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Historia 26699 — capítulo 2
Por ti
Se dio bruscamente una vuelta en la cama, sudando, desesperado. Volvía a ver a esa mujer siendo devorada… pero, luego de que pasaban unos cuantos segundos, veía el cabello de un rojo intenso de ella… de Lily… Pero en realidad era la profesora de Estudios Muggles quien estaba siendo devorada por esa asquerosa serpiente, ya muerta, no Lily, no su Lily…
Pegó un salto y se sentó en la cama, apenas conteniendo el doloroso latido de su corazón. Suspiró. Y cayó en la cuenta que no era Lily quien había sido devorada… Pero la cruda realidad era peor: Lily ya estaba muerta, no volvería. Jamás la volvería a ver. Sin embargo, necesitaba hacer algo para sentirse cerca de ella… la necesitaba… necesitaba… necesitaba…
— ¡Aaaah! —rugió, de pronto, por la quemazón del antebrazo izquierdo. Ya estaba más que acostumbrado a sentirlo, con la diferencia que, en ese instante, estaba concentrado en sufrir internamente, y le había pillado desprevenido.
Supo al instante de que Bellatrix le requería. Ella, últimamente, era la única que le fastidiaba para darle noticias de lo que hacía el Señor de las Tinieblas, como si se creyera más importante que él, y que no tenía derecho a escucharlas él mismo desde la propia boca de Voldemort. La verdad es que no era así, ella sólo encomendaba las menos importantes noticias; el Señor de las Tinieblas se encargaba en persona en anunciar los mugrosos trabajos que debía hacer…
Sin vacilar más, se puso los zapatos y se envolvió en la capa de viaje. Ya estaba vestido. En realidad, hace tiempo que pasaba las noches vestido, sin pijama. Siempre debía estar alerta, estar preparado…
Giró sobre sí mismo, desapareciendo de su propia vivienda, y se materializó en las afueras de la gran extensión de la Mansión de los Malfoy, rodeada por las rejas forjadas de hierro. Levantó su brazo izquierdo y pasó sin mayores preámbulos. Se deslizó por entre los setos donde reposaban los suntuosos pavos reales albinos, llegó hasta la puerta y entró sin tocar. Siguió caminando hasta la puerta del comedor, y entró tampoco sin tocar. Adentro sólo vio a los Malfoy, Colagusano y Bellatrix. Ella misma era la que se paseaba de un lado a otro.
— ¡Por fin llegas! —gruñó, evidentemente fastidiada. Severus la miró arqueando las cejas.
— Para tu información, Bellatrix, estaba durmiendo. Son las cuatro de la mañana. Y la verdad es que no sé porqué todos ustedes siguen en pie.
Bellatrix se enderezó, y antes que nadie, contestó:
— El Señor de las Tinieblas puede regresar en cualquier momento, y yo he quedado al mando de…
— ¿Has quedado al mando? ¿Al mando de qué? ¿Desde cuándo mandas tú? —Pero antes de que ella pudiera replicar algo, continuó, furioso — ¿Me has llamado para la estupidez de sacarme en cara de que no hago nada útil, o por algo realmente importante?
— Precisamente vengo a encomendarte una misión, Snape —contestó con sequedad.
Los otros no decían nada. No comentaban nada. Nadie soportaba a Bellatrix y tampoco querían rebatirle nada y a nadie le interesaba lo que tuviera que hacer Snape.
— ¡DIME AHORA, O ME MARCHO! —le espetó Snape, impaciente, sacando su varita y apuntándole. Hace tiempo que no perdía los estribos de aquella manera. Tenía que relajarse… Tenía que soportar. Tenía que seguir adelante, recordar bien su papel; realizar lo que le había hecho Dumbledore… Tranquilo…
Bellatrix soltó una carcajada sonora y maléfica.
— ¿Qué pasa, Snape? —Susurró con voz de niño pequeño — ¿Ahora te das cuenta de que Mi Amo no te toma mucho en cuenta?
Snape bajó lentamente la varita, y recuperó su semblante sereno y frívolo.
— Dime qué quieres, Bellatrix —insistió, haciendo caso omiso a su comentario. Era obvio que eso no era lo que le importaba, era lo que menos le interesaba… Él la necesitaba a ella… una y otra vez recorría sus sueños, apareciendo muerta constantemente, de distintas formas, más que nunca, haciéndole sufrir una y otra vez el maldito dolor…
— Travers y Rowle vinieron a avisar de que es posible que Potter se encuentren en la antigua casa de mí querido difunto primo.
— ¡Vaya! —susurró Severus, con ironía — Y no se te ocurrió a ti solita, ¿no?
— Para que sepas, se me ocurrió y se lo mencioné a Mi Amo, pero él consideró que no era oportuno arriesgarse a entrar, no aún. Dijo que, lo más probable, no se hallara allí. Bueno, en realidad, estaba muy ido el día que se lo planteé, creo que le importaban otras cosas en ese instante —Severus sonrió al ver el dejo de amargura con que dijo eso —. En fin. Sin embargo, como ahora estoy yo a cargo, te ordeno a que vayas e investigues. Y si lo encuentras, lo traes y…
— Bellatrix, el Señor de las Tinieblas sabe que yo no puedo entrar —recalcó —, sabe que lo intenté ya. Que lástima que no te lo haya dicho, ¿no?
Bellatrix gruñó de ira y lanzó una maldición, pero Snape se corrió justo a tiempo. Narcissa le gritó a su hermana, alarmada, y Lucius le gritó algo de “Si lo haces, el Señor de las Tinieblas se pondrá furioso”. Colagusano, por su parte, no dijo nada. Para Snape era lo mejor. No soportaba nada de ese maldito, nada, lo detestaba, él… maldito traicionero, había revelado el paradero de los Potter y había hecho que la mataran…
—Bueno —farfulló Severus, sin ponerse en guardia y manteniendo la tranquilidad —. Veo que no tengo nada que hacer aquí. Me marcho.
Y así lo hizo, pero no a su casa, sino que justo en el peldaño del número cuatro de Grimmauld Place. La verdad es que sí le había dicho eso al Innombrable, que no podía entrar, pero no lo había intentado jamás, aunque sabía que él era uno de los guardianes del secreto, mas no le había llamado en absoluto la atención... Sin embargo, Bellatrix, a mencionar a Sirius, había causado que Snape uniera ideas completamente incoherentes, pero que al fin y al cabo, tenían sentido.
Tocó la puerta con la varita, y ésta se abrió, silenciosamente. Se adentró y no pudo sentir un escalofrío al entrar allí.
— ¡Lumos! —susurró e iluminó el lugar. Avanzó unos cuantos pasos, pero antes de que pudiera aproximarse demasiado a la escalera que conducía a la primera planta, una voz conocida habló, haciendo que se le congelara la sangre.
— ¿Severus Snape?
Era la voz de Alastor Moody. Pero cayó en la cuenta de que no podía ser él, ya que había muerto. Y si no hubiese muerto, habría dado todo por perdido… había sido una imprudencia ir allí. Una estupidez gigante, pero él necesitaba…
Por un segundo se quedó paralizado, luego comprendió que debía mentir:
— No soy Severus Snape.
Sintió, de pronto, que la lengua se le enrollaba, mientras una sombra delgada y alta caminaba hacia él. Su lengua no se había desatado: no había logrado burlar la maldición. Antes de que el falso Dumbledore llegara hasta él, Snape sacudió la varita y éste estalló en una nube de polvo.
Cuando pudo ver otra vez, sus ojos se plantaron en el suelo.
— Usted me dijo que lo matara, Director —susurró, sintiendo alivio de que el retrato de la Señora Black no se hubiese despertado.
Sin darse más rodeos, ascendió hasta los pisos superiores, buscando la habitación de Sirius Black, porque sabía que allí encontraría algo de ella. Porque su esposo había sido el mejor amigo de Black, y… si no hallaba nada, no sabría qué haría… no…
Llegó al último piso y divisó la placa que decía “Sirius”. Empujó la puerta, sin dejar de iluminar con la varita. Una vez adentro, prendió las velas para alumbrar mejor el lugar. Recorrió con sus negros ojos el lugar, buscando algún indicio de ella… Sólo vio una foto, y se aproximó esperanzado. No obstante, se llevó una desilusión: no eran más que Potter, Lupin, Black y Pettigrew…
Eso le desesperó.
— Tiene que estar… tienes que estar aquí… —susurró, girando en trescientos sesenta grados. Se mareó, perdió el equilibrio y se fue contra un mueble, que se derribó junto con él, y cayeron decenas de libros y papeles de éstos. Atinó a protegerse la cabeza con los brazos hasta la última cosa que cayó sobre él. Se levantó, adolorido y observó los contenidos del suelo. Había allí varios sobres de cartas. El corazón le dio un vuelco. Se agachó y empezó a sacar cada uno de los pergaminos de éstas, buscando las firmas. Sólo las firmas. No le interesaba lo que dijeran en ellas… sólo quería leer su nombre, como en los viejos tiempos, cuando ella escribía en el aire con letras doradas, y su redonda caligrafía, su propio nombre, o a veces el de Severus… como cuando hacían el concurso de quién escribía de manera más bonita su nombre, obligándose Severus a hacer la letra pulcra y redonda… Pero él siempre le daba la victoria a ella. Siempre a ella porque todo lo que viniera de Lily Evans era hermoso. Lo que fuera… lo que fuera…
No se preocupó de meter las hojas en sus respectivos sobres. Se arrodilló por completo y alcanzó unos cuantos libros, comenzando a sacudirlos con violencia.
— ¡Sé que tienes que estar aquí! —Gritó con la voz quebrada — Déjame que te encuentre, por favor… Lily, te lo suplico… te necesito…
Tembló espasmódicamente y volvió a sacudir otro libro, de donde cayeron unas cuantas cartas. Tomó las tres y las abrió.
— Por favor… —volvió a susurrar Severus Snape, sintiendo un inmenso vacío. Sin embargo, como si sus plegarias hubiesen sido oídas, abrió la última de las tres cartas, que tenía dos pergaminos y una foto. El corazón casi se le salió del pecho. Era ella… Ella y su caligrafía. Ella hermosa, ella con sus preciosos ojos verdes mirándoles sonrientes en la foto, que luego bajaban hasta el pequeño Harry Potter que cruzaba la estancia volando en una pequeña escoba. Y luego Potter cruzaba, persiguiendo a su hijo… Y ella reía con ganas… como en los tiempos de antaño, cuando se hacían bromas mutuas… Lily riendo…
Las lágrimas habían brotado siniestramente de sus ojos y recorrían sus mejillas.
Desechó la primera hoja, y observó la segunda. Sólo observó lo último. No necesitaba más.
Con mucho amor
Lily
Con mucho amor, Lily. Con mucho amor, Lily. Mucho amor… Mucho amor. Lily. Lily Evans. Lily… El amor de ella jamás le había pertenecido… pero no importaba… él la amaba.
Se guardó el pergamino en el bolsillo de la túnica. Luego, miró la carta que tenía en la mano. La partió por la mitad, deseando tenerla sólo a ella, con su radiante sonrisa, con su vivacidad, su juventud…
Luego de guardarla con él, se paró con dificultad, anegado de lágrimas que le nublaban la visión. Salió de la habitación, temblando aún, y bajó precipitadamente la escalera. Tanto así, que derribó con un estruendo la pata de troll disecada que servía de paragüeros. Entonces, la Señora Black comenzó a desmadrar al que había osado irrumpir en su casa, pero a Severus no le importó… Daba igual, el retrato se cerraría solo…
Abrió la puerta de entrada y salió, seguido de los insultos. Con el típico movimiento, reapareció en su habitación, tal como había desaparecido de ella. Todo estaba tal cual como lo había dejado.
Se sentó en su cama, sin dejar de llorar. Era imposible, sentía que jamás podría… que jamás podría surgir…Sacó su fotografía y la observó otra vez.
— Perdó… name… — susurró, apenas, con la voz ronca y tomada —. Yo no quería… yo me equivoqué… perdóname, Lily…
Se mordió el labio y se tumbó en la cama. Hace tiempo que no sentía tanto arrepentimiento, tanto odio contra él mismo, tantas ganas de no vivir. Sí, tantas ganas de no vivir. Sin embargo, él debía vivir. No podía enloquecer ahora, no en ese momento… Así que se sentó, intentando mantener la compostura. Miró una vez más los ojos de Lily, y recordó a Harry Potter. Él tenía sus ojos…
—Juro… —susurró, pero no pudo seguir hablando, y sólo lo pensó. Juro mantenerme fuerte hasta que esto acabe… juro seguir protegiendo a tu hijo y ayudándolo en lo que pueda… Lo juro porque te sigo amando… te amo… jamás te he olvidado… Donde quiera que estés, te vuelvo a pedir perdón… Te amo… perdóname…
Y se durmió, unas cuantas horas, pensando en ella, murmurando en sueños, en donde la veía viva y radiante, como siempre había sido. Y, cuando despertó, y el sol entraba por una abertura de la cortina, supo que debía seguir luchando. Luchando hasta el final por ella.