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Alleine Zu Zweit — capítulo 1

Ella se encontraba detrás de una enorme vitrina de vidrio. Había estado allí por toda su vida, recluida del resto del mundo, y pasaba sus días observando las acciones de los demás. Parecía ser invisible para todos, nadie la miraba, ni siquiera reparaban en ella y su enorme muro de cristal. Pero para ella el mundo exterior lo era todo. Un día, cuando comenzaba a anochecer y el cielo estaba tiñéndose de un púrpura intenso, vio a un hombre joven a lo lejos, un hombre que la veía. Era la primera persona que no la ignoraba, que reparaba en ella, y que la perseguía con la mirada con verdadera insistencia. Ella comenzó a golpear los muros, pero la transparente construcción resulto ser de un material tan fuerte y sólido como el odio mismo; no había puertas o ventanas, ni una pequeña debilidad. Estaba encerrada, aislada, tan lejana de aquel joven. La desesperación la llevo a sentarse en el suelo de su cristalino escondite y llorar amargamente sus frustraciones. Pero el joven se acerco y posó su mano junto con su espíritu en el, ahora, delicado y frágil cristal. Y cuando ella lo vio, no pudo hacer más que ponerse de pie e imitarlo. Así paso el tiempo. Ellos se miraban mientras la gente pasaba; ellos se tocaban, auque tuvieran un muro entre si. Pero la desesperación comenzó a corroerla de nuevo; tenía que salir y estar con el de verdad, pero... ¿como? No había manera...! Y de nuevo se tiro a la desgracia dejándose caer en la inmensa soledad que llenaba aquel diminuto lugar de cristal. Y nada podía haberla levantado de aquel lugar. El verlo y no poder estar realmente con el era un sufrimiento abismal. Las lágrimas comenzaron a surcar su delicado rostro. De pronto, sintió la presencia de alguien más junto a ella. Levanto el plañidero rostro, y se encontró con aquel joven, el cual había logrado entrar a su cárcel. Ella se puso de pie y el tomo su mano con firmeza. Se observaron con mas intensidad, si es que es posible, que cuando el se encontraba afuera. Despues el la abrazo y ella se sintió protegida, como nunca antes -a pesar de que nunca había logrado sentir el temor en verdad-. El tiempo dejo de correr, y el viento estremeció los árboles que se encontraban afuera. A ellos no les importo. Estaban allí, juntos, sin nada que los inmutara. Y en medio de aquella experiencia tan maravillosa, el le dio un beso y acaricio su mejilla con suavidad mientras ella sonreía. Despues, el dio la media vuelta y salio de allí, para no volverla a encontrar jamás. Ella, sin poder entender la facilidad con la que el había logrado salir de allí, comenzó a golpear de nuevo con desesperación para llamar su atención, o para encontrar una salida que llevara hasta el. Pero todo intento fue en vano. Se quedo allí, encerrada en su propia prisión, recordando al fugaz amor que llego hasta ella y luego, sin razón alguna, la abandono.