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Viaje al pasado — capítulo 1

—¡Harry! —exclamó Hermione enseguida; parecía muy asustada—. ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien? ¿Estás enfermo?

—¿Dónde estabas? —inquirió Ron,  cuando vio a su amigo al fin, el profesor que les tomaba el examen, se lo había llevado  a la enfermería de un ala y no les había dejado posibilidad algunas de ir con él.

—Venid conmigo —contestó Harry—. ¡Vamos, tengo que contaros una cosa!

Los guió por el pasillo del primer piso mientras asomaba la cabeza en varias aulas hasta que al final encontró una vacía; entró en ella y cerró la puerta en cuanto Rowney y Hermione hubieron entrado también. Harry se apoyó en la puerta y miró a sus amigos.

—Voldemort tiene a Sirius.

—¿¡Qué!? —Exclamo Hermione  alarmada.

—¿Cómo lo...?

—Lo he visto. Ahora mismo. Cuando me he quedado dormido en el examen.

—Pero... pero ¿dónde? ¿Cómo? —preguntó Hermione, que se había puesto muy pálida.

—No sé cómo —respondió Harry—. Pero sé exactamente dónde. En el Departamento de Misterios hay una sala con un montón de hileras de estanterías llenas de pequeñas esferas de cristal, y ellos están al final del pasillo número noventa y siete... Voldemort intenta utilizar a Sirius para conseguir eso que quiere coger de allí dentro... Está torturándolo. ¡Dice que acabará matándolo! —Harry se dio cuenta de que le temblaban la voz y las rodillas, así que se acercó a una mesa y se sentó, tratando de serenarse—. ¿Cómo vamos a ir hasta allí? —les preguntó a sus amigos.

—Harry —dijo Hermione con una voz que delataba su miedo—, Harry, ¿cómo... cómo crees que Voldemort haya entrado en el Ministerio de la Magia sin que nadie lo haya descubierto?

—¿Y yo qué sé? —bramó él—. ¡Lo que importa ahora es cómo vamos a entrar nosotros allí!

—Pero... Harry, piénsalo bien —continuó Hermione, y dio un paso hacia él—, son las cinco de la tarde... El Ministerio de la Magia debe de estar lleno de empleados... ¿Cómo crees que Voldemort y Sirius hayan entrado allí sin ser vistos? Harry..., deben de ser los dos magos más buscados del mundo... ¿Crees que podrían entrar en un edificio lleno de Aurores sin que detectaran su presencia?

—¡No lo sé, Voldemort debe de haber utilizado una capa invisible o algo así! —gritó Harry—. Además, el Departamento de Misterios siempre ha estado completamente vacío cuando he ido...

—Tú nunca has ido allí, Harry —afirmó Hermione con serenidad—. Sólo has soñado que ibas.

—¡Lo que yo tengo no son sueños normales y corrientes! —le gritó Harry, levantándose y dando también un paso hacia Hermione. Le habría gustado agarrarla por los hombros y zarandearla—. Entonces, ¿cómo explicas lo del padre de Ron? ¿Qué fue aquello? ¿Cómo supe lo que le había pasado?

Harry hubiese querido gritarle que se callara a su amiga, por primera vez, era la vida de Sirius la que estaba en peligro.

—¡Pero eso es tan..., tan inverosímil! —insistió ron , serio -Mirad, lo siento —gritó Hermione—, pero nada de lo que decís tiene sentido, y no tenemos pruebas de nada, no tenemos pruebas de que Voldemort y Sirius estén siquiera...

—¡Harry los ha visto, Hermione! —intervino Ron volviéndose hacia ella.

—De acuerdo —cedió ella por fin, asustada pero decidida—, sólo quiero decir una cosa...

—¿Qué!?

—¡Mira, Harry, no lo interpretes como una crítica! Pero es verdad que... estás un poco..., un poco... ¿No crees que estás un poco obsesionado con la idea de..., de... salvar a la gente?

Harry se quedó mirándola.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Pues... que... —Hermione estaba aún más acongojada—. Quiero decir que... el año pasado, por ejemplo, en el lago... durante el Torneo... no debiste... Es decir, tú no tenías por qué salvar a aquella chica, Delacour... Te dejaste llevar por... —Una oleada de rabia inundó a Harry; ¿cómo se le ocurría a Hermione recordarle ahora aquel error garrafal?—. Mira, estuviste muy bien y todo eso — prosiguió su amiga, acobardada por la mirada de Harry—, todo el mundo creyó que lo que hiciste fue fabuloso...

—Tiene gracia —replicó Harry con voz temblorosa—, porque recuerdo perfectamente que Ron dijo que había perdido el tiempo haciéndome el héroe... ¿Es eso lo que piensas que estoy haciendo ahora? ¿Crees que quiero volver a hacerme el héroe?

—¡No, no, no! —contestó Hermione, aterrada—. ¡Eso no es lo que quiero decir!

—¡Bueno, pues suelta ya lo que quieras decir, porque estamos perdiendo el tiempo! —gritó Harry.

—Lo que trato de decirte es que... ¡Voldemort te conoce, Harry! ¡Llevó a Ginny a la Cámara Secreta porque sabía que tú irías a buscarla allí, es lo que suele hacer, sabe que tú eres el tipo de persona que...! ¡Sabe que irías a socorrer a Sirius! ¿Y si sólo intenta que tú vayas al Departamento de Mis...?

—¡Hermione, no importa que sólo lo haya hecho para engañarme, se han llevado a la profesora McGonagall a San Mungo, en Hogwarts ya no queda nadie de la Orden a quien podamos contárselo, y si no vamos, podemos dar por muerto a Sirius!

—Pero Harry, ¿y si tu sueño sólo ha sido... eso, un sueño?

Harry soltó un rugido de frustración y Hermione dio un paso hacia atrás, alarmada.

—¡No lo entiendes! —gritó Harry—. ¡No tengo pesadillas, no son sólo sueños! ¿Para qué crees que eran las clases de Oclumancia, por qué crees que Dumbledore quería impedir que viera esas cosas? Porque son verdad, Hermione. Voldemort ha atrapado a Sirius, ¡yo lo he visto! Y no lo sabe nadie más, y eso significa que somos los únicos que podemos salvarlo, y si tú no quieres hacerlo, me parece muy bien, pero yo voy a ir, ¿entendido? Y si no recuerdo mal, no pusiste objeciones a mi obsesión por salvar a la gente cuando eras tú a la que tenía que salvar de los Dementores, ni... —se volvió hacia Ron— cuando tuve que salvar a tu hermana del basilisco...

—¡Yo nunca me he quejado! —saltó Ron a la defensiva y acalorado.

—Pero si tú mismo lo has dicho, Harry —insistió Hermione con vehemencia—, Dumbledore quería que aprendieras a cerrar tu mente a esas cosas; si hubieras practicado Oclumancia como es debido nunca habrías visto est...

—SI PIENSAS QUE VOY A HACER COMO QUE NO HE VISTO NADA...

 —¡Sirius te dijo que lo más importante era que aprendieras a cerrar tu mente!

—PUES MIRA, SEGURO QUE OPINARÍA OTRA COSA SI SUPIERA LO QUE ACABO DE...

De pronto se abrió la puerta del aula y Harry, Ron y Hermione se volvieron rápidamente. Ginny entró con aire de curiosidad, seguida de Luna, que, como de costumbre, parecía estar allí por error.

—¡Hola! —saludó Ginny, vacilante—. Hemos reconocido la voz de Harry. ¿Por qué gritabas?

—No es asunto tuyo —contestó él con aspereza.

Ginny arqueó las cejas.

—No tienes por qué emplear ese tono conmigo —repuso fríamente—. Sólo quería saber si podía ayudar en algo.

  • Basta será mejor Harry que te tranquilices -dice Hermione, seria mientras pensaba alguna solución - déjanos comprobar si sirius se ha marchado de su casa antes de salir hacia Londre. Si no esta en Grimmauld Place, te juro que no hare nada para impedir que vayas. Iré contigo, haré...lo que sea para ayudarte a salvarlo

¡Voldemort está torturando a Sirius AHORA MISMO! —gritó harry—. No podemos perder más tiempo.

—Pero todo esto podría ser una trampa de Voldemort, Harry, tenemos que comprobarlo.

—¿Cómo? —preguntó Harry—. ¿Cómo vamos a comprobarlo?

—Tendremos que utilizar la chimenea de la profesora Umbridge e intentar hablar con él —propuso Hermione, pese a que aquella idea la aterraba—. Volveremos a despistar a la profesora Umbridge, pero necesitaremos alguien que vigile, y ahí es donde pueden ayudarnos Ginny y Luna.

                                          (...)

—¡Número doce de Grimmauld Place!

La cabeza empezó a girarle como si acabara de bajarse de una atracción de feria, aunque las rodillas permanecían firmemente plantadas en el frío suelo del despacho. Harry cerró con fuerza los ojos para protegerlos del remolino de ceniza, y cuando todo dejó de dar vueltas, los abrió y ante él apareció la larga y fría cocina de Grimmauld Place.

No había nadie allí. Harry ya se lo había imaginado, pero aun así no estaba preparado para el pánico y el terror que lo invadieron cuando se encontró ante la desierta habitación.

—¿Sirius? —gritó—. ¿Estás ahí, Sirius? —Su voz resonó en la cocina, pero nadie le contestó. Únicamente oyó un débil susurro a la derecha de la chimenea—. ¿Quién hay ahí? —preguntó, aunque creía que debía de ser tan sólo un ratón.

Entonces apareció Kreacher, el elfo doméstico. Parecía muy satisfecho por algo, pese a que debía de haberse lastimado gravemente ambas manos, porque las llevaba muy vendadas.

—La cabeza de Potter ha aparecido en la chimenea —informó a la vacía cocina al tiempo que lanzaba furtivas miradas de triunfo a Harry—. ¿A qué habrá venido, se pregunta Kreacher?

—¿Dónde está Sirius, Kreacher? —inquirió Harry. El elfo doméstico chasqueó la lengua.

—El amo ha salido, Harry Potter.

—¿Adónde ha ido? ¡Adónde ha ido, Kreacher! —Por toda respuesta, el elfo soltó una risotada que pareció un cacareo—. ¡Te lo advierto! —gritó Harry, consciente de que desde su posición no podía castigar a Kreacher—. ¿Dónde está Lupin? ¿Y Ojoloco? ¿Dónde están todos?

—¡Kreacher se ha quedado solo en la casa! —informó el elfo con regocijo; a continuación, dio la espalda a Harry y echó a andar lentamente hacia la puerta que había al fondo de la cocina—. Kreacher cree que ahora irá a charlar un rato con su dueña, sí, hace mucho tiempo que no puede hacerlo, el amo de Kreacher se lo impedía...

—¿Adónde ha ido Sirius? —le gritó Harry—. ¿Ha ido al Departamento de Misterios, Kreacher?

Éste paró en seco.

Harry sólo veía la parte de atrás de su calva entre el bosque de patas de sillas que tenía delante.

—El amo nunca dice al pobre Kreacher adónde va —contestó el elfo.

—¡Pero tú lo sabes! ¿Verdad? ¡Tú sabes dónde está! Se produjo un breve silencio; entonces el elfo rió socarronamente.

—¡El amo nunca regresará del Departamento de Misterios! —afirmó alegremente—. ¡Kreacher y su dueña se han quedado solos otra vez! —exclamó, y siguió andando y se escabulló por la puerta que conducía al vestíbulo.

—¡Te voy a...!

Pero antes de que pudiera concretar su amenaza, Harry notó un fuerte dolor en la coronilla; tragó un montón de ceniza y, atragantándose, notó que lo arrastraban hacia atrás a través de las llamas, hasta que, con espantosa brusquedad, se encontró mirando la ancha y pálida cara de la profesora Umbridge, que lo había sacado de la chimenea tirándole del pelo y en ese momento le echaba el cuello hacia atrás cuanto podía, como si fuera a degollarlo.

—¿Creías que después de dos escarbatos —dijo en un susurro tirando un poco más de la cabeza de Harry, de modo que éste se quedó contemplando el techo— iba a permitir que otra inmunda y carroñera criatura entrara en mi despacho sin que yo lo supiera? Cuando entró el último, puse hechizos sensores de sigilo en la puerta de mi despacho, idiota. Quítale la varita —le gritó a alguien a quien Harry no podía ver, y notó que una mano hurgaba en el bolsillo interior de su túnica y sacaba su varita—. Y no te olvides de ella. —Harry oyó una refriega junto a la puerta y comprendió que a hermione también se la habían arrebatado—. Quiero saber qué hacíais en mi despacho —dijo la profesora Umbridge agitando el puño con que le sujetaba el pelo a Harry, de modo que éste se tambaleó.

—¡Quería... recuperar mi Saeta de Fuego! —repuso Harry con voz ronca.

—Mentira. —La profesora volvió a zarandearlo—. Tu Saeta de Fuego está custodiada en las mazmorras, como sabes muy bien, Potter. Tenías la cabeza dentro de mi chimenea. ¿Con quién te estabas comunicando?

—Con nadie —contestó Harry, e intentó soltarse, notando cómo varios cabellos se le desprendían del cuero cabelludo.

—¡Mentira! —gritó la profesora Umbridge. Le dio un empujón, y Harry chocó contra la mesa...

                                     (...)

—¿Qué? —gruñó él.

—Me parece... que Sirius no está aquí.

Nadie dijo nada. Harry se resistía a mirar a sus compañeros. Había costado mucho deshacerse de Umbridge, se encontraba  muy angustiado. No entendía por qué Sirius no estaba allí. Tenía que estar allí. Allí era donde Harry lo había visto... Recorrió el espacio que había al final de las filas de estanterías y miró entre ellas. Ante sus ojos se sucedían pasillos y más pasillos, pero todos estaban vacíos. Corrió hacia el otro lado pasando junto a sus amigos, que lo observaban sin hacer comentarios. No había rastro de Sirius por ninguna parte, ni señales de que se hubiera producido allí alguna pelea.

—¡Harry! —exclamó entonces Ron.

 —¿Qué?

Harry no quería oír a su amigo; no quería oírle decir que aquella aventura había sido una estupidez y que tenían que regresar a Hogwarts; le ardían las mejillas y lo único que deseaba era quedarse un rato escondido en aquel lugar, a oscuras, antes de enfrentarse a la claridad del Atrio y a las miradas acusadoras de sus amigos...

—¿Has visto esto? —le preguntó Ron.

—¿Qué? —repitió Harry, pero esta vez con interés: tenía que ser alguna señal de que Sirius había estado en esa habitación, una pista. Se acercó a donde estaban los demás, un poco más allá de la hilera número noventa y siete, pero sólo vio a Rowney, que examinaba atentamente las esferas de cristal que había en la estantería.

—¿Qué ocurre? —inquirió Harry con desánimo.

 —Lleva..., lleva tu nombre —contestó Ron

Harry se acercó un poco más. Ron señalaba una de las pequeñas esferas de cristal que relucía con una débil luz interior, aunque estaba cubierta de polvo y parecía que nadie la había tocado durante años.

—¿Mi nombre? —se extrañó Harry. Se acercó a la estantería. Tuvo que estirar el cuello para leer la etiqueta amarillenta que estaba pegada en el estante, justo debajo de una de las esferas. Había una fecha de unos dieciséis años atrás escrita con trazos finos, y debajo la siguiente inscripción: 

S.P.T. a A.P.W.B.D.

Señor Tenebroso

y  Harry Potter

Harry se quedó mirando la etiqueta.

—¿Qué es? —preguntó Hermione con inquietud—. ¿Por qué está escrito ahí tu nombre? —Echó un vistazo a las otras etiquetas de aquel estante—. Mi nombre no está —observó con perplejidad—. Ni los vuestros.

—Creo que no deberías tocarla, Harry —opinó ginny al ver que Harry estiraba un brazo.

—¿Por qué no? —repuso él—. Tiene algo que ver conmigo, ¿no?

—No lo hagas, Harry —dijo de pronto Neville. Harry lo miró. El redondo rostro de su compañero estaba cubierto de sudor. Daba la impresión de que ya no podía aguantar más misterio.

—Lleva mi nombre —insistió Harry. Y con la vaga sensación de que estaba cometiendo una imprudencia, puso las manos alrededor de la polvorienta bola de cristal. Esperaba encontrarla fría, pero no fue así. Al contrario, era como si hubiera estado expuesta al sol durante horas, o como si el resplandor interior la calentara. Intuyendo que estaba a punto de suceder algo extraordinario, casi deseando que pasara algo emocionante que al menos justificara el largo y peligroso viaje, Harry levantó la bola de cristal y la miró fijamente. Pero no pasó nada. Los demás se colocaron alrededor de Harry y contemplaron la esfera mientras él le quitaba el polvo. Y entonces, a sus espaldas, una voz que arrastraba las palabras dijo:

—Muy bien, Potter. Ahora date la vuelta, muy despacio, y dame eso.

Los rodearon unas siluetas negras salidas de la nada, que les cerraron el paso a derecha e izquierda; varios pares de ojos brillaban detrás de las rendijas de unas máscaras, y una docena de varitas encendidas les apuntaban directamente al corazón; Ginny soltó un grito de horror.

—Dame eso, Potter —repitió la voz de Lucius Malfoy, que había estirado un brazo con la palma de la mano hacia arriba. Harry notó un espantoso vacío en el estómago. Estaban atrapados, y los doblaban en número—. Dame eso — dijo Malfoy una vez más.

Los rodearon unas siluetas negras salidas de la nada, que les cerraron el paso a derecha e izquierda; varios pares de ojos brillaban detrás de las rendijas de unas máscaras, y una docena de varitas encendidas les apuntaban directamente al corazón; Ginny soltó un grito de horror.

—¿Dónde está Sirius? —preguntó Harry.

Varios mortífagos rieron; una áspera voz de mujer surgió de entre las oscuras figuras, hacia la izquierda de Harry, y sentenció con tono triunfante: —¡El Señor Tenebroso nunca se equivoca!

—No, nunca —apostilló Malfoy con voz queda—. Y ahora, entrégame la profecía, Potter.

—¡Quiero saber dónde está Sirius!

—«¡Quiero saber dónde está Sirius!» —se burló la mujer que estaba a su izquierda. Ella y el resto de los mortífagos se habían acercado más a Harry y a sus amigos, de los que ahora sólo los separaban unos palmos, y la luz de sus varitas deslumbraba a Harry. Hermiome se dio cuenta de una figura femenina un poco mas atrás de la mujer que había hablado,la chica mantenía la cabeza baja. 

—Sé que lo han capturado —afirmó él tratando de no hacer caso de la creciente sensación de pánico que notaba en el pecho, el terror que había estado combatiendo desde que habían puesto un pie en el pasillo de la estantería número noventa y siete—. Está aquí. Sé que está aquí.

—El bebé se ha despertado asustado y ha confundido el sueño con la realidad —dijo la mujer imitando la voz de un niño pequeño. Harry notó que Ron, que estaba a su lado, se movía.

—No hagas nada —murmuró Harry—. Todavía no...

La mujer que lo había imitado soltó una ruidosa carcajada.

—¿Lo habéis oído? ¿Lo habéis oído? ¡Está dando instrucciones a los otros niños, como si pensara atacarnos!

—¡Ah, tú no conoces a Potter tan bien como yo, Bellatrix! —exclamó Malfoy quedamente—. Tiene complejo de héroe; el Señor Tenebroso ya lo sabe. Y ahora dame la profecía, Potter.

—Sé que Sirius está aquí —insistió Harry pese a que el pánico le oprimía el pecho y le costaba respirar—. ¡Sé que lo han cogido!

Unos cuantos mortífagos volvieron a reír, aunque la mujer fue la que rió más fuerte. De repente la chica que mantenía la cabeza baja levanto la mirada, Hermione casi suelta un grito. La conocía era igual a el ,a Snape, Tenia la misma mirada que el. 

Al parecer fue la única que lo noto.

—Ya va siendo hora de que aprendas a distinguir la vida de los sueños, Potter —dijo Malfoy—. Dame la profecía inmediatamente, o empezaremos a usar las varitas.

—Adelante —lo retó Harry, y levantó su varita mágica hasta la altura del pecho. En cuanto lo hizo, las cinco varitas de ron, Hermione, Neville, Ginny y Luna se alzaron a su alrededor. El nudo que Harry notaba en el estómago se apretó aún más. Si de verdad Sirius no estaba allí, habría conducido a sus amigos a la muerte para nada...

(...)

 Las maldiciones pasaban por todos lados , el enfrentamiento que se había producido en el Ministerio fue inminente. 

—¡DESMAIUS! Un haz de luz roja dio contra el mortífago que tenía más cerca; éste cayó hacia atrás, chocó contra un reloj de pie y lo derribó. El segundo mortífago, sin embargo, se había apartado de un salto para esquivar el hechizo de Harry y apuntaba con su varita a Hermione, que salía arrastrándose de debajo de la mesa para poder apuntar mejor.

—¡Avada...!

Entonces Harry se lanzó por el suelo y agarró por las rodillas al mortífago, que perdió el equilibrio y no pudo apuntar a Hermione que se encontraba de espalda enfrentándose a un mortífago. Neville volcó una mesa con las prisas por ayudar, y apuntando con furia al mortífago que forcejeaba con Harry, gritó: —¡EXPELLIARMUS!

La varita de Harry y la del mortífago saltaron de sus manos y fueron volando hacia la entrada de la Sala de las Profecías; Harry y su oponente se pusieron en pie y corrieron tras ellas; el mortífago iba delante, pero Harry le pisaba los talones, y Neville iba detrás, horrorizado por lo que acababa de hacer.

Luego de vencer al mortífago rubio, sintió un dolor pasar por todo su cuerpo. Perdio la fuerza en sus piernas pretocando que callara fuertemente al piso, al levantar la mirada se encontró a la hija de snape mirándola , en lo labios de esta solo había una sonrisa.

  • una sangre sucia, que interesante... tranquila esto no te va a doler.

Ve como la apunta con la varita,cierra los ojos con fuerza antes de ver todo negro escucha como gritan.

  • AVADA KEDAVRA 

  • SALVIO HEXIA