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Historia 29989 — capítulo 1

Capítulo: I

En medio de la opulencia de cromo y cristal de un restaurante de Londres, la esquelética recepcionista recorrió la lista de reservas con una uña violeta y murmuró:

  • Granger, Granger, ¿dónde estás? Aquí, mesa doce. Es la…

  • ¿… primera en llegar? – Terminó Hermione por ella. No pudo ocultar su decepción porque, tras un duro combate contra sus impulsos naturales, se había obligado a llegar cinco minutos tarde.

  • ¿Es Virgo? – Uñas Púrpuras creía a totalmente en la astrología. Al ver que Hermione asentía prosiguió- Ser patológicamente puntual es típico de su signo. No puede luchar contra el destino.

Un camarero llamado Demian, con rastas atadas en un moño, señaló la mesa, donde Hermione se sentó, cruzó las piernas y se sacudió la melena llena de rizos perfectos para retirárselos de la cara, esperando que ese ademán la hiciera parecer altiva y despreocupada. Luego fingió estudiar la carta, deseó fumar y juró por Dios que la próxima vez se esmeraría en llegar diez minutos tarde.

Quizás, tal como sugería Ginny a menudo, debería asistir a las reuniones de Maniáticos Anónimos.

Segundos después llegó Ginny, insólitamente puntual, taconeando sobre el suelo de haya decolorada, con el cabello pelirrojo sacudiéndose a su paso. Llevaba un vestido asimétrico evidentemente nuevo, caro y demasiado ajustado. Pero sus zapatos eran preciosos.

  • Lamento no llegar tarde – se disculpó-. Sé que te gusta sentirte moralmente superior, pero las calles y el tráfico peatonal conspiraron en mi contra.

  • Qué le vamos a hacer – Dijo Hermione con seriedad-, pero no te acostumbres. Feliz cumpleaños.

  • ¿Qué tiene de feliz? – Preguntó Ginny con tristeza-, ¿Acaso tú te alegraste de cumplir treinta y uno?

  • Reservé diez sesiones de lifting sin cirugía – admitió Hermione, a lo cual Ginny la miró sin comprender-. Pero no te preocupes, no pareces ni un día mayor de treinta. Bueno, quizá un día…

Demian se acercó a preguntarle a Hermione qué quería beber. Entonces vio a Ginny y su gesto reflejó alarma. Otra vez no, pensó, preparándose estoicamente.

  • ¿Vino? – Preguntó Ginny a Hermione-. ¿O algo más fuerte?

  • Un gin-tonic.

  • Que sean dos. Muy bien. – Ginny se restregó las manos con alegría-. ¿Dónde están mis libros muggles infantiles?

Ginny y Hermione habían sido amigas íntimas desde los doce años y la primera aún conservaba un saludable respeto por la tradición.

Hermione le pasó un paquete por encima de la mesa y Ginny desgarró el papel de colores.

  • ¡Drácula! – exclamó, encantada.

  • El libro de Drácula de Bram Stoker es uno de los más conocidos y espeluznantes para los adultos – señaló Hermione.

  • Pero a veces echo de menos los libros infantiles – dijo Ginny con aire pensativo.

  • No te preocupes; mi madre te los sigue comprando para todos tus cumpleaños.

Ginny alzó la vista, esperanzada.

  • En otra dimensión – se apresuró a añadir Hermione.

  • Tienes un aspecto estupendo. – Ginny encendió un cigarrillo y admiró la ropa de Hermione: un traje de pantalón color clarete y unas botas de taco aguja.

  • Tú también.

  • Y una basura.

  • Es verdad. Me encanta tu vestido.

  • Es el regalo de cumpleaños que me he hecho a mí misma. ¿Sabes una cosa? – La cara de Ginny se ensombreció-. Detesto las tiendas donde usan esos espejos ligeramente combados para que pienses que la ropa te hace parecer más delgada y esbelta. Como una idiota, siempre creo que se debe al magnífico corte de la prenda y que, vale la pena gastarse el equivalente a la deuda externa de un pequeño país sudamericano.- Hizo una pausa para dar una profunda calada al cigarrillo-. Cuando llegas a casa, te miras en un espejo normal y descubres que pareces un cerdo endomingado.

  • Ginny, me cansé de repetirte las cosas. No pareces un cerdo, estás más flaca de lo normal.

  • Claro que no. Y no te devuelven el dinero a menos que el vestido tenga algún defecto. Dije que tenía un defecto muy gordo, porque con él me parecía una cerda. Pero se carcajearon y dijeron que eso no contaba. Tenía que ser algo así como la cremallera rota. En fin; teniendo en cuenta que para comprarlo gasté varios Galeons, decidí usarlo de todas maneras.

  • Pero ya habías gastado todo tu sueldo.

  • No, no – explicó Ginny con seriedad-. Ése era sólo el sueldo oficial. Mi verdadero sueldo está a unos cincuenta Galeons por encima del que he dicho. Ya lo sabes.

  • Ah – dijo Hermione.

Ginny abrió la carta del restaurante.

  • Ay, mira – dijo con angustia-, aquí todo es delicioso. Ruego a Dios que me dé valor para no pedir un primero. ¡Aunque tengo tanta hambre que me podría comer un hipogrifo!

  • ¿Qué tal va la alimentación? – preguntó Hermione aunque ya podría haber adivinado la respuesta.

  • He comenzado una dieta – dijo Ginny, avergonzada.

  • ¿Qué más da? – trató de consolarla Hermione.

  • Eso – respondió Ginny, aliviada-. ¿Qué más da? Como te imaginarás, Dean se puso furioso. Pero qué voy a hacer. Imagina una alimentación normal en la que nada está prohibido para una obsesionada con el físico como yo. Es una invitación al desastre.

Hermione murmuró unas palabras tranquilizadoras, como había hecho en los últimos quince aós cada vez que Ginny se descarriaba en su plan de alimentación. La castaña podía comer todo lo que le apetecía, precisamente porque no quería hacerlo. Con su aspecto impecable parecía la clase de mujer que no necesita pelear contra nada. Por debajo del flequillo liso, sus fríos ojos café estudiaban el mundo con absoluta serenidad. Ella lo sabía. Practicaba mucho cuando estaba sola.

El siguiente en llegar fue Harry, cuyo trayecto a través del comedor atrajo la atención del personal del restaurante y de la mayoría de la clientela. Alto, corpulento y apuesto, con el cabello negro azabache despeinado. Las mangas de la chaqueta del traje púrpura estaban decoradas con una ristra de ojales, a través de los cuales centelleaba la camisa verde lima. Los discretos comentarios de la concurrencia - "¿Quién es?" "Debe de ser un actor…" "¿O un modelo?" - recordaban el rumor de las hojas de otoño y el natural entusiasmo de los comensales del viernes por la noche experimentó un notable aumento. No cabe duda, pensó todo el mundo, es un hombre con clase.

Harry localizó a Ginny y Hermione, que habían estado mirándolo con una mezcla de jovialidad e indulgencia, y les sonrió de oreja a oreja. Fue como si todas las luces se hicieran más brillantes.

  • Bonito atuendo – dijo Hermione señalando el traje con la barbilla.

  • Bonito y con clase – respondió Harry, tratando infructuosamente de sonar como un londinense de los barrios bajos. Era incapaz de disimular su fuerte acento del condado de Belfast.

Pero no siempre había sido así. Doce años antes, cuando había llegado a Londres, recién escapado de la represión de un pueblo pequeño, Harry se había abocado con entusiasmo a la tarea de reinventarse a sí mismo. El primer paso fue modificar su lenguaje. Ginny y Hermione habían observado con impotencia cómo Harry aderezaba las conversaciones con afeminados "Aaay, es francamente alucinante" o "Guaaau".

Pero e los últimos dos años había recuperado su acento del norte de Irlanda. Aunque con algunas variantes. Cualquier acento extranjero era considerado aceptable y elegante en el medio en que se movía, la industria de la moda. Sus colegas lo encontraban encantador. Pero Harry también era consciente de la importancia de que lo entendieran, de modo que en la actualidad empleaba una versión ‘light’ del acento de Belfast. Los doce años de residencia en Londres también habían suavizado y civilizado la manera de pronunciar el inglés de Ginny y Hermione.

  • Feliz cumpleaños – le dijo Harry a Ginny.

No se besaron. Aunque Ginny, Hermione y Harry besaban prácticamente a cualquier persona a la que trataban, nunca se besaban entre ellos. Habían crecido en un pueblo donde no era habitual expresar afecto físicamente. La versión de Ballynafoy del preludio sexual era decir: "Prepárate, nena."

No obstante, eso no había evitado que poco después de llegar a Londres Harry tratara de imponer la costumbre continental de dar un beso en cada mejilla en el piso que compartían en Willesden Green. Hasta había pretendido que se besaran entre ellos cuando volvían del trabajo, poer la fuerte resistencia de las chicas le había causado una profunda decepción. Todos sus nuevos amigos homosexuales tenían compañeras de piso complacientes, ¿por qué él no?

  • ¿Cómo estás? – preguntó Ginny-. Vaya si tienes suerte: parece que haz adelgazado. ¿Qué tal tu hincadura de erumpent?

  • Dándome guerra, ensañándose conmigo, ahora lo tengo localizado en el cuello – respondió Harry con un suspiro-. ¿Y tu fiebre de dragón?

  • He conseguido vencerla con un par de días de reposo – dijo Ginny-. Ayer tuve un caso leve de spattergroi, pero también lo he superado.

  • Esos chistes son perversos – terció Hermione, cabeceando con cara de disgusto.

  • ¿Acaso es culpa mía si siempre me siento enfermo? – replicó Harry, furioso.

  • Sí – dijo Hermione sin rodeos-. Si no salieras de juerga todas las noches te sentirías mucho mejor por las mañanas.

  • Si descubren que tengo licantropía los remordimientos te corroerán – gruñó Harry, taciturno.

Hermione palicedió. Hasta Ginny se estremeció.

  • No deberías bromear con esas cosas.

  • Lo siento – dijo Harry-. El pánico hace que uno diga estupideces. Anoche me encontré con un viejo amigo de Seamus que parece un superviviente del campo de Mortífagos. Yo ni siquiera sabía que era licántropo. La lista sigue creciendo y me tiene absolutamente acongojado.

  • Dios santo – musitó Ginny.

  • Pero tú no tienes nada que temer – se apresuró a decir Hermione-. Practicas sexo seguro con tu pareja cuando no es luna llena y te vas en esos días. A propósito, ¿cómo está el augurey irlandés?

  • Es un chico diviiino, diviiino – dijo Harry con afectación. Algunos comensales y asintieron con satisfacción, convencido de que, tal como habían sospechado de un principio, era un actor famoso-. Seamus es estupendo – prosiguió con tono normal-. No podría ser mejor. Te envía recuerdos y esta tarjeta – se la entregó a Ginny-. Dice que lo disculpes porque no ha podido venir, pero en estos momentos estará luciendo un vestido de baile de tafetán verde jade y bailando. Es dama de honor en la boda de Ernie y Dennis.

Harry y Seamus eran pareja desde hacía años. Seamus era irlandés, y como era demasiado pequeño para el calificativo de , le llamaban . Era oficinista para la Asociación para la Tolerancia de los Licántropos y vivía con Harry en un piso muy elegante de Londres Muggle.

  • ¿Eres capaz de confesarme una cosa? – preguntó Ginny con cautela - ¿Tu y augurey alguna vez se pelan?

  • ¿Pelear? – Harry estaba atónito-. ¿Qué si nos peleamos? ¡Qué pregunta! Estamos enamorados.

  • Lo siento – murmuró Ginny.

  • No paramos – prosiguió Harry-. Nos lanzamos el uno al cuello del otro mañana, tarde y noche.

  • De todos modos están locos el uno por el otro – señaló Ginny con envidia.

  • Digámoslo de esta manera – respondió Harry-: el tipo que creó a Seamus no conseguirá superarse a sí mismo. Pero ¿por qué preguntas si nos peleamos?

  • Por nada en particular. – Ginny le entregó un pequeño paquete-. Éste es tu regalo para mí. Me debes 11 sickles.

Harry tomó el paquete, admiró el papel y se lo devolvió a la pelirroja.

  • Feliz cumpleaños, preciosa. ¿Tienes cambio?

Ginny, Hermione y Harry habían acordado que cada uno de ellos se compraría sus propios de regalos de cumpleaños y Navidad. Todo había empezado después de la fiesta del vigésimo cumpleaños de Harry, cuando las chicas casi se habían quedado en bancarrota para comprarle una Twigger 90. Harry había aceptado el regalo con palabras de gratitud pero una cara curiosamente inexpresiva. Unas horas después, cuando la fiesta estaba en pleno apogeo, lo habían encontrado llorando, acurrucado en posición fetal en el suelo de la cocina, entre grageas de todos los sabores y botellas de whisky de fuego vacías.

  • Escobas – había dicho entre sollozos-, malditas escobas. Lamento ser tan ingrato, pero ¡pensé que me iban a regalar una capa nueva!

Esa noche habían llegado al acuerdo que mantenían hasta el presente.

  • ¿Qué te he regalado? – preguntó Harry.

Ginny rasgó el papel y le enseñó un pedazo de tela.

  • Una capa de invisibilidad – explicó con entusiasmo-. Ésta es realmente efectiva. La vendedora me aseguró que no se rasgaría. Creo que mi larga búsqueda finalmente ha terminado.

  • Ya era hora – dijo Hermione-. ¿Cuántas veces te han timado?

  • Demasiadas – respondió Ginny-. Siempre me prometían que la tela nunca se rasgaría, y luego iba con media capa rota e inservible. ¡Ha sido espantoso!

La siguiente en llegar fue Luna, absolutamente despampanante con su abrigo. Luna era una fanática de las marcas, como correspondía a alguien que trabajaba en el mundo del diseño, aunque su especialidad fuera la decoración de interiores.

Luna era descendiente de suecos. Alta, con piernas y brazos robustos, dientes inmaculados y rubia hasta la cintura. Muchos hombres sospechaban de haberla visto en alguna película porno.

Había entrado a la vida de Ginny y Hermione cinco años antes, cuando Harry se había ido a vivir con Seamus. Entonces habían puesto un anuncio, en el Profeta, pidiendo compañera de piso, pero no conseguían que nadie aceptara el minúsculo cuarto libre. Tampoco tenían esperanzas de que lo alquilara aquella rubia. Era demasiado corpulenta. Pero en cuanto Luna cayó en la cuenta de que las chicas eran irlandesas – mejor aún, que procedían de Irlanda del Norte-, su mirada se ilumino, metió la mano en el bolso y les entregó una paga y señal en metálico.

  • Pero ni siquiera has preguntado si tenemos lavadora – dijo Hermione, sorprendida.

  • Eso es lo de menos – terció Ginny, atónita-. Ni siquiera sabes a qué distancia está el Callejón Diagon.

  • Da igual – dijo Luna con un ligero acento sueco-. Esos detalles no tienen importancia.

  • Si estás segura… - Ginny ya se estaba preguntando si Luna tendría amigos o familiares, jóvenes, suecos en Londres. Gigantes bronceados y rubios que pudiera llevar a casa y presentarle.

Pero pocos días después de que Luna se mudara, las chicas descubrieron el motivo de su entusiasmo. Para sorpresa y consternación de Ginny y Hermione, preguntó si podían acompañarlas a ver a una vidente, la cual decía ser descendiente de Cassandra Trelawney, cada semana. Al parecer, Luna estaba empeñada en encontrar un sentido a su vida.

  • Lamento defraudarte – explicó Hermione con tacto-. No somos creyentes de esa mujer.

  • ¿No creyentes? – exclamó Ginny-. ¿Qué dices?

Herione se quedo atónita. No había visto ninguna señal reciente de que creía en esa mujer desde hacía un tiempo reciente.

  • No creyentes es una expresión demasiado suave – se explico por fin-. Sería más exacto decir que incierta e inventiva.

Con el tiempo Luna superó su decepción. Y aunque pasaba mucho tiempo hablando de predicciones con el cantinero del Caldero Chorreante, Tom, en los demás aspectos era perfectamente normal. Recibía cartas amenazadoras de Gringotts por su cuenta allí y tenía novio, resacas y un armario lleno de ropa que compraba y nunca usaba.

Compartió casa con Ginny y Hermione durante tres años y medio, hasta que decidió tratar de remediar su angustia existencial comprándose un piso. Pero había pasado sus primeros seis meses de propietaria en el de Ginny y Hermione, llorando y quejándose de su soledad. Y seguramente habría seguido haciéndolo si Hermione y Ginny no se hubieran mudado y tomado caminos separados.