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La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 82

Oía algo parecido a un burbujeo. Parecía como proveniente de un tubo. Como si estuviese buceando y su oxígeno se escapase por las bombonas de aire. Sintió un escalofrío. Estaba helada. Podría decir que estaba temblando, pero lo cierto era que no sentía ningún ápice de su mente. Le costaba abrir los ojos. ¿Estaba drogada? ¿Era esa la sensación? También podía notar cómo sus músculos estaban agarrotados y estaba aprisionada en su propio cuerpo. De pronto, la angustia la embriagó y sintió la necesidad de correr.

Entornó los ojos y un fogonazo de luz blanca la cegó por completó.

Se oyó así misma murmurar.

¿Dónde demonios estaba?

Quizás esa era la pregunta correcta.

No podía decir si estaba tumbada, de pie o a saber cómo. Oía susurros, que se fueron haciendo más audibles a medida que su cuerpo parecía volver en sí. Un hormigueo recorrió todo su cuerpo. Estaba despertando. Y, al parecer, los dueños de los susurros lo habían previsto porque los oyó cada vez más cerca. A un ritmo desacelerado.

-Sie wachte auf…Haben Sie ihn genug Morphium gegeben?Sie sollten nicht wach sein! Keine Ergebnisse wird erfolgreichsein!- era una lengua áspera. Y el corazón de la muchacha se encogió. No entendía a ese hombre, pero sabía que se referían. Estaba enfadado. ¿Con ella? O con el otro portador de susurros.

Volvió a entornar los ojos, esta vez con algo más de éxito. Dónde quiera que estuviera era un lugar espantoso. No había sido que se hubiese cegado con un flash de luz, sino que todo aquel lugar era blanco. Un laboratorio. Su pulso se aceleró cuando se dio cuenta de que colgaba del techo. De que los tubos de burbujas que escuchaba eran vías que salían de todos los rincones de su cuerpo. De que los que allí se encontraban eran científicos.

O no.

Reconoció la mirada sagaz de uno. Devman Kumar. Sabía su nombre porque era entrenador y capitán de Hufflepuff. La miraba con fastidio. Como si el hecho de haber despertado no estuviese en sus planes. Sintió su cara enfriarse cuando se acercó a ella con aspecto amenazador.

El hombre que se encontraba a su lado, el que había hablado, tenía un aspecto demacrado y unos ojos con un brillo extraño de placer oscuro.

Respiró con fuerza. Las burbujas aumentaron. Miró a sendos lados.

Estaba rodeada de una decena de personas que se encontraban colgadas del techo como ella. Con vías que se interconectaban. No podía deducir cuales eran las personas vivas y cuáles eran las muertas. Todas tenían esa palidez extrema en su piel. Todas tenían una mirada perdida y sin vida.

Incluso la muchacha que se encontraba a su lado. A ella también la conocía. Por supuesto que lo hacía, pertenecía a la familia más famosa de la Inglaterra mágica. Molly Weasley. Su pelo rojizo húmedo se pegaba a su piel, su rostro estaba encogido y sus labios temblaban. Sus pestañas dejaron paso a sus ojos poco a poco. Se estaba despertando.

Kumar y su acompañante se alteraron. Se dirigieron a unas estanterías blancas a toda prisa, buscando algo que seguramente las volviese a dormir.

Escuchó las burbujas de Weasley aumentar como lo habían hecho las suyas cuando despertó.

Cruzaron una mirada.

-Jordan.- susurró Weasley hacia la muchacha, con un tono de voz impregnado de terror.

La joven aludida alzó las cejas con sorpresa. Hasta ese momento había creído que aquello era una visión de las que creía tener. Hacía tiempo que las tenía. Tenía visiones sobre que la secuestraban por la noche. Que le hacían pruebas. Pero nunca se dirigían hacia ella. Y Molly Weasley lo había hecho. La prima de sus mejores amigos que casi a menudo estaba internada en enfermería.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que quizás aquello no era una visión. Era la realidad. Estaba drogada, no eran alucinaciones. La habían dormido. Por Merlín, quiénes eran esas personas y que les estaban haciendo.

Devman Kumar se acercó a la pelirroja y le inyectó algo en el cuello. La joven Gryffindor palideció y su cuerpo se encogió con una postura extraña. Al momento, le siguieron las convulsiones.

El otro hombre se acercó a la joven que miraba aquel momento expectante. Asustada. Aterrorizada. La sangre de su cuerpo ardía. Tenía una necesidad extrema por salir de allí. Se sacudió en el aire. Y gritó desconsoladamente. Oyó todas las burbujas de los demás cuerpos aumentarse. Sintió como cientos de agujas se clavaban en su cuerpo. Pero ella seguía gritando. Las agujas querían inmovilizarla. Era una Maldición que procedía de la varita que empuñaba el presunto científico. Se encogió sobre sí misma, gritando y llorando a la vez. A ella se le sumaron los gritos de aquella decena de cuerpos que habían sido despertados. Algunos aullaban. Rugían. Incluso había una voz que parecía lanzar encantamientos en susurros.

Sintió como le inyectaban algo en la nuca.

Y todo el caos que se había formado desapareció en un segundo.

Al principio, oía los restos de aquellos gritos de lejos. Pero después se fueron callando hasta toparse con un silencio ensordecedor.

Duró horas.

Ella seguía despierta encerrada en su propio cuerpo. No recibía ningún estímulo exterior. Volvía a estar drogada, o quizás peor. ¿La habían matado? Y si no, ¿debía acusar a Devman Kumar de algo? ¿De qué exactamente? ¿La apoyaría Weasley?

Sus pensamientos la enturbiaron durante horas. O quizás años. Se sintió una eternidad. Vagó desde dónde estaría en aquel momento, hasta teorías sobre quiénes eran aquellos. ¿El Clan del Ojo? ¿Y estaba experimentando con alumnos de Hogwarts? Recordó los rostros de sus compañeros de sufrimiento. No conocía a ninguno. Es más, algunos rozaban los cuarenta y otros tenían el cuerpo cubierto de arrugas.

De pronto, escuchó un pitido.

Era continuo. Una constante. Ojalá hubiese aprendido algo de física cuántica, como decía su madre que se hacía en los colegios muggles.

Supo, en un momento que pudo haber sido cien años después de su último despertar, que podía abrir los ojos. Un olor familiar y acogedor le embriagó. Sintió ganas de llorar. Aun pensando que aquello que había vivido era una visión. Tenía que serlo.

Entornó un ojo con cuidado. Una tenue luz de atardecer la calmó. Reconoció los ventanales de la enfermería. Y abrió los ojos del todo con cuidado.

Suspiró.

Había sido una visión. Tenía que serlo. Se había asustado demasiado. No quería que fuese real.

Rose Weasley estaba a su lado. ¿Rose? ¿Qué hacía ella allí? ¿No debían estar James y Fred como siempre?

Su ceño fruncido pareció ser comprendido por la pelirroja.

-¿Qué… Qué ha pasado?- preguntó Susan Jordan, nerviosa por la respuesta.

Rose Weasley frunció los labios.

-Te encontró un prefecto de Hufflepuff desmayada en un pasillo.- respondió con preocupación.

Sue sintió un escalofrío. No pudo evitar recordar que Devman Kumar era un prefecto de Hufflepuff. Tuvo que asentir para no preocupar a la joven. Realmente podría tratarse de una mera casualidad. ¿Qué era lo último que recordaba haber hecho? Además de despertar en una pesadilla. Tenía que buscar a James y a Fred. Ambos tenían que buscar polvos flú. Iban a rescatar a Albus. Todos.

-¿Cuánto tiempo llevo aquí?- aunque para ella habían sido diez años, quizás eran solo unos días y ya habían rescatado al joven Potter.

La joven Weasley pareció extrañarse de aquella pregunta.

-Acaban de avisarme. Llegarías hace unos minutos… -sintió una tos en la camilla de su izquierda.

Molly Weasley. Molly Weasley también estaba en la enfermería. ¿De verdad era una casualidad? Su pulso se aceleró.

-¿Jordan?- preguntó entornando los ojos y familiarizándose con el lugar.- ¿Tú también?

Susan no sabía qué responder. ¿Ella también qué? ¿También había sido fruto de una alucinación peligrosa? ¿Daban droga en Hogwarts? Por Merlín, ¿estaba en peligro su vida?

Rose cogió el brazo de Susan.

-Me voy ya.- dijo algo impaciente.- Deberías descansar, Sue. Tus entrenamientos son muy duros y puede que no hayas comido demasiado.

No, no era cierto.

-De acuerdo.

Rose Weasley suspiró. Pobre muchacha. Su primo Fred le había dicho que la atase a la camilla si oponía resistencia, pero le pareció tan frágil y perdida que debería haberle ofrecido un paseo para que le diese el aire. A ella también le ocurría aquello a veces. Pero no se lo decía a nadie porque era demasiado fuerte, tal vez. O porque cuando se mareaba por comer poco -estaba secretamente a dieta-, afortunadamente nunca había nadie cerca.

Despejó aquellos pensamientos.

Tenía que buscar a Scorpius Malfoy y a Peter Greenwood.

Habían tenido suerte al robar polvos flú con la esperanza de no tener que aparecerse a la vuelta y tener el mismo problema que tuvieron el año anterior. Rose era amiga de algunos elfos de las cocinas y Scorpius Malfoy y James Potter habían podido hacerse con algunos. Solo algunos, mientras eran distraídos. Eran solo para cuatro personas. Realmente con la cantidad que habían cogido podría ser para toda la Madriguera, pero como era una distancia larga, querían asegurarse.

Tenían un buen plan.

Gracias a que el año anterior fueron, Scorpius Malfoy podía recordar el sitio. No a la perfección, pero les bastaba. Además, habían pedido ayuda a Hugo. Rose había intuido que su hermano estaba buscando medios para hacer volver a Albus. Con Hugo descubrieron algo que les hizo sentirse más seguros: utilizar los polvos flú sin necesidad de chimenea. Hugo Weasley habría sido de gran ayuda el año anterior. Les instruyó en el arte primigenio de aquella sustancia mágica: el viajar para aquellos que no podían aparecerse. Por lo visto, para controlar aquello (ya que se suponía que había que tener licencia para aparecerse y para tener trasladador), lo sometieron a la Red Flu bajo un encantamiento. Los libros, finalmente, habían dado sus frutos. Hugo Weasley les había preparado a todos polvos flú ilegales.

Rose se sintió estúpida en su momento por no poder aparecerse como Brooks o Malfoy para tener que depender de los polvos flú y su ilegalidad creada por la eminencia de su hermano. Hugo dijo que quizás era la presión, pero sabía que en realidad era porque ella no era tan buena como todo el mundo esperaba. De Scorpius Malfoy se lo habría imaginado. Y, por supuesto, también de Brooks.

James y Fred habían ido a por polvos flú a las cocinas. Querían polvos flú de sobra. Al principio, iban a ir simplemente Scorpius Malfoy, Fred Weasley y James Potter. Peter Greenwood había pedido quedarse para avisar a los aurores en caso de alarma -lo cual causó burla por parte de Rose Weasley que, en vista de la peligrosidad de la misión, no fue secundada. Volverían a utilizar el método Patronus- dragón de Scorpius Malfoy. Habían decidido, días después, que Rose Weasley y Susan Jordan también eran necesarias. Aunque Susan no acudiría a su cometido. A Hugo no se lo permitió Rose. Y Cornelia Brooks se negaba a ir, por alguna razón que a Rose le parecía sospechosa. O quizás razonable.

La unión estaba haciendo la fuerza.

Pero también la inteligencia.

Seguían con un Plan B arriesgado. Que implicaba castigos y riñas de por medio. El mismo que el año anterior. No eran tan poderosos como pensaban, eso lo daban por sentado. Necesitaban apoyo superior. Por eso, Peter Greenwood era el encargado de comunicar a Neville Longbotton que sus amigos habían ido a rescatar a Albus. Tendrían apoyo de aurores, y, por fin, el Departamento de Seguridad Mágica haría algo útil para rescatar al joven Potter.

Hugo Weasley les había dicho la razón por la que aún no habían actuado en el Palacio de Hielo, al que ya habían ido varios aurores y que podían volver: necesitaban algo sospechoso para entrar. Es decir, no podían entrar allí sin motivo alguno porque era delito de allanamiento de modarada en virtud de la inviolabilidad de domicilio en territorio extranjero, según el Código de Justicia Mágica. Y, además, el lugar estaba vetado -según creía Hugo- a los magos exteriores, que en la mayoría de los encantamientos políticos de aquel tipo, tan solo incluía a los magos que podían hacer magia fuera de un territorio protegido. Aquello significaba que, en aquel momento, los menores de diecisiete años no tenían tan difícil la entrada.

Bien podría ser una trampa, eso también les advirtió Hugo Weasley. Y Brooks en su momento. E incluso Scorpius Malfoy titubeó a última hora. ¿Por qué era que los tres cerebros más privilegiados eran los más reticentes en esa operación de rescate? Aquello no era buena señal, desde luego.

Rose Weasley se había reunido con Scorpius Malfoy en el puente cubierto de madera.

No estaba solo.

Alice Longbotton estaba con él, con una mirada sagaz y, por primera vez en mucho tiempo, valiente.

-¿Qué hace ella aquí? ¡No sabe el plan!

Scorpius Malfoy miró a Rose con el mismo fastidio.

-¿Y tú no podías dejarte a tu prima atrás?

-¿Qué?- inquirió Rose sin comprender.

Miró hacia dónde dirigía la mirada Scorpius.

Lily Potter la había seguido. La joven estaba demasiado en sus pensamientos como para haberse dado cuenta de que una sombra pelirroja se había pegado a ella. Lily los miraba con rencor y odio.

-¿Qué plan?- quiso saber mirando al trío fijamente.

-Es peligroso, Lily.- dijo rápidamente Scorpius.- Haz el favor de volver al castillo.

-¿En serio?- dijo incrédula la joven.- ¡No es justo!

-¡Lily, por favor, no tenemos mucho tiempo!- le vociferó Rose.

La joven le miró con cierto odio.

-¿Y ella por qué va?- preguntó señalando a Alice Longbotton. Rose también deseó una respuesta para aquello. Ambas miraron inquisitivamente a Scorpius.- No creo que ella sea la adecuada para rescatar a Albus.

Alice bajó la mirada avergonzada. Se armó de valor y les plantó cara.

-Soy más útil de lo que pensáis. Y tengo tantas ganas de salvar a Albus como vosotras.- sentenció con autoridad.

Scorpius suspiró.

-Solo hay polvos flú para tres. Lily, por favor, vete.

-¡Oh, vamos, el que faltaba!- espetó Rose con desprecio.

Desde el otro lado del puente, podían ver a una figura elegante y alargada. Frank McOrez los estaba observando con una sonrisa traviesa en su rostro. Scorpius se tensó de repente. Rose se adelantó a plantarle cara. Alice y Lily compartieron un sentimiento de temor.

Rose se acercó al muchacho que le sacaba varias cabezas. Miró hacia atrás para encontrarse con el apoyo de Malfoy y de las otras dos jóvenes que le habían seguido hacia el extremo del puente que dabaa la linde del bosque.

-¿Queréis más polvos flú ilegales? Yo tengo.- comentó desvergonzadamente. - Sé que es de mala educación entrometerse en las conversaciones ajenas… Pero la vuestra era verdaderamente interesante.

-No queremos polvos flú de ti, McOrez.- espetó Rose, haciendo uso de su verdadero apellido.- Márchate antes de que te arrepientas.- amenazó con seguridad. Malfoy le tomó del antebrazo para calmarla.

-Vámonos.- susurró Malfoy.

-Yo os puedo llevar a casa del bastardo - les ofreció enigmáticamente.

Scorpius cogió a Alice del brazo. Miró a Lily con autoridad señalándole con los ojos el castillo. Se palpó la túnica para sacar la varita.

-Vámonos.- volvió a susurrar.

Rose tensó los músculos, preparada para correr. Alice se dio cuenta en ese momento del improvisado plan de Malfoy.

-Lo cierto es que sé hasta en qué habitación se encuentra vuestro querido amigo…

-Petrificus Totalus- convocó Malfoy hacia McOrez. Los cuatro se quedaron un segundo parados. Frank McOrez solo pudo mover sus ojos, con los que les miró de forma asesina. Alice se quedó petrificada en el sitio. Rose tuvo que cogerla de la mano para separarse de aquel lugar.

Los tres que debían partir en busca de Albus huyeron rápidamente de aquel lugar. Los aurores que vigilaban el castillo no tardarían en llegar. Rose dirigió la marcha por el bosque intentando encontrar un claro en el que pensar con claridad hacia donde iban a ir para no confundirse con el destino que marcaban los polvos flú.

Lily se había quedado rezagada. En frente de McOrez, no había polvos flú para ella. Y no era estúpida, no iba a estropear el plan de los amigos de su hermano por un sentimiento egoísta. Se había quedado mirando fijamente a Frank McOrez quien parecía tener ganas de matarla. ¿Tendría de verdad polvos flú «ilegales»? Había hecho cantar a Hugo y le había confesado que eran los únicos con los que podía iral lugar:l Palacio de Hielo de Loring. Habían cambiado a su hermano de sitio desde la última vez que lo vio. Si Frank McOrez tenía polvos flú allí, podía quitárselos. A ella no le harían daño. Era Frank McOrez el que estaba destinado a matarla después de todo. Y estaba petrificado en aquel momento.

Con cautela, Lily se acercó a Frank McOrez. Cuando vio que el joven no podía hacer ni un gesto y que la vigilaba paso a paso solo con sus ojos; comenzó a registrarle. En primer lugar, miró en el bolsillo de la capa. En el otro. Descubrió que tenía una varita. La cogió sorprendida. ¿Había dado por vencida la varita que ella misma tenía escondida en su capa? La tiró lejos de su vista. Buscó, con algo de rubor en sus mejillas, los polvos flú en sus pantalones. Encontró una bolsa turquesa de terciopelo. La abrió con sumo cuidado.

Polvos Flú.

Sintió un golpe duro en su nariz que la echó para atrás y que tiró en el movimiento varios polvos al suelo. Frank podía volver a moverse. Se horrorizó y corrió colina abajo. Frank la persiguió. La agarró por la espalda y la tiró al suelo. Frank cayó de bruces encima de ella. Lily fue rápida y tiró los polvos flú al suelo.

Antes de formular Palacio de Hielo de Loring, observó cómo un séquito de aurores se había formado entorno a ellos.

Demasiado tarde.

Un frío heladorazotó su cuerpo. Se encontraba rodeada de gélida nieve. Frank había aparecido unos pocos metros a su lado. Notó cómo sangre le brotaba de la nariz. Examinó el lugar. Era un jardín de hielo. Tétrico. Escalofriante. Tembló. De frío y de miedo.

Miró hacia atrás.

Un gigante palacio de hielo se imponía ante ella.