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Historia 31104 — capítulo 1

Navidad sin Ron     Esa navidad sería un desastre, desde que Hermione lo había echado de la casa luego de una intensa discusión, había vagado por casas de viejos conocidos, algunos bares y estadio de Quidditch; sin embargo jamás pensó que la tonta riña duraría tanto, pues hacía más de una semana que había sucedido y aún no se atrevía a volver a su casa. Una semana entera que no veía a su hermosa Hermione, aunque hasta hacía seis meses había pasado al menos 7 años sin besarla, era increíble como ahora se sentía al límite en esa abstinencia. ¿Quién lo diría del orgulloso Ronald Weasley? Difícil es imaginarlo sentado con una botella de cerveza de manteca en la mano, pensando mil maneras de pedirle perdón a su niña. Le resultaba difícil, más que eso; y sin embargo el deseo de  verla nuevamente, con sus rizos desprolijos y su respingada nariz colorada por el frío, era más fuerte que cualquier otra cosa. Era un veinticuatro de diciembre a la tarde, exactamente a vísperas de navidad y aunque pareciera increíble ese día se había levantado temprano. Es que sin duda-aunque simulara ser un hombre duro e impermeable- jamás había pasado navidad a solas, sin su familia o en su defecto, sus mejores amigos y esa mañana lo levantado un inquietante sueño, no lo recordaba pero aún le quedaba la desagradable sensación de algo que le costaba explicar. Soledad.     Se vistió y lavó los dientes, no desayunó pues no quería seguir quitándole la comida a Seamus, salió del departamento y se encaminó hacia la residencia donde se alojaba Harry. No estaba, de modo que tuvo que esperarlo al menos tres horas para presenciar su llegada y oír que esas navidades las festejaría en la casa de Hermione  (es decir la casa de la que había sido expulsado) ya que le había prometido a Ted que estaría allí.     ¿Qué demonios haría ahora? George se había tomado unas vacaciones indefinidas en España, sus padres habían aprovechado la soledad de la casa para repetir una luna de miel (definitivamente no deseaba compartir eso) Y Ginny de seguro haría lo mismo que Harry. ¿Y él? ¿Acaso nadie pensaba en él? Luego vendrían y le pedirían ayuda para cualquier cosa, entonces les recordaría que lo habían dejado solo en Navidad, sin un pan dulce para comer entre amigos, sin una copa de champagne para brindar.     ¡No lo permitiría! no iba a dejar que lo olviden tan fácil, haría lo imposible por entrar en esa casa, por más de que la renta la pagara su novia (al menos hasta ahora nadie había dicho que lo dejaban de ser) ¡Les recordaría quién era Ronald Weasley y lo mucho que necesitaban de él! Ya sabía qué hacer, siempre había sido ingenioso para planear estrategias, no por nada era excepcional en el ajedrez. Esta vez, con el cuerpo de algún otra persona, caería un minuto antes de las doce de la noche a la casa de Hermione y le daría la noticia de que Ron había muerto; todos comenzarían a llorar y a lamentarse, él se remitiría a decir que de seguro habían sido malos amigos y hermanos con él y entonces… se escondería tras algún arbusto esperando recuperar su cuerpo normal y aparecería en la casa nuevamente, todo ensangrentado (con maquillaje, claro) y les explicaría que por poco pasaba al otro mundo. Contaría alguna historia espectacular donde él fuera el héroe y todos lo abrazarían y mimarían. Hermione no podría hacer más que pedirle perdón y seguir amándolo hasta el final de los tiempos. ¡Bingo!      Era perfecto, una brillante idea de su propio repertorio. Nadie lo había ayudado ni un poquito, él mismo había diseñado paso por paso… bueno sí, quizás sacó un par de ideas de la película francesa que había visto la noche pasada, pero por lo demás era marca Ron Weasley ®. En su monedero no contaba con mucho efectivo, pero de cualquier forma estaba dispuesto a arriesgar todo por su plan; y le resultaba esencial aclarar que no era una actitud egoísta, todo lo contrarío. Lo hacía para que sus amigos se percaten lo importante que era él en sus vidas y jamás lo volvieran a dejar solo.      Caminando por galerías de tiendas mágicas, compró ilegalmente una medida de la poción multijugos, sabía que no era de lo mejor, pero para más no le alcanzaba el dinero. Ahora solo le faltaba un cabello… tenía que ser de una persona con presencia, una persona intimidante pero a la vez seria y respetable. ¡allí estaba el individuo perfecto! Caminando entre un tumulto de gente, un hombre de unos treinta años pasaba con un andar fornido y una postura erguida.    Disimuladamente sacó la varita y mirando de reojo exclamó accio. Un cabello llegó de inmediato a su mano izquierda, eran las cinco de la tarde y las preparativas de su plan marchaban a la perfección.      Volvió a la casa de Seamos, ya siendo las seis de la tarde, obviamente el muchacho no estaba pues, como todo el mundo, estaba en alguna fiesta navideña. El estómago le rugía del hambre, pero prefirió no ingerir nada ya que recordaba el hediondo sabor que caracterizaba a la poción.     Sacó el cabello que había guardado en su bolsillo y lo metió en la espesa sustancia que había comprado recientemente, La sustancia burbujeaba dentro del frasco. Resultaba nauseabunda, pero trabajó su inconciente diciéndose a si mismo  Vamos, es como tomarse un toc-toc de tequila.     Uno… dos… tres…     — ¡¡Mierda!!—exclamó luego de vaciar el frasco. Dejó caer el recipiente al suelo y se tomó el estómago. Encorvó la espalda y tuvo una leve arcada—Voy a vomitar…     Era insoportable, sentía que la piel le burbujeaba y que sus órganos internos estaban siendo carcomidos por algún tipo de ácido. Estaba seguro de que la vez que la probó a los catorce años, no había sido tan desagradable y doloroso. Cerró los ojos por un momento, repentinamente todo se calmó. Se incorporó, pero se sentía sumamente pesado y aprisionado por sus ropas. Dio un paso pero y sin duda fue lo peor que pudo haber hecho; el pantalón se le rasgó y le saltaron unos cuantos botones de la camisa. ¡¿Qué estaba pasando!? Siguió hacia el baño, por más de que hasta sus calzones ya se habían roto. Cuando por fin tuvo el espejo frente suyo… tan solo quiso llorar. ¿¡Porqué no le podía salir nada bien!? Lo que veía en su reflejo era un hombre gordo, muy obeso con una larga barba rojiza, de cabello pelirrojo, ojos celestes y pecas. ¡Eso le pasaba por comprar cosas de mala calidad! Maldición, por tener mala puntería con la varita y no mirar directamente a su objetivo. Negó tristemente agachando la cabeza, se sentía frustrado, completamente inútil… pero quizá no fue buena idea mirar hacia abajo porque fue así como se percató de que toda su ropa estaba destrozada ya que no entraba en su regordete cuerpo.      Sí, consiguió ropa a su medida, y no, nunca podría volver a usar sus jeanes favoritos. Ahora llevaba puesto un equipo deportivo que le quedaba un poco ajustado. Era de un rojo chillón y parecía que la última persona que lo había usado, no había tenido la decencia de lavar el hedor a sudor que tenía impregnado. Aunque todo le estaba saliendo mal, no admitía una derrota tan temprana, aunque gordo y feo ¡seguía en pie! Y su plan saldría estupendo… estas navidades no la pasarían sin Ron.      Se perfumó con un desodorante que encontró y en una bolsa de consorcio guardó lo que quedaba de sus pertenencias, más la adquisición que había comprado esa semana: La nueva revista con los secretos más íntimos de los Chudley Cannons. Para entonces ya eran las ocho de la noche, hora de aparecer en la residencia Ganger y dar inicio al show.

     La noche era fría y resultaba hasta gracioso pensar que se había demorado al menos una hora y media hasta entender cómo demonios viajar con un cuerpo tan gordo. El tiempo de la poción se agotaba, siendo las diez menos veinte, había aparecido en un jardín bonito, pequeño pero bien cuidado. La casa que ocupaba la mayor parte del espacio, también era pequeña, sabía él que apenas tenía una cocina comedor y una habitación donde mediante conjuros habían logrado acomodar una cama de dos plazas. Su cama, bella cama que lo llenaba de recuerdo y sensaciones con tan solo pensar, y no es que su mente se concentrara en la almohada, sino en la cabeza de cabellera castaña que solía reposar sobre ella.     Ya no aguantaba más, quería ver a Hermione, a su novia ¡Era hora de entrar! Espió por la ventana y vislumbró un ameno ambiente, donde cuatro personas y un niño comían felices y riendo en una mesa pequeña. No sobraba ningún lugar, no lo estaban esperando. Recobrando la furia que lo había incitado a hacer esto, tocó la puerta con ímpetu. Nada… repitió la acción con mayor energía, nada. Golpeó los vidrios, gritó sus nombres, peor aún así no lo oían. La puerta y las ventanas estaban cerradas… solo quedaba una opción. La chimenea.      Con gran dificultad escaló hasta el techo, mas viendo que seguir hasta la cúspide de la chimenea era imposible, conjuró un encantamiento para que los ladrillos se acomodaran en forma de escalera. Sí, logró subir, se sentía triunfante, tras tantos tropezones igualmente llevaría al cabo su plan. Colgó la bolsa en su espalda, encantó la chimenea para que su cuerpo quepe  dentro y reuniendo valor se lanzó sin más pensarlo.      El ambiente dentro de la casa era sumamente agradable, gracias al cielo no habían encendido el fuego, pues calló abruptamente, esparciendo las cenizas por doquier. Harry, Ginny, Luna, Ted y Hermione lo miraron sobresaltados. Harry se levantó de su lugar, sacando su varita al instante. Su rostro aterrorizó incluso a Ron, quien como un gordito torpe, intentaba ponerse en pie y recobrar, si eso era posible, la postura. Ron intentaba decirle a Harry que no haga nada, sin duda estaba dispuesto a enfrentarlo, como si se tratara de un intruso. De acuerdo, admitía que no había sido buena idea entrar por la chimenea pero había sido su último recurso. Antes de que pasara lo peor, Ginny tomó del brazo a su novio y le dijo algo en un susurro… Harry se quedó perplejo, miró a Hermione, quién ya tenía una sonrisa sincera en el rostro, Harry sonrió también y tras una carcajada guardó su varita y estiró los brazos mientras caminaba hacia él      —¡¡Santa!! Qué sorpresa, que temprano llegaste esta navidad— volvió a reír y lo abrazó— Mira Ted—repitió llamando a su ahijado—Ven a saludar a Santa.       El niño saltó de la silla y corrió feliz hacia el supuesto Santa Claus, tras él lo siguió su hermana, Luna y Hermione, todas le dieron un fuerte abrazo, sin importar si se llenaban de cenizas o aspiraban el olor a sudor del traje rojo. Ron estaba anonadado… ¿cómo que era Santa? ¿cómo que lo reconocieron tan facil? La cólera comenzaba a invadirlo, sin embargo al momento que la última muchacha, la más grande de las tres se arrimó a su oido, todo tipo de sentimiento pesimista cambió. Era ella y su suave fragancia, estaba hermosa con el pelo recogido y las pestañas rizadas. El mundo desapareció y solo quedó para el una voz que tan bien conocía—Eres un ángel, no era necesario tanto… de todas formas te haz ganado las disculpas. Feliz navidad mi amor.      Gordo, feo, rojo, sudado y Santa Claus, no le importaba nada más. Era navidad y en pocos minutos volvería a ser el Ron común y corriente, alto y delgado, de cabello colorado y con una hermosa novia y amigos con quién festejar la llegada de un nuevo veinticinco de diciembre.

¡Feliz Navidad!

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