← Kalodria, Libro I - La Princesa Spika · de
Kalodria, Libro I - La Princesa Spika — capítulo 15
-
¡Mamá, mamá! ¿Puedo salir a jugar, mamá?
-
No, tesoro.
-
¿Y mañana?
-
Tampoco, mi amor.
-
¿Por qué, mami? Me aburro mucho aquí.
Los ojos verdes de la mujer se empañan de lágrimas. Se arrodilla junto a su hijo de cinco años y lo abraza con fuerza.
-
Perdóname, hijo mío…Lo siento tanto.
-
¿Mamá? ¿Por qué lloras, mamá?
-
Tío Kerim, tío Kerim.
-
¿Qué?
-
¿Por qué no me llevas fuera?
-
No, cachorrillo, no puedo llevarte.
-
Pero…¡Tío Kerim, ya tengo seis años, y aún no he salido nunca!
-
Quizá cuando te hagas mayor.
-
¡Yo quiero salir ahora!
El hombre de larguísimo cabello negro se arrodilla junto a su sobrino y le pone las manos en los hombros.
-
Si sales, Hiden, tu madre correrá peligro. Y no quieres eso, ¿verdad?
-
No, claro.
-
Entonces, hasta que consideremos que puedes salir, quédate en casa, ¿de acuerdo?
-
…Sí, tío Kerim.
-
Kerim, estoy preocupada.
-
¿Qué ocurre, Kerena?
-
Es la gente…Murmura, ¿sabes? Rumores, chismorreos, pero…
-
¿Qué dicen?
-
Que escondemos un niño en tu casa.
-
¿Alguien lo ha visto?
-
Tal vez. No podemos impedir que Hiden se asome a las ventanas en busca de algo de luz, alguien debió verlo un momento y…
-
Bueno. Bueno. Cálmate. Mientras los sacerdotes no sospechen nada…
-
¿Y si Jarred lo dice? ¿Y si lo explica?
-
En esto también va su honor y su carrera, no sólo la vida de su hijo.
-
Ya, pero…Sabes que no siente nada hacia Hiden, siempre se ha negado a verlo. Supongo que, si la culpa lo carcomiera demasiado…
-
No te preocupes, Kerena. Callará. Por la cuenta que le trae.
-
¡Kerim!
-
¡Kerena! ¿Qué pasa? Me has asustado.
-
Lo saben, Kerim, lo saben. Jarred se debe haber ido de la lengua.
-
¡Imposible!
-
Si no, es que han hecho caso de los chismorreos. Sea como fuere, no creo que tarden en venir a registrar la casa. ¡Oh, Kerim, ¿qué haremos?!
-
Comportarnos con naturalidad, por ahora. Ya planearemos algo.
-
¿Estás segura, Kerena? ¿Sabes lo que haces?
-
Sí, Kerim. Es la única opción. No puedo mirarles a la cara y decirles que no escondo a mi hijo en tu casa. Lo sabrán tarde o temprano, y sin importar que ya sea mayor o sea aún un niño, lo matarán. Debo llevármelo.
-
¿Adónde?
-
No puedo decírtelo, porque no lo aprobarías. Pero estará a salvo. Estoy segura.
-
¡Bien, bien, de paseo!
-
Sh, Hiden, no grites tanto.
-
Perdón. ¿Adónde vamos?
-
Te llevaré a un lugar muy bonito, ¿te parece?
-
¡Sí, un lugar bonito!
-
Vamos, Hiden, que ya tienes nueve años…
Caminan durante horas por lugares poco transitados. Nadie se fija en ellos. Al fin, se detienen a la sombra un altísimo roble, probablemente centenario. La mujer se arrodilla junto a su hijo y lo abraza con fuerza.
- ¿Mamá? ¿Estás…llorando?
Kerena se aparta un poco y sonríe. Tiene las mejillas mojadas de lágrimas.
-
Cariño. Oh, tesoro. No te preocupes por nada, ¿vale? Todo está bien…
-
¿Mamá…?
-
Te gusta mucho mi cinta, ¿verdad? – Se desata la cinta del pelo y se la da a Hiden, que no comprende lo que ocurre.
-
Mamá, me estás asustando…
-
No, no, mi vida no tengas miedo. Quítate la ropa, anda, mi amor.
-
¿Por qué?
-
Porque tu ropa es extraña allí donde vamos.
Él titubea un momento, pero obedece.
- Muy bien, cariño, muy bien.
La mujer repasa la marca de la frente de Hiden con un dedo.
-
Pica. – Murmura él.
-
Lo sé, mi amor.
-
Mamá, pica mucho…Ay…Duele…Mamá…Ma…¡Mamá, me duele!
Kerena lo abraza fuertemente.
-
Lo siento. Lo siento, cariño.
-
¡Mamá! ¡Mamá, me duele, duele!
El niño empieza a llorar, y trata de librarse de los brazos de su madre.
-
Perdóname, tesoro, corazón mío…Ojalá hubiera otro modo…
-
¡Mamá! ¡Mamá, me quema! ¡Por favor, páralo, páralo!
-
Lo siento tanto…Ojalá encuentres un hogar, cariño…
Cuando el niño calla, ya ha caído inconsciente. Kerena se seca las lágrimas y empieza a pronunciar un cántico, meciendo a su hijo desnudo entre sus brazos. Al fin, la puerta se abre, y deja que el niño vuele al otro lado.
- Rezaré por ti, mi amor. Rezaré por la felicidad que yo no puedo darte.