. James asintió. Si bueno, de sangre por supuesto que era familiar.- Bien.- dijo asintiendo, como si hubiese estado esperando que alguien viniese a verla. ¿En serio Lucy no había ido a verla? Por Merlín, todo el mundo pasaba del culo de Molly. Pobre. Igual tenía hasta suerte. -Vino anoche diciendo que en su cuarto no podía dormir y que necesitaba una pastilla para coger sueño. Y ahí lleva todo el tiempo… Es como si no hubiese dormido en mucho tiempo, ¿habéis visto las ojeras? -No, lo cierto era que Fred desde la camilla no veía las ojeras que Molly pudiese tener. Tampoco le interesaban los problemas de su prima. Que serían relacionados con estudios o algún chico que se pelease por ella, vaya idiota.

James se acercó a Molly. Cómo si le importase aquello. Por primera vez en toda su vida, entendía a Molly y quería que la dejasen en paz. ¿Tan difícil era conseguir aquello? Parecía ser que sí. Dado ese afán por su familia de meter las narices donde no debían.

Se percató de que su primo había dado un respingo y se había echado hacia atrás. Al parecer, Molly había despertado, si es que la tenía que despertar, joder, pobre chica.

Aquello se escapó de lo normal.

Molly comenzó a tener convulsiones, su pecho se rebotaba y todo el resto del cuerpo temblaba. Fred se asustó y se levantó de un salto, notando sus músculos demasiado relajados como para responderle, para lo que tuvo que apoyarse en James. Contempló como los ojos de su prima lloraban. Una espuma blanca empezó a salir de su boca a borbotones. La escupía sorprendida.

-¡Dame esa inyección de allí!- gritó con desesperación hacia Fred, indicándole una jeringa que había al lado de su camilla. Antes de tendérsela hacia la enfermera, esta le miró con preocupación.- ¿Es epiléptica?

Lo que faltaba.

-No, no es.- respondió con seguridad James. Su rostro estaba crispado por la preocupación. Sujetaba a Molly con delicadeza, mientras esta seguía vomitando blanco. ¿Cuándo había cambiado James?- ¿Qué le pasa, Clare? ¿Le ha pasado antes?

Clare, nombre de abuela adecuado para aquella enfermera, pareció tener más dudas que los dos primos. Negó con la cabeza con nerviosismo y se acercó a la joven. Le inyectó aquella jeringa.

Molly lanzó un aullido. ¿Aullido? Molly lanzó un aullido. Y después gimió, rugió y se encogió sobre sí misma. Temblando, con toda la espuma blanca manchando su cabello, su rostro y sus ropas. Miraba a la nada con temor.

Poco a poco se relajó. Ninguno de los tres se movió hasta que aquella joven se durmió de nuevo. Al hacerlo, respiraron aliviados. ¿Qué demonios acababa de ocurrir? Tanto Fred como James miraron, en busca de explicaciones a Clare.

-Nunca antes he visto o he leído sobre un suceso similar.- dijo, como asimilando para ella misma todo aquel proceso.

-¿Nada? ¿No se parece a nada que haya visto antes? Porque antes ha dicho epilepsia.- señaló James de manera perspicaz.

-Eso.- corroboró Fred, sintiéndose algo inútil allí, con la droga entornándole los ojos. Le pesaban como cuatro o cinco toneladas.

Clare negó con extrañeza.

-En la epilepsia no se aúlla, señor Potter.- dijo con algo de temor.- Y tampoco puede ser una conversión a licántropo porque no tiene ninguna mordida, ni se ha convertido, claro… Es algo nunca visto… Lo siento, no sé qué puede ser.

Molly se removió y miró a Fred con los ojos casi sin abrirlos del todo.

-Quié-én eres…-musitó. Y cerró los ojos.

No es que la matarían, pero sí que dejarían de confiar en ella como habían hecho hasta entonces. ¿Era una traidora? La mujer suspiró mientras evitaba las miradas de los transeúntes de aquella zona residencial de las afueras de Londres. No, no era una traidora, jamás lo había sido y jamás lo sería. No estaba colaborando con ellos. Ellos colaboraban con ella. Clandestinamente, por supuesto. Pero aquello tenía una historia de tras fondo demasiado arraigada en el pasado.

Llegó a su destino. La mansión de Cayo McOrez.

Según le habían contado, había sido construido hacía cincuenta años, poco después de que su dueño naciese, como futuro regalo por parte de su madre, Zahra McOrez, quien provenía de una rica y prestigiosa familia danesa. Y por supuesto, aquello se reflejaba en la ostentosidad de fachada y de los jardines. Era una mansión blanca impoluta, difícil de mantener en una ciudad tan húmeda y gris como las cenizas de las que parecía estar compuesto Londres. Sin lugar a dudas, debía de tener un limpiado constante y un cuidado incesante de aquellos jardines, cuya vegetación predominante eran las rosas blancas y las violetas, que impregnaban el lugar de elegancia y delicadeza. Aquella mansión se extendía a lo largo de una amplia llanura en la que sobresalía como la culminación de aquel lugar. No se iba muy desencaminado si se pensaba que tenía un aspecto similar a un Capitolio o a la Casa Blanca. Para nada se trataba de una rica casa de campo típica de la campiña inglesa. Su decoración, más clásica, y sus estatuas, más dadas a un neoclasicismo, con motivos mitológicos, y cada uno suponía una obra de arte digna de admirar.

Y aquello solo era el exterior. La mujer sintió como desde el portero la identificaban y le dejaban entrar sin preguntar nada. No hacía falta, sabían quién era ella. Y, seguramente, sabrían a qué venía, ataviada en una gabardina beige y con un rostro duro de desafío, de enfado o de exigencia. Ella podía llegar a temerles, pero había algo mucho más fuerte que el miedo al salir herida, y era el miedo a perder a alguien a quien amas. Lo sabía muy bien, había sufrido ya varias batallas a lo largo de su vida y aquella era una que no se podía permitir perder.

Se adentró en el frío jardín, ya que a pesar de tener una belleza exuberante, no era acogedor y las estatuas la miraban como la intrusa que era. Corrió escaleras arriba a la entrada y un hombre vestido de negro, como si quisiese imitar el uniforme de auror, le abrió la puerta tranquilamente. Parecía que no suponía ninguna amenaza el hecho de que ella entrase allí, de que pudiese conocer el interior de aquella mansión o de que se entrometiese en planes que pudiesen afectarle a ella directamente. Quizás realmente creyesen que ella era una traidora a los suyos y por eso no la miraban con recelo o con algo de incomodidad. O tal vez fuese porque ella ya había estado allí antes de que los planes de los dueños de aquella mansión se interpusiesen en la seguridad de la familia de aquella mujer que transmitía una seguridad en sí misma inquebrantable.

Nadie tuvo que guiarla hasta el salón en el que se encontraba Cayo McOrez. Él la estaba esperando con una sonrisa de suficiencia en su rostro. Su rostro, que parecía el de una persona amable y con un gran corazón, reposaba en sus manos, y la escudriñaba desde sus ojos rasgados de color marrón oscuro. A aquella mujer nunca le gustó cómo la miraba Cayo McOrez, se sentía desnuda y vulnerable, y jamás lo había sido.

-Devuélvemelo.- le espetó.

Sus ojos de color avellana les miraban con desafío. Exigían aquello que le habían arrebatado, y cuya ausencia le dolía todas las noches y no le dejaba dormir. Su cabella lacio y rojizo no había sido cubierto, como muchas otras veces hacía para ocultar su identidad. Y su belleza, aquella belleza que algunas envidiaban en su infancia, era tan arrebatadora como siempre lo había sido, sin verse truncada por la edad.

-Si hubieses venido una semana antes, podrías haberlo visto. Estaba justo en los sótanos de aquí abajo.- le comentó con cierta sorna.- Me temo que las condiciones quedaron claras.

-Las condiciones que pusiste no eran razonables, sabías que no lograríamos encontrarla… ¡Devuélveme a Albus!- le gritó, aumentando el ritmo de su respiración.

Cayo McOrez sonrió ante la expresión desesperanzadora de la joven.

-¿O qué?

-Te recuerdo que fui yo la que os permití que vuestros hijos estuviesen en Hogwarts, la que les dio inmunidad y la que aún no ha hecho oficial vuestro apellido…

-No nos importa ser descubiertos, Ginevra Potter.

La mujer, de pronto, se irritó. ¿Cómo que no le daban importancia? Claro que lo hacía, aquello era un farol. Si Ginny Potter decía algo al respecto, si decía que eran ellos los que habían secuestrado a su hijo y que ellos eran criminales, les apresarían y no escaparían.

-No debisteis haber cogido a mi hijo, ¡me prometiste que mi familia estaría a salvo de vuestros asuntos! ¡Eran intocables!- gritó a cierta distancia de aquel cruel hombre.

-Que yo sepa Albus no ha muerto aún, querida. Está sano y salvo, solo que no contigo. El trato era que mientras no nos molesten estarían seguros… Y solo hacemos daño cuando alguien nos oculta algo o resulta una amenaza… Y, por lo que hemos descubierto, tu hijo es bastante interesante.- lo dijo como un cumplido, lo que perturbó la mente de Ginny, que imaginaba a su hijo moribundo en una sucia celda, sin comer, sin apenas vivir.

-Tenéis un mes para traérmelo de vuelta.- les ordenó con autoridad Ginny.

McOrez rio.

-Estoy seguro de que tu hijo mayor dará con su paradero antes… ¿Sabías que James es un joven muy prometedor? Oh, y su hija, su agridulce Lily, qué niña has criado, Ginevra…

-¡Deja a mi familia en paz! -le gritó.

-Puedes irte, Ginevra, no sé para qué has venido si sabes que no te daremos a tu hijo hasta que no Ivonne no salga a la luz.

-¡No sabemos ni quién es Ivonne para empezar…!- dijo Ginny, exasperada.

-Noto cierta falta de comunicación entre Harry Potter y tú, Ginny. -le dijo con cierta ironía.- Puedes marcharte.

Ginny Potter abrió la boca con indignación y se dio la vuelta rápidamente. Volvió sobre sus pasos hacia la entrada de nuevo. No podía creer que le hubiesen negado aquella petición que anhelaba. No era que ella tuviese muchísima autoridad, pero de ella dependía su anonimato. Tal vez les daba igual aquello, pero en Ginny Potter estaba el poder de encarcelar a Cayo McOrez y él lo sabía. Lo tenía atado. Ella era una infiltrada allí y solo ella de los suyos lo sabía. No tenía pensado contárselo a nadie porque suponía empezar una historia que comenzó cuatro años después de la batalla final contra Lord Voldemort. Cuando una antigua alumna, una Slytherin odiosa y superficial a la que odiaba, acudió a ella en secreto pidiéndole ayuda. Se había casado con Cayo McOrez buscando las riquezas que él le prometía, pero se había topado con una sociedad más antigua y mucho más oscura que a la que ella misma perteneció con los mortífagos. Y sintió la necesidad de huir de aquel lugar, pero se encontró sola en su búsqueda por salir de la luz, y pensó en la única persona en el mundo que quizás podría hallar algo de bondad en el oscuro corazón de aquella muchacha: Ginny Weasley. Siempre la había envidado, por su belleza, por su coraje y por su valentía, y era la joven perfecta para ser su aliada, para poder huir de aquel mundo. En cambio, las cosas se torcieron y Ginny le aconsejó que siguiese al lado de Cayo, para poder controlarlo y para vigilarlo. Ella les ayudaría a introducirse en Inglaterra, con la condición de saber sus planes. No era una condición oficial, pero Cayo sabría que todo lo que le contase a su mujer, acabaría en el conocimiento de Ginny Weasley. Y esta, arriesgando su posición como una de las líderes del antiguo Ejército de Dumbledure, mantendría en secreto tal alianza, hasta que, a causa de los bandos diferentes a los que pertenecían, se rompiesen.

Aquella muchacha asustadiza se acercó a Ginny Potter antes de salir por la puerta principal, llevándose con ella de nuevo el secreto de aquel encuentro así como su desesperación por tener en sus brazos a su hijo Albus. Sabía que no le harían daño, que era nada más que un títere político para asustar a Inglaterra, pero no podía dejar que lo torturasen como sabía que estaban haciendo. Quizás Harry nunca le perdonase no contarle aquello, pero ella estaba haciendo mucho más que lo que su marido hacía por traer de vuelta a su hijo. Parecía mentira que hubiese sido el héroe que todos aclamaban.

-Ginny, espera.- le pidió una mujer demacrada por la edad, a pesar de que tan solo fuese un año mayor que la señora Potter.- Tu hijo está bien. Tiene una herida en la pierna que intenta curarse, ha adelgazado muchísimo… Pero es valiente, se lo aseguro, está viviendo y lo alimento como puedo. Sí, es cierto que le dan palizas… Pero no puedo hacer más, lo siento.

-Gracias, Pansy.- le dijo con sinceridad Ginny Potter.

Jamás pensó que Pansy Parkinson, aquella joven repelente que siempre se metía con la familia, se doblegase ante ella o considerase a la "traidora de sangre" Ginny Weasley como la única amiga que jamás tuvo. Sus rasgos torcidos y brutos de su rostro eran una copia exacta de la cara de su hija, Zoe McOrez, en cambio, no había legado nada a su hijo, Frank McOrez, cuya belleza y elegancia claramente pertenecía a la familia de su marido.

Ambas se miraron con lástima, la una, pensando en el pobre hijo moribundo de la pelirroja, y, la otra, lamentándose por el estado y por lo que había sido una mujer vivaz pero que se había convertido en una de las pocas personas que había vivido en su propia carne la crueldad incansable del Clan del Ojo.