← La Tercera Generación de Hogwarts · de Carax
La Tercera Generación de Hogwarts — capítulo 88
Le habían concedido el triste privilegio de suspender las clases durante aquella semana. Incluso le habían pospuesto algunos trabajos que tenía que entregar después de las vacaciones de Pascua. Muchos alumnos lo habrían visto como una bendición, pues estaban hasta el cuello de pergaminos atrasados. Para su sorpresa, Rose Weasley se había ofrecido a pasarle sus apuntes de Adivinación, asignatura en la que sin lugar a dudas resaltaba. En cuanto se enteró de la fatídica noticia, desarrolló una empatía hacia él que no quería.Una empatía que ya había percibido desde que ella se había enterado, a inicios de curso de la situación de su padre. Pero no quería que Weasley se comportara así con él. No por esa razón.
Scorpius Malfoy evitaba diligentemente el contacto con cualquiera perteneciente a aquella multitud enfundada en un traje negro entre la que en ese momento se rodeaba. Jamás había asistido a un funeral antes; el estado de su padre no le permitió ir a ver a McGonagall y Hagrid pidió una ceremonia a la que solo fuesen sus seres queridos. Por lo tanto, no sabía qué esperar y había estado un poco preocupado por lo que podría ver, por lo que podría sentir. Se preguntaba si la muerte de su padre sería más real para él una vez que el funeral hubiera acabado. Había momentos en los que a pesar de que todo el mundo se lamentaba por la muerte de su padre en un tono no muy sincero, todavía encontraba difícil creer que se hubiera ido realmente.
Su abuela, Narcisa Malfoy, se había levantado y el murmullo que habían formado los presentes en el jardín dónde estaba enterrada toda la familia Malfoy desapareció al instante. Se alinearon alrededor de la fosa, en la que se había arrancado un pedazo de tierra que en ese momento se encontraba húmeda, para dejar lugar al ataúd de su padre. Una mueca de profundo dolor le cruzó el rostro.
Quizás todo el mundo se esperaba cientos de sillas colocadas en hileras para dar el último adiós a aquella figura alargada despiadadamente torturada por los recuerdos de en lo que su inocencia le había convertido. No era así. Podía contar a las personas sin perder la cuenta. Sus abuelos, Narcisa y Lucius Malfoy, lideraban la ceremonia. Los más cercanos a la pobre víctima de los augurios de una guerra. Scorpius volvió a encoger el rostro. Detrás de ellos, con la cara pálida y el semblante sombrío, se encontraban su madre, tan delgada y demacrada que le causaba un nudo en el estómago que recordaría siempre, su hermana Theia, como a su padre le hubiese gustado llamarla cariñosamente, y él, Scorpius Malfoy, sosteniendo al bebé porque su madre se sentía tan débil que temía caerla. Había más miembros de su familia, a los que sus abuelos paternos ni siquiera habían saludado, pues muchos de los pertenecientes a la familia de su madre les miraban con cierto recelo, como culpándoles, y quizás no estaban errando. Daphne Greengrass, su tía, cogía por la espalda a su madre, dándole todo el apoyo que una hermana podría dar. Apretó el menudo cuerpo de Theia instintivamente. Su tía abuela, Andrómeda Tonks, también estaba allí presente, junto a sus abuelos maternos, cuyos rostros de tristeza iban más por la visión de su hija. Más miembros de la familia Malfoy despedían a su pariente con una expresión neutra que enfureció a Scorpius, estaban allí por compromiso, como la mayoría de sus familiares. Le sorprendió saber que también había antiguos amigos de su padre de Hogwarts que nunca había visto. Le gustó conocer a Gregory Goyle, el que había sido el mejor amigo de su padre durante siete años, pero con quién perdió el contacto, pues quiso apartarse del mundo mágico tras la Batalla de Hogwarts en la que había muerto otro de sus amigos, Vincent Crabbe. También estaba allí Blaise Zabini, cuya riqueza había aumentado tras ser gerente de Gringotts. Incluso la misteriosa Pansy Parkinson, quien Scorpius siempre había deducido que había sido la novia de la adolescencia de su padre, estaba allí, apartada de todos los presentes, así como de la mirada de repulsión que le mandaba su madre. En contraste con todos aquellos amigos, solo estaba cómodo con la presencia de los que habían sido sus enemigos: Harry Potter, junto con Hermione Weasley, se encontraban allí junto con sus mejores amigos, Albus Potter y Peter Greenwood. Se sorprendió al ver que Fred Weasley también estaba allí, un poco más alejado, protegiendo con sus brazos a la pequeña Lily Potter. Horace Slughorn también apareció, decía que aquel muchacho había sido un alumno excepcional, así como otros profesores de Hogwarts de la época de su padre, a los que Scorpius desconocía.
Las personas susurraban entre ellas, sonaba como una brisa de abril a ras de la hierba, aunque el canto de los pájaros era claramente más alto. La multitud no iba a crecer más, no había numerosas personas que sintiesen afecto hacia su padre.
Dos personas trajeron de pronto un ataúd y se dispusieron a colocarlo sobre la fosa donde flotaría con algún hechizo mágico hasta su fondo, siendo tapada por la hermosa lápida llena de motivos mitológicos que hubiesen hechizado a su padre.
Su madre, a centímetros de él, lloraba silenciosamente, lágrimas surcaban su rostro, y sus brazos se abrazaban así mismos en busca del calor que solo su padre podría darle. Un duro dolor se desató en la garganta de Scorpius. No había llorado ni un solo día desde que murió su padre. Las lágrimas de su madre caían en el regazo de su hijo a su lado. Las lágrimas empañaron lo que estaba sucediendo delante de sus ojos, donde sus abuelos observaban por última vez el cuerpo de Draco Malfoy.
Lucius Malfoy, con una túnica negra con motivos esmeralda se dio la vuelta para enfrentar a la multitud. Scorpius rabiaba por dentro. Sabía que su padre hubiese querido que su último adiós lo dijese él, no su abuelo. Porque, como aquel hombre con un largo cabello canoso había dicho, "lo hago simplemente para que admiren a tu padre". Y el joven sabía que eso no era lo que deseaba su padre, él simplemente quería que ellos estuviesen bien. Se merecía un "gracias". Era por lo que había muerto. El muchacho no podía oír lo que estaba diciendo. Palabras raras llegaban hasta él. "Hombre de gran ambición"…"Contribución intelectual"…"Determinación"… Eran palabras vacías. Tenían poco que ver con el Draco Malfoy que había criado a su hijo.
Su madre había dejado de llorar. Miraba hacia un punto en el infinito y supo que tampoco estaba escuchando a su abuelo. Recordó cuando las enfermeras le dijeron todo el papeleo que tenía que llevar a cabo para la defunción, y tenía aquella misma expresión. Su cerebro impedía la entrada de más palabras, estaba demasiado triste como para sufrir más. Entonces, Scorpius se había encargado de todo lo que su madre tenía que hacer y se aseguraba todos los días, gracias a un teléfono móvil muggle que Harry Potter le había facilitado, de que se encontraba bien. Siempre le mentía. ¿Cómo podía estarlo? Su padre habría sabido llevar aquello a la perfección. Había tantas cosas que todavía no le había enseñado. Y que había prometido hacerlo…
Y entonces, sin previo aviso, lo asoló, la terrible verdad, más completa e innegable de lo que había sido hasta entonces. Su padre estaba muerto, se había ido… Agarró fuertemente a su hermana en sus brazos. Tan fuerte que quizás le hacía daño, pero ni aun así pudo frenar las cálidas lágrimas saliendo de sus ojos. Miró hacia otro lado, lejos de su madre y de su tía. Lejos de sus amigos, hacia la verja de su jardín, mientras su abuelo seguía hablando con monotonía. No había muerto para difundir su grandeza, sino para proteger a su familia: a su delicada esposa, a su noble hijo y a su inocente hija recién nacida. No podía permitir que los errores de su pasado le dañaran su más preciado e inesperado tesoro.
Lucius Malfoy había dejado de hablar por fin y vuelto a su sitio. Scorpius esperó a que alguien más fuese allí, esperaba un discurso de Harry Potter o de Hermione Weasley, ya que les había ayudado, ya que les había demostrado que había cambiado a un hombre noble y valiente, después de todo. Pero nadie se movió.
En ese momento, Scorpius Malfoy supo qué debía hacer. No iba a dar un discurso, ya que el nudo en la garganta le impedía formular palabra. Le tendió el bebé a su tía, su madre seguía en trance. Se acercó al ataúd de su padre, el cual estaba cerrado, y no se había dado cuenta de ello. Probablemente era mejor así, no soportaría ver el cadáver de su padre, no sería el último recuerdo que tendría de él. Agarró con fuerza el majestuoso altar de mármol. Los dioses mitológicos le miraban con respeto. Puso sus codos de modo que se dejaba caer suavemente sobre la lápida que tapaba el hueco donde muy abajo se encontraba su padre. "En memoria de un gran mago. Tu familia jamás te olvidará", rezaba el epitafio. Se mordió el labio con saña. El surco que habían hecho las lágrimas en su rostro le escocía. Acercó sus labios al frío mármol y suspiró.
-Gracias, papá.- susurró.- Gracias por todo lo que has hecho por nosotros.
Sintió algo cálido en su espalda. Su madre, cuyo rostro estaba desecho como si la luz del sol la estuviera cegando, se había acercado para apoyar a su hijo. Había oído las palabras de su hijo y le miraba con una mezcla de ternura y tristeza. Como solía hacer. Imitó a su hijo. Puso los codos sobre la parte superior del altar y respiró profundamente. Miró hacia abajo, a sabiendas de que detrás de todo aquel mármol yacía su marido.
-Siempre te querré.- musitó Astoria.
Al joven se le saltaron las lágrimas. Su madre empezó a sacudirse. Estaba temblando. Su delgado cuerpo de pronto abrazó el altar intentando cubrir toda la superficie. Su llanto desconsolado le partió el alma a Scorpius. El muchacho intentó ayudarla, apoyarla, abrazarla; pero su madre negaba con la cabeza, con lágrimas en los ojos y dando gritos de desesperación. Una parte de ella estaba muriendo, y su hijo podía apreciarlo.
Se quedó parado, en frente de su madre. A la espera de que su llanto cesase. No le importó que todo el mundo la viera derrumbarse de aquella forma. Sabía que a la familia Malfoy sí, sabía que su abuelo no permitía aquella clase de muestra de debilidad. Pero él jamás entendería lo que era el amor, y quizás Scorpius tampoco. Nunca supo de qué clase era el amor que sus padres se procesaban, pues siempre eran recatados y muchas veces tan distantes que le dolía. Sin embargo, sabía que su padre había construido él solo una humilde mecedora para su madre, cuando esta llegó a la mansión Malfoy y echaba de menos la suya con la que leía recostada. Que le había habilitado una sala para que hiciese allí una biblioteca y un estudio de arte. La apoyó siempre en todo. Draco se desvivía por ella, aunque eso jamás lo admitiría. Y su madre, aquella joven fuerte y rebelde que se dignaba a casarse con su padre, había caído rendida ante los retazos de un hombre consumido por sus errores. Sus más oscuros secretos y sus más profundos pensamientos solo los sabía Astoria. Y siempre le perdonó el Draco Malfoy oscuro que siempre albergó en su interior. Scorpius pensaba que por eso se amaban incondicionalmente: su padre siempre necesitó alguien que le perdonase y a su madre le encantaba descubrir la nobleza que podía existir en él. No obstante, nadie sabría jamás aquello. Se lo guardarían ellos y con eso les era suficiente.
La multitud se fue disipando. Su tía Daphne se llevó a su madre y a su hermana dentro de la mansión para calmarla. Había decidido quedarse una temporada allí, mientras Scorpius estuviera en clase. Le había comentado por encima que alguien debería encargarse de su madre y que a ella le era imposible por motivos laborales. Habían pensado en que sus abuelos maternos se mudasen allí, pero miraban a los pasillos interminables con temor. Y Astoria no pensaba irse de allí y criar a su hija lejos de los recuerdos de su padre. Por suerte, y para sorpresa de muchos, Draco no había absorbido a Astoria en su vida elitista y esta había sido libre de ir a dónde quisiese, así como tener los amigos que le vinieran en gana, por lo que muchos magos y magas vendrían día sí y día no a estar con ella. Pero Scorpius ya se había planteado dejar Hogwarts para ser él quien la cuidase.
El muchacho miró a Albus y a Peter. Su amiga tenía los ojos empañados y el joven Potter tenía esa expresión seria que no se había disuelto desde que fue rescatado. Afrontaron los ojos de Scorpius y supo que en aquel preciso instante le entendían perfectamente. Si el dijera lo que iba a decir ahora, no le responderían "no lo hagas", sino que aceptarían su decisión, porque no habrían esperado nada menos de él. Se armó de valor para decir lo que se había propuesto desde que su padre había muerto.
-Al, Peter, escuchad…- dijo muy calmadamente, cuando el ruido de las conversaciones creció alto alrededor de ellos.- No voy a ir más a Hogwarts. Debo quedarme aquí con mi familia, me necesitan.
-Te quedarás sin tus clases favoritas de Adivinación.- dijo Peter con una extrañamente retorcida sonrisa, como si ya hubiese sabido lo que él les iba a anunciar.
-Además, el Ojo ya se ha cargado a un miembro de mi familia y puedo protegeros desde fuera. Ese Clan usa a la gente que está cerca de sus enemigos para conseguir lo que quieren. Mi padre tiene una gran colección de objetos oscuros y le amenazaron con mi muerte para obtenerlo. Ahora soy yo el dueño de ello, por lo que no solo me lo pedirán poniendo una varita en el cuello de mi madre sino en el vuestro, ¿entendéis? Lo que más temo es que por mi culpa os hagan daño, y no voy a dejar que eso ocurra. Tengo que impedir que el Ojo tenga esos artilugios poderosos. - era la primera vez que había dicho aquello en voz alta. No quería recordar por qué había muerto su padre, que no era solo por no unirse a ellos. Su padre los había coleccionado por codicia, sin darse cuenta de que estaba formando un tesoro para aquellos que bebían del poder oscuro de la magia.- Ya corréis demasiado peligro. Esto tengo que hacerlo solo.
-Puedes quedarte aquí para estar con tu familia, pero no te alejes de nosotros porque nos estés poniendo en peligro. No nos importa, Scorpius.- dijo Peter fieramente.
-A mí sí me importa.- contestó Scorpius. Miró a Albus, quién parecía ser un simple testigo de aquella conversación.- Ya he tenido bastante con la muerte de mi padre, con el estado de mi madre e incluso con tu secuestro.- señaló a su mejor amigo.- ¿Cómo crees que me sentiría si este fuera el funeral de alguno de los dos y sabría que es mi culpa porque no les he dado lo que querían?
Peter apartó la vista, Albus mantuvo su mirada sagaz.
-Nunca abandonaré a mi mejor amigo.- dijo Albus.- Perdona si te molesta. -Scorpius frunció el entrecejo y asintió. Sabía que no podía hacer nada ante la determinación de su amigo. Suspiró. - Regresa a Hogwarts cuando estés preparado, Scorpius.
El muchacho no pudo soportar escuchar eso. No podía volver a Hogwarts y dejar a su madre sin protección. Supo que si sus amigos insistían un poco más, acabaría yendo al castillo. Vio a Fred sosteniendo a Lily a su izquierda y como se fueron acercando hacia donde estaba él. Agradecía verdaderamente su presencia. Sabía que la dulce Lily vendría. Y Fred fue una sorpresa grata para él, pues jamás imaginó que se dignase a venir.
Les saludó con la mirada y les dio la espalada a todos, caminando hacia los jardines de su casa. Sus pensamientos enturbiaron su mente.
-¡Scorpius!- se giró. Su abuelo Lucius se acercaba a él rápidamente.- Tenía la esperanza de hablar contigo. ¿Te importa si camino un poco contigo?
-No- dijo Scorpius indiferente, y volvió a caminar.
-Siento mucho lo de tu padre.- comentó su abuelo calmadamente.- Me preocupé mucho cuando me enteré. Mi propio hijo, mi único hijo, muerto. Era un gran mago. Tuvimos nuestros desacuerdos también, como ya sabes,…
-¿Qué quiere, abuelo?- preguntó el joven llanamente. El hombre pareció enfadado pero, rápidamente modificó su expresión hacia una de doloroso entendimiento.
-Debes de estar desolado.- determinó.- Sé que eras muy cercano a tu padre. Creo que puedes haber sido su versión mejorada, como diría él. Había un lazo tan fuerte entre vosotros dos…
-¿Qué quiere?- repitió Scorpius, llegando a detenerse.
Lucius Malfoy también se detuvo, se apoyó en su bastón y miró fijamente a Scorpius, ahora con una expresión perspicaz.
-Sé que mi hijo tenía varias posesiones interesantes…
-No es cierto.- respondió Scorpius con una llameante mirada.
-Mi hijo, tu padre, me vetó la entrada a su mansión durante años. Y sé que estuvo buscando objetos tan preciados como la varita del Sauco, porque pidió un permiso para abrir la tumba de Dumbledore, y ese es el menos interesante de todos. O, por favor, puedo sumar dos y dos, Scorpius.
-Lo que hiciera mi padre son sus asuntos.
-Tu lealtad es admirable, por supuesto… Solo podías ser un Gryffindor.- dijo el señor Malfoy, que parecía estar conteniendo su irritación con dificultad.- Pero tu padre ya no está, Scorpius. Se habrá ido.
-Yo soy el heredero y decido qué hacer con la memoria de mi padre. Solo cuando ni yo ni mi hermana estemos, el legado quedará vacante. Y por supuesto, usted sigue teniendo la entrada vetada a mi casa.- contestó Scorpius, sonriendo a pesar de cómo se sentía.
-Mi querido nieto… Hay fuerzas más poderosas que las de un hijo noble a su difunto padre. Creo que me debes dejar el paso a mi propia casa.
-Yo no le debo nada a usted.
Lucius dudó.
-Puedo ofrecerte todo tipo de protecciones, lo sabes, Scorpius. Estaría encantado de poner a un par de magos más cualificados que los aurores de hoy en día a tu servicio y al de tu frágil madre…- dijo en lo que era evidentemente un tono de supuesta delicadeza. El joven rio secamente.
-Estoy seguro de que tú y tus magos queréis haceros con el poder que sabes que mi padre tenía, y no puedo permitir que un antiguo mortífago de dudosa reinserción social tenga tanto poder.
-Veo que eres el hijo que Draco crio hasta la médula.- le dijo con palpable decepción.
-Correcto.- respondió con cierto orgullo Scorpius.
Lucius Malfoy lo escudriñó durante otro momento, luego se giró y se alejó rápidamente sin siquiera despedirse. El joven pudo ver a su abuela Narcisa y al resto de los magos cercanos a los Malfoy esperándole, lanzando miradas nerviosas a los llantos que procedían de la terraza donde se encontraba Astoria.
Harry Potter se aproximó apurado hacia el joven Malfoy, pasando por el lado de su abuela que iba en la otra dirección. El señor Potter lo miró con cierta preocupación.
-¿Qué quería tu abuelo?- le preguntó sin tapujos. Seguramente su padre se había encargado de poner a la orden del día a Harry Potter sobre la situación familiar en la que su abuelo era repudiado por Draco por relacionarse con gente sospechosa.
-Quería que le dejase entrar a la sala de objetos de mi padre a cambio de protección.
El padre de su mejor amigo suspiró amargamente.
-Algunos nunca cambian.- musitó.- Quiero que sepas que pondré a mis mejores aurores de confianza a tu disposición para lo que necesites. Y, sobre todo, que conmigo siempre podrás contar.- Scorpius asintió.- Sé que has pensado no volver a Hogwarts.
-Sería poner la vida de mis amigos en peligro…
-Ellos ya lo están, ya se han ganado poner su vida en peligro, al igual que tú… Lo que me haría estar tremendamente orgulloso sino existiese ese riesgo tan grande. - Harry suspiró.- Me recuerdas un poco a mí. -Scorpius le miró sorprendido.- Yo también decidí dejar Hogwarts para proteger a mis amigos.
-Lo suyo era más… Importante.
-Tu razón también es de peso, joven. -le dijo con cierto aprecio.- Solo quiero que sepas que no pasa nada si necesitas ir a Hogwarts para evadirte. Allí estarás a salvo, hay magos dentro cuya misión es defenderos.
-También hay…
-Siempre habrá. -Acabó Harry Potter con determinación.- Siempre habrá alguien dispuesto a matar para ser más poderoso.- Scorpius se mostró cabizbajo.- Quédate con tu madre un tiempo, pero recuerda que ella también quiere que vuelvas a Hogwarts… La harás sentirse incapaz de criar a tu hermana… Tienes que mostrarle que es fuerte. Yo la ayudaré, pero necesito que tú seas el primero que lo haga.
-No puedo dejarla sola.- dijo mirando de reojo a su madre envuelta en los brazos de su abuela.
-Por supuesto que no. Pero cuando pasen unas semanas ella tiene que dejar de estar así. Es malo también para ti.
Scorpius asintió, pues comprendía lo que le estaba diciendo aquel hombre. Su madre entraría en depresión. Pero su madre era fuerte y podría afrontar paulatinamente aquello. Lo conseguiría.
Se hizo un silencio. Antes de que el señor Potter se fuese, Scorpius se adelantó.
-¿Usted sabe el inventario de objetos de mi padre? ¿Es tan peligroso?- el joven desconocía lo que se escondía en su sótano, y sabía que solo su madre sabía qué era lo que había allí. Tenía sus sospechas de que su padre se lo había confesado todo a Harry Potter.
La espada Fragarach, la Taza de Jamshid, el escudo de Lancelot, el collar de Harmonia, un cuerno de chacal, el Udjat, la mano de la Gloria, el anillo de Giges, el Andvarinaut, el Gleipnir, el martillo Mjolnir, el Tamhelm,… Y mi única aportación: la varita del Sauco.
Su padre le había contado todas las historias de todos aquellos objetos. Se las sabía de memoria. Creía que tan solo tenía objetos oscuros normales… No los verdaderos artilugios de las grandes mitologías de la historia, cuya mayoría eran ciertas. Le dio miedo saber que tenía todo aquello bajo sus pies. Pero, sobre todo, supo que tanto poder era peligroso y que, por tanto, debía protegerlo aunque fuese con su vida.
-¿Cómo… Cómo es…?
-¿Posible?
- Harry Potter rio.- Tu padre siempre ha estado interesado en la mitología, Scorpius. Comienzo a pensar que quería ocultar todo aquello de la nueva fuerza que estaba por venir, pues Draco sabía de la existencia del Ojo y no de su poder…
-Es muy peligroso.
-Se encargó de que nadie pudiese entrar allí.
El corazón de Scorpius se aceleró.
-El Ojo querrá tener todos esos objetos. -Harry Potter asintió.- ¿Cómo supo dónde se encontraban?
El hombre suspiró.
-Esto es confidencial, Scorpius… Esto solo lo sabemos yo y tu madre, nos lo dijo poco antes de…Bueno… Y me tienes que prometer que nadie más lo sabrá porque ni yo sé qué hacer con esa información…
-¿Qué ha hecho mi padre?- se dio cuenta de que lo dijo como si su padre siguiese vivo. Tenía temor hacia la respuesta del señor Potter.
-Scorpius, tu padre conoció a Ivonne, a una de sus mensajeras, más bien… Pues todo apunta a que debe de tratarse de ella.
-¿¡Cómo?¡
-Ivonne Donovan acudió a tu padre, sabiendo de ante mano su pasión por los objetos mitológicos perdidos… Y le dio pistas para recogerlos todos. La razón era sencilla: Draco Malfoy era la única persona con los medios para protegerlos del Ojo. Tu padre no sabía quién era Ivonne, así que no lo recuerdes así. La mensajera le dijo que estaría salvando a la Humanidad, salvaguardando la paz… pero que tendría que pagar un precio.
-¿Morir?
-Draco Malfoy puede que haya sido uno de los mayores héroes de la historia gracias a ello.
-Y nadie lo sabe.
-Le bastaría con que tú lo supieses.