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Relatos de mi adolescencia (y algo más) — capítulo 10

Ella

Me pierdo en su roce. Suave, frío, tierno… ¿cómo no amarla? Sus manos me pueden, sus labios son una droga altamente adictiva que no parece perjudicarme. Busqué durante años a mi persona perfecta, pero estuve indagando en los lugares equivocados durante demasiado tiempo. Siempre estuvo acá, cerca de mí, y yo no la veía. Estaba ciego o simplemente no quería ver. Desde que está en mi vida todo va bien y no existen las tristezas, no hay oscuridad, pues ella lo ilumina todo con su presencia. Es su voz, su sonrisa, su rostro, su piel, su mirada… Ella. No necesito nada más para vivir, solo ella me es suficiente. He llegado al punto de la adoración, ¡ella es mi diosa y la única a la que debo ser fiel! Sí, lo reconozco: he cambiado. Ella, con su magia, nubló todos mis sentidos y ahora sólo funciono en base de su ser. Y no me siento mal… porque sé que ella siente lo mismo, que se rinde ante mi toque, que añora mis caricias, que es adicta a mí. Lo veo en sus ojos, lo siento en sus abrazos y besos. Ella es mía, me pertenece. Y yo soy de ella, de su propiedad. Sí: estoy enamorado. Y podría decir con toda seguridad que nunca nadie ha amado así.