← Historia 193471 · de
Historia 193471 — capítulo 1
LIBRO I: LA CAZADORA DE MONSTRUOS Don't Let Me Go - Raign
https://i.imgur.com/Av9oWqy.jpg
Necromanteion, Epiro, Grecia. 21 de Diciembre de 1988. Solsticio de Invierno.
Era una noche fría y oscura en Epiro, Grecia. Un hombre alto, de piel albina y cabello negro hasta los hombros, guiaba a una mujer rubia, esbelta y muy bonita hacía un grupo de ruinas situados en una colina. No parecía gran cosa, solo un montón de muros desmoronados alrededor de los armazones de piedra caliza de unos cuantos edificios. La mujer temblaba de frío y parecía a punto de desfallecer mientras el hombre la sostenía con fuerza de la cintura, evitando así que fue a caerse. Corría un espantoso viento que entonaba una siniestra melodía. El hombre le restó importancia, apresurado en llevar a la mujer hacía las ruinas de la colina.
—No me gusta este lugar—se quejó ella con un tono cansado y jadeante. Se llevó una mano al vientre. Su italiano era suave y sensual, al hombre le produjo un escalofrío involuntario.
—Debe de ser aquí—repuso con calma—Aquí nadie te hará daño, ni siquiera mi esposa.
—No le tengo miedo a tu esposa—replicó la mujer con el ceño fruncido. Le costaba trabajo caminar y hablar al mismo tiempo. Su abultado vientre no le ayudaba, pero se encontraba realmente emocionada, acariciándolo con mucha suavidad.
—Lo sé, amor mío. Pero no quiero que te pase nada—respondió él. Claro que no quería que le pasara nada a su amante, la amaba demasiado como para perderla. La entrada de la cueva era pequeña, así que el hombre tuvo que entrar primero para después ayudar a la mujer. Una vez que los dos estuvieron adentro, el hombre la llevó tierra abajo. El túnel formaba una suave pendiente en espiral y el techo se sostenía en arcos de piedra blancos que recordaban a la caja torácica de una ballena.
— ¿Falta mucho? —inquirió la mujer—Empiezo a sentir las contracciones.
—Resiste amor, ya casi llegamos—le aseguró él. Llegaron al final del túnel. El hombre apoyó la mano en la pared y empujó suavemente para abrirla. La tierra tembló unos instantes, el techo se agrietó, dando la impresión de que se vendría abajo, pero eso no ocurrió. En cambio se abrió la pared mostrando la entrada a otro túnel. Una escalera se adentraba todavía más a la tierra, dando vueltas y más arcos regulares sostenían el techo abovedado, unos al lado de otros, tallados en piedra negra pulida. El hombre cargó a la mujer y descendieron por el túnel por los distintos niveles hasta llegar a una amplia antecámara, donde depositó a la mujer con suma delicadeza. El arco que sostenía la sala estaba hecho con calaveras humanas grabadas…o tal vez con calaveras humanas incrustadas en la roca, la mujer admiró el templo dedicado a su amor pero las contracciones la distrajeron, la fuente se había roto hace rato y la mujer comenzó la labor de parto. El hombre se inclinó sobre ella para ayudarle.
—Duele—chilló la mujer. El hombre le desabrochó el pantalón y se lo quitó junto a la ropa interior, abrió delicadamente sus piernas y emitió un suspiro.
—Siento tanto esto amor, pero tendrás que hacerlo, tu cuerpo sabe qué hacer, yo solo te ayudaré—le dedicó una sonrisa tierna. Ella asintió. El hombre notó que estaba dilatada, debía de estar en una escala del 1 al 10 como máximo. El cuello del útero se dilataría más, permitiendo que él bebe sacara la cabeza.
—Tengo…—su respiración era cada vez más pesada—tengo que pujar—habló, enderezándose sobre sus codos—Tengo que pujar, pero necesito ponerme de pie, así no puedo.
—Pisa las puntas de mis zapatos—ordenó el hombre mientras se ponía de pie—Dame tus manos y apóyate bien sobre mis zapatos—la mujer obedeció. Sosteniendo con fuerza sus manos y muñecas, el hombre hizo fuerza y logró que se parase. Ella se sujetó de los hombros de él, comenzando a respirar con dificultad. Tras unos segundos de jadeos, apretó los dientes ejerciendo más fuerza. Sus manos se volvieron blancas debido a la presión que estaba empleando sobre los hombros de él.
— ¡Por los Dioses! —exclamó.
—Lo estás haciendo muy bien, amor—le animó, necesitaba a su mujer. Ella le clavó las uñas en los hombros, pero él hizo caso omiso. Su amante comenzó a respirar con la boca abierta.
Lentamente él se arrodilló debajo de ella para ver como seguía— ¡Cariño! —Se preocupó y de nuevo se incorporó— ¡No sigas! ¡Deja de pujar! ¡Algo está mal! —ella no hizo caso y empapó todo la mano de su compañero con sangre. El líquido estaba tibio y era demasiado rojo, entonces el grito de la mujer fue desgarrador. Luego de que las puntas de los zapatos de él se llenaron de sangre, ella se desvaneció en sus brazos. Tuvo que volver a recostarla en el suelo, había sido una mal idea llevarla a su templo, pero era la única forma de salvarla de la ira de su esposa y su suegra, conociendo a ambas mujeres, empezarían a adoptar las tendencias asesinas de su hermana-cuñada y entonces su querida amante y su hijo morirían. Ninguno otro de los Dioses le apoyaría, estaba solo en esto.
—Es mucho para mi cuerpo, el bebé es muy fuerte—jadeó con una mueca dolor.
—Mírame amor, mírame. Mantén los ojos abiertos. Tenemos que volver juntos—le susurró pero ella negó— ¡Te lo ruego, me da igual lo que piense mi mujer! —decía—Allí te mantendré a salvo a ti y a nuestro pequeño.
—No…no voy a lograrlo, amor mío—susurró, ladeando la cabeza, hacía un esfuerzo por hablar—Además, ¿Criar a nuestro hijo en las tierras de los muertos? Ni hablar.
—Vas a lograrlo. Y vendrás conmigo al inframundo, te construiré un palacio de oro junto al río Estigio—le rogó, ella seguía empujando sin que su amante se diera cuenta.
—Eres muy amable, amor mío. Un hombre generoso. Los demás dioses deberían de verte como yo, en vez de temerte. Hades, prométeme que cuidarás a nuestro hijo.
—Aikaterina, por favor, no hagas esto—rogó él entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo—Detente, has perdido mucha sangre, no está completamente dilatado y empujar no está ayudando.
—Ya sé lo que significa—espetó en voz baja—Y no voy a perder a mi bebé—tragó saliva—Debes abrir para sacarlo—. El Dios de los muertos contuvo una mueca de asombro y preocupación, no podía hacerlo, eso mataría a Aikaterina.
—No sobrevivirás, no puedo permitirlo—rugió él.
—Mi bebé tiene que hacerlo—repuso—Por favor…—la voz se le iba apagando—Mi bebé…por nosotros, amor.
— ¡Me rehusó a perderte, Aikaterina! —El Dios del inframundo levantó la voz pero aun así le temblaba, sabiendo que a pesar de todo la perdería.
— ¡Por favor, Hades! —Insistió— ¡Por favor! Te lo suplico—. Hades no tuvo más opción, no podía hacer nada más que abrir el vientre de Aikaterina para sacar al bebe—Vas a cuidarlo, ¿Verdad Hades? —le preguntó.
—Lo juro—murmuró. Sacó de su túnica negra una daga—Te amo Aikaterina.
—Yo también te amo, Hades—le sonrió con lágrimas en los ojos—Buenas noches, amor mío—. Aikaterina clavó la mirada en el techo.
—Lo siento—susurró Hades, colocando el cuchillo cerca del vientre, comenzando a cortar. Aikaterina gritó, y su grito le heló el cuerpo y la mente. Su sangre comenzó a bajar por su piel. Luego de un momento, ella dejó de moverse. Hades introdujo sus manos en su interior, tratando de localizar al bebé. Lentamente lo extrajo, estaba bañado en sangre y estaba quieto, como si también el bebé estuviera muerto, pero Hades sabía que no. El bebé no lloró, no emitió ningún sonido, mantenía sus ojos cerrados y solo bostezó. Entonces notó que su bebé era una niña. Con el cuchillo cortó el cordón umbilical y lo acunó entre sus brazos. Aikaterina permanecía inmóvil, muerta. Un ser alado, se materializó a un costado del señor de los muertos, se encontraba agazapado en uno de los nichos cercanos a la pareja. Observaba a su amo esperando cualquier orden.
—La devolveré a la vida—sentenció Hades.
—No puede mi señor, usted mejor que nadie debe respetar las leyes de la vida y la muerte, es un inmortal—le advirtió la furia, Alecto. Hades dirigió una mirada al bebé, sintiendo un repentino desprecio por este. Aquella criatura había matado a su mujer.
—Llévatela—le ordenó a la furia—A Estados Unidos, déjala en algún orfanato. Europa no es seguro.
—Mi señor…—incluso la furia parecía sorprendida.
—Sin pretextos, Alecto—. Hades resplandecía de furia, pero sobre todo de impotencia.
—Como guste, mi señor. ¿Y el cuerpo de la mujer? —preguntó.
—Llévatela también—respondió con amargura—Encárgate de que se le apliquen los antiguos ritos funerarios.
La furia se acercó y tomó al bebé, después se acercó a la mujer que yacía a un lado de su amo y se disolvieron en las sombras, dejando solo a Hades entre las ruinas.
Edificio Empire States, Manhattan, New York. Piso 600. Monte Olimpo.
El Monte Olimpo se alzaba en todo su esplendor. A pesar de que en las calles de Manhattan caía nieve y hacía un frío mortal, en la morada de los Dioses parecía que el invierno no existía. Las antorchas y hogueras iluminaban los palacios construidos en la ladera, estos relucían con más de veinte colores distintos. En el Olimpo nadie dormía, las callejuelas estaban atestadas de semidioses, espíritus de la naturaleza y diosecillos menores. Todos volvieron sus cabezas al ver que el Dios de los muertos aparecía en medio de la nada. La mayoría agachó la cabeza, aterrados, otros simplemente le cedieron el paso, mirando al dios de reojo. Hades no prestó atención a ninguno de ellos, simplemente se dirigió hacía el templo más grande de todos. Una vez que estuvo ahí, adoptó una gigantesca forma de unos cuatro metros de alto. Observó los presentes percatándose de que en la sala solo se encontraban sus hermanos. Sus sobrinos debían estar afuera celebrando el solsticio. Lo estaban esperando a él, con noticias sobre su mortal.
— ¿Y bien? —preguntó Zeus. El hombre llevaba un traje de rayas, la barba cortada perfectamente y los ojos chispeaban de energía.
—Está muerta—se limitó a responder el señor de los muertos. Una mujer de vestido verde, sentada en un trono de ramas de manzano, le dedicó una mirada burlona
— ¿Y el bebé? —inquirió Poseidón, vestía una camisa hawaiana, shorts y sandalias. Hades le dirigió una fría mirada.
—Murió en sus entrañas—mintió. No podía permitir que supieran que su hija estaba viva. Zeus sonrió complacido, para desagrado de Hades.
—Perfecto—sonrió—Entonces podemos disfrutar de la celebración, vamos—. Zeus se irguió de su trono y ofreció su mano a Hera, la cual aceptó y ambos se marcharon. Poseidón también se incorporó, saliendo por las grandes puertas de seguro en busca de su esposa Anfitrite. Deméter le dirigió una mirada severa a Hades para luego seguir los pasos de su hermano Poseidón, pero ella en busca de Perséfone. Solo quedaron Hades y una niña de ocho años sentada junto al fuego. Hades miró a Hestia.
—Lo siento mucho, hermano—murmuró la diosa del hogar tratando de reconfortar a Hades, pero el semblante del dios no delataba ninguna emoción.
—No es necesario, Hestia—replicó el Dios. Ella asintió y adoptó la forma de una mujer adulta, Hades contempló a su hermana mayor esta vez con amargura.
—Lo es Hades—insistió la Diosa. Hades rehuyó del contacto con Hestia y la Diosa se dio por vencida aparentemente—El tiempo sanará tus heridas, hermano—y dicho esto, la Diosa se retiró.
Hades se quedó solo en aquella espaciosa estancia. Su pobre Aikaterina estaba muerta y su hija camino a algún orfanato del país. Era mejor así, mantenerla alejada de su verdadero mundo, que se criará como una mortal común y corriente para que nadie pensará que sus hijos eran un peligro y a decir verdad, aquella niña era su primera hija semidiosa en siglos, si no es que la única. Su única descendiente mortal. Permaneció inmóvil en su trono cuando apareció una momia ante él. O más bien era un mensaje de Iris, pero a través de él podía ver al Oráculo de Delfos. Hades sentía que la furia volvía a apoderarse de él, al parecer el oráculo no se cansaba de verlo sufrir.
—Tú, otra vez—trató de controlar el tono de su voz y las facciones de su rostro. El oráculo le miró.
—Te lo advertí en el pasado, Hades—se escuchaba una voz espectral—Tu hija debió morir en las entrañas de su madre.
—Ella era inocente—replico Hades.
—Es una hija tuya, lo que la vuelve más peligrosa. No olvidemos quien es su madre—le recordó el oráculo. Aikaterina era una hija de Nyx.
—Siempre son mis hijos, ¿Qué hay de los hijos de Zeus y Poseidón? —preguntó Hades, irritado.
—También son peligrosos—mustió el oráculo—Pero no he venido a reprocharte nada, más bien he venido a traerte una profecía, exclusiva para tu hija, la que hace años no quisiste oír—el tono burlón del oráculo hizo palidecer a Hades, el oráculo volvió a abrir la boca, dejando fluir una neblina verde, la misma que ocupó sus ojos, su voz no parecía humana y podría helar la sangre de cualquiera que la escuchara, fue entonces cuando empezó a recitar una profecía:
Del Dios Oscuro Nacerá
Y A Toda Deidad Preocupará
En Un Lugar Terrible Ha De Crecer
Para Luego Hacerlo Perecer
Una Matanza Sin Fin Tendrá
A Los Héroes Más Poderosos Conocerá
De Un Ser Malvado Se Enamorará
Los Sueños La Verdad Le Mostrarán
Un Arma Maldita Cegará
Y Al Olimpo Ha De Conquistar
O En Su Defecto Lo Destruirá.
Hades hizo una mueca de ira disfrazando su preocupación y su miedo—La niña está muerta—insistió.
—Puedes engañar a los otros Dioses, más no a mí, Señor de los Muertos—le espetó el oráculo— ¿Qué harás cuando tu hija empiece a manifestarse cómo semidiosa y los monstruos comiencen a perseguirla? —preguntó. —La sangre de un semidiós hijo de uno de los tres grandes es más apetitosa que cualquier otra.
—Mientras ella no sepa quién es, la profecía no le afectará, no la reconoceré como mi hija, me deshice de ella—alegó él, incapaz de pensar en lo que pasaría si la encontraran.
— ¿El Dios del Inframundo ya no cumple las promesas hechas? —se burló el oráculo de nuevo. Hades frunció el ceño. "Lo siento Aikaterina, no me hiciste jurar ante el río Estigio" pensó para sí.
—Es por el bien de todos—dijo entre dientes. Dio un giro sobre sus talones, dispuesto a abandonar el Olimpo.
—Eso no evitará que la profecía que te he dicho ahora se cumpla en un futuro—continuó el oráculo, esta vez sin burlarse—Cuando los demás Dioses lo sepan….
—Nadie lo sabrá, esa niña está perdida en el país, ni yo sé dónde está—contestó el Dios, más irritado que antes. Miró de reojo al oráculo, pero este ya había desaparecido. Hades salió del templo mayor, ni siquiera se dignó en buscar a su esposa, simplemente desapareció de ahí directo al inframundo. Quizás, pensó Hades, después de todo, su hija si tendría que haber muerto en las entrañas de su madre.