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Historia 29963 — capítulo 1

Era un soleado día de verano. En el patio trasero de una lujosa pero algo pequeña casa, cuatro chicas de 15 y 16 años estaban tumbadas en sillas largas, junto a una piscina, mientras charlaban animadamente.

-¿Qué hacemos mañana, Eliza?- preguntó Katienka Kovoska, o Katia, una muchacha de estatura promedio, de piel y cabellos claros y ojos grises.

-¡Vamos al cine!- propuso Lily Evans, una linda pelirroja de ojos verdes- se divertirán mucho, que lo diga Eliza.

La aludida, que en realidad se llamaba Elizabeth Harlow, era una joven alta con cabellos castaños y ojos verdes que se reía, porque sabía de donde venía la afirmación de Lily.

-Claro que ella se ha divertido en el cine- acusó Mary Ann Johnson, una muchacha de piel oscura, cabello rizado y ojos azul eléctrico- ¿cuántas veces has llevado a chicos guapos allá, Eliza?

-Una, y fue a un solo chico- se defendió la castaña, sin dejar de reír- ¡cómo les gusta exagerar…! ¡Fue hace años! Además, ya no hay nada entre nosotros –dijo, mientras su mirada se nublaba un poco, aún a través de los lentes oscuros- excepto una…

-…amista muy fuerte y fraternal- interrumpió Katia, rodando los ojos- por favor –dijo en tono de incredulidad, mientras las demás reían.

-Sería bueno que Sirius y tú se dejaran de jueguitos y acepten de una vez que se quieren- aconsejó Lily.

Eliza abrió la boca para defenderse, pero en ese momento salió de la casa un hombre joven, de unos veinticinco años, con rasgos muy parecidos a los de la joven, caminando hacia ellas.

-Ya me voy, pequeña- le dijo en voz baja a Elizabeth, su hermana menor, en cuanto estuvo cerca de ella, mientras se ajustaba una chaqueta negra- toma esto.

Acto seguido, se agachó al lado de la joven y le pasó por el cuello una cadenita de plata con un dije en forma de corazón. La castaña lo tomó y, con sorpresa, notó que se abría, y que adentro tenía una pequeña fotito de ambos.

-Gracias, Pete –murmuró en voz queda, mientras que los ojos se le nublaban un poco y apretaba la mano de su hermano- no dejes que te pase nada malo, ¿sí?-terminó, como si le estuviera imponiendo un deber.

Peter sonrió y, levantándose, besó la frente de la muchacha.

-Claro que no, pequeña. Regresaré en un mes, más o menos.

Todas las muchachas voltearon rápidamente a ver a Elizabeth, quien tenía una expresión de sorpresa grabada en el rostro.

-¿Un mes? ¡Pete! –exclamó- pero eso es mucho tiempo… ¡Es la misión más larga en la que has estado! ¡Cuando regreses ya estaré en Hogwarts! Y todo por culpa del imbécil que se hace llamar Voldy… ¿No puede encontrar nada mejor que hacer? ¿Pelar papas? ¿Cuál es su afán en ser así? ¿Quiere ser nombrado Destripador del Año?

Sus amigas rieron, sin asustarse en ningún momento por la mención a Voldemort, quien reinaba en un mundo de terror desde hacía varios años. Después de haberse enfrentado a él el año pasado y salir ilesas –casi-, no las atemorizaba tanto el nombre.

-Es probable-admitió el joven- y sabes que no es mi culpa, Beth –se excusó Peter- te prometo que la primera que recibirá una carta mía serás tú, en serio.

-Peter, ¿por qué no pueden mandar cartas mientras están en misiones? –preguntó Mary Ann.

-Porque no quieren que los mortífagos nos localicen. Sería fácil si de repente saliera de una choza en la mitad de la nada una bandada de lechuzas con cartas atadas a las patas… –explicó el joven con sencillez- ¿por cierto, por qué no han venido Katie y Ángela?

Katie era la hermana menor de Mary y Ángela su mejor amiga. En realidad, Katie y Mary Ann eran hermanastras, pero se llevaban muy bien, y preferían el término hermanas porque la gente solía presuponer que, como hermanastras, se llevaban mal. Ella y Angie iban a entrar a quinto año en Hogwarts.

-Katie tiene que pasar el verano con los número dos –explicó Mary, refiriéndose a su padre biológico y a su madrastra. Su madre y su padrastro eran los número uno.

-Y Angie está en España, con su familia- informó Lily.

-Dijo que nos enseñará a bailar flamenco cuando llegue –dijo Katia, provocando risas entre todos los presentes –a ti también, Pete.

-Entonces supongo que debería enviarle una carta a ella también, para decirle que mis habilidades de baile son nulas –bromeó el aludido, revelando que el trato fraternal que sostenía con todas las amigas de su hermana. Había sido así desde que eran pequeños- ahora sí es en serio, debo irme.

Besó de nuevo a su hermana, se despidió cariñosamente de todas las chicas, y volvió a entrar a la casa, de donde unos momentos después salió el sonido característico de una persona desapareciendo.

-Odio ese sonido –dijo Elizabeth, mientras inconscientemente, apretaba en una mano el corazón de plata que le había dado su hermano.

-Peter es uno de los mejores aurores del ministerio, Eliza –la tranquilizó Lily- seguro estará bien.

-Sí, lo sé –dijo ella- pero aún así, es horrible que se tenga que ir.

-Pues mira, si vas a estar así el resto del verano, avísame y me voy con los número dos –bromeó Mary Ann, porque en realidad, no pensaba apartarse de sus amigas.

-Por supuesto que no estaré así, Mare, no seas imbécil –se defendió la castaña, riendo- recuerden que en una semana nos vamos a Londres, al apartamento.

-¿Y cuántas casas se supone que tienen Peter y tú? –preguntó Katia, aunque ya sabía de memoria la respuesta.

-Sólo tenemos el apartamento en Londres, sabes que el resto de las casas, como esta, son de mis tíos. Pero piensan que diré que son un amor si me las prestan –contestó la castaña, en tono irónico- ilusos.

-¿No podemos quedarnos aquí? –rogó Lily, levantándose- ¡tienen piscina!

-Sí, es verdad –aceptó Elizabeth, quitándose los lentes de sol- pero Londres está repleto de chicos guapos.

La pelirroja quedó pensativa ante ese argumento, y aprovechando esa distracción, sus tres amigas se levantaron rápidamente y la lanzaron a la piscina, para luego meterse ellas, entre risas y gritos.

Mientras tanto, en Londres, en la cocina de una casa de clase alta, cinco muchachos estaban intentando preparar la cena.

-¿Alguien me puede decir por qué no pedimos pizza? –se quejó Peter, un chico algo bajo y muy delgado, a pesar de lo mucho que comía, mientras intentaba picar un tomate sin picarse los dedos en el proceso- sería mucho más sencillo.

-Porque hemos comido pizza todos los días durante una semana, Colagusano- lo regañó Remus, un joven alto, de cabellos desordenados de un tono rubio oscuro, muy alto y bien formado, que tostaba pan. Era muy guapo.

-¿No te cansas de la comida chatarra, Peter? –interrogó Will, un muchacho de cabellos castaños, muy apuesto y de expresión divertida y cariñosa, quien freía huevos.

-No- respondió el aludido- si quieren comer sano, ¿por qué no pedimos ensalada y ya? No me gusta cocinar –admitió, mientras se chupaba un dedo.

-No nos hemos dado cuenta –se burló Sirius, un muchacho alto y apuesto, de pícaros ojos grises y cabello negro, que le caía elegantemente sobre la frente- en serio, no eres para nada obvio –agregó, con un toque de ironía, mientras intentaba hacer jugo.

-¡Pero mira, me he cortado!-argumentó Peter blandiendo el dedo índice derecho, donde tenía una cortada de dos milésimas de centímetro, a menos de un palmo de la cara de Sirius.

-Pobre, la hemorragia va a hacer que se te apague el cerebro-contestó el joven, mientras se apartaba un poco de su amigo, sin abandonar el tono irónico.

James, chico de la misma altura de Sirius, de cabellos negros y simpáticos ojos castaños, que parecían sonreír detrás de unas gafas redondas, estalló en carcajadas después de ver la expresión que apareció en los ojos de Peter.

-Cuidado, Cornamenta, o quemarás el tocino –le advirtió Remus.

-¿Alguien ha sabido de Alex? –preguntó Will, sin dejar su tarea.

-Me dijo que regresará la semana antes del comienzo de clases, si todo va bien –lo tranquilizó James- por supuesto, con la clase de madre que tiene, que todo vaya bien es esperar mucho.

-Pues tu optimismo me contagia, James –le reprochó Sirius, siempre en tono irónico.

-Ya, por Dios –les cortó Will- estoy seguro de que todo estará bien. Déjense de tonterías.

-Niños, quédense quietos y no peleen, o los dejaré sin postre –bromeó Remus, con tono maternal, lo que hizo que todos estallaran en risas- se ponen así por el hambre, trogloditas –agregó, en tono normal- vamos, Peter, ayúdame a poner la mesa.

-¿En serio hay postre?- fue lo único que dijo el aludido, logrando que sus amigos se rieran aun más.

Al día siguiente, las chicas, cargadas con bolsas de compra, se detuvieron en la puerta de un café y sin dejar de charlar y reír, eligieron la mesa más grande del lugar –la única que tenía cinco sillas-, dejaron todas las bolsas en el suelo, y se instalaron en las sillas. Era obvio que no era la primera vez que iban.

-¿Puedo tomar su…? –empezó a decir un camarero joven y apuesto- ¿Elizabeth? –se sorprendió, al reconocer a una de las muchachas.

-¿Ben? –exclamó la castaña, igual de sorprendida, antes de ponerse roja como un tomate.

-Es una sorpresa verte por acá- dijo amablemente el chico- pensé que no volverías después de… -Ben se interrumpió, poniéndose del mismo color que Elizabeth- ajá, ¿que les puedo ofrecer?

Las otras tres chicas, que habían estado absortas viendo aquel incómodo encuentro, tardaron un momento en reaccionar y pedir distintos tipos de café o postres rápidamente.

-¿Y tu, Liz? –preguntó, después de anotar los pedidos del resto del grupo.

-Yo… eh, un café, por favor –dijo la castaña.

Ben se marchó con paso rápido, dejando a las chicas en condiciones para interrogar a Elizabeth.

-¿Quieres explicar que demonios fue eso? –Mary Ann fue la primera en atacar.

-Eh… eso… nada –Elizabeth intentó mentir- un viejo amigo –pero no le salió nada bien.

-Si, y yo estoy enamorada de Potter -se burló Lily.

-Pues mira, Lil, que no hay manera de saber si lo que dices es verdad -la castaña no dudo en contraatacar.

Lily puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.

-En serio, Eliza -dijo Mary Ann- ¿quién es él?

-Es una larga historia, que empezó bien y terminó… mal, por decir algo. El término concreto es maldiciendo-contestó Elizabeth, malhumorada.

-Maldiciendo... ¿Lo dices literalmente? -se extrañó Katienka- ¿es mago?

-Sí, pero no fue a Hogwarts -admitió Elizabeth- sino a otro colegio, en América.

-¿Fueron no...? -empezó a preguntar Lily, olvidando su enfado, pero se vio interrumpida por Ben, quien había regresado con la comida.

-Sí, fuimos novios -dijo el muchacho amargamente, mientras le servía un pastel a la pelirroja, sin notar los ademanes de Elizabeth que le pedía que se callara-, durante unos meses, y todo iba bien- siguió, al tiempo que le entregaba una taza de capuccino a Mary Ann, sin darse cuenta, aparentemente, que Elizabeth le rogaba con la mirada que no siguiera-, hasta que un día Liz decidió irse con su hermano sin despedirse de mí -dijo, sin hacerle caso a su ex, mientras le daba una taza de té a Katienka-, y por supuesto, fui yo quien terminó herido -cuando terminó de decir aquello, le dio una taza de café y un helado a la castaña, mirándola a los ojos-, el helado va por mi cuenta, Liz -añadió, con voz baja y algo herida-, es bueno tenerte de regreso -y se fue.

Elizabeth, con los ojos nublados, levantó los ojos y observó a sus amigas, quienes le pedían una explicación con la mirada.

-Yo... no fue mi culpa, chicas -empezó a decir, con la voz quebrada- me fui porque...

-¿Por qué siempre te ha dado miedo enamorarte, para que no te pase lo que te pasó con Sirius? -atacó Lily.

-No, Lily, me fui porque la madre de James acaba de morir -replicó la aludida, en un tono entre molesto y herido- él te quería a ti a su lado, pero tu fuiste demasiado egoísta como para pensar en otra cosa que no fuera que sentirías si te veías obligada a estar al lado de James. Por eso me fui, porque sabía que él necesitaba apoyo.

La castaña, enfadada, dejó a su atónita amiga en la mesa, al cuidado del resto de las chicas, y caminó hacia la parte de atrás del café. Sin pensarlo mucho, se sentó en un muro de piedra que ella conocía bien y apoyó la cabeza contra una pared, cerrando los ojos.

-¿Liz? -le preguntó la voz de Ben- ¿estás bien?

La aludida abrió los ojos y se dio cuenta de que el chico se había sentado a su lado.

-Si... supongo -dijo ella, volviendo a bajar la mirada.

-Siento haberte metido en aprietos.

-No, está bien. Soy yo la que lo siento, Ben –le dijo la muchacha- tienes toda la razón al estar molesto, creo que yo también lo estaría… Es un cliché, pero puedo explicarlo.

-¿En serio?- exclamó sorprendido el muchacho.

-Sí, en serio. Yo… un amigo estaba en aprietos, y necesitaba a alguien a su lado… Lo siento, de verdad.

-¿Cuál amigo? –un dejo de celos asomó en la voz de Ben- ¿Sir…?

-¡No!- soltó Elizabeth- ¿crees que es mi único amigo?

-Lo siento, asumí que era él. No estoy molesto, Liz, es solo que me sorprendió verte. ¿Cuánto tiempo te quedas?

-Cinco días. Después tenemos que ir a Londres.

-¿Pasarán el resto de las vacaciones allá? –se extrañó Ben.

-Sí, las chicas quieren tomar cursos de algunas materias, y empiezan en dos semanas- explicó con fastidio la castaña.

-Entiendo. ¿Ya vas a sexto, no? ¿Recuerdas nuestros planes de ir a Suiza después de que terminaras? Lo dijimos cuando teníamos cinco años.

-Sí, íbamos a Suiza porque a mis tíos no les gustaba ese país y no queríamos que nos encontraran- recordó la joven con una carcajada- quien sabe, tal vez podamos ir.

-¡Jazz!- exclamó Katienka en cuanto volvieron a la casa. Jazz era la lechuza de Elizabeth. Era blanca como la nieve, y llevaba un cordón rosado atado al cuello. Llevaba una carta amarrada a la pata, que la rubia se apresuró a desatar.

-¿Qué dice?- preguntaron las otras tres chicas al unísono, impacientes.

-Es James, nos invita a pasar el resto de las vacaciones en su casa. Los chicos ya están todos allá, menos Alex.

-¿Qué dicen, chicas?- preguntó Elizabeth- no estaría mal.

-Yo… no sé, no me convence la idea- argumentó Lily.

-Cariño, si has podido esconder lo que sientes hacia James durante años, no creo que te cueste mucho trabajo hacerlo durante unas semanas –dijo Mary Ann con algo de ironía (¿algo?)

La pelirroja le dedicó una mirada de desprecio y luego murmuró algo que sonó como «De acuerdo»

-Está decidido, nos quedamos en donde James- dijo Katienka con una sonrisa, mientras escribía la respuesta y la enviaba con Jazz.

Los días pasaron volando antes de irse a Londres. Lily se estaba quedando sin uñas pensando en que haría si estaba en el mismo lugar que “Potter”, Katienka había adoptado la costumbre de tomar fotos a cualquier cosa que viera, Mary Ann leía con frenesí libros para mejorar sus calificaciones en Aritmancia, mientras que Elizabeth se encargaba de empacar progresivamente las pertenencias de todas, algo de lo que nadie más se ocupaba. Ben, por su parte, se había vuelto una visita frecuente en la casa de las chicas, y rápidamente se convirtió en su amigo y confidente.

-Ben, ¿qué voy a hacer?-exclamó exasperada Lily lanzándole una franela suya al chico que leía tirado en el sofá, mientras que la pelirroja empacaba la ropa que habían lavado el día antes de su partida.

-Puedes dejar de tirarme cosas, para empezar-le contestó el muchacho, pasándole la prenda de nuevo a la joven, después de cerrar el libro- a ver, ¿qué es lo que no te gusta de James? No lo conozco, pero suena como una persona agradable.

-¡¿Agradable?!-lanzó Lily, histérica- ¡eso es porque sólo has escuchado la versión de las demás! ¡Es un arrogante, pedante, imbécil, cabeza hueca, creído, presumido, vanidoso, engreído, petulante y afectado hijo de mami!

-¿En serio? ¿Y cuáles son tus pruebas?-preguntó Ben, divertido con la sarta de “halagos” que había soltado la muchacha.

-Pues que siempre que está enfrente de mí, hace las cosas más patéticas y ridículas para lucirse- contestó ella, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

-Lily, eso es normal. No se si no lo entiendes, pero parece que tú le gustas, y mucho. Todos los hombres hacemos eso, queremos llamar la atención de la chica que nos atrae- le dijo, sonriendo.

-¡No es sólo eso! ¡Es un mujeriego!- se defendió Lily, mientras se ponía roja- ¡Cientos de chicas deben de haber pasado por su cama!

-En realidad, no ha besado a una chica en más de seis meses- terció Elizabeth, quien entraba en la habitación para recoger su ropa- y la última fui yo, estaba borracho. Mentira… -la castaña puso expresión pensativa- …fue Sirius. También estaba borracho esa vez.

Lily la miró con cara de pocos amigos y exclamó:

-¡Y además es alcohólico, Eliza lo acaba de decir! ¡Ustedes no entienden nada!

Acto seguido, cerró de golpe el baúl que ya contenía toda su ropa y subió las escaleras, furibunda.

Elizabeth y Ben se miraron durante un momento, y estallaron en carcajadas. Cuando consiguieron calmarse, Ben le preguntó a la castaña:

-¿A ella le gusta James, verdad?

-Bastante, pero no consigue la manera de admitirlo y de tragarse el orgullo y por eso nos dice que lo odia –le contestó ella, sonriendo.

-¿Y él? ¿La quiere? –siguió interrogando Ben.

-Ben, James quiere a Lily desde que la conoce, y creo que incluso la ama. A veces sufre bastante por eso, pero estoy segura de que ella pronto admitirá que siente algo por él. Al menos eso espero.

-¿Y que hay de ti? ¿Te gusta alguien? –inquirió el joven, con un tono más serio.

-Creo que no. No tengo tiempo para eso, ya tengo que preocuparme por Peter.

Mientras hablaban, Ben se había ido acercando lentamente a la chica, hasta que solo quedaron unos centímetros entre ellos. Aún más despacio, el joven fue cortando la distancia que todavía los separaba, hasta que sus labios rozaron suavemente los de la sorprendida muchacha, quien, como sin darse cuenta de lo que hacía, posó una mano en el rostro del chico. En un principio lo hizo para detener a su amigo, pero pronto desistió y solo la dejó en el cuello de Ben.

-¿Eliza?- Katia había llegado en el peor, o mejor momento posible. Los dos jóvenes dieron un respingo y se alejaron rápidamente.

-Yo… debo irme, lo siento. Todavía tengo mucho que empacar –murmuró Elizabeth. Dicho esto, con un nervioso movimiento de varita metió toda su ropa en un bolso, lo agarró y se fue con paso rápido a su habitación.

Katienka, quien había observado toda la escena con sorpresa, fue la primera en reaccionar.

-¿Ben? –preguntó, tímida- ¿qué sucedió?

-Nada, Katia- se excusó él- pero… ¿te puedo preguntar algo?

-Claro, lo que quieras.

-¿No sabes si a Liz le gusta alguien?

La rubia dudó un momento antes de contestar.

-Por supuesto… todos saben que ama a Sirius.

El día siguiente, al mediodía, las cuatro amigas se bajaban en una estación de trenes donde las esperaban James, Sirius y Remus.

-¡Chicos!-gritó alegremente Elizabeth en cuanto se bajó del tren y se abalanzó encima de sus amigos, dejando que sus amigas se encargaran del equipaje y de un grupo de turistas americanos que les sacaban fotos como si fueran una bandada de pájaros exóticos.

-Señor, por favor, déjeme pasar- decía tímidamente Katienka, como si no quisiera molestar a los viajeros.

-Mire, no quiero tomarme fotos con ustedes, ¿no entienden? ¡Déjennos pasar!-exclamaba Mary Ann, de forma más directa que su amiga.

-¡Es que son idiotas! ¿No ven que no nos importa si son nuevos en Inglaterra? ¡Déjennos en paz!-Lily probó porque la consideraban la más excéntrica de sus amigas, mientras apartaba a los confundidos turistas golpeándolos con la maleta de Elizabeth- malditos americanos- murmuró después de que salió del grupo.

-¿Y por qué con mi maleta?-se quejó Elizabeth, sin darse cuenta de que seguía abrazada a James, y la pelirroja la miraba de una manera preocupante- ¿qué la tuya no pega igual de duro? ¡Si tienes una biblioteca adentro!

Por toda respuesta, los ojos verdes de la joven acentuaron su brillo asesino, hasta que la aludida de dio cuenta y soltó el brazo de James.

-¿Cómo la pasaron en la casa de tus tíos?-le preguntó Sirius a Elizabeth, mientras la ayudaba a instalarse en una de las habitaciones de la casa de James.

-Genial-le contestó la castaña sin mucha alegría. No quería recordar la incómoda despedida de Ben.

-Tu emoción me desborda, Liz-dijo el chico en tono burlón- en serio, ¿qué sucedió?

-Nada, Sirius-mintió la joven- ¿por qué asumes que pasó algo?-agregó, en un tono bastante agresivo.

-Liz…

-Lo siento-murmuró la chica- es que… Los últimos días han sido algo complicados.

-Lo sé, me extrañabas a muerte-bromeó el pelinegro, ignorando las miradas asesinas de su amiga- ¿ni siquiera un poco?- y se tumbó en la cama de Elizabeth.

La aludida no respondió al instante, sino que se sentó en el borde de la cama con una sonrisa pintada en el rostro. La verdad, lo había extrañado bastante.

-Tal vez-dijo, con tono juguetón, pasando una mano por el cabello del chico, alborotándolo un poco- pero no mucho.

-Solo admite que no sabes como vivir sin mí, Liz-se quejó Sirius en un tono que parecía dividirse entre estar divertido o algo dolido.

-Esta bien, Sirius, no sé que hacer cuando no estoy contigo, te extraño a rabiar, siento que me muero si no respiro el mismo air…-la castaña se detuvo al ver que el chico se reía a carcajadas: había cumplido su objetivo. Nadie sabía como alegrar a Sirius mejor que ella.

-Así está mejor, cariño-le dijo, siguiendo con el tono de broma- para que lo sepas, yo si te he extrañado. Y mucho-esta última parte no iba en broma, y la joven, notándolo, retiró su mano de los cabellos del chico.

-Así que han decidido olvidar las peleas del año pasado-exclamó Remus mientras entraba a la habitación con algunos libros entre las manos- me alegra verlos así. Te he traído los libros que me pediste, Ely. Espero que te sirvan.

Elizabeth y Sirius, todavía sentados en la cama, observaron como el joven licántropo depositaba los libros en un estante. Sus ojos se posaron repentinamente en una foto de Elizabeth, Lily, Katienka y Mary Ann que la castaña tenía en su mesa de noche. Pero lo que más llamó la atención fue la manera en que una sonrisa apareció en los labios del chico cuando se fijó en la sonriente imagen de la rubia.

-Remus…-Elizabeth interrumpió el momento con el tono más meloso que pudo concebir- ¿a quién miras en esa foto con tanto interés?-interrogó, a pesar de que ya sabía la respuesta.

-Yo juraría que era a Kovoska, pero no podría estar seguro-dijo Sirius con ironía-con Lunático nunca se sabe.

El aludido le dirigió una mirada de reproche al joven, lo que les sirvió de señal a los dos bromistas:

-Remus y Katia sentados en un árbol…-empezaron a cantar con tono infantil.

-Maduren-dijo el muchacho en tono duro y salió cerrando la puerta fuertemente detrás de él, dejando que sus dos amigos estallaran en carcajadas.

La noche del día siguiente, Lily entró malhumorada a la casa y lanzó un bolso lleno de libros en el primer sofá que consiguió, mientras se quitaba los zapatos junto al perchero. Acto seguido, se dirigió a la cocina para picar algo, mientras maldecía al profesor en voz baja.

-Imbécil arrogante, se cree que el ombligo del mundo y que lo sabe todo…-sacó una bolsa de galletas de chocolate de una estantería, sin fijarse en unos ojos castaños que la seguían con alegría e interés- ¡pues no! No lo sabe todo, no sabe nada, y alguien tiene que demostrarle que es así-se encaramó en la barra y empezó a comer, sin dejar de hablar- sólo porque sabe hacer un patronus piensa que la Reina de Inglaterra lo va a nombrar caballero…

-Me alegra saber que piensas en mí, Evans-exclamó James, casi sin poder contener una carcajada, mientras salía de detrás de un sofá, desde donde había observado la escena- aunque no sé porque no puedes ser un poco más cariñosa.

La muchacha dio un respingo, pero se recompuso bastante rápido, a tiempo de atacar:

-¡Por Merlín, Potter!-exclamó, bastante enojada- ¡casi me matas del susto! ¿Qué no puedes hacer nada más que seguirme?

-Me evitas, así que tengo que conseguir la manera de verte, cariño-se defendió el pelinegro, en tono burlón-no te preocupes por lo que dijiste, supongo que sigues sin descubrir lo mucho que te gustan los hombres arrogantes.

-¿Hombre?-Lily fingió una risa- por favor… Espera...

-¿Qué sucede, nena?

-¿Acabas de admitir que eres arrogante?-preguntó la chica, poniendo cara de “Dios si existe”

-No, pero como tú pareces creerlo, es más fácil si te dejo pensar lo que quieras. Esa es la basa de toda relación fructífera, ¿sabes?-dijo, mientras se sentaba en una de las sillas de la barra.

-Sí, Potter, esa es la razón por la que hay personas que pasan cincuenta años casadas. Si el doctor Phil no se cuida, estoy segura de que le quitarás el trabajo. De verdad-por supuesto, el tono irónico no podía ser más evidente.

-De acuerdo, de acuerdo-admitió el muchacho- ¿me das una?-pidió de repente, señalando las galletas y poniendo expresión de niño inocente.

La pelirroja dudó un momento, y pasó la mirada repetidas veces de la bolsa de galletas a la cara de James, hasta que se decidió y le tendió una al chico.

-¿Ves?-dijo él, mordiendo la galleta y mirando a la muchacha con cara de satisfacción- otra de las bases de toda relación fructífera es compartir todo. Yo diría que vamos por buen camino-acto seguido, se levantó y se encaminó hacia su habitación, dándole tiempo a Lily de notar que el chico no llevaba camisa. James se inclinó un momento hacia el bolso de la pelirroja, murmuró algo que ella no pudo entender, y luego volteó la cabeza para guiñarle un ojo a la desconcertada chica, antes de subir las escaleras.

-¡¡¡¡Potter!!!!-un grito despertó a todos el día siguiente. Cuando todos bajaron a la sala –incluido James, consiguieron a Lily con un bolso en una mano, y la varita –que por casualidad, sólo por casualidad, apuntaba al chico- en la otra.

-Me encanta despertar por las mañanas con el sonido de tu voz, cariño-dijo el aludido irónicamente, sin poder esconder la expresión somnolienta que aparecía en sus ojos. La pelirroja no pudo evitar poner los ojos en blanco.

-¿Qué sucede, Lily?-preguntó Katia, mientras bostezada sin preocuparse en disimularlo.

-No quería despertarlas, chicas-se excusó la pelirroja, sintiéndose algo culpable al ver la cara de sueño que portaban todas sus amigas.

-Pues mira, son las seis de la mañana y ya nos despertaste, así que termina con lo que sea que empezaste, ¿sí?-espetó Elizabeth, con un tono que distaba mucho de ser agradable.

-¡Tu amiguito me robó un libro!-exclamó la aludida, exasperada por el mal humor de su amiga.

-¿Y cómo sabes que fue él, pelirroja?-preguntó Sirius, siempre dispuesto a defender a su amigo.

-¡Por qué es el único en esta casa que tiene tanto interés en acabar con mi paciencia!

-Lily, cariño-terció James, quien parecía haber sido dejado de lado en la discusión-no te ofendas, pero a pesar de que tienes muchísimos atributos (mirada melosa de parte del pelinegro) naciste sin paciencia. No te preocupes, es un defecto congénito.

La joven le dirigió una mirada asesina al muchacho, pero decidió no decirle nada.

-James, si fuiste tú, por favor devuélvele el libro-Mary Ann intentó apaciguar la situación.

-Mare, podrás ser la mejor cazadora que tengo, ¡pero ni siquiera tú puedes lograr que devuelva algo que no he tomado!-una mirada pícara se escapó de los ojos del chico.

-James, dáselo para que pueda volver a dormir y la maniática se tranquilice -intervino Peter, pero al ver la mirada que le dirigía la aludida, optó por esconderse detrás de la alta figura de Remus.

-Si el libro es tan importante para ti, acepta que te compre una copia-dijo James-será un regalo. Por favor, Lily-imagínense la cara inocente de James… Suspiro

La aludida miró con desconfianza al pelinegro, pero una patada de parte de Mary Ann, a quien el sueño no parecía poner de buen humor, decidió a la chica. Aunque sólo era para poder irse a dormir otra vez, claro.

-De acuerdo, iremos a comprar el libro…-aceptó Lily.

-Gracias, Lily. Iremos en cuanto desayunemos –dijo, mirando dulcemente a “su” chica- ahora, a dormir.

-¿Quién te dijo eso?-se extrañó la chica- vamos ahora.

-¡¿Qué?!-exclamó un somnoliento James-¡Pero si apenas son las seis!

-Y cuarto-puntualizó Lily- si quieres comprarme el libro, nos vestiremos e iremos ahora, o lo compraré yo, no te preocupes-la chica le dirigió una mirada a su interlocutor que parecía desafiarlo a que regresara a la cama.

-Pues mira, como esto es entre ustedes dos, yo creo que está bien que el resto vayamos a dormir-dijo Sirius, reprimiendo un bostezo, mientras intentaba ignorar la mirada asesina de su mejor amigo.

-Gracias por el apoyo, imbécil-le espetó este último, sin poder decidirse entre su amor por Lily y la nostalgia que le inspiraba su almohada en ese momento.

-Yo también te quiero, Cornamenta-le respondió el aludido, mientras que todos aceptaban la propuesta de Sirius y regresaban a sus camas-bueno, señores, buenas noches y…

-Va a amanecer en media hora-le dijo Lily, mirándolo extrañada.

-Está bien, pelirroja, buenos días… y dulces sueños-terminó, mirando sugerentemente a Elizabeth, quien seguía en la sala, después de decir las dos últimas palabras-claro que puedes soñar conmigo cuando quieras, pelirroja. Pero sólo porque eres la chica de James.

-¡No soy la chica de…!-empezó a gritar la aludida, pero Sirius la interrumpió con un movimiento despreocupado, antes de salir de la sala y regresar a su habitación.

-De acuerdo, yo me voy…-dijo Elizabeth-buena suerte, cariño-le susurró a James, divertida, mientras pasaba a su lado-la necesitarás.

-Así que…-dijo la pelirroja, en cuanto Elizabeth se hubo ido- ¿nos vamos?-completó, con un tono malicioso en la voz. Si James quería guerra, ella se la daría. Cuando regresaran a la casa, el chico iba a desear nunca haber robado su libro.