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Historia 24978 — capítulo 2

CAPÍTULO 2: EL INGRESO A HOGWARTS

El tiempo pasó a toda velocidad y ya tan solo faltaban 2 días para ingresar a Hogwarts.

Roderick obligó a Polly que acompañara a Severus a comprar sus materiales escolares (Polly se negaba porque viajarían con los polvos Flu, y le tenía terror al fuego, pero terminó cediendo cuando la amenazó con darle la prenda).

Con la fofa elfina a su lado, Severus iba leyendo lo que necesitaría para el primer año:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Uniforme

Los estudiantes de primer año necesitarán:

*1.*Tres conjuntos de sencillas túnicas de trabajo (negras).

*2.*Un simple sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

*3.*Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)

*4.*Una capa de invierno (negra con broches plateados).

Por favor, no olvide que toda la ropa de los alumnos debe llevar etiquetas con su nombre.

Libros

El libro reglamentario de hechizos (nivel 1), por Miranda Goshawk.

Una historia de la magia, por Bathilda Bagshot.

Teoría mágica, por Adalbert Waffling.

Guía de transformaciones para principiantes, por Emeric Switch.

Mil y una hierbas y hongos mágicos, por Phyllida Spore.

Brebajes y pociones mágicas, por Arsenius Jigger.

Animales fantásticos: donde encontrarlos, por Newt Scamander.

Las fuerzas oscuras: una guía para la autoprotección por Quentin Trimble.

Otro equipo

1 varita mágica.

1 caldero (peltre, reglamentario medida 2).

1 conjunto de ampolletas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 conjunto de balanzas de lata.

Los alumnos de primer año pueden traer una lechuza un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE LOS ALUMNOS DE PRIMER AÑO NO TIENEN PERMISO PARA TENER SUS PROPIAS ESCOBAS.

Acabó de leer la lista y se dirigió a la ensimismada elfina:

— Polly, tú cómprame los libros — le entregó un puñado de oro más la lista — y una lechuza negra, yo iré por las otras cosas. Nos juntamos en la chimenea, adiós.

— Sí amo —obedeció Polly.

Se separaron yendo cada uno por su lado. Severus fue primero a la tienda de Túnicas para todas las ocasiones de Madam Malkin. Adentro estaba casi vacío excepto por un niño de lentes que estaba en una esquina atendido por una bruja rechoncha y anciana.

— Hola —dijo una voz a su lado —, soy Madam Malkin, ¿te puedo ayudar en algo?

Severus sobresaltado la miró y asintió. Madam Malkin era bajita, delgada, joven y atractiva.

— Quiero tres túnicas negras escolares... —dijo tímidamente el niño pero sin perder su frialdad en el tono de voz.

— Entonces sígueme —respondió amablemente la hechicera. Lo guió por un largo pasillo de túnicas de galas, hasta llegar al final. Hizo que se subiera en un pequeño taburete y le colocó una túnica. Con alfileres le empezó a hacer unos arreglitos.

Severus miró a su lado y tan sólo a tres metros se hallaba el chico con gafas y pelo revoltoso. Este le devolvió la mirada y le sonrió poniendo los ojos bizcos. A Severus no le causó ninguna gracia.

— Bueno querido — dijo cinco minutos más tarde Madam Malkin — estás listo.

Pagó lo debido por las tres capas y se fue a comprar las prendas siguientes. El negocio de guantes y sombreros estaba tan solitario como el de túnicas y se preguntó porqué, si tan solo faltaban dos días para entrar a clases, todos tendrían que estar en el Callejón Diagon comprando sus cosas.

No tardó en responder la pregunta: cuando iba a Ollivander (negocio de varitas mágicas) pasó por el lado de un apretujado grupo de magos y niños que se aplastaban junto a una vidriera de una tienda y exclamaban emocionados.

— ¡Miren! — gritaba un niño de orejas grandes — ¡Una Barredora 560, la último modelo!

Severus se puso en punta de pies para ver, y en el fondo era magnífica, pero sabía que su padre no se la compraría porque, con tremendo rencor que le tenía a Severus, no le haría un regalo como ese, además a los de primer año no se les permitía tener sus propias escobas.

Siguió su camino hacia el bazar de varitas y entró. Era oscuro y polvoriento y tenía varios muebles repletos de cajitas alargadas.

El hombre de cabello entrecano y de ojos azul pálido le hablaba a una chica pequeña y pelirroja que estaba de espaldas a Severus.

— Bueno... veo que esa definitivamente no... Pruebe ésta — le aconsejaba el caballero entregándole una varita —, veinticinco centímetros, elástica, madera de sauce.

La muchacha agitó suavemente la varita (es lo que pudo captar Severus) y por una fracción de segundos se elevó unos milímetros del suelo.

— ¡Excelente, señorita Evans! —celebró el señor entregándole la caja de la varita para que la guardara.

La pelirroja pagó, tomó su bolsa y se giró, y al ver a Severus sonrió orgullosamente, luciendo unos brillantes ojos verde esmeralda, y salió radiante de alegría de Ollivander. La siguió con la mirada, teniendo una extraña sensación de embotamiento.

— Buenas tardes —dijo el hombre sacando de sus pensamientos a Severus — soy Ollivander. ¿Y usted es...?

— Severus Snape... —respondió nervioso por la inquisitiva mirada que le lanzaba Ollivander mientras con una cinta le medía los brazos, el cuello y las piernas. Al rato, ésta solita le midió las fosas nasales. Ollivander le entregó una varita cuando la cinta terminó su trabajo.

— Agítela —indicó —, veintitrés centímetros, madera de mármol, fibra de dragón.

Severus obedeció, pero lo único que consiguió hacer fue que temblara el suelo haciendo que unos cuantos muebles se enchuecaran.

— No, no, no, tome esta, veinticinco centímetros, madera de álamo, pelo de unicornio.

Nuevamente provocó daños, esta vez se rompió el vidrio de la vitrina, pero Ollivander lo arregló con un hechizo.

— Vamos, la tercera es la vencida. Treinta centímetros, madera de palmera, rígida, pluma de buitre.

Apenas agarró la varita salieron unas chispitas doradas y lo rodearon por unos instantes y se esfumaron.

— ¡Eso es! — corroboró Ollivander con una sonrisa — esa es una linda varita, ¿señor Severus...?

— Snape.

— Ah... sí, sí, ¿usted es hijo de Roderick Snape, el Inefable?

Severus se deprimió al oír la pregunta, no le hacía ninguna gracia recordar que era hijo de un asesino. Pagó rápidamente, dejando el dinero en el mostrador.

— Sí —respondió con fastidio —, gracias, adiós.

Se fue a paso rápido y se dirigió a comprar las últimas cosas que le faltaban a Mr. Anderson, una tienda donde se comerciaban objetos para pociones, calderos, etc.

Había más gente que en los otros negocios. Buscó lo necesario y se puso a la cola para pagar en la caja. Delante de él se encontraba un chico rubio que se volteó para mirar a la puerta y luego lo observó.

— ¿Vas a Hogwarts? —preguntó en tono confianzudo y arrastrando las palabras.

— Sí —respondió apesadumbrado.

— Qué bien, yo igual. Me llamo Lucius Malfoy, ¿y tú? —dijo el rubio extendiéndole una mano.

— Severus Snape — dijo ya en tono normal estrechando la mano de Lucius.

Pasaron casi diez minutos hablando, hasta que a Lucius le tocó el turno de pagar. Al despedirse de Severus fue muy simpático.

— ¡Adiós Severus, te veré en el Expreso de Hogwarts!

Severus le dirigió una sonrisa, una de esas sonrisas que no esbozaba hace años... sólo cuando le hablaba a su madre o a su conejo Bob. Pagando también sus compras, salió de la tienda y fue a unirse con Polly que lo esperaba en una polvorienta chimenea, como se lo había pedido, al final de la calle.

— Ya tengo todo, amo -dijo Polly mostrándole una gran bolsa que agarraba con su mano, y la otra en que tenía a una preciosa lechuza negra. Ambos viajaron a través de las abrasadoras llamas del fuego, hasta llegar a la mansión.

Al otro día su nerviosismo superaba el límite. ¡No estaría en la casa durante diez meses! Eso significaba no tener que aguantar los insultos de su detestable padre... y hacer lo que quisiera; de seguro en el colegio Hogwarts debía de haber biblioteca, y quizá podría sacar algunos libros de Artes Tenebrosas para aprender más sobre ellas... pero antes, para entretenerse en el camino tenía que apoderarse de algunos de la biblioteca de Roderick, para divertirse en el tren junto a Lucius. Eran las 6:32 de la tarde, su padre estaba tomando la siesta, era el momento perfecto para quitarle algunos libros. Con sigilo salió de su cuarto y miro a los alrededores. Fue al cuarto matrimonial, pero no necesitó aproximarse mucho porque su padre roncaba horriblemente, así que con rapidez fue a la biblioteca, sacó su inseparable tijera y abrió la puerta. Como era de esperarse varias velas se prendieron.

Sacó dos libros de cada estantería de Artes Tenebrosas, los cuales eran pesadísimos y tuvo que llevarlos de a tres para que no se le cayeran. Los guardó en su baúl y aprovechó la ocasión de ordenar las otras cosas de Hogwarts.

A las siete en punto dejó todo impecable y, por supuesto, su padre ni siquiera imaginaba que había entrado furtivamente a su amada biblioteca.

La cena fue igual de incómoda que siempre: Roderick le lanzaba bromas pesadas e insultos, pero Severus se mantenía en sus cabales y prefería no hacer comentarios. Incluso Polly abrió la boca varias veces para defender a Severus, pero éste le hacía señas para que se quedara callada. Cuando al fin terminó de comer, fue a su dormitorio, se puso el pijama y se durmió con facilidad.

— Bueno, como me sacaste esos libros sin permiso, no podrás ir a Hogwarts —dijo su padre, tranquilamente.

— ¡¿Qué?! —gritó enojado Severus.

— Eso amo, que si no se levanta, no podrá llegar al colegio... —chillaba alguien a su oído.

Alguien, le movía el hombro con frenesí. Era Polly, quien tenía sus enormes ojos puestos en la cara de Severus.

— El amo Rod mandó a Polly donde el amo Severus para que le avisara que son las nueve y media, y que se tiene que preparar para que vayan a la estación.

Severus estaba aturdido, se levantó con mucho sueño a pesar de que había dormido bastante, y se fue a darse un baño. Tardó unos diez minutos mientras recordaba la pesadilla con su padre, luego se vistió y bajó a tomar su desayuno.

— Apúrate, son casi las diez —bramó su padre fulminándolo con la mirada —. Tengo que llevarle a la estación King's Cross ¿no?

— Sí —afirmó gélidamente Severus cuando tragó un pedazo de tostada.

Roderick le dirigió otra mirada asesina y con un "te iré a dejar en el auto que me favoreció el Ministerio" se fue de la cocina. Severus no terminó de comer su tostada de lo tan ansioso que estaba por ver de nuevo a Lucius. Se lavó los dientes, agarró su baúl (que con ayuda de su padre lo subieron a la maleta del auto porque estaba tan pesado con todos los enormes libros que llevaba, que incluso Roderick se lo preguntó):

— ¿Qué diablos llevas aquí, engendro? ¿Piedras?

— Libros — los ojos de su padre brillaron con un toque de malicia— libros que me pidieron en el colegio — se apresuró a decir al ver la reacción de su padre.

— Ah... sí, lo olvidaba —reconoció Roderick mientras cerraba la puerta de la maleta.

Los dos subieron al auto lujoso y partieron. Salieron de Saint Ferdinand y pasaron por la ciudad de Londres que estaba repleta de edificios y artefactos extraños, como un poste que tenía tres lucecitas de colores (rojo, verde y amarillo) y que según su padre eso le indicaba algo a los transportes. Severus nunca había visto el mundo Muggle, todos los años de su vida se la había pasado en lugares totalmente mágicos y en su propia mansión.

Al cabo de treinta minutos llegaron a la estación que estaba abarrotada de muggles frenéticos que alegaban que estaban atrasados y que hablaban por un objeto pequeño que se lo ponían junto a la oreja. Colocaron el baúl en un carro, pero algo hizo que el alma se le cayera a los pies: ¡la lechuza se le había quedado!

— Eh... papá —dijo tímido —mi lechuza se quedó en mi cuarto...

Roderick miró su reloj con apariencia calculadora.

— Nos quedan quince minutos— dijo, y para la sorpresa de Severus no se notaba molesto, de milagro —, entra a la estación y ve a los andenes nueve y diez. Lo único que tienes que hacer es cruzar la pared y procurar que ni un muggle te vea. Voy por la lechuza.

Y haciendo un movimiento desapareció del lugar en el que estaba.

Como le pidió Roderick, Severus entró a la estación que estaba repleta y caminó hasta la pared que tenía los números 9 y 10. Miró hacia atrás nervioso y luego a la pared. Se veía tan sólida... ¿y si chocaba? Quizá su padre le tenía una trampa para que hiciera el ridículo, pero se decidió. Volvió a echar un vistazo al lugar y empujando con todas sus fuerzas el carrito, avanzó hacia la barrera y... atravesó.

Un esplendoroso tren rojo escarlata estaba estacionado en unos rieles, y despedía un intenso humo. En un letrero decía "Expreso de Hogwarts" y eso ya lo alivió. Caminó un poco más con bastante esfuerzo para mantener el carro derecho y en ese preciso momento apareció su padre provocando otro estruendo al aparecer, junto a la jaula y la lechuza negra.

— Aquí tienes —dijo fríamente entregándosela a su hijo —. Bueno, espero que te portes bien y no hagas maldades.

Severus lo miró y se dio cuenta que su mirada era amenazadora. Sin decir nada miró hacia otro lado. Su mirada encontró al chico de gafas y cabello revoltoso que había visto en la tienda de Madam Malkin, que luchaba con su madre que insistía en abrazarlo y besarlo cariñosamente. Eso le incomodó bastante.

— Ya es la hora de que subas al tren — anunció su padre suspirando —. Tráeme buenas calificaciones... adiós.

Le dio una palmada en el hombro y desapareció. Severus tomando nuevamente el control de su carro caminó por el andén yendo hacia la puerta.

— ¡Eh! ¡Severus! — gritó una voz reconocida. Giró sobre sus talones y vio a Lucius que caminaba hacia a él.

— ¡Hola! —saludó ya más feliz — ¿Me ayudas con el baúl y la lechuza?

— Claro, espera, iré a dejar a la lechuza al vagón en el que estoy y ya te vengo a ayudar con tu equipaje.

Cumplió su palabra, y a los veinte segundos regresó y ayudó a cargar el pesado baúl de Severus. Fueron a la mitad del tren, y lo colocaron en el portaequipajes. Cuando se sentaron justo sonó el pitido que avisaba que el tren se pondría en marcha.

Pasaron las dos horas enteras conversando sobre sus vidas, gustos e ideas, y ambos coincidían en varias cosas y eso hizo que se agradaran. Pasó el carrito de la comida y compraron ranas de chocolate (que traían unas figuritas coleccionables con fotografías y concisa información sobre un mago o bruja famosos), también empanadas con formas de caldero, grageas de todos los sabores y Meigas fritas.

— Entonces… ¿Me muestras los libros de Artes Tenebrosas? —dijo Lucius, mientras comía su empanada.

— ¡Claro!

Con cuidado abrió su baúl y sacó un enorme libro con cobertura negra y letras doradas que decían: "El Bello Infierno".

Mientras comían iban leyendo conjuros y creencias oscuras, Severus y Lucius estaban completamente fascinados y absortos en la lectura. Avanzaron muchas páginas hasta que apareció una chica de Gryffindor que estaba inspeccionando cada vagón.

— ¿Qué tienen ahí? —preguntó recelosa. Era morena y delgaducha.

— ¿Qué te importa? —preguntó Lucius desafiantemente — ¿Quién eres?

— ¡Mucho cuidado, chiquillo! Soy Mary Rottluf, voy en séptimo y soy prefecta, así que sino quieres que te castigue, respétame.

— Bueno, Rottluf — dijo en tono frío Severus — estamos leyendo unos de nuestros libros escolares, ¿hay algún problema en eso?

La muchacha hizo un gruñido y se fue caminando con ímpetu y la cabeza en alto.

Pasaron el viaje restante durmiendo, conversando y leyendo, hasta que cuando tan solo quedaban quince minutos, otro prefecto les dijo que se pusieran el uniforme. El tren disminuyó la velocidad. Ninguno de los dos niños se había dado cuenta de que llovía a cántaros. Snape iba a tomar su equipaje pero Lucius le dijo que no lo hiciera.

— Después alguien los lleva a los cuartos, eso fue lo que dijo mi padre.

Bajaron y oyeron una voz ronca que decía:

— ¡Los de primer año por aquí! ¡Los de primer año por aquí!

Siguieron la voz y vieron a un hombre con una túnica impermeable bastante viejo y con cara de enfermo. Los llevó por un túnel que llevaba a un lago con un muelle y varios botes.

— ¡Cuatro por bote! —gritó.

Severus y Lucius subieron junto a otras dos chicas tontitas que chillaban de la emoción.

Los transportes se deslizaban suavemente por el oscuro lago, hasta que hizo un repentino doblaje y divisaron un enorme y hermoso castillo que se alzaba orgullosamente exhibiendo sus majestuosas murallas, atalayas y grandes ventanas iluminadas.

Se produjo un prolongado "Oooooh" cuando vieron el castillo.

El hombre los hizo bajar y los condujo por otro túnel más que los llevó a unas grandes puertas de roble macizo y pulido. Todos los alumnos entraron y llegaron a un vestíbulo que estaba iluminado por antorchas.

Los niños y niñas hablaban emocionados, pero todos los murmullos cesaron cuando una mujer con cara extremadamente severa apareció. Era alta, usaba lentes cuadrados y tenía el cabello negro amarrado en un rodete, no representaba más de treinta años.

— Gracias, Ogg —pronunció con una voz tan severa como su rostro al hombre que hizo llegar a los niños al vestíbulo —. Bienvenidos a Hogwarts. Habrá un banquete para celebrar el nuevo año escolar, pero antes tendrán que ser seleccionados para sus casas. La Selección es una ceremonia muy imprescindible y de suma importancia porque, eso significa que mientras ustedes estén aquí, sus compañeros de casa serán como su familia. Las clases se efectuarán con la casa que les toque, dormirán en las habitaciones de sus casas y pasarán el resto del tiempo sobrante en la sala común de su casa.

"Son cuatro casas y se denominan Gryffindor, Slytherin, Ravenclaw y Hufflepuff. Cada una de estas casas tiene su ilustre historia y cada una ha producido grandes magos y hechiceras. Sus triunfos en Hogwarts se recompensarán con puntos, al igual que si no cumplen las reglas se les restarán. Al final de año se premiará con la Copa de la Casa a la casa con más puntos. Espero que cada uno se conforme y enorgullezca con la casa que les toque.

"La Ceremonia de Selección no tardará en ejecutarse, y será al frente del todo el alumnado del colegio. Ahora mientras esperan, por favor formalícense lo más que puedan.

Dicho esto, la profesora se retiró.

— ¿Tú sabes como nos seleccionan? —preguntó Severus a Lucius.

—Bueno, mi padre me dijo que hay un sombrero que se coloca y te dice a qué casa ir. Yo iré a Slytherin, estoy seguro. Es la mejor casa y todos mis antepasados han pertenecido allí.

— Yo también tengo que ir a Slytherin—corroboró Severus —, lo único que sé es que mi padre estuvo en esa casa, y si no quedo seleccionado sería una decepción para él...

La profesora McGonagall volvió a aparecer con un pergamino en las manos.

— Síganme, por favor — dijo orgullosa.

Avanzaron torpemente por un pasillo detrás de la mujer y luego entraron a un comedor enorme, con cientos de velas y cuatro mesas largas en que se hallaban los otros alumnos de cursos superiores.

— Vaya... —musitó Severus mirando el techo... o el cielo.

— Está encantado, mi padre me lo dijo — susurró Lucius también mirando el techo encantado que mostraba como las nubes negras y las inmensas gotas caían.

En varias ocasiones se mostraron rayos que iluminaban tenebrosamente el cielo.

—Silencio, por favor —exclamó enérgicamente la profesora McGonagall a los estudiantes de primer año.

De pronto todos los estudiantes quedaron mirando atentamente a un sombrero mohoso y raído que tenía varias hilachas sueltas, que estaba encima de un taburete de cuatro patas. Una rasgadura se abrió en éste y con voz tronante y melodiosa empezó a cantar:

Me presento, soy el sombrero

El sombrero que te seleccionará

Soy más sabio que todos

Y nadie me podrá igualar

Son cuatro casas y tan sólo en una quedarás

Y yo aquí las nombraré y tú lo pensarás

En Ravenclaw van los sabios

Que se rompen los codos estudiando

El Grandioso Gryffindor te aceptará

Si muestras tu valentía hacia los demás

Slytherin va a elegirte

Si eres ambicioso y de buena estirpe

Por último, si estás desesperado

El hábil Hufflepuff te acogerá

Si eres bueno y educado

Y no te olvides de mis consejos

Ya que soy yo el que te los dejo

Me despido hasta el otro año

Pero ahora me encontraré con tu cabeza

Y descubriré con mi sutileza la casa en la que te quedas

Todo el gran comedor estalló en aplausos y chiflidos.

— Ahora —dijo la maestra McGonagall— yo los llamaré y se colocaran el sombrero para que los seleccione en la casa correspondiente y luego se reunirán con sus compañeros en las mesas respectivas para compartir el banquete con ellos. ¡Addams, Jason!

Un muchacho de pelo color paja se acercó a zancadas al taburete. Se probó el sombrero y tras unos segundos éste voceó:

— ¡HUFFLEPUFF!

— Black, Bellatrix.

— ¡SLYTHERIN!

— Black, Narcisa.

— ¡SLYTHERIN!

— Que chica tan guapa... —susurro embelesado Lucius mirando a la tal Narcisa Black. Severus no dijo nada. No le encontraba absolutamente nada de bonita.

Era rubia blanca y de ojos azules, pero ninguna princesa.

— ¡Black, Sirius!

Un niño de aspecto engreído, pelo negro, tez blanca y ojos pardos se puso el sombrero.

— ¡GRYFFINDOR!

Con una gran sonrisa de satisfacción se fue a sentar a la mesa de Gryffindor.

La profesora continuó llamando a los estudiantes (Bones, Amelia para Hufflepuff; Bones, Edgar para Ravenclaw y Crabbe, Stuart para Slytherin), hasta que llegó a:

— Evans, Lilian.

Una chica menuda, pelirroja y deslumbrantes ojos verdes se colocó el sombrero. — ¡GRYFFINDOR! —anunció el sombrero con euforia.

Ahora que Severus lo pensaba mejor se dio cuenta que esa muchacha era la misma que había visto en Ollivander y se demostraba igual de orgullosa que ese día.

Ya comenzaba a ponerse nervioso, ¿qué pasaría si no quedaba en Slytherin?

— Jolesy, Triniti

Una niña con expresión despistada se puso el sombrero en el castaño cabello.

— ¡HUFFLEPUF!

Su padre lo cortaría en pedacitos y no podría estar con Lucius...

— ¡Longbottom, Frank!

— ¡GRYFFINDOR!

¿Qué tal si quedaba en Hufflepuff? Por lo que le había comentado Lucius esa era la casa de los tontos...

— Lupin, Remus.

O si quedaba en Gryffindor, donde pertenecían todas las sangres sucias...

— MacDougall, Florence.

¡¿Florence?! Reaccionó de inmediato y empezó a mirar a todos lados para ver a esa tal Florence. Era un poco más alta que él, de pelo negro y largo hasta los hombros y blanquísima (le recordó a la hechicera Blanca y los siete elfos domésticos). La chiquilla se sentó en el taburete y se puso el sombrero.

— ¡RAVENCLAW!

Iba a sumirse otra vez en sus pensamientos, pero justo llamaron a Lucius que quedó en Slytherin, así que se obligó a tranquilizarse.

— Pettigrew, Peter.

— ¡GRYFFINDOR!

— Potter, James.

Por fin pudo saber quien era el chico de anteojos y pelo desordenado. Sin por qué le dirigió una mirada despectiva a aquel muchacho. No le había agradado para nada cuando le hizo la gracia de poner los ojos turnios. No le gustaban ni las bromas ni los chistes, a menos que él los dijera. Y para más remate, Potter quedó en Gryffindor, y eso justificaba que no podía entablar amistad. Lucius le había revelado que los de Slytherin con Gryffindor se odiaban...

— ¡Snape, Severus!

Dio un respingo. Se acercó algo mareado, subió una pequeña escalinata y se sentó probándose el sombrero.

— Vaya, vaya... —dijo una voz intensa en su mente — veo astucia y codicia... veo venganza... sí... ya sé cual es tu lugar. ¡SLYTHERIN!

Con el corazón casi fuera del pecho se fue a sentar junto a Lucius que, con anticipación le había reservado un puesto.

Por último llamaron a Alice Ulrich, una niña de cara redonda y risueña que quedó en Gryffindor.

Severus y Lucius se quejaban del hambre que tenían. Las mesas estaban repletas de platos, fuentes, cubiertos, copas y jarros de oro puro. Severus miró el plato en el que se reflejó, esperando a que hubiera alguna señal de comida, pero nada.

El bullicio del Gran Comedor no duró demasiado. En la mesa de profesores un hombre alto, delgado, con lentes de media luna, de barbas y pelo largos de color rojizo y plateado, lució su túnica color azul marino y estrellas doradas cuando se puso de pie.

— ¡Bienvenidos a los viejos y a los nuevos! —dijo con una amplia sonrisa y los brazos extendidos— Paras que no lo saben soy su director, Albus Dumbledore. Me gustaría que se enteraran de algunas cosas pero por ahora no, ya habrá tiempo para eso. ¡A comer!