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Historia 27034 — capítulo 3

3: La segunda noche

El olor de la salvia y el pollo asado les dio la bienvenida cuando entraron en la cocina. Ginny tenía tanta hambre que podría haberse comido un hipogrifo, pero vio que tendría que esperar, porque la mesa estaba cubierta de paquetes y pergaminos, y no de platos.

–Parece que tenemos unas cuantas respuestas –dijo Harry.

Ginny se sintió aliviada al ver su ropa, y no tan aliviada al ver sus libros de hechizos. Obviamente, mamá creía que se quedarían aquí un tiempo…

Harry leía sus cartas con el ceño fruncido.

–Hermione ha buscado posibles pociones que pueda usar Voldemort para fortalecerse usando tu sangre –levantó la vista y sonrió ampliamente–. Dice que solo tenía tres libros que consultar en casa, así que contactó a la señora Pince para pedirle más.

Ginny le devolvió la sonrisa. Hermione era tan fiable…

–Lo más parecido que ha encontrado es la Cura del Unicornio. En ella se usan pelos de unicornio y sangre de dragón, porque matar a un unicornio es imperdonable –Harry bajó la carta y dio un resoplido–. No creo que eso sea algo de lo que Voldemort vaya a preocuparse. La primera vez que me lo encontré fue en el Bosque Prohibido; acababa de matar un unicornio y estaba bebiéndose su sangre.

Ginny quedó horrorizada.

–¿Cuándo fue eso?

–En mi primer año, después de que nos castigaran por enviarle a Norberto a Charlie.

Ginny sabía lo de Norberto, pero no lo del castigo.

–¿Y qué pasó?

–Voldemort estaba poseyendo al profesor Quirrel, el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Hagrid dijo que beber sangre de unicornio te mantendría vivo, pero a un precio –Harry sacudió la cabeza y barajó las cartas en su mano–. Ese unicornio era la criatura más bella que he visto en mi vida –la miró directamente a los ojos–. Y él lo mató.

Ella solo pudo devolverle la mirada, sintiendo el horror de aquel momento junto a él, preguntándose si el mismo destino la aguardaba.

Debió ver eso en sus ojos, porque dijo:

–Obviamente esa no es la cura, ¿verdad? Pensaban mantenerte viva –luego frunció el ceño–. Al menos los hombres de Malfoy.

Ginny recordó que la serpiente iba a matarla. Se estremeció.

–Estoy segura de que es alguna cosa disparatada de Artes Oscuras que ha tramado –añadió Harry–. Pero no va a conseguir lo que quiere.

Supo por el tono de su voz que pensaba hacer todo lo que pudiera para hacer de esa afirmación una realidad, pero por mucho que confiara en la habilidad de Harry para enfrentarse a Voldemort, no sentía lo mismo sobre sí misma. Y no podía estar siempre dependiendo de Harry para que luchara todas sus batallas.

Harry escudriñó sus otras respuestas.

–No me ha llegado la respuesta del profesor Lupin, pero tampoco la esperaba. Aún es luna llena. Tonks dice que le han perdido la pista a Lucius Malfoy desde que escapó de Azkaban. Creían que dejó el país, aunque su mujer y su hijo siguen en la mansión de los Malfoy.

–No me puedo creer que te contara todo eso –dijo Ginny.

–Ahora ya es una vieja noticia, ¿no? –dijo él sombríamente–. Pensaran lo que pensaran, ya no es verdad.

–No.

Harry cogió la carta de Ron.

–Ron ha dirigido esta para los dos; siéntate a mi lado y así la puedes leer también.

Ginny movió la silla hacia la de él y espió por encima de su brazo a la escritura descuidada de Ron. Cuanto más leía, más crecía su enfado.

–No puedo creerlo –soltó–. ¡Papá sabía que podría estar en peligro!

–Sabían que Voldemort estaba interesado en todos los séptimos hijos magos de Gran Bretaña –murmuró Harry.

–¿Por qué no me lo contó papá? –explotó ella–. Entonces podría haber estado en guardia y no abrir cartas extrañas –la culpa por aquel momento había estado inquietándola todo el día.

–Deberían habértelo contado –dijo Harry en voz baja, sacudiendo la cabeza. Sus ojos se estrecharon cuando volvió a mirar la carta–. Eras la única chica de una lista muy corta. Supongo que por eso pensaron que estabas a salvo.

–¿Qué tiene que ver el que sea una chica con nada? –siseó ella, intentando mantener el control–. ¿Cuándo ha sido el hecho de ser una chica de verdad importante?

–El renacimiento de Voldemort fue enteramente masculino –contestó Harry, el dolor resaltando en su voz–. Cogió mi sangre, hueso de su padre, y una mano de su “fiel vasallo”.

–Así que pensaron que yo contaminaría el club de los tíos? –preguntó ferozmente ella– Eso es un consuelo bastante pequeño.

–¿Qué es un consuelo?

–No lo sé –dijo Ginny bruscamente–. No mucho.

El color del rostro de tía Martha fue subiendo mientras decía con voz peligrosa:

–No estoy muy segura de que me guste ese tono, jovencita.

Ginny miró desafiantemente los ojos destellantes de tía Martha. Había sido grosera, pero no podía encontrar la fuerza para pedir perdón. Estaba demasiado enfadada.

–Ginny acaba de descubrir que sus padres sabían que Voldemort estaba interesado en ella –explicó Harry enfadado–, y no se lo contaron.

Tía Martha se sentó con un golpe.

–No toleraré que hables de tus padres de esta manera –dijo severamente–. Arthur y Molly ciertamente pagaron por esa equivocación cuando se dieron cuenta de que os habíais esfumado del refugio. La agonía que deben haber sentido… –luego miró ferozmente a Harry–. Y tú tampoco, jovencito. Te quieren tanto como a un hijo.

Harry se movió y su silla crujió.

Tía Martha respiró hondo. Ginny se preguntó alarmada si era sano que una persona tan vieja estuviera tan roja.

–¿Supongo que ninguno de vosotros ha cometido nunca un error?

Ginny se sintió herida ante esta acusación. Había cometido demasiados errores para contarlos siquiera.

–Bien, os daré una noticia, uno nunca deja de cometer errores; ni siquiera cuando es adulto. De hecho, esos errores son aún peores porque no son la respuesta equivocada en un examen o un gol perdido en quidditch. Los riesgos se hacen cada vez mayores.

Un silencio incómodo se asentó sobre la mesa. Ginny miraba a todas partes excepto a tía Martha. Se sentía terriblemente culpable, pero aún resentida.

El reloj de ansiedad sonó cinco veces y dijo petulantemente:

–¿Cuándo me entenderá alguien?

De pronto, tía Martha se rió.

–Cuándo, sí… Creo que he sido demasiado dura con vosotros dos –Ginny levantó la mirada con asombro–. Ambos tenéis el derecho de estar enfadados, por supuesto. Pero encontrad el perdón en vuestros corazones, y pronto. Creo que Molly y Arthur han aprendido la lección, y creo que vosotros dos también.

Harry se aclaró la garganta.

–Sí –dijo suavemente. Ginny podía sentir que la estaba mirando.

Ese estúpido reloj, pensó, nos ha hecho sonar como unos idiotas melodramáticos. No intentó esconder su sonrisa culpable.

–Sí, yo también lo creo.

Tía Martha sonrió con aprobación y luego añadió, como su propia disculpa:

–Me temo que este tiempo está afectando a mi humor. Desearía que empezara la tormenta para poder librarnos de él.

Ginny lo entendía perfectamente, porque había estado irritada por su pelo encrespado.

–Bueno, ¿fue tu negocio con el abogado, er… próspero?

–No –suspiró tía Martha–. Os ahorraré todos los detalles tediosos, pero estoy intentando cambiar el testamento de la finca Hathaway. Cambiar un contrato mágico puede ser terrible, así que hay que proceder con cuidado.

Ginny recordó la cara de Marietta después de romper el contrato del Ejército de Dumbledore; había terminado con unas cuantas espinillas.

–No queda ningún Hathaway y el testamento prohíbe que las tierras queden en posesión de nadie que no sea un Hathaway. Cuando yo muera, la finca quedará en control del Ministerio. Eso es lo que pretendo cambiar. Quiero legarlo a San Mungo. Empecé el proceso la primavera pasada, cuando vi qué clase de imbécil era Cornelius Fudge. Sacar a Albus Dumbledore de Hogwarts fue el colmo.

Harry se movió de nuevo en la silla.

–¿Seguro que no queda ningún Hathaway?

Tía Martha se rió sin humor.

–Hay una huérfana en Londres, una chica llamada Harriet, que vino a vivir en la finca durante la guerra. Le dimos el apellido de Hathaway porque solo conocía su nombre de pila. Pero, por supuesto, no es familia. Ahora es secretaria judicial, precisamente. Pero no una muy buena, me temo. Siempre está saltándose el trabajo. Pero sienten pena por ella porque creen que la guerra la afectó emocionalmente, incluso después de todo este tiempo.

Ginny se preguntó a cuánta gente más afectaría esta guerra, de formas que no podían ni imaginar.

–Esto es todo del más absoluto secreto, como entenderéis –les avisó tía Martha–. Nadie conoce los términos del testamento.

Los dos asintieron seriamente, pero Ginny no entendía cómo el que ellos lo supieran podría afectar a nada.


Ginny paseó por el jardín mientras esperaba a que sirvieran la mesa. Lotty no estaba acostumbrada a que hubiera gente en su cocina, así que sabía que sería inútil ofrecerse a ayudar.

Las hortalizas no la interesaban mucho, por lo que anduvo más lejos, hacia el jardín de flores donde margaritas blancas, amapolas rojas, y clarines rosas y púrpuras florecían gloriosamente. Mañana le preguntaría a tía Martha si podía recoger un ramo para la mesa.

Siguió por la senda, la gravilla crujiendo bajo sus pies. Seguía sin haber brisa, y el sol estaba escondido tras la niebla. El reflejo del cielo la deslumbraba, así que no vio el cementerio hasta que prácticamente se estampó contra la verja de hierro. Era obviamente la tierra donde se enterraban todos los Hathaway. Ginny se giró para mirar la cabaña de los Dowager. La ventana del segundo piso debía ser la de tía Martha. Este, pensó con un escalofrío, era el paisaje que veía la viuda.

Tembló ante el pacífico cementerio verde, limitado por tejos. A lo lejos había un enorme sauce llorón y otro lazo de agua. Entre los troncos de los árboles se podía ver una barcaza negra…

Entornando los ojos, ya que no quería pasar a través del cementerio para investigar, se puso de puntillas para ver el agua. Otra barca pasó de largo. Esta era azul y decía “Finca Hathaway”. Entonces Ginny se dio cuenta de que estaba viendo uno de los canales que conectaban esta finca con los mercados de Londres y más allá. Unas cuantas barcas más, de colores diferentes, pasaron de largo. Se tomó un momento para imaginar los contenidos de aquellas barcas; cebada tal vez, o fardos de lana; frutas jugosas o jarras de leche.

Ahora Ginny entendía por qué tía Martha tenía tanto cuidado con el testamento. Esta finca sería un saco de oro para los codiciosos, pero necesitaba cultivarse. Cualquiera podría darse cuenta. El Ministerio nunca sería capaz de dirigirla como lo hacía tía Martha, pensó Ginny con una punzada de orgullo.

–¡Ese gato es un animago!

El jarvey la espiaba desde detrás de una lápida.

Ginny se rió, una idea formándose en su mente. Le enseñaría una frase nueva.

–Draco Malfoy… –cantó mientras el animal lo repetía. Mañana le enseñaría las siguientes palabras. Sintiéndose más alegre de lo que se había sentido en todo el día, se dirigió a la casa. Justo lo que necesito, pensó felizmente, un proyecto.

Una vez la cena estuvo sobre la mesa, tía Martha pidió a Harry que trinchara el pollo. Miró a Ginny alarmado, pero a la chica no se le ocurrió ninguna forma de ayudar, aparte de no reírse tontamente mientras él cortaba al pájaro.

–Aprender a trinchar es un deber de todo caballero –declaró tía Martha mientras un muslo patinaba por la mesa–. Debes practicar.

Harry hizo una mueca.

–Necesito esa espada que encontraste, Ginny.

Ella se rió.

–También podría cantar para nosotros.

–¿Espada? –preguntó tía Martha–. ¿Una espada que canta?

Ginny asintió, no quería pensar sobre la serpiente que había matado. Harry debió darse cuenta de su angustia, porque saltó en su ayuda y le contó a tía Martha toda la historia de su escapada de la Madriguera.

–¿Dónde estaba ese refugio? –preguntó ella a Harry.

–No estoy seguro exactamente, pero sé que era en algún lugar de Cornwall.

Entonces tía Martha se giró hacia Ginny.

–Esta espada, ¿de qué clase de metal estaba hecha?

Ginny miró a Harry inútilmente. No tenía ni idea.

–¿Plata? –conjeturó él–. ¿Bronce? No lo sé. Era más bien de un plateado blancuzco.

–Ya veo –silbó tía Martha–. Si fuera estaño, o estuviera recubierta de estaño, podría explicarlo bien. Los Weasley son originariamente de Cornwall, ¿sabéis? Una de las familias más antiguas de Gran Bretaña; anteriores a los romanos, según creo. Trabajaron mágicamente en minas de estaño durante generaciones. Cuando se dobla un bloque de estaño muggle, gime. Cuando el estaño mágico corta, canta –tía Martha hizo una pausa–. ¿Dónde está la espada?

–Se me cayó después de decapitar a esa serpiente –dijo Ginny con desazón. Esperaba no haber dejado nada importante para los mortífagos.

–¿Decapitaste una serpiente? –preguntó tía Martha cortantemente.

¿Qué he hecho mal ahora?, pensó Ginny.

–Sí –dijo, echándole un vistazo a Harry, que parecía preocupado.

–Nada malo, exactamente. Excepto que… –tía Martha respiró hondo–. Algunas serpientes tienen un enorme poder de rejuvenecimiento, especialmente si las descuartizan. Crece un nuevo cuerpo a partir de la cabeza.

–Pero –la interrumpió Harry– nunca nos enseñaron eso en la escuela, y cuando maté al basilisco… –dudó. Ginny sabía bien que había apuñalado al basilisco; no le había cortado la cabeza.

–Por naturaleza, lo que muere alimenta a los vivos –tía Martha señaló el plato de pollo, ahora un montón desordenado–. Nosotros seremos rejuvenecidos por la comida en la mesa.

Ginny no creía necesitar un ejemplo tan explícito del concepto.

–Las serpientes, los fénix, y algunas otras criaturas mágicas, nos enseñan estos poderes increíbles. Aunque este pobre pollo no consiguió conservar las plumas –se rió por lo bajo–. No debes preocuparte, Ginny. Estoy segura de que esos mortífagos se la llevaron. Si sigue en la Madriguera, ya la habrán encontrado a estas alturas. Comamos.

Una vez que Ginny dejó de pensar sobre animales muertos, disfrutó de la comida. Era deliciosa, y sabía como algo que podría hacer mamá. Tía Martha era una buena conversadora y los mantuvo entretenidos con historias de los pasados Weasley. Antes del fin de la comida les dio buenas noticias:

–Me he asegurado con los trabajadores de la finca que vuestra presencia aquí seguirá siendo un secreto. Mañana podréis moveros libremente por los terrenos.

–¿Podríamos ir al círculo de piedras mañana? –preguntó Harry.

–Ah, ¿llegasteis hasta allí? –dijo tía Martha–. Sí, tenéis que ver el paisaje. Es uno de los dos lugares más mágicos de Warwickshire; ese y el manantial, aunque el manantial no lo ha visto nadie en años.

–Ginny lo encontró –le dijo Harry, para el gran asombro de tía Martha–, hoy.

–Vaya –dijo reflexivamente mientras observaba a Ginny–. Hay mucho más en ti de lo que salta a la vista, por lo que veo.

Ginny siguió a la pequeña elfina escaleras arriba. Harry se había ido a la cama mientras tía Martha buscaba en el árbol familiar de los Weasley para ver si había algún documento de un Weasley capaz de detectar agua. Finalmente se dio por vencida y declaró que Ginny debía haber adquirido esa habilidad del lado de su madre.

Aunque sentía que tía Martha estuviera tan decepcionada, Ginny no pudo evitar alegrarse de que mamá fuera la responsable de algo respetable a ojos de tía Martha.

Con los ojos ardiendo de cansancio, Ginny estaba deseando irse a la cama. Lotty abrió la puerta del trastero con una floritura. La cama de campamento tenía sábanas blancas como la nieve y una almohada esponjosa, pero Ginny apenas le dirigió una mirada. El trastero no era siquiera una habitación; solo el estrecho espacio bajo las escaleras. En sus ojos claustrofóbicos, veía simplemente un ataúd bastante grande. Peor aún, la tapa del ataúd era la parte de abajo del techo de paja. Y todo el mundo sabe que los techos de paja tienen arañas.

Ginny odiaba las arañas.

Nadie sabía eso, ni siquiera su familia. No ayudaba mostrar debilidades delante de sus hermanos. Ya la excluían bastante ya de por sí, jugando al quidditch y a todos sus juegos sin ella. Si supieran lo femenina que era en el fondo, nunca habrían incluido a Ginny en nada.

Cautelosamente, se subió a lo alto de la cama, dándose cuenta de lo pequeña que era. Sus pies llegaban al borde, pero la almohada era suave bajo su mejilla. Debería poder dormir, con lo cansada que estaba. Además, las arañas no eran mortíferas, ¿verdad?

Entonces lo oyó. Un vago crujido. Debe ser el viento, se dijo a sí misma severamente. Después de un día tan bochornoso, tenía sentido que se estuviera formando una tormenta.

Todo estaba en silencio. Luego sus oídos hiperactivos captaron un débil “click”.

–Lumos –susurró. Levantó la varita hacia el techo de paja, con cuidado de no prender fuego a la hierba seca. Nada. Estaba siendo paranoica.

Entonces la vio. Una araña negra colgando de un fino hilo a los pies de su cama. Inhaló bruscamente y la observó caer del hilo y empezar a moverse…

Aquello fue demasiado. Salió precipitadamente de la cama y salió al pasillo, la varita aún encendida. No habría manera de dormir ahí esta noche. Incluso si hechizaba la araña, estaría preocupándose por si venía otra. ¿No ponían las arañas unos mil huevos cada vez?

Decidió sentarse a la entrada del trastero con la almohada a la espalda y la varita encendida. Los párpados le pesaban. Tal vez podría dormitar un poco…

–¿Ginny?

Sus ojos se abrieron de un golpe. Era Harry vestido con una camiseta vieja y pantalones de pijama.

–Vi una luz.

–Lo siento, no pretendía despertarte.

–Estaba despierto –dijo suavemente, sentándose a su lado sobre el duro suelo de madera–. Hay una tormenta fuera; muchos rayos.

–Ah –no había ventana en el trastero.

–¿Estás bien?

–Oh, sí –contestó en lo que esperaba que fuera un susurro convincente. Sus manos apretaban la varita encendida.

–¿Por qué estás sentada aquí fuera entonces?

Podía ver su reflejo en las gafas. Parecía una niña de diez años con los ojos grandes y el pelo despeinado.

–No quiero hablar de ello.

–Está bien –dijo él, levantándose tan rápidamente que cogió a Ginny por sorpresa.

–Harry, espera.

Se detuvo y se volvió, con la mano en la manivela de su puerta.

–Lo siento –suplicó, sintiéndose a punto de llorar–. No te vayas. Yo…

Él suspiró y se volvió a sentar rígidamente.

–Supongo que no tienes que contármelo, pero… ¿has tenido una pesadilla o algo?

–No… son las arañas –soltó.

–¿Arañas? Ron odia a las arañas, no tú.

–¿Sabes por qué odia Ron a las arañas? –ahora que la verdad había salido a la luz, pensó que podría contarle toda la historia.

–Porque Fred y George transformaron su osito de peluche en una araña –entonces la luz apareció en sus ojos–. Estabas ahí, ¿verdad?

–Estaba. Fue horrible; Ron chillaba y esa cosa grande y negra se escabulló y vino hacia mí.

Parecía que Harry estaba intentando no reírse.

–No estarás riéndote, ¿no?

–No –se apresuró a asegurarle–. Es solo que pienso en cómo debíais de ser cuando erais pequeños y me hace sonreír.

–Este es uno de los capítulos más oscuros, Harry –dijo algo impacientemente–. Sé que suena gracioso, pero para una niña de tres años, una araña gigante no es algo para tomarse a la ligera. Y nadie sabe esto; dejé que Ron se tragara todas las burlas por temer a las arañas.

–¿Por qué? ¿Qué diferencia hay si tus hermanos saben que te asustan las arañas?

–Porque es… infantil, y ya me dejaban a un lado lo suficiente por ser una chica.

–Como volando –dijo suavemente.

–¿Cómo sabías eso? –preguntó, sorprendida de que Harry supiera tanto sobre ella.

–Estaba ahí cuando Hermione les contó a Fred y George cómo te colabas en el cobertizo de las escobas y les robabas las suyas –dijo sonriendo.

–Pero no pude abrir el cobertizo la otra noche –dijo Ginny, sintiendo las lágrimas nacer en sus ojos–. Se ve que no me manejo muy bien en las crisis.

–¿De qué hablas? Estuviste genial, la forma en que maldijiste a ese criado de Malfoy y mataste a la serpiente...

–Tenía miedo todo el tiempo –confesó, sin mirarle–. Tú nunca tuviste miedo.

–¿Cómo sabes eso? –preguntó él con un tono extraño en la voz.

–No le gritaste a esa serpiente, se te ocurrió una forma de salir de allí, echaste a esos dementores y te acordaste de la poción multijugos.

–Cada persona muestra el miedo de forma diferente –se encogió de hombros–. Tú gritaste dos veces y no quisiste maldecir a tu propio hermano. No seas tan dura contigo misma.

Ella suspiró, notando que un gran peso se elevaba de sus hombros. Tal vez era por eso por lo que había estado de tan mal humor todo el día; estaba preocupada de lo que Harry pensaba de ella.

–¿Entonces no piensas que soy demasiado niña?

Frunció el ceño.

–No sé lo que significa eso exactamente, y tú tienes tu varita y puedes maldecirme en cualquier momento.

A ella le dio la risa al pensar que Harry pudiera tener miedo de ella.

–Diría que como eres una chica, actúas como una chica... pero no eres una niña.

Ginny escondió una sonrisa. Estaba intentándolo tanto y no tenía ni idea de qué estaba diciendo porque nunca había tenido una hermana que quería probar su valía.

–Esa es una respuesta lo bastante decente, aunque no tenga sentido. Te permitiré por tanto pasar un día más sin alas de murciélago en la cara.

Se rió por lo bajo.

–Excelente. Aprobé el examen.

–Harry –dijo ella con seriedad–, nadie sabe que me asustan las serpientes.

–Nadie sabe lo de la profecía –contestó él.

Inhaló bruscamente cuando se dio cuenta de las implicaciones. Confiaba en ella. No solo con ese hecho, sino con muchos otros. Anoche le contó sus debilidades; la desafió con ellas, la desafió a seguir gustándole a pesar de ellas. Eso había costado más valor del que le había supuesto. La verdad era que le había subestimado.

Oyeron el ruido distante de un trueno.

–¿Por qué no intercambiamos? –preguntó él impulsivamente–. Yo puedo dormir en la cama de campamento.

–¡No! ¡Es demasiado corta para ti y hay arañas!

–No me importan las arañas. Tuve un armario acogedor como este cuando era más pequeño. De veras, no me importa –intentó asegurarle.

Había oído sobre la vida de Harry con los muggles, por supuesto, pero oírle hablar de ella tan impasiblemente la llenó de fría ira. ¿Cómo podía ser alguien tan mezquino con un niño pequeño?

–No tienes miedo de nada, ¿verdad? –preguntó finalmente.

–Eso no es verdad –respondió él con voz dura–. Créeme, lo recuerdo bien cuando estoy cerca de un dementor.

Ginny no podía ni imaginar los horrores que revivía cuando se le acercaban los dementores. Sus recuerdos ya eran bastante malos, y Harry había vivido cosas mucho peores; solo lo poco que le había contado anoche la hacía temblar de pavor. Y aun así había hecho el encantamiento patronus sin ningún problema.

Era realmente valiente. Ginny había dejado de hacer listas de sus cualidades hacía tiempo, pero el valor era una innegable y que siempre había sabido que tenía. La idea de que pudiera entender sus miedos la dejaba perpleja. Y no le gustaba que la sorprendieran, especialmente él.

–¿Crees que podrías ayudarme con el encantamiento patronus mientras estamos aquí? –preguntó abruptamente.

–Claro –contestó él, sonando algo aliviado. Probablemente estaba contento de que no le hubiera preguntado sobre sus miedos. Luego añadió–. Creo que deberías irte ya a la cama.

–Me siento fatal haciendo que duermas aquí –dijo Ginny, levantándose.

–No me estás haciendo venir, yo me ofrecí –se levantó también para dejarla pasar.

–Creo que conozco tu nuevo miedo –afirmó. Estaban de pie, muy cerca, en la entrada del trastero.

–¿Cuál es? –preguntó él, su expresión hermética.

–Una pata de cordero que tienes que trinchar en la mesa –le tomó el pelo. Él se rió.

–Procura que no traiga uno mañana.

A Ginny le dio la risa.

–Viene la temporada de faisanes.

–No hay límite para los horrores que se le pueden ocurrir a esa mujer, ¿verdad?

–Podríamos presentarle a Lotty la cocina vegetariana.

–Se limitaría a moldar un faisán de tofu o algo por el estilo –dijo él con una sonrisa.

–Entonces podrías descuartizarlo y el tofu conquistaría la tierra –dijo ella sarcásticamente.

–No te sientas mal por eso, no lo sabías. Puede que ni siquiera fuera verdad.

–Claro: cuando tengas dudas, apuñala. Creo que bordaré un muestrario.

–Reglas a las que atenerse –estuvo de acuerdo Harry.

–Gracias por quedarte la cama de campamento –le dijo muy seria, mirándole a la cara.

Algo brilló en sus ojos, o tal vez fuera la forma en que sus gafas reflejaban la luz de la varita.

–Ningún problema –contestó suavemente.

Ginny se sintió de pronto consciente de sus pies descalzos sobre las baldosas lisas y la fina suavidad de la camiseta demasiado grande que llevaba puesta. Incluso el pesado aire a su alrededor parecía acariciarla…

–Buenas noches –dijo apresuradamente, y se metió corriendo en el dormitorio.


Ginny dio muchas vueltas en la grande y cómoda cama. Fingía que era la tormenta la que la mantenía despierta, pero en el fondo sabía que era su conciencia la que la molestaba. Como era tan cobarde, Harry tenía que pasar otra noche en un armario. Pero había dicho que no le importaba…

Entonces sus pensamientos evocaron la forma en que había dicho “ningún problema”. Su voz había sonado casi… tierna. Se puso la almohada sobre la cabeza. No iba a empezar a pensar así, a ver y oír cosas que simplemente no estaban ahí. Era algo que un hermano haría, ¿no? Aunque no lo hubiera dicho de mala gana ni le hubiera dicho que le debía una, como habrían hecho sus hermanos.

No, pensó sarcásticamente, cuando Harry ha dicho “ningún problema”, lo que quería decir en realidad es "Cualquier cosa por ti, Ginny, porque venero el suelo sin arañas por el que caminas". Suspiró y se sentó. Estaba siendo una idiota; con Harry, con las arañas. Deberíamos volver a intercambiarnos, pensó, sacando las piernas de la cama y golpeándose la cabeza con el techo inclinado.

Se volvió a sentar en la cama con un golpe, frotándose la frente. Esto es el colmo, de verdad que necesito dormir y una vez que mi conciencia esté tranquila, podré hacerlo.

–Lumos

–murmuró. Esta vez consiguió rodear la cama.

La puerta se abrió silenciosamente, pero Ginny se encogió cuando la baldosa crujió en el mismo sitio que la noche anterior. Se acercó furtivamente a la puerta abierta del trastero. A la luz tenue de su varita podía ver que Harry había apartado la cama de campamento y estaba durmiendo en el suelo, con el brazo estirado a un lado. Sonrió ampliamente ante su propia estupidez. Obviamente, para Harry no había “ningún problema” en dormir donde fuera.


N/T: Bueno, un capítulo más. La verdad es que tengo un mal presentimiento acerca de este, aunque igual es porque traduje la mitad cuando estaba de mal humor y lo corregí medio dormida xD. También tengo una “editora” que está medio ausente y no me quiere leer lo que le mando, así que agradeceré cualquier corrección o sugerencia. Tuve problemas para traducir la palabra “girly” en la última conversación; elegí “niña”, pero no me llega a convencer. Por si a alguien le interesa, lo que dicen en inglés es:

"So you didn't think I was too girly?"

"I'd say that since you are a girl – you act like a girl – but not girly."

Nada más, espero que lo disfrutéis y siga recibiendo reviews, de verdad que me animan muchísimo a seguir. ¡Hasta el próximo: El Círculo de Piedra!