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Historia 25762 — capítulo 1

Capítulo 1

El dolor oculto de mi alma.

Ciento cuarenta y dos escaleras, siete pisos, las mazmorras, varias torres, un extensísimo Bosque Prohibido, un vasto terreno verde, más de 100 aulas y otros tantos pasillos, algunas torres y despachos de profesores, la lechucería, la enfermería y la biblioteca y quién sabe cuantos otros lugares que no recordaba en ese momento y él tenía que estar justo en el Gran Comedor frente a todo el colegio.

Doscientos ochenta alumnos, unos quince profesores o más, un celador con mal humor, un director, un guardián de los terrenos incompetente y quien sabe cuantas criaturas más en el Bosque Prohibido y de todos esos individuos el único con esa porquería encima era él.

Tres malditos globos habían estallado en su cabeza después de recorrer el salón por más de quince minutos divirtiendo a sus compañeros. ¡Hasta el director se había reído de las piruetas de los globos! Y por si esto fuera poco el jefe de su casa, el interesado de Slughorn, le había preguntado si se encontraba bien entre risas. Y para rematar la primera noche de su ultimo año en el colegio, la profesora McGonagall, jefa de la casa a la que pertenecían los tres idiotas que lo habían dejado en ese estado, mientras los regañaba asumiendo que era los responsables de todo aquello con la expresión mas dura y enfadada que le había visto en los seis cursos anteriores, lo enviaba a su sala común a “quitarse esa porquería” mirándolo con compasión. ¡Odiaba que le tuvieran lastima!

Y a eso iba. Pero como su suerte no acababa allí, por el camino se cruzó con Filch, el insoportable celador, que le gritó hasta dejarlo casi sordo por ensuciar sus pisos el primer día del curso. Por fin llegó a las mazmorras donde estaba su Sala Común. Ya estaba en territorio Slytherin, ya no tenía que preocuparse por las burlas de los que lo cruzaban por el camino. Si un Slytherin lo veía en ese estado lo más probable era que lo mirase con asco. Por suerte se cruzó solo con dos de ellos, que estaban muy entretenidos en lo suyo como para notar su asquerosa presencia. Afortunadamente el prefecto de ese año encargado de la contraseña de la puerta era el idiota de Avery. De haber sido otro hubiera tenido que volver a preguntar la maldita contraseña o esperar a que algún alumno o la parejita que había cruzado por el camino se decidieran a entrar. Pero Avery, lejos de ser el joven astuto que el mismo pregonaba ser, era un completo inútil y tan predecible que solo había dos posibles opciones: “Fuera a los inmundos sangre sucia” o “Sangre pura”. Y él lo conocía tan bien que acertó a la primera.

Bajó una pequeña escalera más al entrar en la Sala Común y fue directo a su cuarto. Empujó la puerta del baño con rabia, se quitó la ropa a los tirones y se metió en la ducha. Abrió el grifo y con el agua tan caliente como lo soportara su cuerpo se paró bajo el chorro para quitarse esa apestosa baba verde de su cuerpo. Le costó casi treinta minutos quitarse esa porquería. ¡Hasta dentro de las orejas había llegado! Podría habérselo quitado con magia, pero necesitaba relajarse. La despedida en King’s Cross no había sido la mejor. Su madre ocultando su rostro de la gente, por culpa de la tremenda golpiza que su padre le había dado antes de salir de casa, y su padre tan ebrio como le era posible amenazándolo con hacerle mas daño a su madre si se le ocurría abrir la boca. Pasó todo el viaje tratando de pensar que su madre estaría bien, que llegaría a casa a salvo, que ese ebrio mal nacido se dormiría en el auto y su madre tomaría el control del vehículo para no estrellarse contra un árbol. Intentó imaginarse que nada de eso sucedía en realidad, pero pasó las casi siete horas de viaje preocupado por ella. Estaba deseando terminar de cenar para poder escabullirse a la lechucería a enviarle una lechuza para saber si estaba bien. ¡Pero ni siquiera lo habían dejado cenar! Y ya no tenia ganas de hacerlo tampoco.

Ya estaba harto de esa situación, solo quería venganza. Que esos tres infelices pagaran cada humillación, cada tortura, cada vergüenza que el había pasado por su culpa. Dejó correr el agua unos cuantos minutos más. Era lo único que lo relajaba. En poco tiempo más aparecería el odioso de Black y debía comportarse frente a él. No porque sintiera miedo en su presencia. Solo lo hacia porque conocía a la familia Malfoy y, si todo salía bien en ese curso, Régulus le había ofrecido contactarlo con el Señor Malfoy en cuanto se graduara. No sabía muy bien a que se dedicaba ese hombre, pero los Malfoy eran gente muy influyente y de muy buena posición en el mundo mágico. No podía dejar pasar la oportunidad como tampoco podía dejar que se conociera su origen. Si Abraxas Malfoy se enteraba que era un sangre sucia lo borraría de su lista al instante.

Oyó la puerta. Seguro había pasado más tiempo del que creyó. Pero no importaba, si alguno de sus compañeros quería el baño tendrían que hechizarlo, otra vez, para sacarlo.

Alguien golpeó la puerta otra vez y una voz muy conocida por Severus preguntó:

-¿Estás bien?-

-…-

-¡Ey! Amigo ¿Estás bien?-

-…-

-¿No te habrás ahogado no?- dijo entre risas su mejor amigo Evan Rosier.

Parecía mentira que fueran tan amigos. Los dos eran muy diferentes a la vista de los demás. Evan era bastante popular, las chicas lo seguían como moscas. No tanto como a los odiosos merodeadores, pero tenía sus admiradoras. Le gustaba divertirse y no perdía oportunidad para ello. No dudaba un solo segundo en escaparse a algún aula vacía e insonorizarla con algunos compañeros más a festejar la más absurda de las cosas que sucedieran con tal de tener una excusa para estar de juerga. Él, por el contrario, era lo opuesto de lo que se veía de su amigo. Siempre solo, sin nadie a su alrededor, ningún amigo, solo Evan. Tratando de pasar desapercibido siempre. Solo en las comidas, en clases o cuando iban a la biblioteca se mostraban juntos. Nadie entendía como era posible que fueran amigos siendo tan diferentes.

Pero ellos sabían muy bien que los unía la misma desgracia y la misma sed de venganza. En el fondo, uno era tan frío y calculador; tan manipulador y capaz de todo, como lo era su compañero. Desde el primer momento reconocieron en la mirada del otro el dolor de tener un padre violento. Poco a poco se fueron acercando hasta llegar a contarse cada detalle e incluso, en vacaciones, curarse las heridas. Y aunque los dos habían tomado diferentes actitudes ante esta situación sabían perfectamente que podían confiar uno en el otro.

-Severus. ¿Estás bien? Contesta por favor.- en la voz de su amigo podía notar la preocupación. Pero no le importaba. Solo quería estar solo y tratar de calmarse o mataría a uno de los merodeadores.–Abre tú o lo haré yo. Me estás preocupando Sevy.-

Esa fue la gota que desbordó el vaso. Otra vez sintió que la ira desbordaba cada poro de su piel. Completamente mojado y desnudo salió del baño y aprovechándose de la sorpresa de su amigo lo agarró del cuello y lo aprisionó contra la pared.

-Creo haberte dicho un millón de veces que no me llames así.- dijo apretando los dientes.

-Al menos te hice salir. Ya sé que no te ahogaste.- Severus apretó más la mano que sostenía el cuello de su amigo.

-Déjame en paz o tú también entraras en mi venganza.-

-No me asustas. Soy tu amigo. Por muy malvado que seas nunca me harías algo a mí.- Severus lo miraba con furia a los ojos. Evan intentaba no sonreír a causa de los nervios. En el fondo no estaba tan seguro de que, en ese estado de nervios, su amigo no fuera capaz de hacerle daño. –Estas mojando todo el piso.- dijo en un pobre intento de cortar la tensión.

Severus, enojado como había salido, entró al baño por una toalla que se envolvió alrededor de la cintura y volvió a salir. Buscó su varita entre sus cosas y con un movimiento casi distraído secó el charco de agua que se había formado junto a la puerta del baño, donde minutos antes casi ahorca a su mejor amigo.

-¡Ya cálmate! ¿Quieres? Relájate un poco. Todos los años te hacen lo mismo. ¿Qué te hizo pensar que esta vez no lo harían?- Severus seguía sin responder. Harto ya del mal humor de su amigo, Evan, hizo lo único que podía hacer en un caso como ese: hacerlo rabiar al máximo para que se descargara con él. Era eso o conseguir un permiso para visitar a su amigo en Azkaban después de que el Ministerio lo encerrara por asesinar a tres personas. -¿Piensas pasearte así por la habitación durante todo el curso?- le dijo mordiéndose el labio de forma seductora.

-¿Qué más quisieras?-

-Que te quitaras la toalla.-

Severus no era tonto. Sabía lo que Evan intentaba y no lo permitiría. Si se calmaba nunca lograría planear algo lo suficientemente vergonzoso para esos tres. Por eso decidió seguirle la corriente.

-Tus deseos son órdenes.- y dejó caer al suelo el único trozo de tela que cubría su cuerpo desnudo. -¿Estás seguro?-

-¿De qué?-

-De que mis deseos son órdenes.- se levantó de su cama, donde se había sentado a frotarse el cuello. –De pasearte desnudo frente a mí.- se acercó peligrosamente. –De inclinarte de esa forma.-

Severus se había inclinado sobre su baúl buscando algo de ropa sin darse cuenta de la cercanía de Evan hasta que fue demasiado tarde. Lentamente se incorporó, se giró para quedar frente a frente una vez más, pero esta vez dejó la violencia de lado. En el fondo, muy, muy en el fondo, siempre le agradecía que lo frenara a tiempo. No les tenía miedo a esos tres, pero dentro del colegio contaban con la gracia de muchos profesores, incluido el director. Y no podía arriesgarse a un castigo que manchara su reputación. ¡Maldito Malfoy por ser tan exigente y malditos merodeadores por no dejarlo en paz! Pero estaba seguro que fuera del colegio buscaría su revancha. Se miraron a los ojos sabiendo que entre ellos dos esa amistad que tenían era tan fuerte como la de sus enemigos declarados.

-Algún día lograras que me crea toda esa estupidez de que te gusto.-

A modo de respuesta, Evan se inclinó hasta el baúl rodeando el cuerpo de Severus y tomó un bóxer y el pantalón del pijama sin dejar de clavar sus ojos azules en los negros de su amigo. Sonrió desafiante, como invitándolo a averiguar que tan ciertas eran sus palabras. No aguantó y soltó una carcajada. Mientras se alejaba le arrojó las prendas que había tomado y recostándose en su cama con las manos detrás de la nuca le dijo:

-Vístete de una vez. Si entraran los demás y te vieran a ti desnudo y a mí sin camisa sería muy difícil explicar que no es lo que parece.-

Fue en ese momento que Severus lo notó. Evan se había quitado la camisa y él no se había dado cuenta. Se sentó en su cama y mientras se vestía no pudo dejar de pensar en la forma en la que bromeaba su amigo. A él le había dado por aislarse del mundo. ¿Habría optado su amigo por fijarse en los hombres de verdad? ¿O solo sería un juego para hacerlo enojar a él? Tendría que pensarlo algún día.

-Te traje algo.- sacó un manojo de entre su ropa y lo volvió a su tamaño normal. –Te fuiste sin comer.-

-¿Y que pretendías? ¿Qué comiera lleno de esa porquería?-

-Gracias Evan, amigo mío.- dijo fingiendo enojo. –A veces me pregunto ¿Por qué diablos seré tu amigo?-

-Gracias.-

Se sentó en su cama a comer. No era una delicia, pero el hambre era más fuerte. No comía desde la noche anterior. Apartó un trozo de zapallo. Evan volvió a olvidar que lo detestaba. En su mente giraban un montón de cosas a la vez. Su madre, su posibilidad junto al Señor Malfoy, los malditos merodeadores y su amigo. Últimamente, los jueguitos de Evan eran más frecuentes.

-Ya deja de pensar en la revancha.-

-No pensaba en eso.-

-¿Y en qué pensabas entonces?-

-En mi madre.- mintió a medias.

-¿Otra vez?-

-Sí. Esta mañana antes de salir para King’s Cross.- Evan dejó su posición cómica y divertida y se sentó en la cama de su amigo de frente a él. –No sé si sentirás lo mismo pero... ¿Sabes? Antes, cuando llegaba el momento de volver aquí lo veía como una salvación. A pesar de que esos idiotas no me dejan en paz siempre es preferible hacer el ridículo que no saber si te levantaras vivo al día siguiente.- Evan comprendía perfectamente el estado de su amigo. –Pero hoy no pude evitar sentirme culpable. No puedo quitar sus ojos de mi mente. Es como si con la última mirada me estuviera pidiendo auxilio.-

-Sabes que nunca haría eso. Nunca te pondría en peligro por pedirte ayuda.-

-Siento que la abandone a su suerte.- con los ojos llorosos miró fijo al plato de comida. Nunca nadie lo había visto llorar. Ni siquiera Evan. -No lo sé. Tengo que encontrar la manera de sacarla de allí lo antes posible. No tendría que haber vuelto este curso. Ya soy mayor de edad. Podría haberme negado a volver y buscar un empleo que me permita...- pero Evan no lo dejó seguir.

-Sabes que si dejas ahora no podrás conseguir un trabajo que te permita huir con tu madre lo más lejos posible de ese infeliz. Si te vas ahora Malfoy nunca te dará una posibilidad entre los suyos. Tu mejor opción es quedarte aquí, terminar el curso con las mejores notas posibles, graduarte y correr a Malfoy a suplicarle por un trabajo que te dé lo suficiente como para alejarla de tu padre.-

Sabía que su amigo tenía razón. Su mejor opción era ser el primero en la lista de Malfoy. Y para eso debía esforzarse mucho ese curso para graduarse con las mejores calificaciones. Pero el tormento que vivía su madre no lo dejaba dormir tranquilo. Eileen Prince era una mujer sumamente buena y cariñosa con su hijo. Pero había tenido la mala suerte de cruzarse con ese desgraciado que desde un primer momento la había golpeado. Una tímida lágrima asomó en su rostro. Habitualmente no lloraba. No se daba el lujo de ser débil, mucho menos frente a alguien más. Pero Evan había demostrado muchas veces entenderlo y él sabia que eso se debía a que los dos sufrían por lo mismo. En otro momento se hubiera obligado mentalmente a no hacerlo. Pero llorar frente a Evan significaba para él una vía de escape para su dolor y la culpa que sentía al dejar a su madre sola por nueve largos meses.

Evan no podía creer lo que veían sus ojos. Severus estaba llorando. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber que si había llegado hasta ese punto era porque realmente ya no soportaba más la vida que le tocó en suerte.

Miles de cosas pasaron por su mente en ese momento. Reñirlo por ser tan débil, bromear para quitarle tensión al asunto, ayudarlo a planear su venganza a los merodeadores para que descargara su ira. Pero de todas esas ideas, solo una le salía en ese momento. No necesitaba pensar, tampoco hablar, solo dejarse llevar y eso hizo.

Con el riesgo de recibir un golpe, un insulto y hasta una maldición, se acercó a su amigo y lo abrazó. Al principio le costó reaccionar. Pero al final Severus correspondió al abrazo aferrándose a su amigo. En el fondo lo que más quería en ese momento era matar a ese hombre que tenia por padre, pero también quería ocultar su rostro por el que ya resbalaba una catarata de lágrimas. Se sentía frustrado por no poder contenerse. Pero el abrazo de Evan parecía ser lo indicado en ese momento.